Advertencias: Los personajes de Naruto no me pertenecen. Queda poco para terminar la historia T.T

Menos mal que tenía el esquema del capítulo preparado desde hace un mes porque sino no sé cuando actualizo XD

Muchas gracias a Hydra Delphine (mi traductora oficial!), michaelis aro (y mil gracias por todo lo demás ^^), Violetamonster, AntoniaCifer, KattytoNebel, Pitukel, Winters Lantern, 4LonelySouls, shironeko black and zoldyckgirl404. GRACIAS!

Y por supuesto, espero que disfrutéis con este capítulo:


Capítulo 18. El amanecer de tus ojos


—¿Qué sucede? ¿Temari-chan? —Se incorporó aún incapaz de discernir si seguía en aquel curiosamente placentero sueño o la mujer era real.

Elevó un puño hasta frotarse los ojos cansados mientras con la otra mano buscaba el calor de su acompañante nocturno. Pronto fijó sus ojos en la realidad, sí, Temari estaba ahí de pie con los brazos en jarra y el ceño fruncido.

Algo no andaba bien.

Es cierto, Temari fue la primera en avisarle que no debía acercase a Gaara.

Y allí estaba ella, precisamente. A su lado. En su cama. Entre sus brazos en algún momento de la noche, se recordó sonrojándose en un instante, perdiéndose entre sus caricias indecentes. Buscó inconscientemente con la mirada la protección de aquel del que debía alejarse, hasta reflejarse perdida en aquellos ojos turbulentos de un insólito azul ajeno a aquel paraje del desierto. Un azul que ni el cielo, ni sus ropas podría jamás irradiar. Pero que sin lugar a dudas calmaba su corazón palpitante.

Después de tanto tiempo montando y desmontando los posibles escenarios en su cabeza, le era demasiado fácil manejar la situación real. Allí estaba en su tienda, en su cama, con su mujer medio desnuda, con su hermana imitando a las tormentas del desierto y el resto de la comitiva a cierta distancia de seguridad temiendo su reacción. Pero lo primero que tenía que hacer era que, aquella pequeña joya que le pertenecía, se diera cuenta que estaba exponiendo lo que sólo le pertenecía a él demasiado a extraños; y curiosamente no se sentía con ganas sacarle los ojos a todos ellos, reacción que hubiera sido completamente racional para él, sino, más bien, Gaara quería ver cómo ella reaccionaría. Ella, Hinata, su pequeña y privada caja de sorpresas que le reclamaba atención con aquellos ojos buscándole y los enfrentó.

Dos soles, dos estrellas, dos lunas, dos luceros de la noche profunda rogándole a él atención… Su atención hacia ella. Por un momento olvidando todo, se dejó atrapar sin más, indefenso como nunca antes se había sentido, disfrutando de su brujería que le atrapaba, le maniataba y le recordaba su demonio interno que gruñía anhelando libertad para llegar hasta ella.

No, aquel no era el momento de derruir todo lo que llevaba ganándose y ya a punto estuvo de perder poco antes. Ahora no. Frunció el entrecejo, incluso comenzó a gruñir levemente calmando esa otra existencia que le estaba envenenando con el deseo de matar a todos y tomar a la mujer de una vez por todas para él eternamente.

Sólo había una forma. Gaara bajó la mirada, por primera vez, huyó de la mirada de ella dejando que su mente rápidamente organizara un nuevo plan de acción, necesitaba algo que volviera a alejar a ese demonio que estaba a punto de explotar, debía volver a conseguir todo el control de aquel juego peligroso.

—Cúbrete —gruñó como muestra de su malhumor clavando sus afilados ojos en aquella exuberante y carnosa línea entre sus senos dibujando su cuerpo.

A modo de respuesta, una breve, pero aguda, exclamación partió de los suculentos labios de Hinata antes de llevarse ambas manos a la improvisada vestimenta de mantas y refugiarse contra él. Sonrojada. Latiente. Escondiendo por fin sus ojos de él. Sin embargo, ello no fue suficiente. Seguía ahí, haciendo que su sangre hirviera en el deseo carnal.

Ese intoxicante calor que emanaba de su pálida piel contra la suya, el embriagante aroma que de pronto inundaba cada poro de su piel. Sería apenas un segundo que tornaba eternidad en el que debía luchar contra su instinto para no volverse hacia ella.

Hinata.

Aquella hija del desierto sólo para él.

Su única esperanza para librarse de aquella maldición del desierto.

Apretó un puño mientras recuperaba la compostura, debía hacerlo; mientras abrazó su cintura y bajó sus labios hasta el cuello pálido e inocente de ella.

Lo besó sin apartar la mirada de Temari, de nuevo un plan se reformulaba en su mente. Uno que tan sólo podía tener dos diferentes desenlaces.

—Aléjate de ella inmediatamente —siseó rompiendo su burbuja.

Adoraba a su hermana mayor, pero más le satisfacía jugar con su horrible temperamento. Susurró un par de palabras contra el oído de Hinata que se mordisqueaba el labio inferior luchando entre la vergüenza que la situación le provocaba y él, sin más. Gaara sabía perfectamente cuales eran y debían ser los deseos y sentimientos de su pequeño tesoro hacia él.

Sino también sabía como hacerlos brotar y recordárselo en caso de que no quisiera ser sincera con ella misma.

—Olvídate de tus tonterías, no vivirás lo suficiente, ¡estás muerto! —Ahí comenzaba a desatar Temari su furia.

A la par que daba pasos hacia el último rincón íntimo de la tienda, resolvió darle una excusa más para querer matarlo, por si no tenía suficientes, alimentando aún más la tergiversada escena que Temari se estaba creando en la cabeza. Gaara volvió a besar el cuello de Hinata antes de pasarle una de las cobijas para que se protegiera, luego sin más se levantó de la improvisada cama de cojines y almohadones hasta ponerse a la vista de su enfurecida hermana mayor que no evitó lanzarle aquella mirada de reproche tan mal copiada de la de su padre.

Despeinado. Con el torso desnudo. Exhibiendo con orgullo la curiosidad que Hinata dejó marcada sobre su pecho la noche anterior. Sonriendo con maldad. Descalzo. Orgulloso. Irreverente.

—Jamás pensé que un hermano mío sería tan guarro —exclamó Temari bajo en un tono peligroso al notar la imposible de esconder erección marcada contra sus pantalones de tela—. Eres hombre muerto—

—¡Ey! ¿Qué está pasando aq—? —Del mismo modo que la voz de Kankuro había roto el caudal de amenazas de Temari, él se detuvo al contemplar la misma escena—. ¡Será cabrón el crío este!

Y de entre la nada del caos formado en segundos en el pequeño habitáculo otra inocente voz también se unió a la curiosa reunión haciendo que Hinata se escondiera prácticamente bajo todas las mantas y sábanas de la cama.

—Si esto es lo que pasa cuando te escapas de casa sin permiso de padre, yo también quiero. —Hanabi tiró de la manga de Temari llamando su atención, aunque imposible de que ella apartara la mirada furiosa de lo que realmente la estaba enervando—. ¿No tendrás un hermano de mi edad perdido en otro ecosistema más agradable, verdad?

Un escaso segundo de respiro en el que la tensión volvía a crecer, esperando la respuesta inevitable de ella. El único que permanecía ajeno era él, aún ahí de pie en el mismo sitio, tan hinchado de placer al ver que todo iba tal y como su esquema predijo. Por ahora, él estaba ganando.

Por ahora.

—Kankuro, llévate a Hanabi. Salid todos de aquí inmediatamente.

Las quejas de la menor quedaron ahogadas en el ambiente cargado cuando Kankuro, a rastras, la sacó de allí. Hasta que el ruido de voces, pasos y ropas no desapareció por completo, hasta que todo rastro de luz natural quedó apartado tras cerrar la entrada a la tienda, entonces, Temari bajó su defensa de hierro acercándose casi desesperada hacia Hinata, quien apenas emergía entre las sábanas seguramente abochornada y temblando.

Pero Gaara se lo impidió.

—No.

Una sola sílaba.

—Ni se te ocurra, Gaara, esta —

Con una mano le tapó la boca obligándola a escuchar atentamente el escondido sollozo que brotaba de entre todas aquellas telas cálidas, que por la noche la protegieron del frío y ahora la protegían de la vergüenza.

Por un segundo se había olvidado de ella, de su amiga, de su tímida y extranjera amiga quien se encontraba en esa situación concreta con su maldito hermano pequeño delante de todos.

No paso desapercibido la mirada significativa con la que la reprendió antes de soltarla impasivo, ordenándole que debía esperar unos minutos hasta que se calmara antes de volver a hablar con ella; tampoco pasó desapercibido ese brillo en sus ojos que deseaba sin más echar a todo los intrusos y ser él quien la escondiera del mundo.

Pero simplemente, se dio la vuelta y se acercó al fuego central de la estancia avivándolo para poner sobre el hornillo una vieja tetera a rebosar de agua. Luego salió por otra de las aberturas, supuso a atender sus necesidades naturales. Lo sabía. Para Gaara estaba bien asustar a Temari, pero no pensaba hacer lo mismo con Hinata.

Y allí seguía fija, había captado perfectamente el mensaje… Gaara no solo la había estado protegiendo, sino que, a su manera, estaba mirando por el bien de su amiga como ella no había hecho.

Al tiempo que el agua comenzaba a bullir lentamente en un ronroneo acompasado y casi melodioso, los sollozos de Hinata se calmaban, como justo él había supuesto. Y eso le fastidiaba enormemente a Temari. No solo eso.

Absolutamente todo lo que estaba sucediendo.

Y sobre todo la discusión que mantenía con su consciencia.

¿Por qué ella, por qué estaba obsesionado con ello?

La leyenda que se convirtió en mito, resultó ser tan real como ninguno jamás pensó; entonces, ¿por qué la única forma de deshacerla no iba a existir también? Sin remedio se repetía una y otra vez que aquella extraña relación entre su hermano pequeño y la joven de ojos pálidos solo era un ardid. Que en cuanto Gaara se hubiera libreado de sus demonios, la abandonaría sin más, porque, ¿cuándo había demostrado ese Señor del Desierto algún tipo de sentimiento, de afecto hacia otro ser humano?

Nunca.

Excepto minutos antes cuando demostró preocupación por ella; horas antes desde que la secuestró; días antes cuando se interesó en ella; semanas antes cuando la vio por primera vez…

Temari aceptaba lo que veía, no le quedaba más remedio, ahí única prueba evidente de que algo tan profundo y único había cambiado en el aura de Gaara y sólo había un factor al que culpar de ello: Hinata.

Pero esa no eran las formas adecuadas de actuar bajo ningún punto de vista, ¡inexcusable! Se repetía mentalmente contra los pensamientos que intensificaban la, mínima quizá, posibilidad que todo fuera tan real como el sol y la luna, y entre ambos hubiera surgido algo más que un trato con fecha de caducidad; la posibilidad de futuro, de felicidad, de vida, de sobrinos…

—Inexcusable —masculló avanzando hasta la cama y sentándose en la orilla.

Levemente meció al bulto que seguía oculto y susurraba palabras que pretendían tranquilizarla, hacerla salir de su escondite.

Pero todo fue en vano.

El olor fuerte del té surgía a la par que la cascada de agua hirviendo caía desde la tetera hasta unos vasos de cristal en el escritorio, con uno de ellos cogido entre su pulgar y su dedo corazón, Gaara se acercó a la cama.

—Té.

Ante la magia de esa palabra, o de esa voz, Hinata recordó que el llanto había secado y herido su garganta y, aún temerosa, primero, poco a poco, su cabellera, el flequillo, la frente, sus ojos enrojecidos iban emergiendo de entre las cobijas tímida.

Antes de que pudiera tomar aire, Gaara impidió cualquier acción de Temari con una mirada, que luego, igual de pesada e irritada dirigió hacia Hinata. Se estremeció. Sin más al sentir la carga oscura que espoleaba el mar de sus ojos hacia una tormenta que nadie sabría cómo navegar.

—Bebe.

Asintió titubeante antes de sentarse rápida sobre la cama y tomar el vaso de la misma forma que él. Sopló dulcemente mientras entrecerraba los ojos y tomó el primer sorbo de té cálido saboreando cada una de las gotas de menta, de azúcar, de tierra y de sol.

De pronto no sabía qué era lo que causaba el enfado que brotaba desde el fondo de su estómago: ella misma, su hermano, absolutamente todo.

Gaara no iba a separarse tan fácilmente de Hinata pasara lo que pasase.

El imbécil de Shikamaru volvía a tener razón, y ella, su propia hermana mayor, no había sido capaz de verlo y aún menos aceptarlo. En ese preciso instante, Temari se daba cuenta que Hinata era el único ser humano intocable sobre la faz del planeta.

Pero de nuevo, esa momentánea paz y tranquilidad volvió a tornar furia y con ello sus ojos oscuros como la noche se clavaron con rabia sobre el pelirrojo: a pesar de todo nada le excusaba de haber actuado sin más, olvidando que Hinata también tenía derecho a decidir su papel en ese perverso entramado de viejas leyes y maldiciones ancestrales.

Temari resolvió que le tocaba a ella ser la mala de la historia, y no iba a esperar mucho más. Le quitó el vaso a Hinata de la mano y lo devolvió a su hermano, serio, seguramente había analizado qué sucedería y estaba preparado. Tomó aire y obligó a la joven extranjera a mirarla fijamente.

—Hinata, no es momento de desmayarse, necesito que me respondas seriamente ¿te has acostado con mi hermano?

Su labio comenzó a temblar en un silencioso temor de respuesta, ciertamente ellos se habían acostado juntos, los había visto con sus ojos; pero era obvio para Hinata que Temari implicaba un mayor contacto físico del que ella suponía. Más cercano al erótico juego que sus embrujados dedos habían llevado a cabo en su intimidad que al casto acto de compartir lecho. No sabía qué responder, no quería responder a aquello, ni siquiera entendía porqué Temari le estaba acusando aquella acción, como si ella no se hubiera acostado con Shikamaru Nara.

—No. —Los ojos de Temari se clavaron sobre el imperturbable pelirrojo.

—No te he preguntado a ti —siseó volviendo sus ojos a ella, buscando un calor, intentando hacerle entender que era una cuestión seria.

—Pero yo respondo por ella. —Su voz grave retumbó en la tienda.

—No tienes que hacerlo, porque no eres nada de ella.

—En ello te equivocas.

—No, no lo eres. —Temari se volvió de nuevo hacia ella obviando la sonrisa arrogante que poco a poco se perfilaba en los labios de Gaara, el juego se había acabado—. Escúchame Hinata, ser extranjera no te excluye de las leyes del desierto; y si una mujer se entrega a un hombre, ya sabes, si mantienen relaciones sexuales, eso implica matrimonio entre ambas partes, en cualquier parte de Suna. ¿Lo entiendes? ¿Ha pasado algo entre vosotros?

Antes de mirarle sorprendida, bajó la cabeza y negó sin reprimir la corta sonrisa que adornó su rostro. Ahora entendía parte de su comportamiento durante la noche anterior. Sin embargo, fue una sola punzada de dolor traicionero la que como un relámpago le recordó que él no había querido dormir a su lado; quizá no por la ignorancia de ella de esas leyes, sino porque no albergaba sentimientos hacia ella. Pero entonces…

—Entonces… —Masculló distraída cortando lo que fuera que ambos hermanos discutían—. Entonces… ¿Por qué…? ¿Por qué estoy aquí Gaara?

Ahí estaba, esa pregunta que en todo momento supo esquivar y justo en ese instante no había más escapatorias. De nuevo escapando como el más puro tormento de sus labios dulcemente inocentes esa punzada directa a su ser.

—¿Por qué me pediste que viniera contigo al desierto…?

—Estás aquí porque me eres útil. —Logró responder manteniendo la calma, los ojos fijos sobre sus lunas y el demonio que le consumía gritando por devorarla.

—¿Te soy útil?

—El desierto me maldijo y tú y tus ojos son la única forma de romperla.

Otra vez ese silencio, ese pequeño gesto de desconcierto nublaba aquellos mismos ojos navegando entre las sábanas, buscando la confirmación en Temari que asintió grave. Aspiró con calma, algo que en esa mujer tanto le asombraba esa capacidad para adaptarse a toda la adversidad y mantenerse serena, a pesar de que su voz por un instante la traicionara al volver a hablar.

—¿Y luego qué será de mi?

—La mujer solo es un botín de guerra.

No le gustó sus palabras, pero Temari, que se había mantenido en un plano aparte en ese corto intercambio, frunció el entrecejo al darse cuenta que esa era la única forma de decirle que aún después de ello, le seguiría siendo útil. Lo que ya no estaba tan segura es de si todo lo que había visto entre ellos finalmente era, lo que siempre pensó, un ardid de Gaara para conseguir lo que se proponía: ser libre a cualquier precio.


N/A: Si os apetece ya sabéis que podéis comentar, poner en favoritos/alert y todas esas cosas que me hacen sonrojar y que agradaceré hasta la saciedad.

También acepto amenazas, pero sólo si están recubiertas de rico chocolate amargo.

Hasta pronto

¡Muchísimas gracias por todo!

PL.