Adam
A Adam no le sorprendió ser hijo de Afrodita.
Le sorprendió que su madre lo reconociera cuando estaba pensando en Serena. Le gustaba Serena desde que la conocía, por eso nunca aceptaba las invitaciones de otras chicas. Sólo tenía ojos para una chica. Pero nunca se animó a decirle por miedo a ser rechazado. ¡Un hijo de Afrodita ejemplar!
Mientras caminaba junto a Piper, la semidiosa le contó todo sobre sus nuevos hermanos. Y, con cada cosa que agregaba, hacía sentir a Adam más y más incómodo. ¿Rito de paso? ¿Romperle el corazón a alguien cercano? Eso significaba romperle el corazón a Serena. Si con eso demostraba ser un digno hijo de Afrodita, prefería quedarse en la cabaña de Hermes, donde iban los mestizos cuyos padres no los habían reconocido.
Llegaron a un cobertizo para herramientas y se detuvieron. Dentro, miles de armas se apilaban sin un orden fijo. Espadas, arcos, dagas, armaduras, brillaban en lindos tonos amarillos. Bronce Celestial y Oro Imperial, según Piper, los únicos metales que le harían daño a un monstruo.
-Los hijos de Afrodita no somos muy guerreros- dijo Piper con una mueca- Pero no puedes andar por ahí sin protección. Elige una.
Adam no se decidía por ninguna. Las espadas y dagas no le convencían y no era muy bueno con el arco. Su mirada se posó sobre un arma en particular. Era una cuchilla ancha, con una empuñaduras lateral. Así, agarrando la empuñadura y moviendo el brazo en una rápida puñalada, se lograría un daño increíble.
-La quiero- dijo Adam probandosela, se ajustaba a él perfectamente.
Piper hizo una mueca.
-No lo sé, Adam- dijo- Es una katar, un arma ceremonial del imperio persa. Es para asesinos a sangre fría. Pero si tú la quieres, es toda tuya. Nadie las ha reclamado en años.
Adam busco una vaina para guardarla y encontró una cerca de la entrada. Se la colocó en su cinturón y guardó su nuevas arma.
-¿Cómo luzco?- preguntó, haciendo una pose provocativa.
Piper sonrió.
-Serás la envidia de todo el campamento- aseguró.
A lo lejos sonó un cuerno de caza.
-Ven- le dijo Piper- ya es la hora de comer.
Según las reglas del campamento, cada cabaña de cada dios tenía una mesa en el pabellón del comedor y sólo sus integrantes podían sentarse en ella. Nadie parecía acatar las reglas. Todos se sentaban con sus amigos. Adam vislumbró a lo lejos a Piper abrazada a Jason y se fue a sentar a su mesa, con sus nuevos hermanos. Platos dorados relucían a la luz de la fogata. Adam pensó en lo que quería comer y automáticamente apareció en su plato. Estaba riquísimo. Miró a sus hermanos. Ninguno de ellos comía. Todos miraban sus celulares y sus espejos.
En un momento, todos en el pabellón se levantaron. Se dirigieron a la fogata y arrojaron parte de su comida al fuego, murmurando el nombre de su padre divino y pidiendole algún favor. Adam los imitó.
-Afrodita- rezó- no dejes que mis inútiles hermanos me transformen.
No lo pudo asegurar, pero cuando se sentó de nuevo en la mesa se sintió mejor.
Se hizo silencio. Un hombre a caballo se dirigió a la fogata…¡Era Quirón! Y no estaba a caballo, el caballo era parte de él. Era un centauro.
-Bienvenidos a todos. Quiero anunciar que hoy se han integrado a nuestra comunidad tres nuevos campistas. Dos ya han sido reconocidos. Esperamos que el tercero sea reconocido ahora- Quirón se dirigió a Nathaniel- Un paso al frente Nathaniel.
El mejor amigo de Adam temblaba cuando fue a pararse junto al centauro. Todos lo miraban expectantes.
De repente, Nathaniel empezó a brillar. Quirón retrocedió.
-¿Qué pasa?-preguntó Nathaniel asustado.
Varias aves salieron del bosque y se acercaron. Tenían lindas plumas… Desplegaron sus alas de muchos colores. Eran pavos reales.
La expresión de Quirón y de todos los campistas era de terror.
-¿Pavos reales?- preguntó alguno- ¿No es ese el animal sagrado de…?
-Hera...- completó Quirón.
Varios murmuraron el nombre de la diosa, asombrados.
-Pero… Quirón- se adelantó una chica rubia- Hera no puede tener hijos semidioses, es la diosa de la fidelidad y del matrimonio.
-No hay duda, Annabeth… Pero el chico… es su hijo.
Un trueno retumbó en mitad del campamento. Y otro. Y otro más. Una nube de tormenta disparó un rayo en frente de Nathaniel. Un hombre barbudo surgió del mismo rayo. Todos retrocedieron. Adam se adelantó. Notó a Serena a su lado.
Zeus, el mismísimo señor de los cielos se había presentado. Miró a Nathaniel y sus ojos brillaban de cólera.
-Tú- gruñó, su voz refulgía de ira.
Hizo un gesto con su mano y un rayo apareció. Se dirigió hacia donde Nathaniel estaba, dispuesto a fulminarlo.
-Padre- Jason, el chico que los había salvado, corrió en dirección a Zeus- detente.
-No te metas en esto, hijo- dijo el señor de los cielos y, con otro gesto, mandó volando a su propio hijo de vuelta a la mesa.
Nathaniel permanecía inmóvil. Zeus levantó su mano e iba a lanzar el rayo cuando una luz surgió entre él y el chico. Una figura femenina se interpuso entre ambos. Tenía una corona con un zafiro en el medio. Un collar con una esmeralda. Un cetro con un rubí. Su pelo color chocolate estaba trenzado. Su vestido de un blanco inmaculado era de seda pura. Su expresión era regia, pero un amor maternal brillaba en sus ojos. Hera, la reina de los cielos, hacía su aparición
-No lo hagas- advirtió, visiblemente enojada.
-¿Cómo te atreves a hablarme así?- ladró Zeus.
Nathaniel salió de su parálisis y se adelantó.
-M-madre- titubeó.
La expresión de Hera se aflojó cuando se volvió para sonreir a su hijo.
-Tú no tienes la culpa, Nate.
Zeus empuño su rayo.
-¿Estás demente, mujer?- gruñó- ¿Sabes lo que esto significa? ¡He quedado en ridículo! ¡Se supone que eres la diosa del matrimonio, el hogar y la fidelidad.
-Todo tiene una explicación, querido.
-Quisiera escucharla.
Todo el campamento asistía a una pelea de pareja a nivel olímpico. Hera se alisó el vestido y contestó:
-Hace algunos años, sentí que una indescifrable fuerza maligna se alzaba en los confines de la Tierra. No era Gea, tampoco era Cronos. Yo no podía investigarla y tampoco podía un semidiós cualquiera. Tendría que enfrentarla un grupo de semidioses que demostraran su valor. Por eso fui al mundo mortal para crear a un semidiós. Tú padre- se dirigió a Nathaniel- era un descendiente de semidioses que habían luchado en la guerra por la Independencia. En su sangre corre sangre semidiosa. Con un poco de magia y sus genes, te creé a ti, mi campeón. Mi campeón que algún día, ayudado por otro, acabaría con una fuerza capaz de aniquilar el Olimpo entero.
Todos escucharon su discurso en silencio. Zeus bajó su rayo.
-Podrías haberme dicho- su voz había perdido todo rastro de enojo.
-No me hubieras escuchado- le contestó su esposa, con voz dulce y añadió en voz baja- Como siempre.
Zeus apuntó con su rayo a Nathaniel.
-Puede que tenga una pista sobre esa fuerza. Últimamente, he notado fuerzas oscuras en el sur de Florida. Muchos semidioses en el pasado, en especial piratas famosos, han viajado a esa zona en busca de algo. La Niebla se ha vuelto más espesa ahí. Yo te aconsejaría que emprendas una misión hacia Florida.
Y diciendo esto, con otro rayo, desapareció. Hera se volvió hacia su hijo.
-Ya tendremos tiempo para hablar, querido. Pero ahora, debo irme.
Y desapareció.
Quirón rompió el silencio.
-Bueno, Nathaniel, creo que eso aclara todo. Eres el hijo de Hera y el mismísimo Zeus te ha dado una búsqueda. Puedes nombrar a dos compañeros para que te acompañen en tu búsqueda.
Adam estaba a punto de ofrecerse pero no fue necesario.
-Adam y Serena- dijo Nathaniel sin dudar.
Quirón sonrió.
-Lo esperaba… Si ellos aceptan, pueden salir mañana a primer hora
Adam miró a Serena esperando su aprobación. La chica asintió.
-Aceptamos- dijo el hijo de Afrodita.
-Ahora sólo necesitas una profecía- Quirón se volvió hacia la casa grande y gritó un nombre.
Una chica colorada de ojos verdes bajó las escaleras. Saludó a todo el mundo y se sentó en un banquito.
-Es Rachel- le susurró Serena a Adam- Es el Oráculo del campamento. En las búsquedas da profecías.
Rachel siguió sentada un rato hasta que sus ojos se pusieron verdes. Humo verde salió de su boca y, con una voz cavernosa que asustó a Adam, recitó:
Buscarás la respuesta en la frondosa selva,
encontrarás ayuda inesperada en la experiencia,
la fuente selenita aguarda, el tesoro español espera
enfrentarás una oscuridad más terrible que la noche
Con la última frase la chica se desmayó y la llevaron de vuelta a la casa grande. Lo único que pudo pensar Adam fue que se había metido en un buen lío al aceptar una búsqueda tan peligrosa.
