Advertencias: Los personajes de Naruto no me pertenecen. Aviso desde ya que tardaré bastante en contestar, lo lamento y espero me perdonen.

Sois demasiado... Esto no es para tanto.

Muchas gracias a Hydra Delphine, RukiaNeechan, KattytoNebel, noeemi, Pitukel, AntoniaCifer, Lola Diamonds y Guest (3 mayo '14).

Y por supuesto, espero que os guste, al menos más que el anterior XD:


Capítulo 20. La verdad del sol.


Los ojos de Temari se cerraron sin más en gesto automático, incapaz de reprimirlo, obligados por la oscuridad que de pronto había engullido toda la estancia ocultando las formas, las personas y creando una distancia entre ellos. La poca luz que emitían los restos del fuego central no ayudaba, cuando abrió los ojos le seguía siendo imposible discernir con claridad las líneas, los perfiles, qué estaba haciendo Gaara. Y ello contribuía a que sus temores, antes apaciguados, volvieran a emerger en su piel. Ahí estaba ese peligro que se escondía en lo más profundo del desierto despertando dentro de su hermano, indomable y desatado.

Debía hacer algo, tenía que hacerlo, se repetía Temari mentalmente, buscar a Hinata, identificarla al menos, protegerla de Gaara quedaba fuera de todo lo posible, pero quizá sí pudiera calmarlo, hacer algo para que pudieran escapar sanas de allí. Algo. Lo que fuera. Nada. Sus manos estaban tensas, y era consciente que su cuerpo no le respondía, podía pensar rápida, idear planes, pero nada en ella era capaz de moverse teniendo tal peligro tan cerca y tan inestable. Sus ojos seguían vivos inquietos, de un lado para otro, sin resultado, por la oscuridad, y porque algo más la estaba cegando. El miedo.

Un miedo que el grito inhumano había clavado en su cuerpo la estaba cubriendo. Un terror insólito de aquellos que sabían qué era capaz de hacer, ese miedo del que él siempre se valía para derrotar a sus adversarios, y justo ahora era su perdición. Un segundo donde pudo jurarse que no se perdonaría si les pasaba algo a ellas, pero también para pedir perdón por su propia debilidad y cobardía. Odiándose un poquito por ello.

—Solo soy una herramienta para que consigas lo que en realidad quieres. Eso es todo... Gaara, dímelo.

De pronto sus ojos si lograron centrarse, un leve frío la calmaba desde la espalda; ahí estaba, la pequeña y delicada extranjera seguía estoica aguantando el golpe de poder que la rabia de Gaara emitía, quizá su voz sonaba trémula, como un hilo a punto de perderse, pero justo ella no había sucumbido al miedo. Y Temari admitió su error, Hinata era más hija del desierto que ella.

Aquellos ojos blancos estaban vacíos, aguantaba el nudo que se estrechaba en su garganta como podía, ¿por qué justo ahora se estaba comportando así? Cuando más necesitaba que la abrazara, cuando necesitaba escuchar de sus labios envenenados que confiara en él, justo cuando más necesitaba aferrarse a algo en lo que creer, Gaara había decidido abandonar todo. Como ella debía abandonar esos tontos pensamientos. Ya había tenido suficiente, ya la había utilizado pero no podía dejarse llevar hasta ese punto donde ella misma iba a lastimarse para siempre, al menos, debía tener ese rastro de orgullo para después seguir adelante. De nuevo humedeció sus labios buscando cómo continuar.

—Solo desearía saber para qué me has traído aquí y acabar con ello lo antes posible, Sabaku-san. Y desaparecer de su vida, como parece desear.

Ese gruñido crecía desde su estómago buscando paso a través de su garganta abrasador, incapaz de dominarlo salió como otro exabrupto contra ellas. Temari había gritado, en algún lugar de su mente pudo procesarlo, pero ella no. Su Hinata ni siquiera había apartado la mirada de un punto en el que suponía el estaba. Aquellos ojos blancos… no, seguramente ella sí sabían dónde estaba él exactamente, podía verle, podía sentirle.

Otra vez esa extraña fuerza se clavaba como granos de arena contra su piel, Hinata tuvo que apretar los puños para serenarse y morderse la lengua para n o gemir por el dolor, por no sucumbir ante él y no darle ese placer. De un modo u otro sabía que estaba recibiendo parte de su merecido por olvidar que él era también un demonio del que no debía fiarse.

Desde el primer momento Gaara se lo había dejado claro: iba a utilizarla. Pero el maldito desierto le había hecho olvidar todo para, finalmente, enamorarse de ese hombre tan misterioso, amable y peligroso. Contradictorio pero sincero. Pero lo amaba, aunque él no podría corresponderle. En algún momento… Quizá… Si tan solo no le hubiera creado tantas esperanzas con sus incansables juegos…

Ya era tarde.

Ahora debía aguantar las lágrimas y mantenerse firme. Hacer gala de todo ese protocolo estéril que su familia le enseñó para no mostrar su debilidad.

Pero le amaba tanto…

El olor tibio de la sangre nacía desde sus blancas palmas llamándole como el más bello canto de sirena hacia ella, con la necesidad de perderse en esa mujer, de convertirse en uno con ella; un oscuro y peligroso gruñido lentamente crecía en un forzado jadeo que se hundía en su piel, anhelándola. Tan cercano, tan próxima.

¿Qué había hecho mal? Justo ahora. Era su culpa, de ella, su maldita culpa por portarse de esa manera fría, irritándolo. Revolviéndose contra él como si no le conociera, como si todo hubiera sido un vil juego. No. Todo era culpa de ella. Por ser ella. Hinata. Ella fue la primera en mirarle con aquellos ojos. Una bruja. Su culpa de provocarle, y ahora querer escapar sin daños, así no iba a ser. Cada vez le era más complicado contener esa fuerza, esa rabia,ese demonio. SI seguía así, él aumentaría su ira y las probabilidades de que perdiera el controla aumentaba. Justo lo que él deseaba.

Pero no iba a dejarlo, todavía él, Gaara, seguía estando al mando de la situación, no podía dejarlo, sino perdería lo último que le quedaba, su palabra hacia ella. Su honor, su palabra, su promesa de que con él estaría a salvo. No le dejaría que la tocara. Nunca. Hianta era solo de él, Sabaku no Gaara, quisiera o no.

Cerró los ojos buscando tras la sangre ese suave aroma a flores desconocidas para él, pero dulce que ella poseía y le tranquilizaba. Dejó que su respiración se calmara, mientras se bañaba en su delicadeza, bajando y acallando con un gruñido su conservación interna, calmando a la bestia. Era su última batalla y no iba a perderla. No ahora.

Avanzó entre la oscuridad, hasta su piel, su medicina y su premio. Pero aún así seguía enfadado por aquella actitud. Se la merecía, Gaara era consciente de ello, pero no le gustaba como aquello había devenido en la deriva de ella, Hinata se estaba alejando de su mano y no iba a permitirlo

—¿Quieres saberlo todo, Hinata? —siseó en su oído, con aquella voz grave y tentadora, aterciopelada que sabía ella amaba, ocultando su pesadez y cansancio.

—Gaara… —De algún lugar surgió la voz de la olvidada Temari que acalló con otro gruñido. Ahora no.

—Dentro de mi vive un demonio sediento de sangre que quiere hacerme perder el control para aniquilar sin pestañear todo lo que se ponga por delante. Un demonio hijo del desierto que me impusieron al nacer para convertirme en un arma capaz de controlar, defender y derrotar a todos los pueblos de Suna. Y eso no es todo, mi bella Hinata.

Notaba como contenía la respiración, por una vez estaba asustada. En algún lugar la voz de Temari volvió a sonar pero nada le iba a parar ahora que había comenzado.

—Un demonio que además clama tu sangre, que desea devorarte, atarte y matarte porque tú, mi pequeña mujer, eres mi debilidad y por consiguiente también eres la suya. Un demonio que quiere poseerte. —Fue apenas un susurro que heló su sangre—. Un demonio que también soy yo. Y tú, la única que puede controlarlo.

Gaara apreció como un escalofrío recorría su piel al ritmo que él marcaba con sus yemas sobre ese perfecto cuello blanco bajando por su espalda. Y por fin le arrancó un gemido quieto de sus labios carnosos.

De pánico.

Satisfecho, se incorporó dejándole un espacio de seguridad que ella agradeció en un leve suspiro oculto. Estaba más pálida, era comprensible, pero al mismo tiempo mantenía una altivez desafiante que no combinaba con el carácter inocente que él había aprendido a disfrutar. Sin lugar a dudas, ella era justo lo que él siempre deseo.

De nuevo, con un gesto de sus manos, las velas de la tienda se prendieron proporcionando algo de luz a la estancia, mientras fuera, en el lento compás de la vida, amanecía por segunda vez ese día.

—Solo hay una forma de acabar con esto. —Siguió desde su asiento con los brazos cruzados y los ojos cerrados—. Y es lo que quieres saber, tú, Hyuuga Hinata, naciste para serme útil hoy.

Un silencio incómodo tras sus últimas palabras pesadas y detonantes. Por primera vez, ella bajó la cabeza derrotada. Como todo cuento, tenía un final, y este, como la vida, no era feliz. Eso era todo, lo que siempre dijo y siempre mantuvo, ella estaba allí porque le sería útil a él. ¿Qué más daba si con ello podía evitar una matanza? Hinata necesitaba sentirse egoísta por una vez y tener la fuerza de recharzarlo.

Suspiró, luego negó con la cabeza limpiando su mente. Ella no era así de cruel. Al menos, aunque su corazón doliera, sabría que había hecho bien, un gesto altruista, deliberado, por el bien del resto, una mártir. Porque ahora parecía tan fácil ver que Gaara jamás se fijaría en una chica tonta como ella.

—¡Pero son mentiras! —explotó la mayor desde su rincón, aún incapaz de levantarse, sino hubiera cogiendo al hombre por el cuello de sus ropas zarandeándolo hasta hacerle entrar en razón.

—No, no lo son —su tono seguía siendo el mismo, pero aquellas palabras resonaron como un trueno palideciendo a las dos mujeres.

Otra vez Temari comenzó a recriminarle su falta de tacto al hablar con Hinata, pero se detuvo cuando ella se levantó del almohadón y se acercó a él dubitativa. Entonces un leve cambio en su rostro mostró seguridad en sus ojos. Ella también mantendría su palabra. Había tomado la decisión, al menos, el desierto sería una casa para ella donde nadie la discriminaría, al menos allí sí tenía la posibilidad de aprender a vivir y disfrutar.

—¿Yo puedo…? —Llevó sus manos hasta las mejillas de Gaara obligándole a mirarla, calmándolo, infundiendo la paz que tanto necesitaba—. Hacer algo para librarte de ello, ¿verdad?

Tan solo un gesto, una mirada de esos malditos ojos blancos bastaba para acallar toda la agitación interna llevándolo hasta su oscuro subconsciente dulcemente.

—Sólo tú tienes ese poder.

—Dijiste algo de mis ojos…

—Sí.

—¡Hinata! —Temari insistía en un olvidado plano fuera de ellos dos—. Nadie sabe qué pasará, ni siquiera si servirá de algo, si eres tú…

—Entonces no hablemos más.

—¡Pero qué estás—

—Fuera.

De pronto el frío volvió, la corta orden de Gaara era difícil de incumplir, incluso su cuerpo le suplicaba marcharse de allí. A regañadientes, lo hizo, derrotada, buscando cómo construir una nueva defensa para quitarle esa idea a Hinata de la cabeza. Apretó los labios y giró unos pasos hacia ella.

—Hinata no tienes que—

—Fuera. —La orden silencio heló su sangre.

—Así está bien, Temari-chan.

Pero aquella sonrisa calmada no bastaba para convencerla. Desapareció, debía hablar con Kankuro lo antes posible, enviar un mensaje a Suna, incluso a Shikamaru, si Hinata moría hasta podrían peligrar las relaciones internacionales.

—¿No podría querer casarse con ella? No, el hijo de puta va a causar una guerra.

Cuando se aseguró que volvían a estar solos en la tienda, subió las manos hasta sus hombros. Ella se había tensado al ver como la única protección que tenía se iba, hacía bien, pero al mismo tiempo sus cuerpo comenzaba a relajarse, poco a poco, en una leve brisa sus hombros bajo sus manos, su espalda, su cuello, su rostro se tranquilizaba por su cercano calor.

—Gaara…

Ya habían discutido suficiente, él y ella, él y Temari; ya habían creado y destruido barreras de cortesía inútiles. Habían lanzado dardos envenenados. De nuevo ella susurraba su nombre en ese tono embriagador que despertaba sus sentidos como la más sensual de las caricias devolviéndole su humanidad.

—No vas a morir.

—No importa… tampoco tengo mucho más.

—Nunca vuelvas a decir eso.

—¿Por qué? ¿Acaso te importa…? —Movió brusca los hombros apartándole, Gaara frunció el ceño confuso por sus gestos esperando que siguieran hablando—. ¿Sabes lo peor? Que te amo.

—No veo el problema, Hinata.

—¿Qué no lo ves? —Se giró con la mirada furiosa, haciendo que su demonio se riera de él—. Eres un maldito insensible, celoso, acaparador, machista pervertido que ve divertido jugar conmigo y luego ¿qué? Te saco ese bicho y entonces, adiós, si nos hemos visto no me acuerdo. Pues que sepas que no es así, Gaara yo…

Todo el enfado se consumió en un segundo dejando solo un bochorno en sus mejillas arreboladas. Ese hombre tenía un efecto curioso sobre ella haciéndola actuar sin pensar consumida por la rabia. Pero todo era culpa de Gaara apretando sus botones hasta un límite desconocido, y justo ahora se detenía antes de volver a confesarle sus sentimientos. Nunca tuvo que decirlo, nunca—

—Cállate mujer.

Ahí estaba una nueva orden que la devolvió al enfado. Frunció los labios, inconsciente de que Gaara estaba buscando cómo aislarla para que no se diera cuenta que la distancia entre ambos volvía a desaparecer. Ahí estaba la mujer más bella y dulce que nunca pensó existiría, vestida con sus ropas, como una fuente de agua limpia y cristalina para que él calmara su sed y sus temores.

Y él pensaba beber de ella hasta saciarse. Ahora y siempre.

Tiró de su mano haciendo que cayera sobre su asiento. Sus piernas quedaron entrelazados y se aseguró con sus manos que no iba a levantarse, acarició su mejilla un segundo, aspirando el aroma de sus cabellos cercanos, perdiéndose en sus ojos. Aquellos dos ópalos, dos estrellas brillantes que temerosos poco a poco se atrevían a devolverme la mirada. Gaara no se lo pensó elevando sus labios hasta ella y besarla.

Hinata seguía paralizada ante las acciones tan activas de él. Después de sus últimos momentos no se esperaba aquello. Y no iba a dejar que se aprovechara más. Movió las piernas, sin salida; sus manos también la apresaban con firmeza, no había fuerza pero le inmovilizaba por completo. Se resistió, cerró sus labios a cal y canto ante su súplica constante por paso.

—No —consiguió abrir algo de espacio entre sus labios, insignificante que él acortó—, deja de hacerme daño.

¿Cómo podía la única persona que amaba pensar que le iba a hacer daño? Gaara se detuvo en el empeño de saborear el manjar de sus sueños. Algo más importante se imponía en la situación. Movió su cuerpo cambiando las posiciones, ahora ella estaba sobre los almohadones, bajo su peso, igual de indefensa, pero obligada a escucharle, del modo que fuera. Sus palabras eran escasas, él estaba más acostumbrado a hablar con las acciones y sabía que ella le entendería.

—Eres tonta si crees que te dejaré escapar de mi lado. —No podía soportarlo más, una leve caricia, un breve sorbo de aquellos sonrojados labios contra los suyos era todo lo que él clamaba, y ella respondió—. Soy un maldito insensible, celoso, acaparador, machista y pervertido.

Otro beso en el que ella se relajó, comprendiendo. No había sido tan tonta, había sido algo inevitable.

—Sí, lo eres.

—Lo soy. Y alguien debe controlarme.

De nuevo Hinata detuvo su avance, con ambas manos sobre los hombros de Gaara preguntándole con sus ojos. Aquello era una tarea imposible. Y el brillo pícaro que envolvían sus ojos verdes la asustó cubriéndola del sonrojo inocente que él tanto adoraba. Sus manos bajaron hacia sus brazos en una caricia y apartó la mirada.

—Gaara… Él…

—Cada vez que estás a mi lado, un solo roce basta para despertarlo y que grite tu nombre en mi cabeza pidiendo tu piel.

—Te preguntaba por el demonio, maldito pervertido. —Exclamó en un susurro golpeando pecho, y volviendo la mirada hacia aquel mar embravecido.

Como única respuesta volvió a besarla. No había más tiempo que perder, el final de su maldición se acercaba y ella era la única luz de esperanza. El momento de cumplir su palabra había llegado.


N/A: Si os apetece ya sabéis que podéis comentar, poner en favoritos/alert y todas esas cosas que me hacen sonrojar y que agradaceré hasta la saciedad.

También acepto amenazas, pero sólo si están recubiertas de dulce chocolate.

Hasta pronto

¡Muchísimas gracias por todo!

PL.