Advertencias: Los personajes de Naruto no me pertenecen. Algo subido de tono.

*PL se arrodilla llorando* Pido perdón y clemencia por todo este tiempo. A cambio os traigo un intento de lemon (mentira) ^^ creo que no estoy echa para escribir esto, pero bueno; este título de capítulo había que aprovecharlo, y en el siguiente llegan las respuestas a casi todo el misterio!

De todas formas este tiempo no he estado del todo inactiva sino que subí uno de mis primeros fics, si os apetece se llama Algún día abrirás las alas al viento solo puedo decir que Gaara es el esclavo de Hinata XD.

Muchas gracias a Jakie M.V., Winters Lantern (i'll read the updates asap, sorry!), RukiaNeechan, Hydra Delphine, Violetamonster, AntoniaCifer, Lia-tan y

Tatsumaki: en realidad soy un desastre con las actualizaciones, pero muchísimas gracias por todo el apoyo! seguiré dando lo mejor!

Y por supuesto, espero que disfrutéis con este capítulo casi de relleno pero con el que creo perdonaréis todo este tiempo. Sin más:


Capítulo 16. La noche más larga I


Hinata no se atrevió a moverse hasta asegurarse por completo que Gaara estaba dormido. Aquello que en algún momento pasado le dijo que era incapaz de hacer, estaba sucediendo. Sus ojos fríos y afilados siempre hambrientos, ahora se escondían bajo un manto de piel cansada oscura, mientras sus puños se aferraban a sus ropas mojadas atrapándola.

Era imposible aguantar la cálida sonrisa que se dibujaba en sus labios, tanto como aquella imagen. Gaara tranquilo entre sus brazos, cómodo, seguro. Susurró palabras suaves a la par que seguía acariciando su cabellera, dejando que las sedosas hebras rojas se escurrieran entre sus dedos, y esas palabras pasaron a ser algún olvidado tono de su memoria mientras la sensación de bienestar la colmaba por completo haciendo que se olvidara de demasiadas cosas.

Peligro. Miedo. Dudas.

Un demonio.

Todo aquello se había vuelto innecesario, había cambiado sin darse cuenta, hasta florecer en libertad, fuerza, misterio. Amor.

Un hombre.

Un estremecimiento recorrió su cuerpo desde la nuca hasta su más íntimo interior, ¿en qué estaba pensando? Ocultando el sonrojo de sus propios pensamientos, Hinata se recordó que seguía empapada del baño en el lago; el escalofrío tuvo que ser, sin lugar a dudas, por culpa del frío de las ropas, estaba húmeda.

Y dejando que el sonrojo se acrecentara, se maldijo por la elección de palabras. Bajó la mirada hacia el hombre que la abrazaba, como su cabeza se acomodaba sobre su pecho tranquilo, feliz, desprotegido y sus respiraciones estaban acompasadas. Tenía que separarse de Gaara lo antes posible.

O se enfermaría. Enfermarían los dos.

Sí, eso era, el inicio de un resfriado, por ello los escalofríos y esos pensamientos y el sonrojo, seguro que tenía fiebre. Una leve sonrisa se abría paso entre sus labios dulces, mientras volvía a acariciar sus cabellos cálidos de fuego. Hinata sentía de nuevo la paz arroparla y sin más envolvió a Gaara en un abrazo contra su pecho notando su cálida respiración, cerrando los ojos, apreciando el momento, disfrutando de su presencia por primera vez. Un segundo, un minuto, el tiempo era lo de menos, tan sólo aquel instante personal que podría guardárselo sin importar qué pasaría a partir de entonces, aquello era todo lo que quería y ahora no iba a engañarse a sí misma.

Hinata dejó que su cabeza reposara sobre la de él, cerró los ojos aspirando el árido aroma del desierto. Besó su nuca erizándole la piel y rió, ella le había provocado eso a la par que notaba sus brazos aferrarse más a su cintura. Aquel lado de Gaara era demasiado dulce, como la peor de las trampas en la que se podía dejar caer.

Una mosca atraída por la miel.

Ahora sí notó el frío calarle en los huesos, ni siquiera tuvo que pensar en ello, levantó la cabeza y sus manos poco a poco le dejaron libre. Poco a poco dejó su cuerpo cálido sobre los almohadones, ahora también sus prendas estaban algo mojadas por su culpa. Sin embargo, no evitó otra corta sonrisa asomar en sus labios, era incapaz de dejar el tacto de ese hombre, y sus manos no quería apartarse de él, colocarle bien el cabello, repasar el tatuaje, acariciar sus mejillas. Llevar su mano sobre su corazón.

Otro escalofrío la devolvió a la realidad, el posible resfriado que acechaba su nuca, volvió a engañarse. Se giró hacia la mesa de trabajo de Gaara, cogió el candil y buscó en un primer vistazo alguna toalla, tela o vestimenta que pudiera usar para secarse, aunque fuera la cabellera. Si mal no recordaba la noche estaba cayendo sobre ellos y con ello, las temperaturas descenderían. Además, debía buscar mantas para taparse durante la noche. Sus ojos volvieron hacia el pelirrojo que descansaba sobre los cojines, y también debía buscar un sitio dónde pasar la noche. Otra vez volvió indecisa la mirada hacia Gaara, su rostro tranquilo, quizá, por una noche podrían cambiar los papeles.

Pero lo primero, era lo primero. En aquella tienda no había mucho más de lo que se podía ver. Al final de la improvisada cama de Gaara había varias pieles y mantas tejidas que podría usar para cubrirse, pero ni rastro de toallas o ropa. Le incomodaba la situación, pero también era cierto que estaban los dos solos, Gaara dormía, y nadie se atrevería a entrar en su tienda sin más. Aún así, Hinata cogió una de las mantas más gruesas y abrió el biombo ocultándose de él y comenzó a desvestirse. Dejó la capa sobre el mueble, se quitó el camisón empapado y la ropa interior. En cuanto amaneciera debía buscarse alguna muda, si ésa no se había secado… Tendría que hablar con Matsuri. Volvió a coger la capa y se secó lo mejor que pudo para luego pasarla por su cabello intentando impedir al máximo la humedad que con las bajas temperaturas podría enfermarla.

Hinata no evitó mirar hacia la cama un instante, seguía dormido, incluso podía escuchar su respiración algo más fuerte; tomó la manta que había cogido y se cubrió con ella aferrándola con el cinturón de su capa a la cintura.

Gaara podría estar roncando, que ella seguía sin fiarse de sus manos largas. ¿O sí podría…?

Se acercó a la cama observándole, no era un demonio, era un hombre. Un simple hombre con un gran peso sobre su espalda

Un hombre, aquel pensamiento la seguía haciendo sonrojar. Porque ese hombre le gustaba demasiado.

Si de verdad él era el famoso Señor del Desierto, debía tener mucho poder, conocer toda Suna, mantener estable la relativa paz de los pueblos nómadas del desierto y ahuyentar a los intrusos, además de proteger las caravanas de comerciantes. Hacerse respetar y temer a parte iguales por todos.

—Sí que eres un demonio —susurró mientras volvía a acariciar sus cabellos.

Luego regresó a la silla del escritorio donde se dejó caer. Desde el principio lo sabía, desde que le vio destacar en la fiesta de Suna, desde que leyó sobre él en los libros, desde que apareció en su cuarto. Sabía que Gaara desplegaba una atracción singular hacia ella, no solo miedo, el miedo formaba parte de todo, pero era tras lo que se había escondido para luchar contra lo que después vendría. El último escudo tras el que esconder lo que de verdad sentía para evitarse dolor.

Dolor.

Ver como su pequeño mundo se hunde. Por eso le pidió que cuando dejara de serle útil la llevara a otro sitio, al menos, cuando todo aquello acabara, podría lamer sus heridas lejos de su familia.

—¡Temari! —Exclamó de pronto ahuyentando el poco sueño que se acercaba.

Era cierto, Kankuro le había avisado de que se dirigía hacia allá. Hinata podía poner la mano en el fuego que iba a por ella, para llevarla de nuevo a Suna, pero ¿sería aquello orden de su padre o qué razones había detrás?

Desechó rápida la idea de su familia, lo que fuera era algo que incumbía a Gaara. Y ella no quería separarse de él. No ahora al menos, no después de todo. Fuera lo que fuese que él tenía pensado hacer con ella, pensaba llegar hasta el final. Aquella fuerza de pensamiento la hizo levantarse de nuevo y subir a la improvisada cama por el lado contrario al que se encontraba Gaara.

Allí, sentada de rodillas, observándole en su descanso no le daba miedo admitirlo.

—Te quiero. Aunque tú no puedas entenderlo.

Aquella atracción, era imposible luchar contra ella, Hinata lo sabía bien desde el principio. Se inclinó sobre sus labios y los besó cortamente, pero no era suficiente.

Sus dedos recorrieron sus mejillas duras del sol y la arena, delineando su mentón su cuello hasta sus ropas. Sabía que era una estúpida excusa, pero no comprendía nada sus acciones. Ni era momento de pensar sobre ello, se dijo, quizá era la última noche junto a Gaara. Sus dedos desabrocharon el primer botón, luego el segundo y continuaron hasta que toda la prenda, que ella humedeció cuando le abrazó, estuvo abierta. La pasó por sus hombros y, con gran trabajo, logró sacar sus brazos. Otra vez volvió a sentarse, quieta, pero no por mucho tiempo antes de poner una mano sobre su pecho izquierdo. El corazón de Gaara.

Y Hinata se sonrojó al sentir que latía. Era estúpido, pero en algún momento pensó que no tenía corazón. Se le escapó una corta risa antes de bajar y besar ese mismo lugar en el que había puesto su mano, notar su piel cálida contra sus labios despertó una extraña oleada de sentimientos dentro de ella. Aquello no estaba bien, pero no podía detenerse.

Acarició su mejilla mientras sus labios volvía a descender sobre los de Gaara apresándolos impacientes, despertándole.

Aquel grito asustado quedó atrapado en su boca a la par que apresaba sus manos y buscaba su lengua divertido. No se esperaba aquel despliegue de afecto por parte de ella, menos después de todo lo acaecido. Curioso que cuantas más precauciones él había tomado no le habían llevado a nada y justo ahora, Hinata tomaba la iniciativa.

No pensaba dejarlo así.

Sin soltar aquellos ansiados labios, apresando sus aventureras manos, cambió la posición dejándola bajo él en un instante. Lo suficiente como para que ella comenzara a rogarle que le dejara tomar aire, situación que estaba dispuesto a aprovechar.

—Has sido muy mala, Hinata —le susurró ardiente sin dejar sus labios—. Me has despertado, y me estabas desvistiendo, voy a tener que castigarte por ello.

Era placentero notar cómo se estremecía bajo su piel ante sus palabras. No estaba seguro de qué estaba haciendo, ni a dónde quería llegar. Sí, eso lo sabía bien, quería tomarla y poseerla como si no hubiera mañana; pero no debía.

Un gruñido furioso se escapó cuando estaba sobre su clavícula y sus manos se peleaban por desabrochar el maldito cinturón que le apartaba de su piel. Sería mejor dejarlo ahí antes de que sus acciones fueran más complicadas de revertir sin la ayuda femenina. Clavó sus ojos sobre ella, aquellos hinchados labios partidos aspirando aire, sus mejillas arreboladas, los ojos cerrados, y no se contuvo de abrir más el revoltijo de telas que la cubría. Bajó su boca sobre su pezón erecto y lo besó antes de mordisquearlo y succionar justo hasta que notó como su espalda comenzaba a arquearse y su respiración se convertía en subes gemidos. Si no conseguía matarlo el demonio que le atormentaba, lo haría aquella mujer.

Se detuvo interrumpiendo el placer de ella que subía, sopló un poco de aire en una sonrisa helada sobre la delicada piel y volvió sus ojos sobre ella. Con la mano le obligó a mirarle, debatiéndose entre la disconformidad, el enfado porque parara y la timidez que siempre la envolvía.

—No quiero que vuelvas a actuar por tu cuenta, ya sea fuera o dentro de esta tienda, ¿entendido?

El leve movimiento de cabeza era lo que se esperaba de ella, entonces se bajó y se acomodó a su espalda, envolviéndola entre sus brazos para evitar que se apartara de su cama como seguramente tenía pensado hacer.

—Ahora duerme.

—Lo siento, Gaara —escuchó su leve ahogado susurro tras un largo silencio.

—¿Aún despierta? —Masculló divertido.

No le dejó tiempo a responder cuando una de sus manos se movió entre sus piernas buscando el interior de sus muslos.

—Dime Hinata, ¿quieres que siga?

Notaba como sus músculos se tensaba mientras el subía sus dedos llegando al lugar que deseaba. Incluso si hubiera sido capaz de responderle, no iba a detenerse, no tan cerca de su calidez. La acomodó mejor contra él, podía sentir el latir de su corazón y su acelerada respiración expectante ante lo nuevo.

Qué sencillo era leerla, y sonrió satisfecho, aquello le empujó a dejar que sus dedos siguieran explorando su piel hasta su sexo, primero lo acarició, recorriéndolo lentamente hasta que sus dedos rozaron levemente la pequeña cima de placer. Vio como Hinata cerraba los ojos y se mordía el labio ahogando otro de sus atractivos gemidos. Poco a poco notaba como su humedad crecía, y se excitó.

Debería parar, todavía estaba a tiempo. Lo sabía muy bien. También sabía que la chica era virgen, un apunte muy importante, pero no iba a detenerse.

Uno de sus dedos encontró la apertura adecuada y la acarició hasta que pudo internarse en ella, no podía resistirse, bajó sus labios sobre el hombro cremoso de Hinata mordiéndolo mientras ella gemía con cada una de sus caricias internas. Casi podía sentir como sus caderas se movían, aunque solo fueran sus yemas, estaba dentro de ella provocándole placer. Sus gemidos se aceleraban hasta que explotó encogiéndose sobre ella misma. Lo había notado perfectamente. Hambriento, sin pensar en qué iba a hacer con su erección, retiró sus dedos de ella y se incorporó. Esperó que sus ojos blancos volvieran a centrarse sobre él para, descaradamente, llevarse aquellos mismos dedos hasta sus labios y pasárselos por la lengua.

—La próxima vez no seré tan benévolo—se volvió hacia la silla pero su voz le detuvo de manera inesperada.

—¿Por qué yo?

—Soy un demonio sediento Hinata, y solo tu podrás calmarme.

—No eres un demonio, sólo eres un hombre. Y no vas a matarme, lo sé.

—Duerme —logró ordenarse tras un segundo apretando sus puños.

—Contigo.

—¿Quieres que termine lo de antes?

Hinata se incorporó con torpeza, podía ver sus senos expuestos, el pelo alborotado, la marca de sus dientes y la sangre en su hombro. Tantas cosas que le tentaban en una sola persona, y sin embargo, bajó la cabeza con una sonrisa, volvió a su lado, le dio un último beso y se tumbó a su lado dejando que ella le abrazara sin dejar de sonreír.

Hinata había alterado el desierto. Como la lluvia que caía contra la tienda.

Aunque no llegó a cerrar los ojos cuando notó que nuevos problemas se acercaban a su hogar a la velocidad de una tormenta de arena.

Temari.

Aquella noche iba a ser demasiado larga.


Si os apetece ya sabéis que podéis comentar, poner en favoritos/alert y todas esas cosas que me hacen sonrojar y que agradaceré hasta la saciedad ^^

También acepto amenazas, pero sólo si están recubiertas de chocolate.

Hasta pronto

¡Muchísimas gracias por todo!

PL.