Serena
A Serena siempre le gustaron las historias de piratas.
Por esa razón, estaba fascinada cuando sus amigos decidieron hacer una parada para descansar en la Ensenada de Ocracoke. Ese lugar guardaba una apasionante historia. Edward Teach, mejor conocido como Barbanegra el pirata, había encontrado su fin allí.
Había estado huyendo del gobernador de Virginia y había desembarcado de su barco, La Venganza de la Reina Ana, en Carolina del Norte. Confiaba que el poco cauce del río lo protegiera de grandes ataques. Se equivocaba. Con ocho heridas de bala y más de cuarenta cortes de espada Barbanegra, el pirata más grande de todos los tiempos, cayó derrotado.
Serena, a pesar de tener ya quince años, seguía pidiéndole a su mamá que le contara la historia de Barbanegra. Era un vínculo que las unía pues en términos musicales, no se ponían de acuerdo. En su último cumpleaños, su torta era un barco de chocolate navegando un océano de crema glaseada con piratas de merengue.
-Serena- la voz de Adam la devolvió a la realidad- ¿Puedes encender el fuego mientras Nathaniel y yo buscamos algo para comer? Cuida a los animales, ¿sí?
Serena asintió. Claro, dejen a la mujer en casa mientras los hombres van de caza.
-Ojalá Barbanegra estuviera vivo, me iría de aventura con él- suspiró.
-Ten cuidado con lo que deseas- dijo una voz a sus espaldas.
Un anciano vestido con una armadura vieja, rota y oxidada lo miraba. En sus manos tenía una espada igual de antigua. Tenía un sorprendente parecido con Nathaniel.
-¿Puedo sentarme?- preguntó y Serena asintió- ¿Sabes? Barbanegra era un hombre muy noble. Antes de convertirse en pirata, formaba parte de la marina británica. Era mi mejor amigo.
Serena iba a decir que nadie podría haber vivido tantos años pero, al ver al anciano supo que era cierto.
-¿Quién es usted?
-Me llamo Morgan y soy un caballero templario.
-Perdón si le falto el respeto pero... ¿No debería estar muerto ya?
Morgan se rió.
-La fuente que buscas, nena, tiene poderes increíbles.
-¿Es una fuente de la juventud?- preguntó Serena.
-No, nena, eso no existe. Además, ¿quién asegura que yo no estoy muerto?
Serena se sintió incómoda con el anciano. Parecía un chiflado.
-Debes saber algo- la expresión de Morgan se ensombreció- Te esperan muchos peligros en tu búsqueda. La guardiana del lago no se compara con su jefe. Él no tendrá piedad. Para enfrentarse a él, tú y tus amigos necesitarán ayuda romana. Por lo menos eso dice la profecía del barco.
-¿Profecía?- Serena no entendía.
A lo lejos se escuchaban las voces de sus amigos que volvían.
-Debo irme- dijo Morgan- Pero recuerda, Barbanegra perdonaba a sus enemigos. Aunque fueran peligrosos, nunca mataba si no era necesario.
Sus amigos irrumpieron en el campamento y, cuando Serena se dio vuelta, Morgan había desaparecido.
-Hemos conseguido pizza- dijo Nathaniel y al ver la expresión de la chica añadió- ¿Ha pasado algo?
-Adivinen quién me ha visitado- contestó y les contó su conversación con Morgan a sus amigos.
-Guau- dijo Nathaniel mientras Serena comía la última porción de pizza- Hablaste con un viejo loco de hace cuatrocientos años que dice que necesitaremos ayuda romana... ¡Suena genial!
-Lo es- coincidió Adam- Es la ayuda de la experiencia. ¡Tal como decía la profecía!
Serena no tenía ganas de seguir hablando así que se recostó sobre Adam y cerró los ojos. No se pudo dormir pero, después de un rato, tuvo el placer de escuchar una charla de chicos.
-¿Cómo llevas lo de tu madre creándote sólo porque necesitaba un campeón?- preguntó Adam.
-La verdad es que no puedo quejarme- contestó Nathaniel- No estaría vivo si ella no me necesitara... ¿Y tú con ser hijo de Afrodita y todo el tema del rito de paso?
-Ya te lo he dicho, Piper prohibió eso en la cabaña. Además, jamás...- se interrumpió y bajó la vista hacia Serena- Jamás le rompería el corazón a Serena.
Nathaniel rió. A Serena la invadió una sensación de felicidad inmensa.
-Vamos, colega, se nota a la legua que se gustan.
-¿Tú crees?
-Te lo aseguro. Lo he sabido desde que los conocí. Yo, en cambio…
Serena asintió mentalmente. Nathaniel, su mejor amigo, tenía problemas de autoestima. Nunca había encontrado pareja.
-Ya pasará, amigo- aseguró Adam- Te lo digo yo que soy hijo de Afrodita…
Serena no pudo escuchar nada más. Se durmió.
Cuando se despertó, estaba volando.
-Estabas tan tranquila que no he querido despertarte- le sonrió Adam- Estamos llegando a la ciudad de Athens, en Georgia.
-¿Has dicho Atenas?- preguntó Serena, todavía dormida.
-No, Athens.
-¿Y qué hacemos aquí?
-Tenemos que visitar El Jardín Estatal Botánico de Georgia- le gritó Nathaniel desde Beauty.
-¿Por qué?- preguntó Serena, ya despierta.
-Un extraño hombre me lo ha pedido en un sueño- explicó Adam- ¿No es razón suficiente?
Lamentablemente, al ser semidiós, era razón suficiente. El hombre podría ayudarlos… pero también podría ser una amenaza.
