Konnichiwa! ¡Aquí llego con el segundo capítulo! Quiero agradecer públicamente a ShihoShVG por su review (Merci! Acabo de enterarme por tu perfil que eres francesa ^^U), así como a todas las personas que han leído el anterior capítulo, aunque no reviewaran. Bueno, y, sin más dilación, os dejo aquí el segundo capítulo, en el que ya se ve más o menos por dónde irán los tiros. ¡Besos!


Cap. 2: Las discusiones.

-¿Cómo quieres celebrar tu cumpleaños, Mamoru? –preguntó la mujer de cabello rubio.

Su hijo, sin embargo, se mantuvo en silencio, mordisqueando la galleta que tenía en su mano. Ambos estaban sentados en la mesa del salón, y frente a Mamoru, que acababa de merendar, aún estaba su gran taza verde claro, ahora vacía.

-Dentro de unas semanas cumplirás los seis años –insistió ella- ¿No te emociona?

-Ayer os escuché –dijo de repente el niño. Sus ojos verdes miraban con seriedad a su madre.

-¿De… de qué hablas, cariño? –preguntó su madre, notablemente nerviosa- No sé de qué…

-Estabais discutiendo, como siempre –explicó Mamoru. Bajó la vista, y comenzó a mover en círculos su dedo- Y paraste en cuanto yo entré al salón. Aunque a él no parecía importarle que yo estuviera allí.

-Mamoru, ¿qué…? Yo no estaba discutiendo con nadie –repuso ella, aún más nerviosa- Serán imaginaciones tuyas, yo no…

-Él no está –Mamoru volvió a mirar a su madre, muy serio- No tienes que temer que nos escuche, porque no está. Y aunque estuviera, no tienes que tener miedo; yo te protegería –su madre se quedó callada- Ayer te oí discutiendo con –las palabras se resistieron en los labios de Mamoru, hasta que finalmente las sustituyó por una sola- Kenzo.

-No deberías llamar a así a tu padre –lo cortó Ryoko, tajante, aunque seguía nerviosa- Es tu padre, ¿por qué nunca lo llamas "papá", como hacen tus hermanos?

Mamoru frunció su infantil ceño, y se resistió a responder a su madre. "Porque lo odio", habría dicho. Sí odiaba a su padre. Pero sabía bien que el sentimiento era recíproco. Su padre nunca había demostrado ni el más mínimo afecto por él, y, aunque muchos decían que era sólo porque se preocupaba, Mamoru nunca había vislumbrado la menor preocupación en el rostro de su padre cuando a él le había pasado algo.

Pero el colmo era que discutiera con ella. Mamoru idolatraba a su madre, y le enfurecía ver que su padre discutía con la mujer a la que se suponía que debía amar.

-Os oí –volvió a la carga Mamoru- Oí que discutías, que le decías que no usaba sus contactos en la Organización, y cosas así. Y también que nunca me hace caso, ni tampoco a mis hermanos.

-Mamoru, -intervino Ryoko- debes de entender que… a veces –dudó al usar la expresión- tu padre y yo… discutimos. Pero no pasa nada, es normal.

-¡No es normal! –exclamó Mamoru- ¡Nunca he escuchado a nadie de mi clase decir que sus padres discuten!

-¡Porque no lo dicen!

Nuevamente, Mamoru frunció el ceño.

-Mamoru, no debes de volver a espiarnos. No está nada bien espiar, y si te vuelvo a pillar, te castigaré sin jugar con Shi-chan –lo amenazó.

-¡No! –exclamó el pequeño- ¡No vale! ¡Sabes lo que me gusta jugar con Shi-chan!

Su madre sonrió con picardía.

-Justo por eso. Así no volverás a espiarnos.

Tras un rato en silencio, Mamoru susurró:

-Yo sólo quiero protegerte.

Tras las palabras del pequeño, un incómodo silencio se hizo en el salón. Durante un rato, lo único que se escuchó en la sala fueron sus respiraciones y el sonido que hacían los pájaros que pasaban junto al ventanal que daba al jardín. De pronto, se escuchó como la puerta se abría y una voz infantil exclamando:

-¡Ya estamos aquí!

Ryoko se levantó de un salto, como impulsada por un resorte, y se dirigió al vestíbulo.

-Ya hemos vuelto, mamá –escuchó Mamoru a su hermano Heiji. ¿O era Keiji? Las voces de ambos eran iguales, incluso para alguien que convivía con ellos día tras día.

Mamoru estiró sus esqueléticas piernecillas hasta tocar el suelo con los pies y se bajó de la silla. Se guardó en un bolsillo la galleta a medio comer que aún sostenía en una mano y se marchó a su cuarto; no le apetecía actuar frente a sus hermanos como si nada hubiera pasado, como si la conversación que acababa de tener con su madre nunca hubiera existido. Aunque pasó junto a los tres, no dijo una palabra y subió corriendo las escaleras. En cuanto llegó a su cuarto, cerró la puerta con fuerza y así se aisló del resto de la casa.

Mamoru se quedó allí dentro el resto de la tarde, escuchando cómo los demás integrantes de su familia hablaban y caminaban por la casa. Nadie llamó a su puerta; sabían que, si la cerraba, significaba que estaba enfurruñado y no quería hablar con nadie.

Al anochecer, poco antes de la hora de cenar, finalmente salió de su cuarto. Tomó un pasillo y se encaminó al cuarto de sus hermanos. Entró sin llamar y se sentó en la alfombra de color naranja que cubría todo el suelo. La habitación era muy colorida, con estanterías verdes y azules que sostenían juguetes, libros y cómics; dos camas, una a cada lado de la habitación; un escritorio doble de color rojo con una silla blanca y otra negra, y las paredes cubiertas de papel pintado con manchas de todos los colores del arcoíris. Heiji y Keiji, que leían mangas sentados junto a sus respectivas camas, levantaron la mirada en cuanto su hermano entró a la habitación.

-¿Qué te pasa, peque? –preguntó Heiji, dejando el cómic que leía abierto sobre su cama, cuya colcha era amarilla hasta la mitad y, desde ahí hacia abajo, verde.

-Pareces enfadado –apuntó Keiji, dejando también su cómic sobre su cama, que tenía los mismos colores que la de su hermano pero al revés.

-Vosotros también escuchasteis ayer cuando discutieron mamá y él, ¿verdad? –los asaltó. Sus hermanos asintieron en silencio- ¿Y acaso os parece normal?

-Peque… -comenzó Heiji, algo nervioso- ¿a qué viene esto?

-Estuve hablando del tema con mamá –explicó Mamoru- Pero ella dijo que no está bien espiar, y que era normal que discutieran.

-Mamo-chan… no creo que debieras meterte mucho en esos temas –le aconsejó Keiji.

-¿Por qué? –preguntó Mamoru, indignado.

-Mamoru, esos temas son de la incumbencia de nuestros padres –argumentó Heiji- Y no tienes por qué meterte en algo que no tiene que ver contigo.

-¡¿Cómo que no tiene que ver? –exclamó el pequeño, aún más indignado- ¡Claro que tiene que ver! ¡Con nosotros tres! ¡Lo que pasa es que le tenéis miedo a él, demasiado miedo como para defender a mamá!

-¡Eso no es verdad, Mamo-chan! –saltó Heiji, algo enfadado- ¿Te crees que nos gusta escuchar cómo discuten día sí, día también? Lo que pasa es que no queremos meternos, porque… -entonces, el pequeño paró, como si no quisiera exponer la razón.

-…porque tenéis miedo de que él se enfade con vosotros, ¿verdad?

-¡No! –intervino Keiji, indignado- ¡Porque tenemos miedo de que se enfade más aún con mamá!

Mamoru se quedó en silencio. Realmente, él nunca había considerado lo que sus hermanos, que su padre se enfadara más aún con su madre.

-Pero… yo sólo se lo he dicho a mamá –se defendió, sin saber qué otra cosa decir.

-Pero el otro día entraste al salón deliberadamente, justo para que dejaran de discutir –apuntó Heiji. Mamoru se ruborizó, incapaz de negarlo- ¿Y si, por eso, papá se enfada aún más con mamá, eh? En eso no habías pensado, ¿a que no?

Mamoru se quedó en silencio, ruborizado completamente. Sus hermanos tenían toda la razón, y no sabía qué decir para no parecer más irresponsable aún. Afortunadamente, en ese momento se escuchó la voz de su madre:

-¡A cenar!

-¡Ya vamos! –se apresuró a gritar Keiji. Luego, serio, se dirigió a Mamoru en voz baja-: Así que ya sabes: que te metas en lo que no te incumbe sólo le creará a mamá más problemas. ¿De acuerdo?

Mamoru asintió en silencio y salió del cuarto con la cabeza gacha.