¡Buenas mis queridas lectoras! ¿Cómo han empezado su año nuevo? Yo genial, estoy de vacaciones (por un tiempo al menos x) ) y volví de viaje hoy con muchas ganas de escribir para ustedes y de actualizar. Mil gracias por sus reviews, espero que hayan tenido un comienzo de año genial. De mi parte agradezco sus deseos y les informo que yo lo empecé de maravilla con toda la gente que quiero y de fiesta jajaja.

Bueno, respecto al capítulo... Como ustedes podrán leer, está dedicado a varias personas que - al igual que Abby - han perdido seres importantes para ellas este último año (2013) . Pero en especial quería hacer un apartado para mencionar que se lo dedico con todo mi afecto a mi querida amiga Vický, no solamente por su pérdida sino por el año que tuvo en líneas generales. Ella es una gran amiga y tiene cierta responsabilidad en mi vuelta a la escritura. Quizá no es el más alegre de los capítulos, pero bueno, ella sabe que esta es una de mis formas de agradecer toda su ayuda: dedicándole algo de mi arte que es, por lejos, lo más verdadero de mí.

Una recomendación: Lean el capítulo escuchando "I will follow you into the dark" de Death Cab for Cutie. Y cuando lean que Abby comienza a cantar pongan "I will always love you" de Whitney Houston

Lamento que el primer capítulo que subo en el año tenga un tinte tan trágico pero bueno, tiene correspondencia con la trama (?). Espero que lo disfruten y ¡Nos leemos abajo!


9

"Te amaré por siempre"

-Para Raquel, Paula, Luisina, Vický y todas esas personas que perdieron a alguien este año.
Que sus almas descansen en paz y continúen en la eternidad.-

No es mentira cuando la gente dice que las malas noticias llegan rápido. En menos de lo que canta un gallo, la noticia de la muerte del Señor Bee había cruzado un océano llegando a otro continente, precisamente a los oídos de la persona que lo tomaría con la mayor de las calmas para sufrirlo con el peor de los dolores. Y sí, hijos, hablo de su querida tía Abby.

La mañana del día del entierro del Señor Bee, ninguna de nosotras se levantó temprano. El departamento era un desmadre, tal como el día anterior y nadie se quejaba al respecto: Nuestros ánimos estaban por el suelo, completamente condicionados por la situación que nos acontecía. Asomé la cabeza entre mis sábanas para mirar el reloj en el momento en que abrí los ojos. Eran más o menos las once de la mañana y Tara y yo seguíamos acostadas.

Me revolví en mi cama y dirigí la vista al techo. Medité minuciosamente lo que había ocurrido en las últimas horas, durante el transcurso del último día y me sentí abatida por la rapidez con la que todo había sucedido. Mi cabeza se esmeraba por procesar cómo los hechos se habían desarrollado, pero por más que repasaba los acontecimientos una y otra vez, no dejaba de haber algo que no me cerraba. Una pieza faltante que le quitaba la coherencia a toda la situación. Probablemente fuera la velocidad — casi imperceptible y a la vez sumamente abrumadora —con la que todo había ocurrido.

— Luna, ¿Estás despierta? —Llamó Tara, desde su colchón a los pies de mi cama. Salí de mis cavilaciones para mirar a mi amiga, quien estaba acostada igual que yo, mirando al techo.

—Sí. —Respondí, sin querer agregar nada más y volví mi vista hacia arriba.

— ¿Todo lo que pasó es real o acaso tuve una pesadilla? —Indagó la rubia, con falsas esperanzas respecto a la muerte del padre de Abby. Suspiré hondamente antes de responderle.

— Es real —Contesté, sin cambiar el tono de mi voz ni dejar de mirar el techo, como si perdiendo mi vista y mis pensamientos en la nada, pudiera ser capaz de alejarme de toda esa situación.

Tara siempre hacía eso. Por mucho que se esmerara en demostrar que era fuerte y que no necesitaba a nadie para ser feliz, era frágil como todas nosotras. Ya lo había demostrado cuando se había separado de Benjamín y lo demostraba en aquel momento, indagando temblorosamente sobre la triste realidad que ninguna estaba preparada para aceptar. Recibir una respuesta afirmativa que comprobara los desagradables hechos que nos acontecían, hacía que la rubia se armara de coraje para enfrentar la situación. Era su propio mecanismo de defensa personal, tan retorcido y particular como ella.

Enseguida escuché pasos y divisé a Tara de pie frente a mi cama. Extendió los brazos hacia arriba para desperezarse y sin decir nada salió de la habitación con una toalla en la mano, dispuesta a bañarse.

Giré sobre la cama y volví a mirar la hora. Diez minutos habían pasado desde que había abierto los ojos. Me parecía increíble lo lento que podía pasar el tiempo por momentos y lo rápido que se sucedía en otros instantes. Deseaba con todas mis fuerzas terminar ese día y olvidarlo, depositarlo en lo más profundo de mis recuerdos; pero la realidad es, mis queridos hijos, que como ustedes podrán ver, hasta el día de hoy lo recuerdo a la perfección.

Finalmente junté coraje y salí de mis aposentos para ir a desayunar, puesto que el baño había sido ocupado por Tara. Al dirigirme hacia la cocina, pasé por enfrente de la habitación de Kori y me detuve tras escuchar que mi amiga hablaba. Preocupada, me debatí algunos instantes entre intervenir o simplemente escuchar para averiguar lo que sucedía.

—…Lo sé, lo sé. —Hablaba mi amiga, en una voz apenas audible, desde dentro de su habitación. —Bueno, me alegro que estén todos bien. Sí, me cuidaré, tranquila. También te quiero, mamá. Quería saber cómo estaban. Un beso.

No me hizo falta escuchar nada más para saber que mi amiga no necesitaba que interviniera. El miedo la había hecho actuar, llamando a sus padres para saber si estaban bien. No podía culparla: Yo había hecho lo mismo la noche anterior.

Continué mi camino, haciendo caso omiso al sonido de la puerta de la habitación de Kori abriéndose tras de mí. Y en menos de lo que cantaba un gallo, ambas estábamos sentadas en la mesa, compartiendo el desayuno en silencio, acompañadas por el sonido de la televisión, prendida en el canal de las noticias. La ventana nos mostraba la ciudad, apenas visible debajo de la intensa lluvia que la acogía ese día. Los edificios más cercanos se divisaban con dificultad entre las estruendosas gotas que se estampaban contra el vidrio.

— Va a ser difícil conseguir un taxi para ir al entierro —Apuntó Kori, con la boca llena de cereal con leche, señalando con su cuchara la ventana. Asentí con un gesto de la cabeza.

— Supongo que los chicos se encargarán —Respondí, como para no desmerecer el intento de mi amiga por alivianar los miedos. Tomé un sorbo de mi café mientras oía como Tara salía del baño en su bata de baño para sumarse a nosotras en el desayuno.

La rubia tomó asiento frente a nosotras y comenzó a cambiar el canal del televisor, haciendo zapping hasta dar con un programa de chimentos. A cualquier otra persona le hubiera pedido que evitara poner uno de esos horrendos y baratos programas, pero a Tara se lo permitía. Después de todo, el hecho de hospedarse con nosotras le significaba una estadía en una especie de búnker anti farándula y tenía que enterarse lo que sucedía en su mundo de alguna manera. La realidad era que desde que la rubia se había peleado con Benjamín, se había dado un descanso de las pasarelas. Había prometido que volvería a aquel vacío y plástico mundo, después de la boda de Rachel, que estaba pactada para Febrero del año siguiente.

Una vez que terminamos de desayunar, decidimos que almorzar era inútil pues ya era prácticamente el mediodía y nos dedicamos a esperar la hora en que tuviéramos que cambiarnos para ir a la trémula ocasión. El tiempo pasó más deprisa de lo esperado y cuando quisimos darnos cuenta estábamos vistiéndonos para ir al dichoso entierro, pues Frank ya me había avisado que ellos estaban en camino para pasarnos a buscar.

— ¿Cómo te vestís para un entierro? —Fue el interrogante que acabó por romper ese insoportable silencio que la ocasión nos había impuesto contra nuestra voluntad.

Kori y yo miramos a Tara al mismo tiempo cuando ella lanzó la pregunta. Era muy raro que la supermodelo no supiera cómo vestir para una ocasión.

— En serio — Continuó ella, tras ver nuestras miradas. — ¿Cómo te vestís? En las películas la gente siempre va de negro, pero no sé si eso sea algo que se siga implementando ahora.

Por más desubicada que sonara su pregunta, Tara tenía razón. Y no fue hasta que esas palabras salieron de su boca que Kori y yo fuimos presas de la misma duda. ¿Qué rayos debía ponerse uno para ir a un entierro?

— ¿Quedará mal si voy con algo blanco, por ejemplo? —Señaló la rubia, mientras alzaba una blusa blanca algo transparente y un pantalón negro, bien ceñido. — ¿O funcionaría como un símbolo de la dichosa vida eterna?

— No lo sé — Respondió Kori, examinando la muda de ropa que la rubia nos mostraba. —. Creo que a Abby no le importará mucho como vayamos vestidas.

— Eso se cae de maduro, Kori — Repuso Tara, poniendo los ojos en blanco. —. A Abby le dará lo mismo que vayamos desnudas o de fucsia fosforescente, eso es más que obvio. Pero yo me refiero a la ocasión en sí. ¿Qué es lo que corresponde? ¿Cómo te vestís para una ocasión de la que sabés que no podés eximirte pero en la que inevitablemente te sentís de más? ¿Tenemos que pasar desapercibidas o hacernos notar para que Abby sepa que estamos ahí para ella?

El planteo sonaba tan curioso que hasta podía confundirse con una broma, pero la seriedad con la que Tara decía cada palabra nos hizo comprender enseguida que ella estaba hablando en serio. La duda nos asaltó a las dos una vez que entendimos eso. ¿Realmente era importante cómo nos vistiéramos? ¿Debíamos ser discretas o resaltar entre la gente? ¿Cómo debés ir a una ocasión en la que el "protagonismo" se lo lleva alguien que "no puede aprovecharlo"?

¿Debíamos ser alegres para disminuir las tensiones o discretas y respetuosas para honrar la memoria del que ya no estaba con nosotras? ¿La gente seguía vistiéndose de negro para los velorios o acaso ya no importaba cómo se iba vestido?

— Creo que debemos intentar pasar desapercibidas — Sugirió Kori. —. A fin de cuentas, no tendría ningún sentido llamar la atención.

— ¿Entonces vamos de negro o simplemente discretas? —Inquirió Tara, bajando las dos prendas que sostenía.

— Supongo que cualquiera de las dos opciones es aconsejable —Puntualizó nuestra líder sin ahondar mucho más en el asunto. Tara se encogió de hombros y entró al baño con la blusa y el pantalón, con claras intenciones de ir vestida de esa manera. Kori entró a su habitación y yo la imité, dirigiéndome a la mía.

Me miré al espejo y me vi tan frágil y efímera como realmente somos todos los seres humanos. Es curioso como realmente necesitamos vivir una pérdida para darnos cuenta del verdadero valor que las cosas tienen, para que apreciemos la importancia de las oportunidades. El ser humano es masoquista por naturaleza, necesita de caos para ver la belleza y de dolor para apreciar la felicidad. Somos seres hechos de contrastes que debemos vivenciar para apreciar la vida. Sacudí mi cabeza para evitar hundirme más en esas reflexiones peligrosamente profundas y melancólicas y giré sobre mis talones para enfrentar el interrogante que Tara había planteado para la ocasión.

¿Existe algo adecuado para ponerse en un velorio? Hoy en día, lo único que se sabe es que todo es relativo. Todo depende de la relación que tengan unas cosas con otras, por lo que no hay nada establecido de manera taxativa. Esta conclusión no hacía más que ampliar el interrogatorio. ¿Cómo debíamos vestirnos? Si a fin de cuentas, lo mejor que podíamos llevar a la ocasión no era algo que nos vistiera.

Terminé por ponerme un vestido gris, sencillo. Sin ningún ornamento que pudiera hacerlo ostentoso. Até mi cabello en una cola de caballo, pues llevarlo suelto sería en vano ya que la lluvia y la humedad del día lo estropearían por completo. Tomé una chaqueta de una tela fina para cubrirme los hombros y un paraguas antes de abandonar el departamento junto a mis amigas para esperar a Frank y a Dick.

— Si yo muero antes que vos… —Le decía Garfield a Rachel, dentro del taxi, mientras la tomaba de la mano.

— Garfield… —Suspiró Rachel, poniendo los ojos en blanco, harta de que su novio no dejara de hablar de la muerte. Pero el rubio no la dejó seguir con sus quejas, sino que enseguida la mandó a callar con un "¡Shh!" para continuar hablando.

— ¡Dejame terminar de hablar! —Le espetó él, haciendo ademanes con la mano. Pude ver como Frank sonreía, sentado en el asiento de copiloto, junto al taxista, regocijándose del planteo de la feliz pareja.

— De acuerdo… —Aceptó mi amiga, viendo que no podría replicar ante la insistencia de su novio.

— Si yo muero antes que vos… —Comenzó Garfield nuevamente, haciendo que la tensión volviera al ambiente. —quiero que te asegures de una sola cosa.

— ¿Qué, Garfield?

— Quiero que… En mi velorio… Sirvan comida vegetariana. —Culminó el rubio. Frank no pudo contener la estruendosa carcajada, completamente tentado ante el pedido que Garfield acababa de hacerle a su futura esposa, quien por el contrario, no se hallaba divertida en absoluto ante dicha petición.

— ¿Estás hablando en serio? —Inquirió Rachel frunciendo el ceño.

— Por supuesto que sí, Rach. — Aseguró Garfield, con suma seriedad. — Sería la forma ideal en la que querría ser recordado. Pensalo —Y dicho esto, abrazó a Rachel dirigiendo su rostro hacia la nada, mientras extendía su mano en el aire, contemplando algo invisible. — todo el mundo dirá "Este es el velorio de Garfield Logan porque él era vegetariano y estamos comiendo lo que a él le gustaba, cumpliendo su última voluntad."

— No, lo que todo el mundo dirá es "Qué asco, encima que alguien murió, la comida es horrible" —Comentó Frank, divertido desde adelante. No pude evitar soltar una risa, a la par que Rachel me imitaba y Garfield fulminaba a mi novio con la mirada.

— Estoy hablando en serio, Frank —Insistió el rubio, con el ceño fruncido.

— Yo también, Gar, yo también. —Fue la respuesta de Frank ante el reclamo de su amigo.

— Mirá, amor —Comenzó Rachel, frenando la conversación antes de que su novio se le tirara al cuello al mío, con intenciones de asesinarlo. —, no tenés que preocuparte por cuando vos te mueras. Estoy bastante segura de que sos inmortal.

— ¿Inmortal? —Repitió Garfield, alzando una ceja. — ¿Y eso por qué?

— A ver… Primero que nada, sobreviviste a muchas tundas propiciadas por Abby y por mi persona cuando íbamos al secundario — Enumeraba Rachel, ayudándose con sus dedos. —, lo cual, basándonos en tu delgada contextura física, es algo bastante particular; por no decir prácticamente imposible. En segundo lugar, ni siquiera te descompusiste cuando comiste aquel tofu en mal estado la semana pasada, mientras que yo, que apenas probé un bocado porque lo confundí con carne de tan rancio que estaba, estuve en cama con fiebre y sin poder dejar el inodoro por una semana entera.

— No queríamos saber tanto, Roth —Le espetó Frank, chasqueando la lengua mientras volteaba para vernos a la cara con sus fríos ojos verdes.

— Me importa un comino, Bishop —Bien saben ustedes, hijos, que tanto su padre como su tía Rachel no son precisamente un par de "cerecitas cubiertas de caramelo" en lo que a su carácter respecta… De modo que tras contestar esto, Rachel continuó con su enumeración. — En tercer lugar, un auto te chocó cuando estábamos en el secundario y lo único que te pasó fue estar en coma un par de horas… ¿Me comprendés o te lo explico con manzanas?

— Inmortal… —Murmuró Garfield maliciosamente, mientras frotaba sus manos, adoptando una posición similar a la de Golum del Señor de los Anillos.

— Bueno, quizá exageré un poco —Recalcó Rachel, tras ver que el asunto se le estaba saliendo de las manos. —. A lo que voy es que, es más probable que yo muera antes que vos. En cuyo caso, debo advertirte que cuando nos encontremos en el cielo, fingiré que no te conozco.

— ¿Qué? ¿Por qué? — Inquirió Garfield, con preocupación. — ¿Acaso no aceptaste casarte conmigo? ¿No me amas?

— Claro que te amo, amor —Aseguró Rachel, rápidamente. —más que a nadie en este mundo. Pero el contrato dice "hasta que la muerte nos separe", así que olvídate de esas cosas de la posteridad y demás. ¿Tenés idea de los codiciados solteros que andan rondando el cielo? Elvis Presley, John F. Kennedy… Por decir algunos.

— No te preocupes, Garfield —Habló Frank, tras ver por el espejo retrovisor el semblante triste que su amigo había adoptado ante la graciosa observación de Rachel. —. El cielo también está lleno de lindas mujeres que pasaron a mejor vida hace mucho tiempo.

— ¿Cómo decís, Frank? —Inquirí yo, hablando entre dientes, claramente molesta ante la observación de mi novio.

— Amor, estoy hablando en favor de Garfield. Yo estoy seguro de que iré al infierno, lugar lleno de mujerzuelas horrendas y perras vengativas. — Aseguró el moreno apresuradamente. —Y además, Roth no irá al cielo. Irá al infierno también, Gar. Así que yo te la vigilaré desde ahí.

— Los chicos malos son más sexies que los buenos —Puntualizó Rachel, ensañada en divertirse un rato. El rostro de Garfield se contorsionó aún más, adoptando una posición más angustiosa. Yo no pude evitar reír.

— ¡Frank! —Exclamó el rubio, buscando consuelo en su amigo. Pero ante ese reclamo, el aludido se encogió de hombros mientras decía:

— No puedo hacer nada contra eso, Gar, lo siento. —Dicho eso, volvió a girar para vernos de frente y me guiñó un ojo. Garfield lanzó un hondo suspiro y se dejó caer en el asiento, a la par que Rachel reía divertida por la situación. Nos quedamos en silencio, pero más cómodos que antes. Sin la tensión que suponía anteriormente, mientras el taxi seguía avanzando.

Las gotas de lluvia se estampaban al vidrio con más delicadeza que antes. Ya no llovía tan violentamente y era fácil divisar a la gente caminando por las calles y a los edificios asomándose sobre nuestras cabezas. Me resultaba curiosa la idea de que el mundo siguiera con tanta naturaleza, siendo que contaba con al menos un habitante menos que el día anterior. ¿Cuántas personas estaban bajo esa lluvia, siguiendo su camino, ocultando el dolor de una pérdida, porque no podían darse el lujo de detenerse aunque sea un día de su vida para honrar al caído?

El vehículo se detuvo frente a un hermoso edificio con escalinatas de marfil blanco. Dos grandes columnas, similares a las de las construcciones griegas, se esgrimían en la entrada, sosteniendo un cartel en letras doradas que rezaba Memorial Palace. Frank le pagó al taxista y bajó primero, para abrir la puerta de atrás, dejando bajar a Rachel y a Garfield, quienes se protegían de la lluvia con el paraguas multicolor del rubio (el cual se rompió en circunstancias sospechosas, años después, a manos de Rachel aunque ella jura que fue un accidente). Yo bajé última, con mi propio paraguas, dispuesta a seguirlos; pero antes de que pudiera avanzar, su padre me tomó despreocupadamente del brazo, acoplándome a su paso y protegiéndome con su paraguas. Comenzamos a caminar, subiendo las escalinatas con cuidado para evitar tropezarnos.

— Hay que irse acostumbrando a estas cosas —Comentó Frank, casi en un susurro, dándome a entender que no pretendía ni que Rachel ni Garfield nos oyeran.

— Frank… —Suspiré yo. —No creo que sea momento de pensar en eso.

— Me refiero a los velorios de nuestros padres, Luna —Continuó él, mirando al frente. Alcé la mirada para chequear que no estuviera llorando, y en efecto, no lo estaba. Hablaba muy tranquilo, como quien dice quién ganó la lotería el día anterior.

— Nada va a pasarle a tus padres —Comenté yo, intentando cesar con aquella incómoda charla.

— Luna, mis padres tienen casi sesenta años y yo apenas tengo veintiuno. No estoy dejándome llevar por la ocasión, estoy siendo realista. —Explicó él, sin exasperarse ante mi insistencia por terminar el tema. Entendí que no estaba diciéndolo con su característica negatividad, sino que realmente estaba comentándome uno de sus pensamientos. — La última vez que fui a verlos, me enseñaron la parcela en el cementerio que compraron para ellos y mi padre ya terminó su testamento. Sólo digo que es algo que tarde o temprano ocurrirá y que hay que tenerlo pensado para dejar las cosas en orden.

Tomé su mano con fuerza y lo miré. Él me devolvió la mirada y le sonreí.

— Tenés razón —Acepté, sabiendo que eso era lo que él necesitaba escuchar. No dijo nada, simplemente me sonrió y sin soltarse del agarre de mi mano, comenzó a balancear el brazo adelante y hacia atrás, casi como un niño al que le han dado una golosina.

Avanzamos en silencio, entrando al elegante Hall del lugar. El piso estaba enfundado en alfombras rojas de un grueso terciopelo, alumbrando un largo pasillo con una luz tenue, amarillenta. El pasillo estaba cruzado por algunas habitaciones, puertas abiertas de las cuales salía y entraba gente que lloraba y se abrazaba constantemente.

— Están en la última —Anunció Rachel tras chequear su celular. Nadie dijo nada y nos limitamos a avanzar, mientras cruzábamos aquel pasadizo de la tragedia.

No es mentira cuando la gente dice que los sentimientos se contagian. Apenas atravesamos las primeras habitaciones, fue como si la tristeza hubiera atravesado nuestro cuerpo, en contra de nuestra voluntad. Era imposible sonreír en aquel lugar, frente a toda esa tristeza. Esbozar una sonrisa, aunque fuera solamente para indicar que acompañábamos a las personas en su dolor, parecía un gesto de fanfarronería ante aquellas personas que estaban tan dolidas. Como si presumiéramos que no habíamos perdido a nadie, mientras que ellos sí.

Rápidamente llegamos hasta la última habitación. Dick, Kori y Tara ya habían llegado y se encontraban sentados en un banco de aquel triste pasillo, frente a la habitación donde velaban al señor Bee. Enseguida miramos dentro del lugar en busca de Abby o Victor, pero no los vimos.

— Quizá deberíamos entrar a presentar nuestros pésames y luego preguntar por Abby —Sugirió Dick, poniéndose de pie con Kori aferrada a su brazo. Asentimos con un gesto de la cabeza y entramos a la habitación.

El Señor Bee yacía en un cajón abierto, inerte, vestido con un traje negro que se veía muy costoso. Era difícil pensar que estaba muerto, ya que se veía tan cómodo en el cajón que yo hubiera jurado que notaba la tranquila respiración que tiene la gente cuando duerme. La señora Bee, una mujer morena de rulos salvajes a la cual Abby se parecía mucho, se mantenía sentada llorando frente al cajón, mientras diversos familiares pasaban en hilera frente al difunto, prestando sus pésames. Los siete nos sumamos a la hilera, avanzando de a poco hasta llegar al cajón.

Tras presentar un breve pésame y detener nuestros ojos en el muerto, Dick amablemente saludó a la madre de Abby, haciendo gala de su don para saber qué decir en todo momento. La mujer lo observó serena, parecía agotada de tanto llorar, y tras dedicarle una triste sonrisa nos indicó con un gesto de la mano que Abby y Victor se encontraban en una habitación contigua, a la cual se ingresaba por una pequeña puerta que había en ese recinto. Sin decir más, le dedicamos una última sonrisa y nos dirigimos al lugar indicado.

Dick abrió la puerta fácilmente y entramos a una pequeña habitación donde había un par de sillones y una mesita con algunos sándwiches en un pequeño platito. Dos pares de ojos se volvieron a nosotros con curiosidad y enseguida un par de enormes y musculosos brazos estaban rodeando nuestros pequeños cuerpos. Victor se había puesto de pie para abrazarnos, agradeciéndonos por haber venido, mientras Abby lo imitaba, levantándose con tranquilidad.

Fue el abrazo más duro e intenso que he dado jamás en la vida, hijos míos, y me temo que no se repetirá hasta que alguna de nosotras tenga que atravesar circunstancias de igual calibre que las que su tía Abby atravesaba en aquel momento. Tara, Rachel, Kori y yo nos desvivíamos en lo sientos y pésames a los que Abby respondía amablemente con un cordial "gracias" tan vacío y carente de sentimientos como nuestras propias palabras. Pero no podíamos culparla: no había nada que pudiéramos decir o hacer que pudiera traer a su padre de vuelta.

Nos acomodamos en los mullidos sillones mientras Abby nos ofrecía algunos sándwiches y Dick se dedicaba a preguntarle detalles sobre el entierro y sobre el tiempo que llevaban en aquel frío lugar. Era increíble el poder de dominio que Dick tenía sobre cada situación, haciendo cada pregunta con seguridad y sin sonar como un desubicado. El resto de nosotros se limitaba a comer y a escuchar con atención lo que Abby respondía.

— ¿Hace cuánto están aquí, Abby? —Indagó Dick, sin dejar de sostener la mano de Kori con fuerza.

— Llegamos hoy a las seis de la mañana… Y hasta que lo vistieron y acomodaron, recién a las nueve abrieron las puertas — Explicó Abby. No había rastros de lágrimas en su rostro, pero sí se la notaba exhausta. —. La gente no ha dejado de entrar desde entonces.

Para aquel momento, ya eran las 14.30 de aquel lluvioso día de Diciembre.

— Los de acá al lado —Indicó Abby señalando la pared que compartía la habitación donde estábamos con la contigua. — tuvieron un accidente de auto, por la lluvia. La madre murió. Tenía tres hijos… —Relató nuestra morena amiga, mientras bajaba un poco la vista. — Lo sé porque me lo contó la mayor de sus hijas. Es curioso cómo se te caen las vergüenzas cuando sabés que tu dolor ya no tiene consuelo.

— Oh, Abby… —Murmuró Tara poniéndose de pie para darle un abrazo, pero Abby seguía sin derramar una lágrima frente a nosotros. Continuamos charlando de tonterías sin demasiada importancia, intentando distraer a nuestra amiga un poco, pero era inútil. Y en el fondo lo sabíamos, no había nada que pudiéramos hacer al respecto.

Al cabo de dos horas, tanto Dick como Frank y Garfield tuvieron que retirarse porque tenían clase, pero lo hicieron con la promesa de volver si Abby lo necesitaba. La morena los despidió con tranquilidad, asegurándoles que con el tiempo compartido había sido más que suficiente. Los tres abrazaron a Abby antes de irse y ella les dedicó una triste sonrisa mientras los veía alejarse por aquel largo y fúnebre pasillo que tantas tristezas transmitía.

Y ahí estábamos, las cinco. Como siempre, juntas contra viento y marea, sin importar qué, en una de las escasas ocasiones en las que no teníamos nada que decir ni hacer más que estar. Estar ahí para nuestra amiga.

Abby se volvió hacia nosotras y nos sonrió, fue Kori la que rompió el silencio con la pregunta más común — y estúpida —que alguien puede hacer en una ocasión así.

— ¿Cómo estás? —Inquirió nuestra líder, posando una mano en el regazo de nuestra amiga. Abby sonrió débilmente.

— Agotada — Respondió, mientras paseaba la mirada por la habitación para vernos a todas de soslayo. —. Simplemente estoy esperando a que todo termine, Kori. No tengo ánimos de nada.

Nos limitamos a sonreírle y guardar silencio al respecto, rápidamente desviando la cuestión a otro tema sin tanta importancia para intentar distraer a nuestra amiga. Las horas pasaban lentamente, mientras aguardábamos a que la hora del entierro llegara. Recuerdo que Kori y yo teníamos clase, pero no nos importaba: a fin de cuentas nos reservábamos las faltas para ocasiones como estas. De esas en las que valía la pena faltar, en las que era necesario que no fuéramos a clase porque teníamos que estar en otro lugar.

Finalmente, el sol cayó y la madre de Abby irrumpió en la habitación donde nos habíamos resguardado junto a Victor y tres hombres más que ninguna de nosotras conocía. Abby levantó la mirada para ver a su madre y a su novio y asintió con un gesto de la cabeza a la par que su progenitora decía:

— Ya es hora.

Sin decir nada, la ex boxeadora se puso de pie y salió de la habitación, seguida por nosotras. El cajón donde reposaba su difunto padre se encontraba cerrado. Su madre se acercó a él, se hizo la señal de la cruz y besó la madera que tapaba a su marido. Abby se limitó a observar todo a la misma distancia que nosotras, sin decir ni hacer nada. Seguidamente, Victor y los otros tres hombres rodearon el cajón y lo levantaron, saliendo del recinto hacia el pasillo fúnebre para dirigirse a la salida de la casa velatoria, donde un auto los esperaba para trasladar el ataúd.

Los tres hombres y Victor subieron el enorme compartimiento de madera al baúl del auto, que arrancó al instante. Acto seguido, Victor le abrió la puerta de su auto a su suegra y a Abby para seguir el coche fúnebre y nosotras supimos que si teníamos intenciones de presenciar el entierro, tendríamos que tomar un taxi ya que no había lugar en el auto de nuestro amigo porque los otros tres hombres se habían subido a él también.

— Mierda, Abby está destrozada —Soltó Tara una vez que estábamos arriba del taxi.

— ¿Y qué esperabas? ¿Una piñata y globos de cumpleaños? —Repuso Rachel con su habitual sarcasmo. Tara rodó los ojos.

— Ya sé — Aceptó la supermodelo, girando imprudentemente para mirarnos, ya que ella viajaba en el asiento del copiloto. —. Pero me refiero a que… No sé, pensé que iba a estar llorando a más no poder y aferrada al ataúd… Pero no ha soltado una lágrima en todo el día y de alguna forma…

— De alguna forma eso hace que se vea peor que si estuviera llorando —Completé yo, sabiendo a qué se refería Tara. Mi amiga asintió con un gesto de la cabeza, indicando que yo tenía razón. Suspiré exhausta. —. Es que sí Abby está llorando, solo que por dentro.

— ¿Y qué sentido tiene eso? —Inquirió Tara, tan sensible como una piedra en pleno invierno.

— Ninguno — Explicó Rachel, entendiendo rápidamente mi punto. —. Es algo diferente en cada persona, Tara. Cada uno procesa el dolor a su manera. Los duelos son distintos en cada persona, de igual forma que impredecibles.

— Comprendo… —Respondió la rubia, asintiendo lentamente con su cabeza. — Como sea… ¿Creen que lo supere?

Pero antes de que yo pudiera suspirar mostrando mi exasperación o que Rachel pudiera contestar sarcásticamente la tonta pregunta que Tara acababa de hacer, Kori rompió el silencio respondiendo el interrogante sin sentido de la supermodelo.

— Nunca superas una pérdida, Tara — Respondió Kori, mirando a nuestra amiga a los ojos. —, simplemente aprendes a vivir sin ella. Si a eso te referís con tu pregunta, creo que sí. Abby aprenderá a vivir sin su padre, no porque sea fuerte, sino porque no tiene otra opción. —Todas observábamos a nuestra líder expectantes a su contestación. — Y ella lo sabe.

El taxi se detuvo, indicando que habíamos llegado a destino, justo cuando no había nada más que agregar a la conversación. Sin demasiados ánimos de continuar en esa situación, le pagamos al taxista y bajamos en fila india para seguir la caravana fúnebre.

Delante de nosotros, Abby, su madre y Victor ya habían llegado y el moreno se encontraba bajando el ataúd de su suegro junto con los otros tres hombres, acto que realizaron enseguida, por lo que comenzaron a avanzar dentro del cementerio hasta llegar a la parcela que le correspondía al señor Bee.

La señora Bee se adelantó a Abby y siguió el ataúd de cerca, mientras nosotras nos acoplábamos a nuestra amiga para tomarla del brazo y seguir el paso. El Cementerio estaba casi vacío, a pesar de que hacía horas que había dejado de llover. No había rastros que indicaran que el sol saldría en breve, sino que las nubes persistían, amenazando con reiniciar la tormenta nuevamente. Nosotras nos manteníamos expectantes ante ese extraño clima, con nuestros paraguas en la mano preparadas para abrirlos. Avanzamos en silencio, paseando la mirada por aquel descampado mientras observábamos a las pocas familias que se acercaban a dejar flores a sus seres queridos en aquel día que era gris por demasiadas razones.

Finalmente llegamos hasta la parcela del señor Bee, donde un hombre aguardaba para ayudar a bajar el ataúd. No había sillas para espectadores, demostrando que no esperaban siquiera que hubiera público en el momento del entierro, de modo que permanecimos de pie mientras observábamos al ataúd descender lentamente.

Una vez habiendo soltado el agarre del compartimiento donde se encontraba su difunto suegro, Victor volvió al lado de su novia, pasándole un enorme brazo sobre el hombro, conteniéndola en un abrazo atrayéndola hacia su pecho. Un trueno rompió con el silencio de aquel triste ritual y la lluvia volvió a acompañarnos, a lo que respondimos abriendo nuestros paraguas rápidamente para escudarnos ante el temporal. Victor protegía a Abby con su propio paraguas y le cedió su saco para que no tuviera frío, pero su novia se mostraba ajena a todos sus gestos de caballerosidad: sus ojos estaban clavados en el ataúd donde yacía su padre, el cual descendía lentamente para hundirse definitivamente en la tierra, ayudándose por un dispositivo especial para eso.

Al cabo de unos instantes, el hombre que se encargaba de enterrar los ataúdes, terminó su labor y se retiró, dejándole el paso a los que depositarían la tierra sobre el enorme cajón. La señora Bee sollozaba, emitiendo algunos gemidos circunstanciales mientras veía el pozo donde yacía su marido. Finalmente, la mujer giró sobre sus talones y se acercó a Abby y a Victor para comunicarles que tenía intenciones de ir a refugiarse al auto. Enseguida, su nuero se ofreció a acompañarla, tendiéndole su paraguas para protegerla; pero antes de irse se volvió a su novia y le preguntó:

— ¿Estarás bien? —Abby asintió con un gesto de la cabeza y antes de retirarse con su suegra, Victor le dio un rápido beso en los labios a su novia, en claro gesto de afecto. Ella no pudo más que sonreír mientras veía como su novio y su madre se alejaban, dejándola bajo la lluvia frente a los restos de su padre.

Tara se acercó a Abby para compartirle su paraguas. Simplemente se puso de pie junto a ella sin decirle nada, esperando a que nuestra amiga dijera cuando deseaba retirarse para acompañarla y evitar que se mojara. Rachel, Kori y yo permanecimos de pie detrás de ellas, lo suficientemente cerca como para escuchar por si decían algo.

— Estoy enojada contigo —Dijo Abby de repente, interrumpiendo el sonido que la débil pero abundante lluvia hacía al caer. Tara, sintiéndose aludida, volvió su mirada hacia nuestra amiga e indagó:

— ¿Conmigo? ¿Por qué? —Pero Abby no la miraba. Mantenía su vista clavada al frente, directamente al pozo que dos hombres con palas habían comenzado a llenar de tierra, para hundir a su padre ahí por toda la eternidad. Al no obtener respuesta, Tara giró para vernos a nosotras mientras se encogía de hombros.

— No está hablando contigo — Explicó Rachel en un susurro, apenas audible, mientras Tara seguía buscando una respuesta con su mirada. —, creo… Creo que está hablando con él —Terminó nuestra amiga, con los ojos ya vidriososl, como siempre, la primera en comprender todo. Se llevó un dedo a los labios, indicando que guardáramos silencio, y la supermodelo obedeció sosteniendo el paraguas para evitar que nuestra amiga se mojara, mientras continuaba con su monólogo (o diálogo) hacia su padre.

— ¿Por qué te fuiste así? Ni siquiera me diste la chance de despedirme —Continuaba Abby, subiendo un poco el tono de voz. Estaba completamente ajena a nosotras, o al menos eso demostraba, puesto que no daba ninguna señal de saber que estábamos escuchándola. —. ¿Lo hiciste a propósito? ¿Eh? — Levantó la voz al hacer esa pregunta y dio un paso al frente, desafiante, acercándose al ataúd. Ante la violencia con la que hizo el gesto, Tara no se movió, prefiriendo evitar el riesgo de acercarse a nuestra amiga. — ¿No pudiste esperar a verme crecer, a casarme? Dime papá… ¿Por qué te fuiste así? ¿Por qué ahora? —Dejó de hablar y bajó su mirada, desviándola por completo del entierro de su padre.

Tara aprovechó para acercarse a Abby y resguardarla de la lluvia con el paraguas, nuevamente. Los hombres que enterraban al Señor Bee, continuaban con su tarea haciendo caso omiso a las palabras de nuestra amiga, mientras nosotras intercambiábamos miradas cargadas de incertidumbre.

— Estoy molesta, papá. Muy molesta. Prometiste que siempre estarías ahí para mí —Siguió la morena, volviendo a alzar la mirada al frente. —. ¿Cómo pudiste hacerme esto? Sé que mamá también va a extrañarte, pero al menos ella pudo estar ahí cuando todo pasó… —Ladeó la cabeza y abrazó su propio cuerpo, acomodándose el saco de Victor sobre sus hombros. — ¿Por qué, papá? ¿Por qué no pudiste irte cuando yo aún estaba acá? ¿Por qué me negaste la chance de darte un último beso, un último abrazo, un último "te quiero"? ¿Por qué? — Ensañada en su descarga, volvió la mirada hacia el frente para seguir mirando como enterraban a su padre.

Kori, Rachel y yo nos tomamos de las manos y avanzamos, hasta quedar a la misma altura que nuestra amiga. Una vez ahí, Kori apoyó una mano en el hombro de Abby, aunque sabía que no lo sentiría, pues para ella nada más existía. Nada más que ese momento, su último momento con su padre.

— ¿Es que acaso no merecía tener esa última oportunidad? — Preguntó ella, con el labio temblándole. Y finalmente ocurrió: las lágrimas salieron de sus ojos con brusquedad, atravesando su rostro rápidamente, como un río que se abre paso entre las montañas con sumo vigor. Tara se sumó a Kori, apoyando su mano en el hombro que a Abby le quedaba libre aún. — ¿O te fuiste así para no verme sufrir como lo estoy haciendo ahora? — La morena se enjugó las lágrimas con brusquedad, ocultando su rostro en sus manos por unos instantes, para luego alzarlo nuevamente hacia el frente. — Tengo tantas preguntas que hacerte, papá… ¿Qué debo hacer ahora? ¿Qué pasará con mamá…?

El estruendo de un trueno hizo que Abby se detuviera, aún con la vista clavada al frente y el labio temblándole de la rabia con la que decía cada palabra.

— ¿De dónde sacaré fuerzas para levantarme mañana…?

La lluvia parecía intensificarse con cada minuto que pasaba y cuando quisimos darnos cuenta, el sol había terminado de caer al fin. Las penumbras nos invadieron un segundo, pero se vieron solapadas por las luces del cementerio que se encendieron al instante. Los hombres que estaban enterrando el ataúd terminaron su labor y se retiraron del lugar, dejándonos solas por fin.

— No existe nadie en el planeta que pueda responderme eso en este momento… — Continuó Abby, negando con un gesto de la cabeza. Guardó silencio por unos instantes mientras Kori, inmutable a su lado, se volvía hacia Rachel en busca de palabras de aliento para decirle a nuestra amiga.

Pero por mucho que supiéramos de duelos, por mucho vocabulario que conociéramos… No había nada que pudiéramos decir para aliviar aquel dolor.

— No quiero seguir soportando esto —Soltó Abby de repente, volviendo a abrazar su cuerpo mientras una brisa pasajera hacía que un escalofrío recorriera mi espalda. —… Pero sé que la única forma de que pase es que vos vuelvas, y eso no va a pasar, ¿No es así? —Preguntó ella, sonriendo débilmente, ya sabiendo la respuesta, mientras las lágrimas volvían a brotar de sus ojos. — Dime papá… ¿Quién tendrá las respuestas de todas mis preguntas ahora que te fuiste? —Un trueno hizo que nos estremeciéramos, pero Abby continuó inmóvil, parada frente al lugar donde su padre había sido enterrado. — ¿Lograré hallarlas ahora que no estás? — Volvió a sonreír débilmente sin despegar la vista del mismo lugar — Cuanto me gustaría poder traerte un segundo más para que me digas qué hacer, como siempre lo hacías… — Se enjugó las lágrimas de nuevo, pero esta vez lo hizo delicadamente, con mucha lentitud.

La lluvia comenzó a cesar, haciéndose cada vez menos intensa, mientras le daba paso al brillo de la luna asomándose sobre nuestras cabezas. A pesar de que sólo una leve llovizna nos cubría, no cerramos los paraguas para no aventurarnos a vernos empapadas nuevamente ante un posible chaparrón.

— Sé que te gustaba oírme cantar —Dijo Abby, una vez que se había enjugado las lágrimas. —y sé que amabas esta canción… Porque es de la banda sonora de la película que viste con mamá la noche anterior a que yo naciera — Nuestra amiga sonrió y yo sentí como Rachel quebraba nuestro silencio con su llanto, producto claro de las palabras de Abby. —. ¿Te acordás cuando te dije que quería ser cantante? — Soltó una leve risita al terminar la pregunta que hizo que nosotras sonriéramos, recordando aquel momento. Esa idea había sido una ocurrencia de todas tras escuchar la hermosa voz que Abby tenía, mucho antes de que ella se decidiera por la cocina. — Discutimos tanto esa noche… Lloré tanto por eso. Pero al final, como siempre, vos tenías razón…

Sentí como Tara comenzaba a sollozar, apartando la mano que había apoyado sobre el hombro de Abby para enjugarse las lágrimas que caían por su anguloso rostro.

Si yo debiera quedarme, solamente lo haría para quedarme contigo... —Comenzó a cantar nuestra amiga, en un susurro tembloroso apenas audible. — Por eso me voy, pero sé que pensaré en ti en cada paso del camino…

Tras escuchar ese susurro, tanto Kori como yo comenzamos a llorar. La piel se me estremeció tras oír el dulce cantar de mi amiga y reconocer la conocida canción.

Y yo… te amaré por siempre. Te amaré por siempre… Tú, mi muy querido… —Continuó cantando Abby, de forma apenas audible. Un par de lágrimas atravesaron su rostro tras llegar a esa parte de la canción, pero rápidamente se las secó con un ademán de su mano. — Recuerdos agridulces… Eso es todo lo que llevaré conmigo. Así que adiós. Por favor, no llores — Rio un poco nerviosamente al darse cuenta de que era imposible que su padre llorara dadas las circunstancias. — Ambos sabemos que no soy lo que necesitas… —Finalizó la estrofa, con mucha dulzura para luego volver al estribillo. — Y yo, yo te amaré por siempre… Por siempre, yo te amaré por siempre.

Era inevitable llorar. Cada palabra que Abby cantaba, cargada de una dulzura especial, hacía que las lágrimas salieran con más violencia de nuestros ojos. Miles de recuerdos atravesaron mi mente, cruzándose situaciones vividas con mis amigas con las vividas con mi propia familia. Ni siquiera me molestaba en enjugarme las lágrimas ¿Para qué? Si a fin de cuentas continuarían saliendo con violencia.

Espero que la vida sea amable contigo. —Prosiguió Abby con la canción, ya sin lágrimas en los ojos, mirando al frente nuevamente. — Y espero que tengas todo lo que has soñado. ¡Y te deseo dicha y felicidad! —Gritó, desafinando un poco. — Pero por sobre todas las cosas, te deseo amor… —Hizo una pausa para juntar aliento y cantar el último estribillo. —Y yo… Yo te amaré por siempre… Yo, yo te amaré por siempre, mi muy querido… Te amaré por siempre…

El grito que Abby daba al cantar esa parte de la canción no se parecía en nada al de la cantante original, pero era sin duda mucho más emotivo. Al menos para nosotras. Ninguna podía dejar de llorar ante la tremenda muestra de amor que estábamos presenciando. Nuestra morena amiga era incapaz de llegar al mismo tono de voz que la intérprete de la canción, pero dio todo de sí para conseguirlo. Hasta que su voz comenzó a temblar con violencia y rompió en un llanto imposible de frenar. Fue entonces cuando volvió en sí, cuando se dio cuenta de que estábamos ahí y cerró los ojos con fuerza, volviéndose a Tara y abrazándola desprevenidamente. La rubia no pudo más que contenerla, mientras le correspondía estrujándola con fuerza, ambas incapaces de parar de llorar.

Las lágrimas surcaban el rostro de Abby con violencia mientras gemía de dolor, a más no poder. Dejamos de mirar al frente para acercarnos a nuestras amigas y darle palmadas en la espalda a Abby a modo de apoyo. La lluvia parecía haber cesado al fin, de modo que cerramos nuestros paraguas.

Al cabo de unos instantes, la morena se desprendió de Tara por fin y giró sobre sus talones para volver a ver el lugar donde ahora yacían los restos de su padre. Se secó las lágrimas por última vez y le dirigió sus últimas palabras a su padre:

— Te amaré por siempre, papá. Hasta siempre y para siempre —Y dicho esto, arrojó un beso al aire, en dirección a donde yacía el cuerpo de su padre, ya enterrado bajo tierra. Abrazó a Tara y a Kori pasando sus brazos sobre sus hombros y comenzó a caminar a la salida, sin desprenderse de ellas.

Nuestras amigas extendieron sus brazos, invitándonos a Rachel y a mí al abrazo colectivo en el cual nos mantuvimos mientras avanzábamos para por fin abandonar el cementerio, poniéndole punto final a ese día tan fatal.

En honor a Whitney, quien se ha inmortalizado por siempre en sus canciones.


Ahora... Mis preguntas muy preguntosas:

1)¿Qué les ha parecido el capítulo?
2)¿Les gustó la pequeña cuota de humor que puse en el medio?
3)¿Supieron reconocer la canción que canta Abby? (Es I will Always Love you de Whitney Houston, sólo que está traducida y algo adaptada por mí) ¿Qué les ha parecido ese toque?
4)¿Qué creen que suceda ahora?

Nos leemos en la próxima entrega. Gracias!

Coockie