Feliz Navidad! ¿Ah, no? Jajajaja, aún no es? Bueno, menos mal, quiere decir que no llegué muy tarde entonces jaajaja. Mis queridas lectoras! He quedado super conforme con mi entrega anterior y ha sido todo gracias a ustedes por sus bellos reviews! Mil gracias, en serio, por tomarse el trabajo de dejar un bello comentario, me hacen super feliz. Les cuento que estaba atascada en el capítulo 7 desde más o menos... Agosto/Septiembre, y hoy por una iluminación divina - o sea, me quedé sin internet - pude terminar el 7 y comenzar el 8... Lo que significa que... ¡Aquí ando, actualizando! Jajaja es que no actualizo hasta estar segura de dejarles algo porque sino luego las dejo colgadas sin continuar y bueno, se me enojan. Este capítulo viene con sorpresita, pero se las dejo al final. Mil gracias por leer!


6

Más que un simple vestido

Hay, en la vida, pocas cosas que hagan a uno sonreír plenamente. Escasean esos momentos en los que uno es realmente feliz, pero esto no se debe, mis muchachos, a que la vida sea mala o injusta: esto se debe a que la felicidad es un instante. No es un estado permanente, es un momento lo suficientemente glorioso para ser recordado con tanta intensidad, que cuando eso sucede sos feliz de nuevo. Así de cursi como suena.

Este momento que voy a contarles ahora, fue uno de esos momentos tanto para mí, como para mis amigas. Fue una felicidad compartida entre las mosqueteras.

La cosa ya comenzaba rara: estábamos todas en la ciudad. Abby se había tomado una semana para visitar a Victor y a su familia, Tara seguía sin encontrar un mono ambiente – y soltera – y Rachel había venido a visitarnos. La claustrofobia nos invadió cuando estábamos desayunando en el departamento y el sol se escurrió por la ventana. El impulso de salir a la calle fue incontenible. Además, Abby tenía algunos recados que hacer y Tara estaba decidida a renovar su guardarropa.

El sol era débil y caía la primera nevada de Diciembre, pero ninguna tenía frío. Habíamos desayunado bien y estábamos más distraídas charlando que preocupándonos por el clima. El calor de los afectos muchas veces distrae más que cualquier condición climática. Otras veces es insuficiente.

Fue sin avisar, ninguna de nosotras lo esperaba, definitivamente. Pasamos frente a una vidriera y Rachel quedó paralizada, como hipnotizada por lo que estaba viendo. Claro, a ninguna de nosotras nos llamó la atención eso, ya que eran vestidos de novias. Más bien, podría decirse, que todas – menos yo – les estaban huyendo aún. Así y todo, al ver que nuestra amiga se había detenido, todas la imitamos.

Rachel estaba idiotizada mientras mantenía la vista clavada en su objetivo. ¿Y como para no? Era hermoso. Pero era una casa de fina costura, por lo que estaba totalmente fuera del presupuesto de Rachel – y del de cualquiera de nosotras.

Tara, ni lenta ni perezosa, adivinó los pensamientos de Rachel y decidió interrumpirlos con una propuesta que a todas nos llamó la atención:

-¿Por qué no te lo probás?

Rachel la miró, al igual que todas nosotras, sorprendida. La propuesta de la Barbie no tenía sentido alguno. Era como una invitación al masoquismo extremo, correr el riesgo de verse enfundada en un sueño, pero sin terminar de calzárselo por completo. Era embarcarse en algo que nunca se iba a cumplir.

-No seas tonta, Tara – Repuso Rachel, volviendo a su cotidiano tono monótono y haciendo un esfuerzo sobrehumano para despegar la vista de la vidriera. - . No podría pagarlo y probármelo sería una pérdida de tiempo.

-¿Y? – Inquirió Tara. Recuerdo haber contemplado la posibilidad que la botellita de agua que Tara cargaba en aquella ocasión, realmente estuviera llena de vodka y fuera esa la razón por la cual nuestra amiga hacía planteos incoherentes. Pero luego añadió. – Si te gusta y podés, te lo llevás. Y si no, no perdés nada.

- Tara, pierdo tiempo – La contradijo Rachel, pero ya se notaba que la idea de la rubia no le desagradaba tanto. - , bah, les hago perder tiempo a ustedes.

-Yo no tengo apuro alguno – Repuso Tara, tomando un poco de su agua antes de dirigirse a nosotras. - ¿Ustedes?

Kori y yo negamos automáticamente, a fin de cuentas no teníamos nada que hacer. Abby pensó un poco y luego dijo:

-Yo tampoco.

Era como si las complicidades que Tara y Abby mantenían en el secundario volvieran a estar vigentes. Como si tramaran algo de lo que nosotras no teníamos idea.

Rachel no tuvo opción de replicar y arrastró los pies hacia dentro del local, resignada. Adentro nos atendió una mujer de edad bastante avanzada, finamente vestida con un trajecito rosado, con chaqueta y pollera de vestir. Calzaba tacos no demasiado altos y era bastante delgada. Nos sonrió ampliamente mientras Rachel le pedía el vestido en vidriera tímidamente. Se retiró de nuestra vista con la promesa de volver con el vestido.

Esperamos observando los distintos modelos que estaban exhibidos en esos maniquíes de cuerpos perfectos. Recordé mi infancia y me sentí orgullosa de mí: antes hubiera sido incapaz de soportar estar dentro de uno de esos locales, que vendía la perfección física con tanto descaro.

Kori intentaba disimularlo, pero miraba los vestidos con cierto entusiasmo. Deseé en mi interior que halagara alguno en voz alta para poder objetarle que el hecho de que alguno le gustara significaba que quería casarse, pero no hubo caso. Permaneció en silencio, aguardando con el resto de nosotras.

Tara se mantenía incoercible. No miraba a nada en particular y hasta parecía más ansiosa que Rachel por la llegada del vestido. Al cabo de escasos minutos, la mujer volvió trayendo el vestido envuelto en un plástico transparente, sosteniéndolo con delicadeza.

-No sé si éste será el talle correspondiente, pero lamentablemente es el único que tengo en este momento – Advirtió apenada, mientras se lo entregaba a Rachel. Nuestra amiga sonrió tímidamente. - ¿Cuándo es la boda?

-Da igual, esto es más por maña que por otra cosa – Repuso Rachel, un poco más aliviada de que existiera la posibilidad de que el vestido no le entrara y entonces no se quedara con las ganas de llevárselo. La mujer le devolvió la sonrisa y le indicó que pasara al probador.

Esperamos sentadas a que Rachel saliera para comprobar si había logrado su hazaña o no. La verdad, y no es por desmerecer el escultural físico que tiene su hermosa tía Rachel, mis queridos, pero yo creía que no iba a entrar dentro de ese vestido. Supongo que eran más las ganas de que no entrara y que no se ilusionara en vano que la fe en que no era el talle indicado. En el fondo creo que todas sentíamos lo mismo.

Excepto Tara. Ella estaba confiada, tranquila. No miraba los vestidos de novia, más bien paseaba la vista por el lugar sin detenerse en ningún punto en particular. Estaba cruzada de brazos y tamborileaba el suelo con el golpe de una de sus plataformas, el cual era constante y con un tono nervioso que estaba contagiándonos.

Hoy estoy convencida de que esa fue una de las esperas más breves de mi vida, pero definitivamente se sintió eterna… Pero lo que sí puedo decir es que definitivamente valió la pena.

Rachel salió del probador enfundada en ese vestido blanco que de alguna manera no se perdía con su piel. Yo atribuyo esto a que ella estaba realmente radiante, por mucho que intentara disimularlo con esa timidez, esa falta de demostración de emociones tan característica de su rostro.

El vestido era muy ceñido, es verdad, pero calzaba perfectamente en las caderas de Rachel y resaltaba cada uno de sus atributos, sin hacerlo de manera vulgar. Era largo y caía hasta el suelo, pero sin llegar a él. Justo del largo de Rachel, permitiéndole usar tacones claro está. Tenía un escote en forma de corazón y unos breteles muy finitos que caían simpáticamente sobre sus hombros. Era liso y de satén, brillaba con el reflejo de la luz, pero no demasiado: solo lo suficiente.

A todas nos costaba darle crédito a lo que nuestros ojos veían, porque si bien alguna de nosotras había conservado la esperanza mínima de que ese vestido le entrara, ninguna había imaginado jamás que Rachel se vería tan perfectamente hermosa en él. Y sí, niños, lo digo así de redundante y de cliché: Rachel se veía perfectamente hermosa en él.

Ni siquiera tenía maquillaje, sólo un poco de máscara en las pestañas para no parecer tan dormida, pues estábamos en época de exámenes. Sonreía tímidamente al tiempo en que salió para que la viéramos y dijo:

−Qué gorda me veo… − Se miró en uno de los grandes espejos que estaban para verse el cuerpo entero. Giró sobre sí misma para observar el reflejo de su espalda mientras torcía el cuello para lograrlo y luego volvió a mirarse de frente.

Ninguna de nosotras podía reaccionar, estábamos pasmadas ante la belleza que teníamos en frente. Costaba creer que un simple vestido, una simple prenda pudiera cambiar tanto a una persona. Con el tiempo entendí que no era la prenda en sí, mis niños, sino que fuimos nosotras las que le dimos valor a esa prenda.

Kori se acercó a Rachel, quien se observaba de frente esperando nuestra opinión. La pelirroja se paró detrás de ella y posó sus manos sobre los hombros de la futura novia a la par que dirigía su mirada al frente, de modo que ambas miraban su reflejo en el espejo. Unas lágrimas se asomaron por aquellos verdes luceros, que tanta personalidad y coraje solían demostrar en todo momento.

−Rachel, la puta madre…−Murmuró ella, sin dejar de mirar el reflejo. −¡Te vas a casar! –Giró a Rachel sobre sí misma para abrazarla y la estrujó con fuerza, mientras ambas sollozaban. Abby, Tara y yo nos miramos risueñas, pero con los ojos ya húmedos. Fue en aquel momento en que nos dimos cuenta casi en totalidad lo que estaba pasando.

Si bien, las cinco siempre hemos sido amigas, las afinidades son notorias. Nos amamos como hermanas y nos portamos así constantemente, pero la relación que tenemos de manera más individual, es distinta. Y eso no es malo, niños, para nada. Es natural. Éste fue uno de esos momentos en que Kori tuvo que salir de su esbelto semblante de líder desafiante y volverse tan frágil y vulnerable como todas somos en realidad. Fue, después de su propia boda, el momento más emocionante que Kori tuvo en su vida.

Kori y Rachel se conocían desde que tenían once años. Habían crecido juntas, lo quisieran o no, compartiendo millones de cosas. Kori fue la primer gran confidente de Rachel, con todo lo que eso implicaba para nuestra amiga, quien era tan reservada y callada. Y Rachel era la conciencia con piernas de Kori, la que la había apoyado durante toda una guerra sin sentido, la que le había dicho cuando frenar… Y también la primera en demostrarle que las traiciones no son traiciones si se hacen por amor.

De modo que podía entenderse a la perfección el sentimentalismo de la escena: para ellas era el fin y el comienzo de una era. De una era muy importante que habían empezado y terminado juntas y que iba a separarlas un poco nada más, pero demasiado para dos personas que se querían tanto.

Nosotras tres no necesitábamos que nadie nos explicara esto porque siempre lo habíamos sabido, y si bien todas amábamos a Rachel y teníamos una especial afinidad con ella, no podía compararse definitivamente con la que Kori tenía. De modo que permanecimos en silencio, de manera natural, mientras las lágrimas escapaban de nuestros ojos, permitiéndoles salida con total tranquilidad.

Rachel y Kori permanecieron abrazadas un largo rato. Siempre he tenido la sospecha de que en aquel momento, todas las lágrimas soltadas por ambas se debieron a que estaban recordando toda su trayectoria, juntas, todos sus grandes momentos, todas las cosas compartidas… Era algo muy intenso. Lo hubiera sido para cualquiera.

Finalmente, se separaron y se miraron de frente. Kori le quitó un par de mechones del rostro a Rachel, que se habían entrometido entre tanto atropello emocional. Rachel le sonrió débilmente, con el rostro marcado por la mascara de pestañas que se le había corrido de los ojos por tanto llanto.

−Siempre supe que eras más linda que yo, pero no tanto –Dijo Kori, dirigiendo su mirada al espejo nuevamente, para mirar el reflejo de ella y nuestra amiga. −. Yegua, te queda divino el vestido.

−¿Más linda que vos? –Repitió Rachel, sollozante pero riendo débilmente. –Pfff… Ya quisiera. A fin de cuentas, según Tara vos sos la que se quedó con el que tiene un lomazo –Todas reímos al recordar la peculiar y siempre tan oportuna observación que Tara había hecho de Dick cuando estábamos en el secundario. Inclusive la súper modelo rió recordando sus propias palabras.

−Un lomazo no se compara con lo que vos te vas a llevar, Rachel –Repuso Kori, con absoluta tranquilidad. −. Vos tenés al mejor de este grupo. Tiene un corazón de oro y te ama locamente… No podés pedir más.

Rachel la observó mientras Kori describía a Garfield y los ojos volvieron a llenársele de lágrimas.

−¡Kori, la puta madre, justo se me estaba pasando! –Protestó la gótica, golpeando amigablemente a Kori. Todas nos reímos ante la reacción de nuestra amiga, aún con los ojos húmedos. –En fin, dejémonos de cursilerías por favor se los pido… La máscara me va a manchar el vestido y no lo puedo pagar…

−Eso es porque nunca me hacés caso –Repuso Tara, cruzándose de brazos, caminando hacia Rachel. −. Siempre te digo que uses máscara anti agua pero noooo…−Pronunció el "no" alargando las "o" por mucho tiempo a la par que gesticulaba con los brazos. Todas nos reímos ante ese gesto tan dramatizado, tan particular de Tara. –Siempre usando las comunachas… Un día te va a agarrar conjuntivitis por andar comprando cosméticos baratos y ahí te vas a acordar de mí y vas a decir "Oh, ojalá le hubiera hecho caso a Tara, la más sabia de todas las súper modelos y definitivamente más delgada y hermosa que Paris Hilton" –Hizo una imitación usando una voz aguda, mientras miraba el techo soñadora. Aunque el clima sentimental no se había ido, todas nos reímos con muchas ganas. Tara era todo un personaje.

−Mirá, te acabo de hacer caso al entrar a esta tienda y probarme este vestido… −Dijo Rachel a modo de protesta, volviendo su mirada a su reflejo en el espejo y enamorándose nuevamente de lo que el mismo le devolvía. –Y me hace ver gorda. –Completó, intentando disimular su fascinación. Todas nos reímos con ganas, menos ella, claro.

−Rachel, jamás has sido buena mintiendo –Comenzó Abby, avanzando hacia nuestra amiga para pararse a la par de Tara. – y tenés un físico espléndido, cosa que no puedo explicarme porque nunca has comido ni dormido como se debe.

Rachel tenía una forma muy particular de distribuir sus tiempos. No tenía ningún problema en postergar visitas o juntadas con nosotras por quedarse horas y horas leyendo libros referentes a su carrera o que le interesaban. Muchas veces se ensimismaba tanto en un libro que olvidaba comer aquella noche y claro está, todos conocemos el desvelo que un buen libro puede provocarnos. De modo que Rachel dormía poco, muy poco y casi siempre mal, incómoda, como si fuera algo que realmente le costaba. Quizás por eso siempre estaba tan pálida y ojerosa.

A todo esto sumémosle que Rachel no tenía demasiados prejuicios con la comida. Siempre intentaba comer sano, como una contraposición que equilibrara su inestable sueño, pero digamos que si la ocasión lo ameritaba y acabábamos comiendo un kilo de helado cada una mientras contábamos todas nuestras frustraciones o simplemente por diversión en medio de una noche compartida, Rachel no se opondría. Luego le agarraría la locura y estaría una semana comiendo ensaladas – cuando sus libros la dejaran – para interrumpir su "ordenada" dieta con un chocolate que Garfield le regalaría en el fin de semana. Sí, para ser tan estructurada en muchas cosas, Rachel era algo desorganizada en sus hábitos fundamentales… Pero creo que es algo que nos pasa a todos. Siempre que somos precisos y perfectos en un aspecto de nuestra vida, necesariamente acabamos descuidando el otro.

De modo que la observación de Abby era perfectamente válida, teniendo en cuenta los hábitos que Rachel llevaba podíamos considerarla una verdadera afortunada.

Nuestra pálida amiga le regaló una sonrisa llena de suficiencia a Abby.

−Como sea… No importa lo que digan, el vestido me hace gorda.

−¡QUE NO TE HACE GORDA! –Esta vez lo gritamos todas a coro y sin miedo. Sabíamos que Rachel estaba buscando excusas para no aceptar lo bien que se veía. Yo la entendía: es frustrante querer algo que encima, te queda bien, pero que no podrás tener.

−Bueno, está bien, no me hace gorda. –Aceptó Rachel, volviéndose a nosotras. –Me queda divino pero no lo puedo pagar, y jamás encontraré otro vestido que me agrade tanto como este. –Dictaminó, sentándose en uno de los largos sillones de aquella fina tienda. La mujer que le había entregado el vestido irrumpió en la sala, trayendo champán y cinco largas y finas copas de vidrio en una bandeja.

Tara le indicó con un gesto de la mano que lo dejara sobre el sillón grande que antes habíamos ocupado nosotras para esperar a Rachel. La mujer obedeció y luego se dirigió a Rachel para halagarla por lo bien que le quedaba el vestido. Nuestra pálida amiga quería morir. Sabía que no podía llevarse ese vestido y que aquella mujer estuviera desviviéndose en halagos no iba a ayudarla a hacerlo. Por lo menos no iba ayudarla a querer hacerlo.

El resto de nosotras, simples mortales que no conocíamos los lujos de comprar en una casa de alta costura, debimos reprimir los impulsos de abalanzarnos sobre la pobre mujer mientras gritábamos "¡Alcohol gratis!". Pocas veces me sentí tan importante como cuando tomé champán en aquel lugar. Ese simple hecho hizo que todas nos sintiéramos elegantes y finas, excepto Tara quien disfrutaba de estos privilegios constantemente y le dio el valor de algo habitual.

−Me siento tan importante –Anunció Kori de manera entusiasta, mientras observaba de cerca como las burbujas de su champán subían hasta la superficie.

−¿Con esto solo se sienten importantes? –Inquirió Tara, sin darle demasiada trascendencia a su champán mientras lo bebía. –Deberían hacerme caso y venir a alguna disco conmigo, −Objetó la rubia tomando un sorbo de champán. – pero al VIP, no junto a toda la plebe que baila en la pista general. –Terminó, bromeando. Todas pusimos los ojos en blanco.

−Nosotras somos de esa plebe y a mucha honra, Tara –Repuse yo, riendo un poco. Pero no podía evitar sentirme intrigada por la vida que Tara llevaba. Me pregunté si realmente valía la pena perder el privilegio de tener una conservada intimidad solo para gozar de los innumerables lujos materiales que nuestra amiga la supermodelo siempre nombraba.

−Y debo recordarte que vos también fuiste de esa plebe alguna vez –Agregó Rachel, sentada cruzada de piernas, aún enfundada en el vestido. Sostenía su copa con gracia mientras le daba un sorbo con extremo cuidado al champán.

−Eso es porque ustedes nunca me hicieron caso cuando éramos más chicas… Sino, nos hubiéramos colado en el VIP cada vez que salíamos a bailar. –Se defendió la rubia. Todas pusimos los ojos en blanco nuevamente.

−Tara, debo recordarte que hacerte caso a vos para entrar al VIP implicaba sí o sí que alguna de nosotras tuviera que acostarse con el patovica o en su defecto besarlo –Acotó Abby, ya un tanto harta de las observaciones de Tara referidas a la "plebe" que bailaba en la pista general. −. Y eso no era nada agradable. –Todas asentimos con un gesto de la cabeza, recordando los especímenes que solían custodiar las puertas de la entrada a la pista VIP que Tara tanto alababa.

La rubia le dio otro trago a su champán y se cruzó de brazos.

−Yo hubiera estado dispuesta a hacerlo si ustedes realmente hubieran querido ir.

−Tara, realmente no queríamos ir –La cortó Kori, un tanto harta de la discusión por el boliche. −. Si hubiéramos querido, probablemente hoy Rachel estaría por casarse con algún patovica.

Todas nos echamos a reír al pensar en la posibilidad de nuestra delicada amiga involucrada con uno de esos enormes hombres.

−Además, aunque hubiéramos querido… No hubiera valido la pena que hicieras eso solo para entrar a un sector de una disco –Repuse yo, olvidando que para Tara esas cosas no tenían más que un mínimo significado carnal y nada más. Tara me sonrió con suficiencia.

−Sólo digo que si me hicieran caso en algunas cosas, quizá les iría mejor –Observó la rubia, un tanto harta, sentándose en uno de los enormes sillones mientras seguía sosteniendo su copa.

−¡Acabo de hacerte caso y mirá como esto ahora: disfrutando cada segundo que me queda con este vestido puesto porque nunca lo podré tener! –Replicó Rachel, sobresaltándose un poco. Tara le sonrió con suficiencia, pero Rachel enseguida desvió su mirada hacia otra parte del local, para recordarse nuevamente que no iba a poder quedarse con ese vestido. –Llevó casi siete años escuchando todas y cada una de tus sugerencias e ignorándolas con una capacidad olímpica ¿y hoy, justo hoy –puso un especial énfasis en la palabra "hoy" –se me ocurre hacerte caso? ¿Con este vestido? Dios… Me merezco lo que me está pasando, es el castigo por hacerle caso a Tara Holman.

Todas nos echamos a reír, inclusive Tara. Realmente, ese había sido un discurso muy divertido y muy típico de Rachel. Más bien, muy típico nuestro, que siempre nos ocupábamos de no hacerle caso a Tara por considerar sus ideas sumamente alocada. Claro está, que ninguna de nosotras sospechó jamás que su tía Tara estaba a punto de demostrarnos que ni siete años de garantía podían demostrar que teníamos razón.

La supermodelo se puso de pie, sonriendo, y siguió paseándose por la habitación, arrastrando sus plataformas mientras bebía champán a la par que nosotras nos desvivíamos en halagos para que Rachel entendiera que tenía posibilidades de encontrar otro vestido que le quedara igual de bien, por más imposible que sonara la idea.

De repente, Tara se volvió a nosotras, aún con la sonrisa en sus labios. Daba la impresión de que sabía algo que nosotras ignorábamos.

−Mosqueteras –Habló y todas sonreímos al escuchar que nos llamaba así. Ustedes habrán notado, hijos míos, que seguimos llamándonos así pero lo hacemos muy poco seguido. No es algo que tengamos por costumbre. – , ustedes siempre me han acusado de ser una mala influencia. Siempre han dicho que no deben hacerme caso… Bueno, hoy voy a demostrarles lo contrario. –Y dicho esto, se acercó a nosotras, tomó el paquete transparente en donde estaba el vestido que Rachel tenía puesto y se fijó en la etiqueta del precio.

−Tara… −Murmuró Rachel, un tanto asustada, reparando en lo que Tara estaba haciendo. –Tara, ¿Qué hacés?

−Voy a comprarte este vestido –Declaró la rubia. Cuatro quijadas tocaron el suelo ese día, hijos míos. Y eran las quijadas de las cuatro mosqueteras restantes.

−¿QUÉ? –Rachel estaba fuera de sí. Se puso de pie y le arrebató el plástico que envolvía el vestido a Tara, como si eso fuese a impedir que la rubia lograra su cometido. –¡No! ¡De ninguna manera, Tara! ¡No puedo permitirte esto! ¡No sería justo!

−Quizás así acepten de una buena vez que me tienen que hacer caso… −Comentó Tara, buscando en su cartera. Sacó de manera triunfal su tarjeta de crédito y se dirigió al mostrador, pero Rachel la detuvo reteniéndola con la mano.

−¿Esto es solamente para tener la razón? –Inquirió nuestra pálida amiga, mirando a Tara directo a los ojos. –Porque si es por eso, te doy toda la razón que tengas ganas, Tara, pero no pagues este vestido. No sería justo para vos.

Tara se liberó de las manos de Rachel y la miró sonriendo triunfal.

−Rachel, querida… ¿Por qué pensaste que te hice entrar a este negocio en principio? –Todas nos quedamos en silencio, pensando qué contestar. −¡Porque siempre tuve intenciones de pagarte tu vestido!

−¿Qué? –Tara puso los ojos en blanco.

−Rachel, yo sé que a vos y a Gar no les sobra el dinero –Comenzó la supermodelo, poniéndose de pie frente a nuestra amiga, hablando con dificultad. –Vos estás en tu último año, es verdad. Te va de maravilla y probablemente consigas trabajo en la primera escuela en donde te presentes y Garfield seguramente podrá tomar un trabajo de medio tiempo… −Rachel observaba a Tara horrorizada, intentando entender. –¡O no sé! El punto es… −Soltó un hondo suspiro, como si estuviera a punto de decir algo sumamente difícil. –El punto es, Rachel que vos te merecés una boda de lujo con todo lo que le quieras poner porque, y lo digo sin ofender a ninguna de ustedes –Se apresuró a añadir, mientras se acercaba a Rachel para posar una mano en su hombro. −, pero honestamente creo que Rachel es la que más ama a su novio… ¡Lo digo sin ánimos de ofender!

Pero ninguna estaba ofendida, me atrevería a decir que inclusive estábamos de acuerdo. Rachel era, sin duda, la que más amaba a su novio. Y no por dedicarle más tiempo, sino por ser capaz de enfrentar cualquier adversidad, firme como una roca. Sí, obviamente que Garfield y Rachel tenían sus altibajos, todos los teníamos. El amor no es un lecho de rosas, mis queridos niños, pero es justamente eso lo que hace que valga la pena. La sensación triunfal que uno siente cada día de pelear y ganar una batalla, algo que vale la pena que permanezca. La sensación de saber que todos los días ponés de tu parte para que tu amor sea más grande y mejor.

De más está decir que cuando Tara terminó su atropellado discurso, todas teníamos lágrimas en los ojos nuevamente.

−No ofendés –Hablé yo, que por excelencia era la que menos llorona andaba. −, al contrario. Creo que hablo por todas al decir que tenés razón. Rachel es sin duda, la que más merece esta boda.

Rachel se llevó una mano a la cara, mientras se enjugaba las lágrimas y nos observaba sin poder creer todo lo que estábamos diciéndole. Sin poder creer que habíamos vivido tanto juntas. Me atrevo a decir que recordó cuando Garfield fue atropellado. Al menos yo recordé eso cuando Tara dijo lo que dijo.

−No chicas, no es así. No se puede medir el amor… −Replicó Rachel con los ojos llenos de lágrimas, mientras se limpiaba el rostro, nerviosamente. Todas nos volvimos a ella para sonreírle. – Cada amor es distinto y… y… −Sollozó, mientras buscaba las palabras. –Y no hay amores mejores ni peores… hay amores distintos, nada más.

−Ya tenía que salir la sabihonda como siempre a cagarnos la emoción del momento –Se quejó Kori, sonriendo socarronamente. Todas nos reímos mientras nos acercamos a Rachel para darle un abrazo grupal.

−Como sea… No puedo aceptar que me pagues el vestido. –Habló Rachel una vez que todas nos separamos.

−Rachel… Te voy a pagar el vestido por dos motivos –Replicó Tara, alejándose y llevándose una mano a la cadera en posición de defensa. −. En primer lugar, porque te quiero a vos, mi querida amiga y no te deseo nada más que el bien. Y contrario a lo que hayas dicho, considero que sos la mosquetera que más se merece la boda de sus sueños. –Todas asentimos con un gesto de la cabeza, excepto Rachel que negó ladeando la cabeza. – Y en segundo lugar, porque no tengo ni idea de qué mierda regalarte para tu casamiento.

La carcajada que todas largamos en aquel momento, fue una de las más épicas que he largado en mi vida, queridos hijos.

−¡En serio! –Protestó Tara mientras ninguna de nosotras podía parar de reír. – Era Benjamín el que se encargaba de esta clase de chucherías… Todas ustedes saben mejor que nadie que nunca, jamás en mi maldita vida he tenido buen gusto ni criterio para hacer regalos.

−Sos la clase de persona que caería con un ramo de flores a un entierro y se lo daría a las personas que acaban de perder a alguien en vez de ponerlo frente al muerto –Dijo Abby, divertida. No podíamos parar de reír. Yo temía que la elegante señora volviera y nos echara de la tienda, pero sinceramente no me importaba: necesitábamos reírnos de esta manera.

−¡Exacto! –Exclamó Tara, como si Tara hubiera dicho una verdad universal. Rachel sonrió débilmente, no podía reír ni llorar más de lo que ya lo había hecho. –En serio, Rachel… No me cuesta nada. Este vestido no vale ni un tercio de lo que gano en una sesión de fotos.

−No seas bruta, Tara. Es de mala educación comer frente a los pobres –Le espetó Kori fingiendo recelo, pero la verdad es que estábamos tan risueñas que ninguna podía fingir demasiada seriedad. –. No se anda fanfarroneando de cuánto se gana frente a la plebe.

−Yo a la Plebe la miro desde el VIP –Objetó Tara. Reímos nuevamente. –. Na, pero en serio, Rach… Voy a pagarte ese vestido…

–¡Tara, no! –Rachel la retuvo, teniéndola del brazo. –¡Al menos deja que te lo pague luego!

–De ninguna manera, esto es un regalo, no un favor. –Replicó Tara librándose del agarre de Rachel con un ágil movimiento de su brazo. Avanzó dos pasos, dejándonos anonadas viendo cómo se alejaba, pero luego se detuvo en seco. –A menos que…

–¿A menos que qué?

–A menos que quieran hacerme un favor a cambio de esto –Repuso la rubia volviéndose a nosotras hábilmente.

–¿Quieran? –Repetí incrédula. –Suena a ganado.

–Obvio que suena a ganado… Porque para que Rachel sienta que me paga su "no deuda", todas deberán colaborar. –Lo primero que me vino a la mente cuando Tara terminó aquella oración, fue la imagen de nosotras cuatro vestidas de mucama a la par que limpiábamos la casa de mi rubia amiga, le cocinábamos y la asesorábamos para vestirla. Creo que sobreestimé la crueldad de Tara en aquel microsegundo.

–¿Qué tenés en mente? –Quiso saber Abby, curiosa.

–Yo compraré el vestido de Rachel, aunque no acepten… Pero para que ella sienta que me está pagando su deuda, todas ustedes deberán hacerse un espacio en su ajetreada agenda para que salgamos a bailar todas juntas…

–¿Nuestra ajetreada agenda? –Repitió Kori, un tanto indignada. –Perdón, pero la que tiene una agenda super complicada y la vemos cada muerte de obispo, sos vos, querida…

–Sí –La apoyó Abby. –, además, salir a bailar todas juntas no tiene nada de especial ni de extraño… ¿Por qué serviría como paga?

Tara puso los ojos en blanco mientras dirigía su mirada al techo de la tienda.

–Algún día aprenderán a escucharme… –Habló la supermodelo. – Salir todas juntas a bailar e ir al VIP, lejos de la plebe.

–¡Oh no! –Dije yo fingiendo lamento. –Realmente extrañaré ser parte de la plebe.

–Sí –Continuó Abby, uniéndose a la broma. –, ese sudor ajeno tan único y plebeyo…

–Y no olvidemos las interminables filas de gente en la puerta del baño de mujeres –Siguió Kori, divertida. Tara se cruzó de brazos para mirarnos bromear, pero no dejó de sonreír. –¿Es posible concebir un mundo sin esas interminables filas? –Todas nos echamos a reír. Sí que eran filas interminables.

–Bien, si ya terminaron su descargo respecto a los pormenores de ser parte de la plebe de la discoteca… ¿Qué me dicen? ¿Sí o no? – Inquirió Tara, ya ansiosa.

–Todo depende de Rachel… –Anunció Kori, dirigiéndole la mirada a su mejor amiga.

La futura novia estaba sentada en el gran sillón que había ocupado antes, cruzada de piernas mientras observaba la escena divertida. Sonrió y fue tan radiante como cuando recién había salido del probador, enfundada por primera vez en lo que sería su futuro vestido de novia.

–¡Acepto! ¡Acepto! –Gritó bromeando divertida. Todas volvimos a reír, por enésima vez en el día.

Recuerdo muy bien esta anécdota, niños, porque fue algo que necesité por mucho tiempo. Éste fue uno de los más grandes momentos que he compartido en mi vida junto con mis amigas, con sus tías, con mis hermanas. Fue uno de esos momentos escasos en los que fui feliz, de manera plena, porque como ustedes saben – y esto no es ningún descubrimiento mío – la felicidad se multiplica y se intensifica cuando es compartida.

Y como ya les dije en el principio de esta anécdota, son los momentos en los que somos verdaderamente felices los que debemos evocar cuando la vida nos jode, cuando la vida nos pega.

Y la vida estaba por pegarnos duro, y más duro de lo que imaginábamos.


Hola nuevamente! Bueno, bellezas, sé que ustedes deben estar repletas de dudas - o no xD - respecto a su servidora. Esta es una tradición que tengo con mis queridas lectoras y aprovechando que una de ustedes me preguntó si mi preguntitis tenía remedio, les daré la chance de que se diviertan un rato: Además de dejarme su sustanciosa opinión en su review, me encantaría que me dejen preguntas sobre algo que quieran saber de mí. No responderé nada demasiado personal, o sea xD pero, bueno, cosas como Titán favorito y demás, o algo que quieran saber del fic... Son libres de preguntar.

Mil gracias por siempre estar ahí, leyéndome!

Saludos!

Coockie