Nathaniel
Nathaniel pensó que Zeus lo fulminaría pero no fue así.
-Lo has hecho bien, niño- dijo.
-Eh, señor, tengo quince años- fue lo único que se le ocurrió decir a Nathaniel.
Los ojos de Zeus relampaguearon.
-Por esta vez no te fulminaré- dijo- Pero tampoco estoy contento con que existas. Tu victoria sobre Nix ha sido impresionante pero no evitaron que Urano reviva. Cuando llegue el momento, tarde o temprano tendrán que detenerlo.
Movió la mano y le entregó un anillo a Nathaniel. Una simple y hermosa esmeralda verde en un anillo de plata.
-Toma, te lo has ganado- dijo y se lo entregó- No es mágico pero te servirá para algo que te hará muy feliz.
Acto seguido desapareció con truenos incluidos. Nathaniel se volvió para mirar a su madre. Su cabello color chocolate con una flor de loto a modo de broche resaltaba en la cabaña, blanca como su vestido inmaculado. Sus ojos mostraban a la vez frialdad y amor. Supongo que eso demuestra la familia.
-Mi pequeño campeón- dijo Hera, su voz sonaba como la de una madre que se dirige a su hijo de seis años.
-Mamá… Yo…
-Lo has hecho muy bien aunque Zeus no quiera admitirlo. Has vencido a Nix y retrasado a Urano. Estoy orgullosa.
Se la veía muy feliz. Nathaniel no pudo contradecirla. Solamente se quedó callado, ordenando sus ideas. El semblante de Hera cambió.
-Hijo… Sé cómo te sientes. Pero no te creas que yo te estoy usando. Eres mi hijo y yo te adoro. Tu no naciste fruto del amor entre tu padre y yo, es cierto. Naciste del fruto de mi amor.
A Nathaniel se le humedecieron los ojos. Como un niño de seis años asustado, corrió a abrazar a su mamá. Al principio pareció sorprendida, luego colérica pero finalmente le devolvió el abrazo.
-No… Sabes… Lo que me has hecho falta- balbuceó Nathaniel.
-Ya, ya, los héroes no lloran.
Levantó su cara y le secó las lágrimas.
-Tengo un regalo para tí. A diferencia del de Zeus, éste tiene poderes especiales. Me permites tu arma.
Nathaniel sacó su navaja suiza y tocó un botón. Al instante creció hasta convertirse en el cetro que Nathaniel usaba siempre. Se sacó su broche de flor de loto y lo colocó alrededor de la esfera que el cetro tenía en la punta.
-Ahora tendrá unos poderes especiales extra- rió Hera.
A lo lejos retumbaron las nubes.
-Debo irme, cariño. Recuerda que te quiero.
Se esfumó en el aire, dejando un rico aroma a jazmín.
Al día siguiente, se reunió con sus amigos bajo un enebro del bosque. Había estado buscándolos por horas. Encontró a Serena en el Lago y a Adam en las canchas de basquetball. Ambos estaban muy cabizbajos y tristes. Nathaniel se dijo que les preguntaría después.
-Dentro de poco debemos partir- dijo Nathaniel- Quirón ha avisado al campamento romano para que estén alertas por si aparecen los tres miembros de la profecía restantes. En cuanto los encuentren, debemos ir por ellos.
-¿Y a dónde iremos?- dijo Serena.
-Al Campamento de demititanes- contestó Nathaniel- Lo he hablado con Quirón. Un campamento así es muy peligroso. Quirón cree que los demititanes atacarán los campamentos. Debemos detenerlos.
-Además- añadió Adam- Urano se encontrará allí. El enfrentamiento final está cerca.
-No se olviden que debemos pasar por la Mansión Baumeister en San Francisco- terció Serena.
-Está de camino hacia el Campamento Júpiter, pasaremos por allí- dijo Nathaniel.
-¿Estos eran los planes de verano de los que tanto habíamos hablado durante el año escolar?- dijo Adam- Encontrar a otros semidioses igual de poderosos que nosotros, buscar reliquias en mansiones abandonadas, destruir campamentos llenos de monstruos y demititantes que estarían encantados de asesinarnos y derrotar a un dios primordial que existe desde que se creó el mundo. ¡Divertidísimo!
Los tres rieron. Sí, es cierto, sonaba peligroso. Pero ese día, en una tarde soleada, Nathaniel sólo pensaba en pasarla bien con sus dos mejores amigos como siempre habían hecho. Los dioses primordiales que existían desde que se creó el mundo podrían esperar a que ellos se divirtieran un poco.
