Disclaimer:Los personajes de Twilight son propiedad de Stephanie Meyer, yo solo los ocupo para jugar un poco con ellos, esperando que les guste. La historia es de Sharon Kendrick.

Capítulo 4

Aunque su vuelo no salía hasta la mañana siguiente, Edward cambió el billete y regresó a Roma esa misma tarde, reprochándose su comportamiento durante las dos horas de viaje. ¿Qué le había pasado? Se había portado como un adolescente con las hormonas desequilibradas.

Miró por la ventanilla sintiendo todavía dolor en la ingle. Estaba asombrado por el deseo tan intenso que Bella había despertado en él. Con sólo chasquear los dedos podría haber tenido a un montón de hermosas mujeres. Pero lo más importante era que Bella no era su tipo. Entonces, ¿por qué ella? ¿Porque al principio había sido fría y brusca con él, observándolo tranquilamente con esos inteligentes ojos cafés? ¿Por qué había respondido a su deseo y después se había resistido? Tal vez todo eso convertía a Bella Swan en un tipo de mujer al que nunca se había enfrentado, una mujer imposible de conseguir.

Cuando llegó a casa, se duchó y se cambió, y siguiendo sus impulsos, invitó a Tanya a salir. Hacía tiempo que no la veía y ella estaba deseosa de hablarle de su nueva película. Era tarde, pero aceptó inmediatamente la invitación de Edward para cenar, y él empezó a arrepentirse de haberla llamado casi instantáneamente.

El cabello rubio de Tanya le caía como una cascada seductora hasta la cintura, revestida de lentejuelas plateadas, y mientras estudiaba la carta con el ceño fruncido Edward pensó en Bella con su camiseta manchada de pintura. Tanya coqueteó con él toda la noche y se rió de todas sus bromas.

Los paparazzi los estaban esperando a la salida del restaurante y, una vez en el taxi, Edward la miró receloso con los ojos entrecerrados.

-¿Les dijiste dónde estábamos cenando? -preguntó.

Ella negó con la cabeza.

-No, caro... ¡te lo prometo!

Pero Edward no la creyó. Las mujeres decían una cosa cuando querían decir otra.

Conspiraban e intrigaban para conseguir lo que querían. Tanya intentó pasarle los brazos alrededor del cuello, y él olió el caro perfume, que le pareció agobiante. La apartó con suavidad.

-Te dejaré en tu apartamento -dijo lacónicamente.

-¡Oh, Edward! -contestó enfurruñada-. ¿De verdad tienes que hacer eso?

Él pensó en Bella, en el sabor de sus labios y en cómo había explotado entre sus brazos. Tenía un exterior frío que ocultaba una criatura sorprendentemente cálida y sensual. Suspiró mientras contemplaba las calles iluminadas de Roma y supo que tenía que conseguirla.

¿Debería mandarle flores? Muy pocas mujeres podían resistirse a las flores.

Pero seguramente tendría montones de ramos gracias a su trabajo, así que no serían nada especial para ella. No, las flores no eran una buena idea.

-Buenas noches, Tanya -dijo dulcemente. El coche se detuvo y la actriz salió a la calle-. Lléveme a casa... ¡y rápido!

A Bella le estaba costando un gran esfuerzo no pensar en Edward.

Nunca subestimaba el poder de la cámara, que se daba cuenta de todo y lo multiplicaba por diez. Y no solamente el aspecto exterior (un kilo de más, un grano en la cara que parecía enorme...). Las inseguridades eran evidentes para las lentes. Si perdía los nervios y la seguridad en sí misma la audiencia dejaba de creer en ella, y si eso ocurría el empleo no le duraría mucho tiempo.

Así que intentó apartar a Edward Cullen de su mente. Al fin y al cabo no era nada especial, simplemente se había encontrado con un hombre que una vez la había vuelto loca... y seguía loca por él. Pero vivía en otro país, no era el hombre apropiado del que enamorarse y había esperado que se acostara con él a la primera de cambio.

Gracias a Dios que no lo había hecho.

Decidió que tenía que salir más, conocer a gente. Desplegar un poco las alas. Se matriculó en un curso de francés por las tardes y decidió que la próxima vez que el equipo saliera a comer un viernes se uniría a ellos. Y pasaría el domingo con Kesi fuera de casa.

Pero cuando unos días después llegó a casa del trabajo había una postal sobre el felpudo, con un colorido que proporcionaba algo de alivio entre todas las facturas y circulares. Le gustaban las postales, aunque la gente cada vez las enviaba menos, seguramente porque viajar era cada vez más fácil y el correo electrónico iba ganando terreno. Pero las postales tenían una magia especial.

Se quedó sin aliento cuando vio de donde era la postal. Roma. La fotografía era rara para una postal: una escultura de dos niños y un animal amenazador y grotesco.

No necesitó darle la vuelta para saber de quién era; sólo conocía a una persona que estuviera allí. Y tampoco necesitó ver su nombre para reconocer la escritura, porque sabía que él escribiría así.

Como una colegiala enamoradiza paseó la vista por la letra de Edward, como si descubriera el cuerpo de su amante por primera vez. Había usado tinta negra, que se curvaba sensualmente a lo largo de la postal, como una serpiente.

Supongo que conocerás la leyenda que dice que Roma fue fundada por Rómulo.

Aquí está con su hermano gemelo Remo, mamando de una loba. Si alguna vez vienes a Roma, por favor, búscame. Me gustó mucho verte. Edward.

Y su número de teléfono.

Bella leyó y releyó la postal, con el corazón latiéndole a toda velocidad. ¡Sólo era una postal, por el amor de Dios! Y de ninguna manera iba a llamarlo.

Pero dejó apoyada la tarjeta contra la ventana de la cocina, con el mar detrás, y sonrió al mirarla, porque ese pequeño gesto de comunicación le permitió apartar de su mente la escena apasionada aunque insatisfactoria que había vivido con Edward.

Sin embargo él no podía dejar de pensar en ella, y si lo conseguía sólo era para comprobar los mensajes en el contestador automático. ¡No lo había llamado!

Sacudió la cabeza incrédulo. ¿Acaso ella no se daba cuenta del honor que...?

Frunció el ceño. No. Honor era una palabra demasiado importante, como privilegio.

Pero se preguntó qué diría la señorita Bella Swan si supiera que él nunca le daba su teléfono a una mujer que acababa de conocer.

Se quitó la ropa y se metió en la ducha, dejando que los chorros de agua recorrieran su cuerpo. Tal vez se estaba haciendo la dura. Sonrió mientras alargaba la mano hacia el champú. Le daría hasta finales de semana, seguro que entonces lo llamaba.

Bella estaba saliendo hacia su coche cuando una de las ayudantes de producción la detuvo. -Bella... te ha llamado un hombre. -¿Dijo quién era? -No.

-Bueno, gracias. Supongo que si es importante llamará otra vez.

-Era... la ayudante tragó saliva-. Extranjero. El corazón de Bella empezó a latir rápidamente. -¿Sí? -dijo aparentando indiferencia.

-Creo que italiano. ¡Y tenía una voz profunda y sexy, muy sensual! ¿Quién es?

-No tengo ni idea -contestó Bella sin darle importancia-. ¡Pero me molesta muchísimo que la gente no diga quién es!

Pero eso no era del todo cierto. Lo que la irritaba era su respuesta irracional al saber que había sido Edward. ¿En qué estaba pensando al llamarla? ¡Y además al trabajo!

¿Llamaría otra vez? ¿A su casa? Cayó en la cuenta de que no le había dado el teléfono, pero estaba segura de que un hombre como Edward no tendría problemas para conseguir el teléfono de cualquier mujer...

Hacía muchos años que Bella no se inventaba excusas para quedarse en casa, esperando que alguien la llamara. Cada vez que el teléfono sonaba corría a contestarlo, pero nunca era él.

Finalmente, frustrada con ella misma, y con él, aunque no sabía muy bien por qué, se fue a ver a Kesi y terminó quedándose a tomar el té de la tarde. Y, como era de esperar, al llegar a casa la luz roja del contestador estaba parpadeando provocativamente.

Apretó el botón con dedos temblorosos y la voz italiana profunda, oscura y sonora empezó a hablar. Igual que él, pensó Bella mientras escuchaba. Profundo y oscuro.

-¿Bella? La próxima semana tendré que ir a Londres por negocios. ¿Te gustaría que cenáramos juntos? Pronto, claro, para que tengas tiempo de dormir. Llámame.

Bella escuchó el mensaje cuatro veces, preguntándose si debía devolverle la llamada, aunque sabía que no podría resistirse.

Sin embargo dejó pasar tres días, un tiempo de espera y de tormento. Y cuando finalmente se decidió tuvo que hablar con una secretaria que, después de pasar del italiano a un inglés perfecto, expresó sus dudas sobre si el signor Cullen desearía ser molestado.

Claramente el signor Cullen sí que lo deseaba.

-¿Edward? –dijo Bella con vacilación, deseando no haber marcado nunca ese número.

Edward sintió que el cuerpo se le tensaba. Así que la strega lo había hecho esperar... No recordó haber tenido que esperar nunca para conseguir algo en su vida.

-¿Bella?

-Sí, soy yo. Escuché tu mensaje.

-Bien -esperó para que Bella tomara un poco de su propia medicina.

Bella agarró el teléfono con fuerza. ¡Maldito fuera!

-Sobre la cena.

-Mmm.

Bella sintió ganas de colgar, aunque al hacerlo se estuviera comportando como una niña. ¿Quería o no quería cenar con él? Bueno, sí y no.

Bella entrecerró los ojos. ¿Siempre se lo ponía tan difícil a los hombres?

Entonces recordó cómo se había comportado al abrazarla. Habían estado a punto de ir al dormitorio y... La tensión aumentó.

-¿Te gustaría cenar conmigo, Bella? -preguntó suavemente.

Ese era un momento decisivo, y Edward Cullen siempre parecía tener algo que ver en los momentos decisivos de Bella. Bella tragó saliva con dificultad y adoptó la actitud fría y distante que siempre tenía ante las cámaras.

-Me encantaría. ¿Cuándo?

Su voz sonó como si la hubieran invitado a tomar té con una tía solterona.

-Llego el viernes por la tarde -dijo él fríamente-. Así que, ¿qué te parece el sábado?

Pensó fingir que estaba ocupada, pero supo que los juegos no le servirían de nada.

-El sábado está bien -contestó sin alterarse, aunque tenía el pulso acelerado.

-Excelente. Te llamaré cuando llegue a Inglaterra. Ciao, bella.

Isabella se quedó mirando el auricular después de que él hubiera colgado. La boca se le había secado por la excitación, pero pronto se transformó en otra sensación que no pudo reconocer y que no quiso analizar, porque sólo podía pensar en una cosa.

La cena del sábado. Una cena temprana para que ella pudiera dormir y estar fresca al día siguiente. Pero Bella no trabajaba los domingos. Ella lo sabía y él también.


Hola yo denuevo por aca como se los prometi, les dije que actualizaria el dia viernes y aqui estoy y de verdad que siento el error de la semana pasada no me di cuenta y se que aun les debo el OS, espero poder hacer algo al respecto porque seguimos en las mismas :( (Sin compu).

Pero bueno espero que les haya gustado el capitulo y nos leemos el proximo viernes, saben que espero ansiosa sus rr y mil gracias por su tiempo.

Besos Ana Lau