Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta historia está hecha con el único fin de entretener.

Advertencias: lime y lemmon, lesbianismo, incesto y lenguaje vulgar.


"En el cine, me divierte la perversión sexual, en la vida me repugna. El erotismo va a la par con el sentimiento de pecado. Sin la religión, el erotismo es menos interesante"

Luis Buñuel


Candaulismo

Naraku dio otra profunda calada a su cigarrillo, que ya se había consumido casi a la mitad, sin quitar la vista de las dos chicas que sobre el suelo se restregaban una contra la otra, viendo cómo Kagura lamía y besaba el cuello de Yura ansiosamente, dejando a su paso un camino reluciente y brillante de saliva; cómo sus manos se amoldaba a las nalgas de ella apenas cubiertas por la reveladora ropa interior negra, esta vez, tela lisa en su totalidad, muy distinta a la de encaje que Kagura usaba y la tonalidad purpura de la misma.

A esas alturas ya hasta sabía qué ropa interior usaba cada quién. A Yura le gustaba más parecer una especie de dominatrix con sus prendas siempre oscuras, apenas con atisbos y pequeños adornos de soberbio rojo. Lisas y brillantes a la vista, reveladoras y delgadas. Kagura, por otro lado, tenía una tendencia más romántica y femenina aunque lo negase; solía portar bajo la ropa ligueros y encajes que iban desde el negro hasta el purpura, pasando incluso por el salmón y el magenta, dejando entre ver por los pequeños huecos de los encajes los puntos clave y más erógenos de su cuerpo.

—Kagura, levántala y déjala en paz. Sólo la estás torturando —ordenó Naraku al tiempo que una densa nube de humo salía de su boca, llamando la atención de ambas, provocando que se detuvieran—. Y tú, Yura, también levántate y termina con lo que comenzaste.

Ambas hicieron caso, Yura con una sonrisa perversa, digno gesto de la más pura lascivia, mientras que Kagura no perdió la oportunidad de mostrar su mejor gesto de reproche.

Se puso de pie sobre sus tacones y, ya sabiendo lo que su novio quería y buscaba ver, se arrodilló ante su hermana, procurando abrirle de a poco las piernas como quien no quiere la cosa.

—Desabrocha las medias de Kagura, y luego quitarle las bragas. Después vuélvelas a abrochar.

En ese instante Yura echó la cabeza hacia el vientre de Kagura, escondiendo una sonrisilla divertida y riendo por lo bajo. Muy en el fondo a su amante también le causó gracia, aunque se limitó a rodar los ojos.

—Son ligueros, Naraku —corrigió volteando a verlo, pero él se limitó a hacer un ademán de indiferencia mientras apagaba el cigarrillo en el cenicero.

—Es igual. Sólo hazlo.

Yura se encogió de hombros y acató la órden, pensando en lo simples que podían llegar a ser los hombres y su falta de sutileza ante los detalles más nimios que conformaban todo el retrato del erotismo; no, ellos lo veían como un todo, un vasto paisaje de lujuria, curvas femeninas formando montes y valles por doquier que los encendía y les nublaba el juicio, a algunos incluso la inteligencia. A otros, como a su novio, le tiraba tajantemente la máscara que ocultaba siempre con recelo y perspicacia sus más patéticas vulnerabilidades y sucios deseos.

Antes de siquiera tocar los broches del liguero que sostenían las suaves medias negras, se dedicó a acariciar los muslos de su compañera de arriba hacia abajo, pasando los dedos por la cara interna de los mismos, intensificando de a poco la irrefrenable emoción cada vez que uno de sus distraídos dedos rozaba apenas la ropa interior y Kagura se estremecía de una forma intensa y casi violenta observándola, ya sonrojada por la sensación de sus traviesas yemas tocando con gentileza su ya muy sensibilizada piel.

Sabía que así le gustaba. Que la atendieran como Dios manda. Toda la rebeldía e insolencia de Kagura podía quedar mermada si sabían cómo tocarla; ante caricias expertas podía volverse tan dócil como brutal y demandante por más. Aquello dependía de su humor, como bien sabía Yura de primera mano y como su propio hermano también con sólo observarla en silencio, con la respiración pesada y contenida, agitada entre esporádicas bocanadas de humo y tragos de vino para refrescar su muy seca garganta.

Tomó aire cuando Yura, muy lentamente y con delicadeza, fue desabrochando uno a uno los ligueros que sostenían las medias hasta que estos quedaron sueltos y retorcidos sobre sí mismos entre el apretado encaje. Una vez que las ataduras dejaron libres sus muslos, con ambas manos la joven fue bajando de a poco las pantaletas purpuras de suave encaje de la misma forma en que le había quitado el vestido.

Quién sabe cuántos minutos habían pasado o cuán rápido había estado fumando, pero en ese punto el cigarrillo de Naraku se extinguió hasta quemar el filtro y pasó a tomar otro con cierta prisa, tratando de no perderse ni un segundo de aquel tenso espectáculo. Comenzó a fumarlo al momento en que Yura se deshizo de la ropa interior de su hermana, arrojándola por ahí sin mucho cuidado, aunque cuánto hubiera dado Naraku porque se la arrojara directo al rostro.

Con la visión del sexo de Kagura apenas al descubierto frente a su cara fue abrochando nuevamente liguero por liguero, mientras la joven sentía sonrojarse cada vez más violentamente, tratando de adivinar cuál sería el siguiente movimiento de Yura o la siguiente órden de Naraku, anticipándose como una loca ante el pozo de sensaciones intrincadas y crueles que la volviesen un poco más descarada y desvergonzada de lo que ya era.

En pocos segundos el liguero de encaje, del mismo color que las pantaletas que sabrá el cielo donde habían quedado, volvieron a su lugar de origen y Yura procuró hacer que Kagura separara los muslos, introduciendo el rostro entre la abertura de sus piernas.

Kagura no tardó ni un segundo en soltar un inesperado gemido cuando sintió la lengua y los labios de su amiga acariciar muy por encima su entrepierna. Sintió el familiar cosquilleo burbujear en su vientre, cálido y caótico, mientras Naraku observaba atento cómo los músculos de su hermana se tensaban y su espalda se arqueaba hacia atrás, dejando ver todo su perfil de placer desencajado justo cuando sus gemidos se volvieron más violentos al momento en que Yura fue subiendo la intensidad de a poco, arremetiendo contra los puntos más débiles de su cuerpo con todas las armas de su boca. Incluso abrió aún más las piernas para dejarla abarcar todo el espacio que pudiera al tiempo que su amante la abrazaba por las caderas.

No importaba si se trataba de un hombre o una mujer, la sensación era igual de deleitosa e indescriptible. Si le vendasen los ojos apenas sería capaz de distinguir la diferencia ante la textura de unos labios femeninos a los labios masculinos, unos quizá más suaves y gentiles que otros.

Era toda una locura, una verdadera perversión para muchos, incluso para ella, pero jamás había vivido un sólo día sin experimentar un pequeño toque de descarrilada perversión que lograba, siempre, hacer cosquillear su vientre y pecho con un placer irresistible.

Yura, por otro lado, encontraba todo aquello tan fascinante como enfermizo y, por eso mismo, increíblemente tentador y divertido.

Mientras se bebía la cálida esencia que manaba del sexo de Kagura y lamía y besaba con suavidad, pensó que aquel secreto que guardaban los tres era de lo más extraño, un secreto donde por fortuna y conveniencia estaba incluida y que estaba tan dispuesta a guardar no por lealtad, cariño o amor, sino porque avivaba sus deseos de aventura a un punto apenas imaginable.

Después de todo, ¿cuántas chicas podían decir que se habían acostado con la hermana de su propio novio mientras este lo observaba todo, apenas soportando las ganas de echarse una mano?

Cuando Naraku comprobó la posición abierta y tan poco pudorosa de su novia, fue que sintió la confianza de confesarle que, lo que a él le gustaba, lo que realmente lo excitaba, no era la unión de los sexos opuestos en la más oscura intimidad, sino imaginar a su novia follando con otras mujeres, a su hermana siendo sometida por amantes esporádicas que la hicieran gritar; a Yura sinceramente no le sorprendió. Había salido con hombres cuyos gustos eran de lo más extraños, uno más raro que el anterior, aunque las extravagancias de Naraku eran las más inusuales con las que se había encontrado. Y ella, como una fiel fanática y buscadora de lo macabro y lo tabú, no pudo evitar caer de lleno en aquella fantasía excéntrica de culposo placer.

Para ese entonces la misma Kagura ya le había dicho las extrañas prácticas sexuales que mantenía con su hermano, esa peculiaridad tan especial de gustar verla teniendo sexo con otras mujeres. En un principio creyó que estaba loca y que le relataba no más que sus propias fantasías, deseos que no se atrevía a cumplir y que disfrazaba de realidad, pero después, y con la confesión de su novio, todo cobró sentido y lógica y creyó cada palabra que ella le había dicho en el pasado.

No es que le importara mucho, pero encontró mucho más reconfortante ver que no había sido tan malo engañar a Naraku con su hermana mucho antes de que él mismo le confesara sus sucios secretos, y al final fue la misma Yura quien propuso llevar a cabo actos como los que hacía ahora frente al que era el hermano de su mejor amiga y novio, todo a cambio de un precio, claro. Consideró a Kagura una tonta por no haberle cobrado a su hermano durante los años previos de conocerla, pero era demasiado orgullosa y quisquillosa como para siquiera ser ella quien lo propusiera a pesar de estar consciente de todos los beneficios económicos que eso le podía traer, sin embargo, para Kagura, cobrarle a su hermano directamente por su morbo era una forma de venderse cual mercancía, y ya tenía bastante con la sospechosa y posesiva manera que tenía Naraku de tratarla, igual que lo haría un novio con su pareja.

Llegó a pensar que se trataba de alguna singular moda sexual proveniente de Europa, tal vez hasta japonesa, ¿por qué no? Los japoneses también tenían sus muy raros fetiches, pero conforme fue avanzando el tiempo se dio cuenta de que lo que ese par de hermanos hacían poseía un trasfondo mucho más complejo de lo que parecía, algo que iba mucho más allá de simplemente tener un novio con tendencias voyeristas y candaulistas y una hermana con el fetiche de ser observada teniendo sexo con otras chicas. Iba mucho más allá de cualquier moda de turno.

A veces ni les creía eso de que jamás habían follado, que siquiera se habían besado. ¿Cómo no pensarlo con semejantes prácticas que compartían sin, supuestamente, tocarse? Luego creyó que de verdad jamás habían compartido ni un beso, sólo el escenario sexual con la barrera de mirar y no tocar durante años.

Pensó entonces que ambos aún tenían sobre sus hombros el último tabú, el del incesto, y esa era su forma de descargarlo sin sentirse culpables, sucios o traspasar esa vaga línea fraterna que quizá aún compartían como hermanos de sangre y crianza que eran.

Hasta cierto punto Yura ni siquiera compendia eso. No es como si esos dos hermanos tuvieran mucha moral o límites, incluso encontraba tonto que se negaran algo que los dos deseaban, que muy en el fondo quizá se castigaran con ello, y cuán divertido resultaría salir con un chico y una chica a la vez, sobre todo si eran hermanos. Jamás lo había intentado pero, tal y como le había dicho a Naraku cuando estuvo dispuesta a hacerlo: a ella sólo le gustaba vivir la vida sin etiquetas, culpas ni ataduras.

Además, era toda una excéntrica. Aquello no era más que otra extravagancia en su larga lista de locuras y experiencias, las mismas que recordaría con una sonrisilla maliciosa cuando fuera una viejecilla aparentemente adorable, sentada en alguna silla observando el atardecer de una vida que aún deseaba desatar cuanto pudiera. Una historia digna de contarse, pero no muy adecuada para relatar a los nietos que no tendría como cuento de dormir antes de mandarlos a descansar.

Yura abrió los ojos cuando escuchó cómo Kagura jadeaba sin control, tomándola por los cabellos, despeinándola por completo y retorciéndose a duras penas sobre sí misma, apenas capaz de soportar el equilibrio sobre los altos tacones que su hermano insistía con que usara.

No pudo evitar desviar la vista a Naraku y sonreírle una vez que separó los labios del centro de Kagura.

—¡Pero qué tenso te ves ahí abajo, Naraku! —exclamó con una risotada que logró sobresaltar a Kagura, provocando que mirara hacia el mismo lugar que su amante.

Una vez que lo hizo pudo ver claramente el bulto que formaba la entrepierna de Naraku por debajo de los oscuros pantalones. Él, por su parte, no se molestó ni en mirar. Ya sabía de esa esperada reacción de su cuerpo, fue el primero en enterarse en cuanto comenzó a sentir su sangre hervir.

—¿No te vas a echar una mano? —propuso su novia al tiempo que se relamía los húmedos labios, incitándolo sutilmente.

Naraku tiró la ceniza acumulada del cigarro sobre el cenicero y negó con la cabeza, sin dignarse a contestar por unos segundos.

Siempre era así. Naraku jamás se había masturbado mientras las observaba tener sexo, y jamás se había echado una mano antes de conocer a Yura, cuando conseguía a las esporádicas amantes femeninas para su hermana y su propio deleite visual.

Consideraba esa una especie de debilidad biológica y carnal que no tenía pensado mostrar ante los ojos de las chicas, mucho menos ante su hermana, como si recurriera a un pudor completamente falso e hipócrita. Simplemente le gustaba su papel de espectador; se sentía igual que un Dios observando desde arriba los pecados que sus creaciones cometían, pensando si debía castigarlos u ordenarles hacer más cosas. Quizá hasta aplaudirles.

—Mejor ya no te hagas la tonta —espetó Naraku luego de unos segundos—. Tírala en la cama.

Yura se puso de pie y, sin mediar palabra, tomó a Kagura de los hombros y con brusquedad la arrojó contra el colchón. La joven se encontró un tanto sorprendida ante el brusco cambio, pero se mantuvo tranquila cuando vio a Yura arrodillarse ante la cama, tomarla de los muslos y separarle las piernas para repetir el proceso que había dejado a medias segundos atrás.

Esta vez Kagura pudo darse la libertad de retorcerse todo lo que quisiera sobre la cama, arquear la espalda cuanto quisiera y gemir como posesa. Ni siquiera se percató del momento en el cual Naraku se puso de pie y se plantó tras Yura, observando con el cigarro en la boca toda la escena de su hermana espalda contra el colchón, con la piel ligeramente enrojecida, las mejillas sonrojadas y a su propia novia con la cara enterrada entre sus piernas como si buscase devorarla de a poco.

Era algo que le gustaba hacer. Levantarse de vez en cuando y caminar alrededor de las dos amantes para observar la misma escena desde distintos ángulos y puntos. Era la más pura intimidad corrompida, observada de pies a cabeza desde distintos puntos para apreciarla mejor, mucho mejor que cualquier porno barato. Y eso era algo que a Naraku, observador por naturaleza, encontraba exquisito de hacer.

El humo de su cigarrillo se extendió vaporoso sobre las dos figuras femeninas; una retorciéndose suavemente y la otra apenas inmóvil, acariciando los suaves muslos de la chica, sus caderas y sus pechos cubiertos por el sostén, estimulando la piel cálida mientras su propia temperatura se intensificaba.

En cierto momento una de sus manos se dirigió a la entrepierna de la chica y arremetió sin piedad con el dedo medio. Kagura se enteró rápido del cambio cuando Yura comenzó a indagar en su interior con él, deslizándolo con suma facilidad entre sus jugos hasta que segundos después añadió un segundo dedo, y mientras se deshacía desde el interior, gimiendo como si aquellos dos dedos fueran la cosa más grande que jamás había penetrado su sexo, Naraku se inclinó hacia la cama y llamó a su hermana con voz gentil.

—No gimas así, Kagura. Sabes que no me gusta que finjas —la reprendió su hermano con una sonrisa de medio lado. La muchacha abrió los ojos y alzó una ceja. Yura de inmediato soltó un suspiro de indignación, mirándolo con reproche.

—¿Estás diciendo que no sé hacerlo? —exclamó, tentada a tomar el cigarrillo que su novio sostenía entre sus manos y arrojárselo en la cara.

—Déjalo, el pobre es demasiado inseguro. Cree que todos son unos mentirosos como él —respondió Kagura con su usual mordacidad. Súbitamente parecía recuperada de su propia excitación.

La imagen, para alguien que no fuera él, podría resultar extraña, con la chica ahí y sus piernas abiertas, su mirada altanera y feroz, con la piel brillante y sonrojada mientras un rostro femenino se ocultaba sin discreción entre sus muslos.

Su hermano la fulminó con la mirada.

—Oh, vamos, Naraku —dijo Yura, apresurándose a detener el inicio de una posible pelea. Lo estaba pasando ya demasiado bien como para que ese par de imbéciles hermanos lo arruinaran—. ¿Por qué no te nos unes?

—No —exclamó Kagura tajante, irguiéndose sobre sus codos e imponiéndose ante la posible situación que su amiga sugería—. Eso ya sería…

—¿Y quién dijo que lo voy a compartir contigo? —Kagura entrecerró los ojos ante el comentario de Yura, ya ligeramente encaprichada, pero su compañera de piso se dirigió de nuevo a Naraku, mirándolo sensual y coqueta como sólo ella podía hacerlo, de una forma mil veces más sugerente y atrevida de lo que Kagura podía siquiera ser capaz algún día.

Sin decir más Yura recorrió su propia cintura con uno de sus dedos, serpenteando por sobre su piel delicadamente, con suavidad y lentitud ante la vista expectante de Naraku, logrando dirigir su vista por medio de la mano que se terminó posando sobre el pronunciado valle que formaba su espalda.

Su novio, como tentado por los movimientos de Yura, se acercó de a poco, casi con incredulidad, como si no se pudiese creer que eso le estuviese pasando justo a él, cumpliendo la fantasía compartida de incontables hombres. La mitad de ellos lo envidiarían, la otra mitad lo calificarían de imbécil y enfermo. Y por fortuna le daba igual.

Yura sonrió satisfecha cuando él se paró tras ella, como si estuviese dispuesto a desgarrar sus pantaletas y tomarla ahí mismo, cosa que ya desde hace rato deseaba. Kagura arrugó las cejas aún recostada en la cama, sin poder creer que realmente su hermano estuviese por romper su propia regla de observador y, sobre todo, la regla que había entre ellos tres gracias a la insistencia de Yura, a quien poco le importaba montarse un trío acompañada de dos hermanos de sangre.

Naraku, con una delicadeza que no era le era propia ni mucho menos familiar, serpenteó dos de sus dedos sobre la curva que formaba la espalda de Yura mientras la sonrisa de esta se ampliaba ante la lujuria y la expectación, y cuando su hermana estuvo a punto de decir que hasta ahí llegarían las cosas por esa noche, que no estaba dispuesta a participar en un acto que a los tres, de una u otra forma, los uniría, él le soltó una nalgada a su novia sin siquiera mediar palabra.

Yura soltó un quejido mezcla de dolor y sorpresa, estremeciéndose al instante. Miró a Naraku por encima de su hombro desnudo, con la ira súbitamente hirviendo en sus ojos violeta.

—¡Oye, idiota, eso me dolió! —reclamó, pero él soltó una risa seca antes de regresar a su sitio en el sofá.

—Deja de joderme y sigue con lo que te quedaste, Yura.

Volvió a darle una profunda calada a su cigarrillo y Kagura sintió que podía quedarse en paz, dejando escapar un extraño suspiro mezcla de alivio y resignación. Parte de la tensión acumulada que, sin embargo, no ayudó a enfriar sus ansias ni un poco.

Otra vez, simplemente, se limitaría a observar, por mucho que Yura insistiera. Con un pequeño gruñido esta última siguió con lo que había dejado a medias. Kagura soltó un sorpresivo gemido cuando volvió a sentir los labios y lengua de la muchacha acariciar con suavidad su sexo.

De nueva cuenta no tardó en recuperar las azoradas sensaciones que la abrumaban. Se retorcía y se arqueaba contra el colchón. Despeinaba un poco más a Yura tomándola de la cabeza, imposibilitándola a separarse, sintiendo su cuerpo tensarse como una tabla. Movía las caderas indicándole cómo quería que la acariciara con su húmeda lengua mientras ella misma se humedecía un poco más de lo que ya estaba y, mientras la tensión y el deseo se acumulaba rápidamente en su pecho, no tardó en comenzar a desear que ese par de dedos se convirtiesen en otra cosa, en algo mucho más grande y grueso que la llenara por completo e hiciera desaparecer el vacío que provocaba la excitación de un cuerpo en frenesí que siempre deseaba un poco más.

—No dejes que se venga aún.

La órden de Naraku retumbó en los oídos de ambas, haciéndolas abrir los ojos al instante. Yura lo miró de reojo y se encogió de hombros, tomado aquello como no más que un factor del juego y el espectáculo, mientras Kagura le dedicaba una hostil mirada a su hermano por cortarle el rollo tan de golpe.

—Tú no te metas, que aquí sólo eres un invitado —argumentó la muchacha, ignorando cómo Yura se le ponía encima con discreción y pasaba a desabrocharle suavemente el sostén.

Su hermano alzó una ceja por el reproche y observó los pechos de Kagura antes de responder. Ya los había visto muchas veces, hace años que habían dejado de crecer una vez que su precoz desarrollo terminó. No le sorprendieron, seguían tan firmes y tersos a la vista como siempre los había visto, pero también, y como siempre, se vio invadido por la fuerte tentación de acariciarlos y estrujarlos como haría cualquier niñito con un muñeco de peluche, de pasar sus labios, lengua y dientes por el pezón erecto, pellizcarlo entre las puntas de sus dedos y escuchar a su hermana jadear ensordecedoramente.

—Es cierto, podré ser sólo un invitado —respondió Naraku con una sonrisa serena pero no por eso menos maliciosa. A esas alturas Yura ya lamía uno de los pezones femeninos y acariciaba el otro con la gentileza inicial de todo preliminar lento y juguetón—. Pero también estoy pagando, así que puedo ordenar que te hagan lo que yo quiera.

—¿Cómo que estás pagando? ¡¿Qué te crees que soy?! ¡Yo no quiero tu maldi…!

No pudo seguir reclamando ni hablando en el momento justo en que Yura la besó de golpe, exigiendo sus labios como una amante despechada deteniendo los fastidiosos parloteos sobre un ex novio lejano e insuperable.

Kagura sintió su propia esencia cálida y ligeramente ácida mezclarse con su saliva y los labios que se juntaban con frenesí, que se friccionaban al punto de hincharse. Se habrían enrojecido naturalmente de no ser porque estaban ya pintados de labial carmesí, de la misma forma en que las mejillas de ambas se sonrosaban casi divertidas y sugerentes.

—No lo arruines, si ya sabes que siempre nos paga —le susurró Yura apenas unos instantes en que se separó de los labios de Kagura, ahora pasando a masajear sus pechos.

Para ese entonces ni siquiera era necesario recordarle cómo gustaba de hacerse la tonta ni pedirle algo de discreción. Lo que importaba ahí era el placer, dejarse arrastrar y matar por él, y daba igual si las veía Naraku, su coreógrafo o el maldito vecino, y con eso en mente Kagura pasó a explorar de igual forma el cuerpo de su extravagante cuñada, acariciando las duras puntas de sus pechos que se marcaban por debajo del delgado sostén, rozando la piel de la espalda con las yemas de sus dedos y sintiendo ya el sudor que comenzaba a cubrirla tanto como a ella.

—Haz lo que sigue, Yura —ordenó Naraku, haciendo que su novia se detuviera unos instantes y lo mirara de reojo, disponiéndose a morder ligeramente uno de los pezones de Kagura.

—¿Qué cosa?

—Lo que quieras, sólo haz otra cosa.

Sonrió abiertamente y miró a Kagura con el placer que mostraría un asesino antes de asestar el golpe de gracia a su víctima. Pasó la lengua por toda la curva de uno de sus pechos y se centró luego en su cuello, sintiéndolo tensarse bajo su boca mientras lo mordía tiernamente y lamía como si de un exquisito dulce se tratase.

Kagura aprovechó el momento para quitarle las pantaletas a Yura, pasando por encima de sus medias de media pierna, indicándole con el gesto justo lo que deseaba.

Ni siquiera tuvo que recurrir a abrir sus piernas descaradamente para ella, la joven simplemente se impuso subiendo a la cama, ya sin su ropa interior, y de pronto Kagura se encontró con las manos de Yura sosteniendo sus muslos y jalándola hacia ella mientras esta también separaba sus propias extremidades inferiores.

Terminó encajando su entrepierna con la de Kagura, sosteniéndose con sus rodillas y ladeando ligeramente el cuerpo de la muchacha para tenerla a su entera disposición. Se enteraron rápido del cambio cuando la humedad de ambas se mezcló. Al instante se friccionaron una contra otra, haciéndolas gemir simultáneamente, arquear espaldas, apretar la piel de la otra y jalar sábanas con fuertes puños mientras se deslizaban de una manera tan deliciosa que no pudieron evitar morderse los labios y relamerlos llenas del más puro éxtasis.

Antes de que Kagura puede darse tiempo de tomar una bocanada de aire, Yura le sostuvo una pierna y tomándola como punto de equilibrio, friccionó su sexo contra el de ella con un ritmo desenfrenado, aparentemente caótico pero bien practicado y experimentado, y casi enseguida se dispuso a sonreír observando cómo la chica echaba la cabeza hacia atrás, rebasada a cada segundo que pasaba por las lacerante sensación de sus puntos y pliegues más sensibles y vulnerables atacados por lo igual, ya demasiado excitada y remojada en sus ganas como para pensar en detenerse o hacerse preguntas; no había cabida más que para volverse loca en contraste a Yura, quien apenas comenzaba con su propia diversión y gustaba de tomar el control, moviendo sus ganas y su excitación con la misma maestría con la cual era capaz de manipular hasta los cabellos más rebeldes.

Naraku no pensó en el gesto cuando inclinó el cuerpo hacia adelante, sosteniéndose en sus codos sobre sus rodillas, con el cigarrillo muy cerca de la boca y observando, embelesado y sereno, cómo su hermana y su novia hacían las famosas tijeras, motivo de burla, morbo y mil pajas a lo largo del mundo, sonriendo casi de la misma forma en que Yura lo hacía, centrándose en los movimientos de cadera con los cuales su novia embestía a su hermana, acercándose tanto a ella que sus sexos se perdían entre la fricción y la curva de los pubis, caderas y muslos.

Los gemidos de ambas fueron subiendo de tono conforme los segundos transcurrían y se condensaban en el sudor que ya se instalaba sobre la piel de ambas, apenas brillantes bajo la luz artificial de la bombilla. Los gemidos de Kagura eran más desesperados, más agitados y entrecortados, producto ya de toda la anterior estimulación que había recibido y que claramente la estaba llevando al borde de la más placentera locura.

Yura, por otro lado, se mostraba mucho más controlada, aferrándose a la idea de mantener el ritmo de la situación, para deleite de Naraku y todos los beneficios que eso le traía. De vez en cuando lo volteaba a ver, le dedicaba una sonrisilla coqueta y se apretaba un poco más contra su hermana como si se tratase de una burla, moviéndose con más fuerza y firmeza contra su entrepierna, sacándole en ocasiones un gemido más gutural y profundo a la chica, que ya se comenzaba a deshacer en su propio sudor y jadeos, sujetándose con fuerza a la cadera de su amante, apretando la piel contra sus manos y arqueando la espalda sin importarle que delgados mechones de cabello se pegaran a sus labios humedecidos.

—Haz que se corra —dijo Naraku, poniéndose de pie y acercándose a la cama. Yura no se detuvo, simplemente lo miró desde su sitio y apremió el ritmo de la fricción mutua, elevando un poco más su propia excitación.

Kagura apenas y lo escuchó, pero de alguna forma logró identificar sus palabras. A pesar de provenir de voz y boca de su detestable hermano, no pudo sentirse más aliviada. Moría ya por descargar toda la energía que se había acumulado en su bajo vientre y que le causaba esas dolorosas cosquillas, mismas que sólo aumentaron cuando sintió a Yura restregarse contra ella con más fuerza, más rápidamente, abrirle un poco más las piernas, gemir más bruscamente para que la escuchase y sus jadeos se mezclaran con los suyos al igual que sus jugos y ganas.

No pensó que pudiese llegar tan rápido. La sola estimulación lograba hacerla ronronear como un gatito, contraer sus músculos y poner los ojos en blanco. Logró susurrar en entrecortados jadeos que siguiera, que no se detuviera, que estaba por llegar, y antes de siquiera terminar la frase, efectivamente, el orgasmo llegó, atacando su cuerpo de manera infame igual que una inesperada caballería de contracciones y descargar eléctricas que la hicieron soltar un jadeo agudo, deformar el rostro del más puro y vulgar placer mientras era fijamente observada por Yura y Naraku como si se tratase de un peculiar objeto de experimento.

Como siempre, llegó al punto álgido de la sensación que lograba hacerla pensar que iba a morir en ese instante, que su corazón se detendría de un segundo a otro; apenas era capaz de sentir cómo Yura seguía restregándose contra ella, completamente inmersa en el placer egoísta que exigía todo su cuerpo, cordura y mente como pago por su lujuria.

Aún con los residuos de su orgasmo palpitando en su cuerpo abrió los ojos, encontrándose con el gesto travieso y coqueto de Yura, quien había disminuido un poco la velocidad. Naraku estaba no muy lejos, parado a un lado de la cama, cigarro en mano observándola directamente igual que un científico estudia el comportamiento de un sujeto de investigación.

Kagura se sentía demasiado desganada como para decir algo, aún con el juicio nublado por el abrumador torbellino de sensaciones que significaba experimentar un orgasmo como Dios manda. Sus ojos seguían inmersos en deseo y podía sentir la ligera capa de sudor siendo atravesada por el calor asfixiante que salía de su cuerpo. Yura también podía sentirlo, deleitada por la suave y agradable sensación de sentir a Kagura manando toda su excitación contra ella.

La joven se recostó contra las almohadas pesadamente, tratando de recuperar el aliento por completo y dejando que sus pechos subieran y bajaran rápidamente al ritmo de este. Yura siguió sus pasos y también se dejo caer espalda contra colchón, sintiendo las sábanas desacomodadas debajo de ella y pasándose el dorso de la mano por encima de la frente. Estaba ligeramente sudada bajo la mirada escrupulosa de Naraku.

—¿Ya se cansaron? —las retó él regresando unos instantes a la pequeña mesa cerca del sillón, apagando lo que quedaba de su cigarrillo en el cenicero y tomando un profundo trago de vino. Tanto su novia como su hermana se irguieron sobre sus codos y lo miraron.

—¿Tú crees? —soltó Yura, llamando la atención de su novio y sonriéndole, sin embargo el gesto ya no era más una invitación al ansiado trío que deseaba cumplir con esos dos y al cual ambos se negaban.

De todas formas, Naraku supo que no se daría por vencida por mucho tiempo.

Sin decir nada, dejando a Kagura descansar sobre el colchón, se levantó y dirigió uno de los cajones a un lado de la cama. Abrió el último de ellos y rebuscó unos instantes, sacando luego una caja que claramente ya había sido abierta.

Kagura supo enseguida de qué se trataba y no se equivocó cuando la joven sacó de la caja un arnés de cuero negro, provista de varias correas de ajuste y un llamativo dildo color purpura.

No era la primera vez que lo veía y mucho menos se haría la desentendida diciendo que eso no era suyo. Era el arnés con el cual solían follarla las amantes casuales junto a las cuales le daba esos espectáculos nocturnos a su hermano. Últimamente lo usaba mucho más con Yura, poco después de que se mudaron juntas y supieron que a la otra solía gustarles de vez en cuando estar con una chica, tanto que prácticamente Yura ya lo había tomado como de su propiedad, aunque no eran pocas las ocasiones en que Kagura lo utilizaba sobre su cadera para arremeter contra su compañera de piso.

Él sonrió ampliamente, sentándose de nuevo en el sillón y prendiendo un nuevo cigarrillo. La mejor parte del espectáculo estaba por comenzar.

—Interesante propuesta —dijo Naraku a su novia, un halago que pocas veces soltaba, y mientras la aludida se colocaba el arnés y lo ajustaba a su cuerpo, se dirigió a su hermana—. Kagura, abre las piernas.

La joven miró fijamente a su hermano y no fue capaz de pensar en alguna putada para decirle, un comentario ácido o asesinarlo con la mirada. Ya estaba demasiado extasiada, tan profundamente remojada en su propia perversión compartida, que no pudo negarse a cualquier cosa y recordar que el hombre que más detestaba en todo el mundo le estaba observando, apenas en un discreto rincón de falso pudor, el sexo brillante de saliva y jugos femeninos.

Obedeció, abriendo las piernas frente a Yura y mostrándole todo lo que tenía, así como ella le ofrecía esa polla falsa cuyas proporcionas más de una habría considerado ideales para llenar ese eterno vacío ansioso y palpitante.

No era lo mismo que una de verdad y pura carne que pasaba de la más patética fragilidad a la dureza propia de la más cruenta e hirviente sangre, pero se le asemejaba mucho, sobre todo estando manipulada por el muy bien aprendido ritmo de Yura y el diseño especialmente ideado para aquellas prácticas.

Su hermano, por otro lado, sonrió ligeramente al divisar el sexo de Kagura por completo. Estaba completamente depilado, dejando a la vista de cualquiera sus recovecos, pliegues y formas más detallistas, pequeñas e hinchadas, apenas ligeramente enrojecidas. Yura observó un poco con una sonrisa mil veces más grande que la de su novio, sin embargo en el fondo era indiferente; había visto a Kagura así más de una vez, probablemente más veces que los novios o ligues casuales que alguna vez había tenido su compañera de piso, y su expresión sólo cambio unos instantes, alzando una ceja, cuando la muchacha llevó una de sus manos a la zona y la dejó descansar sobre el monte de Venus, contrario a sus dedos, que acariciaron y masajearon sus puntos más débiles con ayuda de su propia lubricación cristalina y los residuos de saliva de Yura, creando una mezcla resbaladiza y cálida, acuosa e ideal para la penetración.

—¿Te diviertes? —inquirió Yura con expresión traviesa, mordiéndose los escarlatas labios y llevándose la punta de uno de sus dedos a la boca para atraparlo ligeramente entre sus dientes.

Naraku observó desde su sitio la escena y aspiró un poco más de su cigarrillo para luego tomar otro trago de vino; el licor suave y lleno de sabor le supo a puro gloria en su garganta seca e invadida por el fuerte sabor del tabaco. Sus sentidos incluso parecían más sensibles.

Le gustaba ese espectáculo como pocas cosas podía disfrutar en su vida; esa forma en que su novia y hermana jugaban a coquetearse como quien no quiere la cosa, como si fuera la primera vez que lo hicieran, como si no supiera perfectamente bien que la misma Yura le había sido infiel con su propia hermana.

Como si le importara, de todas formas. Le gustaban las mujeres, pensó Naraku, incluso si el sexo era solamente entre ellas, y mientras observaba a su hermana masturbarse, gimiendo quedamente invitando a su amante a tomarla con esa extensión falsa, pensó que más que las mujeres, más le gustaban las putas que sabía jamás podría comprar ni poseer.

Kagura entreabrió los ojos cuando notó que Yura se le acercaba. La joven se inclinó hacia ella, extendiendo sus muñecas por encima de su cabeza con fuerza. Echó un vistazo de reojo al agarre y sonrió hambrienta, sintiendo la punta del dildo rozar su entrepierna y hacerla estremecerse ligeramente, llena de la expectación y anticipación que le esperaba, ya completamente desatada de toda limitación, tabú o pudor.

Yura inclinó la cabeza hacia ella, dejando que su cabello lacio y corto, magistralmente cortado con un perfeccionismo que casi resultaba obsesivo, le hiciera cosquillas en las mejillas mientras la besaba brevemente, manipulando entre tanto con una de sus manos el juguete, dirigiéndolo directamente al punto exacto por el cual debía entrar, topándose al instante con la entrada suave, tan suave como una tela de terciopelo empapado, abriéndose paso entre los pliegues de carne y piel que contenían toda aquella sangre atrapada que entibiaba la zona, plagados de cosquillas y nervios hipersensibles apenas ofreciendo una muy ligera resistencia.

Luego tomó su posición imponente sobre ella. Yura abrió sus piernas todo lo que pudo y comenzó a entrar de a poco, con una lentitud que resultaba desesperante y casi tortuosa. Para ese entonces Kagura ya era consciente de cada nervio, sensación y fibra de su cuerpo; cómo estas cambiaban y se modificaban al igual que las paredes de su canal se abrían de a poco dando paso a la familiar sensación de ser penetrada con esa falsa gentileza.

Naraku no pudo evitar estirarse sobre su torso y observar, atento como nunca, cómo el juguete purpura penetraba en su hermana, perdiéndose centímetro a centímetro dentro de ella, escuchando con su oído ahora agudizado los suaves gemidos que soltaba y la respiración pesada de su novia hasta que por fin el juguete entró por completo, hasta que la base del mismo rozó el sexo de Kagura y esta se estremeció una última vez antes de abrir los ojos y mirar fijamente a Yura, acostumbrándose rápidamente a la sensación familiar de sentirse llena de pronto, percibir la flexibilidad de sus paredes extendiéndose, acostumbrándose al ente intruso y apretando el falso miembro, y justo cuando pensó que se desgarraría ligeramente como siempre le sucedía durante los primeros instantes, desvió la vista brevemente y esta se chocó con la de su hermano.

Naraku le sonrió. Era una sonrisa maligna disfrazada de galantería, igual a la de un chico desvirgando a una muchacha, disfrutando a cada segundo de la sensación luego de la batalla campal que significaba ser el primero en entrar dentro del cuerpo de una niñita inexplorada e inexperta que rozaba, nerviosa, la ingenuidad vulnerable y desconocida de sus propias sensaciones y sensibilidades por primera vez.

Kagura no tuvo tiempo de siquiera fulminarlo con la mirada. La respiración de Yura le chocó en el rostro justo cuando comenzó a mover sus caderas de una forma que recordaba a algún baile salvaje y erótico, casi fuera de tono con su cuerpo femenino lleno de curvas y secretos recovecos a la par que sus pechos se mecían junto a los de Kagura a un ritmo sorprendentemente sincronizado.

La joven arqueó la espalda, sin tener las ganas de evitar ese goce que le brindaba el sentirse follada por una chica que se fingía hombre, y la idea, que casi rozaba el hermafroditismo, la excitó a niveles insospechados, propios de la asfixia desgarradora que significaba el calor del sexo y de su propia entrepierna invadida en medio de vaivenes que con cada movimiento y sacudida se volvían más violentos y desenfrenados al ritmo demencial que Yura marcaba con los empujes de su cadera, haciéndola acoplarse a su compás sosteniendo sus piernas, manteniéndolas bien abiertas y consciente de que eran observadas, de que ese espectáculo y lasciva vista no era sólo para ella.

Y vaya que tenía razón. Incluso Yura, quien parecía la menos desvalida en ese asunto que incluso rozaba la prostitución, podía sentir la mirada de su novio sobre ambas, casi lamiendo sus pieles y los hilos de sus voluntades con una lengua invisible y ardiente. Recorriendo con la vista sus cuerpos y cómo estos se fusionaban por medio del consolador fuertemente agarrado a su cadera y pelvis. Recordó que en alguna ocasión leyó que los hombres eran principalmente visuales, que por eso tanta pornografía y tanto calendario con exuberantes mujeres semidesnudas, pero los ojos rojos de Naraku siempre iban más allá de una simple imagen o una descarada invasión a la intimidad.

No, sus ojos eran literalmente una ventana a su alma, un alma que siempre era descubierta por ambas como pútrida y negra, tan ácida como lo era esa boca venenosa que poseía cual mortal serpiente y con la cual lidiaban entre negociaciones, reclamos, sarcasmos y órdenes.

Por eso prefería ver. Su mirada era la mejor extensión de su cuerpo, con ella lograba penetrarlas a ambas sin siquiera tocarlas, no su polla, que ahora se encontraba dura, palpitando de dolor apretada entre los pantalones, sólo un pedazo de carne a reventar de sangre que no podía hacer otra cosa más que invadir sus rincones una y otra vez. Era algo que, en alguien como Naraku, no podía satisfacerle del todo. En cambio, con su mirada, podía leer los hilos de sus voluntades, deseos y obsesiones igual que el más digno de los dioses de la perversión.

Casi lo podía sentir escudriñándola, juzgándola, esperando el primer error para marcárselo en su cara con toda esa socarronería que tan bien lo caracterizaba. En alguna ocasión Naraku le dijo "no seas ridícula, así no nos movemos los hombres". Por supuesto, cuando aún no era tan buena dominando el arnés, menester en el que Kagura muy amablemente la ayudó ofreciéndole su cuerpo como práctica a cambio de recibir la enferma satisfacción de saber que por su causa, la actual novia de su hermano le era infiel, incluso si eso no le molestara porque, al final de cuentas, el beneficio monetario no era más que un pretexto muy creíble, ideal para engañar a sus propios deseos.

—Hoy parecen más receptivas —dijo Naraku como si fuese cualquier comentario al azar, observando embelesado a su hermana retorcerse y acariciar sus puntos más sensibles. Se pasaba las manos por los pechos, mordía sus dedos y estiraba los brazos como si pretendiese tocar el séptimo cielo, a la vez que apreciaba la ligera capa de sudor que comenzaba a formarse sobre el cuerpo de Yura debido al esfuerzo y el frenético movimiento, la forma en que su cabello se despeinaba con cada violenta sacudida y sostenía con fuerza a su amante por medio de sus caderas o las piernas, donde sea que sus manos cayeran en medio de ese enredo de correas, medias oscuras, piel y gemidos.

Kagura no pareció escuchar el comentario de su hermano, o bien, simplemente lo ignoró, perdiéndose en su propio pozo de placer. La única respuesta que recibió fue por parte de Yura, quien se limitó a mirarlo por encima del hombro y sonreír, sin perder oportunidad de invitarlo una vez más a unirse, invitación que nuevamente y como siempre, él rechazó con la mejor de las diplomacias.

Le gustaba más así. Le gustaba, y mucho. La tentación de unirse siempre lo invadía a pesar de su maestría para disimular sus deseos y pecados incluso ante las personas que lo compartían con tanto descaro, pero sólo él sabía la verdad.

Su erección atrapada dentro de los pantalones ardía y lo incomodaba; sabía que exigía ser liberada y tener la misma acción que esa pene falso que le estaban metiendo a su hermana, pero hacer propiamente un trío significaba también tener sexo con Kagura, y estaba seguro de que su hermana estaba más dispuesta a arrancársela de un mordisco que permitir que la invadiera.

Todo eso era un juego de mira y no toques que cada vez se hacía más estrecho y tenso, igual que un par de niños jugando a saltarse la línea de seguridad ante una vieja y exótica reliquia de alguna cultura antigua en medio de un prestigioso museo, retándose mutuamente a ver quién se atrevía a saltar y tocar aunque fuera sólo unos instantes aquella estatua de la fertilidad que ante ellos se mostraba casi con descaro, igual que en alguna ocasión le sucedió a Naraku y Kagura cuando niños, cuando ni siquiera imaginaban que esos juegos irían mucho más allá de una simple competencia infantil en medio de un lugar público y las miradas de reproche de los adultos ante su inconsciente escándalo.

Sus juegos ahora eran privados; pocos podían compartirlos, pocos podían conocerlos. El escándalo les caería encima si alguien se enteraba y abría la boca, por eso Yura era perfecta para ello, incluso siendo tan extravagante y metiche. Por eso Naraku estaba dispuesto a pagar lo que fuera para satisfacer sus deseos más voyeristas, incluso si eso le costaba el precio de no ser más que un invitado ahí que, a lo mucho, podía darse el lujo de soltar órdenes y mirar desde distintos ángulos.

La penetración y todos sus vaivenes siguieron durante un rato más, hasta que Kagura comenzó a sentirse acalambrada con sus piernas abiertas y sintió escocer su sexo de tanto tocarlo y acariciarlo. Apenas y fue consciente del mundo a su alrededor en medio de las manos de Yura recorriéndola y sus besos húmedos, besos que siempre resultaban tan increíblemente suaves y carnosos como sus labios y la forma en que ambos se hinchaban luego de la frenética fricción.

Yura la conocía bien, no sabía si incluso más que Naraku, porque justo cuando tenía pensado proponer otra posición, la chica salió de ella y se tomó un breve respiro el cual Naraku aprovechó.

—Ponla en cuatro —ordenó el hombre volviendo a prender un cigarro. Había perdido la cuenta de ya cuántos había fumado, pero no le interesó siquiera mirar en el cenicero, apenas tomándose la molestia de verter más vino en su copa.

Yura tampoco volteó a verlo, pero estuvo segura de que lo escuchó, porque en ese instante, sin mediar palabra, se inclinó hacia Kagura y al tomó salvajemente del cabello, jalándola hacia ella y haciéndola sentarse sobre sus piernas flexionadas.

Sintió el breve pinchazo de dolor sobre las raíces de su cabello siendo jalado, pero era un dolor bueno, un dolor extrañamente placentero que la hizo temblar un poco más y le dio la impresión de que también la hizo lubricar aún más.

No puso objeción cuando Yura plantó frente a su rostro el dildo purpura y pudo sentir cómo de él manaba toda la calidez de su propio cuerpo y la esencia cristalina y brillante bajo la luz. Tampoco dudó ni un instante en metérselo a la boca y manipularlo con sus manos, succionarlo con su lengua y labios de la misma forma en que lo haría con uno de verdad, como si realmente esa cosa estuviese unida al cuerpo de su amante de piso y cuñada y le diera algún tipo de sensación a sus nervios más sensibles más allá de la simple vista lasciva que ante ella se presentaba, misma que la llevó a tomar a Kagura del cabello, ahora apenas atado en la cola de caballo, y comenzar a manipular su cabeza de adelante hacia atrás de una manera casi salvaje, acción de la cual Naraku tampoco perdió detalle a pesar de haber considerado aquello un pequeño y casi nimio desafío a su propia órden, y por fortuna no tuvo que repetirla dos veces ni recurrir a regaños, pues sin avisar Yura tomó a Kagura del brazo y le dio la vuelta con suma facilidad, sacándole un jadeo de sorpresa cuando se encontró a si misma sobre sus rodillas y manos en el colchón.

Apenas miró sobre su hombro desnudo cuando captó la imagen de Yura acercarse a ella desde atrás y, sin mucho afán, volvió a penetrarla, esta vez de golpe, provocando que Kagura se tensara sobre sus propios músculos, que sentía que en cualquier momento se le desgarrarían entre cálidos temblores y escalofríos. Ni siquiera le dio tiempo de acostumbrarse cuando Yura comenzó a embestirla y apenas fue capaz de distinguir la diferente entre un hombre y una mujer, concentrándose en la imagen vacía de la pared frente a ella, con sólo su desastroso armario y sus zapatos tirados en el suelo mientras volvía a perder el aliento, sintiéndose presa de la lujuria de Yura y sus ambiciones cada vez que la tomaba de la cintura o encajaba las uñas en su piel cuando la sostenía de las caderas.

En ese momento Naraku dio un trago a su copa de vino y con ella en mano se levantó, caminando muy lentamente alrededor de la cama, observando, justo como le gustaba, cada ángulo de la cópula frente a él que estuviese al alcance de sus ojos hambrientos y sus deseos lascivos, junto a las manos que apenas y le temblaban del deseo y la frustración fuertemente acumulada entre sus piernas.

Más parecía un buitre observando un par de presas que se negaban a morir. Observó el rostro de Yura con atención: esa sonrisa traviesa que parecía incapaz de alejar de su rostro y el gesto tenso que delataba todo el esfuerzo que imprimía en embestir a su amante, y ella, con el rostro deformado del placer, el flequillo medio empapado sobre su frente y los mechones de su cabello que se le pegaban a la espalda y los hombros, hechos un torbellino imparable de hebras oscuras.

Era una imagen de lo más primitiva, aún así extrañamente sofisticada ante los estilizados cuerpos de bailarina que se unían y las correas negras que golpeaban los muslos desnudos de su hermana.

En cierto momento, y llevado por una extraña y casi inexplicable insatisfacción, Naraku se acercó a ambas muchachas y con la mayor desvergüenza se sentó a orillas de la cama, justo a lado del lugar donde Yura se mantenía en pie, encargándose de penetrar con toda su fuerza a Kagura, cuyos pies sobresalían por fuera de la orilla del colchón.

El hombre bailoteó por pura inercia sobre su sitio producto del movimiento desenfrenado que junto a él se gestaba con tanta pasión, casi sintiéndose por completo ignorado, pero aquello no lo molestó. En su lugar miró unos instantes su copa de vino. Sólo le quedaban un par de tragos para degustar, y como si apenas se diera cuenta de que había un par de chicas follando justo a su lado, finalmente les prestó atención y las miró como si fuera la cosa más normal del mundo. Incluso se dio el lujo de levantar una ceja, fingiendo apenas darse cuenta de lo que pasaba, y la insatisfacción siguió presente en lo más profundo de su pecho y las cosquillas traviesas que desde rato atrás asediaban su bajo vientre y se dirigían en punzadas palpitantes y dolorosas a su propia erección.

—¿Saben? Creo que falta algo en todo este asunto —comentó Naraku dándole el último trago a su copa.

Kagura volteó a verlo, aprovechando para recuperar un poco el aliento al tiempo que Yura también lo miraba, aunque sin detenerse. Únicamente bajó el ritmo de las embestidas hasta transformarlas en algo suave, propio del más gentil de los amantes. Kagura recibió esa lentitud con alivio y placer.

—¿Cómo qué? —murmuró su novia, alzando una ceja. Le sonrió a ambas.

Kagura querría asesinarlo cuando todo acabara, o le soltaría una putada en medio de todo el asunto, pero no le importó y, además, sabía que todo aquel juego lascivo era una mentira, un teatro privado que sólo él podía disfrutar en pos de sus propios deseos. Sin contar que su querida hermana había hecho cosas mucho más explicitas y complejas; tenía una habilidad sorprendente tanto para comportarse como una arpía o como una puta si la situación lo ameritaba y le daba la gana.

No contestó. Dejó que sus acciones hablaron por él. Kagura no pudo verlo cuando se levantó de la cama y caminó unos pocos pasos al mismo buró del cual Yura había sacado el arnés y el dildo. Rebuscó unos instantes y encontró justo lo que necesitaba, un pequeño frasco envuelto en papel metálico: un lubricante. Junto a él sacó una cajita cuyo juguete se encontraba impreso en la portada de frío y delgado cartón.

Yura lo miró unos instantes y supo enseguida lo que Naraku planeaba y quería ver, lo que quería que ella ejecutara y que Kagura recibiera. Él y sus ganas de ver a su hermana sometida ante esas falsas humillaciones sexuales, él y sus ganas de aumentar el concepto de perversión y tabú entre ambas.

Antes de que Kagura pudiese responder algo u objetar a su favor, sabiendo que justo tras ella se gestaba alguna clase de conspiración, Yura volvió a retomar el ritmo de antaño, aunque no tan brusco y agresivo, y de pronto se encontró sintiendo un dedo pulgar invadir sin mucho afán su entrada trasera.

Soltó un jadeo mezcla de sorpresa y, por qué no, también de placer. Un placer que resultaba incluso morboso y cuya sonrisa se obligó a aplacar. Naraku también sonrió y Yura se dedicó a mover suavemente la punta del dedo dentro del cuerpo de la chica, acoplándose junto al propio ritmo que sus caderas imprimían sobre el arnés que la penetraba a la par.

Naraku a esas alturas volvió a acercarse y se sentó junto a ellas, no sin antes servirse otra copa de vino y degustar el nuevo cigarro que recientemente había encendido, ya sin importarle tirar la ceniza al piso tanto como a Kagura no le importaba ser follada por cada rincón de su cuerpo.

Yura, luego de unos momentos, sustituyó el pulgar y lo cambió por un dedo; luego dos. Kagura se deshacía en gemidos, rememorando en su cabeza las muchas perversiones que había cometido con el mayor de los gustos ante el placer del sexo y la repugnancia que sentía hacia su hermano, quien había presenciado todas y cada una de ellas desde años atrás. Se sentía como un pecado, el más sucio y bajo de ellos, y aquel pensamiento no hizo más que excitarla más. Luego tendría el resto de su vida para arrepentirse o atormentarse con el intenso sentimiento de culpa.

Esa misma repulsión del momento la llevó a sonreír por pura inercia, justo cuando sintió las viscosas gotas de lubricante empaparla hasta resbalar por los ya muy sensibles pliegues de su sexo mientras Yura seguía preparándola con sus dedos.

Fue inevitable. El placer físico quedaba tristemente opacado ante la idea de que Naraku no podía hacer nada de eso con ella. Desvalida no estaba, no en esos momentos a pesar de su precaria situación económica, a pesar de sentirse como la más sucia de las putas. Porque Naraku no podía tocarla, y sus propios placeres voyeristas estaban a merced de lo que ella, en realidad, ordenara, demandara y consintiera; ni siquiera Yura podía meterse a pesar de sus muchos intentos y tentaciones. Ambas ponían las reglas, y sobre todas ellas era Kagura quien decidía quién se la metía y por dónde.

Y Naraku no podía hacer nada para reclamar, sólo observar y contenerse. Eso, para Kagura, era un éxtasis de poder sobre su hermano casi insuperable.

Una vez que Yura la notó lo suficientemente relajada, aún se dio el lujo de recibir el pequeño juguete entre sus manos cuando Naraku lo sacó de su caja y se lo entregó con una gentileza que ni siquiera era propia de él, de la misma forma en que solía engatusar al jurado que decidía sobre sus casos y sus victorias, con ademanes sofisticados y educados igual que si entregase un exquisito presente.

Yura, por supuesto, no era ningún jurado, pero era a través de ella, de esas amantes esporádicas o la muy poca ortodoxa relación que mantenían, por la cual Naraku podía disfrutar como nadie de los deseos más bajos y vulgares de su hermana justo frente a sus ojos.

Yura recibió en sus manos el juguete: un pequeño butt plug planteado, provisto con una delicada figura de rombo, de curvas suaves y lisas, ideal para resbalar y acoplarse al estrecho interior de todo cuerpo. Una brillante joya de falso rubí como broche de oro quedaba expuesta para dar una imagen de lo más coqueta entre las nalgas. Lo llamaban princess plug, una verdadera delicadeza dedicada a la perversión más femenina para algo que medio mundo consideraba un tabú, un acto sólo digno de las más descaradas y las prostitutas.

—Combina con el color de tus ojos, hermanita —bromeó socarronamente Naraku justo en el momento en que Yura dejó resbalar el plug por la entrada trasera de la chica y se detuvo, dejando justo en medio de sus nalgas la joya escarlata que brilló bajo el foco que se encontraba sobre el techo, justo sobre los tres, y los ojos de Kagura también brillaron con la misma intensidad, una deliciosa mezcla de odio y placer justo cuando estos se encontraron con los ojos rojos de su hermano, esos mismos que incluso parecían gemelos, hermanos como lo que eran, hermanos que muchas veces eran confundidos con mellizos.

Después se sonrió, se relamió lujuriosa los labios y permitió que la doble estimulación la poseyera con ambos juguetes antes de soltar uno de sus más clásicos insultos contra su hermano.

—Mejor cierra la boca, imbécil —espetó Kagura, pero no se volvió a dignar en mirarlo cuando Yura retomó el vaivén y las embestidas en su interior, agregando un factor de presión exquisito y morboso sobre sus dos entradas penetradas a la par, tanto que Kagura no pudo evitar dejarse caer sobre sus codos y restregar el rostro contra las sábanas, con cada segundo que pasaba gimiendo como posesa mientras su cuñada y su hermano observaban su cuerpo, sus caderas siendo asediadas por los espacios que guardaba con recelo entre sus piernas y rincones. Un recelo y pudor que ahora parecía jamás haber existido en ella.

Escuchar a su hermana gemir siempre le gustaba. Los gemidos también aumentaron cuando ella dirigió sus propios dedos a su sexo y acarició suavemente sobre toda la acuosa lubricación que allí se asentaba.

Sus jadeos y la forma en que iba perdiendo el aire siempre resultaba una especie de agonía deliciosa y lenta que él, gustoso, escuchaba como si se tratase de la más sublime de las sinfonías, imaginando que aquello era la más placentera de las muertes para su hermana, y empujado por esto ignoró la visión del cuerpo de la misma y se levantó de la cama, dejando que Yura siguiera con lo suyo y él, como siempre sucedía, se fue a lo propio y que más le gustaba: joder a su hermana incluso estando en el más bajo y delicioso éxtasis.

Porque claro, incluso en su propia muerte, la de verdad, él tenía planeado joderla. Algún día.

Con copa en mano y largando el humo por su boca apenas entreabierta, Naraku caminó hasta el otro lado de la cama y se encontró frente a frente con el rostro de Kagura deformado por el placer. Ella pudo percibir su presencia; sólo le bastó abrir los ojos para encontrarse con ese par de pupilas tan idénticas a las suyas, e incluso estas parecían sonreírle de la misma manera en que los labios de su hermano se curvaban en ese gesto tan detestable y que incluso a ella, en ocasiones, le resultaba asquerosamente encantador.

Se obligó a no pensar en ello. Se obligó a hacerlo rápido como siempre lo hacía, justo cuando la tensión comenzaba a dominarla, y acudió con desespero a la máscara de rabia y frustración que gustaba de utilizar como coraza en defensa contra él prácticamente desde que tenía uso de razón.

—¿Qué quieres?

La forma tan grosera en la cual se dirigió a él provocó que su hermano se estirara hacia ella y la tomara salvajemente del cabello. Kagura gimió, ligeramente adolorida, mientras la obligaba a mantener el rostro en alto para no perder detalle alguno de sus expresiones mutuas que se enfrentaban cual guerra silenciosa. Se acercó tanto a ella que sus labios casi podían tocarse y sus narices, en ocasiones, se rozaban.

—¿Te gusta esto? —murmuró Naraku. Su tono fue tan bajo que ni siquiera Yura pudo escucharlo. Esa charla era únicamente de los dos.

—¿Qué cosa?

Sabía por dónde iba la situación, conocía el punto exacto por el cual Naraku quería llevar sus palabras e incluso tergiversar las suyas. Lo sabía, lo conocía tan bien como él lo hacía con ella, la diferencia es que no conocía la forma de evitarlo.

—Que te den por todos lados.

Ahí Kagura soltó una carcajada, incluso si le faltaba un poco el aire. Yura levantó la vista y observó curiosa el peculiar drama que parecía formarse frente a ella. El teatro de hermanos que se odian y que aún así se miran a los ojos en los momentos más íntimos, como si aún estuvieran en la etapa de experimentación sexual infantil, como si jamás hubiesen superado dentro de sus cabezas los recuerdos de sus primeros toqueteos mutuos y experiencias libres de consecuencias o límites, ahora revestidos del infame sabor de la culpa.

Yura se sintió no más que una observadora, una igual que Naraku. Su placer en todo eso, a diferencia de su morboso novio, es que ella disfrutaba como nadie del pequeño drama que ese par armaban ahora casi sin pudor frente a ella incluso cuando intentaban no ser escuchados.

Kagura al final no respondió. Su carcajada limpia y sarcástica fue más que suficiente para hacer hervir momentáneamente la sangre de su hermano ante lo que él consideró una insolencia escupida directamente a su rostro.

—Eres una puta —le espetó Naraku, casi resentido, pero el peyorativo nombre no hizo mella alguna en Kagura, demasiado acostumbrada a mostrarse como era frente a él, mostrarse lo más descaradamente posible y aún así poseedora del poder de no darle entrada.

—Tal vez. Sí, soy una puta —contestó ella entre discretos gemidos. Ni siquiera su respiración entrecortada la pudo disuadir de dar el siguiente golpe a su hermano, uno que incluso supo a traición—. Pero no soy tu puta.

Al instante Naraku la soltó bruscamente del cabello, sabiendo que había perdido esa pequeña batalla, pero como era propio de su dinámica no tardó en comenzar otra tan rápido como la anterior había terminado.

Se puso de pie y miró a Yura, quien le devolvió la mirada. Su gesto era también una burla. Ella lo sabía todo de él, de Kagura, por eso lograba imponerse con tanta familiaridad e indecencia frente a ellos, sin pena alguna, porque sin siquiera pronunciar palabra, sólo con un discreto ademán o una sonrisa, era capaz de decir que lo sabía todo y tirar al carajo la enorme barrera de hermetismo que separaba y unía al mismo tiempo a ese par de hermanos.

Eso no disuadió a Naraku. Kagura ni siquiera lo vio venir, demasiado inmersa en el placer de su reciente victoria y la sensación de ser penetrada y estimulada por todos los puntos de su cuerpo, esos placeres bajos y vulgares que le valían ante los hambrientos e insidiosos ojos de su hermano la etiqueta de la peor de las zorras.

—Dale más fuerte, Yura. A mi hermanita le gusta que le den duro.

La aludida lo fulminó con la mirada. Sus manos se hicieron puños y arrugaron las sábanas frente a ella, y no supo exactamente si fue por el comentario de su hermano, palabras llenas de la más pura verdad, las pocas cosas en las cuales él no quería ni podía mentir, o si era porque efectivamente Yura acató la órden.

—¿Sabes qué es lo más perverso que he visto a Kagura hacer, Yura?

Ambas muchachas pudieron percibir sin esfuerzo alguno toda la insidiosa anticipación ante la cual Naraku se regodeaba con el sólo hecho de pensarlo, de recordar el momento, incluso de contarlo a la misma protagonista de aquella escena que en su boca siempre prometía grandes y extrañas anécdotas, al tiempo que convertía a su propia novia en una espectadora imaginaría de ese delicioso e irrefrenable momento del pasado.

La aludida, para toda respuesta, negó con la cabeza, diciendo quedamente que esta vez de verdad no tenía idea, que no se le ocurría algo más perverso que lo que justo estaban haciendo en ese instante. Al mismo tiempo dio a entender que quería saberlo todo.

—¿Qué? ¿Ahora me saldrás necrófila o algo así? —bromeó Yura acariciando suavemente los cabello de Kagura mientras aún la embestía. Ella la miró por sobre su hombro desnudo y contestó apenas con aliento.

—¿Estás loca? No seas asquerosa.

—Nada de eso —intervino Naraku enseguida, ampliando su sonrisa.

—¿Entonces qué es?

Yura no se detuvo, siguió penetrando a Kagura una y otra vez mientras los gemidos se hacían presentes en la habitación, recorriendo cada uno de sus rincones y entrando en los oídos de todos los presentes junto a la respiración agitada y espesa de la joven de cabello corto como fondo.

Naraku dio una calada a su cigarrillo antes de hablar.

—Una vez conseguí a tres chicas para que se follaran a mi hermanita —dijo Naraku; así, sin más. Kagura abrió los ojos y el odio en su mirar fue tan palpable y a la vez tan revestido con aquella encantadora lujuria del momento, que Naraku no pudo evitar dedicarle una lasciva sonrisa.

—Oh, ¿en serio? —exclamó Yura con una pizca de sorpresa sobreactuada, juguetona mientras se relamía el labio—. Suena divertido —dijo, tratando de imaginar cómo había sido aquella sesión a la que, por desgracia, no la invitaron.

—Eran tres chicas armadas con arneses, como tú —comenzó Naraku, expulsando de a poco el humo de su boca—. La sometieron como jamás había visto; era como ver a una auténtica puta, una maldita esclava. No importaba que fueran pollas falsas de plástico, ella lo disfrutaba como si se le fuese la vida en ello. Una de ellas estaba muy entretenida en su boca, haciéndola tragar hasta el fondo. Las otras dos la penetraban sin parar encerrándola entre sus cuerpos; una debajo de Kagura mientras la otra la follaba por atrás.

—¡Un sándwich! Cuánta maña, no sabía que tuvieras tanta habilidad, Kagura —la felicitó Yura apartándole unos cabellos del hombro y volteando su rostro para que la mirase.

—Cállate —espetó la joven, comenzando a sonrojarse.

—¿Y puedes creer que se corrió así, mientras la follaban por todos lados? —En ese momento Naraku se inclinó hacia su hermana y acercó su rostro al punto en que sus narices casi se tocaban—. Como una jodida puta de antro —Le acarició una mejilla con la punta de los dedos y la hizo levantar el mentón hacia él, sonriendo de medio lado ante una Kagura que lo miraba con la altanería de siempre, sin caer ante su provocación—. ¿No es así, hermanita?

Se vio tentada a escupirle en la cara antes de que la soltara; tal vez a tirarle la copa de vino que aún descansaba en su mano derecha, pero no hizo nada de eso. Como si pudiese preverlo, Yura la tomó del cabello y la hizo erguirse junto con ella. El gemido del inesperado dolor quedó aplacado por el sorpresivo placer cuando sintió las manos de su amante apretar uno de sus pechos. La otra se perdió entre sus piernas, retomando la delicada estimulación de sus zonas más vulnerables, y sin detener el vaivén de sus caderas, pellizcó uno de sus pezones con fuerza. Jaló de él, lo apretó con sus uñas, aún se dio el tiempo de lamer sus dedos y retomar los suaves pellizcos.

Quiso gemir, pero todo sonido de su boca quedó aplacado dentro de la boca de Yura y sus labios que sorpresivamente la succionaron, sustituyendo los jadeos por ruidos húmedos y la imponente visión que tuvo Naraku, de un segundo a otro, de ambas chicas cubiertas de sudor restregándose una contra otra, besándose como nunca las había visto hacerlo como presas de un poderoso hechizo de lujuria plagado de incontrolables feromonas que movían y manipulaban sus más profundos deseos y voluntades.

Se preguntó si harían exactamente lo mismo con la misma fiereza y pasión cuando él no estaba, y aún sin poder ser capaz de saberlo a ciencia cierta, pensó que eran un par de arpías malagradecidas. El par de putas más egoístas que jamás había conocido.

A su hermana pronto se le acabó el aire. Tuvo que romper el beso abruptamente y soltar un fuerte gemido que tanto su amante como su hermano estuvieron seguros que no volvería a pronunciar. Había sido agudo y potente, retorciéndose sobre sí misma, doblándose de placer mientras Yura seguía atacando su entrepierna, casi deseando que se detuviera ante la increíble sensibilidad que ahora resultaba muy ligeramente dolorosa, y como si esta le hubiese leído la mente, la joven de cabello corto la arrojó bruscamente de cara al colchón, rompiendo la unión falsa de sus cuerpos por unos instantes.

La hermana de Naraku la miró de reojo y se sintió humedecer más cuando Yura se arrojó sobre ella, y apenas separándole las piernas estando boca abajo, volvió a penetrarla de golpe, comenzando al instante con el desesperado vaivén. Kagura tuvo que agarrarse del colchón firmemente mientras se sentía embestida salvajemente por la bestia en la cual su compañera de piso parecía haberse convertido, y era diferente a la brusquedad de un hombre; era como si Yura fuese más una marionetista que imprimía su sello personal utilizando cabellos como hilos sobre los impulsos y placeres de su cuerpo que ardía y hervía desde lo más profundo de su vientre que se contraía contra las desordenadas sábanas.

Lo disfrutaba como disfrutaba pocas cosas. Disfrutaba de saber que su rebeldía podía ser quebrantada por un buen par de caricias bien hechas, que las rodillas le podían temblar de puro gozo y que podía ser capaz de entregarse con tanta firmeza y descaro a un acto que, más allá de la acción sino su conjunto, más de uno consideraría el más sucio de los tabúes, la perversidad impresa en su cara y la de su amante con el mismo éxtasis con el cual bailaban sobre el escenario y eran aplaudidas sin que siquiera una sola alma del basto publico pudiese sospechar lo que verdaderamente eran, pero más que eso, disfrutaba de saber que nada de eso era para Naraku. Sólo en esos momentos estaba en verdadera ventaja sobre su hermano, y ambos lo sabían, Yura era testigo inequívoco de ello.

Naraku siempre se humillaba discretamente cuando sus ocultos impulsos y sensaciones lo dominaban para soltar los billetes necesarios, pero de una u otra forma siempre se quedaba con las ganas, con su miembro a reventar dentro de los pantalones y el encantador rencor que sentía contra ellas creciendo un poco más dentro de su duro corazón.

Estaban muy cerca, más cerca de lo que jamás habían estado. Vio las manos de Kagura contraerse en la orilla del colchón y la miró fijamente, pero ella tenía los ojos fuertemente cerrados, jadeando sin aliento. Ahora más que nunca pudo escuchar sus gemidos penetrar en sus oídos como fuertes campanas, ignorándolo por completo.

Entonces acercó su mano. La dirigió directo a las de Kagura y apenas se atrevió a rozar los dedos. Jamás había tocado su piel cuando estaba teniendo sexo, eso significaba romper los últimos vestigios de las pocas barreras que existían dentro de su retorcida relación de hermanos, y mientras Yura se recostaba sobre su espalda, aún invadiéndola con movimientos mortales, tomándose un instante para acariciar su cabello y aspirar el aroma y la calidez que estos desprendían, Kagura abrió los ojos y se encontró con los de su hermano.

—No te atreves, cobarde —susurró en voz muy baja, tan baja que ni siquiera Yura pudo escucharla—. Eso me convierte en la puta de quien sea, pero jamás tuya.

En ese instante Naraku frunció el ceño y alejó sus manos de las de Kagura tan rápidamente que, a primera vista, daba la impresión de que su piel se había encendido al punto de las llamas junto a su intensa mirada rojiza, tan llena de rencor, odio y lujuria, quemando a su hermano en el acto. Ni siquiera pudo seguir tan cerca de ella. No se atrevía, no en ese instante.

La observó con todo el odio que fue capaz de impregnar en sus orbes escarlatas directo a las de su hermana. Ese mismo odio chocó y de haber sido una reacción física y palpable que pudiera verse y sentirse más allá de la propia sangre, tan similar, que corría por sus venas violenta y feroz, habría echado chispas, y él, movido por esa misma sensación, con la voz y el gesto endurecido como roca, soltó la ultima órden de la noche.

—Termina con esto de una vez Yura. Haz que se corra —espetó Naraku con un despectivo ademán, para luego fijar la vista sobre su hermana—. Ya dice incoherencias.

Sonrió con desprecio. Kagura supo que planeaba algo, pero ni de cerca pudo adivinar qué era, y terminó pensando que, igual que ella, su hermano también hablaba incoherencias.

Yura se separó de ella respirando entrecortadamente, ya indispuesta a ser quien hiciera todo el maldito trabajo. Con la mayor desvergüenza posible se recostó sobre la cama, casi posando sobre el colchón presumiendo todo su cuerpo desnudo como si fuese una modelo de revista.

Kagura se sentó sobre sus piernas y la observó unos instantes, y su amante, como si fuera tal cosa, apuntó al dildo que se levantaba con una imponencia peculiar, casi graciosa, sobre el arnés negro, indicándole dónde exactamente debía sentarse.

No pudo evitar sonreír, y caminando sobre sus manos y rodillas, se acercó como una gatita hacia ella, poniéndose al instante sobre la chica y dirigiendo con su mano el juguete al punto por el cual quería que entrara. Se sentó con lentitud sobre él y dejó que nuevamente el juguete se abriera a paso lento dentro de ella, extendiéndola en todos sus espacios, aumentando la presión con el plug que aún se hallaba incrustado tras ella. Gimió con la misma suavidad con la cual permitió que el juguete purpura la invadiera hasta alcanzar el fondo, hasta que sus muslos chocaron con las caderas de Yura enfundadas en cuero negro y sus rodillas se clavaron sobre el colchón y las sábanas desechas.

Se irguió con todo su perfil como si fuese una autentica diosa de la lujuria y el placer, y arqueando la ceja comenzó a moverse de arriba hacia abajo como si montara sobre una carrera de la cual dependía su vida, en la cual sabía que la victoria final la haría sentir que moría por segunda ocasión, como muchas otras veces se había sentido morir y seguramente le tocaría muchas otras veces más antes de realmente hacerlo.

Naraku admiró el ángulo de ambas jóvenes durante algunos segundos, dedicándole a cada punto unos cuantos momentos y moviéndose de un lugar a otro con el cigarro apenas llegando a la mitad de su consumo, y aún encontró sorprendente cómo a pesar del cansancio y el sudor que la rodeaba, su hermana era capaz de cabalgar a Yura como si la vida se le fuera en ello, desfogando toda esa energía igual que si buscara morir de la peor de las descargas eléctricas.

Se veía tan… libre, tan desligada de él. Tanto que casi le daba asco.

Tal vez fueran las manos de Yura que rodeaban sus caderas y las apretaban. Tal vez cuando estas subían por sus pechos y los estrujaban con suavidad, cuando acariciaba y pellizcaba los pezones o se erguía para besarla. Lucían como un par de diabólicas ninfas que se habían cansado de los mortales masculinos que únicamente buscaban molestarlas y penetrarlas sin gracia, ahora vengándose contra ellos mostrándoles con descaro de lo que se perdían y que ellas no les permitirían tomar.

Mientras Kagura se deshacía entre gemidos y sentía el sudor mojarle la piel, se inclinó hacia Yura, sin dejar de arquear la espalda, y se sostuvo de sus hombros al tiempo que movía sus caderas de abajo hacia arriba permitiendo que toda la totalidad del juguete se encajara en su interior. Incluso procuro hacerlo cuando supo que Naraku estaba al pie de la cama, observándolas fijamente, y sabiendo esto volteó el rostro, mirándolo por encima de su hombro mientras a Yura le daba la sugerente imagen de sus pechos agitados, moviéndose a su propio ritmo y casi sobre su cara.

El olor del cigarrillo llegó como nunca hasta la nariz de Kagura, percibiendo el aroma como jamás lo había hecho, con todos los sentidos de su cuerpo y su percepción despiertos y alertas igual que si estuviera en una batalla, e impulsada por la adrenalina de dominar todo aquello, se llevó una mano a la curva de una de sus nalgas y apretó la piel y el musculo bajo su palma, permitiéndole ver a su hermano igual que una esplendorosa imagen cómo el dildo entraba y salía de ella, aunado a la imagen de la joya carmesí aún incrustada en su entrada trasera.

Naraku se estremeció y juró, sólo durante un instante, que habría sido capaz de vender su alma al Diablo a cambio de invadir a placer todos los rincones de su hermana y desfogar, al fin, toda esa maldita y mortal tensión que llevaba acumulando durante años.

Observó unos segundos su descaro, embelesado por ese atrevimiento tan sensual que la caracterizaba, a veces evocando a su mente las muchas ocasiones en que había visto a su hermana de formas similares, pero cuando levantó la vista hacia ella y se la encontró aún mirándolo, la joven se sonrió. Primero pareció una sonrisa burlona, y lo era, pero era una sonrisa dedicada únicamente a él. Una sonrisa tan burlona como perversa que parecía invitar al más sucio de los morbos.

Una sonrisa exactamente igual a la de él.

Era la primera vez que le sonreía únicamente a él, de todas las veces que la había visto hacer eso, y el gesto fue tan inesperado que Naraku no fue capaz de reaccionar ágilmente, de regresarlo o burlarse como ella lo hizo. Su hermana no tuvo tiempo de seguir jodiéndole la vida y la confianza cuando la estimulación de su entrepierna entre el juego y sus dedos la llevó directo, segundo a segundo, a un orgasmo tenso que la hizo estremecerse como si su cuerpo sufriera el más letal de los terremotos.

Segundos antes su respiración se volvió un descontrolado y violento huracán, pasando luego a una serie de gemidos entrecortados por las fuertes contracciones. El calor asfixiante la rodeó y sintió evaporarse por unos segundos cuando los gemidos, los del punto más álgido, los más agudos y entrecortados, casi dolorosos, explotaron en su garganta. Se sintió como la más sucia de las putas mientras seguía meciéndose sobre el dildo, mientras sentía sus músculos más sensibles contraerse al ritmo de las milésimas de segundo y la cabeza que le martillaba de placer, y entonces sintió el punto culminante que, siempre creyó, debía ser similar a la más exquisita de las muertes.

Yura lo apreció todo desde la primera fila. Naraku, por el contrario, lo hizo de perfil, con sus rodillas casi rozando la orilla de la cama, con su cigarro casi consumido en su boca y callado, atento a las reacciones de su hermana hasta que esta de a poco fue bajando del paraíso y cayó de nuevo a la realidad cruenta y cruel de la vida que, a pesar de todo, ahora no sonaba tan dura, incluso si el gusto sólo duraba el resto de la noche y a la mañana volvía a ser la misma arisca intratable de siempre.

La sonrisa de placer culminante adornó los rojos labios de Kagura y aún bajo la estimulación de la penetración se inclinó para besar con deleite a Yura. Le faltaba el aliento, sus pechos chocaban producto de la respiración entrecortada de la hermana de Naraku, y su amante correspondió al gesto con la misma malicia con la cual ella se le había acercado. Era claro que todo eso la excitaba y también esperaba su turno una vez que ya había satisfecho a su compañera de piso, a su cuñada, y de vez en cuando a su amante.

Ni siquiera tuvieron que esperar la órden de Naraku. Habían hecho eso muchas veces y ambas, como mujeres que eran y que se conocían mejor que nadie, sabían exactamente lo que la otra buscaba y cómo provocarlo.

Naraku regresó a sentarse al sofá cuando Kagura se alejó de Yura y comenzó a quitarle el arnés con el dildo, dejando la totalidad de su cuerpo desnudo a excepción de las medias de red, mismas que ya mostraban algunas aberturas desgarradas producto de la constante fricción, y casi como si sus mentes pudiesen coordinarse, Kagura serpenteó con sus dedos a todo lo largo de las piernas de la joven, formando espirales sobre las aberturas propias de la red negra y sus daños hasta llegar a sus muslos.

Yura, ansiosa, ni siquiera soportó la tentación de esperar a que fuera la misma Kagura quien le abriera las piernas; ella misma lo hizo con toda ese descaro y desvergüenza que la caracterizaba y que Naraku tanto disfrutaba, sin apartar la sonrisa traviesa que casi siempre mantenía en su rostro, y su amante, también ansiosa, impaciente y llevada por la satisfacción de su reciente encuentro, enterró el rostro en medio de los muslos de la chica y jugueteó un rato con su piel, acariciando con sus dedos todo sitio y rincón que le daba la gana antes de atreverse a succionar con su boca y lengua los pliegues más cálidos y suaves.

Cuando lo hizo sintió al instante la abrumadora humedad que rodeaba todo el sexo de la joven; saboreó su esencia y se la bebió como si fuese la más deliciosa de las fuentes y Yura, estimulada por toda la visión, por sus actos, las caricias y la fricción de todos los movimientos realizados, no tardó en comenzar a gemir y perder de vista los intrincados hilos con los cuales solía manipular el placer de la hermana de su novio, dejándose llevar por los propios hilos de ella y su apabullante impulsividad, tan errática e inesperada como lo era una ráfaga de viento que la despeinaba sin importarle una mierda las muchas horas que pasaba cuidando de su cabellera y cortándola al punto de la perfección.

Y, de hecho, su cabellera quedó hecha un desastre de hebras oscuras cual ala de cuervo contra la almohada con la cual Yura se estremecía y gemía, cerrando los ojos esperando paciente que las caricias húmedas de la joven contra la propia hicieran el efecto esperado. Mientras tanto disfrutó el viaje y el recorrido igual que Kagura disfrutaba del suyo junto a toda la lujuria que aún la asfixiaba ante la sola idea de estar devorando el sexo de una chica, el sexo de la propia novia de su hermano mientras este las observaba callado como nunca, sabiéndolo inmerso en su lucha interna contra sus propios deseos que pugnaban ser liberados de sus propias ganas incómodamente encerradas debajo de su ropa, bajo su vientre, pero ni siquiera lo miró ni mucho menos se detuvo cuando notó los jadeos de Yura cada vez más entrecortados y agudos, más dolorosos, tan dolorosos como era la forma en que la muchacha ya había comenzado a tomarla de la cabeza buscando que no se separara ni un segundo de ella, jalando sus cabellos bruscamente y comenzando a retorcerse a la par de los movimientos de lengua que la remojaban e invadían.

Naraku también pudo identificar el orgasmo de su novia a boca de la mano de su hermana cuando la muchacha soltó un último suspiro igual al de aquel que se entrega a la más sublime muerte y, finalmente, su vientre se contrajo. Vio sus piernas flexionarse alrededor del cuerpo de Kagura y su rostro deformarse por el placer. A veces le resultaba increíble como los gestos de dolor y gozo de las mujeres podían confundirse fácilmente, y aún así tenían esa vaga y delgada línea que lograba separarlos y que pocos sabían identificar y manipular. En otras ocasiones, el orgasmo femenino le parecía más una especie de curiosa posesión demoniaca, amén de las muchas razones que censuraban sin piedad a lo largo de la historia y las culturas los placeres femeninos por miedo y absurda intimidación.

Yura, igual que Kagura momentos antes, sintió sus músculos contraerse terriblemente. Se sintió lubricar aún más y también a Kagura bebiéndose toda su transparente esencia mientras la sostenía de las piernas por si acaso era demasiado y en un impulso mezcla de dolor y placer buscaba detener aquello.

Kagura se centró todos los segundos que duró el climax de Yura en su punto más sensible, el mismo que enviaba a toda su espina dorsal y nervios de su cuerpo aquellas descargas eléctricas que le enrojecían ligeramente la piel hasta que, finalmente, la muchacha dejó de gemir y se dejó caer agotada y satisfecha contra las sábanas, que a esas alturas eran un asco, disfrutando de las ultimas caricias y besos que su amante proporcionaba a su entrepierna intentando recuperar el aliento.

Naraku acababa de apagar su cigarrillo bruscamente contra el cenicero cuando vio a su hermana recostarse sobre Yura y besarla unos instantes. Ambas compartieron los restos de excitación de la muchacha que humedecieron los labios de su hermana y los mezclaron con su propia saliva entre besos traviesos tan llenos de falsa timidez, besos que mientras compartieron lo hicieron únicamente entre ellas, sin mirarlo siquiera, ignorándolo por completo y friccionando sus cuerpos desnudos y pieles llenas de sudor con las ultimas caricias que ya venían acompañadas del agotamiento y el letargo propio luego de toda esa furiosa energía desfogada y, por qué no, la promesa de descansar el resto de la noche.

—¿Te divertiste? —ronroneó Yura volviendo el rostro a su novio, quien levantó el mentón cuando los ojos de ambas chicas se posaron sobre él casi con crueldad.

—Lo normal —contestó Naraku encogiéndose de hombros. Su hermana, en respuesta, le levantó el dedo medio al tiempo que se separaba de Yura, quien le hizo una señal a su novio para que le arrojase la cajetilla de cigarros.

Naraku el instante se la lanzó y Yura, claramente siendo una chica de manos ágiles y rápidas, la atrapó en el aire, sin perder tiempo en sacar uno de ellos y encenderlo acomodándose en la cama cual modelo de revista, como si aún intentase seducir a su novio.

Kagura, por otro lado y recuperando su actitud arisca, casi olvidando por completo todo el placer recibido momentos antes, se levantó de la cama y caminó, no tan grácilmente ni con muchas ganas, directo al baño, donde se mantuvo encerrada un rato intentando hacer tiempo. No fuera a ser que saliera de ahí y se encontrase a Yura en pleno jugueteo con Naraku.

A veces pensaba que era una lástima que sus deseos sexuales e impulsos fuesen extrañamente los contrarios a los de su hermano. A ella no le gustaba tanto observar; extrañamente, prefería compartir, pero sus placeres eran algo que compartir con su hermano sería más que una prohibida unión, sino un verdadero pecado que contra todo su amargo razonamiento, día con día siempre la tentaban un poco más.


"Todo deseo tiene un objeto y éste es siempre oscuro. No hay deseos inocentes"

Luis Buñuel


Les dije que en el segundo capítulo venía lo bueno (?)

La verdad esta vez no tengo mucho que aclarar. Escribir esto también me sacó de quicio. Demasiado lemmon, necesito un descanso de eso u.u pero quería ponerme creativa con el tema (?) y agregar cosas como el arnés o el plug me pareció buena idea para lo que es el juego sexual, sobre todo porque está el factor de que no es algo completamente íntimo entre Kagura y Yura, sino que tienen a su espectador (?)

Muchas gracias a quienes se han tomado el tiempo de leer este fic (ya sólo le queda un capítulo, uno mucho más corto) y a quienes me dejaron review. En cuanto pueda responderé y espero hayan disfrutado de este capítulo n.n

[A favor de la Campaña"Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo]

Me despido

Agatha Romaniev