Advertencias: Los personajes de Naruto no me pertenecen. Entramos en los últimos capítulos

N/A: Si alguien quiere alguna excusa por toda esta tardanza, dejé un pequeño mensaje en mi perfil, pero como creo que no merece la pena darle más palabras, vamos a lo importante, la historia, recién salida del horno. Espero que lo disfrutéis y hasta la próxima!

Muchas gracias a Jakie M.V., RukiaNeechan, Hydra Delphine, Winters Lantern, AntoniaCifer, Lia-tan y Gaahinaforever (lamento que siempre tarde más de lo normal, y que adoro interrumpir a Gaara siempre XD! muchísimas gracias por el comentario), valteria, gudisara, OPMDLuffy, Kamirin-chan, Srta. Endorfina y ViictoOriia Hyuga.

¡MIL GRACIAS POR VUESTRO APOYO!

Y por supuesto, espero que disfrutéis con este capítulo. Sin más:


Capítulo 17. La noche más larga II


Apenas habían pasado unas horas desde que la respiración de ella se tranquilizara, en clara señal de que había sucumbido al sueño dulce que acompañaba al agotamiento físico. Era de esperar en la joven después de todo lo que había vivido, a lo que él la había expuesto y le había ofrecido, pero de nuevo entre sus brazos. Aún así era un momento que desearía poder aprovechar mucho más, pero de esa noche ya se había aprovechado demasiado, ahora necesitaba el tiempo que restaba para pensar en cómo enfrentarse a la interminable lucha que libraría cuando ese galope rápido a través de las arenas del desierto llegara a su campamento buscando quitarle su más preciado tesoro. Podía notar cómo se acercaba en un galope rítmico, y seguramente enfadado que dejaba a su paso una retahíla de insultos en la oscuridad contra él.

Aquella mueca altiva y cínica se formó sola en sus labios nada más especularlo, ¿qué pensará Temari cuando los vea juntos compartiendo cama? ¿Se olvidará de todo el sermón que llevaba rumiando desde que desaparecieron de la ciudad? Quizá intentara matarle. Quizá escupiera fuego y levantara un huracán a su paso dirigido contra él. Su hermana mayor sí podía ser un buen ejemplo de demonio del desierto. Lástima que naciera mujer.

Cerró los ojos volviendo a la realidad. A aquella idílica realidad que parecía más un sueño en una burbuja, que él se había encargado de reforzar para que no explotara. Porque había llegado ese momento, Gaara no pensaba dejar escapar a su presa, pero cuando todo diera comienzo, cuando Temari llegara exigiendo llevársela y le obligue a decir todo aquello que hasta entonces había evitado decirle a Hinata, saldría a la luz sus dotes de cazador; cuando llegara el momento en el que ella tuviera que elegir si seguir a su lado por propia voluntad. Cuando no le quedaran más opciones sino estaba con él. Y él estaba seguro que le elegiría ante todo lo demás, porque ella era una hija del desierto y todo lo que había en el desierto le pertenecía.

Aspiró el suave aroma fresco de esas flores ajenas que aún la envolvía en un abrazo que él imitó posesivo alrededor de su cuerpo cálido semi desnudo, besando las marcas que momentos antes grabó en su piel a fuego. En su mujer. Trazó la sinuosa curva de sus caderas hacia su cintura notando como aún en sueños se estremecía bajo su tacto, como la arena del desierto se sometía al baile que el viento le imponía. Era perfecta para él, incluso con aquel intento de lengua afilada que en los últimos días le demostró intentándose sentir protegida de su miedo. Sin darse cuenta creó una nueva marca a juego de las anteriores en su nuca sacándole otro adictivo gemido. Escuchar su propio nombre nunca antes le había enloquecido de aquel modo.

Y aún le quedaba tanto por averiguar de Hyuuga Hinata.

Si de él dependiera la hubiera tomado tiempo atrás, en aquella habitación de la ciudad de Suna en la que ella se escondía del mundo, cuando la observaba por su ventana sentarse a leer envuelta en una invisible seguridad, él se la daría, la protegería de todo lo que le hacía daño; cuando fue su prisionera antes de escapar, y la observaba inquieta por saber qué iba a ser de ella; cuando atravesaban el desierto sintiéndose perdida; cuando horas atrás le pidió que la acompañara en su lecho, tan vulnerable a su lado, tan cerca y tan lejos, tan tentador y tan prohibido.

Separó sus labios de la adictiva piel nívea dolorosamente.

—¿Qué me has hecho, Hinata? —Susurró ronco buscando el lóbulo de su oído con los dientes—. ¿Cómo algo tan insignificante consigue dominarme, someterme, algo tan pequeño y débil?

La respuesta primera con la que se había engañado cuando la vio, ya no le resultaba tan clara, o quizá comenzaba a entender mejor los viejos textos que malinterpretó. Aquellos ojos, la hermosa flor del desierto cuyo aroma embriaga a los demonios. Ella era el agua en la que sus labios clamaban ahogarse.

Tan sólo pensar que no estuviera a su lado, peor, que alguien más tan sólo se acercara a ella, despertaba a sus demonios clamando sangre.

Qué equivocado entonces estaba cuando la conoció y decidió llevársela al desierto, «nadie empezará una guerra por ti» se recordó diciéndole, en parte para seducirla y que se fuera con él; en parte convencido de esa sentencia como real, ya que ni su familia ni el Kazekage haría nada contra él, Sabaku no Gaara, por ella. Lo sabía, y entonces estaba seguro de aquello. Pero ellos no eran él.

Él, sí lo haría.

Hinata bien valía el derramamiento de sangre innecesario, porque sólo ella podría calmar a su demonio interno, dominar la naturaleza salvaje y cruel del desierto. Ella que era como un cálido suspiro en el silencio impuesto, una estrella brillando en la noche oscura, una dulce flor bailando al compás del viento mientras esparce su perfume hechicero.

Jamás permitiría que se fuera de su lado.

En un corto gemido Gaara volvió a centrar su atención en el ahora, la estaba abrazando con demasiada fuerza, tendría que aprender cómo poder tocarla sin romperla. Y estaba seguro que con el tiempo suficiente ella se abandonaría sin más a sus manos, al mismo tiempo que esa divina curiosidad que tenía despertaba hacia él. Podía imaginar sus centrados ojos perdiéndose en su ser mientras aquellas manos, delicadas, suaves, peligrosas descubrían como complacerle prendiendo fuego a su piel.

He ahí una clara situación en la que se sometería sin pensarlo a sus deseos y voluntad, abierto a que ella le explorara sin miedos.

Aunque, sonrió olvidando su oreja y bajando de nuevo a su nuca, tendría que ganarse ese privilegio con el tiempo; primero él sería quien la enseñara, guiándola y controlando cada gemido de su cuerpo. Pero por alguna extraña razón, Gaara estaba seguro que Hinata no iba a someterse a sus deseos y él, sin pensarlo, le permitiría llevar las riendas a la espera de lo que su pequeña y tímida mujer decidiera hacerle.

—Pronto, Hinata.

Pero por supuesto, antes debía a esperar a que esa noche pasara y que el tiempo en el que nada pueda interrumpirlos llegara.


El silencio del desierto y la oscuridad de la noche no eran suficientes para pararla, por suerte, o quizá por otras razones más inexplicables que la propia suerte, la luna llena brillaba especialmente intensa sobre las arenas blancas del desierto, dejando al descubierto el oasis y el asentamiento de los Hombres de Rojos que comandaba su hermano, aquellos que se habían sido castigados a vagar eternamente por el desierto, controlando sus pueblos nómadas para que hubiera paz, defendiendo las fronteras de la tierra de sus ancestros. Temari sabía qué esperar de la situación, estaba preparada desde que él se presentó de improvisto en la ciudad y le alertó que ella, esa nueva e inocentona chica que por azar de la política estaba viviendo en la ciudad de Suna, tras la muralla escondida del desierto, Hinata era a quien llevaba esperando tanto tiempo, él y todos los que antes que él ostentaron el título de Señor del Desierto y murieron consumidos por la sed de sangre de sus demonios malditos.

Si fuera cierto, si tan sólo una parte de aquellas palabras que él decía eran ciertas, escondían demasiadas encrucijadas en su camino. Hinata era ajena a todo lo que acontecía en el desierto, estaba segura que Gaara se equivocaba, que tan solo se había encaprichado con una flor que destacaba por encontrarse tan fuera de lugar; pero si tan sólo él tenía una mínima parte de razón, por pequeña que fuera, significaba que su hermano pequeño volvería a ser el hombre que debió ser, que no moriría ahogado por la maldición del desierto que consumía a su familia y con ello todo acabaría. Pero, si fuera verdad, ¿qué pasaría con Gaara? ¿y con las gentes del desierto y las fronteras? ¿y Hinata? Nadie se había acordado de ella desde que esa mañana amaneció su habitación desnuda, en la que nadie quiso reparar. Quizá, si Hinata viviera en el desierto al menos, allí encontraría el reconocimiento que se merecía como persona, algo que su familia le había negado por completo. Incluso, la posibilidad de que ella fuera tía era alta.

Pero en ello también estaba implicado Gaara y no estaba segura de dejar la posible felicidad de su amiga en manos de su hermano menor.

No debía dejarse llevar por sentimientos estúpidos. Temari frunció el entrecejo mientras tiraba de las riendas aminorando el paso de su montura al vislumbrar la zona para los animales del asentamiento. El ruido entre las bestias dormidas por su llegada los delataba, aunque estaba segura que él sabía de la comitiva desde tiempo atrás, nada escapaba de sus sentidos cuando estaba en el desierto.

De ningún modo.

Por un segundo, después de todo el tiempo enfadada, se permitió una corta carcajada ahogada en la noche sobre lo que había pensado pero no valorado desde que decidió ir a rescatarla por deseo de Hanabi.

No quería que Hinata se viera atrapada en algo que desconocía ni le competía; para que cuando fuera demasiado tarde, ella ya no pudiera escapar de las manos de Gaara ni de las leyes del desierto. Sin lugar a dudas, le era complicado imaginar a la delicada y tímida joven manteniendo relaciones físicas con su arrogante hermano pequeño, en el peor de los casos sería él quien se impusiera a ella de forma bárbara y con un castigo claro; pero después de tanto tiempo escuchando a las soñadoras chicas de la ciudad hablar de él y de los demás Hombre de Rojo, Temari había aprendido que bajo ojos ilusos todo el peligro que transpiraba, podía verse como el mejor de los atractivo. Hinata no podía caer tan bajo, la chica no tenía mucha experiencia en el campo y la única relación que le conocía fue con un antiguo amigo bastante dominante…

—No, me niego —masculló bajando de un salto de la montura enfadada—. A ella no la tocas. Por encima de mi cadáver.

Hinata no era como las tontas solteronas aquellas que se morían por tener un hombre en su cama; ella se había ganado su amistad y eso implicaba mucho más que dejarse llevar por unos ojos bonitos. Incluso no le sorprendería que ella…

En un instante se quedó paralizada, perdiendo el color a la par que esa maldita idea ganaba peso en su mente. Temari pondría la mano en el fuego certera de que Gaara nunca se había cruzado con alguien como Hinata, con su dulzura, con su elegancia y timidez, con aquella forma de ser tan cortés pero cálida que acercaba a escucharla y desear protegerla… Sin contar con su lengua oscuramente afilada y sus mejillas constantemente sonrojadas. Todo aquello era nuevo en el universo de Gaara, y ella no estaba segura de cómo él habría reaccionado ante todo. ¿Y si no supo controlarse ante los ataques de ella? ¿Y si Hinata no resultó ser quien Gaara creía que era y estaba muerta y olvidada entre las arenas?

—Eso sí que no —masculló de nuevo, mirando al cielo, esa luna de brillo tan intenso que no era natural le daba a entender que no era así.

Hinata estaba viva, muy viva y cercana al desierto.

Temari estaba segura que las primeras intenciones de Gaara eran buscar la forma de deshacerse de la maldición y para ello sólo había una forma; aún así, esa idea anterior volvía a su mente, Hinata podría ser débil ante la presencia de su hermano, pero y si…

Apartó a Kankuro de su camino, enfadada, no se atrevía a dar palabras a sus pensamientos pero no podía negar esa pequeña posibilidad de que fuera Gaara quien hubiera sucumbido ante los encantos de Hinata. Y sin lugar a dudas, ello complicaba la situación, pero también la obligaría a tragarse las palabras del maldito Shikamaru Nara y admitir que él siempre tenía razón. Y finalmente sería tía y Hinata y Gaara tendrían algo de felicidad.

No, agitó la cabeza alejando todos los pensamientos, aunque aquello acabara con un «y comieron perdices» contentando a todos, incluida ella, en ese mismo instante nada podría descentrarla ni librar a su maldito hermano pequeño de todo lo que llevaba días guardando, esperando el momento oportuno para recriminarle. Ni siquiera que esa horrible y nueva corazonada fuera cierta. Menos aún cuando justo había llegado el gran momento de hacerlo, en el mejor lugar, en el desierto lejos de las estúpidas y encorsetadas leyes de la ciudad; haciendo valer su poder de primogénita, la única razón por la que Gaara todavía le tenía algún respeto a ella. Por fin iba a cantarle las cuarenta por todas sus acciones inconscientes que tantos quebraderos de cabeza y papeleos le habían dado.

Iba a escuchar su opinión alta y clara. Quisiera o no. Nada iba a librarle de ello, por muchos demonios y desiertos que lo escudaran. Y pensaba volver con Hinata Hyuuga sana y salva a la ciudad; lejos de sus garras para devolverla al mundo que ella pertenecía, quizá un pequeño puesto de ayudante en la administración, o en la embajada de Konoha y también sería feliz sin tener que volver bajo las otras encorsetadas leyes de una familia que la había repudiado. Se mordió el labio inferior afligida. Tendría también que buscar la forma más adecuada de decirle a ella la resolución de su familia, razón por la que Hanabi en calidad de mensajera estaba allí.

A menos que fuera demasiado tarde para Hinata.

No. De ningún modo. Ya averiguaría cómo sacarla de allí del modo que fuera. Usando medios políticos, apelando a su poder, remarcando que sólo lo sabrían ellos.

Pero, en el caso de que sí hubiera algo más entre ellos, por estúpida que pareciera la idea, a ella le dolería tener que llevársela del lado de Gaara. Más aún cuando él era el culpable de la situación en la que la chica se encontraba ahora, sin familia, sin tierra, sin casa a la que volver. Y por ello no podía dejarla abandonada a su suerte en manos de un demonio del desierto.

Todo era por culpa del maldito egoísta de Gaara.

Clavaba los talones sobre la arena fría a cada paso entre el amarre de los caballos y la tienda principal donde su presa se encontraba. Eran los últimos segundo antes de que por fin pudiera explotar, ordenando los últimos pensamientos, obviando lo que fuera que Kankuro unos pasos por detrás le decía, y sin comprobar si la pequeña Hanabi iba a su lado o no. Hasta que llegó a la entrada.

Todo estaba oscuro, ni una luz o resplandor tras las pieles que escondían a las personas en sus pequeños habitáculos nocturnos, que les protegían del frío, del viento y de la arena traicionera que sin previo aviso se levantaba ocultando partes de las tiendas. El silencio sepulcral solo era mancillado por el arrullo del agua que caía del salto que gobernaba el oasis y hacía de aquella pequeña joya verde en mitad de la nada arenosa su verdadero tesoro: el agua corriente que brotaba de las entrañas de la tierra pura y fresca en cualquier época del año.

También odiaba a su hermano pequeño por haber conseguido esa gran libertad que el desierto le había dado; lástima que el precio fuera demasiado elevado. Un estigma social, que muchos creían leyenda pero que era tan real como el sol ardiente, ser un Hijo del Desierto.

Aspiró buscando fuerzas en alguna vieja plegaria ante las telas de entrada de la tienda y las abrió al grito autoritario del nombre de su hermano.

—¡Gaara, tú, maldito cabrón…! —Paró al encenderse de improvisto la llama del candil que descansaba sobre el escritorio de la estancia, aún la asustaba esas extrañas demostraciones de poder.

—Silencio —respondió su voz grave, baja, apenas un soplo de aire en el silencio de la noche, pero amenazante, sin mirarla, centrado en acariciar su pequeño tesoro—. Lo que tengas que decir, me lo dices a solas.

—¿A solas? —Exclamó asustada sin bajar la voz, Temari frunció el entrecejo mientras daba un par de pasos más hacia él sin dejar de recorrer el limitado espacio de la tienda buscándola.

Y como si la mañana hubiera llegado a aquella tienda, y los primeros rayos de sol se desplegaran desde el más allá iluminando el mundo, los bellos ojos blancos de Hinata asomaron entre las mantas, enmarcados en una cabellera negra, seguidos de un rostro cansado, un cuello marcado por diversos morados plenamente a la vista y parte de sus pechos desnudos. El cuerpo de Hinata junto a su hermano que adormilada le miraba mientras susurraba,

—¿Sucede algo, Gaara?

—¡Maldito hijo de…! ¡Date por muerto, Gaara, no te vas a escapar de esta!


Si os apetece ya sabéis que podéis comentar, poner en favoritos/alert y todas esas cosas que me hacen sonrojar y que agradaceré hasta la saciedad ^^

También acepto amenazas, pero sólo si están recubiertas de chocolate :3

Hasta pronto

¡Muchísimas gracias por todo!

PL.