Konnichiwa! Salut! Aquí llego de nuevo con otro capítulo, siento mucho la espera. Gracias a todos los que leyeron los anteriores y a ShihoShVG por reviewar el anterior (Merci). Bueno, pues aquí llego con el quinto. Es algo durito, pero al menos. ocurre que... bueno, no os lo cuento para no estropearos la trama. Y ya sabéis, los reviews tienen las puertas abiertas, ya sea para alabar, criticar o preguntar. Gracias a todos los que leéis, y aquí os dejo con el quinto capítulo. Besos de parte de

Sherry Furude


Cap. 5: "Protector".

En la oscuridad del pasillo, Mamoru miraba por la rendija de la puerta de la sala de estar. Estaba en el más absoluto silencio, evitando incluso hacer ruido al respirar. Era la octava noche que vigilaba a sus padres mientras discutían, y todas había pasado lo mismo: tras un rato discutiendo, Kenzo había pegado a Ryoko, que en ninguna ocasión se había defendido. Al ocurrir esto, Mamoru siempre había vuelto corriendo a su cama, aterrorizado. No sabía muy bien por qué seguía vigilándolos (bueno, más bien vigilando a su padre), pues tan sólo conseguía tener luego pesadillas, pero seguía haciéndolo.

La mañana siguiente de la primera noche, creía que su madre diría algo que haría algo, pero no. Ryoko, en cuyo rostro se veían las marcas de la noche pasada, se limitó a actuar con normalidad, aunque más asustadiza que de costumbre. Mamoru creyó que quizá haría o diría algo cuando volviera a ocurrir, pero nada. Ni siquiera cuando, la mañana después de la tercera noche, los gemelos le preguntaron a su madre la razón de sus heridas, ella se limitó a decir que se había quemado mientras hacía el desayuno. Ni siquiera por la tarde, antes de que Kenzo llegase de la Organización, les había dicho nada.

Mamoru tampoco había dicho nada, quizá por miedo a que Kenzo se enfadara aún más con ella. Ni siquiera se lo había contado a Shiho, con quien normalmente compartía todos sus secretos.

Mientras su cabeza vagaba de un pensamiento a otro, Mamoru percibió que su madre avanzaba un paso hacia atrás, y el pequeño se obligó a concentrarse en la rendija por la que espiaba. Ryoko y el canalla (como había empezado a denominar Mamoru a su padre, aunque únicamente en su interior) llevaban cerca de una hora discutiendo, y parecía que se encontraban en el punto más acalorado. El corazón de Mamoru comenzó a palpitar con fuerza, temiendo lo que iba a suceder.

Mamoru vio cómo su padre levantaba la mano, y cerró con fuerza los ojos y se tapó los oídos. No quería verlo, ni tampoco escucharlo. Otra vez no. Las lágrimas comenzaron a aflorar de sus ojos, pero el pequeño se esforzó en no hacer el más mínimo ruido. Quería irse a su cuarto, ocultarse bajo las mantas de modo que no pudiera oír el eco de los gritos de su madre, protegerse…

¿Protegerse? Mamoru abrió los ojos en cuanto ese pensamiento cruzó por su cabeza. ¿Protegerse, él? La única que necesitaba que la protegieran en esa situación era ella, su madre. Y Mamoru, que siempre había dicho que la cuidaría y protegería, quien tanto la quería… ¿ahora se escondía como los avestruces, pensando que si no oía los gritos era como si no ocurriera nada?

"Me estoy volviendo un cobarde", pensó el pequeño. Mamoru se secó las lágrimas, decidido a no llorar. La única persona que podía llorar era su madre. No, no debía llorar. Porque todo ese infierno no debía de ocurrir, y menos a una mujer tan buena como ella.

"Si él es el dragón, yo seré el príncipe de este cuento".

Decidido, Mamoru abrió la puerta de la sala de estar con ímpetu. El sonido de la puerta corredera hizo que sus padres se giraran, quedándose completamente quietos en la posición en la que estaban: Ryoko, con los ojos anegados de lágrimas e intentando protegerse con un brazo, y Kenzo con una mano en alto, dispuesto a pegar a su mujer.

-Mamoru… -susurró Ryoko.

El pequeño corrió y se colocó frente a su madre. Extendió los brazos y le gritó a su padre:

-¡Déjala! ¡Déjala en paz! ¡No se debe pegar a nadie, y menos a las chicas! ¡Pégame a mí, pero a ella no!

-Mamoru, no… -murmuró Ryoko, agarrando a su hijo por los hombros con la intención de quitarlo de allí. Sin embargo, el niño se esforzó en permanecer quieto.

-¡No! –gritó- ¡No me moveré de aquí, mamá! ¡Si tú no te defiendes, te defenderé yo! ¡Soy el príncipe de este cuento, que vengo a salvar a la princesa del malvado dragón!

-Dragón… –rió Kenzo.

Mamoru sintió el puño de su padre al golpearlo, y el suelo al caer. Notó que un hilillo de sangre le caía de la nariz.

-¡Mamoru! –escuchó gritar a su madre, pero antes de que ella llegara a su lado Mamoru ya había perdido la consciencia.

Se despertó al día siguiente, en su cama. Tardó unos segundos en darse cuenta de que estaba en su habitación, de paredes celestes, y de acordarse de todo lo ocurrido la anterior noche. En cuanto lo recordó todo, salió de la cama de un salto y corrió en busca de su madre.

La encontró en el balcón de su estudio. El estudio era una preciosa habitación de parqué siempre brillante pero nunca frío, muy espaciosa, con numerosas ventanas y un gran y precioso balcón. La habitación, que se encontraba en la esquina de la planta de arriba de la casa, era donde su madre dedicaba sus ratos libres a pintar. Por esa razón estaba repleta de baúles que guardaban lienzos y demás materiales, un par de caballetes en pie dispuestos a albergar una nueva obra de arte, mesas manchadas de pintura y los modelos de su madre, normalmente peluches de sus hijos o flores de todos los colores. Ryoko era realmente una gran artista, capaz de ver belleza e inspiración en cualquier lugar, incluso en una roca (Mamoru opinaba que su ojo artístico, jugándole una mala pasada encontrando en algún momento algo bueno en Kenzo, había sido el culpable de su matrimonio). Ryoko lo retrataba todo (¡y de qué manera!), aunque también a veces pintaba arte abstracto basándose en cosas que había soñado o imaginado. Muchas veces también retrataba a sus hijos, como un precioso cuadro que tenía de cuando Mamoru era apenas un bebé, en el que salía junto a sus hermanos.

Además de la pintura, otra razón por la que Ryoko amaba esa habitación era el balcón. Era muy grande, construido en madera y con unas preciosas rejas metálicas. Por él entraba siempre el aire más fresco y agradable, tanto que Ryoko decía que ese aire le purificaba el alma. Siempre que estaba cansada, triste, o le pasaba algo, descansaba en el gran butacón que una vez había colocado en el balcón y descansaba allí un rato.

Cuando Mamoru la encontró, estaba sentada en su gran butacón, mirando el cielo. Ella se dio cuenta de que había entrado en cuanto traspasó el umbral y comentó:

-Hoy hace muy buen tiempo.

Mamoru, que conocía muy bien a su madre, supo que aquel comentario significaba que su madre sabía que estaba allí y lo dejaba pasar, pero que no quería hablar demasiado de la noche anterior. El pequeño, en silencio, fue hasta el balcón, parándose junto a su madre.

-El cielo está de un azul muy bonito, -prosiguió Ryoko, y Mamoru pudo ver que sus mejillas estaban amoratadas y que tenía los ojos rojos de llorar. Llevaba una bonita blusa color vainilla que ondeaba con el viento, así como su falda, de color vainilla también- y el viento… -extendió los brazos un momento- es realmente purificante.

Mamoru, que sabía que su madre no querría hablar de lo ocurrido, decidió abordar el tema con metáforas.

-¿Está despejado de verdad? –cuestionó con un hilo de voz- ¿No hay nubes cerca? –preguntó, refiriéndose a su padre.

-Las nubes se han ido –contestó Ryoko, que había captado la metáfora- Están con las otras nubes. Nuestro cielo está completamente despejado. Ya ha amanecido, y el Sol ha roto las tinieblas con su dulce luz.

-Anoche era una noche oscura –prosiguió con las metáforas Mamoru- Las nubes no dejaban brillar a la Luna –Mamoru vio cómo su madre se entristecía un poco- La tapaban y la noche no era bonita. Pero llegó una ráfaga de viento que sopló muy fuerte para quitar las nubes de en medio.

-Pero las nubes son fuertes, más de lo que cree la ráfaga de viento –intervino Ryoko, triste- La ráfaga de viento no pudo echar a las nubes, y sólo consiguió extinguirse.

-Y… después de que la ráfaga se extinguiera, ¿las nubes taparon la Luna aún más? –preguntó Mamoru, sabiendo que tocaba un tema extremadamente delicado.

Tras unos segundos sin responder, Ryoko asintió con la cabeza.

-Sí –contestó, y Mamoru sintió que el enfado hacía su padre lo invadía- Las nubes se enfadaron con la ráfaga de viento, y, en venganza, taparon todavía más a la Luna. La Luna no pudo brillar en toda la noche.

-Odio las nubes –dijo Mamoru, enfadado- ¡Las odio! A mí me encanta la Luna, y me encanta verla brillar. Y las nubes no la dejan brillar. ¡Odio a las nubes! ¡Odio a Kenzo! –exclamó, harto de las metáforas.

En ese momento, su madre lo abofeteó. Mamoru, sorprendido, tuvo que esforzarse por mantener el equilibrio.

-No digas eso –lo riñó, aunque tenía la voz rota. Mamoru la miró y vio que se había levantado y que las lágrimas recorrían su rostro- No digas… que lo odias… -las lágrimas fluían cada vez con más fuerza- Él…

Ryoko cayó y abrazó a su hijo, enterrando la cara en su pequeño hombro. Mamoru sintió que se le rompía el corazón al oír llorar de esa manera a su madre. Acarició su espalda con una mano temblorosa, no muy seguro de si la calmaría, y ella siguió llorando. Lloró hasta que notó que ya no podía llorar más, que se le habían acabado las lágrimas y que no tenía fuerzas para llorar más. Cuando se secó la última lágrima, se levantó y entró a la habitación, intentando que su hijo no viera sus ojos rojos de llorar.

-Hace mucho que no pinto –comentó, con tal de cambiar de tema- ¿Qué crees que podría pintar, Ma…?

-Hace tiempo que os espío –la cortó Mamoru, decidido a sincerarse con su madre. Ella, lentamente, se giró hasta mirar nuevamente a su hijo- Ayer era la octava noche.

-La octava… -murmuró Ryoko, algo sorprendida, aunque el pequeño no supo si era una afirmación o tenía una leve intención interrogativa.

-Y siempre pasa lo mismo, hasta que ayer entré yo. ¿Por qué nunca te defiendes, mamá? ¿Por qué permites que ese canalla te pegue? –Mamoru no pudo evitar que su voz se quebrara al final de la pregunta- ¿Por qué no haces nada?

Ryoko se mantuvo en silencio, y su rostro mostró una sonrisa infinitamente triste, tanto que parecía que fuera a echarse a llorar de nuevo. Tras mucho rato manteniéndose la mirada mutuamente, Ryoko se giró, dando de nuevo la espalda a su hijo, y se dirigió hacia uno de los baúles de la habitación. Lo abrió y sacó de él un lienzo, que colocó en el caballete más próximo a ella.

-Hace mucho que no pinto –volvió a decir- ¿Querrías posar para mí, Mamoru? Has crecido mucho desde tu último retrato, creo que ya es hora de hacerte otro.

El niño asintió en silencio.

-¿Cómo quieres que me ponga?

Mucho rato después, mientras Ryoko coloreaba el retrato, comentó:

-No debí ponerte "Mamoru".

-¿Por qué? –quiso saber el niño,

-¿Sabes qué significa tu nombre? –le preguntó ella sin dejar de pintar. Mamoru negó con la cabeza- Tu nombre, "Mamoru", significa "protector" –explicó. Dejó el pincel un momento y miró a su hijo- Si te hubieras llamado como tu padre a lo mejor no tendrías ese moratón tan feo ahora. Él quería ponerte "Takeshi", su segundo nombre.

-Aunque que me hubiera llamado como ese canalla lo habría odiado igualmente –murmuró Mamoru- Y tendría este moratón igualmente.

Ryoko sonrió con tristeza y prosiguió pintando el cuadro.

-Oye, mamá, -la llamó al poco Mamoru, curioso- ¿y por qué me llamo "Mamoru"? Heiji y Keiji se llaman así por los abuelos, pero, ¿y yo?

-¿Que por qué te llamas "Mamoru"…? –Ryoko sonrió- La verdad es… -Ryoko calló un momento para darle más suspense a su hijo.

-¿La vedad es…?

-Si te digo la más absoluta verdad….

-La más absoluta verdad –repitió Mamoru.

-¡Que te lo puse al azar! –exclamó su madre con una gran sonrisa. Mamoru casi se cayó de la impresión.

-¿Al azar? –preguntó el pequeño, sorprendido.

-Sí, al azar –contestó Ryoko- La verdad es que no supimos que eras niño hasta que naciste, por lo que todos los nombres que habíamos pensado eran de niña: Shinju, Ryoko, Aiko, Momoko… -le explicó- Pero, cuando naciste y vimos que no eras niña, sino niño, ¡no sabíamos qué nombre ponerte! Tu padre quería ponerte Takeshi, pero habíamos acordado que tu nombre lo elegiría yo. Por mucho que pensaba no se me ocurría nada… Y entonces, escuché a alguien que gritaba en el pasillo: "¡Mamoru!". Y, como no sabía qué otro nombre ponerte y ése me gustaba, decidí llamarte Mamoru.

-¿Me pusiste el nombre de un desconocido? –preguntó el niño, totalmente sorprendido.

-¿Acaso hubieras preferido llamarte Takeshi? –atacó su madre.

-Pues no… La verdad es que es un nombre muy feo.

-¡Pues no te quejes tanto! ¡Y quédate quieto, que tengo que terminar el cuadro!