Adam
El sueño de Adam no había sido la gran cosa. Un anciano con una gran túnica le pedía que fuera al Jardín Botánico. Lo único extraño era el sonido siseante que el anciano producía al moverse, como un montón de serpientes furiosas.
Aterrizaron justo en la entrada del Jardín. Por alguna extraña razón, estaba desierto. Ni familias ni guardias ni estudiantes de excursión. Eso era un mal presagio. El lugar estaba dividido en diferentes secciones. La primera que visitaron fue el Jardín de la Herencia. Distintas plantas del estado de Georgia crecían allí: peras y melocotones que Serena guardó en su mochila, maníes que Adam comió y tabaco que Nathaniel mascó.
-No creo que deberíamos hacer esto- dijo Adam mientras rompía las cáscaras de los maníes y las arrojaba al suelo.
Luego, visitaron la Rosaleda. Hermosas flores color rosa y rojo cubrían todo el jardín. Adam juntó un ramo y se lo dió a Serena quien se sonrojó y lo besó en la mejilla. Mientras, Nathaniel se hacía el distraído y se fabricaba una corona de laureles en el Jardín de la Sombra.
Finalmente, encontraron lo que buscaban en la sección de Plantas Cubresuelos. El anciano los esperaba sentado en una fuente seca.
-Llegan tarde- siseó.
-No habíamos pactado un horario, señor…?- contestó Adam.
-Puedes llamarme Erictonio, Erecteo, Cécrope… Los mortales me han dado tantos nombres que ya no me importa.
-¿El primer rey de Atenas?- Serena ahogó un grito- Eso es imposible.
Los ojos de Erecteo brillaron con malicia,
-¿Tu crees?
-Emm, señor Erecteo, ¿para qué nos ha llamado?- preguntó Adam.
-En realidad, hijo de Afrodita, te he llamado a tí. Tus amigos no me sirven.
Chasqueó un dedo. Varias enredaderas reptaron hacia Nathaniel y Serena y los envolvieron de pies a cabeza sin darles tiempo a reaccionar. Los arrastraron hasta la fuente y los dejaron allí. Adam gritó.
-¡Suéltelos!- ordenó.
-¿Por qué habría yo de hacer eso?- preguntó con malicia y luego añadió- Sólo quiero hablar.
-E-está bien- titubeó Adam- ¿Qué quieres?
-Quiero aconsejarte, Adam- dijo Erecteo- No eres mi enemigo como esos dos- señaló a las enredaderas- Podría decirse que somos… iguales.
-¿Iguales?- exclamó Adam- ¿Tú y yo?
-Sí, demi-titanes- explicó Erecteo- Nuestras madres son diosas primordiales… ¿o no?
Adam buscó en lo más recóndito de su mente el nombre Erecteo.
-Tu madre… es Gea, la diosa de la tierra. Y tu padre es Hefesto.
-Exacto- se rió Erecteo- Cuando Atenea fue a pedirle un arma a mi padre, este intentó abusar de ella. Atenea lo arrojó de su propia fragua y cuando cayó a la tierra fecundó a mi madre. Atenea, sintiéndose culpable, me entregó a unas hermanas en una canasta para que me cuidaran.
Erecteo se paró y se quitó su túnica. De cintura para arriba, tenía una armadura de combate. De cintura para abajo… era mitad serpiente.
-Les recomendó que no miraran dentro de la canasta- continuó- Pero, claro, los mortales son débiles. La sola visión de mi cuerpo las aterrorizó. Enloquecieron. Atenea, entonces, me cuidó como a su hijo. Cuando fui mayor, me coronó rey de Atenas. Fui el primer rey demititán.
Esa palabra resonó en la cabeza de Adam.
-Demititán… Son los hijos de dioses primordiales o titanes y otros dioses o mortales ¿verdad?
-Has entendido- celebró Erecteo.
-Pero… yo soy un semidiós. Estoy en el campamento mestizo.
-Bah- se burló el rey- Ese campamento es para hijos de dioses del Olimpo. Tu madre nació de la espuma que generó la sangre de Urano en el mar al ser castrado. Tú eres un demititán. Debes acompañarme a mí y a los otros de nuestra especie. Juntos gobernaremos el mundo. Lo único que debes hacer es jurar lealtada a mi señor… y asesinar a esos dos.
La propuesta era tentadora. Pero Adam no le haría daño a sus dos mejores amigos.
-Gracias por la oferta- dijo- pero no la acepto. Y te equivocas, no soy un semititán. Hay algo que diferencia a Afrodita de los otros dioses primordiales. Su capacidad para crear. Los titanes y otros dioses antiguos solo quieren la destrucción. Los dioses del Olimpo cuidan de los mortales. Así que gracias pero, no gracias.
El rostro de Erecteo se ensombreció.
-Lo lamento, Adam- dijo- Hubieses sido un aliado estupendo.
Saltó hacia Adam pero este rodó por el piso. Sacó su katar dispuesto a apuñalar al rey serpiente pero había desaparecido. Corrió para rescatar a sus amigos pero, a mitad de camino, las plantas Cubre Suelos se transformaron en serpientes.
-No podrás contra ese ejército- se burló Erecteo desde la fuente.
Las serpientes lo rodearon. Apuñaló y pisó todas las que pudo pero no fue suficiente. Las serpientes lo cubrieron por completo, enrollandose alrededor suyo.
-Madre- rezó para sus adentros- Yo creo en tí. Tu capacidad de crear es lo que te hace una diosa. ¡Ayúdame a salvar a mis amigos, por favor! ¡Ayúdame a salvar a Serena!
Las serpientes lo cubrieron por completo. Lo siguiente que supo fue que la fuente explotó.
Litros y litros de agua salieron a la superficie y se llevaron lejos a las serpientes. Erecteo y sus dos amigos todavía envueltos salieron despedidos hacia el Rosedal. Adam corrió hacia ellos.
-Maldito enclenque- gruño Erecteo mientras se levantaba, completamente empapado- ¿Cómo has hecho eso?
-Digamos que fue el poder del amor.
Erecteo atacó otra vez pero Adam fue más rápido. Le hundió su arma en la cintura, donde el cuerpo de anciano y el de serpiente se unían. El primer rey de Atenas cayó y empezó a disolverse.
-Esto…- su voz se debilitaba- Esto no termina aquí, hijo de Afrodita. Nos veremos de nuevo en el Campamento C…
No dijo más. Adam rompió las enredaderas y liberó a sus amigos.
-Santa Hera- dijo Nathaniel- Me estaba ahogando.
-Has estado genial- dijo Serena y lo abrazó.
Ambos se ruborizaron.
-Todo gracias a mi madre- dijo Adam.
Sacó una pera y dos melocotones de la mochila de Serena y armó otro ramo de rosas. Las dejó junto a una estatua de Afrodita que había allí.
-Gracias, mamá.
Y, poseído por un repentino impulso, fue hacia donde estaba Serena y la besó. La chica puso sus manos alrededor de su cuello y él la levantó. Cuando por fin se separaron, ambos estaban rojos.
Nathaniel rompió el hielo.
-Ehm… ¿qué les parece si mejor nos vamos?
Sus amigos asintieron. Adam y Serena se subieron al grifo y Nathaniel, al pegaso. Atravesaron nubes y ciudades. Serena abrazaba a Adam.
Cuando por fin dejaron de volar, habían llegado a Florida. Su próximo paso sería internarse en la selva y buscar la fuente. Pero por ese día, Adam, ya había tenido suficientes emociones.
