Konnichiwa! He aquí mi nuevo fic, que todavía estoy escribiendo e iré subiendo cuando pueda. Aviso de que es algo duro debido a algo que empezara a verse que va a pasar a partir del capítulo 2 pero no llega hasta el 4. Así que, si véis que os va a afectar mucho, no lo leáis. Aunque, si queréis saber el secreto de los padres de Gin, leedlo. Los reviews, tanto de elogios cómo de críticas, tienen la puerta abierta. Y bueno, sin más, os dejo disfrutar de este regalo de Reyes. Besos,
Sherry Furude
Cap. 1: La niña de ojos color cielo.
-¡Mamo-chan! –gritó un niño de pelo rubio y rizado.
-¡Peque! –insistió un chico idéntico al primero, pero unos centímetros más alto.
Un lindo niño de 3 años miró a sus hermanos. Tenía el pelo rubio como ellos, pero liso y largo hasta la cintura. El flequillo le tapaba parcialmente sus ojos verdes.
-¿Sí? –les contestó.
El chico de pelo rizado más alto cerró uno de sus grandes ojos castaños con un gesto de resignación.
-Hay que ver, Mamoru, –suspiró- ¡estás dormido!
-Va, déjalo, Heiji -le dijo su gemelo mientras clavaba su pala en la tierra- Tiene sólo 3 años.
-¿Y? Sólo tiene dos años menos que nosotros, Keiji –le contestó Heiji tras derribar de una palmada el castillo de tierra que acababa de hacer.
-Dos años es mucho –argumentó su gemelo- Dentro de dos años, nosotros ya estaremos en segundo de Primaria… ¿Te imaginas?
-¡Eh! –exclamó Mamoru, al ver que sus hermanos parecían haberse olvidado de él. Heiji y Keiji le miraron- ¿Qué queríais?
-¡Ah, sí, Mamo-chan! –recordó Heiji- Ve a pedirle a mamá la pala azul.
-¿Por qué? –quiso saber el pequeño.
-Necesitamos una pala más grande –le explicó Keiji asintiendo con la cabeza.
-Vale, ahora vuelvo.
Mamoru se levantó y comenzó a caminar. No le agradaba mucho tener que dejar de jugar, aunque se alegró al pensar que quizá su madre le diera algún caramelo cuando descubriera lo bueno que era, haciendo siempre caso de sus hermanos. Intentando recordar dónde estaba su madre, paseó la mirada por el parque, y la vio. Estaba sentada en un banco junto a otra mujer, con la que charlaba animadamente. A Mamoru su madre le parecía la mujer más guapa y más buena del mundo, por lo que le hacía muy feliz tener que su pelo fuera como el de ella, rubio y liso. Sus hermanos, a diferencia de él, habían sacado el pelo rizado de su abuelo materno, que había muerto poco después del nacimiento de Mamoru.
Mientras contemplaba a su madre, sintió el impulso de girarse. No sabía por qué, pero tenía la corazonada de que detrás suya había algo muy importante, y que debía verlo. Así que se giró.
Y entonces la vio.
Su mirada se había cruzado con la de una linda niña de ojos celestes.
Parecía de su edad, y se encontraba a unos metros de él. El viento movía su media melena de color castaño rojizo, y exhibía un gesto de sorpresa en su rostro redondeado. Vestía una camiseta azul celeste a juego con sus ojos y un pantalón corto de color arena. Calzaba unas simples deportivas blancas.
Le pareció muy guapa.
Ambos se quedaron quietos, manteniéndose mutuamente la mirada, durante lo que a Mamoru le pareció una eternidad. Y es que, realmente, ¿qué motivo había para desviarla? Mamoru se sentía petrificado por esos preciosos ojos del color del cielo, y no le apetecía romper el hechizo.
Tras mucho rato, cuando estuvo satisfecho de contemplar a la chica en silencio, dio un paso hacia ella. La niña se sorprendió, aunque no retrocedió. Mamoru continuó avanzando hasta que se encontró a unos centímetros de ella y la saludó:
-Hola.
-Ho…hola… -tartamudeó la niña, notablemente nerviosa.
-Me llamo Mamoru, –la informó con una sonrisa- aunque todos me dicen Mamo-chan. ¿Y tú?
-Yo… -contestó la pequeña con timidez mientras miraba fijamente el suelo- yo me llamo Shiho, pero me suelen llamar Shi-chan.
Los dos se volvieron a quedar en silencio un buen rato.
-¿Quieres que juguemos a algo? –dijo finalmente Mamoru.
-Bueno –contestó la niña.
-¿A qué?
Los dos se quedaron callados otro rato, pensando en a qué podían jugar.
-¿A científicos? –propuso la niña tras mucho rato.
-¿Cómo se juega a eso? –preguntó Mamoru, extrañado- Nunca he oído ese juego.
La niña se sentó en el suelo, y él se sentó junto a ella.
-Es fácil. Consiste en jugar a inventar cosas –le explicó. Al ver que el niño mantenía la misma expresión de extrañeza, continuó explicando-: Por ejemplo, haces un agujerito en la tierra, así –la pequeña introdujo su dedo índice en la tierra, creando un hueco más o menos alargado, y lo sacó- Luego, echas dentro los ingredientes. Por ejemplo, piedras –se sacó un puñado de piedrecitas del bolsillo y echó un par en el agujero- Aunque puedes jugar a que son otra cosa, como sal o azúcar, o alguna cosa rara –añadió, mirando a los ojos a su nuevo amigo. Se guardó las piedras y prosiguió-: Ahora, echas otra cosa, como… -recorrió la zona con la vista, en busca de algo.
-¿Por qué no le echas saliva? –propuso Mamoru.
-¡Qué buena idea! –exclamó- Y podemos hacer como que la saliva es algo mágico –la niña lanzó un escupitajo dentro del pequeño hoyo- Bueno, y ahora, remueves –removió el contenido del hoyo con un dedo- ¡y ya está!
-¿Y qué es lo que está? –quiso saber Mamoru.
-Pues… -la niña pensó durante unos instantes- un antídoto para un veneno, por ejemplo.
-¡Qué divertido! –exclamó Mamoru- ¡Yo también quiero jugar a científico!
En unos minutos, el suelo alrededor de los dos niños se encontró lleno de pequeños agujeros llenos de diversos ingredientes para el juego: pétalos de flores, piedras, ramitas, barro…
Antes de que pudieran darse cuenta, el Sol ya había descendido sobre el horizonte, y una luz anaranjada iluminaba el parque. De pronto, una chica de pelo castaño oscuro se agachó junto a ellos y tocó el hombro de Shiho.
-Eh, Shi-chan –le dijo con voz suave. No parecía superar los 10 años- Ya es hora de irse a casa.
-Jo… -protestó la pequeña- ¿Ya?
-Sí, ya es muy tarde –en ese momento, la chica reparó en la presencia de Mamoru- Vaya, ¿has hecho un nuevo amigo, Shiho?
El niño, sin saber aún quién podía ser aquella chica, se apresuró a presentarse:
-Me llamo Mamoru, y tengo 3 años.
La chica de pelo oscuro se rió.
-Vaya, pues yo soy Akemi. Soy la hermana mayor de Shiho –explicó. Echó un vistazo a su alrededor, algo preocupada- ¿Y tus padres? ¿No están aquí?
En ese momento, Mamoru reparó en que se suponía que había ido a pedirle una pala a su madre, y que sus hermanos debían de seguir esperando.
-Ah… -dudó- Mi mamá debería de estar…
-¡Mamoru! –exclamó una voz femenina.
El interpelado se giró y vio a su madre, que se acercaba a él con una sonrisa. Sus hermanos iban junto a ella.
-¡Mamá! –exclamó Mamoru, y se corrió al encuentro con su madre. Se abrazó a la falda de su vestido e inspiró el delicioso perfume de su madre, una mezcla de manzanas y fresas- ¡He hecho una nueva amiga! ¡Ella, ella! –exclamó señalando a Shiho.
-Mamoru, está mal señalar… -lo regañó su madre. Sus ojos castaños brillaron con reproche.
-No pasa nada –se apresuró a decir Akemi, que se había acercado, junto a su hermana, a la mujer- Soy Akemi Miyano, mucho gusto –se presentó. Luego, señaló a su hermana- Ésta es mi hermana, Shiho, la niña que se ha hecho amiga de su hijo.
-Encantada, Akemi. Yo soy Ryoko Takatsui, la madre de Mamoru –se presentó- Es muy bonito que hayas venido a recoger a tu hermana –comentó con una sonrisa- Tus padres deben de estar muy contentos contigo.
-Ya… –susurró, con una expresión algo triste- Si nos disculpa, ya es tarde, debemos irnos ya a casa mi hermana y yo. Hasta otro día –se despidió mientras comenzaba a caminar hacia una de las salidas del parque.
-¡Hasta otra! –se despidió Ryoko.
-¡Hasta otra, Shi-chan! –exclamó Mamoru, agitando su mano en el aire.
-¡Hasta otra, Mamo-chan! –le correspondió la niña, agitando también su manita.
Cuando la pequeña desapareció, al doblar una esquina, Mamoru bajó la mano. Una suave brisa primaveral le revolvió el pelo, y su madre lo tomó de la mano para encaminarse hacia su casa.
