Konnichiwa! Salut! Hello! Aquí vuelvo a la carga con el séptimo capítulo (tranquils, ya queda menos XD) de mi fic. Muchísimas gracias a todas las personas que han leído los anteriores y muchísimas más gracias a aquellas personas que reviewaron (el cielo está reviewado... XD). Sin vuestro apoyo, no tendría motivos para continuar publicándolo.

Declaro públicamente mi agradecimiento en especial a ShihoShVG por haber reviewado en todos los capítulos (¿qué premio podría darte?), y aprovecho para dar gracias públicas a Asuhara, reviewador/a anónim que reviewó el anterior capítulo (me sacaste los colores ./u/.) .

Por último, debo advertir a mis ávids lectors que este séptimo capítulo es algo duro, especialmente una frase que odié escribir pero era necesaria para reflejar los sentimientos de Ryoko y así avanzar en la trama y el fic en sí mismo. Es lo que tiene escribir: a veces debes escribir cosas que odias con tal de poder continuar el relato =S (¿por qué os créeis que no hago hablar apenas al canalla? Sí, Mamoru y yo lo llamamos de la msima manera XD). Por tanto, si creéis que vuestras mentes puden ser heridas, no leáis el antepenúltimo párrafo. Os he avisado.

Sin más preámbulos, aquí os el séptimo capítulo de mi fic "Recuerdos de infancia" con el humilde deseo de que os guste. Los reviews son aceptados gratamente. Firmado:

Sherry Furude,

fan de Detective Conan y humilde escritora de Fanfiction en su tiempo libre.


Cap. 7: Dos pequeños cobardes.

El reloj dio las diez justamente cuando Mamoru entraba al cuarto de sus hermanos. Los dos gemelos se encontraban sentados sobre la alfombra, leyendo cómics. Los tres habían cenado hacía rato, y, dado que no sabía qué hacer, Mamoru había decidido hacerles una visita.

El cuarto estaba igual que siempre, excepto por la ausencia de los juguetes que lo poblaban en tiempos anteriores; gradualmente habían ido siendo reemplazados por más libros o miniaturas de coleccionista, especialmente de ferrocarriles y elementos de las series favoritas de los gemelos. Por lo demás, Mamoru veía el mismo cuarto que llevaba visitando desde que apenas gateaba: las paredes cubiertas con papel multicolor, el escritorio doble en el que sus hermanos hacían los deberes cada tarde, las múltiples estanterías… Todo seguía prácticamente igual.

-Hola, H, hola, K –saludó a sus hermanos.

-Peque –contestaron los dos a la vez, como una misma persona. Mamoru contuvo una risa.

-¿Qué lees, Heiji? –preguntó el pequeño, mirando por encima del hombro de su hermano, junto al cual se sentó sobre la suave alfombra.

-Un manga –se limitó a contestar el chico de ojos castaños.

-¿De qué trata?

-De un chico que es detective.

-¿Y qué hace ese chico?

-Resuelve misterios.

-¿Y qué más?

-Persigue a un ladrón muy famoso.

-¿Y por qué es famoso ese ladrón?

-Porque roba cosas caras y las devuelve. Y déjame leer –añadió el niño de pelo rizado, visiblemente cansado de las preguntas de su hermano pequeño.

Tras un corto rato más junto a Heiji, Mamoru se levantó y atravesó la habitación hasta sentarse junto al otro gemelo.

-¿Qué lees, Keiji? –preguntó, mirando por encima del hombro de su hermano.

-Un manga –contestó chico.

-¿De qué trata?

-Mamoru, -lo llamó Heiji- Keiji y yo estamos leyendo el mismo –recalcó la palabra "mismo"- manga. Así que no vayas a estar todo el rato preguntando, ¿eh?

-Déjalo, Heiji -intervino el gemelo junto al cual estaba sentado Mamoru- El pobre se aburre.

-Pues que se vaya a su cuarto o algo –repuso Heiji.

-Pero... si pasa por el salón y ellos… -la voz de Keiji fue perdiendo fuerza hasta que no se lo oyó, pero sus dos hermanos pudieron percibir el miedo y la preocupación que reflejaba en su rostro.

-¿Si ellos…? –quiso saber Mamoru.

-¿Te apetece hacer un puzle con nosotros, Mamo-chan? –lo cortó Heiji, que repentinamente había dejado su cómic en el suelo.

-¡Sí, tenemos uno grande de una playa que aún no hemos hecho! –exclamó Keiji mientras se levantaba. Sin embargo, Mamoru notó que fingía su entusiasmo.

Mamoru y sus hermanos comenzaron a hacer el puzle, pero el pequeño aún continuaba viendo el miedo en el rostro de Keiji. Incluso en el rostro de Heiji, que siempre solía mostrarse impasible y duro cual piedra.

Cuando ya había pasado cerca de una hora, Mamoru preguntó:

-¿No oís algo?

En ese momento, sus hermanos se quedaron absolutamente quietos. Mamoru dejó la pieza que tenía en la mano en el suelo y agudizó el oído.

-Yo no oigo nada –comentó Keiji, algo incómodo.

-Ni yo –lo secundó su gemelo, que parecía algo asustado.

-Pero sí que se escucha algo… -insistió Mamoru, intentando agudizar el oído al máximo para identificar lo que oía- Viene de lejos, pero se escucha algo… Como pasos y… alguien hablando fuerte…

De pronto, una idea apareció en la idea del niño: ¿y si…? Se levantó de un salto y salió corriendo del cuarto.

-¡Eh, espéranos! –escuchó gritar a uno de sus hermanos, pero no tenía tiempo de averiguar cuál de ellos.

En una corta carrera (en la que casi se cayó por las escaleras de lo acelerado que iba) había llegado a la sala de estar. En efecto, el ruido provenía de allí. Y, como todas las noches, eran gritos y llantos. Alargó una mano para abrir la puerta, pero alguien se la sujetó. Cuando miró atrás, vio a su hermano Heiji. Tras él, Keiji estaba muy quieto y con una expresión de miedo.

-¡Él está… haciéndole daño a mamá! -se explicó el pequeño mientras se intentaba liberar de la mano de su hermano mayor- ¡Y no es la primera vez!

-Ya lo sabemos –murmuró Heiji, triste.

-¿Qué?

-Llevan discutiendo desde siempre, desde antes de que tú nacieras –explicó Keiji- Y por entonces él ya le pegaba.

-Pero un día nosotros se lo dijimos a una profesora –intervino Heiji- y papá se enfadó con nosotros.

-Y nos pegó a los tres. No volvimos a decírselo a nadie más –terminó Keiji.

-Pero… -Mamoru no podía creer lo que oía- ¿Vosotros ya lo sabíais?

Antes de que los niños pudieran contestar, un grito de devolvió a Mamoru a la realidad. Era su madre, y lo necesitaba. Se revolvió con fuerza, intentando liberarse del agarre de su hermano mayor, que lo aguantaba ahora por los dos brazos.

-¡Tengo que ayudarla! –exclamó, sintiendo que las lágrimas comenzaba a llenarle los ojos- ¡Tengo… que… ayudarla…!

-¡No puedes ayudarla! –negó Heiji- ¡Nosotros ya lo intentamos, pero no conseguimos más que empeorarlo todo!

-Pero… al menos tengo que intentarlo… -sollozó Mamoru.

-No servirá de nada –dijo Keiji con tristeza- Nosotros lo intentamos, pero sólo lo emporamos todo. No vale la pena intentarlo. Sé realista, peque.

-¡No! –exclamó Mamoru-¡Eso no es ser realista, es ser cobarde!

-¡Nosotros no somos cobardes! –se indignó Heiji.

-¡Sí que los sois! ¡Sois cobardes! ¡Como perdisteis una batalla, os rendisteis y dejasteis que ese canalla siguiera haciendo daño a mamá! ¡Pues yo no pienso rendirme!

En cuanto terminó de hablar, Mamoru hizo un esfuerzo y consiguió librarse del agarre de su hermano. Con ímpetu, abrió la puerta de la sala de estar. Ryoko se encontraba en el suelo, con el rostro magullado, y ahogó un grito cuando el pequeño abrió la puerta.

-Mamoru… -susurró- Heiji, Keiji…

-¡Mamá! –exclamaron a la vez los gemelos.

Los dos chicos pasaron corriendo junto a Mamoru para lanzarse a los brazos de su madre. Mamoru también se dirigió hacia ella.

-Mamá… mamá... –sollozaban los gemelos.

Mamoru se colocó frente a su madre, a la que abrazaban sus hermanos, extendió los brazos y le anunció a su padre:

-Esta noche ya no podrás hacerle más daño, ni hoy ni nunca más. No dejaré que le hagas daño. Y además, aunque me venzas a mí, -miró atrás, a sus hermanos- ellos me ayudarán y la defenderán, ¿verdad?

Los dos niños no respondieron, sino que se limitaron a tragar saliva.

-Vaya, ¿seréis capaces de ser tan valientes como vuestro hermanito? –se burló Kenzo con un tono desdeñoso.

Los gemelos, asustados, dieron un paso atrás y se escondieron tras su madre. Temblaban de pies a cabeza y se aferraban con fuerza al vestido de Ryoko.

-¡Pero qué hacéis! –exclamó Mamoru, girándose hacia sus hermanos- ¿Por qué os escondéis tras mamá? ¡Es a ella a la que debemos defender!

-¡Mamoru! –gritó en ese momento ella.

Mamoru se giró demasiado tarde. El puño de su padre le golpeó con fuerza en la cabeza, tirándolo al suelo. Notó que le salía un chichón, pero se levantó y volvió a colocarse delante de su madre. No dejaría que ese canalla lo venciera.

El niño apretó sus pequeños puños y golpeó a su padre en la rodilla. Aunque lo hizo con toda su fuerza, el adulto apenas se inmutó. Esbozó una sonrisa malvada y volvió a golpear al niño, tirándolo nuevamente al suelo.

Esta vez Mamoru tardó más en levantarse. Su padre lo había golpeado en la nariz, de la que caía un leve hilillo de sangre caliente. Aún así, se la limpió con la manga del pijama y volvió al ataque, una y otra vez.

Tras mucho rato, Mamoru por fin cayó y se quedó allí, tumbado en el suelo. Intentó levantarse, pero le dolía todo el cuerpo. El hilillo de sangre que caía antes de su nariz había aumentado, y tenía cardenales por los brazos. Las lágrimas comenzaron a salir nuevamente de sus ojos, aunque esta vez eran de pura rabia contra sí mismo por no poder levantarse y ayudar a su madre.

Cuando la escuchó gritar sintió que se le rompía el corazón. Debía levantarse, debía ayudarla, debía protegerla… Pero su cuerpo no parecía querer obedecer a su mente. Incluso ella parecía fallarle: notaba como la consciencia iba abandonándolo poco a poco. No, ahora no, no podía perder, tenía que protegerla… Mamoru se impulsó con los brazos, pero al poco su cuerpo cayó con un estrépito sordo al suelo y su mente se dejó caer en la oscuridad.

A la mañana siguiente, la luz del Sol entrando por la ventana de su cuarto lo despertó. Con lentitud, abrió los ojos y buceó en su mente hasta recordar la noche anterior. Cuando lo recordó todo, rodó sobre un costado hasta hundir la cara en la almohada. Dejó que las lágrimas cayeran, mojando la almohada, mientras evitaba las ganas de gritar. No podía creer lo cobardes que eran sus hermanos, que ya lo sabían todo, y que no la hubieran ayudado, ni tampoco que él mismo hubiera resistido tan poco, que ni su cuerpo ni su mente hubieran querido obedecerle. La frustración lo corroía.

De pronto, sintió una cálida mano en su hombro y se giró. Era su madre. Tenía el rostro magullado y sus ojos revelaban que había llorado, pero miraba a Mamoru con una mirada muy dulce y, a la vez, triste.

-Buenos días, hijo –lo saludó. Su voz estaba algo cascada, y Mamoru se preguntó si sería de gritar y llorar.

-Buenos días, mamá –la correspondió el niño, que se irguió y se sentó sobre la cama- ¿Estás… bien?

Ryoko no respondió, sino que se limitó a mirarse los calcetines.

-¿Te duele mucho? –insistió el pequeño, que acercó una mano para señalar las heridas de su madre.

En ese momento, ella se retiró, con el miedo reflejado en su rostro. El mismo miedo que reflejaba cuando Kenzo estaba cerca. Mamoru también se echó un poco hacia atrás, algo dolido por el hecho de que su madre lo hubiera confundido con el canalla; sin embargo, no podía culparla: el pequeño realmente se parecía a su padre, cosa que odiaba. Lo único en lo que no era como él era en el pelo: mientras ese malnacido lo tenía castaño, el de Mamoru era exactamente como el de Ryoko. El otro aspecto que los diferenciaba era el carácter, y uno de los mayores miedos del pequeño era llegar a parecerse en lo más mínimo a él en la forma de ser. Por eso, el gesto de su madre le dolió.

En cuanto ella se dio cuenta del error, se apresuró en volver a acercarse a su hijo.

-Oh... perdona... es que… -titubeó- Mamoru…. no… yo… ha sido sin querer…

-No pasa nada –susurró Mamoru- No es culpa tuya, sino de él.

-Mamoru…

-¿Por qué sigues con él? –preguntó el pequeño- Él no te quiere, y encima… -las palabras huyeron de los labios de Mamoru- ya sabes… eso… ¡Él no te quiere, mamá, estar con él sólo te hace mal! ¿Por qué sigues, entonces, con él? –Ryoko no contestó- Si es por mí y por los hermanos, sabes que nosotros nos iríamos contigo, que no le queremos… ¡No nos dolería para nada que te divorciaras de ese canalla! ¡Al contrario, nos alegraríamos! Mamá, ¿por qué sigues con él?

Las lágrimas comenzaron a brillar en los ojos de Ryoko. La primera cayó justo cuando decidió contestar a su hijo:

-Porque le quiero.

-Pero, mamá ¡él no te quiere a ti! –exclamó Mamoru, sin haberse percatado de lo rota que estaba la voz de su madre- ¡Ya lo has visto! Si no te quiere, y sólo te hace mal estar con él, ¿por qué sigues con él? Y… -Mamoru se esforzó en dejar salir las palabras- ¿por qué no te defiendes? ¿Por qué… por qué no haces nada? ¿Por qué dejas que… te pegue?

Ryoko se echó a llorar con fuerza y enterró el rostro entre las manos, aunque ello no ahogó sus fuertes sollozos. Mamoru, sin bajarse de la cama, se acercó a abrazarla. Le pasó la mano por la espalda y le acarició su precioso pelo. Finalmente, Ryoko disolvió aquel abrazo y respondió, con la voz rota y las lágrimas aún cayéndole por las magulladas mejillas:

-Porque… no me importa. Si es él quien me pega, no me importa.

Mamoru notó que se le rompía el corazón. ¿Cómo podía su madre decir semejante barbaridad? ¿Cómo podía amar y perdonar a un hombre que la maltrataba, aun sabiendo que él no la amaba ni se arrepentía de sus actos? Cuando escuchó a su madre, con el rostro magullado de la noche anterior, decir esas palabras, Mamoru sintió que todo aquello acabaría peor de lo que nadie jamás se pudiese imaginar.

Y así fue, o al menos en parte.