Konnichiwa! Siento mucho mi retraso, pero he estado más liada estas últimas semanas que nunca en mi vida, y no tenía tiempo para nada. Muchas gracias a todas las personas que leyeron los anteriores capítulos, en especial a ShihoShVG (merci) y Lady Paper, que reviewaron.

Este capítulo es algo duro, lo aviso =S. A todos los que lo leáis, muchas gracias, y recordad: los reviews tienen la puerta abierta, tanto para criticar como para alabar. Besos y que disfrutéis del capítulo. Intentaré no tardar mucho en subir el siguiente.

Besos,

Sherry Furude


Cap. 4: Los gritos de Ryoko y el llanto de Mamoru.

Mamoru dejó los platos que cargaba sobre la encimera de la cocina. Acaban de cenar, y su madre ya empezaba a fregar los platos y cubiertos sucios.

-Qué buen chico, Mamo-chan –lo alabó su madre. Mamoru hinchó su pecho, orgulloso- Eres un muy maduro con tan sólo 8 añitos.

-Es que ya soy mayor –respondió el niño, orgulloso.

-Bah, tampoco es para tanto –repuso su hermano Heiji, que en ese momento entraba la cocina llevando los vasos de la cena, algunos aún con agua- Yo con su edad era aún más responsable y maduro.

-Pero qué dices, Heiji –dijo Keiji, que en ese momento entró tras su gemelo, cargando las servilletas- Yo era mucho más maduro, tú siempre has sido un gamberrillo.

-Eso lo serías tú; yo soy Keiji, no Heiji –mintió el gemelo más alto.

-¡Keiji soy yo! –repuso su gemelo.

-¡No, yo!

-¡Yo!

-¡Yo!

-¡Yo!

-¡Yo!

Mamoru y su madre, divertidos con la pelea, se echaron a reír. Entonces, se escuchó una voz desde el salón:

-¿Qué demonios son esos gritos?

Ryoko y su hijo pararon de reír de golpe, y los gemelos abandonaron repentinamente su discusión. El miedo se veía reflejado en todos los rostros.

-Na… nada, papá –respondió el gemelo más cercano a la puerta, temeroso- Un juego, perdona.

Tras unos segundos en los cuales todos temieron que Kenzo dijera algo, Heiji cerró la puerta con sigilo.

-¿Se habrá enfadado…? –preguntó Keiji, temeroso. Nadie respondió.

-Niños, será mejor que os vayáis ya a la cama –aconsejó Ryoko- Mejor sin pasar por el salón.

Los tres niños asintieron, y salieron por la puerta trasera de la cocina para encaminarse al piso superior. Una vez allí, los tres entraron al cuarto de los gemelos, cerrando la puerta tras ellos.

-¿Se habrá enfadado? –repitió Heiji la pregunta que había hecho su gemelo.

-¿Se enfadará con ella? –añadió Keiji con el miedo dibujado en su rostro.

-Tengo miedo –confesó en voz baja Mamoru. Le temblaban las rodillas- Tengo miedo de que le haga algo a mamá.

Heiji y Keiji se acercaron y abrazaron a su hermano pequeño.

-No pasará nada –susurró Keiji.

-No te preocupes, peque –añadió su gemelo.

Mamoru abrazó con fuerza a sus hermanos. Llevaba viendo a sus padres discutir desde que tenía apenas 5 años, y le preocupaba que algún día… No, mejor ni pensarlo. La idea de que aquel canalla fuera capaz de hacer daño a su madre lo horrorizaba. Pero seguro que ella se defendería, o, si no lo hacía ella, Mamoru lo haría: plantaría cara a ese canalla, defendería a su madre.

Tras un buen rato abrazado a sus hermanos, fue soltándolos poco a poco. Ellos se separaron y se quedaron mirándolo con cariño.

-No pasará nada –lo consoló Heiji.

-Nunca ha pasado, ¿por qué debería de pasar? –añadió su gemelo, esbozando media sonrisa.

Mamoru sonrió. Sus hermanos eran realmente geniales, junto a él en todo momento.

-Os quiero –dijo Mamoru, y abrazó a sus hermanos.

Tras otro buen rato abrazados, los tres niños se separaron. No se escuchaba el menor ruido en la casa. Sin decir una palabra, pero sin olvidarse de dirigir una última mirada cariñosa a sus hermanos, Mamoru se marchó a su propia habitación. En cuanto entró en ella, cerró la puerta y se puso el pijama, de color verde manzana. Un sentimiento extraño invadía su pecho cuando se metió en la cama, un sentimiento que hacía que su corazón latiera con fuerza. Tenía la corazonada de que algo desagradable iba a ocurrir, pero no sabía qué, cómo ni cuándo. Intentando no pensar en ello, apagó la luz y cerró sus ojos para abandonarse al sueño.

Todo estaba oscuro cuando los abrió, en medio de la noche. Sentía unas ganas tremendas de hacer pis, así que se levantó de la cama y, sin ponerse las zapatillas para no hacer ruido, se dirigió al servicio. Cuando volvía, decidió pasar junto a la sala de estar, y vio que había luz en ella. La puerta corredera estaba algo abierta, y Mamoru se acercó para mirar quién podía estar allí dentro a tales horas. Y los vio: sus padres estaban dentro de la sala discutiendo.

-¿Cómo puedes decir que no nos vigilan? –preguntaba ella en el momento que Mamoru se colocó frente a la puerta. La falda de su camisón celeste ondeaba cada vez que se movía.

-Si te he dicho que no es porque no –masculló el hombre de pelo castaño y rizado. Aún iba vestido de mafioso, totalmente de negro a excepción de una camisa blanca que se entreveía bajo la chaqueta- A mí por lo menos no me vigila la Organización.

-¡Pero a mí y a nuestros hijos sí! –repuso ella- Los he visto, nos vigilan a todas horas: cuando voy a la base de la Organización, siempre hay un coche siguiéndome; han instalado cámaras en mi laboratorio, y se pasean tan campantes por él; siempre hay uno o dos apostados frente al colegio de los niños cuando voy a recogerlos… ¡Esto no puede continuar! ¡No soy capaz de dormir sabiendo que me están vigilando, y también a los niños! ¿Y si les hacen algo? –su marido permaneció inmutable mientras se sacaba un cigarrillo. Ese canalla se pasaba el día fumando, y Mamoru odiaba la peste a tabaco que había siempre a su alrededor; lo peor era cuando su madre y su padre estaban juntos y ella también acababa oliendo un poco a tabaco- ¡También son tus hijos, Kenzo! ¿No te preocupa que puedan hacerles algo?

-Justo porque son mis hijos –respondió finalmente el hombre, con un cigarro en la boca- sé que no les harán nada. Ryoko, sabes que mi posición en la Organización es muy privilegiada, soy la mano derecha del Jefe. Y justo por esa razón no le harán nada a mis hijos, a pesar de que su madre sea una subversiva.

Al escuchar cómo describía aquel canalla a su madre, Mamoru sintió que le hervía la sangre. ¡¿Cómo se atrevía a meterse con ella? ¡Su madre era un ángel, no se le podía reprochar nada! ¡Es más, el ser subversiva significaba que era buena!

-Digas lo que digas, es innegable que nos vigilan –continuó Ryoko como si su marido no se hubiera metido con ella, aunque en su rostro se veía que la había afectado- Quizá no a ti, que eres la mano derecha del Jefe, pero a mí y a los niños sí.

-Porque ya no confían en ti –argumentó el hombre, que rebuscaba en sus bolsillos aún con el cigarro en la boca. Tras un rato, desistió y volvió a meter el cigarrillo en su caja- Y si no confían en ti es porque eres una subversiva contra la Organización. El Jefe me ha hablado de ello: antes trabajabas bien, fabricabas venenos eficaces y no preguntabas nada; sin embargo, hace mucho que no fabricas un buen veneno, y siempre estás haciendo preguntas indiscretas e investigando acerca de los secretos de la Organización –dirigió una mirada a su mujer, aunque Mamoru no detectó en ella ni el más mínimo cariño- Sabes que yo tengo el estatus que tengo porque soy fiel y leal a la Organización, hago lo que me dicen y no me meto en los asuntos que el Jefe no quiere contarme. Tú, sin embargo, ya no caes bien porque no haces bien tu trabajo y husmeas en lo que no te incumbe –Kenzo se acercó un paso más hacia la mujer de pelo rubio, y rozó con su mano la ella durante menos de un segundo. Aún así, seguía sin haber el más mínimo cariño ni en su voz ni en sus gestos- Por mucho que seas mi mujer, si tú te comportas mal en la Organización, yo no podré hacer nada. No podré interceder por ti.

-Ni que lo fueras a hacer –masculló Ryoko. Mamoru sonrió, al ver que su madre al fin se encaraba a ese canalla- Ni aunque el jefe te dijera que quiere liquidarme harías lo más mínimo por mí, ¿verdad? –Kenzo no dijo nada- ¿Ves? ¡No puedes negarlo! Sé muy bien que a ti ningún miembro de esta familia te importa lo más mínimo: ni tus hijos ni yo. Fui una necia al casarme contigo –continuó ella, en vista de que su marido seguía en silencio- Al principio eras muy bueno, y muy amable… pero luego descubrí que el Kenzo que me enamoró era sólo una máscara. Descubrí cómo eres en realidad: un simple sicario del Jefe de los Hombres de Negro, con el alma negra como el carbón, al que no le importa nada ni nadie.

-Ryoko… para ya… -masculló él, enfadado.

-¡No! –exclamó Ryoko. Su hijo sonrió, al ver la determinación- ¡Voy a soltarlo todo de una vez por todas! ¡Lo único que te importa eres tú mismo, y satisfacer al Jefe, aunque para ello tengas que hacer las cosas más horribles del mundo! ¿Cuántas personas manchan tus manos con su sangre, Kenzo? ¿Unos pocos cientos?

-Ryoko…

-Pues para que lo sepas, Kenzo, por si no te has dado cuenta aún, al Jefe no le importas nada. ¡Sólo te utiliza para hacerle el trabajo sucio! Y tú, claro, se lo haces como un descerebrado.

-Ryoko…

-¿Es que no tienes conciencia, Kenzo? –continuó ella- ¿A cuántas personas has matado en toda tu vida? Seguro que no te acuerdas, porque para ti eran únicamente escalones para escalar a lo alto de la cima, ¡aunque tuvieras que construirlos con cadáveres, con vidas truncadas por ti!

-Ryoko, para ya…

- Tú… no eres el hombre con el que me casé, Kenzo. Tú… sólo eres… ¡un criminal!

En cuanto Ryoko pronunció esas palabras, todo sucedió muy rápido: Kenzo, cuyo rostro reflejaba un enfado infinito, levantó su mano, tomó impulso y abofeteó con ella la mejilla de su mujer. El sonido resonó por toda la casa. Mamoru abrió los ojos como platos. No. No podía ser. Su madre, con los ojos como platos también, perdió momentáneamente el equilibrio y estuvo a punto de caer. Cuando lo recuperó, dirigió una mano a su mejilla, que comenzaba a tomar un color rojizo, y miró con miedo a su marido.

-Tú… -musitó- Kenzo…

Pero antes de que pudiera terminar la frase, él volvió a golpearla.

Al otro lado de la puerta, Mamoru se había quedado de piedra. No podía creer que lo estaba viendo fuera cierto. No. No. No. Intentó entrar, defender a su madre… peor su cuerpo no respondía. El miedo lo atenazaba, y sintió que su corazón trabajaba con más esfuerzo.

El pequeño no podía creérselo: no podía ser, no podía ser. Esos gritos no podían ser los de su madre sufriendo, y esos ruidos no podían ser los golpes… Ni tampoco podía ser verdad lo que estaba viendo, no, no podía ser, era una pesadilla, una simple y maldita pesadilla, un horrible sueño reflejo de sus miedos…

Pero, dentro de él, algo le decía que era real lo que estaba pasando, que no era un sueño. El horror y el miedo lo invadieron.

Tras un rato, consiguió dar un paso hacia atrás. Con lentitud, se fue alejando de la puerta hasta tocar la pared contraria del pasillo, y echó a correr en dirección a su habitación. No paró hasta que entró en su cuarto y se metió en la cama. Se cubrió entero con las mantas, cabeza incluida, y se hizo un ovillo. El corazón le iba más rápido de lo que le había ido nunca, y aún no había recuperado el aliento tras la carrera, así que sus jadeos eran el único sonido en la habitación. De lejos escuchaba el eco de los gritos de su madre, aunque bastante amortiguados. Los ojo se le llenaron de lágrimas, y una a una fueron saliendo, deslizándose por su piel hasta alcanzar la cama.

-Tengo miedo –susurró lo más bajo que pudo- Tengo mucho miedo.

El pequeño, aún bajo las sábanas, se echó a llorar con fuerza, pero tapándose la boca con la manta para no hacer ruido. Lo último que quería era que sus padres se enteraran de que lo había visto todo.