Chicas! Muchas gracias por todos sus lindos reviews… Les debo confesar que este capi me ha costado bastante pero finalmente aquí está. Ojalá les guste… Y gracias otra vez Yohko Bennington, Naimzempo, sammynanci, hpalita, 3R y a todos los que leen sin dejar review…. (emoticono carita triste….) Espero sus comentarios para seguir adelante.

Y en cuanto a cómo sigue el fic, aquí algunos spoilers… Hay más hurt Sam, también hurt Dean… y el monstruo que cazan les va a dar problemas… Jajajaajajaa ¿Cuándo las cosas les son fáciles a los Winchis?


CAPÍTULO 5.

ENFRENTANDO AL MAL.

- Lo que tenemos hasta ahora es bien poco, pero supongo que deberemos conformarnos con eso- comentó Sam meditabundo.

- A ver, sabemos que hay muertes sospechosas en el pueblo, hemos oído nosotros mismos ruido de cadenas arrastrándose, cosa que sólo puede significar un alma en pena, -recuerda que papá así lo explica en su diario- la florista ha confesado que ha visto a un extraño cura dando misa a una hora inusual, y por supuesto contamos con la valiosa investigación arqueológica que has hecho en la biblioteca- Dean no pudo evitar el tono irónico en su voz.

- Puedes burlarte todo lo que desees, Dean, pero reconoce que mi investigación nos ha aportado datos importantes. Recuerda que hemos sabido que no es la primera vez que ocurren en este pueblo estas muertes tan extrañas. Y si no fuera por ese incendio ocurrido hace unos años, podría jurar que hubiéramos hallado más archivos dando cuenta de más muertes anteriores a 1914. Y eso nos está hablando, Dean: nos están diciendo que aquí hay un patrón que se repite, las muertes las causa un ente enojado o algo parecido y lo hace en forma cíclica. Exactamente cada treinta y cinco años, ataca.

- ¿Y cómo sabes eso, genio? Nunca hablaste de años con exactitud…

- Lo siento, hermano. ¿No te dije que los ataques se produjeron en 1995, en 1960, en 1935 y que el incendio fue en 1914?

- Me dijiste lo del incendio, idiota. Pero nunca aclaraste lo de los años. Estás perdiendo tus habilidades, Sherlock -soltó Dean con una risita.

- Bueno, creo que ahora es más que obvio que estamos frente a un mismo ente. Sólo debemos averiguar de qué se trata. Hasta ahora he logrado hallar algunas leyendas del período hispánico que podrían explicar lo que está sucediendo. Me pongo a trabajar de nuevo.

- Bien, tú investiga, sabueso. Yo voy a ver televisión. Están dando el show de Oprah…

Sam rodó los ojos con resignación. Su hermano sería siempre así. Unos minutos después Dean Winchester roncaba suave y pacíficamente. Hacía días que no descansaba bien, así que Sam siguió usando su portátil sin hacer ningún ruido hasta que un sonido proveniente del exterior lo obligó a abandonar su trabajo. Se dirigió en silencio hacia la ventana y sin perder un instante ni dudarlo, tomó el cuchillo mata demonios de Ruby y salió en pos de lo que había atraído su atención unos instantes antes.

El silencio fue lo que lo despertó. Llevaba años compartiendo habitación con su hermano pequeño, así que la respiración de éste era una especie de sonido de fondo que sólo su subconsciente podía detectar. Al no oírlo, su modo hermano mayor preocupado se activó. Algo sucedía con su hermano. Primero lo buscó fuera del alojamiento, ya que pensó que había salido a comprar alguna bebida o comida. No lo halló. Y en la habitación no faltaba nada. Un momento… si, ahora lo veía claramente: faltaba el cuchillo de Ruby. Mierda. Sammy. ¿Dónde te has metido?

Intensificó entonces la búsqueda. Peinó todo el pueblo rápida y eficientemente. Nada. Absolutamente nada. A Sam parecía habérselo tragado la tierra. Todos sus temores recrudecieron violentamente. Recordó, en una especie de película mental, imágenes de su hermano. Sam pequeño. Sam perdido. Sam herido. Sam adicto a la sangre de demonio. Sam. Sam. Sam. Un nombre que se repetía sin cesar, haciendo eco en su cabeza. La angustia crecía sin par en su pecho. Tomó el teléfono. Había una sola persona en todo el mundo que podía ayudarlo y comprenderlo.

- Hey, Bobby. Sam se ha ido. Ha tomado el cuchillo de Ruby y ha desaparecido.

- ¿Cómo que ha desaparecido? ¿Ustedes dos han tenido otra discusión? Dean, te dije que fueras diplomático con el chico…

- No, no, Bobby. Te juro que no ha sucedido nada entre nosotros. Sólo me dormí un rato y el mocoso ha desaparecido. Sin más.

- Está bien, Dean. Sigue buscándolo mientras yo me dirijo hacia allá. Y tranquilízate. Así no le eres útil a Sam.

Las palabras de Bobby surtieron el efecto deseado. Dean respiró hondo y trató de calmarse. Lo que el anciano cazador le había dicho era verdad. Nervioso y preocupado se obnubilaban sus agudos sentidos de cazador, así que lo mejor era serenarse. Cerró los ojos un instante. Y cuando los abrió supo exactamente por dónde empezar a buscar. La portátil de Sam. Cualquier cosa que éste estuviera investigando del caso, allí estaba. Sólo había que encontrarla. Tomó la pequeña máquina y comenzó a manipularla. Había varias páginas abiertas. Todas relacionadas con las leyendas hispánicas que la noche anterior había mencionado su hermano. "Almas en pena", "almas vagabundas", "Exorcismos de las almas", todas las páginas trataban sobre el mismo tema. Nada que Dean no supiera ya. Sólo necesitaban saber con qué tipo de alma estaban tratando esta vez. Y si era una o varias de ellas. Estaba por cerrar la computadora, exasperado por la falta de pistas sobre el paradero del menor cuando una carpeta que llevaba el nombre de su madre, llamó su atención. Trató de abrirla, pero una leyenda solicitando una clave se lo impidió. Así que el muy pícaro de Sammy estaba tratando de ocultar algo. A él. A su hermano mayor. A quien lo conocía mejor de lo que el mismo Sam se conocía a sí mismo. "Vaya, ese chico no aprende." Pensó Dean. En unos minutos había logrado descifrar la clave para acceder a esos archivos. Leyó con avidez. A medida que lo hacía el color desaparecía de su rostro dejándolo tan lívido como el de un muerto. Pocos segundos después cerró la portátil con fuerza. Se puso de pie con los puños cerrados. Los nudillos blancos por la fuerza con que los apretaba. Sus ojos se habían ensombrecido. Pero se puso su chaqueta y cargando su arma, salió en busca de su hermano menor.

En el otro extremo del pueblo, casi en pleno desierto, Sam Winchester se despertó con un terrible dolor de cabeza. Sus sienes le latían al mismo ritmo desenfrenado de su corazón. Y cuando finalmente logró enfocar su visión, descubrió que estaba en una especie de cueva. Lentamente sus ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad reinante. Y fue entonces cuando la vio. Una bella joven de piel muy blanca, ojos negros como la noche y el largo cabello peinado en una larga trenza. Le recordó a las Damas de Blanco que había visto anteriormente. Pero ésta era diferente. Ésta lo miraba con ojos enfurecidos. Sam supo, sin saber exactamente cómo, que estaba frente al ser que había estado causando problemas en el pueblo. Así que trató de hacer contacto con ella. Eso precipitó los acontecimientos. La mujer se lanzó sobre él, echando fuego por ojos y boca. Sam cerró los ojos, imaginando que había llegado su hora. Pero nada de eso ocurrió. Cuando los abrió, la aparición no se encontraba ya en la cueva. La fuerte luz se había ido atenuando y Sam pudo salir por su propio pie de la caverna. A la luz del día pudo evaluar los daños sufridos. Al parecer algo o alguien lo había arrastrado hasta allí. Él no podía recordarlo. Lo último que estaba en su mente era el ruido de cadenas que lo había hecho salir de su habitación del motel, una luz fuerte acercándose a donde él estaba y luego… nada. Pero por el estado en que estaba su cuerpo, era casi seguro que había sido arrastrado hasta allí. Sus muñecas estaban lastimadas y presentaban indicios de haber sido atadas con una especie de alambre o cadena. Su torso y espalda estaban cubiertos de moretones y arañazos, como si lo hubieran arrastrado por el monte. Lo mismo sucedía con sus piernas. La ropa que lo cubría estaba hecha jirones, como si llevara tiempo usándola sin cesar. Y estaba cubierto de tierra. Un profundo tajo se abría por sobre su tetilla izquierda, como si alguien hubiera intentado apuñalarlo cerca del corazón. Le dolía hasta el último músculo de su anatomía. Se imaginó lo preocupado y cabreado que estaría Dean. Así que haciendo un esfuerzo, emprendió el regreso, guiándose por la posición del sol.

Hacia el atardecer, un agotado pero ileso Sam Winchester entró por la calle principal del pueblo en dirección hacia el motel que ocupaba junto a su hermano. Tocó la puerta de la habitación y un agotado Dean Winchester abrió la puerta con gesto adusto…que cambió al instante al ver a su hermano. Se quedó allí un momento, sin atinar a nada. Luego sus ojos humedecidos mostraron la alegría que le producía ver a su pequeño hermano sano y salvo. Bueno, eso de sano y salvo, era sólo un modo de decir.

- ¿Dónde mierda te habías metido, Sam? ¿Es que acaso quieres matarme del disgusto? ¿Qué diablos te sucedió? ¿Con quién has peleado? –todas las preguntas surgieron casi simultáneamente de la boca del rubio, mientras abrazaba delicadamente a su hermano haciéndolo entrar a la habitación.

- Estoy bien, Dean. Gracias por preguntar –respondió Sam mientras se sentaba en su cama.

- Lo siento hermano, es que de verdad, casi me has matado del susto. Si hasta he llamado a Bobby. Viene en camino.

- Bueno, creo que un par de manos extra nos serán de utilidad en esta cacería. Estuve frente al alma que ronda el pueblo. Me atacó.

- Si será hija de puta. Voy a acabar con ese ser…

- Cálmate, hermano. No me ha hecho nada. Se ha desvanecido, así que supongo que debemos rastrearla nuevamente y cazarla. Si no habrá más muerte en este pueblo.

- Si no te ha hecho nada, entonces ¿por qué estás con esas fachas? –preguntó Dean alzando una ceja.

- Supongo que me ha arrastrado desde la puerta de nuestra habitación hasta una especie de cueva, en donde me he despertado. Por la mañana podemos ir a explorar, a ver si damos con ella o con alguna pista que nos lleve a ella. Por ahora, creo que me voy a duchar y luego supongo que tendré que coserme yo mismo esta herida ¿O es que acaso has aprendido a suturar, Dean? – preguntó Sam mirando irónicamente al mayor. Eran pocas las veces que Sam podía dejar sin palabras a su creído hermano mayor. Y lo pensaba aprovechar.

Mientras Sam se duchaba, Dean aprovechó para tranquilizarse, disfrutando de la sensación de volver a sentirse nuevamente y por completo cien por ciento Dean Winchester. Es que cuando le sucedía algo a su hermano menor, su mente parecía dejar de funcionar con claridad y odiaba sentirse así de vulnerable, casi enfermo, imposibilitado de tomar decisiones, como si toda su vida empezara y se acabara con la vida de su hermano.

Sam salió de la ducha. Se había lavado todas las heridas y la única que no dejaba de sangrar era la que tenía en el tórax. Así que tomó el maletín de primeros auxilios y comenzó la ardua tarea de suturarse. Dean colaboraba con el alcohol. Se veía bastante pálido y pensativo. Y mientras miraba a su hermanito coserse con tanta impasividad como era posible en esas circunstancias un recuerdo vino a su mente y provocó que una sonrisa inconsciente aflorara en su hermoso rostro.

- ¿De qué te ríes? – inquirió Sam.

- De nada, sólo recordaba, Sammy. Me acordaba del miedo que le tenías a las agujas y a los que usaban guardapolvo blanco. Y nada más mírate ahora…..

La mirada del rubio se llenó de nostalgia mientras retrocedía mentalmente a muchos años atrás, cuando Sam era un pequeño niño de seis años.

Era época escolar en Florida y John Winchester había decidido pasar al menos tres meses en ese estado para que sus hijos pudieran tener un período más o menos prolongado de escolarización. Dean asistía a sus clases sin mucha voluntad pero como buen soldadito de su padre, jamás se quejaba. Sam había comenzado el primer curso, tenía seis años recién cumplidos y hasta ahora la escuela lo había fascinado. Le encantaba su maestra, que le parecía tierna y dulce; los compañeros jugaban con él y por primera vez se estaba relacionando con otros niños de su edad por algo más de unas semanas. La vida parecía sonreírle al menor de los Winchester.

Una tarde, Sam llegó del colegio con una nota. Como aún no leía de corrido no pudo determinar de qué se trataba. Se la entregó a Dean, quien la leyó y tomando nota mental, la guardó.

- ¿Qué es, Dean?- preguntó Sam con su vocecita chillona.

- Nada que te importe, enano.- respondió un malhumorado Dean que luchaba con las tablas de multiplicar.

Sam sabía por experiencia que molestar a su hermano cuando no estaba de buen humor, podía acarrearle serias consecuencias, así que se entretuvo jugando con unos autitos.

Para cuando John llegó, Sam hacía rato que dormía, así que Dean extrajo la nota de donde la había guardado, se la pasó a su progenitor y éste la firmó dando su consentimiento.

Al día siguiente, Dean preparó a su hermano para la jornada escolar y ambos emprendieron camino a la escuela. Al llegar allí, vieron a varias personas con guardapolvos blancos y que no eran los docentes. Dean sabía para qué habían ido éstos a la escuela pero no creyó oportuno alertar al pequeño. Pensó que en este caso el factor sorpresa sería lo mejor. Así que lo saludó como todos los días y se dirigió a su salón de clases.

Unas horas más tarde John se dirigía a toda velocidad hacia la escuela de los chicos, había recibido un llamado de la maestra de Sam, quien le pedía desesperada que se presentara en la escuela. Algo había sucedido con Samuel.

- ¿Cómo que no está? ¿Qué quiere decir con que desapareció? – inquirió un enfurecido John Winchester al enterarse de que su hijo no estaba en la escuela.

- Lo siento, señor Winchester. Cuando las enfermeras comenzaron a aplicar las vacunas a todos los chicos, Sam comenzó a correr, tal vez se asustó, no sé. La cuestión es que lo perseguimos hasta la tapia del colegio, ya que se había trepado allí y se negaba a bajar. Como no logramos convencerlo con ningún argumento para que regresara a su salón de clases, la señora directora se aproximó y lo agarró de una pierna. Cuando se vio atrapado, Sam pateó en la cara a la directora y se arrojó hacia la calle y corrió a toda velocidad. Las maestras y el guardia lo perseguimos, pero el chico fue muy hábil y nos eludió. Lo siento, señor Winchester, no sabemos dónde pueda estar.

John tomó su camioneta y se dirigió al apartamento que alquilaban en ese pueblo. Nada. Ni rastros de Sam. Hizo una rápida recorrida por parques y plazas cercanas al colegio, pero no logró ubicar al pequeño. Ya al borde de la desesperación y con el corazón atenazado de angustia regresó a la escuela y pidió que trajeran a su hijo mayor.

Cuando Dean vio la cara de su padre, se dio cuenta de que algo malo había pasado.

- ¿Qué pasó? ¿Dónde está Sam?- fue lo primero que brotó de los labios del mayor.

- Lo siento, Dean. Sam huyó de la escuela. Parece que entró en pánico cuando vio que lo iban a vacunar, golpeó a la directora y huyó. No lo puedo encontrar.

Una lenta sonrisa de orgullo asomó a los labios del más grande de los hijos de John Winchester. ¡Su Sammy había noqueado a la directora! ¡Pero si se merecía un premio por eso!

- Hijo, ya no sé dónde buscar. Vamos a tener que advertir a las autoridades.

- No, papá espera, creo que yo sé dónde lo puedo hallar.- dijo Dean muy seguro de sí mismo.

- Sólo te pido que me esperes aquí, regresaré con Sammy en un rato, por favor papá.

- Está bien, asintió John preguntándose cuál sería el as que tenía guardado en la manga su hijo.

Dean salió rápidamente de la escuela y se dirigió hacia un pequeño negocio que vendía unos deliciosos caramelos de chocolate y menta que Sam adoraba y que él le compraba casi todos los días. Siempre que salían de la escuela Dean tomaba una ruta que no era ni la más directa ni la más corta pero que los llevaba directamente hacia ese negocio. El mayor se aseguraba siempre de tener unas monedas en sus bolsillos y darle al menor ese gusto, comprarle todos los días esos caramelos que adoraba. A veces Dean lograba llevar unas monedas de más y eso le permitía comprarse unas confituras para él también. Cuando eso sucedía, atravesaban la calle y se internaban en un parque cercano, pero no se quedaban allí sentados sino que se trepaban a un enorme y añoso árbol mientras disfrutaban de esas dulzuras. Era uno de los pocos momentos en que Dean se sentía un niño al igual que Sam y a la vez como sabía la felicidad que le producía al pequeño compartir esos momentos con él allá en ese árbol, se había transformado en una rutina que ambos cumplían casi todos los días. Y Dean sospechaba que ese lugar sería el primero al que acudiría Sam si se sintiese en peligro.

Y no se equivocó: apenas llegó al parque se dirigió al árbol y allá arriba vio a su hermanito hecho un mar de lágrimas. Ascendió lo más rápido que pudo y cuando estuvo a su lado lo abrazó muy fuerte, sintiendo el cálido aliento de su hermano mientras los sollozos lo envolvían. Dejo que Sam llorase un rato, luego le tomó su rostro con las manos, limpiándole las lágrimas y mientras le daba uno de los caramelos de menta y chocolate que había llevado para la ocasión lo miró a los ojos y le dijo:

- Sam, tenemos que hablar.

- Shi, Dean. ¿Qué pasa?- preguntó Sam con la boca llena del dulce.

- Primero que todo, no debiste huír como hiciste, casi nos matas a papá y a mí del susto. Y luego, me vas a decir que le tienes miedo a un pequeño pinchazo, Sammy?

- Shi, y yo no voy a volver, ¡nadie me va a poner ninguna vacuna!- comenzó a gritar testarudamente el menor.

- Sí que vas a volver, o quieres que papá diga que no eres un verdadero Winchester? Un Winchester no llora por un pinchazo, Sam.

- No voy a volver. ¡No voy a bajarme de acá!

- Vas a bajarte, Sam o te juro que te bajo yo y no va a ser por las buenas. Papá nos va a matar a los dos si sabe que en vez de regresar a casa luego del colegio te traigo a este parque y te compro esos caramelos.

Al parecer esas fueron las palabras que hicieron entrar en razón al más pequeño.

- Si voy, ¿podemos seguir viniendo acá y me comprarás más caramelos, De?

- Claro que sí, Sammy, pero tiene que seguir siendo nuestro secreto, ¿entiendes?

- ¿Y cómo hago para no tenerle miedo a las vacunas, De?

- Hagamos una cosa, Sam: yo te voy a acompañar y me quedaré a tu lado. Te prometo que será sólo un minuto y si te duele me puedes apretar la mano tanto como para rompérmela. ¿Ok?

- ¿De verdad te puedo apretar así la mano?

- Claro, enano. Vamos, y recuerda nada de lágrimas y no le dices a papá lo del árbol y lo de los caramelos. Le diremos que te hallé caminando cerca de la escuela y que tú no te acuerdas por dónde ibas.

- Vale, Dean.

Unos minutos después un triunfante Dean entraba a la escuela de la mano de su hermano pequeño, que venía muy tranquilo y sonriente, confiado en las palabras del mayor. Luego del revuelo inicial, cuando todos se hubieron calmado, Sam entró por su propio pie al vacunatorio, obvio que de la mano de Dean, a quien se había asegurado de no soltar durante todo ese tiempo. Tal y como su hermano le había prometido el dolor fue sólo un instante y pronto todo había pasado. Sam estaba exultante: había demostrado que era un Winchester como le había dicho Dean y se había asegurado la provisión de caramelos para los próximos días.

Esa noche, antes de dormirse, mientras lo ayudaba a ponerse la ropa de noche, Dean no pudo callarse y al darle el beso de las buenas noches le dijo a su pequeño Sammy: - No sabía que tenía una mula por hermano, Sam. ¡Buen golpe el que le diste a la directora!


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