Holaaaa! Vengo a colgar el cuarto capítulo de este fic. Es momento para los chicos Winchester de comenzar la investigación en serio, aunque nadie ha dicho que eso sea fácil. Veamos cómo les va…

Y gracias a todos los que han dejado review! Gracias a ustedes, este capi ha brotado más rápido de mi cabeza. Los espero con ansias…

CAPÍTULO 4. SECRETOS Y MENTIRAS

El día amaneció gris y sombrío. Los chicos Winchester durmieron hasta bastante entrada la mañana. Dean había tenido gran dificultad para conciliar el sueño, había estado revolviéndose en su cama hasta muy tarde, pero teniendo cuidado de no despertar a Sam. Seguía inquieto, molesto y sobre todo seguía enojado consigo mismo y seguía culpándose. Se culpaba de haber sido tan débil, tan flojo. Si él hubiera podido resistir las torturas de Alastair, nada de lo que estaba sucediendo ahora hubiera ocurrido. Pero tuvo que ceder. No pudo soportarlo. No pudo ser tan fuerte como su padre. Y jamás lo sería. Ya se lo había dicho John: él estaba arruinado. Arruinado por haber conocido el amor de una madre, por haber conocido la "normalidad" de un hogar. Sam no. Sam era duro. Era capaz de resistir lo irresistible. Con esos pensamientos se fue quedando dormido cuando casi amanecía.

Sam, por su parte, se había quedado despierto oyendo como su hermano se revolvía en su cama. Simulaba dormir. Pero no lo hacía. No podía hacerlo sabiendo que Dean estaba sufriendo. Porque Sam no necesitaba de las palabras para saber lo que le ocurría a su hermano. Lo sabía. Sabía que se culpaba de todo lo sucedido. Se sentía responsable. Siempre se había sentido así. Y con razón. Desde que lo había sacado del incendio, cargándolo, había sido responsable de todo lo que le ocurría a él. Más que su padre. Más que cualquier otra persona. Y era demasiado. Dean estaba llegando a su propio límite. Estaba agotado y vencido. Sam deseaba con todo su corazón aliviarle la carga. Pero no se imaginaba cómo hacerlo ni por dónde empezar. El mayor de los Winchester ni siquiera permitía que su hermano expusiera sus sentimientos ante él. Dean podía ser tan cabezota…

- ¡Hey, buenos días, dormilón!- saludó Sam con una sonrisa afable.

Por toda respuesta obtuvo un gruñido ininteligible del mayor que arrastrando los pies se dirigió hacia la ducha.

Finalmente, cerca del mediodía ambos estuvieron listos y fuera de la habitación de motel. La llovizna se había vuelto insistente y molesta. No hacía frío pero la gente se había refugiado en sus casas. Iba a ser difícil localizar a los familiares de las víctimas, al menos por ahora. Mientras esperaban que el tiempo mejorase, optaron por refugiarse en la biblioteca, en donde comenzaron a buscar pistas sobre cualquier muerte dudosa, sospechosa o rara de los últimos cincuenta años. Como siempre sucedía, Sam se concentró en la búsqueda mientras Dean trataba de evitar morir de aburrimiento molestando a su hermano. Cuando no lo logró, optó por salir de allí. Afuera el tiempo había mejorado, así que Dean comenzó a caminar sin rumbo fijo, hasta que llegó a un pequeño negocio situado cerca de la iglesia en donde había ocurrido la muerte cuestionada. Pocos metros más allá de la puerta del templo, una joven menuda, simpática y agradable ofrecía cactus en venta a los interesados. No parecía tener muchos compradores, ya que en una zona desértica como esa, cada persona podía tener cientos de esas plantas en su patio y sin proponérselo. Así que haciendo una mueca de disgusto –a Dean no parecía simpatizarle ese tipo de planta- se acercó a la joven y trató de entablar conversación.

- Hola, estoy buscando algún cactus para poner en mi casa, ¿Me dices qué puedo comprar?

- Pues depende de lo que quieras expresar con la planta. Cada una de ellas se adecua a una personalidad, a un modo de ser y a un estilo de vida. Debes elegirla de acuerdo a lo que sientes. Anda tócalas, siéntelas, luego verás que te será muy simple elegir.- dijo la joven con fuerte convicción en sus palabras.

Dean dudó de todas y cada una de las palabras de la joven. No creía que esas plantas pudieran tener algún tipo de estética y además creía que era imposible tocarlas sin pincharse. Pero consideró que la investigación ameritaba que él pusiera un poco más de voluntad y simulara con más entusiasmo estar interesado en la compra de la mercadería que la chica ofrecía. Al menos hasta lograr obtener la información que buscaba. Con cautela, comenzó la exploración táctil mientras lanzaba su primera pregunta.

- ¿Pasas muchas horas al día por aquí?

- Pues, sí. En realidad paso casi todo el día. Vengo al amanecer, busco las plantas e instalo el puesto. A la noche hago el proceso inverso- dijo pensativa la vendedora.

- ¿Buscas las plantas? ¿No son tuyas, acaso?- indagó Dean.

Oh, claro que son mías. Pero no voy a ir y venir con las plantas todos los días. Así que el padrecito me permite guardarlas en el patio exterior de la sacristía.

¡Perfecto! Había sido tan fácil como quitarle un dulce a un bebé. Ahora sólo tenía que profundizar su indagatoria. Dean estaba tan concentrado en lo que trataba de hacer que no advirtió el momento exacto en que se clavó profundamente una espina.

- ¡Auch! ¡Mierda! ¡Mierda! –lanzó el cazador.

- Déjame ver. No te toques- lo amonestó la chica. –No es nada, es sólo un pinchazo, pero te va a arder porque es una especie que tiene un elemento urticante en la punta. Imagínate, se estaba defendiendo de ti. ¡Pobrecita! No va a hacerte nada, es inofensivo.-soltó la chica hablándole a la planta como si ésta pudiera comprenderla.

- ¿Pero qué….? –soltó Dean enfurecido, pero se contuvo inmediatamente. Recordó cuál era su objetivo y fue a por él. -¿Tienes algún antiséptico?

- Claro, claro.- fue la servicial respuesta.

Mientras la chica se ponía a curar la herida del cazador, éste se lanzó al ataque.

- ¿Te has enterado de lo que ha sucedido con esa mujer hace unos días atrás?

Nada. Silencio absoluto. La joven pareció concentrarse aún más en la curación de la herida. Dean volvió a la carga.

- ¿Pobre chica, no? Dicen que era muy joven pero que tenía dos hijitos que han quedado huérfanos… ¡Auch!- la presión en su dedo lo hizo quejarse. Bien, está cediendo. Sigue presionando, tigre. -¿Cómo puedes simular que no sabes nada? Vienes temprano a buscar tus plantas, seguramente has visto algo- la miró directamente a los ojos.

Finalmente, la chica se quebró. Su resistencia cedió y miró a Dean con los ojos llenos de lágrimas pero con un gesto de odio y severidad en su rostro.

- Yo la encontré. Yo fui quien halló su cabeza a metros de la puerta de la sacristía. Y era mi amiga, nos criamos juntas, crecimos en este pueblo.

- Lo-lo siento –se disculpó el rubio, dándose cuenta de que quizás había presionado demasiado a esa pobre vendedora.

- Está bien, no me importa hablar. Es sólo que no quiero recordar…ese padrecito, yo sabía que el padrecito que estaba dando misa a la noche no podía traer nada bueno.

En ese momento, llegó un hombre que pisaba los cincuenta y hablando rápidamente con la joven, le indicó que regresara a su casa.

- ¿Se le ofrece algo más, señor? –preguntó el recién llegado con cara de pocos amigos.

- No, está bien. Me llevo éste. –respondió Dean casi sin pensar.

Y en pocos segundos Dean Winchester se había transformado en el orgulloso propietario de un cactus del desierto de México.

Todavía estaba protestando por la estupidez que había cometido cuando llegó Sam. ¡Había pagado cincuenta dólares por una planta que lo había pinchado!

- ¿Qué haces con ese cactus, Dean? –preguntó divertido el menor.

- Cierra el pico, Sam. –explotó el mayor observándolo con mirada de furia.

- Bueno, ¿Me vas a decir qué has estado haciendo o tengo que imaginar que has estado tratando de conquistar a una linda pollita?- inquirió Sam.

- Primero tú, Sherlock.

- Ah, sí. He estado siguiendo los registros de las muertes en el condado. No hay nada extraño en los anteriores quince años. Pero en 1995 hubo una serie de muertes que nunca fueron resueltas. Hubo decapitaciones, muertes por ahogamiento y por incendios inexplicados. Estuve revisando los archivos de papá, porque pensé en actividad demoníaca, tal vez el mismo Azazel, pero no hay nada de eso. Todo parece absolutamente normal. Otra tanda de muertes extrañas se produjo en los años sesenta, tampoco se halló ninguna explicación para ellas y los casos permanecieron abiertos. En los años treinta hubo una matanza terrible, murieron más de veinte personas decapitadas. Nunca se halló al culpable. Y los registros anteriores, fueron destruidos en un incendio que hubo en 1914, así que no podemos saber si el patrón se repitió antes de ese año. Lo siento. Eso es todo lo que pude averiguar.

- Bueno, supongo que se te acabaron los recursos, niño estudioso. Afortunadamente tu hermano tiene recursos impensados…

¿Como comprar un cactus? –le preguntó Sam sin poder evitar el tono de burla en su voz.

- Basta ya, Sam. O te juro que voy a hacértelo pagar. Lo que te digo es que he logrado que la vendedora me cuente algo de lo sucedido. Anda, vamos a almorzar y te contaré lo que me dijo. Creo que hay algunas pistas interesantes que podemos seguir. ¡Me muero de hambre!

Y en silencio, ambos hermanos se dirigieron hacia el restaurante, decididos a encontrar la pista que los llevara a resolver el misterio que encerraba ese pueblo.