Nathaniel

Nathaniel no estaba enojado con su madre. Simplemente se sentía usado por ella.

Su nacimiento no había sido fruto del amor. El había nacido porque ella necesitaba un héroe.

Sus pensamientos se agolpaban en su cabeza mientras daba vueltas en su bolsa de dormir en su nuevo hogar, la cabaña de Hera. La cabaña, originalmente, tenía un objetivo simbólico. No estaba hecha para ser habitable puesto que Hera no debía tener hijos. Era blanca y fría. Una estatua de su madre lo observaba intimidantemente. No quería verla así que se dio vuelta y se durmió.

En su sueño, Nathaniel vio un caballero vestido con armadura. Se hallaba frente a un lago que, en su centro, tenía una fuente de agua que manaba a borbotones. El hombre se agachaba y bebía del lago.

Su sueño cambió. Era el mismo lago pero la fuente se había derrumbado. Restos de piedra flotaban en la superficie. Un enorme barco semihundido brillaba en tonos dorados. En lugar de un caballero, una mujer con un vestido estrellado negro miraba el barco.

-Observa, semidiós- decia- Tu destino aguarda. Cuando llegues aquí, nada podrás hacer para evitar que las aguas de este lago le concedan a mi rey un poder infinito.

Se dio vuelta y atacó a Nathaniel.

Nathaniel se despertó sobresaltado. Estaba empapado de sudor. La luz del Sol entraba a raudales por la ventana. Miró a la estatua de su madre y deseó que le explicara su sueño. Al no recibir respuesta, se cambió y fue al pabellón a desayunar.

Encontró a Adam y a Serena charlando tranquilamente. Ambos estaban vestidos para la misión, con sus armas y mochilas.

-Quirón ha salido- informó Serena- Nos ha dicho que tienes que elegir un arma del cobertizo antes de partir a la misión. Nos desea buena suerte.

-Colega- le dijo Adam estudiando la expresión de su amigo- ¿te encuentras bien?

-Sí- mintió Nathaniel- He dormido mal. Venga, vamos a ver esas armas.

El cobertizo estaba lleno de armas pero a Nathaniel sólo le llamó la atención una. Una vara dorada y larga como un cetro, que parecía que nunca había sido usada, se apoyaba contra una pared. Era idéntica al arma que tenía la estatua de Hera. Nathaniel encontró un botón que, al presionarlo, transformó el arma en una navaja suiza completa, perfecta para transportar semejante arma. Nathaniel sonrió a sus amigos y los tres se dirigieron a los establos.

La mayoría de los pegasos estaban siendo usados en las clases de equitación aérea pero una pequeña yegua descansaba en un montón de paja.

-No podemos viajar en esta- dijo Adam- Es muy chica, Sólo puede llevar a uno.

-¿No hay otro medio de transporte en el campamento?- preguntó Serena,

Nathaniel se acercó a la yegua y la acarició. Esta abrió los ojos y se levantó. Le hizo una seña como para que se montara. Decidió llamarla Beauty

-Yo estoy listo- dijo, subiéndose al animal- ¿No le pueden pedir transporte a sus padres?

-Sí, claro- contestó sarcástica Serena- ¡Oh, Apolo bendito, mándame un animal para que pueda volar a una misión casi suicida!

Dichas estas palabras, un gran monstruo mitad león, mitad águila, bajó volando del cielo. El grifo miró ceñudo a Serena y, acto seguido, la invitó a subirse.

-¡Oh!- Serena estaba avergonzada- Lo siento, papá.

Se montó al animal y Adam detrás suyo. Los tres juntos volaron fuera de los límites del campamento hacia el sur del país.

Volaron durante horas hasta que hicieron su primer parada en Filadelfia porque Serena quería ver la Campana de la Libertad. Claro, ¿por qué no?. Si total no estamos en una misión super peligrosa. Podian perder el tiempo. Nathaniel se guardó sus comentarios y planeó con Beauty. La yegua necesitaba un descanso, jadeaba.

Nathaniel miró la ciudad de Filadelfia. ¿Qué verían los mortales si levantaran la vista hacia ellos? ¿Qué les mostraría la Niebla, esa fuerza mágica que les impedía ver la verdad? Probablemente a un niño cayendo de un caballo volador.

Beauty, agotada, había dejado de volar. Nathaniel gritó. Caía en picada y sus amigos no podían salvarlo, estaban muy lejos. Cerró los ojos para disminuir su miedo y… Un par de águilas gigantes lo atraparon a él y a su montura. Nathaniel siguió gritando hasta que lo dejaron frente a la Campana. Sus amigos volaron hasta él y bajaron del grifo.

-¡Por Hera!- exclamó Nathaniel- Casi muero.

Se volteó para agradecer a las águilas pero habían desaparecido.

-¿Habrá sido Zeus?- preguntó Adam.

-Claro que no, niño tonto- dijo una voz a sus espaldas.

El adolescente más hermoso del mundo, aún más que Adam, se hallaba cerca de la campana. Las águilas volaron hasta él y se convirtieron en simples anillos que el chico guardó. Tenía una jarra a su lado que, por el aroma, debía contener néctar. Acarició a Beauty y le dió de comer alfalfa. La pegaso inmediatamente desplegó las alas, lista para volar de nuevo.

-¿Quién eres?- preguntó Serena.

-Me llamo Ganímedes. Soy el escanciero de los dioses y trabajo en sus establos.

-¿Las águilas no son propiedad de Zeus?- preguntó Adam, perplejo.

-Despierta, niño. Estamos en Filadelfia. Aquí se firmó la independencia de Estados Unidos. Las águilas son libres aquí. Sirven a quienes ellas quieran. Claro que yo tengo mis formas de convencerlas.

Nathaniel percibió el peligro en sus palabras. Había algo del escanciero que no le gustaba. Era un niño mimado.

-¿Qué haces aquí?- preguntó Nathaniel con recelo.

-He venido a advertirles. Lo que buscan en Florida es muy peligroso. Las aguas del lago tienen un efecto más peligroso que el néctar- señaló su jarra- Y, créeme, yo sé de eso.

-Pero Zeus nos ha pedido…

-Zeus es egoísta. Me robó mi derecho a una vida normal y me compró por dos caballos. No le interesaron mis sentimientos.

El adolescente parecía a punto de llorar.

-Y aunque encontraran el lago- prosiguió- los terrores que allí aguardan los destruirían.

-No nos dan miedo los peligros- terció Serena- Llevaremos a cabo la misión.

-Es una lástima- dijo Ganímedes y parecía verdaderamente apenado- No puedo permitir que continúen.

Sacó sus anillos de águila y los arrojó al suelo. Al instante crecieron y cobraron vida.

-¡Mátenlos!- ordenó.

Nathaniel sacó su navaja y tocó un botón. La navaja se convirtió en un bastón de bronce. Serena sacó su arco y su carcaj y Adam su extraña arma, listos para defenderse.

Las águilas volaban de un lado a otro picoteando a sus amigos que hacían lo posible por defenderse. Nathaniel atacó al mismo Ganímedes que, espada en mano, se defendió. El arma de Nathaniel chocaba contra la espada del adolescente y a cada golpe, hacía brotar ondas de energía.

En un momento, Ganímedes le hizo un placaje a Nathaniel y este se cayó junto a la campana.

-Estás acabado- se burló el joven.

Pero Nathaniel no había terminado. Rodó a un costado en el momento en el que la espada del enemigo se clavaba en el pasto. Con su cetro, golpeó la campana. Un sonido estridente aturdió a las águilas y a Ganímedes. Momento que Nathaniel aprovechó para tirarle la jarra de ambrosía a la cara. La cara del adolescente comenzó a soltar vapor como si le hubieran tirado ácido. Las águilas cayeron víctimas de las flechas de Serena y la katar de Adam. Ganímedes se retorcía en el suelo, sollozando. Nathaniel no pudo evitar tener un poco de pena.

-Déjalo- dijo Serena- Debemos irnos.

Nathaniel asintió. Se subieron a sus animales y remontaron vuelo.