Disclaimer:Los personajes de Twilight son propiedad de Stephanie Meyer, yo solo los ocupo para jugar un poco con ellos, esperando que les guste. La historia es de Sharon Kendrick.
Capítulo 5
EL hotel era un lugar moderno y caro, de los que solían aparecer en las revistas y que no tenía nada que ver con el anonimato monótono de las grandes cadenas hoteleras.
Bella entró en un vestíbulo pintado de azul marino, con el suelo de madera brillante y alfombras caras. Tuvo que buscar el mostrador de recepción, que estaba diseñado para no parecerlo. Lo ocultaban unos jarrones de flores de color escarlata y violeta, y la rubia que le dedicó una sonrisa parecía estar posando para una revista de moda.
Supuso que era uno de esos lugares exclusivos y fríos, y se estremeció al pensar en lo que estaba a punto de hacer. Aunque tampoco tenía que hacer nada, se recordó.
No si no quería.
-¿Puedo ayudarla? -le dijo la rubia.
-Um... -¡por el amor de Dios! ¿Desde cuándo empezaba una frase con «um»?-.
Tengo una cita con el señor Edward Cullen a las seis.
El rostro de la recepcionista se mantuvo inexpresivo.
-Signor Cullen -corrigió-. Debería estar aquí...
-En cualquier momento -dijo una voz melosa a sus espaldas. Bella sintió que la boca se le secaba mientras se giraba para verlo salir del ascensor-. Hola, Bella.
Estaba totalmente cautivador, con un traje de hilo oscuro y una camisa de seda azul. Tenía el cuello desabrochado, y Bella podía ver su piel bronceada y un poco de vello cobrizo.
-Edward -dijo en voz muy baja y forzó una sonrisa-. Hola.
Él entornó los ojos. Ese no era el comportamiento de una mujer que quería hacer el amor con él. De hecho, parecía que estuviera pisando trozos de cristal. ¿Significaba que estaba nerviosa? Y si era así, ¿no era una buena señal? Al menos, era una grieta en la armadura.
Edward sonrió, se acercó a ella y le dio un beso en cada mejilla mientras le ponía las manos en los hombros. Bella se relajó ligeramente. ¡Cualquiera diría que era una chica tímida sin ninguna experiencia con los hombres!
Pero cuando sintió el aroma sutil y masculino de su loción para después del afeitado y el roce de su barbilla, se dio cuenta de que se sentía totalmente ingenua e inexperta.
-Estás preciosa -murmuró él. Más que preciosa, a la vez que discreta. Llevaba una falda vaporosa de seda y un suéter de color rosa que se adaptaba a sus pechos perfectos, unas botas altas de ante y se había recogido el cabello en una trenza, sujetándolo con un lazo rosa. Estaba a la vez sexy y discreta y Edward la deseó aún más.
-Gracias.
-¿Nos vamos a cenar? -le echó una mirada rápida al reloj-. ¿A qué hora tienes que irte?
-Bueno, puedo decidirlo más tarde -él la miró con curiosidad-. Es decir... um, hay un tren a las nueve y media -¡eso tampoco respondía a la pregunta, y había dicho «um» de nuevo!
-Podemos cenar aquí, si te gusta, o buscar otro sitio.
Bella normalmente era segura y decidida, pero en ese momento sentía una gran inseguridad. Tal vez fuera por la mirada fugaz que le lanzó la recepcionista, como si estuviera dispuesta a dar cualquier cosa por estar en el lugar de Bella.
«Disfrútalo», se dijo. «Relájate y disfruta». -¿Qué tal es aquí la comida?
-No tengo ni idea -echó una mirada alrededor-. Mi secretaria me hizo la reserva. Es un poco... antiséptico para mi gusto. Pero hay un sushi bar aquí al lado. ¿Te gusta el sushi?
-Me encanta. -Entonces vamos.
Una vez fuera, Bella se relajó un poco más; el sushi bar era estupendo.
-Seguramente este restaurante lo ha diseñado un experto en feng shui -comentó ella mientras los guiaban a una mesa baja, junto a un cuadro relajante.
-¿Por qué tienes que ser un contorsionista para sentarte aquí?
Ella sonrió.
-¿No crees que es relajante? -¿Relajante?
El cuerpo de Edward ardía por el deseo, y pensó que nada podría calmarlo. Tal vez fuera porque se había sentido inquiero y ansioso durante toda la semana. Y la inquietud era emocionante, como descubrir una comida nueva y deliciosa.
Entrecerró los ojos y le tendió una carta a Bella.
-¿Pedimos?
Eligieron el menú juntos, pero la mente de Bella estaba en otra parte. Hizo lo posible por comer normalmente, comportándose como si estuviera cenando con cualquier otro hombre y no con quien tenía el poder de derretir su cuerpo con sólo una sonrisa y una mirada.
Bella bebió un sorbo de vino y se sintió como si tuviera diecisiete años. Deseó que su cara estuviera tranquila y serena.
Edward se reclinó en su asiento.
-Cuéntame cómo llegaste a ser una estrella de la televisión.
-Presentadora -corrigió inmediatamente. Vio su mirada curiosa y sonrió-. Sé que estoy un poco a la defensiva, pero con este trabajo es algo casi instintivo.
-¿La gente se acerca a ti por motivos que no son sinceros?
-Algo así. Supongo que tú también eres una víctima de eso.
-Una víctima nunca, cara -murmuró-. Además, no es una palabra que asociaría contigo. Cuéntamelo.
A Bella le encantaba cómo movía la lengua cuando decía «cara», y deseó que le hablara en italiano, aunque apenas sabía cuatro palabras de ese idioma.
-Me licencié en Meteorología en la universidad. El tiempo siempre me ha fascinado. La cadena local buscaba una chica del tiempo, y me presenté para conseguir el trabajo, pensando que no tenía posibilidades.
-¿Por qué?
-Porque no era rubia y pechugona, como la mayoría de las candidatas.
-Pero te eligieron -dijo suavemente.
-Sí. Supongo que estaban buscando a alguien que supiera de lo que hablaba, y a los espectadores les gusté. Entonces la presentadora habitual se fue porque estaba embarazada, y me preguntaron si quería sustituirla... temporalmente, al principio. Pero luego me pidieron que me quedara, y lo hice, y de eso hace casi tres años, mucho tiempo para trabajar en la televisión.
-¿Te gusta? Ella dudó.
-Sí... aunque a veces no parece un trabajo serio, algo realmente importante, como ser cirujano. Pero sé que tengo suerte, y soy realista, este empleo no me durará siempre. Los trabajos en televisión no suelen durar.
-¿Y cuándo se acabe?
Ella lo miró a los ojos y se encogió de hombros.
-¿Quién sabe?
-¿No tienes otras ambiciones aparte de lo que haces ahora?
Bella jugueteó con su copa, sin saber muy bien cuánto quería contarle. Pero, ¿por qué ser un libro cerrado?
-Bueno, algún día espero tener hijos, claro.
Él asintió con la cabeza, fijándose especialmente en el «claro», pero también en que no había dicho nada de enamorarse y casarse. Sabía que las mujeres eran muy tímidas al hablar de ese tema, por miedo a que los hombres pensaran que estaban necesitadas.
Bella se sintió desprotegida. Solamente había hablado ella.
-¿Y tú? ¿Decidiste ser el dueño de un banco?
-Supongo que nadie hace eso -se encogió de hombros-. Decidí tener éxito, pero nunca me parecía que tenía suficiente. Siempre había un nuevo reto, un nuevo obstáculo que superar.
-Y ahora que tienes un banco, ¿significa eso que has dejado de moverte?
-Oh, no. Siempre hay algo más que conseguir.
Dejó de hablar de repente y algo en sus ojos le dijo a Bella que había hablado más de la cuenta.
-Entiendo -dijo despacio, pensando que la vida de Edward era como la de los nómadas, sin descanso. Eso debería haber servido para que se distanciara de él, pero descubrió que quería alargar la mano y deslizar los dedos por la superficie sedosa de su piel.
Edward pudo sentir la tensión que había entre los dos, y se preguntó y Bella también jugaría con él esa noche.
-¿Pido la cuenta?
Algo en su manera de mirarla hizo que el corazón le latiera rápidamente. Asintió con la cabeza y se excusó para ir al baño, donde se mojó las muñecas con agua fría, como si esperara que la temperatura helada apagara el brillo ardiente de sus ojos.
Salieron a la calle y él se giró para mirarla.
-¿Quieres tomar ese tren?
Bella lo miró, consciente de lo que había detrás de su respuesta.
-No.
Edward sonrió, se inclinó y la besó en plena calle. Pensó que no podría haberlo hecho en Roma, donde las miradas curiosas verían que Edward Cullen no era una persona tan fría como parecía. Pero en Londres era una persona anónima, y ella, con sus ojos fríos e inteligentes y su forma de hacerlo esperar lo había cautivado. Para un hombre acostumbrado a tener lo que quisiera cuando quisiera, eso era un potente afrodisíaco.
-Bella -gimió contra sus labios dulces y húmedos.
Ella hundió los dedos en su cabello espeso y cobrizo mientras Edward seguía besándola. La acercó aún más a su cuerpo y Bella empezó a temblar incontrolablemente, sintiéndose casi aliviada cuando él se apartó.
-Ven -dijo bruscamente.
Edward le tomó la mano y caminaron en silencio hasta el hotel. La recepcionista los miró, y cuando las puertas del ascensor se cerraron Bella pensó que para todos sería obvio dónde iban y lo que iban a hacer. Pero, ¿a quién le importaba?
Ella era libre, y él también. Y lo deseaba tanto que casi no podía pensar ni hablar, pero las palabras eran innecesarias, porque en cuanto las puertas del ascensor se cerraron él volvió a abrazarla, besándola con pasión desenfrenada.
Bella casi no se fijó en la habitación, únicamente notó la fragancia de las flores y la iluminación seductora. De repente sintió reparos, y pensó en decirle que ella no solía hacer esas cosas, pero eso sonaría como una mujer que quería salvaguardar su reputación.
Pero entonces él empezó a acariciarla, murmurando suavemente en italiano, amenazando con hacerle perder el control, y todas sus dudas desaparecieron. Se separó un poco de él y vio que la miraba con curiosidad. Tal vez pensaba que iba a cambiar de opinión.
-¿Qué pasa? -preguntó él.
-Edward, no... No tengo nada.
Frunció el ceño.
-¿De qué estás hablando? ¿Qué es lo que no tienes?
La situación era peor que los libros de educación sexual que la obligaban a leer en la escuela, pero precisamente porque los había leído Bella sintió que se ruborizaba, algo que era ridículo dadas las circunstancias.
-Anticonceptivos. No tomo la píldora. No estoy preparada.
Él le dedicó una sonrisa sensual. Así que no tomaba la píldora... y eso significaba que no se acostaba libremente con otros hombres. Edward se sintió complacido.
-¿Ah, no? -murmuró mientras deslizaba una mano bajo la falda, recorriendo los muslos. Le apartó la cinturilla de las braguitas y Bella gimió de placer cuando él introdujo un dedo en su calor húmedo. Sonrió cuando ella protestó al ver que retiraba el dedo y lo chupaba deliberadamente, mirándola.
-Al contrario, cara, me parece que estás muy preparada. Y sabes muy bien.
-¡Edward! -le tembló ligeramente la voz y cerró los ojos, sintiéndose algo tímida ante su diversión descarada.
-Y, afortunadamente, yo sí estoy preparado, como tú dices.
Bella abrió los ojos y vio que Edward sacaba un paquete de preservativos del bolsillo.
Su parte lógica se alegró de que hubiera pensado en la protección, pero la parte romántica y poco realista deseó que no lo hubiera hecho. ¿No lo convertía en algo «clínico»? ¿O tal vez los llevaba por si acaso? Si así fuera, tampoco era tan malo. Era mejor estar preparado, e incluso sus amigas los llevaban en el bolso.
Él vio que Bella estaba frunciendo los labios y le dio pequeños besos en la boca hasta conseguir suavizarla de nuevo.
-Deja de poner muecas -susurró él.
-Tómame.
-Con mucho placer. Pero antes quiero ver tu cuerpo -le quitó el suéter rosa y contuvo la respiración al ver lo que había debajo, un sujetador transparente salpicado de rosas. Los pezones oscuros y endurecidos parecían una continuación de las flores-. Es bonito, muy bonito. ¿Siempre llevas lencería tan exquisita? ¿Te la has puesto para mí, Bella?
Ella sintió una oleada de placer.
-Claro que sí -metió los dedos debajo de la camisa de Edward y empezó a juguetear con uno de sus pezones, rodeándolo.
Él cerró los ojos.
-Qué bien.
Su comentario la animó a desabrocharle la camisa, y suspiró con placer cuando, poco a poco, le desnudó el pecho y tiró la camisa al suelo. Después inclinó la cabeza y le mordisqueó suavemente el pezón. Él gimió y sacudió la cabeza. La quería desnuda, y rápido.
Nunca había prestado tanta atención al desnudar a una mujer, descubriendo la sensación de dejar su cuerpo al descubierto. Le quitó la falda, las medias y las braguitas, y por último le desató el lazo rosa que le sujetaba la trenza.
-Es como desenvolver un regalo de cumpleaños -dijo mientras el cabello de Bella se desparramaba sobre sus hombros y sus pechos pequeños.
Ella le besó un pezón y sintió que se estremecía.
-¿Cuándo es tu cumpleaños?
-En agosto -contestó distraídamente quitándose los zapatos y el resto de la ropa.
Aún faltaban muchos meses para agosto, y Bella se preguntó si entonces seguirían siendo amantes, pero en ese momento Edward se tumbó en la cama y la puso sobre él.
Empezó a besarla y Bella dejó de pensar.
La acarició y la besó con dedos y labios expertos, consiguiendo que Bella diera pequeños gritos de placer. Pero él lo hacía con cierta curiosidad, como si fuera la primera mujer a la que le hacía el amor, y Bella pensó que Edward había conseguido hacer un arte de la seducción.
Los ojos de Edward tenían el brillo del fuego cuando se puso sobre ella, y Bella se sintió inexplicablemente tímida cuando él la penetró con un único movimiento, prolongado y aterciopelado.
-¿Te gusta? -peguntó él sintiendo que Bella lo envolvía.
-Me... -pero entonces él se movió y Bella olvidó las palabras. Le clavó las uñas en los hombros y le abrazó la espalda con las piernas, encantada al escuchar su gemido de placer.
-¿Y esto?
-¡Sí!
Edward se movió en su interior hasta que Bella sintió que se iba a morir de puro placer, y cuando finalmente la oleada de placer estalló en su cuerpo, Bella se asombró de la intensidad que había alcanzado. Siguió temblando hasta que sintió que Edward se estremecía en sus brazos.
Se quedaron así abrazados durante unos instantes, con los cuerpos cubiertos de sudor, hasta que él levantó la cabeza, le besó la punta de la nariz y la miró sonriendo.
-¿Y bien? -suspiró.
Ella lo miró a los ojos.
-¿Y bien?
Él se rió, y el sonido de la risa hizo que Bella se sintiera segura, pero también le hizo ser consciente de sus propias inseguridades. No conocía el sentido del humor de Edward, ni sabía cuál era su color favorito ni dónde vivía. Había conocido a un hombre y comenzado una aventura con él, y el futuro estaba lleno de incertidumbre.
Él la besó, su cuerpo comenzó a endurecerse de nuevo e, instintivamente, empezó a moverse otra vez, pero Bella lo detuvo poniéndole un dedo en los labios.
-Ten cuidado.
Él la entendió al instante y se separó de ella despacio. Dejó escapar un suspiro y Bella se reclinó contra las almohadas, con una sonrisa de satisfacción en el rostro.
-Déjame que use el cuarto de baño -dijo él mientras paseaba la mirada por la desnudez blanca y rosada de Bella-. Quédate ahí.
Ella no pensaba irse a ninguna parte. Miró al techo hasta que Edward regresó y se tumbó con ella en la cama.
-Tú -murmuró él besándole un hombro-. Eres sorprendente. Preciosa.
Bella lo atrajo con fuerza hacia ella y Edward la penetró rápidamente, pero le hizo el amor despacio y con dulzura, y al terminar Bella se acurrucó contra él, luchando contra el sueño. Él la zarandeó suavemente.
-¿No tienes que tomar un tren?
-No.
-Ya entiendo. Era tu vía de escape, ¿no?
-Mmm -apoyó la cabeza en el hombro de Edward, pero él se incorporó, agarró el reloj que estaba sobre la mesita de noche y le dedicó una leve sonrisa a Bella.
-Perdóname, cara, pero tengo que hacer una llamada rápida. No te vayas.
Pero la llamada telefónica devolvió a Bella a la realidad mientras lo escuchaba hablar en rápido italiano. No tenía ni idea de con quién estaba hablando o lo que decía, pero le ayudó a no seguir soñando con lo imposible.
Edward tenía otra vida en otro país y ella era sólo una pequeñísima parte, y no sabía por cuánto tiempo. Tal vez sólo hasta la mañana siguiente.
Hola yo de nuevo por aca como cada buen viernes dejandoles un nuevo capitulo, espero que sea de agrado ya saben mi cantaleta de siempre verdad, y si no pues aqui va de nuevo.
Espero con ansias sus rr, alertas y favoritos y creanme que aunque no les conteste si que los leo y me alegran el dia, si tienen alguna duda o algo por el estilo haganmelo saber y con todo gusto tratare de rolver sus dudas.
Besos Ana Lau
