3.
Estaban en el comedor; Diana, Caine y el grupo de chavales con distintas habilidades o poderes que habían reunido. Eran más de los que Diana había esperado. Mientras que ella no imaginaba que hubiera más de una decena de chavales con algún poder en Coates, Caine había encontrado y reclutado a casi veinte. Diana no podía evitar usar esa palabra, porque realmente parecía que Caine se estaba haciendo un ejército.
Diana estaba sentada frente a una de las mesas centrales del comedor, mientras que los demás chavales estaban repartidos por las mesas de alrededor, con Caine paseándose por ahí, charlando, observándolos a todos y felicitando también a más de uno. Estaba claro que eso se le daba mejor a él.
Diana, con la espalda apoyada en el respaldo de la silla, se miraba las uñas mientras se las frotaba con las yemas de los dedos, como si tuvieran algo de polvo que limpiar.
Diana suspiró, aburrida y levantó la mirada, paseándola por el comedor. Por allí estaba una niñata pelirroja, recorriendo el comedor de punta a punta en un instante, regodeándose en su supervelocidad. También vio a un chaval que era capaz de generar una especie de ondas expansivas, aunque no demasiado fuertes.
En aquel instante, una chica asiática, con el pelo largo y negro, se materializó a su lado, tras lo cual volvió a desaparecer, apareciendo junto a Caine, que la sonrió con aprobación.
Diana no pudo evitar sonreír maliciosamente al ver a Dekka en una de las mesas más alejadas del comedor, sola, mientras practicaba su poder, que había resultado ser la antigravedad.
Diana pensó en cómo había hecho que se uniera al grupo. Dekka al principio se había negado rotundamente, cabreando bastante a Caine, que no estaba acostumbrado a eso de que le dijeran que no a algo. Diana, por su parte, decidió atajar el asunto con una de las cosas que mejor se le daban: el chantaje. Le recordó a Dekka esa breve aunque bonita época en que estuvo detrás de ella, y las calabazas que Diana le dio y le dejó caer que si después de eso su vida en Coates le había resultado difícil, lo que vendría después sería aún peor si seguía negándose. Dekka, siempre queriendo estar al margen, acabó accediendo.
En ese momento, Caine se acercó a Diana y se sentó junto a ella.
-¿Qué tal van los pequeños saltamontes? ¿Van avanzando? -preguntó Diana, sin mucho interés en la voz.
-Pues resulta que sí -respondió Caine-. Taylor está a punto de poder saltar de una habitación a otra, Andrew cada día genera ondas de más intensidad y Brianna... Bueno, es la que más avanza.
Caine sonrió ligeramente, esperando tal vez que a Diana le hubiera hecho gracia ese último chiste. Diana, lejos de ello, puso los ojos en blanco, con suficiencia.
-Bueno, tampoco es que quiera escuchar la vida de cada uno. No es que me interese mucho.
Caine la miró un momento, irritado, y miró a otro lado, resoplando.
-Sigo intrigada por el porqué de todo esto, eso sí. Sabía lo de tus delirios de grandeza, pero de ahí a querer convertirte en el Rey de los Niños con Poderes hay un paso bastante largo, Caine.
Caine sonrió con arrogancia y miró a Diana a los ojos.
-¿No te interesan los reyes, Diana?
Diana le mantuvo la mirada, fingiendo indiferencia.
-Cuando conozca a un rey, te lo diré.
Caine sonrió un poco más y volvió a mirar hacia la decena de chavales que había en el comedor. Con el codo sobre la mesa, Diana se sujetó la barbilla con la mano y miró también a su alrededor, sin estar muy segura de adónde iba todo aquello.
Aún no le había contado a Caine lo ocurrido cuando él le cogió la mano y aquella luz azulada le brilló en la mente. A esas alturas, Diana sabía que seguramente era un poder, que ella también estaba metida en aquello, quisiera o no. Diana decidió que no podía eludirlo, así que volvió la cabeza hacia Caine, que observaba atentamente a los chavales del comedor.
-Caine -lo llamó Diana, después de respirar hondo.
Él se volvió hacia ella, interrogante. Diana le contó con calma el episodio de la primera vez y, después de sopesarlo un poco, también lo que ella misma pensaba de ello.
Caine la escuchó atentamente, alzando un poco las cejas en algunos puntos y, cuando ella acabó, alzó un poco la comisura de los labios.
-Vaya... -dijo, con un tono de voz que puso a Diana nerviosa por alguna razón.
Caine, en un solo movimiento, volvió a entrelazar los dedos con los de Diana por debajo de la mesa y la miró con atención.
Diana cerró los ojos un momento, aunque no le hacía falta. Ahí estaba, otra vez. Diana asintió, ante la pregunta silenciosa que Caine le formulaba con la mirada.
Caine mantuvo la mano sujetando la de Diana un momento más de lo necesario y se levantó, llamando con autoridad a los chicos que había en el comedor. Todos se acercaron enseguida, sin apenas ninguna queja.
Diana por un momento se temió que la hiciera alguna especie de prueba con todos ellos, pero Caine se limitó a despedirse amablemente de ellos y a echarles de buenas maneras del comedor.
Cuando estuvieron ellos dos solos, Caine se volvió hacia Diana, que le miraba, seria.
-Entonces... ¿Qué tenemos aquí? -Caine inclinó la cabeza a un lado, mirando a Diana con una sonrisa ladeada.
Diana se puso en pie, erguida.
-No lo sé -contestó, con firmeza-. Pero lo siento, no vas a hacerme cogerle la mano hasta al gato como alguna especie de prueba. No soy una más de todos esos -Diana señaló con desdén la enorme puerta de entrada al comedor.
Caine frunció el ceño, apretó los labios y su expresión se endureció considerablemente. Diana supo al instante que lo había enfadado, y que seguramente acabaría haciendo lo que le dijera. Quisiera o no.
-Tú vas a hacer lo que yo te diga. Por si no te has dado cuenta todavía, aquí mando yo, Diana -a cada palabra Caine se iba acercando más a ella, pero Diana se mantuvo sobre su sitio, sin retroceder. Cuando Caine estuvo tan cerca que el espacio entre ellos se reducía a una decena de centímetros, él hablaba en voz baja, amenazante-. Soy el más poderoso de aquí, y pienso dejarlo claro.
Diana, con la piel de gallina bajo la camisa y la chaqueta del uniforme de Coates, apretó la mandíbula y asintió.
Caine esbozó una sonrisa afilada como un cuchillo y asintió.
-Muy bien. Hasta mañana, entonces.
Al día siguiente, después de las clases, el comedor volvió a tener visita. Los primeros en llegar fueron Diana y Caine, por supuesto. Mientras los demás iban llegando, Caine les indicaba que se sentaran y esperaran. Algunos ponían alguna objeción o farfullaban alguna queja, que Caine frenaba con una sola mirada.
Diana estaba de pie junto a Caine, con los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho.
Cuando todos los chavales estuvieron sentados y callados, Caine les dijo que Diana iba a proceder a realizar una prueba, que todos debían pasar, sin ninguna excepción. El anuncio fue recibido con alguna risa despectiva y alguna queja, que se acallaron rápidamente.
Diana, respirando hondo, avanzó hacia los chicos, que la miraban fijamente, algunos con suspicacia, otros con algo de miedo y otros con odio abierto.
Diana les estrechó la mano a todos, recibiendo en cada uno un destello azulado en la mente, en algunos casos más intenso y en otros menos, pero ninguno igual de intenso que el de Caine. Diana memorizó a cada uno y su grado de luz, con un cuidado minucioso. Cuando acabó, volvió la cabeza hacia Caine y asintió, antes de acercarse hacia él.
Mientras caminaba hacia Caine, una voz detrás de ella habló.
-Vaya, Diana, parece que ya no nos vas a poder mirar con esa superioridad. Tú también eres rara.
Diana se dio la vuelta con decisión, dispuesta a dar una respuesta cortante, pero Caine se le adelantó. Extendió el brazo con la mano abierta hacia el chico que había hablado, tirándolo de espaldas de la silla, y haciéndole soltar un grito ahogado.
-Mucho cuidado con lo que se dice, ¿queda claro?
Nadie habló ni hizo ningún ademán de objetar algo. Caine indicó con un gesto de la mano que cada uno se pusiera a lo suyo y el comedor se llenó del sonido habitual de los chicos practicando.
Diana y Caine se sentaron en su sitio habitual en una de las mesas centrales. Diana se cruzó de brazos, mirando a Caine con seriedad mientras él alzaba una ceja.
-Creo que es como una especie de medidor -explicó Diana, con calma-. Cambia en cada caso.
Caine se llevó el pulgar a los labios, pensativo.
-Ya veo. ¿Cómo si midieras la intensidad del poder o algo así?
Diana se encogió de hombros.
-No lo sé. O eso o el nivel de trastornos mentales. De eso sobra por aquí.
Caine hizo caso omiso de la pulla y se mordisqueó la uña, repasando a Diana con la mirada.
-¿Quién tiene el más fuerte? -preguntó, fingiendo indiferencia.
Diana le miró con frialdad, segura de que él ya sabía la respuesta y solo quería oírla de su boca.
-Tú -respondió Diana.
A Caine se le escapó una sonrisa de profunda satisfacción y asintió. Diana, aún con los brazos cruzados, no dijo nada.
Apenas hablaron durante el resto del tiempo. Diana se quedaba sentada mirando a su alrededor con aburrimiento mientras Caine recorría el comedor, hablando, felicitando y aconsejando a los chicos.
Forjándose un grupo de seguidores, pensaba a menudo Diana.
