Konnichiwa! Salut! Hello! Aquí llego con el sexto capítulo de mi fic. Muchas gracias (thank you very much/ merci beaucoup) al/la reviewador/a anónim que me reviewó (El cielo está reviewado, ¿quién lo desreviewará? El desreviewador que lo desreviewee, buen desreviewador será XD). También muchas garcias a todas las personas que llevan leyendo mi fic desde el principio. ^^ ¡Muchas gracias! Si no fuera por vuestro interés, no tendría ánimos para seguir el relato (necesito que los días tengan 4 horas más por lo menos ToT). Bueno, pues nada, que aquí so dejo mi fic, y no olvidéis que acepto los reviews con los brazos abiertos. Muchos besos de

Sherry Furude.


Cap. 6: Fuego entre la nieve.

-¿Qué tal todo por tu casa? –preguntó Shiho.

Mamoru no contestó. Los dos niños de diez años iban caminando de vuelta del colegio por las nevadas calles de Tokio. El mes de diciembre había entrado hacía ya unas semanas, y los escaparates de las tiendas ya comenzaban a ser adornados para Navidad con todo tipo de elementos decorativos: bombillas de colores, tiras de brillante espumillón, corcho blanco simulando ser nieve… La nieve real, que ya había llegado en forma de una suave primera nevada esa misma mañana, tapizaba las calles con su blanco impoluto. Asimismo, los niños iban bien abrigados con guantes, bufandas y abrigos; todo con tal de que no se resfriaran.

-¿Va todo bien? –volvió a preguntarle Shiho a su amigo- ¿No discuten ni nada?

-Sí que discuten –contestó finalmente el niño, que caminaba cabizbajo- Como siempre.

En ningún momento Mamoru le había dicho a Shiho que su padre pegaba a su madre. Nunca. Ciertamente, tenía miedo de que, si Kenzo se enterara, pegara aún más a Ryoko.

Cada noche desde hacía dos años, Mamoru se esforzaba por permanecer despierto en su cama el máximo tiempo posible. Aguzaba el oído lo máximo que podía, y, si escuchaba a sus padres, salía de su cuarto y corría hasta la sala de estar. Allí, los vigilaba (bueno, más bien vigilaba a su padre) y, si Kenzo le levantaba la mano a Ryoko, Mamoru salía a defenderla. Al principio no resistía nada, y Kenzo lo tumbaba de un golpe, pero Mamoru había ido cogiendo resistencia con el tiempo, y por esos días incluso se peleaba con su padre hasta que estaba tan cansado que el canalla podía con él. A la mañana siguiente solía despertarse con algunas heridas, pero no les daba importancia y, si Shiho o alguien le preguntaba, contestaba que se había caído con la bici o algo similar.

Y así, llevaba guardando el secreto familiar y protegiendo a su madre noche tras noche. Aún no comprendía como Ryoko aún no había firmado el divorcio o algo, pero esperaba que algún día se diera cuenta de la realidad e hiciera algo por defenderse ella misma. De mientras, Mamoru ejercía de príncipe rescatador en aquel horrible cuento en el cual se había convertido su vida.

-¿Qué tal tu hermana? –le preguntó Mamoru a su amiga con el fin de cambiar de tema; cuanto menos hablara de su familia, menos posibilidades había de que se le escapara algo.

-Bien –respondió Shiho, que iba algo distraída mirando los escaparates de la calle por la que caminaban- Dentro de poco llegarán los exámenes, así que se pasa el día estudiando.

-¿Ya no la molesta la Organización?

-Sí que la molestan–contestó con tristeza Shiho- Al parecer, se aprovechan de que aún es una adolescente para mandarla a misiones en las que debe ganarse la confianza de las víctimas. Luego, alguien de la Organización va con ella y mata a la persona en cuestión, o utilizan sus datos.

-Son horribles –comentó Mamoru- Los Hombres de Negro son horribles.

-¿Siguen molestando a tu madre?

-Sí –respondió el niño, triste- Y dice que cada vez más. Dice que no hacen más que presionarla para que fabrique venenos, y que la vigilan todo el día.

-¿Y a ti te molestan?

El tono de preocupación en la voz de Shiho hizo que Mamoru se parase. Observó con detenimiento el rostro de su amiga y vio que parecía realmente preocupada, capaz de lo que fuera con tal de que estuviera bien. Mamoru no supo muy bien el porqué de esa expresión, pero notó que su pulso se aceleraba levemente.

-¿Te molestan? –insistió la niña, que se había parado también.

-No, no… -se apresuró en responder Mamoru- ¿Te molestan a ti? –Shiho bajó la cabeza y se mantuvo en silencio- ¿Te molestan? –insistió Mamoru, alarmado.

-… Un poco –respondió al final Shiho y volvió a caminar. Mamoru fue tras ella.

-¿Te molestan? ¿Qué es lo que hacen? -preguntó, preocupado.

-Mira atrás con disimulo –le ordenó como respuesta.

-¿Qué…?

-Mira atrás –insistió la niña.

Mamoru miró atrás, y su sorpresa fue mayúscula cuando vio que, a no muchos metros de distancia, los seguía un hombre joven vestido totalmente de negro. Miraba fijamente a los niños, pero desvió la mirada cuando se dio cuenta de que Mamoru lo había visto. El niño volvió a mirar hacia delante.

-¡Te dije "con disimulo"! –lo regañó su amiga.

-¿Te vigilan? –le preguntó él.

-Sí, durante todo el día.

-¿Desde cuándo?

-Desde hacer cerca de dos años. Al principio pensaba que eran imaginaciones mías, pero con el tiempo me di cuenta de que me seguían todo el rato. Con el tiempo he ido desarrollando como un sexto sentido y me doy cuenta perfectamente de cuándo me vigilan, a qué distancia están, o cuántos son –explicó al niña sin apenas pararse a respirar.

-Pero... ¿te han hecho algo? –preguntó Mamoru, aterrorizado por el hecho de alguien le hubiera hecho algo a su amiga.

-No, nunca me han hecho nada…

Mamoru suspiró aliviado. Le preocupaba enormemente la posibilidad de que alguien pudiera hacerle lo más mínimo a Shiho, o incluso de que pudiera estar triste. Desde siempre se había preocupado por ella, aunque últimamente se había dado cuenta de que se preocupaba más de lo normal… ¿Por qué sería?

-… lo mejor es hacer como si no existieran –iba diciendo ella mientras Mamoru buceaba en sus pensamientos- Si no, me pongo nerviosa. ¿Tú qué harías, Mamoru? ¡Mamoru!

-¿Eh…? –reaccionó al fin el niño, que tardó unos segundos en retomar la conversación- Yo… no sé qué haría. Supongo que tendría mucho miedo, a lo mejor también los ignoraría.

-Sí… está claro que no nos libraremos de ellos –comentó Shiho con voz triste- Al menos, no fácilmente. Parece que nos pasaremos la vida perseguidos por los malditos Hombres de Negro…

-¡No digas eso! –exclamó Mamoru- ¡Seguro que conseguiremos librarnos de ellos algún día! ¡Cuando seamos mayores, huiremos de la maldita Organización tú y yo y no nos harán nada más!

-Pero… -repuso la niña- aunque huyamos, seguro que nos encontrarán y nos matarán.

-¡No! ¡No les daremos el gusto de matarnos! ¡A ninguno de los dos! ¡Huiremos muy lejos, y los venceremos, y no podrán volver a hacernos daño nunca jamás!

Mamoru paró un momento para tomar aire, y notó que sus mejillas ardían. Echó el aliento y vio que se convertía en vaho en el aire de la tarde, a pesar de que no hacía demasiado frío. Sin embargo, él sabía por qué: notaba que por dentro ardía. Notaba como si el fuego que vivía en su corazón hubiera tomado fuerza y se hubiera extendido por todo su cuerpo. Le ardían hasta las yemas de los dedos.

-No permitiré que te hagan el menor daño –susurró, con la voz quebrada.

El pequeño notó cómo las lágrimas comenzaban a salir de sus ojos. Shiho se lanzó a abrazarlo, haciéndolo enterrar la cara en su abrigo, que iba mojando de lágrimas. Ardían, y al derramarlas notó que todo su cuerpo se iba enfriando: primero los ojos, luego las mejillas, luego las piernas. Y, por último, el fuego volvió a quedar recluido en su pecho, latiendo a la par que su corazón. Cuando pudo retomar el control de su cuerpo, Mamoru abrazó a su amiga mientras dejaba caer todas las lágrimas que le quedaban. Era todo demasiado duro: los Hombres de Negro perseguían a su amiga y a su madre, sus hermanos también estaban en el punto de mira… y además ese gran secreto que no podía (o no quería, nunca lo supo) contar a absolutamente nadie. Y, además de todo eso, el calor que sentía en su corazón, haciéndose cada vez más fuerte y descontrolándose a veces.

La situación lo sobrepasaba. No podía con tanto, era demasiado; él solo no era capaz de cargar con todo aquello. Necesitaba que alguien lo ayudara, alguien que compartiera con él aquella pesada carga que lo hacía caerse en el camino una y otra vez; puede que no deshacerse, pero sí que esa carga reposara en otro hombro además de en el suyo.

Así que dejó correr las lágrimas, dejó que saliera hasta la última de ellas con el fin de calmar el fuego y el dolor de su corazón.

Cuando notó que aquel fuego se había reducido a simples rescoldos templados y que ya no le quedaban más lágrimas, fue levantando poco a poco la cabeza. Sin deshacer el abrazo en el que se había fundido con su amiga, se separó un poco de ella para poder mirarla a los ojos. Cuando lo hizo, detectó que la niña le dirigía una mirada repleta de un sentimiento (no supo decir cuál) que hacía que se sintiera mejor, como una manta que abriga a alguien con frío o un jarabe cura un catarro. No supo por qué, pero sí que únicamente esa mirada llena de aquel sentimiento desconocido hacía que se sintiera mucho mejor.

-Perdona, -se disculpó el niño con la voz algo rota aún- yo… es que…

-No pasa nada –intervino Shiho con una voz muy dulce.

Poco a poco, el abrazo se fue disolviendo, aunque sin separarse mucho el uno del otro.

-Te he mojado el abrigo –comentó Mamoru- Perdona.

-No pasa nada –repitió la niña mientras tomaba la mano de su amigo con dulzura- Vamos, te acompaño a tu casa. Si llegas tarde, tu madre se preocupará.

-Sí, -susurró el niño- vamos.