Advertencias: Los personajes de Naruto no me pertenecen.

Muchas gracias a Hydra Delphine, RukiaNeechan, 4LonelySouls, KattytoNebel, Pitukel, shiika97 y D. Jackson.

A Tatsumaki: Hola! Me alegra saludarte de nuevo y ya queda poco para el fin! XD Adoro a Hanabi porque me deja darle ese humor cuando más se necesita. Muchas gracias por todo!

Y por supuesto, espero que disfrutéis de este otro capítulo:


Capítulo 19. Ocaso de la tormenta de arena


Estaba acabando con su, ya de por sí, corta paciencia.

Él.

Sus malditas acciones siempre terminaban contrariando sus palabras. O sus palabras tenían algún significado que iba más allá del que ella podía darle en ese preciso instante.

Fue entonces cuando él chascó la lengua y sin más palabras, miradas, órdenes salió de allí. Gaara tampoco estaba sosegado. Hinata le estaba alterando tanto como él a ella. Y Temari creía saber la razón: un futuro incierto. Hinata le importaba lo suficiente como para preocuparse por qué sucedería con ella.

La mayor suspiró bajando la cabeza, al tiempo que dejaba que sus labios se curvaran en una cansada sonrisa oculta. Lo aceptaba, qué remedio. Tenía que aceptarlo de una vez olvidando sus objeciones y miedos.

Toda la conversión había sucedido ante sus ojos, ellos habían olvidado por completo su presencia allí, a escasos centímetros de Hinata, sentada en la misma cama. Por una vez la habían relegado a un segundo plano y Temari pudo comprobar de primera mano esa áurea inexplicable que los unía más allá de lo que ella pensaba posible.

Quizá lo aceptara antes de lo previsto, pero tragarse su orgullo, después de toda la furia que la había consumido, le costaría más tiempo.

Observó a Hinata por un segundo, era obvio que seguía sumida en sus propios pensamientos, seguramente rememorando las palabras con las que su hermano la había atrapado para acompañarle en aquel viaje lleno de imposibles, lejos de su cómodo hogar en Suna, hasta esa misma tienda inhóspita en la que ella, sin lugar a dudas, parecía sentirse a gusto.

Todo en la mente de Temari se detuvo de improvisto. Porque justo ahí estaba la clave que podía haberle hecho aceptar que ambos estarían bien sin más: se había centrado tanto en el peligro que Gaara podría suponer para Hinata, que había desdeñado toda posibilidad de que fuera ella, motu proprio, quien le había seguido mucho más consciente del peligro que ello suponía por algún otro motivo. Es cierto, Hinata no era como las inconscientes chicas de Suna, no le habría seguido por una simple palabra o promesa de un amor inexistente. Había algo más, algo que la había llevado allí, algo que tenía la Suna de su hermano y que sólo él podría ofrecerle.

¿Por qué, Hinata? Quería preguntarle pero por primera vez no se atrevió, consciente que debía dejar el tiempo fluir al menos unos instantes más y pensar, estaba segura que ella ya tenía la respuesta.

Recordaba que ella le dijo en algún momento de flaqueza cuando apenas llevaba semanas viviendo en su país, que había dejado atrás muchas cosas: amigos, una casa, familia, amor; pero que en el fondo, nada había cambiado a su alrededor. Se había sentido tan presa en su viejo hogar como en el nuevo, por su padre, por su tradición familiar, por algo en lo que ella jamás se vio reflejada. Una vida en la que ella no podría ser ella, que no deseaba pero de la que no podía escapar.

Y sin embargo, se acordó del mensaje que Hanabi traía. Hinata estaba escondiéndose, huyendo, de una familia que la había repudiado nada más desaparecer. Con ellos Hinata no era libre. Con ellos, ella no existía, tan sólo hubiera tenido un papel que cumplir por culpa de un destino que la hizo ser la primogénita y que a la primera de cambio sustituyeron.

En un soplo de calma, demasiadas y extrañas similitudes entre ellos dos se dibujaban como piezas de puzzle que encajaban a la perfección, milimétricamente selladas para no poder separarlas nunca más dando sentido a algunas de las afirmaciones que Gaara mantuvo desde que la vio por primera vez. Con solo una mirada.

Temari no podía negarlo más: Hinata era hija del desierto. Con su maldición propia, con su demonio interno abrumándola. Un demonio diferente al de su hermano, uno que el agua no podía atrapar; que sólo una cosa podría borrarlo: reconocimiento. Algo que Gaara sí podía ofrecerle, además de un soplo de libertad. Eso era. Lo había tenido justo delante de sus narices todo el tiempo pero se había ofuscado tanto que falló en cómo mirar la situación, Hinata ahora sí tenía todo eso. Ahora tenía una libertad consciente para volar a su alrededor, con la certeza de que el mismísimo Señor del Desierto la protegía entre sus garras siempre pendiente de ella, y con una misión que sólo ella podía cumplir. Su destino había cambiado gracias a Gaara.

Agitó levemente la cabeza, esa ya no era la cuestión. Debía adentrarse un poco más en la situación. Si Hinata sentía algo por Gaara, tenía que hacerle entender todo lo que eso significaba e implicaba… Temari observó de reojo a la chica aún refugiada entre las mantas, perdida tras un sonrojo y unos pensamientos como respuesta obvia; entonces, que todos esos dioses se apiadaran de ella porque quedaba a merced de las misteriosas corrientes del futuro y en poder de él.

En un primer momento era obvio que la idea de sacarla como fuera de allí tuvo prioridad, al precio que fuera, llevarla de nuevo al interior de las protectoras murallas de la ciudad… Ahora… Simplemente no sabía qué hacer. Hubiera sido una misión sencilla, unas palabras suaves, tergiversar sus últimas frases, dejarla que siguiera perdida entre sus pensamientos. Sabía que estaba cuestionándose las intenciones y cada una de las vivencias con Gaara.

Pero tampoco podía hacerle eso a su amiga.

Ni a su hermano.

Él creyó ciegamente en Hinata desde el principio, por alguna razón que los demás eran incapaces de ver, de un modo que escapaba a su comprensión. Aún podía llevársela, evitar que sufriera el mal de amor, pero ¿y si realmente ella era la única llave para que Gaara también fuera feliz? No era capaz de quitarle esa única esperanza. Porque Hinata parecía ser la única esperanza para su hermano.

—Temari, olvídalo no pienso marcharme.

Su bello susurro de brisa resonó impoluto en sus oídos, a pesar de que sus blancos ojos seguían fijos en la nada, sus manos pálidas aferradas la una a la otra y esa cortina de cabellos negros como la seda enmarcaban la inocente resolución que brotó de sus labios. Y ahí no se quedó.

—Necesito que me cuentes lo que sucede, —parpadeó un par de veces antes de ahogarla en ese mar blanco que la dejaba desnuda, sin escondite—, ya no estamos en la ciudad, nada te lo impide.

Justo su inteligencia saltaba cuando menos necesitaba lidiar con ella. Hinata siempre fue así en su presencia, ocultándose en la imagen dulce para atacarla con palabras certeras. Sonrió. Su humor volvió al pensar que, justo eso, habría hecho con Gaara, el magnánimo Señor del Desierto herido por la lengua dulcemente desafiante de una pequeña mujer; y ella se lo había perdido.

—No debes preocuparte —insistió ante su silencio, Hinata llevó una de sus manos hasta la de ella y la cogió en un cálido gesto antes de sonrojarse—, Gaara me dijo desde el principio que yo le sería útil, nada más… Y yo acepté con todas las consecuencias. Lo sabía.

De pronto, sin previo aviso mientras sus palabras se hundían en la garganta, una solitaria lágrima abandonó sus ojos en un torrente que se veía incapaz de cortar a pesar de haberse jurado que debía mantenerse fuerte, pasara lo que pasase.

Porque justo ese momento había llegado cuando menos lo deseaba.

Porque pensó que él también la había amado en algún momento de su corto cautiverio consentido… Que deseaba algo más de ella, pero no era así. Gaara. Los hombres del desierto son hombres de palabra. Y él la estaba cumpliendo.

Como tiempo atrás le avisó, había olvidado todo lo que dejó enterrado a cambio del mundo que él le estaba enseñando, después de tanto soñar en su más profundo interior que todo fuera más real, que esa mañana nunca llegara para despertarla, ahí estaba. Dolor, extraño y consentido.

Porque de pronto, consumida por una extraña ira, sentía que sin darse cuenta dejó de ser un títere de su padre, para convertirse en la marioneta de Gaara.

Él, de quien los libros hablaban, al que nadie quería darle nombre ni rostro. Ese fantasma entre las dunas, el altivo dueño de aquella tierra árida e indomable que sabía a libertad, misterio y magia la había enamorado.

Tonta, debió darse cuenta que todas aquellas insinuaciones bajo la luna, sobre la arena con las que se sonrojó, aquellas caricias y besos sólo fueron para evitar que ella se echara atrás.

No había más. Ese era el porqué. Desde el principio, ya le avisó que no buscaba esposa en ella. Podría haberla amado y reclamar su cuerpo para él, pero Gaara nunca tuvo ese interés. Sólo estaba allí porque le era útil, y cuando todo acabara, Hinata cerró los ojos por un segundo; al menos esperaba que mantuviera su parte del trato y no la obligara a volver a su casa, podía dejarla allí, entre las dunas, perdida en el desierto.

Como ya se encontraba, perdida por él.

—Por favor, Temari, explícame para qué me quiere él aquí.

Necesitaba saberlo. Aunque no se sintiera capaz de vivir lejos de él.

Sin Gaara. Al menos a él, sí le sería útil. Eso sería todo.

Necesitaba esconder en lo más profundo de su memoria esa noche en las entrañas del desierto, bajo el manto de estrellas y el romper del sol, que le susurró sobre sus labios que ella era suya; y grabarse a fuego cuando le dijo que él no siempre estaría allí para protegerla.

La necesidad, aunque fuera mentira, de abrazarla contra su pecho y decirle que el estúpido de su hermano la amaba más que a nada en ese mundo embargó a Temari al ver sus ojos perdidos mientras la voz temblona demostraba una fortaleza para la que nadie nunca estaba preparado. Volvía a tener otra razón para estar enfadada con Gaara.

—No importa que pase conmigo, tampoco hay nada a lo que desee volver, pero al menos me gustaría… —y para acallar esas palabras que fueron inconscientes, en un gesto sus delicados dedos callaron sus labios.

No era difícil imaginar qué quería Hinata, Temari aún se sorprendía de la candidez que podía rodearla, cualquiera que fuera el momento.

—Será mejor que te asees y te vistas antes de que hablemos, quiero que estés tranquila, te esperaré en el exterior si quieres. —Hinata tiró de su manga deteniéndola.

Negó con la cabeza, las fuerzas, todas la habían abandonado. De pronto, nada había cambiado, la luz a su alrededor se consumió y volvía a ser aquella infeliz muñeca, perfecta Hyuuga demasiado débil para valerse por si misma.

Temari la ayudó a sentarse en el borde la cama, le dio una muda limpia de ropa interior que sacó de su propia bolsa y mandó a alguien a buscar alguna prenda que ella pudiera ponerse. Pero Gaara frunciendo el ceño negó la orden y entró de nuevo en la tienda. Se dirigió a uno de los baúles y sacó una de sus propias túnicas.

—Supongo que eres consciente que le quedará grande, maldito imbécil… y pensar que te he criado…

Gaara pasó por alto la nueva tormenta sin borrar una mueca altiva que la crisparía.

—Recógela con un cinturón, no toleraré que vista otras ropas. Es lo que me has enseñado.

—Gaara… ¿A qué viene todo esto? —Le susurró ya cansada sabiéndose alejados de sus oídos—. Decídete de una maldita vez qué quieres hacer.

—Yo tengo muy claro qué quiero. Desde el principio.

—Gaara, Hinata no tiene a dónde volver, su familia la ha abandonado. Dime qué vas a hacer porque no toleraré que—

Se calló al observar aquella torcida mueca fría de placer ampliarse en sus finos labios, parecía que le había dado una buena noticia; Temari arrancó la prenda de sus manos y volvió junto a Hinata ignorando, entre maldiciones irrefrenables, los pasos que la seguían.

Allí estaba ella, su dulce y hermosa mujer apenas tapada por unas estúpidas telas tan sencillas de romper. Tan cercana, tan prohibida. Debía acallar a su fuego interno, era lo único que podía hacer para protegerla de lo que fuera a suceder.

—Necesito que te levantes. —Temari la ayudó a conseguir el equilibrio.

Le pasó la oscura tela por los hombros guiándola, Hinata absorta aspiró ese aroma masculino que desprendía, era él, ese olor a sol poderoso que ahora la abrazaba.

Un demonio justo detrás de Temari, recorriéndola con sus ojos fieros, estaba observándola, sin perder detalle de cómo tapaba su cuerpo, intentando ocultar como su gesto se volvía agrio de cólera por privarle de lo que deseaba ver.

La estaba protegiendo, gritaba por encima del dolor que le atormentaba y susurraba sus más profundos deseos y crueldades que ansía cometer con ella.

Una bruja.

Una vez cerrada la prenda escondiéndola de sus ojos, de nuevo aquellas dos lunas le enfrentaban perdidos en un torbellino de sentimientos, ¿querría que él la escondiera del mundo después de saberlo todo?

Y esa misma voz reía al contestar un rotundo no restregándole su nueva debilidad. Que también era la suya.

La aventura, el sueño, la magia había llegado al final. Eso era todo. Ahora sólo quedaba enfrentarse a la realidad.

Un hombre, ese hombre, su hombre. Gaara seguía allí, apoyado sobre el escritorio, con los brazos cruzados y los ojos fijos en ella.

Hinata sonrió.

Esbozó una leve sonrisa en sus labios rojos porque después de todo ese tiempo, al menos, había algo de lo que estaba plenamente segura, él no le haría nada hasta que todo terminara y ella se había vuelto más fuerte. Fuerte contra él. Aunque le doliera sabía bien qué no debía hacer.

—Gracias por las ropas, Sabaku-san.

Frío, asintió con la cabeza, odiaba como sus ojos se helaban ante él creando esa aquella distancia que nunca debió existir. No solo él, su otro ser también emitía un peligroso rugido, ahí estaba su maldita actitud, la que podría llevarla a la tumba. O a él. Justo ella no debía alejarse de él, ella, Hinata, esa maldita bruja, su mujer, la única que le había mirado con aquellos ojos y le aceptó. Estaba enfadada, con él, y por ello le castigaba de ese modo con indiferencia fingida. Bien sabía que había una forma de acabar con todo, tan sólo si todos esos inoportunos se largaban de una maldita vez dejándole a solas con su mujer, él la haría gritar su nombre hasta que aprendiera a comportarse ante él.

Maldita tentación. Clavó las uñas en su antebrazo conteniendo ese demonio.

—Preferiría que siguieras desnuda. —No evitó la mueca cínica que rompía su rostro serio.

—Me sorprende su repentino interés, Sabaku-san. —Pasó a su lado sin mirarle hasta la zona más cercana al fuego central.

Apretó con más fuerza sus brazos intentando controlarlo. No había lugar a dudas, era una pequeña venganza por jugar con ella más de lo que se merecía. ¡Pero él nunca había jugado con ella! Ella sí, la bruja sí había jugado con él cautivándolo, embrujándolo y golpeándole y recordándole que todo lo que más deseaba estaba fuera de su alcance. Ahora no podía hacer nada, siempre fue demasiado tarde para evitarlo, desde que se perdió en sus ojos. Había caído en el pecado de amarla demasiado y nunca la sometería al peligro que él suponía.

Por una vez, Temari disfrutó plenamente de la lengua afilada de Hinata contra su orgulloso hermano pequeño. Qué felicidad si ese pudiera ser el día a día.

Otra vez entornó los ojos cansada, indecisa, pero cada vez más segura de que el maldito de Shikamaru Nara tenía razón. Siempre y cuando el maldito ritual no acabe con muerte.

Eso era.

Hinata se acomodó sobre uno de los almohadones esparcidos por el suelo, con la espalda recta, su cuello esbelto y la mirada dura, olvidando su timidez allí entre esas tres personas a las que creía conocer lo suficiente. Olvidando aquellas marcas de amor que él dejó sobre su piel la noche anterior y seguramente seguían a la vista de ellos.

Podía sentir el fuego impaciente de las pupilas clavadas sobre ella, como la furia ardía en ellos y volvió a sonreírle cortésmente. Gaara lo tomó como una insolente invitación para acercarse a ella, por la espalda y dejar caer sus manos sobre los ocultos hombros cremosos que horas atrás se derretían bajo sus labios, y ahora temblaban, de enfado, de miedo, no importaba la razón cuando su ceño se frunció y aferró con furia sus manos a aquellos mismos hombros, lastimándola. Si ahora no podía satisfacer su deseo, no significaba que la dejaría actuar de ese modo, gruñía en su interior, el enfado comenzaba a ser demasiado poderoso. Su respiración se volvía más pesada a cada bocanada de aire, ella no tenía derecho a tratarlo así. Hinata era de él.

—¿Por qué este repentino interés en apartarte de mi lado, Hinata? —susurró contra ella estremeciéndola en el daño—. ¿Te doy miedo?

—No puedo temerle, Sabaku-san. Quiero olvidarle, nada más.

Un rugido como un lamento brotó de su garganta ensombreciendo el desierto en un abrir y cerrar de ojos; si aquella iba ser su maldición, prefería que ese maldito demonio lo matara de una vez poniendo fin a toda esa locura.


N/A: Si os apetece ya sabéis que podéis comentar, poner en favoritos/alert y todas esas cosas que me hacen sonrojar y que agradaceré hasta la saciedad.

También acepto amenazas, pero sólo si están recubiertas de rico chocolate amargo.

Hasta pronto

¡Muchísimas gracias por todo!

PL.