Konnichiwa! Salut! Aquí llego con el último capítulo de mi fic (pero atentos, que aún queda el epílogo XD). Doy las garcias a todas las personas que llevan leyendo mi fic desde el principio, reviewearan (el cielo está reviewado, ¿quién...? XD) o no, y un agradecimiento especial a quienes han erviewado, especialmente quienes lo han hecho más asiduamente. El hecho de mi fic os guste me alegra el día =) (bueno, dejemos las despedidas para el epílogo).

En fin... que aquí os traigo el noveno capítulo. tras él, el epílogo y se acabó. Al principio de él me extenderé con las despedidas y eso, no vale la pena despedirse cuando aún queda el epílogo XD. Bueno, al cosa, que aquí os traigo el noveno capítulo. Creo que em ah quedado algo más corto que el anterior, pero espero que os guste. Y ya sabéis, los erviews, ya sean para criticar, elogiar o preguntar, tienen las puertas abiertas. Besos de parte de

Sherry Furude


Cap. 9: Un nuevo comienzo.

El astro rey se ponía lentamente sobre el parque Algodón. La luz anaranjada bañaba el parque en su totalidad e iluminaba a las dos únicas personas que se encontraban en él: Shiho y Mamoru. Estaban, como siempre, en los columpios. Y, como siempre, conversaban.

-Entonces, ¿con quién te vas a quedar? –le preguntó Shiho a su amigo.

-Aún no estoy muy seguro -contestó el niño- Han metido en la cárcel a mi padre, y como mi madre… está… -la palabra rehuyó de los labios del chico- ya sabes…

-Lo siento mucho, Mamo-kun –intentó consolarlo ella- Ella… era muy buena, y seguro que ahora está en un lugar mejor junto a tus hermanos.

Mamoru suspiró. Habían pasado ya unas tres semanas de la muerte de su madre, pero seguía terriblemente triste. Tras enterarse la policía de todo lo que había sufrido su madre, arrestaron a Kenzo y lo encarcelaron. Casi nadie se había enterado de la verdadera razón, pero Mamoru estaba feliz al saber que ese canalla al fin pagaba por sus pecados, aunque se había presentado un problema: quien lo cuidaría a él, aún con trece años, huérfano y con su padre encarcelado para toda la vida. Para Mamoru eso no suponía un gran problema, pues sabía valerse por sí mismo a la perfección, aunque el Gobierno no había pensado igual. La primera noche la había pasado en la comisaría de policía donde lo llevaron tras ver el cadáver de su madre, pero luego se dieron cuenta de que no podía quedarse allí toda la vida y empezaron a hacer trámites en busca de alguien que se encargara de él.

Cuando Mamoru les contó que su abuela materna era holandesa y tenía familia allí, al momento comenzaron a llamar a sus tíos para que lo cuidaran; sin embargo, no era tan fácil: su madre tenía nada más y nada menos que tres hermanas y dos hermanos, por lo que todos querían cuidarlo y no se ponían de acuerdo en quién de ellos cuidaría al "pequeño nipón", como lo apodaban.

Entre tanto, mientras esperaba que se decidieran acerca de su custodia, a Mamoru lo habían llevado a un orfanato. Era un lugar triste, pues tras cada niño había una historia triste de cómo llegó al lugar, pero a la vez alegre, porque todos allí eran muy buenas personas y se cuidaban mutuamente.

Además, él seguía haciendo su vida normal: iba al colegio, hacía sus deberes (a veces con ayuda de los chicos mayores y los tutores del orfanato, todo había que reconocerlo), quedaba con Shiho, iba a pasear… En el orfanato le dejaban libertad para que hiciera lo que quisiera siempre y cuando no volviera después de las ocho y media de la tarde y no molestara a los demás niños. Y así, combinando su anterior vida con la nueva, era medianamente feliz.

Sin embargo, había un problema, y es que su pasado no parecía querer abandonarlo. No eran pocas las noches que se despertaba entre gritos tras ver en sueños el cadáver de su madre, y era muy frecuente que tuviera pesadillas en las que volvía a ver a su padre pegar a su madre. Además, solía estar más asustadizo y se ponía a llorar cada vez que recordaba a su madre y sus hermanos. Sus problemas habían llegado hasta tal punto que el psicólogo del propio orfanato había comenzado a tratarlo. Llevaban ya más de una semana viéndose una hora cada tarde, pero Mamoru apenas había mejorado. El propio psicólogo había admitido que era un caso difícil: normalmente, los niños que presenciaban tales atrocidades acababan siendo violentos, o bien se negaban a decir que odiaban a su padre. Sin embargo, Mamoru era diferente: llevaba afirmando que odiaba a su padre desde que tenía uso razón, y, a pesar de todo lo que había visto, él sabía perfectamente que no era para nada normal y no se había vuelto violento, sino incluso más tímido de lo que ya era de por sí. A pesar de todo, aquella sesiones había ido conseguido que su tristeza disminuyera un poco. Pero Mamoru no olvidaba a su madre y sus hermanos, y tampoco la promesa que le había hecho a la primera. "Dile lo que sientes por ella"… El chico se dio cuenta de que se lo había prometido a su madre durante la última noche que ella había vivido: así pues, se podía decir que era su última voluntad.

-Eh… Shiho… yo…. –comenzó el chico, nervioso- Tengo... tengo algo que decirte…

-¿Qué pasa, Mamo-kun? –quiso saber ella.

"Ahora o nunca", pensó el chico mientras se le subía la sangre al rostro, "Debo decírselo".

-Yo…. verás… -balbuceó- Verás… es que… yo… tú… bueno… - Shiho lo miraba extrañada- Yo… Shiho, yo…

-Mamoru, –intervino de pronto ella- creo que sé lo que me quieres decir… Y yo también tengo algo que decirte.

-¿Sí?

Antes de que el chico se diera cuenta, Shiho lo agarró por el cuello con una mano, acercándolo a ella. Las cadenas de los columpios tintinearon al chocarse y los labios de los adolescentes se tocaron en un dulce beso. Apenas duró unos segundos, pero para Mamoru fueron los mejores de su vida hasta aquel momento. Cuando ella se separó, tenía las mejillas encendidas.

-Te quiero –confesó la chica- Yo… desde hace un montón de tiempo te he querido, aunque hasta hace unas semanas no me di cuenta. Cuando tu madre murió, me temí que tú también, y… -la chica, que jadeaba, tomó aliento durante unos segundos- fue sencillamente horrible. Yo… estaba muy angustiada, y hasta que no te vi no pude sonreír de nuevo. Fue…

Las lágrimas comenzaban a brillar en los ojos de la niña, y Mamoru se apresuró en secarlas con su mano.

-Tranquila –musitó- Estoy bien… y yo también te quiero desde hace mucho.

Y, con la mayor delicadeza del mundo, puso su mano tras el cuello de Shiho y la besó nuevamente. Esta vez se demoraron más en el beso, pero sin hacer más que juntar los labios. Todavía era pronto, ya tendrían tiempo de besarse como los adultos más adelante.

Tras un par de besos más, los dos se separaron.

-¿A qué hora tienes que volver a tu casa? –preguntó Mamoru a su amiga (bueno, ahora algo más).

-A las ocho y media como muy tarde –contestó ella, despreocupada- ¿Y tú, cuándo tienes que volver… ya sabes, al…?

-Al orfanato –terminó el chico la frase por ella- A las ocho y media, también. Unos diez minutos más tarde, cenamos. Luego, los niños pequeños se van a la cama, aunque los más mayores podemos quedarnos leyendo o viendo la tele, mientras no los despertemos –le explicó mientras comenzaba a balancearse en el columpio y abandonaba el tono rosado que habían adoptado sus mejillas- Aunque, como muy tarde, a las once tenemos que estar dormidos.

-Ah… Y… ¿pasarás mucho tiempo allí? Quiero decir, ¿aún no sabes quién cuidará de ti? –preguntó la niña.

Mamoru frenó el columpio y, sin mirar a su amiga, contestó:

-Aún no lo sé. Mis tíos y tías de Holanda quieren llevarme con ellos, pero yo no. Prefiero quedarme aquí, en Japón. Quizá, si no se ponen de acuerdo, me den en adopción y me quede en el orfanato hasta que una familia me adopte –comentó el chico, sopesando las posibilidades- O quizá los Hombres de Negro se encarguen de mí para asegurarse de que no cuento nada a nadie acerca de ellos.

-Ojalá te pudieras quedar a vivir conmigo –comentó la chica de pronto.

-Pero a tu hermana no le caigo bien –repuso el niño- Así que me da que no.

-Oye… referente a mi hermana… -comenzó la chica- Bueno, el caso es que… -Shiho pareció dudar unos segundos entre decir lo que quería o callar- le conté que me gustabas… y ella se enfadó un poco.

-¿Cómo que se enfadó? –preguntó Mamoru. Sorprendido, bajó del columpio y se quedó mirando fijamente a Shiho.

-Sí… Mi hermana no quiere que tú y yo seamos amigos ni novios –le explicó- Cree que eres malo. Pero yo sé que no lo eres. Y –la chica se sonrojó un poco- quiero ser tu novia diga lo que diga mi hermana.

-Pero ella se enterará.

-No tiene por qué –repuso Shiho con una sonrisa pícara- Si no se lo decimos, no lo sabrá y podremos ser novios, ¿qué te parece?

La niña alzó la mano con el meñique extendido, y Mamoru no pudo evitar extender también el suyo y cruzarlo con el de ella.

-Trato hecho –musitó el chico mientras movían arriba y abajo las manos, sellando así el pacto.