Impedimentos

Al día siguiente de marchase la señora Fabray, Quinn se había levantado un poco más contenta que de costumbre. El motivo de aquella felicidad podría ser un nuevo infierno en casa si sus padres la descubrieran, pero ésta vez pudo aprovecharse del hecho de que su madre no se encontraba allí por unos días.

-Papá, buenos días –saludaba al señor Fabray mientras se servía un vaso de zumo.

-¿Qué tal has dormido, hija? ¿Has podido descansar? –Russell levantaba la vista del periódico para interesarse por su pequeña.

-Bueno, podría haber dormido mejor…

-Lo siento, sabes que tu madre se pone muy alterada cuando no controla las cosas.

-Está loca, que no es lo mismo. ¿Habías pensado en llevarla a un psicólogo?

-Hija… no empieces otra vez con el tema…

-Está bien, no volveré a sacar el tema. ¿Dónde está Shelby?

-Ha salido a hacer unas compras que hacían falta.

-¿Y cuándo volverá?

-¿Por qué tantas preguntas sobre Shelby? ¿Ocurre algo?

-No… Nada… Es que me prometió que me llevaría a casa de una compañera para hacer un trabajo.

-¿A casa de Kitty? –frunció el ceño preocupado.

-No, voy a casa de Mercedes Jones. Es una compañera de las clases de español.

-Si quieres te acerco yo; igual me pilla de camino… ¿Dónde vive esa tal Jones?

-Vive justo al otro lado de la ciudad, en la parte Oeste. De todas formas no hace falta, puedo ir caminando o en autobús.

-Si Shelby no llega a tiempo, te llevaré yo y así conozco a esa muchacha.

Unos instantes más tarde, el timbre de la puerta comenzó a sonar. Ambos seguían inmersos en sus desayunos, tanto que no volvieron a cruzar una palabra. El inesperado sonido de la puerta los hizo volver a la realidad.

-Sam, ¿puedes abrir? –gritó Russell.

-Ya voy yo, papá.

Quinn se acercaba hacia la puerta con rapidez, pues el timbre no dejaba de sonar una y otra vez. Al parecer, la otra persona que estaba tras la puerta se sentía impaciente.

-¿Mercedes? –se extrañó al abrir la puerta.

-¡Quinn! ¿Todavía estás así? –preguntó al comprobar que la chica aún se encontraba desayunando.-No vamos a llegar a tiempo.

-Shhh, no lo digas muy alto. Se supone que tú y yo vamos a hacer un trabajo de español.

-¿Qué? Pero si ni siquiera nos mandan trabajos para esa asignatura.

Quinn cogió a su compañera por el brazo y la invitó a pasar, arrinconándola en una esquina del salón.

-Ni se te ocurra mencionar nada que esté fuera del plan, ¿entendido? Si mi padre se entera, no hay escapada y, por lo tanto, no hay firma. ¿Ok?

-Vale, vale… tranquila hermana.

-¡Quinn! ¿Quién es? –gritó su padre desde la cocina.

-Papá, es Mercedes. Ha venido a buscarme.

-Dile que venga, quiero conocerla.

Quinn lanzó una mirada casi matadora a la chica para que entendiese que tenía que actuar con total discreción y así lo hizo mientras ambas caminaban hacia la cocina.

-Hola señor Fabray. Es un placer conocerle.

-El placer es mío –se levantó y tendió la mano a la chica. –Puedes llamarme Russell.

-Está bien, como usted quiera.

-¡Por favor! No me trate de usted que me hace mucho más viejo de lo que soy –rio simpático.

-Bueno, papá. Nos tenemos que ir; su padre nos está esperando en el coche.

-Bueno, no os entretengo más. Mercedes, dile a tu padre que estaré encantado de conocerle en otro momento. Y discúlpame por no invitarle en este momento, pero yo también tengo que salir.

-No se preocupe señor Fabray, digo Russell, le diré que tienen que quedar en otro momento para conocerse.

-Muy bien chica, buen trabajo y olé –Russell hizo un gesto con sus brazos intentando imitar un paso flamenco pero que tan sólo se quedó en eso, un gracioso gesto.

-Papá, por favor…

Quinn agarró a Mercedes del brazo y la acompañó nuevamente hasta la puerta. Cogió su bolso, que tenía preparado sobre el sofá, y miró en el interior.

-Bien, está todo listo.

-¿Y el regalo?

-¡Se me olvidó por completo!

-Kitty nos va a matar…

-Yo creo que a Kitty le va a dar un poco igual. Vámonos antes de que sea más tarde. Adiós papá –gritó desde la puerta para después cerrarla.

Las chicas comenzaron a correr hacia el coche donde estaba esperando el padre de Mercedes. Él sería quien las llevaría hasta la casa de Kitty, que ya esperaba impaciente en el porche de la misma.

-¡Chicas! ¡Por fin! ¡Creí que no llegabais nunca! –Kitty saludaba a las chicas con su ya acostumbrado carácter dramático.

-¡Kit, no ha sido para tanto…! –Quinn le quitaba el dramatismo a la escena en tan solo unos segundos.

-Mi padre dice que nos acerca hasta la estación, ¿qué os parece?

-De puta madre Mercedes -espetó Kitty a la vez que Quinn asentía con su cabeza.

-Perfecto, nos espera.

Quinn y Mercedes se subieron nuevamente al coche. Kitty, un tanto rezagada, miraba en su bolso una y otra vez.

-¿Qué pasa Kit? –gritó Quinn desde la ventanilla trasera del coche.

-Creo que me dejo el CD… ¡Dónde coño lo habré puesto! –dijo esto último para sí misma mientras seguía revolviendo todo lo que llevaba en el interior del bolso.

-Kit, no te preocupes. Te compraré uno al llegar. ¡VAMOS!

-En ese caso…

Kitty salía disparada hacia el coche y entró en él por la parte trasera opuesta a la que ya ocupaba Quinn. Las tres chicas se miraban nerviosas por el momento que iban a vivir horas más tarde.

-Kit, ¿has hablado con Ryder?

-Por supuesto, me dijo que estuviésemos allí lo antes posible. Si no, va a ser un caos para poder verla.

-Mercedes, tú has dicho que habías quedado allí con alguien, ¿no? –volvía a cuestionar Quinn, pero ésta vez a su otra amiga.

-Sí, he quedado con una pareja de chicos que conocí por el foro. Son muy majos, ya lo veréis.

-¿De dónde son? –se interesaba Kitty.

-Ellos son de Nueva York.

-¿Y vienen a esta firma?-preguntó Quinn.

-Por lo visto la están siguiendo por todos los estados que les quedan cercanos.

-Mercedes, ya hemos llegado –interrumpió el padre de la muchacha. -Tened mucho cuidado y si a la vuelta no encontráis autobuses, me llamáis y voy a buscaros, ¿vale?

-Gracias papá –agradeció Mercedes besando a su padre en la mejilla.

-Gracias Peter –Kitty se sumaba al beso acercándose como podía por la parte central que quedaba libre entre los asientos delanteros.

Quinn, que ya había salido del vehículo, sonrió más tímidamente y se acercó a la ventanilla donde se encontraba situado el padre de Mercedes.

-Gracias señor Jones.

-No hay de qué muchachas. ¡Ahora corred o se os hará tarde!

Las tres se miraron y fue Quinn quien tuvo el reflejo de mirar su reloj. Marcaba exactamente las 11:53 horas de la mañana y debían darse prisa si no querían perder el autobús de las 12:00.

-Chicas, vamos.

Quinn no pudo contenerse y comenzó a caminar en dirección a la taquilla donde tenían que comprar los billetes del autobús. Primer impedimento de la mañana: demasiada cola para comprar billetes.

-¡Joder chicas! ¡Lo sabía! Es sábado y mucha gente coge éste autobús para ir al centro comercial –Kitty se tornaba nuevamente dramática.

-Tranquilicémonos, por favor. Mercedes, ponte en la cola. Kitty, acompáñala.

-¿Y tú qué vas a hacer? –preguntó la otra rubia muy interesada.

-Voy a intentar sacar los tickets por Internet. Si me aceptan la tarjeta de crédito podemos pasar por la caja rápida y ya está.

-Buena idea hermana.

Quinn no podía cargar la página de la compañía debido a su mala señal de Internet, así que se arrimó al puesto de información y allí se posó durante unos minutos para comprobar si había alguna señal Wi-fi. Había, pero estaba restringida; un nuevo impedimento que sumar a la lista.

-Por favor, ¿podrían facilitarme la clave de acceso a la red Wi-fi? –preguntó a una chica del puesto de información.

-Lo siento, chica. No te podemos facilitar esos datos porque es una red privada de la estación de autobuses. Quizá en la cafetería tengas más suerte; allí hay Wi-fi gratis –sonrió la chica muy amable.

-Gracias.

Quinn se movía en dirección a la cafetería y su amiga Kitty se percataba de ello. Con gestos intentaron intercambiar palabras que no llegaban a ninguna parte. Solución: Mandarse mensajes textuales por el teléfono.

-Quinn, no nos va a dar tiempo. ¡Mira la cola! -Kitty.

-Tranquilas, voy a la cafetería a coger el Wi-fi –Quinn.

-¡Qué dices! ¡Nos vamos a quedar tiradas! –Kitty.

-Por favor, Kitty, TRANQUILIZATE. Tengo que mirar aquí el Wi-fi. Si no, tendremos que aguantarnos y coger el siguiente autobús.

Y una vez llegada a la cafetería lo consiguió. Allí la señal de red estaba totalmente liberada para que cualquiera pudiese acceder a ella.

-Está bien… ya la tengo registrada… Y ahora…

Solo le faltaba lo más importante: insertar el número de la tarjeta de crédito para realizar la compra. Una vez insertado, le dio a validar.

-¡Mierda!

Al parecer, Judy le había jugado una mala pasada y había anulado dicha tarjeta de crédito.

-¡Me cago en mi madre!

Quinn volvía hacia la cola de la taquilla con sus amigas, a la vez que veía cómo el autobús que tenían que coger hacía su salida de forma inmediata. Conforme el vehículo se iba alejando, más cara de póker se les quedaba a las chicas.

-Lo siento, el ogro me ha cancelado las tarjetas de crédito.

-¡Será… puta! –soltó Kitty sin más. -Y ahí se va nuestro transporte hacia Rachel Berry.

-No pasa nada, cogeremos el siguiente. Ya lo veréis.

-Eso Kit, no pasa nada. Mercedes tiene razón; podemos coger el siguiente.

-¡Pero he quedado con Ryder a las 13:30! ¡Es imposible que lleguemos a tiempo! –se alteraba nuevamente y comenzaba a llorar.

-Por Dios, no armes un escándalo aquí Kitty. Vamos a hacer una cosa: ten mi teléfono, ve a hablar con él y dile que llegamos un poco más tarde de lo previsto, ¿vale?

-No te pongas así hermana y haz lo que te dice Quinn. Sólo tendrás que cambiar la hora y listo.

-Ok.

Kitty cogía el teléfono móvil de Quinn, tal y como las chicas le habían indicado. Sacó también el suyo para comprobar el número de teléfono y marcarlo bien en el dispositivo de su amiga.

-Vamos Ryder, cógemelo.

Pero el teléfono seguía sonando y nadie parecía cogerlo al otro lado. Unos pitidos advirtieron a la chica que se había colgado la llamada y lo volvió a intentar nuevamente.

-Venga Ryder…

Un pitido… Dos… Y así hasta que nuevamente se volvió a colgar la llamada de forma automática.

-Nada, no lo coge –comentó a sus amigas.

-Tranquila, todo va a salir bien.

Quinn se acercó hacia su amiga y la sujetó por los hombros; sabía que se encontraba totalmente nerviosa por lo que Ryder les había prometido, pero tenían que calmarse. De hecho, las tres deberían hacerlo si querían terminar bien el día.

-¿Qué desea? –el muchacho de la taquilla preguntó a Mercedes que ya había llegado hasta ella.

-Tres billetes para Columbus, por favor.

-Serán 49.64$

-Aquí tiene.

Mercedes recogía los billetes y repartía a sus compañeras de viaje los suyos. En ese instante, el teléfono de Quinn comenzó a sonar.

-No conozco éste número… -frunció el ceño mientras miraba la pantalla de su teléfono.

-Quizá sea Ryder… Déjame ver –Kitty le quitaba el dispositivo de las manos. –¡Es él! ¡Es él!

-Contesta, ¿a qué esperas? –tuvo que ser Mercedes la que reaccionase.

Kitty se alejó un poco de sus amigas y contestó la llamada.

-¿Sí?

-Perdone, tengo un par de llamadas desde éste número de teléfono. ¿Con quién estoy hablando?

-Ryder, soy Kitty. La chica de los Mtv, ¿te acuerdas?

-Sí, claro. ¡Cómo olvidarme! Precisamente estaba esperando tu llamada… ¿Por qué me llamas desde éste número? No lo tengo apuntado… ¿Es uno nuevo?

-No, no… Tan sólo es el número de Quinn, mi amiga. La rubia, ¿la recuerdas?

-Sí, claro. A ella también la recuerdo.

-Pues me prestó su teléfono porque yo no tenía saldo suficiente para llamarte.

-No te preocupes, para la próxima te llamo yo. ¿Y bien? ¿Estáis ya en Columbus?

-Ehhh… De eso quería hablarte…

-¿Ha pasado algo? ¿No venís?

-No, sí que vamos, pero hemos tenido un percance.

-¿Estáis bien?

-Sí, si… estamos bien. El caso es que hemos perdido el autobús y tenemos que esperar al siguiente. Vamos a llegar un poco más tarde de lo estipulado.

-Ah, vale. No hay problema. Me voy a preparar todo y os espero para comer.

-No, no… puedes comer si quieres… Quizá sea muy tarde cuando lleguemos.

-No me importará, de verdad. Quedamos en eso; cuando lleguéis me mandáis un mensaje y yo os llamo. ¿Ok?

-Gracias Ryder.

-Gracias a ti guapa.

Kitty cortaba la comunicación con el chico y volvía junto a sus amigas que, impacientemente, ya esperaban una respuesta.

-Ryder nos espera para comer, tranquilas.

-Ufff, ¡menos mal!

-Lo que no sé es si podrá colarnos dentro…

-Bueno, no pasa nada por intentarlo, ¿no? –Mercedes insistía.

-Cierto.

-¿Qué pensáis decirle cuando la veáis? –Kitty realizaba la pregunta clave que dejaría ausente a Quinn por unos instantes.

-No sé… yo es la primera vez que la veo en persona. Supongo que pediré que me firme y me quedaré asombrada, sin decir nada.

-¡Bah! Tampoco es para tanto Mercedes… ¿verdad Quinn?

-¿Qué?

-Que la diva es muy simpática y que seguro que Mercedes va a poder hablar con ella, ¿verdad?

-Sí, sí, claro… Ella es muy abierta y esas cosas…

De repente, se hizo un incómodo silencio que sólo Kitty podía volver a romper.

-¿Y tú Quinn? ¿Qué piensas decirle a Rachel cuando la veas?

Kitty hacía la pregunta clave que Quinn todavía no había podido contestarse ni siquiera a sí misma. ¿Qué le diría a Rachel cuando la volviese a ver? ¿La recordaría? ¿Cómo actuaría? Ni siquiera sabía qué iba a decirle, para qué pensar en cómo iba a comportarse…O eso es lo que Quinn creía hasta ese mismo instante.