¿Dónde está el teléfono?
-Quinn, por favor, no te lo voy a volver a repetir. Baja a cenar–gritó la señora Fabray.
La adolescente hizo caso omiso a las palabras de su madre y prosiguió leyendo el libro que hacía unos tres días comenzó a leer por aburrimiento. Nada de teléfonos móviles. Nada de conexión a Internet. Nada de revistas. Y, por supuesto, nada de esa estúpida música que solía escuchar.
-Quinn–el señor Fabray golpeó fuertemente la puerta. –Quinn, hija, no hagas enfadar a tu madre.
-¡Que se vaya al cuerno papá!
-Hija, no seas maleducada. Al menos ábreme la puerta.
La chica se quedó pensativa por unos instantes hasta que recapacitó y decidió escuchar aquello que tenía que decirle su padre.
-Pasa–le invitó a la vez que abría la puerta. Perdona el desorden, Shelby no ha podido entrar en toda la semana.
-Quinn, tienes que salir. No puedes quedarte en la habitación encerrada de por vida.
-No pienso salir de aquí.
-¿Por qué hija?–se acomodó en los pies de la cama, junto a la chica.
-Pues porque no me apetece.
-A ver, tienes que comprender que nos molestásemos por cómo te estás comportando últimamente. Esa amiga tuya… ¿Kitty?
-¿Qué pasa ahora con Kit?–alzó la voz mientras se dejaba caer hacia atrás en la cama.
-Hija… no me levantes la voz. Esa amiga tuya, la tal Kit, no es muy buena compañía. Está un poco descentrada y va muy mal en los estudios. Tu madre y yo creemos que es mejor que busques otros amigos.
-Ya, como si eso fuese tan fácil–resopló.
-Lo que quiero decirte es que, desde que has hecho buena amistad con esa chica, no te ha traído nada bueno. ¿No te das cuenta? La escapada, el gasto innecesario de dinero, las salidas, la locura por la chica esa que canta… Sin olvidarme del tabaco, que aunque te escondas sé que lo haces.
-Yo no fumo.
-¿De veras? ¿Y si busco en los bolsillos de tu mochila? Podría hacerlo ahora mismo…-dijo esto último medio incorporándose de la cama.
-¡No!–Quinn evitó que su padre terminase de levantarse propinándole un tirón en el brazo.
-No somos tontos, Quinn. Sólo queremos lo mejor para ti y éste castigo está muy bien merecido.
-Tú, como siempre, apoyando al ogro en sus decisiones.
-¡No llames así a tu madre!
-Mamá seguro que está disfrutando de verme encerrada en casa.
-Ninguno de los dos queremos que lo pases mal, pero tampoco queremos que sigas mintiéndonos. ¿En qué estabas pensando al irte a Nueva York? ¡Sin avisar, Quinn! Escapándote… Dejando a Shelby en un sin vivir. Y no hablemos de tu madre…
-Si ni siquiera se dio cuenta de que me había marchado. ¿Cuánto tiempo tardó? ¿Horas? ¿Días?
-Y para colmo, no se os ocurre otra cosa que aceptar una entrevista para televisión. ¡En qué cabeza cabe hija! Ya que te escapas, sé un poco más inteligente… Aunque he de decir, que me gustó verte al otro lado de las cámaras. Te veías increíblemente guapa.
-Ya… al grano papá.
-Si no es mucha molestia, ¿podrías bajar a cenar? Tu madre se marcha a primera hora de la mañana y quiere despedirse de la familia.
-¿No tiene suficiente con despedirse del gato?
-No tenemos gato–Russell frunció el ceño.
-Era una frase hecha, papá–sonrió y golpeó el hombro de su padre.
-Venga cariño, baja con nosotros. Hazlo por mí.
-Vale, pero una cena rápida y me vuelvo a la cama.
Y en esa misma cama se encontraba un par de horas más tarde. Otra vez abrió el libro por donde lo había dejado y siguió su lectura. En realidad, ese libro podría haberlo devorado en tan solo una noche pero, estaba tan inmersa en sus pensamientos, que cada vez que quería reenganchar la lectura, tenía que comenzar desde el principio. Lo hacía sin darse cuenta. La culpable de todo lo que le estaba pasando era ELLA. Cómo olvidar aquél beso. Cómo olvidar esos días tan maravillosos que había pasado en Nueva York. Cómo olvidarla…
-¿Quinn?
-¡Hey, Kit! ¿Qué tal estás?–preguntó la rubia.
-¿Quinn? ¿Te han devuelto ya el teléfono móvil?
-Sí y no. Sí a lo primero y no a lo segundo–rio.
-¿Entonces…
-Sólo he tenido que llamarme desde el fijo y pude encontrarlo. ¡Gracias a Dios aún le quedaba batería y vibró en uno de los botes de la cocina!
-¡Qué crack tía!–rio ella también.
-Bueno, a lo que iba… ¿novedades?
-¿Novedades? ¡Pero si ya te he contado todo en el insti!
-Cotilleos de los grupos de Facebook, de Twitter… ¡Dime algo, por favor!
-Pues quizá sea mejor que no veas fotos ni nada relacionado con ella.
-¿Por qué? ¿Ha pasado algo?
-Bueno… quizá desde que la vimos ha vuelto con su "novio". Ya sabes, las típicas salidas de compras con el carrito, las típicas salidas a partidos de basket…
-¿Y ahora?
-Pues ahora, sinceramente, no tengo ni puta idea de dónde para. Hace unos días que se rumoreaba que se iba de viaje romántico o algo así… Quizá pronto suba alguna fotografía a Twitter o Instagram.
-Estate atenta a todo lo que pase y me vas haciendo un informe detallado por Whatsapp siempre que puedas. Cuando vuelva a enganchar la línea lo leeré, ¿vale?
-¿Te vas ya?
-No quiero abusar de la confianza. Mejor un poquito al día que nada.
-Vale. Que pases buen fin de semana.
-Lo mismo digo.
-Ciao Quinn.
-Ciao. ¡Ah! ¡Se me olvidaba! Mi madre sale de casa temprano… quizá pueda escaparme mañana un rato y así nos vemos y eso.
-Puedes venir a mi casa, si quieres. Así no corres el riesgo de que nadie te vea.
-¡Me parece perfecto! ¡Gracias Kit! Eres la mejor amiga que uno puede tener.
-Gracias a ti rubita. Un besazo y descansa.
-Besos.
Quinn colgó el aparato y lo dejó sobre la mesita de noche para que se terminase de cargar un poco más. El plan era sencillo: cargarlo de batería y volver a dejarlo en su sitio cuando sus padres se fuesen a dormir.
-¡Quinn! ¡Quinn despierta!
-¿Qué…?–se incorporó rápidamente de la cama debido al susto que se había llevado al escuchar los gritos de su hermano.
-¡Quinn! Mamá ha ido a buscar tu teléfono y no estaba en su sitio…
-¿Qué dices enano?
-Que mamá no encuentra tu teléfono y viene para acá.
-¡¿Qué?! ¡No! ¡No puede pillarme!–agarró a su hermano de los hombros y lo zarandeó.
-Por eso vine. Dámelo.
-No, Sam. No puedes echarte la culpa de algo que yo misma maquiné.
-Tranquila, mientras ella está buscando por tu habitación, porque pensará que lo tienes escondido… yo lo dejo en cualquier otro sitio y le hago creer que se había equivocado de bote al mirar.
-¿Harías eso por mí?
-Claro, por eso vine cuando la escuché gritar.
-Ok, ten. Cuídalo, por favor… Y déjalo en el bote que estaba justo detrás a ver qué pasa…
-¡Suerte hermana!
-¡Gracias enano!–revoloteó el pelo de su hermano y le dejó un beso tierno en la cabeza.
El chico salió corriendo esquivando el trayecto que su madre estaba realizando, en ese momento, para llegar hasta la habitación de Quinn. La rubia, sin embargo, volvió a su posición en la cama y se hizo la dormida.
En unos pocos minutos, Judy ya se situaba tras la puerta. Comenzó abriéndola lentamente para no hacer ruido. Miró a su hija, que estaba completamente dormida, y accedió al cuarto dando pequeños pasos insonoros.
-¿Quién es?–Quinn preguntó disimulando.
-¿Quinn? ¿Estás despierta hija?
-Ahora sí. ¿Qué quieres a estas horas?
-Sólo venía a despedirme de ti.
-¿Para eso me despiertas?
-Hija, de verdad, no se puede ser cariñosa contigo. Ojalá fueses como tu hermano.
-Mi hermano es pequeño para darse cuenta de las cosas. Tiempo al tiempo.
-No lo digas ni en broma.
-Mamá, ¿qué quieres realmente? ¿Se puede saber para qué has venido a mi habitación a estas horas? Tú nunca vienes a despedirte.
-Está bien, tú ganas. ¿Dónde está el teléfono móvil?
-¿El móvil? ¡Lo tienes tú! ¡Me lo quitaste!
-Ha desaparecido. ¿Dónde está?
-Yo no lo tengo, mamá.
-¿Seguro?
-Tan seguro como que estoy despierta.
-Sólo lo volveré a repetir una vez más. ¿Dónde está el teléfono, Quinn?
-Ya te he dicho que no lo tengo.
Judy se acercó rápidamente hacia la cama y pegó un tirón a las sábanas que cubrían a la adolescente. El siguiente paso fue mirar bajo la almohada y por encima de la mesita de noche. El tercer movimiento fue claro: pegó un bofetón a su hija en la cara.
-Pero… ¿Qué haces gilipollas?–se llevó la mano a su rostro malherido y se incorporó.
-Dame el teléfono, Quinn. No te lo voy a volver a repetir. Sé que lo tienes.
-No lo tengo.
-Dámelo o…
-¿O qué? ¿Me vas a volver a golpear? Venga, sigue. Total… no te importo una mierda.
-Esto no tiene nada que ver con quererte o no. Esto trata de tu teléfono desaparecido.
-Pues yo no sé nada sobre eso… Ve a preguntarle a otro.
-Muy bien. Tú lo has querido.
Judy siguió el registro de la habitación. No le faltó cajón en el que mirar, ni armario que abrir. Repasó cada centímetro de aquel lugar tan solo para demostrar que ella era la que tenía la razón. Por último, cogió la mochila de Quinn y tiró sobre el suelo todo lo que llevaba en su interior.
-¡BASTA! ¡Le diré a papá lo que estás haciendo! ¡Todo esto es muy injusto!
-Papá no se despertará, si no ya habría venido a defender a su cachorrito indefenso.
-Él al menos me quiere.
-Él te quiere demasiado. Toda la culpa de esto la tiene él por haberte mimado.
La señora Fabray seguía buscando entre los objetos personales de su hija hasta que se cansó.
-Muy bien, ya te has reído lo suficiente de mí. Dame el puto teléfono.
-Ya te dije que NO-LO-TEN-GO–gritó la chica acentuando cada sílaba de las palabras que decía.–¡VETE! ¡No quiero verte!–se acercó a la puerta para obligar a su madre a abandonar el lugar.
-Ésta es mi casa y hago lo que me da la gana. ¿ME OYES? Si me da la gana puedo romper esto…
Judy se acercó llena de ira hacia la pared de la habitación y comenzó a arrancar un poster que su hija tenía de Rachel Berry.
-Y esto otro…
Repitió el acto para arrancar los tres o cuatro que le precedían al anterior.
-Y todo esto…
Tiró por el suelo todo lo que veía a su paso.
-¡PARA! ¡ESTÁS COMPLETAMENTE LOCA! ¡PAPÁÁÁÁ!
-No seas cobarde. Sé una mujer y enfréntate a mí; no te refugies en tu padre.
-No tengo nada que hablar contigo. ¡Papá, por favor! ¡Ven!
Una luz se prendió en el pasillo y San comenzó a correr en busca de su hermana.
-¿Qué pasa Quinn?
-¡Sam! ¡Vete! ¡No entres!–espetó rompiendo a llorar.
-No Quinn, dime qué pasa… ¿Por qué está mamá rompiendo todas tus cosas?
-Está completamente loca… Avisa a papá, por favor.
-Voy.
El niño salía en dirección a la habitación de sus padres gritando para que Russell pudiese escucharlo mucho antes de llegar, pero no surgió ningún efecto pues el señor Fabray acostumbraba a dormir con unos tapones para poder descansar mejor.
-¡Papá! ¡Papá, por favor!
-¿Qué pasa hijo?
-¡Es mamá! ¡Está completamente loca!
-¿Qué dices? Tu madre estará a punto de marcharse…
-No, mamá está en la habitación de la hermana rompiendo toooodas sus cosas y gritando como una loca.
-¿QUÉ?
No le faltó tiempo al señor Fabray para incorporarse y salir corriendo hacia la habitación de su hija. Una vez recorrido el pasillo a gran velocidad, pudo comprobar que todo lo que había dicho su hijo era verdad.
-Pero… ¿Qué está pasando aquí? ¡Judy! ¿Te has vuelto loca?
Quinn se abrazó a su padre rápidamente y Judy solo pudo volverse hacia ellos para llorar.
-¿Por qué haces todo esto? ¿Qué coño te pasa?
-La culpa es de ella–señalaba a Quinn mientras lloraba desconsolada.
-¿Mia? ¡Has sido tú la que has entrado a mi cuarto armando este escándalo!–se soltaba de su padre para señalar con el dedo a su madre de forma amenazadora.
-¡Mentira! Comenzaste tú llevándote el teléfono móvil y sabes que estás castigada.
-Venga… sé valiente y dile a papá todo lo que me has dicho antes… Venga… ¿Ahora qué? ¿Quién es la cobarde?
El señor Fabray que no daba crédito a lo que estaba viviendo decidió intervenir en la discusión.
-Vale ya. Y lo digo por las dos, ¿de acuerdo?
Ambas asintieron. Quinn con mucha más gana que Judy, por supuesto.
-Quinn, si es verdad que tienes ese teléfono te ruego que lo devuelvas. Como bien dice tu madre, sabes que estás castigada…
-No lo tengo papá, te lo juro. Además, ella ya se ha encargado de buscar en cada rincón de esta habitación.
-¿Es eso cierto Judy?
-Sí.
-¿Entonces? ¿Por qué le echas la culpa a la niña? ¡Igual se te ha olvidado dónde lo has escondido!
-Esas cosas no se olvidan, Russell…
-Ejem…-Sam interrumpía a su manera con el teléfono de su hermana en la mano.
-¿Qué pasa hijo?
-El teléfono de Quinn está aquí. Siempre ha estado en el lugar donde estaba escondido mamá; se ve que no has mirado bien al buscarlo.
La mirada matadora, que la señora Fabray clavó sobre su hijo, habló por si sola.
-Judy, ya has escuchado al niño. El teléfono estaba en su sitio en todo momento.
-¡Mentira! ¡Lo ha colocado ella mientras yo buscaba y…!
-¿Yooo? Pero cómo voy a poner el teléfono en su sitio si estaba aquí discutiendo contigo y, por cierto papá, que sepas que me ha abofeteado la cara.
-¡Judy!
-Russell… No todo es como parece…
-Judy, por favor… Vete y deja a la niña en paz. Por favor, te lo suplico.
-Tú siempre sobreprotegiéndola.
-No, será mejor que cojas tus cosas y te marches ya. Se te va a hacer tarde y perderás el vuelo.
-Está bien.
La señora Fabray abandonaba la habitación cabizbaja, secando las últimas lágrimas del llanto que ya cesaba con los pasos. Al otro lado de la puerta, el señor Fabray abrazaba a sus hijos, protegiéndolos, aunque fuese por unos segundos, entre sus brazos.
Gracias por seguir leyendo. Perdón por la demora...
Feliz fin de semana!
