Advertencias: Los personajes de Naruto no me pertenecen. Se acabó.
N/A: ¡He sobrevivido! Y Por fin, después de mil millones de retrasos, logré escribir el último capítulo que siempre es el más complicado (y aburrido). Estoy muy feliz de que esto se acabe de una vez, porque tengo ganas de comenzar otras aventuras; pero no puedo olvidar TODO lo bueno que me ha traído esta historia, y por supuesto me refiero a VOSOTRAS, me siento afortunada de haberos conocido. And yes, contestaré todo lo atrasado lo antes posible, siento mucho todo esta pausa, pero es complicado salir de un bucle constante consumidor de tiempo, fuerzas y ánimos. Bueno, no quiero ponerme melancólica ni nada... Porque el día 10 de julio dejaré las últimas líneas que tenía planeado meter aquí, pero Shikamaru me dará la razón. Eso es todo.
¡Ah! Y no, no falta nada entre el capítulo anterior y este.
Muchas gracias a Hydra Delphine, RukiaNeechan, KattytoNebel, Winters Lantern, AntoniaCifer, Lola Diamonds, Lola Wonka, QueenTsukiyomi, D. Jackson y anakaulitz (lamento haber tardado una eternidad en subirlo U. U).
Y por supuesto, espero que disfrutéis. Está recién pasado por lo que si veis algún fallo, errata o extraño por favor decídmelo que solo tengo dos ojos que no funcionan muy bien.
21. Sol y luna sobre desierto.
Cuando algo está al alcance de muy pocos, es difícil conseguirlo o escasea, la Humanidad ha seguido siempre dos únicos caminos posibles: prohibirlo o divinizarlo.
En el desierto, el agua, necesaria para la vida y la subsistencia, sin lugar a dudas solo podía convertirse en un símbolo mágico de protección, de vida y de futuro; con agua no había que preocuparse de nada: se podía vivir, sembrar, limpiar, cocinar, alimentar a los animales y, de ese modo, establecerse en un lugar permanentemente para así formar una comunidad floreciente; de ahí, a crear, asentamientos, pueblos, ciudades e imperios solo es cuestión de tiempo.
Sin embargo, un bien tan codiciado, tan divino e inalcanzable no llega por sí misma hasta las poblaciones más que en las estaciones lluviosas, y después nada; la mano humana es indispensable para conseguir un abastecimiento regular y equitativo del caudal de lluvia que baja de las montañas hasta los oasis fértiles por canales ocultos entre las arenas del desierto. Solo aquellos hombres honorables, despojados de codicia y ansias de poder, últimos vestigios de los moradores del desierto, solo ellos conocedores de cada duna, capaces de orientarse entre los mapas de la memoria podían velar por ese abastecimiento, recorriendo las arenas infatigables, protegiendo esa fuente de vida, esos nómadas son los verdaderos hijos del desierto. Personas conocedoras de lo bueno y lo malo. Sobre todo, lo malo que el manto dorado extendido hasta el horizonte de su tierra escondía en el camino hacia la prometida agua. Un agua que sin lugar a dudas, de ese modo, conseguía un halo de divinidad convirtiéndola en un símbolo de protección, de futuro y de vida en la dura vida. Un agua que brotaba de las mismas entrañas del desierto, de su corazón, como una madre que da a luz, ríos de vida que reverdecían la aridez del terreno, incansable y que protegía a los habitantes de la tierra de lo inexplicable. En el desierto solo una máxima era cierta: si había agua, había vida. Y así esta se convirtió en el símbolo de protección ante todo el mal, incluso los del mismo desierto.
Porque no todo lo que esconde el desierto era tan bello como su cielo nocturno o sus sedosas dunas. Demasiados peligros se escondían en aquella tierra, se recordó Hinata dejándose empapar de viejas palabras que en algún momento anterior grabó en su memoria a sabiendas de que volvería a ella. A reclamarle ser tan confiada por dejarse embaucar fácilmente por esos peligros.
Peligros como el Señor del Desierto.
Si no fuera por cómo se habían desarrollado las últimas semanas, por todo lo que había vivido y lo poco que ya le sorprendía algo, aquello hubiera sonado como algo sacado de cualquiera de los viejos libros de leyendas que con tanto interés leyó al llegar a aquella tierra, un tiempo que parecía ahora demasiado lejano. Y, por supuesto, que le dijeran que todo tenía una parte de real, que hoy se iba a ver en esa situación, pensaría que era una estupidez. Pero si algo había aprendido desde que él la secuestró era que todo era tan real como ella, como él, como la vida, como el desierto, como el agua y como el día y la noche; y ahí estaba, dejándose arrastrar hasta el final de aquel cuento de hadas que él había rescatado para ella.
Movió temerosa sus pálidos ojos del agua clara que cubría sus caderas hasta el torso desnudo de su acompañante quien permanecía sereno, con los ojos cerrados. Serio y alerta, esos dos adjetivos que siempre le definían, Hinata frunció el ceño, menos cuando saltaba su instinto pervertido. Gaara tendría que aprender a controlarlo más si de verdad quería que ella se quedara. Suspiró cerrando también los ojos, incapaz de reprimir la curva delicada de sus labios pensando en que de un modo u otro, ella estaba condenada a quedarse a su lado, o su corazón le dolería demasiado.
Agua.
Agua, donde la vida comienza.
Se encontraban allí solos, después de todo aquello, de hacer que Temari diera su brazo a torcer, de abrazar a una Hanabi demasiado feliz, de saludar a Kankuro, Gaara apareció con su caballo y la hizo montar en su habitual silencio poderoso. Avanzaron un trecho contracorriente hasta que Gaara detuvo al animal, entonces bajaron y esperaron en silencio a que la verdadera noche cayera. Y ahí estaba Hinata ahora después de todo, cumpliendo sin querer el dicho de «de perdidos al río», porque esa era la realidad para ella, aún sin saber mucho más, sin ser consciente de las intenciones de Gaara, esta parecía ser el camino a seguir, esperar a algo ahí los dos dentro de las aguas del desierto. Lo que fuera que él quería conseguir, necesitaba de aquella agua. Y a ella.
Al menos estaba segura que él quería librarse de ese demonio, ese algo que convivía en su fuero interno y lo obligaba a vagar por las arenas del desierto sin casa, sin pueblo. Con aquella maldición.
Un escalofrío sin explicación recorrió su espalda cuando recordó ese nombre extraño, ese algo contra lo que Gaara luchaba internamente, Shukaku.
—Sí que eras un demonio del desierto. Ves como tenía razón. —Fue un leve susurro inconsciente que pretendía reprocharle que desde el principio ella estaba en lo cierto.
Sus labios poco a poco se curvaron en una mueca altanera, sin abrir los ojos, sin ser capaz más que de hundirse en su embriagante aroma tranquilizador.
Hinata chascó la lengua, no daba su brazo a torcer, quería, aunque fuera, una mínima señal que le dijera que se estaba dando por vencido y admitiera que ella le había derrotado, que por una vez, ella sí tenía razón y que él dependía de ella. Pero no lo iba a conseguir, sus ojos aún cerrados se lo estaban confirmando. Agitó la cabeza, en parte para olvidar el momentáneo enfado infantil, ya tendría más tiempo de hacerle aprender a rendirse, sí, muchos momentos en el futuro que además controlarían sus impulsos; por otro lado, quería volver al ahora sin más. Agua que podría ayudarle a volver a ser él mismo, sin más magia, hechicería, demonios o cuentos infantiles, tan solo Sabaku no Gaara. Y sonrió ahogando la carcajada perpleja por lo que acababa de pensar, ¿acaso él podría llegar a ser tan solo un hombre?
Acarició su mejilla levemente, notando su dura piel impasible. No, por supuesto que él siempre será un hombre especial, un hijo del desierto.
Nada podría hacerle un hombre más sobre la tierra a alguien que siempre vivió como diferente, y menos él, ese altivo Señor del Desierto que conocía, nada lo haría un vulnerable hombre más. Aunque fuera ser el antiguo demonio, el siempre resaltaría entre la muchedumbre, nació para ello, y todo él lo gritaba.
—Yo nunca he sido «un demonio» cualquiera, Hinata, sino «el demonio del desierto» —reclamó casi leyendo su pensamiento recalcando su posición.
Su voz profunda hizo que su corazón se acelerara, cuando adoraba aquella voz, mientras su mano envolvía la de ella, apresándola en aquella caricia que deseaba nunca terminara. Necesitaba aquel contacto ahora más que nunca, ahora que ese otro lado se despertaba, que escupía venenoso y le dañaba su interior para evitar lo inevitable. Su aroma, su piel, su voz, sus ojos, su calor para encontrar las fuerzas necesarias.
Porque si había algo que se negó a decirle bajo ninguna circunstancia era el poder que un simple presencia tenía sobre ese monstruo que le consumía. Aquellos ojos, la pura flor del desierto cuyo aroma embriaga al demonio; el agua en la que sus labios clamaban ahogarse.
Hasta ese momento. Justo entonces, allí a su lado, en un eterno instante que ninguno sabía que les depararía todo le daba igual, tan solo si ella seguía allí…
De nuevo abrió sus pálidos labios dejando escapar el tono grave y solemne, aunque esta vez Hinata detecto una nota de anhelo desacorde con su habitual personalidad.
—Necesito que estés a mi lado. Tú haces posible que siga estando cuerdo, Hinata —sintió sus labios contra ella, su respiración se aceleraba—. Pero tú también haces que se retuerza en mi interior gritando tu nombre en mi cabeza… pidiendo tu piel como ofrenda.
—Gaara…
—Y yo no puedo contenerlo. Yo también lo deseo. Que estés a mi lado eternamente.
Besó sus labios corta ante de sonreír cálida.
—Aquí estaré siempre que me necesites. A tu lado, incluso cuando creas no verme, cuando no creas que estaré. Aquí estoy —Hinata apretó sus manos sin apartar la mirada—. A tu lado. Como ahora mismo.
Todo era culpa de ese maldito demonio, de esa condena eterna por desafiar a un dios: un demonio que quedó eternamente ligado a su linaje vagando por el otro lado de la navaja. Un infierno personal que se convirtió en un régimen de supervivencia del que él era el señor todopoderoso y cada uno de los que se atrevieron a llevarle la contrario quedaron condenados a la muerte que el desierto da a los traidores, una lenta y dolorosa. Un demonio que le convirtió a él mismo en otro para poder seguir adelante. Y solo un modo de escaparse de él.
Hinata.
Maldijo aquellos insolentes ojos que se clavaban en lo más profundo de su corazón, leyéndole como un libro abierto. Esos malditos ojos perláceos que eran solo para él. Unos ojos tan puros que pueden ver más allá de lo que tienen delante, unos ojos que pueden ver lo que el desierto esconde, unos ojos que solo pueden pertenecerle a él, dueño único del desierto, eran una ofrenda para él. Unos ojos prueba de que había expiado todos los pecados pasados y pronto sería lo que siempre deseó, un hombre. Tan solo un hombre. Y Hinata su mujer.
El viento se mecía poco a poco en la nada meciendo las arenas. Gaara logró apartar por una vez su mirada de aquellos ojos para dirigirlos al cielo, oscuro, profundo, e iluminado por la luna llena. Como Hinata. Notó como un leve estremecimiento recorrió su cuerpo, ella también lo había notado, y sin más el nivel del agua comenzó a subir, lentamente, poco a poco, gota a gota, hasta que el leve oleaje lograra cubrirles algo más de la cintura.
—Es la hora.
Se estremeció de nuevo, estaba tan sumergida en la subida del agua temerosa, que hasta que no le escuchó no volvió allí. Su voz guiándola como el momento que lo conoció, era esa voz la que le daba fuerzas, la que le permitía y le había permitido hasta ahora seguir adelante en aquella locura, a través de ese desierto infinito. Porque era su voz, su presencia, sus ojos lo que le regalaban la seguridad que tanto había buscado sin suerte. Hasta ahora.
Ahí estaba, esa extraña brisa que tiempo atrás hizo titilar las velas de la tienda, y la hacía estremecer como cuando sentía su aliento sobre su piel desnuda susurrándole.
Cogió agua entre sus manos y la llevó hasta él, murmurando las mismas palabras que él le había enseñado antes. Esperando que aquella agua sí pudiera atrapar al demonio al mismo tiempo que le daba una nueva vida a Gaara.
Hinata había leído sobre rituales de iniciación en la vida con el agua, y este no parecía ser diferente. Al fin y al cabo, todos nacemos a partir del agua, nada era descabella ni ilógico, aquello sería una interpretación de un renacimiento. Se permitió una leve pausa en su pensamiento, ¿era Gaara un ejemplo extraño de lo que pasaría si no naciéramos con agua? ¿Serían entonces todos los humanos demonios? Inconscientemente la imagen de su padre voló hasta su mente, negando, no, todos los humanos tienen un demonio en su interior, todos pueden ser tan malvados, irascibles y díscolos. Con agua o sin agua. Con demonio o siendo simples hombres.
Gimió. Un calor ardiente la sacó de su subconsciente, las palmas de las manos la sentía abrasantes. Otro gemido asustado al abrir los ojos para observar que sí salía uno del contacto entre ellos dos, algo le impedía separarlo. Comenzó a balbucear su nombre, poco a poco, sílabas extrañas salían solas hasta gritarlo una y otra vez.
Pero él seguía estoico, ajeno.
Librando otra batalla.
¿Qué pasaría cuando él no estuviera allí? ¿Qué sería de todo cuando no le respaldara? ¿Qué podría hacer él solo ante toda la violencia del desierto? ¿Acaso pensaba que él solo podría protegerla eternamente?
«No, chico, no» repetía una y otra vez esa voz metálica a cada pregunta antes de estallar en una carcajada, «no, chico, no» como un veneno inyectándolo en su sistema nervioso atacando a cada punto débil. «no, chico, no».
Él no iba a ser un débil, no iba a dejarse caer en la trampa de ese demonio ni arrastrarse a su campo. No podía. Gaara no debía escucharlo. Cada «no» que dijera, él debía rebatirlo con un «sí», a cada segundo, mantener la fuerza mental para aguantar el envite inmóvil, a sabiendas de lo que él podía hacer. Y él, Sabaku no Gaara, no era un hombre débil.
Y su subconsciente emprendió un nuevo ataque por otro flanco.
—¿Tú? —La voz metálica siempre reía a carcajadas escalofriantes—. Nosotros no somos débiles, pero ¿y tú sin mi, chico? Tú solito, ante todo.
—No soy débil.
Sentía su sonrisa como un escalofrío traicionero, algo más iba a aparecer, había una carta más que no había desvelado.
—¿Vas a sacrificar su bien por tu cabezonería, chico?
—¡Gaara!
—¿Y si tú no eres suficiente para protegerla?
—¡Gaara! —¿De dónde provenía su voz?— ¡Gaara!
—¿Crees que sin mí ella estará siempre bien?
—¡Gaara, por favor!
—¿Quieres comprobarlo, chico? —de nuevo su voz gemida resonó entre ellos dos—. Decídete pronto.
Todo era su maldito juego, incluso aquella voz. ¿Era real o no? No importaba. Esta vez él tenía razón, debía decidirse pronto, hacer lo que siempre deseo, o darse por vencido.
Gaara apretó los puños y frunció la mirada. No debía pensarlo más.
Aquellos gemidos llorosos eran reales, le bañaba a cada segundo que volvía en sí. Abrió los ojos y lanzó sus manos contra sus muñecas para apartarlas de su piel. Avanzando un paso hasta abrazarla contra su piel por completa, sumergiéndola en el agua, calmando su dolor. Buscando instintivamente aquellos labios carnosos hasta capturarlos hambriento. Apretando sus manos alrededor de su cintura, intentado comunicarle del único modo que entonces podía que, a pesar de todo, ella era lo más importante para él y por que siguiera allí sacrificaría incluso el que fuera su más ansiado deseo.
N/A: Si os apetece ya sabéis que podéis comentar, poner en favoritos/alert y todas esas cosas que me hacen sonrojar y que agradaceré hasta la saciedad.
También acepto amenazas, pero sólo si están recubiertas de dulce chocolate.
¡Muchísimas gracias por todo!
PL.
