2.
Diana no prestaba ninguna atención al profesor de literatura. Se sabía tan bien lo que estaba contando que ella misma podría haber dado la clase. Estaba hundida en la silla, aburrida. Jugueteaba con el boli mientras pensaba en los últimos días. Hacía ya una semana de lo de la biblioteca y la demostración del comedor. Diana animaba a Caine porque realmente estaba interesada en ver cómo evolucionaría aquello, aunque se cuidaba de no dar demasiada impresión de ello. Además, el brillo que adquiría la expresión de Caine cada vez que ella le hacía cualquier comentario mínimamente amable le había confirmado que no iba a necesitar persuadirle demasiado para que le contara sus avances.
De hecho, desde que Caine le había enseñado lo que era capaz de hacer, cada noche a la hora de la cena se acercaba a Diana y le informaba de que ese día había conseguido desplazar un vaso de una mesa a otra, o que había conseguido hacer caer el abrigo de la profesora de latín, dándole un susto de muerte, o que había hecho tropezar a algún idiota en el pasillo.
Diana recibía todas estas noticias con amable sorpresa, algún comentario admirado o, incluso, con un apretón en el brazo que hacía que Caine casi flotara.
Le venía bien tenerle de su parte, sobre todo con aquel... don. Pero no solo por eso, Caine era bastante popular en Coates. Diana estaba segura de que aquella afinidad le iba a venir bien.
Al salir de la clase de literatura, le sorprendió ver allí a Caine, apoyado en la pared.
-Se me ha ocurrido algo -dijo él, muy serio, en cuanto Diana se le acercó.
Ella le miró expectante.
-¿Y si no soy el único de aquí al que le pasa esto?
Diana alzó una ceja, incrédula.
-¿Estás insinuando que tal vez haya más gente con poderes en Coates?
Caine asintió, serio. Diana estuvo a punto de reírse en su cara hasta que, un segundo antes de abrir la boca, lo pensó bien. ¿Y por qué no? En Coates había gente muy rara y, si a Caine le había ocurrido, ¿quién decía que a otros alumnos no les había pasado lo mismo? Al fin y al cabo, Caine no era único en el mundo, aunque él quisiera pensar lo contrario.
Diana inclinó la cabeza, pensativa.
¿Y por qué no?, pensó.
-Exacto -asintió Caine-. ¿Y por qué no?
Diana se sorprendió, preguntándose si es que Caine también leía la mente hasta que se dio cuenta de que había hablado en voz baja sin darse cuenta.
-Y... -comenzó ella. Llegaba tarde a la clase de química, pero no le importaba. La conversación era más interesante-. ¿Tienes a alguien en mente?
Caine sonrió.
-A varios -afirmó-. ¿Podemos hablar luego? Creo que llego tarde a clase de matemáticas.
Diana asintió.
-Sí, y yo. Vale, luego nos vemos.
Caine asintió con la cabeza, se dio la vuelta y echó a andar rápidamente. Diana se tomó con más calma su trayecto hasta el laboratorio de ciencias. Al fin y al cabo su profesor era un auténtico pasota y siempre llegaba al menos diez minutos tarde a la clase.
Cuando Diana se estaba colocando en su sitio, el profesor entró por la puerta.
Diana pasó la clase intentando no romperle una probeta en la cabeza a su compañero de laboratorio, un matón de tres al cuarto que iba de gallito y se pasaba la clase sonriendo como un imbécil e intentando rozarla cada vez que podía.
Cuando sonó la campana, Diana casi echó a correr hacia la puerta. Sin embargo, no pudo más que darse la vuelta antes de que el profesor la agarrara del hombro y le dijese que quería hablar con ella un momento.
Diana, entre extrañada y enfadada, esperó a que el laboratorio se vaciara. Cuando no quedaban allí más que ellos dos, el hombre se abalanzó sobre ella.
El movimiento pilló desprevenida a Diana, que solo pudo retroceder con los brazos entre ambos, intentando alejarlo, mientras las manos de él le recorrían ansiosamente la cintura y le empezaban a subir hacia el pecho. Diana gritó de una forma que jamás se habría esperado de sí misma y, reaccionando al fin, dirigió una patada a la espinilla del profesor y un rodillazo a su estómago.
El hombre cayó al suelo de rodillas, abrazándose el troso con los brazos, momento que Diana aprovechó para agarrar la mochila y retroceder velozmente. Estaba asustada, el corazón le latía con fuerza pero, por supuesto, no dejaría verlo jamás.
Miró con asco al hombre, que aún se sujetaba el tronco con ambos brazos, arrodillado en el suelo. Sin sentir ninguna otra cosa que repulsión, se dio la vuelta y salió de allí lo más rápido que pudo sin echar a correr.
Caminó por los pasillos con calma, respirando hondo mientras el corazón volvía a su pulsación normal. Cuando vio a Caine acercándose por el otro lado del pasillo se sentía más calmada. Caine se acercó a ella con calma, casi alegremente. Cuando estuvieron frente a frente, Caine frunció un poco el ceño.
-¿Estás bien? -titubeó, algo raro en él, temiendo su respuesta.
Diana, intentando recuperar su expresión habitual, asintió con brusquedad.
-Claro -le espetó.
Caine suspiró levemente, cansino y Diana puso los ojos en blanco.
-Bueno... Y los ganadores son... -canturreó Diana, cambiando de tema.
Caine la miró durante unos instantes y comenzó su lista de nombres. A la mayoría Diana los conocía de vista, de verlos en clase o por los pasillos. Cuando Caine prounció el nombre de Dekka, Diana alzó una ceja y sonrió de lado, burlona.
-¿Dekka? -repitió.
Caine asintió, irritiado por la interrupción.
-Aún tengo que confirmar a la mayoría, pero estoy bastante seguro.
Diana se cruzó de brazos y le sonrió con suficiencia, haciendo que Caine alzara las cejas, seguro de que Diana ya iba a empezar con sus pegas.
-¿Y cómo puedes estar tan seguro?
Caine sonrió.
-Porque a diferencia de ti, Diana -ella alzó una ceja-, observo. Observo, pienso y obtengo respuestas.
Diana puso los ojos en blanco y sonrió.
Ay, Caine, que poquito sabes de mí., se dijo en silencio.
Se quedaron unos segundos en silencio, de pie en el pasillo, cada uno pensando en lo suyo hasta que Diana habló.
-Entonces, ilumíname. ¿Ahora qué?
-Ahora -sonrió Caine-, tenemos que hacer amigos.
Diana alzó una ceja y se echó a reír.
-Oh, perfecto. Con lo bien que se me da que la gente me tenga cariño...
Cuando dijo eso, Caine ya se había dado la vuelta y había echado a andar por el pasillo. Diana sacudió la cabeza y lo siguió.
Caminaron juntos por los pasillos, y, aunque había pocos alumnos por allí, a Diana no se le escaparon las miradas de sorpresa, y alguna no muy amable, que les lanzaron.
Cuando estaban cerca de la gran escalera principal, Diana vio pasar a su profesor de química. Volvió la cabeza de golpe, con una mueca de asco.
Caine notó el gesto y la miró fijamente.
-¿Qué pasa? -preguntó, serio.
Diana mantuvo la vista al frente, aparentando no haberle oído, hasta que se le ocurrió que Caine podría serle útil. Se dispuso a contarle lo sucedido en el laboratorio, ahorrándose la parte de su propio nerviosismo.
Con cada frase, el semblante de Caine iba enrojeciéndose más de rabia hasta que, cuando Diana concluyó, enseñaba los dientes como un lobo.
Se dio la vuelta de golpe y sin una palabra, echó a andar con furia en la dirección en la que había ido el profesor.
Diana le siguió, entre sorprendida y encantada. Caine Soren, siempre dispuesto a defenderla, entraba en acción.
Los alumnos que había por allí se apartaban a su paso, asustados por la expresión que mostraba su rostro. Diana caminaba con tranquilidad a su espalda.
Llegaron a las escaleras justo cuando el profesor comenzaba a bajarlas.
Caine, sin titubear, extendió la mano abierta hacia él y una fuerza invisible pareció empujar con fuerza al hombre, que cayó hacia delante, golpeándose con violencia contra los escalones, con cada golpe escuchándose con espeluznante claridad. Al alcanzar el final de la escalera, se quedó tendido en el suelo, bocarriba, con un hilillo de sangre bajándole por el lateral de la cara desde la sien.
Diana, con los ojos muy abiertos, contempló la escena unos instentes. Miró a Caine que, con su habilidad nata para cambiar de actitud, estaba mirando en todas direcciones, con los ojos muy abiertos, como todos los alumnos que habían presenciado lo ocurrido.
Algunos miraron a Caine, Diana pensó que seguramente dos o tres lo habían visto. También pensó que, o no sabrían qué había pasado o, si por alguna razón eran tan listos para llegar a la conclusión de que había sido Caine, también serían listos, y no dirían nada. Si algo tenía Caine y era sabido por todos, era que era mejor no meterse mucho con él.
Mientras alguien responsable iba corriendo a avisar a la enfermera Temple, Caine se volvió hacia Diana tranquilamente. Ella alzó un poco la comisura del labio a modo de sonrisa, aunque no le llegaba a la mirada.
Caine se acercó a ella relajadamente y Diana no se apartó; después de lo que Caine acababa de hacer debía darle un poco de cuartelillo, aunque sólo lo justo para que su maldito orgullo no se hinchara demasiado.
Caine adelantó la mano y, con naturalidad, entrelazó los dedos con los de Diana.
De repente, Diana notó algo. Durante solo un instante, vio... o sintió un intenso destello de luz azulada brillarle en la cabeza, como el flash de una cámara de fotos.
En un acto reflejo, parpadeó y soltó su mano de la de Caine, que considerándolo uno de los gestos habituales de Diana, se limitó a poner los ojos en blanco y encogerse de hombros, suspirando suavemente.
Diana sintió los latidos de su propio corazón golpeándole rápidamente en el pecho. Respiró hondo un par de veces, intentando disimular lo nerviosa que se había puesto, pero Caine no la estaba mirando. Su mirada estaba puesta al pie de las escaleras, donde la enfermera Temple estaba arrodillada junto al profesor.
La enfermera sacó un teléfono móvil y, después de marcar nerviosa comenzó a hablar con urgencia.
-Creo que está llamando a emergencias -dijo Caine, aparentando indiferencia, aunque con un toque de orgullo en la voz.
Diana, más calmada, avanzó hasta situarse junto a Caine, que se había acercado a la barandilla y estaba mirando al piso de abajo.
Vieron cómo un par de enfermeros llegaban corriendo desde el exterior con una camilla. La enfermera Temple les ayudó a colocar al hombre inconsciente sobre ella y les siguió cuando salían. Alguien tendría que dar alguna versión de lo ocurrido.
Cuando los cuatro hubieron desparecido, los alumnos que se habían congregado allí empezaron a moverse, los sonidos de charlas e incluso risas se hicieron más altos.
Caine se volvió hacia Diana, sonriendo con más arrogancia de la habitual. Diana apenas se lo tuvo en cuenta, porque seguía pensando en el destello de luz que le había cubierto por completo la mente, hasta el punto de que ni siquiera veía nada más que aquella luz azulada.
Diana incluso se planteó volver a cogerle la mano a Caine, para comprobar si volvía a suceder, pero lo descartó al instante. ¿Cogerle la mano a Caine así porque sí? ¿Para que él sacara pecho en plan gallito por el resto de sus días? No, no iba a caer en eso.
Caine se volvió hacia ella resuelto, con las manos en los bolsillos.
-Bueno, hay trabajo que hacer. ¿Lista?
