Disclaimer:Los personajes de Twilight son propiedad de Stephanie Meyer, yo solo los ocupo para jugar un poco con ellos, esperando que les guste. La historia es de Sharon Kendrick.
Capítulo 6
Bella abrió los ojos y durante un instante se preguntó dónde estaba. Vio algunos tejados de Londres a través de las cortinas descorridas y un hombre dormido a su lado, y sintió la cálida pereza que era el testimonio de una noche de pasión.
Giró la cabeza despacio para mirarlo, observando cómo el pecho se elevaba y descendía con la respiración regular. Estaba tumbado de lado, con una mano sobre el rostro. Parecía inocente e indolente.
Girándose para mirar el techo de nuevo, Bella suspiró con satisfacción y pena, al saber que la noche ya se había acabado. Hacía mucho tiempo que no estaba en esa situación. En realidad, nunca había estado en esa misma situación, siendo la amante de un hombre que, según las propias palabras de Edward era «casi un extraño».
No había tenido una relación desde... Frunció el ceño al darse cuenta de que habían pasado casi dos años. Y todo había sido muy diferente, un romance construido poco a poco. Con Edward no tenía ni idea de cuáles eran sus sentimientos.
Bella era una persona fría, tranquila y reflexiva, y no era propio de ella meterse en la cama con un hombre sólo porque lo encontraba irresistible. Pero seguramente eso le pasaba a Edward continuamente, pensó.
-¿Por qué frunces el ceño, cara? Creí que había conseguido quitarte esa expresión anoche con mis besos.
Ella se sobresaltó. Había estado tan absorta en sus pensamientos, que no se dio cuenta de que se había despertado. Sus ojos la vigilaban, rodeados de espesas pestañas, y su cuerpo era como el de un tigre tumbado al sol, relajado pero fuerte y poderoso.
Bella se obligó a sonreír.
-¿Estaba frunciendo el ceño?
-Mmm -alargó una mano despacio y le acarició el cabello. Había sido una noche increíble, pero él sabía que iba a ser así. La había deseado tanto que no podría haber sido de otra forma, pero con la mañana el deseo se había transformado en algo diferente. Lo había excitado lo desconocido, la deliciosa espera para ver si ella sería suya.
¿Y luego?
No importaba lo maravilloso que había sido, era el momento de seguir un protocolo. Había ciertas reglas y él se preguntó si Bella las entendía de la misma manera que él. Reglas sobre fronteras y expectativas. Él no iba a implicarse. Nunca lo había hecho.
-Ven aquí y bésame -murmuró Edward.
Pero Bella había visto algo en sus ojos que le había puesto de punta el vello de la nuca. Edward tenía mucho autocontrol, a pesar de la prueba física de que la deseaba de nuevo. Pero, ¿y emocionalmente? ¿No había en sus ojos una distancia fría que la observaba como si fuera un caballo que aún no había sido domado? Estaba a la espera de ver lo que ella iba a hacer, cómo iba a reaccionar.
¿Acaso Edward tenía miedo de que ella se aferrara a él, se volviera dependiente o exigente, como hacían a veces las mujeres cuando un hombre las había poseído y dado placer? ¡Pues con ella no tendría que preocuparse!
Esbozó una sonrisa, agradeciendo que su trabajo le hubiera enseñado a ocultar sus sentimientos. Un mes después de la muerte de su madre, había vuelto al estudio con el corazón destrozado pero con un exterior tranquilo y controlado. Sólo un par de telespectadores asiduos y perspicaces habían escrito para preguntar si estaba bien, y siguiendo el consejo del editor, Bella había mencionado el fallecimiento de su madre.
Después de eso le llegó una avalancha de cartas de gente que había pasado por lo mismo y que quería compartir la experiencia y darle ánimos. La televisión le había enseñado a controlar sus emociones, pero también había descubierto que la cámara podía mentir.
-¿Y por qué no vienes tú y me besas? -sugirió Bella.
Él se acercó sonriendo perezosamente y se inclinó sobre sus labios.
-¿Así?
-Exactamente así -susurró ella.
Edward le hizo el amor lentamente, demostrando su pericia como amante, y Bella pronunció su nombre en voz alta dos veces. Nunca había sido así con un hombre, pero no era algo que pensara admitir, y menos aún con Edward, que tenía un ego enorme.
Él se relajó y contempló la sonrisa somnolienta y placentera de Bella.
-¿Cuánto tiempo te puedes quedar?
-Me iré después de comer. ¿A qué hora sale tu vuelo?
-A las cinco -estuvo a punto de ofrecerse a cambiarlo, pero sonrió al rozarle los labios con los suyos. Era una mujer muy inteligente que no le pedía nada a un hombre.
¡Alguien debería decirles a las demás que eso era lo que mantenía vivo el interés!
Bella no se marchó hasta las tres y durante todo el viaje en tren estuvo eufórica.
Tenía las mejillas sonrosadas, los ojos brillantes y el cabello ligeramente despeinado, todos los signos de una mujer a quien le han hecho el amor a conciencia.
Edward era magnífico, completamente magnífico, pero ella no había sido tan estúpida como para ponerse sensiblera con él. Se había dado cuenta de que era un hombre solitario que vivía según sus propias condiciones. ¿Y por qué no? ¿No era así exactamente como vivía ella también? Pero no había ninguna razón por la que no pudieran tener una aventura maravillosa y satisfactoria.
Cerró los ojos y pensó en la mañana que acababan de compartir. No habían salido de la cama hasta el mediodía, y después se habían dirigido a un bar para comer algo; Edward había sido un acompañante encantador y divertido.
Sería muy fácil enamorarse de él, y Bella supo de repente que tenía que estar alerta para que eso no ocurriera. Iría despacio y con cuidado. Edward le había dicho que llamaría, así que ella sería paciente y esperaría.
Bueno, no, eso no era del todo cierto. No iba a esperar como si su llamada fuera lo único importante. Haría su vida normalmente, estaría feliz y satisfecha.
Su euforia duró exactamente tres días. Edward aún no había llamado y Bella empezó a sentirse insegura y estúpida. ¿Por qué se había lanzado a esa aventura sin saber nada de lo que él esperaba y sin poder expresar lo que ella pensaba? Pero, ¿cómo podría haberlo hecho? Lo habría echado todo a perder si lo hubiera interrogado o si le hubiera dicho lo que ella quería, especialmente cuando ni ella misma lo sabía. ¿Por qué no podía dejarlo así y disfrutar de ello? Tal vez pudiera hacerlo si por lo menos Edward la llamara.
Pasó casi una semana antes de tener noticias suyas, y cuando Bella descolgó el teléfono y escuchó su acento italiano dulce y sexy sintió ganas de colgar o de preguntarle por qué había tardado tanto en llamar, pero se contuvo. Los instintos podían ser peligrosos.
-¿Bella?
-Hola, Edward.
«Tan fría como siempre», pensó él con admiración. No había dejado de pensar en ella. Bella sabía su número de teléfono, tanto el de casa como el de la oficina, y además él le había dado su móvil... Pero no se había puesto en contacto con él, ni siquiera le había mandado un mensaje de texto, lo que invariablemente hacían todas las mujeres.
En cierto modo había sido una especie de prueba para ver si ella lo necesitaba, y una vez que había demostrado que no, Edward quería verla.
-¿Cómo estás?
-Ya sabes, muy ocupada. ¿Y tú?
-He estado en Amalfi. -Eso está en la costa, ¿no? -Sí. Es donde tengo mi barco.
-¿Es bonito?
-¿El qué? ¿El barco o la costa?
Bella se rió. ¡Maldito fuera! La risa podía ser tan seductora...
-Los dos.
-Los dos son preciosos, igual que tú -hizo una pausa-. Te he echado de menos.
«No tanto como para agarrar el teléfono», pensó Bella, pero el comentario le gustó.
-Bien. Siempre es agradable que la echen de menos a una.
-¿Tú también me has echado de menos?
-¡Deja de buscar cumplidos! Edward se rió.
-Entonces, ¿cuándo voy a verte?
-Depende.
-¿De qué?
-De si tenemos los mismos días libres en nuestras agendas.
¡Más fría aún!
-¿Quieres decir que no cancelarías algo para ver a tu amante italiano? –murmuró él.
-Por supuesto que no. ¿Tú sí lo harías? Curiosamente Edward pensó en anular su viaje a Estados Unidos, pero sólo durante un instante. -Probablemente no. Entonces, ¿cuándo? -Dime algunas fechas y yo te diré si estoy libre. -Tengo que ir a Nueva York el fin de semana que viene. ¿Qué te parece el próximo?
-De acuerdo. ¿Dónde? ¿En Londres?
-¿Por qué no vienes a Roma? -sugirió él.
Bella nunca había estado en Roma, y una ciudad siempre era hermosa cuando se veía a través de los ojos de alguien que vivía allí.
El ático de Edward estaba en Viale Trinita dei Monti y era impresionante.
Minimalista y moderno, todo de acero inoxidable y cristal. Los suelos eran de caoba y había mármol de Carrara en los cuartos de baño. Las habitaciones eran blancas, pero las luces se podían ajustar para crear diferentes colores y ambientes y los ventanales, que llegaban del suelo al techo, mostraban una vista sorprendente de la ciudad.
Había una terraza con tiestos de terracota en los que crecían limoneros, y otros más pequeños con romero, salvia y lavanda, de manera que el aire se impregnaba de su fragancia. Era el apartamento de un hombre sin ataduras.
Edward le enseñó columnatas, palacios e iglesias hasta que Bella se mareó con el esplendor de la ciudad, y después la condujo a Tivoli, una ciudad pintoresca situada en una ladera, en medio de hermosos bosques y ríos.
-Es precioso -murmuró Bella mientras contemplaba el paisaje.
Él le acarició el cabello.
-Como tú -dijo suavemente antes de llevarla a su apartamento, donde pasaron el resto de la tarde haciendo el amor lentamente.
Por la noche, en un restaurante de las calles estrechas y adoquinadas de Trastevere, cenaron tonnarelli cacio e pepe a la luz de las velas, bebiendo vino de color granate.
Después pidieron café y Bella se sintió relajada.
-Háblame de tu infancia. ¿Dónde naciste?
-Soy romano, nací aquí.
-¿Y nunca has querido vivir en otro sitio?
La miró algo desconcertado y se encogió de hombros.
-¿Por qué? Todo lo que quiero está aquí.
-¿Y dónde está tu familia?
-Mi hermana también vive en Roma. Mis padres murieron.
Bella echó una cucharada de azúcar en su café.
-Los míos también -dijo aunque él no lo había preguntado.
-Entonces tenemos mucho en común -murmuró Edward mirándola sensualmente-. Aparte de lo que es evidente.
Fue un alarde descarado y sexual y Bella pensó que tendría que haberle gustado, pero en vez de eso la hizo sentirse insegura. ¿Tal vez porque la atracción sexual era algo efímero?
-Ven, Bella -pagó la cuenta que el camarero le había dado y la miró-. Es hora de volver a casa, ¿no crees?
Una vez en el apartamento Edward deslizó un dedo entre sus cejas.
-¡Siempre frunciendo el ceño! Estás así desde que salimos del restaurante. ¿Sabes lo que ocurre cuando haces eso? Aparecen las arrugas, y eso no le gusta a ninguna mujer -bromeó.
Ese comentario le dolió por alguna razón.
-Pero cuando aparecen las borramos con cirugía, ¿no es verdad? –preguntó mordazmente-. Mientras que las arrugas de los hombres denotan experiencia, en las mujeres son sinónimo de la edad.
-Cara, cara... Yo no pienso nada de eso, y no soy ningún defensor de la cirugía –le besó la punta de la nariz.
Bella se dio la vuelta para contemplar la ciudad iluminada. Los hombres como Edward valoraban la belleza, ¿y no era la juventud un sinónimo de belleza? Seguramente ese hombre siempre elegiría mujeres jóvenes, firmes y sin arrugas.
-¿Bella?
Su voz era profunda y seductora y ella cerró los ojos cuando Edward comenzó a acariciarle los hombros, atrayéndola hacia las formas duras y esbeltas de su cuerpo.
¿Por qué desperdiciar un momento así?, pensó Bella mientras Edward le cubría los pechos.
-¿Mmm?
-¿Estás enfadada? ¿Exaltada?
Ella se rió y se giró hacia él, pasándole una mano por la mandíbula.
-Enfadada no, pero exaltada sí -dijo con ojos brillantes mirándolo provocativamente-. Exaltada, siempre.
-Entonces ven aquí y demuéstramelo.
-Claro que voy a demostrártelo -contestó desabrochándole la camisa.
Esa noche ella fue la dominante, desnudándolo y provocándolo hasta que él pidió clemencia. Bella no se quitó las medias y se sentó a horcajadas sobre él, pensando que nunca se había sentido tan desinhibida con un hombre.
Al terminar él se quedó tumbado en silencio durante un momento, hasta que finalmente abrió los ojos y la miró.
-¡Guau!
Bella se ruborizó y se sintió satisfecha y segura de sí misma.
-¿Te ha gustado?
Edward sonrió, le puso una mano en la nuca y la atrajo hacia él hasta que sus labios casi se rozaron.
-Oh, si, cara. Me ha gustado. Me gusta que seas tan salvaje y libre -deslizó una mano entre sus muslos y ella ahogó un grito-. ¿Y a ti te gusta esto? -susurró.
Ella empezó a retorcerse de placer.
-Oh, Dios... ¡Sí, sí! Por favor, no pares...
-¿Parar? Cara mia, ni siquiera he empezado. Pero el fin de semana se pasó demasiado rápidamente y en el aeropuerto él la besó tan apasionadamente, que la dejó sin respiración.
-Quédate un día más -le dijo al oído.
La tentación casi pudo con ella, pero se separó de Edward de mala gana.
-No puedo. Tengo que estar en el estudio temprano.
Él asintió con la cabeza y la besó en la frente.
-Estaré en Estados Unidos durante un mes. Pero te llamaré. Muy pronto.
-Hazlo -recogió su bolsa de viaje y comenzó a alejarse.
Mientras la observaba Edward se preguntó si aquello era una de las ironías de la vida, que uno siempre quería lo que no podía tener. Se dio la vuelta y echó a andar, ajeno a las miradas femeninas que lo estudiaban cuando su móvil comenzó a sonar y él lo sacó del bolsillo para contestar a la llamada.
Bella llegó a casa a tiempo de darse un baño antes de irse a la cama. Encendió unas velas y disfrutó de la espuma perfumada de lavanda mientras escuchaba una ópera italiana.
A la mañana siguiente, estaba fresca como una rosa, a pesar de haber dormido poco el fin de semana. Manejó con aplomo a una malhumorada estrella adolescente del pop y entrevistó de manera inteligente al miembro local del Parlamento, preguntándole por qué no se hacía nada para solucionar el problema del tráfico.
Se sentía en una nube, como si no viviera en el mundo real. Pero se recordó que la vida no era tan buena. No podía serlo. Tal vez porque cuando se tenía un amante él dominaba la rutina, haciendo que todo apareciera envuelto en sombras. Especialmente cuando era alguien como Edward.
A lo mejor era porque él vivía lejos, y llevaban una relación excitante y glamurosa. Si hubieran vivido en la misma ciudad habrían caído en la rutina, y ella no se sentiría como flotando en el aire.
Un par de semanas después, Bella miró el calendario que tenía en la cocina y sus ojos se quedaron fijos en él, mirándolo con incredulidad. Llevaba retraso. Mucho.
Se preparó algo de cena con manos temblorosas, y cuando se sirvió el arroz con gambas en un plato decorado con girasoles, lo apartó. Había perdido el apetito.
Ella nunca se retrasaba. Nunca. Tal vez por eso no se había dado cuenta antes, porque daba por sentado que sería puntual. O tal vez porque no había pensado en otra cosa que no fuera Edward...
Pero no podía estar embarazada. Habían usado preservativos y habían tenido cuidado.
Intentó ignorarlo, pero no pudo. Encendió el ordenador y descubrió que había un tres por ciento de posibilidades de que los preservativos hubieran fallado. Se sintió mareada, pero se dijo que las probabilidades aún estaban a su favor.
Los días siguientes fueron una serie de minutos interminables durante los que esperó que algo ocurriera, pero nada pasó.
Edward llamó y ella intentó hablar con normalidad. Verlo era lo último en lo que pensaba. Solamente quería confirmar que sólo era un contratiempo, una pesadilla, y que no estaba embarazada.
Pero era una mujer inteligente que no podía ocultar la verdad. Temiendo las malas lenguas, salió del pueblo y entró en la primera farmacia grande que encontró.
Compró un test de embarazo y al final del día la duda se convirtió en un hecho.
Se miró en el espejo como si esperara ver algún cambio, pero no había ninguno.
Sus mejillas seguían estando sonrosadas, y los ojos brillaban. Tal vez demasiado. ¿No decían que las embarazadas tenían un aspecto muy saludable?
Y ahí estaba ella. Sana y aterrorizada, porque estaba embarazada de Edward Cullen.
Lo siento, lo siento y siento mil veces mas.
Se que les prometí que seria el viernes pero a mi defensa solo les puedo decir que tenia bastante trabajo y la verdad es que se me olvido actualizar.
Espero que les haya gustado y se los prometo que las recompensare.
Besos Ana Lau
