Konnichiwa! Salut! Aquí vuelvo al ataque con el octavo capítulo del fic. Para empezar, quiero agradecer a ShihoShVG su review del anterior capítulo, ser tan buen persona siempre y continuar leyendo el fic (¿qué te puedo regalar...?). También quiero dar las gracias a todas aquella personas que, revieween o no, leen mi fic desde el primer capítulo. Gracias por vuestra fidelidad.

En segundo lugar, os traigo dos noticias: una buena y la otra según se mire. La primera, que ya habréis notado, es que próximamente subiré los capítulos que quedan cada muy poco, quizá cada día. La segunda es buena o mala según cómo se mire, y consiste en que pronto acabará el relato. Hace unos días terminé de escribirlo en mi ordenador, y acabó estando compuesto por 9 capítulos y un epílogo.

Sin más dilación, os mando muchos besos y os dejo con el octavo capítulo. Atentamente,

Sherry Furude


Cap. 8: Adiós.

Era un sábado por la noche. Un Mamoru de 13 años se encontraba tumbado en su cama, reflexionando.

Desde hacía unos meses, todo en su vida se había vuelto incluso más preocupante de lo que ya de por sí era. ¿La razón? Los Hombres de Negro. Aquellos malditos cada vez molestaban más a su madre y a sus hermanos, y también a Shiho. Además, se había dado cuenta de que también le vigilaban a él, aunque ese hecho no le preocupaba demasiado; quien realmente le preocupaba era su madre. Cada día la veía más triste y asustada, pero ella seguía sin hacer nada por defenderse frente a Kenzo.

Y también estaba Shiho. Sus sentimientos hacia ella habían cambiado y se habían transformado en algo que ni él siquiera sabía lo que era: se preocupaba muchísimo por ella y, cuando estaba realmente triste, lo único que lo alegraba era verla sonreír. Sin embargo, no sabía a ciencia cierta cuál era aquel fuerte sentimiento que residía en su corazón.

El chico se pasó una mano por su largo y sedoso flequillo rubio. El pelo. Las pocas veces que Kenzo hablaba acerca de él lo hacía sobre su pelo. "Lo lleva como una chica", se solía quejar. ¿Y qué si lo llevaba largo por la cintura "como una chica"? ¿Acaso no era decisión del propio Mamoru llevar el pelo de una manera u otra? Aunque quizá lo que ocurría era que su padre se había dado cuenta del verdadero motivo por el cual su hijo llevaba el pelo largo: Mamoru lo llevaba exactamente como su madre. Si ella se lo cortaba de tal manera, él iba a la misma peluquería para que se lo cortaran exactamente igual. Así, el chico se esforzaba en acentuar el único aspecto físico en el que se diferenciaba de su padre.

Mamoru se levantó y recorrió su cuarto con la mirada en busca de algo con lo que entretenerse. La estantería llena de libros y cómics; sus casetes de música favoritos, apilados junto a la pequeña radio; la cámara de fotos que su madre le había regalado por su último cumpleaños, que descansaba sobre el escritorio junto a un par de carretes por estrenar… Cogió el pequeño aparato y buscó algo que mereciera la pena fotografiar. Le gustaba mucho (y se le daba bastante bien, modestia aparte) hacer fotografías, pero en todo su cuarto no encontró nada lo suficientemente interesante como para ser inmortalizado. Así pues, en busca de algo que despertara su talento, salió de su cuarto.

Cuando entró al de sus hermanos, los dos chicos de quince años se encontraban sentados en el suelo, leyendo cómics.

-Hola, H, hola, K –los saludó.

-¡Sshh! –le chistó Heiji sin despegar los ojos de la lectura- Estamos leyendo una cosa muy guay, no nos distraigas.

Viendo que sus hermanos no tenían intención de cooperar, Mamoru se sentó a unos pocos metros de ellos. En silencio, elevó su cámara, enfocó y apretó el botón justo cuando los gemelos pasaban la página, los dos a la misma vez. El ruido producido pro al cámara al tomar la foto hizo que levantaran la cabeza, situación que su hermano aprovechó para hacerles otra foto.

-Os movéis a la misma vez –comentó con una sonrisa pícara- Incluso respiráis a la misma vez, ¿lo sabíais?

Keiji dejó escapar una leve risa. Luego, Heiji también. Al poco, los tres hermanos reían a carcajadas. Mamoru no recordaba cuándo se había reído así por última vez, así que simplemente se dejó llevar por la alegría, olvidando todos los problemas que lo atormentaban día tras día. Sólo cuando las lágrimas de felicidad llegaron a sus ojos dejó de reír y se calmó un poco, dando pie a que sus hermanos lo imitaran. Cuando los tres estuvieron ya calmados, Mamoru alzó su cámara nuevamente y tomó una tercera foto de sus hermanos.

-No hagas demasiadas, o se te gastará el carrete –le avisó Keiji con una sonrisa.

-Tranquilo, mamá me regaló la cámara y tres carretes de doce fotos cada uno –lo tranquilizó el pequeño, aunque sabía que el aviso no era en serio del todo- Así que, ¡a hacer fotos se ha dicho! –y tomó una cuarta, pero esta vez de él mismo, girando la cámara.

-¡Pero reserva carrete para el fin de semana que viene! –le advirtió Heiji- La playa a la que iremos es muy bonita, y tienes que hacer muchas fotos para luego enseñárselas a tu "amiguita" –el chico le guiñó un ojo a su gemelo- Shiho.

-Ah, sí, a tu querida Shiho… -añadió con sorna Keiji.

-Qué… ¿qué decís? –quiso saber Mamoru, que no había podido evitar ponerse rojo como un tomate.

-Aaaaah, te has puesto rojo… -apuntó Heiji.

-Yo... yo…

-No lo niegues, esa chica te gusta –intervino Keiji.

-Yo… ella… -balbuceó Mamoru, terriblemente nervioso. Ni siquiera sabía lo que sentía por Shiho, ¿por qué, entonces, se ruborizaba al hablar acerca de ello? ¿Acaso sería amor ese fuerte sentimiento que invadía su corazón cada vez que pensaba en ella?

-Dinos la verdad –pidió Heiji con tono cómplice- ¿Te gusta Shiho?

Mamoru no supo qué contestar. Embargado por los nervios, salió corriendo de la habitación.

No paró de correr hasta que llegó a la puerta del estudio de su madre. Cuando llegó a la puerta, abierta de par en par, se apoyó en ella para tomar aire y dejar que su corazón se relajara. ¿Cuál era ese sentimiento que le invadía al pensar en Shiho? Era un sentimiento fuerte y agradable, pero a veces también lo hacía entristecer o sonrojarse. En todo caso, ¿era aquello amor?

-¿Mamoru?

La voz de su madre lo sacó de sus pensamientos. Elevó la cabeza y vio que se encontraba en su balcón, sentada en su gran butaca. Llevaba ya puesto su bonito pijama azul claro, y se había echado una rebeca roja a los hombros para no pasar frío.

-Mamá…

-¿Qué te ocurre, Mamoru? –le preguntó ella a la vez que se levantaba de su asiento- Pareces alterado. ¿Te han hecho algo Heiji y Keiji?

-Yo… yo… -balbuceó el niño, intentando controlar su acelerado pulso. Vio cómo Ryoko se acercaba a él- Yo… es que… no sé…

-¿Qué es lo que no sabes, Mamoru?

-Yo… -al fin, el muchacho notó que su pulso se normalizaba- no sé muy bien qué es lo que siento por Shiho.

Cuando por fin fue capaz de soltarlo, Mamoru notó que su pulso volvía a acelerarse. Ryoko permaneció en silencio un rato, observando, un tanto sorprendida, a su hijo. Tras ese rato, tomó al chico de la mano y lo llevó hasta el centro de la habitación. Una vez allí, lo sentó en un taburete y, en el más absoluto de los silencios, comenzó a preparar sus útiles de pintura: el lienzo, los pinceles, unos cuantos lápices y un par de gomas para el boceto… Mamoru, en silencio también, se deleitó observando la delicadeza, el mimo y el cuidado con el que su madre sacaba sus útiles y los colocaba en sus respectivos lugares: el lienzo bien sujeto sobre el caballete, los pinceles y la paleta sobre una pequeña mesa auxiliar junto al caballete… Todo tenía su lugar, un lugar exacto y preciso, ni un milímetro más ni un milímetro menos. Y su madre, conocedora de que si cada objeto no estaba en su lugar nada funcionaría, los colocaba en la posición y el lugar exactos para que todo tuviera sentido.

-Posa un poco, ¿quieres? –le pidió a su hijo tras colocar todo- Coge un ramo de flores, o ponte uno de esos lazos del rincón, o algo. O, ¡espera! –exclamó de pronto- ¿Por qué no coges tu cámara como si me hicieras una foto?

Mamoru obedeció a su madre y ella comenzó a dibujar el boceto. Al rato, Ryoko le preguntó:

-¿Cómo que no sabes lo que sientes por ella? ¿Acaso no es tu amiga?

-Sí… -contestó Mamoru en un susurro- Pero… es que es una amistad…

-¿Especial?

-Sí. Muy especial.

-¿Cómo de especial? –quiso saber Ryoko.

-Yo… cuando la echo de menos estoy muy triste –comenzó a explicar el chico, sonrojado- Pero en cuanto la veo olvido todos mis problemas y me pongo muy contento, da igual lo triste que estuviera un rato antes.

-¿Y si… Shiho muriera?

-¡Eso sería horrible! –exclamó el chico, olvidando por un momento que posaba y abandonando su postura- ¡Me pondría terriblemente triste! ¡Estar con ella me hace feliz, si ella muriera me costaría horrores sonreír siquiera!

-Vale, vale… -lo calmó su madre, indicándole por señas que volviera a su postura. Él lo hizo- ¿Y si solamente no pudieras volver a verla, pero supieras que ella está bien?

-Entonces… no sería tan feliz, pero tampoco me pondría tan triste como si a ella le pasara a algo. Me consolaría saber que está bien.

-Ah… -Ryoko bajó un momento el lápiz y miró a los ojos a su hijo- Y dime, Mamoru, si ella fuera feliz pero no te conociera, ni la vieras jamás… tú… ¿serías feliz?

-Sí –contestó el niño tras un rato- Con saber que ella es feliz, yo soy feliz. Aunque no pudiera volver a verla ni nada, sería feliz.

Ryoko dejó el lápiz sobre la mesa y se acercó a su hijo. Él bajó la cámara y se quedó mirando a su madre.

-Si ella es feliz, ¿tú eres feliz? –le preguntó ella.

-Sí.

-¿Y serías feliz si pudieras estar toda tu vida con ella?

-Mucho.

Ryoko presionó levemente su mano contra el pecho de su hijo y, tras unos segundos en silencio, le preguntó con voz dulce:

-Mamoru, ¿es ese sentimiento fuerte, muy fuerte? –el niño asintió en silencio- ¿Podrías sentirlo hacia Shiho por toda la eternidad?

-Eso creo –contestó el chico con un hilo de voz- Y creo que ya sé qué es.

-¿Sí? ¿Qué es, Mamoru? –inquirió Ryoko.

-Yo… –las palabras llegaron a los labios del chico como por arte de magia, y sintió que venían directamente de su corazón- la quiero. Amo a Shiho.

Ryoko sonrió y bajó su mano para coger las de su hijo, que aún aguantaba la cámara.

-Debo decírselo, ¿verdad? –preguntó tras un rato el chico.

-Sería lo mejor.

-Pero… ¿y si ella no me quiere? –dudó Mamoru.

Su madre, antes de contestar, se dio la vuelta y volvió a su cuadro. Tomó el lápiz, indicó con un gesto a su hijo que posara y continuó dibujando. Tras mucho rato, al fin empezó hablar de nuevo:

-Verás, Mamoru… Dicen que en el mundo cada persona tiene a una "persona especial". Es esa persona a la que quieres y que te quiere a ti –cogió al goma y borró una pequeña zona, tras lo cual al devolvió a su lugar- Hay personas que no llegan a conocer a esa persona especial; otras, que encuentran a esa persona y son felices juntos. Y otras que, por miedo, no revelan a esa persona sus sentimientos y se arrepienten toda su vida –la mujer bajó lentamente el lápiz y miró fijamente a su hijo- Por favor, Mamoru, no seas de la tercera clase, o te arrepentirás. No sé si será amor, pero cada vez que Shiho te mira noto un sentimiento muy fuerte. Dile lo que sientes por ella, ¿vale? Si no lo haces, puede que te arrepientas durante el resto de tu vida.

-Sí, mamá, lo haré –contestó Mamoru.

Nuevamente, el silencio se hizo entre ambos. Tras un buen rato, Ryoko miró su reloj de muñeca y exclamó:

-¡Pero mira qué hora es! ¡Las once menos diez! Deberías de irte ya a la cama, Mamoru.

-La verdad es que ya tengo algo de sueño… -comentó el chico.

-Pues venga, a la cama –ordenó la madre- Ya terminaremos mañana el cuadro.

-¡Espera! –pidió el chico. Con un movimiento rápido, elevó al cámara y tomó una foto de su madre antes de que ella se diera cuenta- Ya puedo irme a dormir.

Dicho esto, Mamoru besó la mejilla de su madre y se dispuso a salir de la habitación. Sin embargo, cuando estaba ya en la puerta, el chico se quedó quieto.

-¿Qué ocurre, Mamoru? –quiso saber su madre.

Mamoru se giró.

-Mamá… yo te prometo que le diré a Shiho que la quiero, pero, a cambio, ¿me haces tú un favor?

-Claro, cariño –contestó ella- ¿De qué se trata?

El chico se mantuvo en silencio unos momentos y después, dirigiéndole a su madre una mirada triste y profunda, le pidió:

-Deja a Kenzo y busca a esa persona especial que te corresponde, ¿de acuerdo? Deja a un hombre que no te quiere y busca a la persona con la que serás feliz. ¿Me lo prometes?

Su madre no respondió. Se limitó a quedarse allí, en silencio, con la tristeza pintada en el rostro. Parecía que se iba a echar a llorar de un momento a otro.

-Prométemelo –rogó el chico.

-Algún día lo haré, cariño –contestó finalmente ella- Algún día lo haré.

-Buenas noches, mamá.

-Buenas noches, Mamoru.

Cuando a la mañana siguiente despertó, Mamoru notó que la casa se encontraba extrañamente silenciosa. Miró el despertador de su mesilla de noche y comprobó la hora: las once y veinticinco de la mañana. Ya era hora de que todos estuviesen despiertos.

Se levantó y comenzó a caminar por la casa en dirección al salón. No había nadie en toda la casa. "Quizá mamá y los hermanos hayan ido a comprar y el canalla… bueno, simplemente haya salido", pensó. Sin saber qué hacer, decidió encender la televisión para verla hasta que su madre volviera. En el primer canal había una serie aburrida, en el siguiente un estúpido concurso… Al llegar al tercer canal, se paró. Estaban dando las noticias, y un letrero de "Última hora" brillaba en la parte superior.

-Esta misma mañana –decía el presentador- han sido encontrados en un descampado de Tokio los cadáveres de una mujer y sus dos hijos gemelos –un escalofrío recorrió la espalda de Mamoru, aunque no cambió de canal- Han sido identificados como Ryoko y Heiji y Keiji Takatsui, residentes en…

El horror sacudió el cuerpo del chico. No, no podía ser. Su madre no, por favor, sus hermanos no. Ellos no podían haber muerto, si había hablado con ellos la noche anterior…

-… murieron la pasada noche –continuó el presentador- En la escena del crimen, cercana a la residencia de los fallecidos, se ha encontrado una pistola con las huellas de la propia Ryoko Takatsui, por lo que la policía cree que se suicidó tras acabar con la vida de sus hijos. Las posibles razones son todavía desconocidas…

Mamoru se tapó los oídos. No. No podía ser cierto. Su madre y sus hermanos no podían estar muertos, no podían…

Desesperado, salió corriendo del salón y se dirigió al cuarto de sus hermanos. Parecía que los iba a ver allí, sentados en el suelo, leyendo….

Pero no. No había nadie en la habitación. Las camas estaban deshechas y un libro reposaba en cada mesilla de noche, pero no había nadie.

Mamoru corrió hacia el estudio de su madre, pero también estaba vacío. Todo estaba tal y como lo había visto por última vez, incluso estaba todavía allí el retrato que su madre había empezado a hacer… "Ya terminaremos mañana el cuadro"…

Las lágrimas comenzaron a aflorar de sus ojos. Roto por la tristeza, Mamoru salió a todo correr de la habitación y de la casa.

El chico corrió y corrió sin rumbo fijo, sin darse cuenta de que iba en pijama y calcetines. La gente que lo veía lo llamaba y lo avisaba, pero para él ninguna de esas personas existía. Únicamente existían su madre y sus hermanos, a quienes buscaba a la desesperada.

Cuando llevaba mucho rato corriendo, de pronto oyó a alguien gritarle:

-¡Chico! ¡Por aquí no puedes pasar! ¡Espera, cuidado…!

Pero cuando Mamoru se enteró ya fue demasiado tarde. Chocó contra algo y cayó al suelo. Miró arriba y se dio cuenta de que había llegado al descampado cercano a su casa donde solía jugar con sus amigos…

Y cuando miró abajo, un escalofrío de horror recorrió su cuerpo. Los ojos marrones, desmesuradamente abiertos, vacíos, sin vida. El cuello fino como el de un cisne, por el que la sangre se había secado al caer. Ese vestido rosa que tan bien conocía. Y aquel pelo rubio tan precioso, manchado de sangre en la cabeza.

Su madre.

Muerta.

Mamoru gritó y lloró como nunca en su vida. La llamó mil y una veces, aún a sabiendas de que ella jamás podría responder. Le pidió que despertara, aún sabiendo que no estaba dormida. Y lloró. Oh, cómo lloró. Lloró hasta incluso después de que le dolieran los ojos y se le acabaran las lágrimas.

Cuando los policías lo apartaron del cadáver, él ya estaba lo suficientemente débil anímicamente como para no resistirse. Lo montaron en el coche patrulla y lo llevaron a la comisaría hasta que su padre volviera. Durante ese rato, Mamoru reveló, casi sin darse cuenta, todo el calvario por el que había pasado su madre, de principio a fin. En cuanto lo hubo contado todo, cayó dormido.