Capítulo 11

Había que organizarlo todo y la boda no podría realizarse hasta un mes después. Por entonces, Bella estaba en el límite de lo que era seguro para volar. Había que obtener una licencia, comprar un vestido y organizar una sencilla recepción.

La elección del vestido de boda estaba limitada por sus dimensiones físicas.

-Estás encantadora -suspiró Alice.

-¡Mentirosa! ¡Parezco una ballena!

-No es verdad, pero si lo fuera, ¿a quién le importa cuando te vas a casar con Edward? ¡Es evidente que él te quiere, tengas el aspecto que tengas!

Bella no quiso desilusionarla. Se había llevado a Alice a Londres y allí había convencido a un joven diseñador de moda de que hiciera magia con su aspecto. El resultado fue un vestido-abrigo de fino cachemir de color marfil, cortado hábilmente para disimular el embarazo. Le habían hecho un sombrero extravagante a juego.

-Eso atraerá las miradas a tu cara -dijo el diseñador-. ¡Y tu cara está resplandeciente con el embarazo!

El conjunto lo completaba un ramo de flores lo suficientemente exquisito y estrafalario como para cubrir todo su vientre. El resultado final era casi una ilusión, le hacía parecer algo que no era... como su propio matrimonio. Pero había accedido y lo haría con todo su corazón.

El día después de aceptar la proposición de Edward había ido al trabajo y lo había anunciado. Desafortunadamente, alguien había avisado a la prensa local. «¡Bella es la niña de los ojos del italiano!», decía el South Hampshire.

-En cierto modo, te admiro -le dijo Clare con cierta envidia-. Bella tampoco se sintió capaz de desilusionarla.

En el último programa, explicó que se iba a casar y que se mudaba a Roma.

-Tenías un aspecto nostálgico cuando lo dijiste, cara -le dijo Edward después de ver el programa-. ¿Era auténtico o estabas actuando?

Entonces, ¿pensaba en ella como en una actriz? Si era así, esa aptitud le resultaría muy útil los próximos meses.

La boda se celebró en Hamble, en el club náutico donde se conocieron. Fue un acto sencillo que celebraron con Alice y Jasper, y Kesi como dama de honor. Rose, la hermana de Edward, también estuvo presente; había dejado a su marido y al bebé en casa. Bella se había sentido muy nerviosa al conocerla. Claro que estaba muy nerviosa con todo, y pensó que su voz sonó extrañamente lejana durante la ceremonia.

Se sentía rara, como si todo le estuviera sucediendo a otra persona. Y aunque su corazón estaba lleno de amor, los votos que intercambiaron parecían no tener ningún significado, porque no lo estaban diciendo de corazón. Desde luego, Edward no.

Era irónico que ella, que se consideraba una mujer moderna, estuviera celebrando un matrimonio de conveniencia a la antigua.

Al terminar Edward la abrazó y le rozó los labios con los suyos en un beso que tampoco significaba nada, pero se lo tuvieron que dar para que los demás pensaran que todo estaba bien.

-Estás muy guapa -murmuró él.

Pero, ¿qué novia podría sentirse guapa en un estado tan avanzado del embarazo?

Rose había abrazado a Bella como si fuera una hermana, y le había pasado la mano por el vientre abultado con un gesto que reflejaba orgullo más que vergüenza.

-Hazle frente -le había dicho cuando una lluvia de pétalos de rosa y arroz había caído sobre sus cabezas-. Siempre ha hecho lo que ha querido, y ya está bien. Te veré en Roma cuando estés instalada, ¿sí?

¿Instalada?

Bella no sabía si se sentiría a gusto, pero cuando llegaron al apartamento de Edward sintió todo lo contrario. Él se giró hacia ella. Sus ojos oscuros brillaban.

-¿Puedo tomarte en brazos para atravesar el umbral, Bella?

-¿Es una costumbre italiana, igual que en Inglaterra? –preguntó entrecortadamente.

Él sonrió.

-Por supuesto. Ven.

La tomó en brazos y entraron en el apartamento.

-Bájame, peso demasiado -protestó.

-No para mí.

No. Era un hombre fuerte y Bella se preguntó si podría escuchar cómo le latía el corazón. Se dio cuenta de que era lo más cerca que habían estado durante mucho tiempo. Edward puso una mano bajo sus rodillas y la otra sobre el vientre, mientras ella se apoyaba contra su pecho. Bella pudo oler el aroma salvaje y masculino y sintió que el cuerpo de Edward se tensaba bajo su peso.

Si hubiera sido un matrimonio de verdad la habría llevado directamente al dormitorio, la habría desnudado y le habría hecho el amor hasta la mañana siguiente.

Pero no lo era, y Edward no lo hizo. La dejó con cuidado en el centro del espacioso salón, como si fuera un objeto delicado y precioso. Bella supuso que era así exactamente como él la veía, ya que llevaba su bebé, y no podía haber nada más valioso para un hombre que tenía todo lo demás.

Las cortinas no estaban echadas y se podía admirar toda la belleza de la Roma nocturna. Pero Bella sólo podía verlo a él. Edward todavía llevaba el elegante traje oscuro que había lucido en la ceremonia, pero ella había insistido en cambiarse de ropa para hacer el viaje a casa.

-Así estoy más cómoda -había explicado como respuesta a su mirada inquisitiva después de aparecer con pantalones y una túnica rosa de seda. Pero era algo más que eso. Pensó que no podría soportar a la gente que la felicitaría y que en el avión no podría comportarse como si realmente fueran una pareja de recién casados.

Edward había entornado los ojos.

-Como quieras, cara -había dicho suavemente-. La comodidad es esencial.

En ese momento ella ya estaba preparada para comenzar su nueva vida, pero ni siquiera sabía cómo iban a dormir.

Él vio el recelo en su rostro. ¿Tenía miedo de que la arrastrara al dormitorio e insistiera en consumar ese extraño matrimonio?

-¿Te gustaría ver tu habitación?

-¡Me encantaría! -contestó Bella alegremente-. ¡Estoy tan cansada, que podría dormir durante un siglo entero!

En cualquier otro momento o situación, Bella habría alabado su cuarto con placer.

Era perfecto, una habitación llena de luz y decorada con tonos cremas y color melocotón. Pero Bella había visto la habitación de Edward. Había compartido su cama, donde esa noche dormiría solo. Le faltó poco para girarse hacia él, ponerle una mano en el brazo y decirle tímidamente que preferiría pasar la noche con él. Pero Edward se había alejado y estaba cerrando las cortinas. En parte, Bella se sintió aliviada, sabiendo que, si hicieran el amor, todo cambiaría, perdería su equilibrio y sería vulnerable.

Edward se giró hacia ella. La luz nocturna que se colaba por las ventanas lo convertía en una figura llena de sombras, como un hombre desconocido en una ciudad desconocida. Y eso, pensó Bella con dolor, era exactamente lo que era.

-Buenas noches, Bella -dijo él suavemente.

-Buenas noches, Edward.

-¿Necesitas algo más?

«Sí».

-No. Gracias.

Bella se quedó de pie hasta que oyó el sonido de la puerta de su dormitorio cerrarse despacio. Fue como una triste señal.

Suspirando mientras miraba su alianza, comenzó a desvestirse.

Pero cuando se despertó por la mañana y abrió las cortinas ahogó un grito de emoción al ver la ciudad, e inmediatamente su humor cambió. Pensó que la vista era como la de una postal. Había mucho por descubrir.

Se duchó, se vistió y entró en la cocina, de la que salía un seductor aroma a café.

Edward estaba exprimiendo naranjas y había una cesta con pan recién horneado en la mesa.

Edward la miró.

-Espero que esto esté bien.

Bella se sentó. De repente se sentía hambrienta.

-Tiene un aspecto estupendo -recordó haber abierto el frigorífico la vez anterior y ver que estaba completamente vacío, excepto, por dos botellas de champán y una lata de caviar. Él la había llevado a una cafetería a desayunar, explicándole que nunca desayunaba-. Entonces, ¿ahora desayunas en casa? -preguntó mientras se servía café.

-Supongo que las cosas tendrán que cambiar a partir de ahora.

Automáticamente Bella se puso una mano en el vientre.

-Bueno, eh... sí -dijo secamente.

Edward se rió.

-En las casas hay comida, así que supongo que tengo que aprender a comprar. Y a cocinar.

Bella también se rió. Edward tenía la expresión de un hombre que acabara de anunciar su intención de atravesar un foso lleno de serpientes.

-Si tú compras, a mí me gustaría cocinar.

-¿Sabes cocinar?

-¡Por supuesto! Me encanta. Si quieres, podría enseñarte. Aunque tal vez no puedas soportar que una mujer te dé órdenes.

-Creo que podría aguantar que tú me dieras órdenes, Bella.

Bella partió un panecillo. Tendría que tener cuidado con lo que decía, porque un comentario tan simple como ese había conseguido que el pulso se le acelerara, como si Edward le hubiera ofrecido la luna y las estrellas.

Él se sentó frente a ella, sintiéndose extrañamente relajado. Le resultaba raro desayunar con una mujer en su casa sin preguntarse cuándo volvería a tener su espacio privado.

-Te he conseguido una cita con un obstetra mañana por la mañana. Es el mejor de la ciudad -Bella supo que a partir de ese momento tendría todo lo mejor, y tenía que empezar a apreciarlo. No debía desesperarse deseando que todo fuera perfecto, porque nada lo era-. Y he pensado que podríamos organizar una pequeña fiesta, de esa manera conocerías a todos a la vez. ¿Qué te parece?

Sería su primera entrada en la vida de Edward, en el círculo de sus amigos elegantes y sofisticados. ¿La aceptarían?

-¿Qué van a pensar?

Edward enarcó las cejas con un gesto insolente.

-Que eres mi mujer y que estamos esperando un bebé. ¿Qué más tienen que pensar?

Tenía razón. Los amigos de Edward habrían asumido que era un matrimonio normal.

Pero, ¿se darían cuenta de que ni siquiera la tocaba?

-Edward.

Él la observó. Tenía el cabello suelto y la luz de la mañana se reflejaba en él. Sus ojos cafés eran brillantes y claros, y tenía las pestañas rizadas, aunque no se había maquillado. Pensó que tenía un aspecto limpio y saludable y, sorprendentemente, estaba increíblemente sexy. Edward no había dormido nada, imaginándola en la cama de la habitación de al lado y preguntándose qué llevaría puesto.

-¿Mmm?

-Me gustaría aprender italiano, por favor. Y tan pronto como sea posible.

Lo dijo con una determinación que a Edward no le sorprendió, pero sí le agradó.

-Todos mis amigos hablan inglés. Y español.

-Sí, me había imaginado que lo hablarían. Pero no quiero ser una de esas mujeres que se mudan a otro país y dejan que su... su... marido hable siempre por ellas –la palabra sonó extraña en sus labios, como si fuera un fraude pronunciarla.

-No puedo imaginar que dejes que alguien hable por ti, Bella. Pero te buscaré un profesor. Será mejor que salir a dar clases, sobre todo en este momento, ¿no crees?

-ella sintió con la cabeza. ¡Qué fácil era hablar y solucionar cosas prácticas! Y qué fácil era ocultar los sentimientos y las emociones para que no los perturbaran-. Me resulta extraño pensar en nuestro bebé hablando -dijo él despacio.

-¿Demasiado... demasiado alejado en el futuro para imaginarlo? -preguntó ella.

-Un poco. Pero estaba pensando que su lengua materna será el inglés, ¿no? –Edward pensó en lo que significaba que ella estuviera allí. O más bien, en cómo habría sido todo si se hubiera quedado en Inglaterra. De repente comprendió parte del sacrificio que Bella había tenido que hacer para ir a Roma, para comenzar de cero en un lugar que era totalmente desconocido-. Tendremos que pensar en decorar una habitación.

-¿Rosa o azul? ¿Qué preferirías, un niño o una niña?

Edward frunció el ceño, como si la pregunta lo hubiera sorprendido.

-No me importa. Sólo hay una cosa que me preocupa.

-Sí -sus miradas se encontraron y ella sonrió-. Que sea un bebé sano. Entonces, ¿Amarillo?

-¿Amarillo? Sí. Giallo -sus labios se curvaron en una sonrisa-. Repítelo.

Bella se sintió algo aturdida.

-Giallo.

-¡Tu primera lección de italiano! -se reclinó indolentemente en la silla, observando los pechos exuberantes de Bella-. ¿Qué te gustaría hacer hoy? ¿Una visita turística por la ciudad?

Lo que Bella quería era normalidad, porque no había tenido mucha últimamente en su vida.

-¿Me enseñarías el barrio? Enséñame dónde están las tiendas, dónde puedo comprar un periódico, ese tipo de cosas. También podríamos, si te parece bien, comprar algo para comer. ¿Hay algo cerca de aquí?

-Está el mercato di Campo di Fiori, donde hay tiendas. Es una buena idea.

Ella dudó. Sabía que era un hombre cuya nevera siempre estaba vacía, que viajaba mucho y que comía en sitios elegantes.

-¿Edward?

-¿Bella? -dijo solemnemente.

-Mira, sé que sueles salir mucho, tal vez cada noche. No debes quedarte por mí.

-¿Me estás diciendo que quieres salir por las noches?

-¿En mi estado? -sacudió la cabeza y se rió.

-Entonces, ¿Quieres que salga sin ti?

-Si quieres. No quiero entorpecer tu estilo de vida. No debes sentirte atado... por el bebé.

Él la miró. ¿Era psicóloga o simplemente sabía cómo manejar a un hombre?

¡Ofreciéndole la libertad había conseguido que ya no la quisiera!

-Ya no soy ningún jovencito. La vida nocturna dejó de atraerme hace mucho tiempo. Me quedaré en casa. Contigo.

-¿No te aburrirás?

-Ya lo veremos -Edward la miró. Se dio cuenta de que admiraba su forma de pensar y su sentido del humor. De repente pensó que el bebé iba a ser muy afortunado al tenerla como madre-. Me alegro de que estés aquí, Bella.

Ella dejó en la mesa la taza de café con manos temblorosas. Edward solamente estaba siendo cortés, y ella debía comportarse de la misma manera. Sonrió.

-Yo también.


Hola chicas espero que les haya gustado el capitulo y tengo una noticia para ustedes que no se si les agrade, pero ahi les va... solo nos quedan tres capitulos mas y el epilogo.

Agradezco de antemano sus rr, comentarios, alertas y favoritos.

Besos Ana Lau