Hola a todas! Muchas gracias por todos sus reviews y a todos aquellos que me siguen y no tienen cuenta, me encantaría que me dejen un review para saber que lo leen y sino bueno, seguiré con mi fiel séquito de lectoras jajaja. Muchas gracias de verdad.

Éste capítulo es uno de mis favoritos. Me gusta mucho como caracteriza a una de las merodeadoras en especial, y bueno, obvio, dejo de enfocarme en Luna jajaja. Acá es cuando las cosas ya comienzan a complicarse... En fin, dejo de adelantarles cosas y las dejo leer.

Muchos besos! Nos vemos abajo!


3

Un pichón en un nido de culebras.

A Tara le gustaba desaparecer. Ella disfrutaba de su ausencia prolongada en nuestras vidas para luego reaparecer con un sinfín de historias y una innumerable cantidad de anécdotas de lo más particulares respecto a los lugares que había visitado y las personas que había conocido.

Sus historias variaban en contenido de manera asombrosa. A veces comenzaba con un relato tranquilo, por ejemplo, el relato de la visita sorpresa que quisieron hacerle a un viejo productor de cine en su quinta privada, con la esperanza de que esto lo entusiasmara lo suficiente como para volver a producir. Esa historia terminó con la huida de Tara, dos camarógrafos y un periodista corriendo por su vida, tras la reacción violenta del viejo productor, quien al ver intrusos en su hogar no dudó en perseguirlos con una escopeta. Tara se enteró, meses después, que el productor no era el productor en sí, sino su hijo. Que éste tenía demencia senil y vivía solo y el productor había muerto meses antes de que ellos decidieran "sorprenderlo" en su casa. Y que su muerte no había sido difundida porque el viejo apreciaba mucho su privacidad y había dejado estrictas instrucciones de que no se comunicara su muerte en ningún medio de comunicación. Cuando Tara se enteró de esto y me telefoneó aquel Martes lluvioso de Octubre para contármelo, no pudo más que decirme:

− Qué loco, ¿No?

La forma en la que Tara se desvanecía por meses y luego reaparecía inesperadamente, convirtiéndose en presa segura de todas las miradas y siendo sus historias foco de atención de todos los oídos, me aterraba. Su forma de vivir comiéndose al mundo antes de que éste se la comiera a ella podía asegurarle el éxito en la gran pantalla y como modelo, pero a mi modo de ver, jamás podría llenarla como persona. Yo tenía la teoría de que Tara no era feliz con nada de lo que hacía, y por eso se metía en problemas constantemente, como para revalorar lo que tenía. Para replantear su vida y darle el curso que se le apeteciera.

O bien, ella era feliz con lo que hacía, sólo que su estilo de vida jamás, jamás de los jamases sería compatible con el que yo había elegido para mí. O al menos eso pensaba yo en aquel entonces.

Pero lo más llamativo de sus desapariciones, es que éstas se tornaban cortas siempre que Tara tenía alguna crisis. A veces se iba con la promesa de viajar a Milán y quedarse allí cuatro meses, y terminaba volviendo al mes y medio, porque había peleado con Benjamín y no podían compartir cuarto ni verse las caras siquiera durante el desayuno. Nunca olvidaré aquella vez que nos contó que se iba a París por un mes para celebrar su segundo, primero o nulo aniversario con Benjamín, y ni siquiera llegó a tomar el vuelo, porque se dio cuenta de que, aunque se iban para celebrar el tiempo compartido, no estaba segura de poder pasar tanto tiempo viéndolo únicamente a él, las veinticuatro horas del día.

La relación de Tara con Benjamín tenía altibajos, obviamente, pero éstos no eran como los de cualquier relación. Cada vez que Tara peleaba con Benjamin, significaba guerra. Y cuando digo guerra, mis niños, es que era la guerra. Nunca vi a una persona ser tan cruel con otra y a la vez quererla tanto. Y no lo digo sólo por Tara, lo digo también por su bendito tío el supermodelo.

Resultó ser que nuestra rubia amiga no era la única con carácter fuerte. Benjamín tenían una gran predisposición para satisfacer los caprichos de Tara la mayoría del rato, pero si un día se le chiflaba el moño y simplemente no quería pagarle la cena – a pesar de que la hubiese invitado a salir él – no se la pagaba. Y Tara, que nunca se había destacado por su paciencia, no se lo perdonaba. La escena culminaba en una Tara enfadada, que no escuchaba ni de peros ni razones y le arrojaba a Benjamín – directo a la cara – un plato de la más fina porcelana inglesa. Gracias a Dios, casi siempre – porque un par de veces Benjamín no fue tan hábil – él lograba esquivarlo. Pero lo cierto es que ella nunca aguardaba a ver el resultado final: Arrojaba el plato directo a su objetivo, giraba sobre sus talones y salía del lugar.

Lo que siempre era igual era el resultado final: un período de estadía junto a nosotras. Y claro. Tara conocía mucha gente además de nosotras en la ciudad y que estaría dispuesta a darle alojamiento, pero valoraba demasiado su intimidad en cuestión de hábitos y personalidad como para exponerse ante cualquiera. Esa es la mayor de sus virtudes y he de ponderársela siempre: no es fácil ser auténtico en el mundo de la farándula, mucho menos cuando constantemente te tenés que disfrazar de otra persona. Así que, nos gustara o no, que Tara llegara a nuestra puerta con un gran bolso, una pequeña cartera, una valija gigante, o simplemente con las manos vacías porque "se acababa de pelear en la puerta del edificio y había insultado hasta el portero y su madre como para poder entrar y tomar sus cosas", no siempre significaban buenas noticias.

Al principio, como las peleas se repetían bastante seguido, intentamos convencerla entre todas- Rachel y Abby en video conferencia por Skype de por medio – de que dejara a Benjamín y se consiguiera a otro chico. Era entonces cuando ella objetaba que lo amaba y que era el único hombre que le había importado en la vida, y no quería renunciar a él, porque era perfecto con virtudes y defectos. O, si, por el contrario, estaba muy enfadada, se excusaba diciendo que no podía dejarlo porque para dejarlo tendría que verlo de nuevo y verlo de nuevo le desagradaba demasiado, así que lo mejor sería esperar a que las cosas se calmaran.

Pero Benjamín no era un tipo pollerudo. Tara tampoco era una dominada. Así que ni Benjamín era siempre el primero en llamar, ni Tara era siempre la primera en dar el brazo a torcer. Con las chicas llevábamos la cuenta de quién había cedido más veces que el otro, pero nos perdimos luego de que Tara hizo un viaje con Benjamín de dos meses a Europa y no se le permitió volver antes de lo previsto porque tenía una sesión de fotos obligatoria con un importante fotógrafo. Entonces, según sus palabras, peleaban cada día y se reconciliaban cada día, pero jamás se molestó en detallar quién llamaba a quién, de modo que perdimos la cuenta.

Pero después del año y medio, sin declararse novios aún y sin llevar cuenta ni día de su aniversario, Tara y Benjamín habían reducido mucho su nivel de peleas. Ella había madurado bastante tras conocer muchas visiones oscuras del modelaje y él había aprendido a quererla tal cual era, de la misma manera que la queríamos nosotras: inestable y caprichosa. Vulnerable, pero fuerte. Delgada pero imponente. Así era Tara y así sería siempre.

Hasta el día de hoy, haciendo ya más de quince años que están juntos y se conocen, ellos no llevan la cuenta concreta de cuánto llevan como pareja. Y aunque están casados, todavía no se animan a decir que son una pareja. Pero sí se animan a decir que se aman y se quieren solamente entre ellos y para ellos. Una clase de afecto que trasciende barreras y es comprendido por ellos nada más.

Definitivamente, es una clase de cariño que jamás, jamás entenderé. Pero siempre he sostenido que lo importante es que las personas adecuadas estén al tanto de la situación que les compete. Y podría decirse que ellos lo están… Hoy, al menos.

Pero esta realidad es la de hoy, para aquel entonces, cuando teníamos entre veinte y veintiún años y una vez que Rachel ya se había comprometido, las cosas entre Benjamín y Tara estaban bastante tranquilas pero seguían con su característica inestabilidad. Aquel Jueves de Septiembre, dos meses después de que Rachel se había comprometido, nos encontrábamos dando vueltas en la ciudad junto a la futura novia en busca de su vestido de bodas. Tara brillaba por su ausencia y desconocíamos de su paradero, pero confiábamos en que se comunicaría de alguna manera para participar de la elección del vestido. O no.

Estábamos por entrar en la tercera tienda cuando un individuo rubio nos cerró el paso con sus enormes valijas y una capelina en su cabeza que desentonaba totalmente con el clima que teníamos en aquel entonces, que era más bien fresco y sin demasiado sol.

− ¿Tara?−Balbuceó Kori mirándola extrañada. − ¿Qué te pasó?

Nuestra amiga estaba más delgada que antes - si es que eso era posible. Estaba vestida con shorts, una camisa transparente sin mangas, zapatos de taco alto y la infaltable capelina. En resumen: estábamos en pleno otoño, con los primeros fríos del invierno y nuestra amiga estaba vestida como para irse al Caribe. No es que la ropa le quedara mal, más bien al contrario: le quedaba tan bien que hasta dudamos un momento si las desubicadas no éramos nosotras en vez de ella. Siendo modelo y estando completamente informada de todas las tendencias, era inusual que Tara se vistiera de forma desubicada en alguna ocasión.

Pero sumando a su look extraño para el día que acontecía, nuestra amiga estaba despeinada, sin maquillar y temblaba notoriamente. Cruzó por mi mente la idea de que estuviese sufriendo algún trastorno alimenticio, pero luego recordé que si existe alguien que ama la comida y que definitivamente no puede parar de comer, ese ser es su tía Tara. ¿O por qué creen que siempre hay tres bandejas de Lemon Pie en sus cumpleaños, mis niños y nunca sobra nada?

Tara no dijo nada. Se mantuvo impasible. Nos abrazó a modo de saludo y entró junto con nosotras y sus valijas a la tienda. Una vez adentro, se quitó la capelina y abrió su valija para buscar un par de jeans largos y un saco de hilo liviano, más acorde al día. Entró a un probador y salió ya arreglada. Tomó asiento en esos bancos gigantes que hay en las tiendas de vestidos para que la gente espere y esperó a que Rachel saliera con el primer vestido que se probaba. Durante el transcurso de la tarde se mostró pacífica y serena, limitándose a opinar con su característica visión de modelo, sin dejar de lado sus observaciones típicas y rebeldes, pero sin revelar el misterio de sus valijas ni de su vestimenta inadecuada.

Abrió la boca para explicar eso cuando paramos en un bar para tomar un café y descansar de las tiendas. Lo dijo tranquila y sin que se lo preguntasen, como quien anuncia una buena noticia.

− Me separé de Benjamín. − Recuerdo que yo estaba sentada a su lado y fue como si el temblor que ella sentía hacía unas horas se me hubiera pasado a mí. Kori, que estaba por comer una cucharada de cheesecake, dejó caer el contenido de la cuchara al plato nuevamente, mientras sus ojos se abrían como platos.

− ¿Qué? −Lo dijimos las tres tan perfectamente a coro que parecía ensayado. Tara tomó un sorbo de su latte y prosiguió.

− No estoy más con Benjamín. Definitivo. Desde hoy y para siempre y nunca, nunca más.

− Pero… ¿Por qué? ¿Qué pasó? − Preguntó Rachel mientras revolvía su té y miraba a Tara a los ojos, como intentando leerla.

− Benjamín me pegó.

− ¿QUÉ? −Esta vez fue más enérgico, e inclusive Kori golpeó la mesa, haciendo que algunas personas se volvieran a nuestra mesa. Tara rió suavemente.

− En serio, ¿A ustedes les parece que ese mequetrefe sería capaz de ponerme un dedo encima? Moriría en mis manos antes de poder llegar a mi cuerpito − Repuso Tara antes de darle otro sorbo a su latte. − No, nos peleamos porque no queremos lo mismo. Es así de simple. Yo quiero A y él quiere B y así nunca vamos a llegar a ningún lado.

− Tara, vos sabés todo lo que yo te quiero −Comenzó Kori mirándola a los ojos fijamente. – y sabés que esto te lo digo únicamente porque te quiero pero… ¿No te parece que, si realmente no quisieran lo mismo, te hubieras dado cuenta en las primeras… No sé, ciento quince peleas?

− Kori, la gente cambia constantemente. Hoy nos peleamos por algo en lo que mañana estaremos de acuerdo. Y llegamos a un punto en que no queremos lo mismo. Él quiere A y yo quiero B.

− A ver, ¿A qué llamás A y B? – Rachel quiso llegar al fondo del asunto. – Porque es obvio que estás enfatizando una diferencia bastante puntual acá. Tiene que ser algo bastante concreto para que te haya hecho hacer click así tan de repente, después de tres años de idas y venidas tan extremas.

− Vamos, no eran tan extremas −Se defendió nuestra loca amiga.

− ¿Ah no? − Repuse yo claramente ofendida. − ¿Y aquella vez que Benjamín vino borracho a declararte su amor y entró, sabe Dios como, a mi cuarto a las tres de la mañana, se acostó junto a mí y comenzó a abrazarme?

− Ya te dije que tendrías que haberte hecho la tonta y dejarlo que siga. Realmente es muy bueno haciendo….

− No quiero saber en qué es bueno − Le espeté rápidamente, poniéndole una mano en la cara. −. Pero ustedes no eran la clase de personas que esperaban a que se enfríen las cosas para solucionar los problemas.

− Sí, son bastante… particulares. −Añadió Kori.

− Son unos locos de mierda − Sintetizó Rachel. −. Vos que cada vez que te enojabas, le tirabas algo por la cabeza y él con esos comportamientos bipolares. Lo único que me sorprende acá, no es que se hayan separado, sino que tenés muy concretizado el porqué de la separación. – Tomó un sorbo de su té – Ver orden entre semejante despelote, en una cuestión importante, me llama la atención. Y más viniendo de vos, sin ofender.

− No me ofendés, mi querida. Después de todo, te vas a casar con el hombre que yo desvirgué. Deberías decirme cosas peores y sin embargo acá estamos, compartiendo la mesa, siendo amigas – Rachel la fulminó con la mirada. Yo me sentí clara y notoriamente incómoda. Tara terminó su latte con una paz envidiable. −. Ah, ¿No te había contado?

− Mierda que sos puta… − Dijo Rachel tranquilamente. Tara soltó una carcajada.

− A mucha honra. – Respondió Tara tranquilamente. La tensión podía cortarse con un cuchillo. Kori y yo intercambiamos una mirada de angustia.

− En fin, muy bonita tu distracción sobre el pasado sexual de mi futuro marido, pero dejá de escaparte y contanos qué es lo que te pasa. – Una vez que Rachel dijo esto sin perturbación alguna, entendí que no había rencores ni tensiones de las cuales preocuparse.

Tara suspiró prolongadamente y permaneció callada unos segundos mientras veía a la gente pasar por la calle.

− Es que… Benjamín me propuso matrimonio.

− ¿Qué?

− ¿Lo estuvieron ensayando? − Inquirió Tara, ya molesta. Rachel, Kori y yo intercambiamos miradas de asombro ante lo que nuestra amiga acababa de revelarnos.

− Por favor, continuá − pidió Kori, mirándola con preocupación. Tara volvió a suspirar.

− No fue mucho después de que Garfield te propuso a vos – Explicó Tara, dirigiéndose a Rachel con la mirada. −. Benjamín dijo que se sentía muy contento con todos ustedes y conmigo, por supuesto… Y que por lo tanto no veía motivos para seguir postergándolo.

− ¿Y vos qué le dijiste? − Tara me miró con los ojos vidriosos y yo imaginé su respuesta. – Por favor, decime que no lo hiciste…

− Yo le dije que no quería casarme con él.

Hubo un silencio en la mesa ante la respuesta de Tara. A pesar del relato de nuestra amiga, ninguna podía comprender muy bien en qué se relacionaba eso con su atropellada aparición aquella tarde. Al ver que Tara no continuaba con el relato, Kori hizo la valiente pregunta que tanto Rachel como yo ya habíamos formulado en nuestras cabezas.

− ¿Cómo que no querías casarte con él? − Tara suspiró por tercera vez desde que había comenzado a contarnos la historia. Se notaba que no era algo fácil de explicar para nuestra rubia amiga.

− Porque yo no me quiero casar nunca con nadie. – Explicó. – No tengo deseos de formar una familia. Ese cuento típico americano de la familia formada por un par de padres perfectos con dos hijos preciosos es algo en lo que nunca creeré. Y definitivamente, es algo de lo que no quiero formar parte.

− Pero Tara… Vos fuiste alguna vez una niñita de una familia americana típica… Es decir, todos lo fuimos− Como siempre, mis niños, su hábil madre metiendo la pata hasta el fondo. Tara me sonrió tristemente.

− No, Luni, esa habrás sido vos. O todas ustedes, pero yo no. Yo me crié en un nido de culebras siendo un pobre pichón y por eso hoy soy lo que soy. Por eso no me quiero casar, porque no creo en el matrimonio. No creo que dos personas puedan amarse para toda la vida y que eso no se convierta nunca, en algún punto, en algo meramente carnal, que solamente pueda ser mantenido por la saciedad del deseo sexual. – Mientras explicaba esto miraba a Rachel como pidiéndole disculpas por estar, básicamente, quebrantándole la ilusión del matrimonio. Kori y yo la observábamos sin poder creer lo que nuestra amiga decía. – Yo no creo que un bebé sea una bendición, yo creo que un bebé siempre es sinónimo de problemas. Un bebé siempre implica gastos, paciencia, horas sin dormir, nueve meses de verte y sentirte incómoda en todo momento… − Al decir esto, una lágrima surcó su mejilla. Kori, que estaba sentada frente a ella, extendió una de sus manos con el fin de apretar la mano que Tara tenía sobre la mesa, en clara señal de apoyo. Tara le regaló una sonrisa llena de dolor. – Y casarme implicaría prometerle a Benjamín todo esto. Implicaría regalarle la esperanza de que podré darle algún día todo esto en lo que no sólo no creo, sino en lo que estoy completamente en contra.

Tara hizo una pausa para recuperar un poco de aire.

– Y eso significa que queremos cosas distintas y que no podemos estar juntos. Eso significa que no es la persona que quiero a mi lado y yo no soy la que él quiere al suyo. – Finalizó. Luego dirigió su mirada hacia Rachel y añadió: - Ahí tenés tu A y tu B. Más clarito imposible.

Tara no sollozó, sino que permaneció inmóvil y en silencio, mirando la gente pasar. Kori seguía apretándole la mano con fuerza y acariciándosela con su otra mano. Ninguna sabía bien qué decir porque ninguna compartía el sentir de Tara, excepto quizá Kori quien también sostenía que no quería casarse jamás, pero todas sabíamos que desde que estaba con Dick había dejado de creer en eso aunque no lo dijera. Éste fue uno de los momentos de mi vida en los cuales entendí que no siempre podés ponerte en los zapatos de la otra persona, no importa cuanto lo intentés.

A veces, cuando alguien nos cuenta alguna experiencia, podemos imaginar cómo reaccionaríamos o qué haríamos si nosotros las hubiéramos vivido. A los seres humanos nos gusta pensar que tenemos una mente abierta y que podemos ponernos, sin problema alguno, en el lugar de quien queramos y comprenderlos perfectamente. Existen, sin embargo, algunas experiencias que escapan a estas percepciones. Son esas vivencias tan duras, dolorosas o impresionantes que solamente las entienden quienes las hayan vivido. La de Tara era una de ellas.

No importaba cuánto nos esforzáramos: ninguna de nosotras era capaz de situarse en una familia sin amor ni respeto como la que había tenido Tara. Ninguna podía imaginar qué se sentía crecer en un nido de culebras siendo un pichón, sin importar cuántas veces escucháramos los relatos que Tara tenía para compartirnos. Esto, por supuesto, no sólo impedía que pudiéramos entender a nuestra amiga, sino que también impedía que tuviéramos algo que decirle, ya que ninguna sabía muy bien qué sería conveniente decir.

Pagamos nuestras bebidas y nos retiramos del bar. El sol ya estaba cayendo y ya estaba comenzando a refrescar. Habíamos recorrido un par de tiendas y la tensión se había roto de a poco mientras hacíamos comentarios respecto a la ropa que veíamos en las vidrieras. Pero yo estaba segura de que en el fondo, tanto Kori como Rachel y yo nos preguntábamos qué podíamos decirle a Tara para consolarla.

No fue hasta que llegamos al departamento y cenamos que entendimos qué había que hacer para el bienestar de nuestra amiga. Luego de que devoramos tres pizzas gigantescas y completas, entre charlas y cervezas, decidimos ver una película acostadas en los colchones y tapadas con unas frazadas. Gran error: caímos dormidas en los primeros veinte minutos de la película. Hasta el día de hoy no puedo recordar cuál era, pero sí recuerdo que me desperté cuando estaban pasando los créditos porque alguien había prendido la luz. Observé con un ojo abierto como Tara se aseguraba de que estuviéramos dormidas y se deslizaba hacia la ventana, subía a la escalera de incendios y se dirigía a la terraza. Mi curiosidad pudo más que mi prudencia y me incorporé para seguirla y averiguar qué iba a hacer mi rubia amiga. Aguardé unos instantes con el fin de que Tara me sacara cierta distancia de ventaja y poder observarla sin que ella se diera cuenta. Me acerqué a las escaleras y seguí los pasos de la supermodelo.

Llegué hasta la azotea, pero no subí, me mantuve en el descanso de la escalera de incendios y la espié en puntas de pie, asomando únicamente mis ojos para averiguar qué hacía mi amiga a esa hora de la noche sola en nuestra terraza. Lamenté no haberme llevado un abrigo, estaba muriéndome de frío cuando escuché unos sollozos que me resultaron inconfundibles. Tara había subido a la azotea a llorar en soledad.

Y entonces entendí que mi presencia sobraba en aquella azotea, y que lo mejor que podía hacer por mi amiga era darle el lujo de su intimidad y soledad. Algo que significaba un verdadero e invaluable privilegio, teniendo en cuenta el mundo que ella había elegido transitar.

Bajé sobre mis pasos y me ubiqué exactamente donde me hallaba acostada cuando Tara abandonó la habitación, para darle la falsa certeza de que no me había dado cuenta de su partida. Inclusive tuve el detalle de dejar las luces prendidas como ella lo había hecho. Me dormí pensando en que eso era lo correcto, y fue esa noche en la que entendí que a veces, lo mejor que podés hacer por un amigo, es dejarle su espacio y regalarle tu silencio. Que estar para alguien no siempre significa tener algo que decirle, sino que a veces significa respetarlos cuando no quieren oír nada de lo que tengas para decir.

Algunos años después, conversando con Kori, me enteré que tanto ella como Rachel también se habían despertado cuando Tara había prendido las luces.


Algunas aclaraciones: Recuerden que en el primer capítulo de la primera parte, menciono que Tara y Garfield fueron novios y que las cosas no terminaron del todo bien... Pero se guardaban cariño.

Muchas gracias por leer! Espero contestar sus reviews :)

Cook