Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta historia está hecha con el único fin de entretener.
Advertencias: lime y lemmon, lesbianismo, incesto, lenguaje vulgar y agresión física/psicológica.
"Las perversiones parecen rechazar el completo esclavizamiento del ego del placer por el ego de la realidad. Exigiendo libertad instintiva en un mundo de represión, a menudo están caracterizadas por un fuerte repudio de ese sentimiento de culpa que acompaña a la represión sexual"
Herbert Marcuse
El Último Tabú
No se molestó en siquiera fumar un cigarrillo antes de echarse a dormir. Cuando regresó a la cama Naraku ya no estaba en la habitación y lo primero que pensó es que ya se había ido; mejor para ella, podría dormir mejor sabiendo que no estaba cerca.
Yura, por otro lado, se había retirado a su propia habitación sin siquiera dar las buenas noches (después de todo lo que habían hecho incluso estaba de más), aunque pudo escuchar el sonido de la ducha durante unos minutos una vez que Kagura se metió bajo las sábanas de su propia cama desarreglada y hecha un desastre. No le importó que estuviesen calientes y enredadas; cualquiera habría dicho, sin temor a equivocarse, que olían a sexo, pero ella no percibía nada. Estaba demasiado agotada como para siquiera molestarse en ponerse encima la pijama.
Hecha un desastre de cansancio, con una familiar sensación ligeramente lacerante en la entrada de su sexo y las caderas adoloridas de tanto mantener las piernas abiertas, cayó completamente vencida al sueño y no despertó todo lo que duró el resto de la noche. Durmió de corrido, sin sueños ni pesadillas de por medio como si de una profunda borrachera se tratase.
Tampoco le interesó buscar a su hermano ni a su compañera de piso. Lo que interesaba es ya tenían con qué pagar la renta del departamento y que pasarían unas semanas antes de que Naraku volviese a insinuar el despertar de sus deseos, mismos que, Kagura sabía, estaría saciando los próximos días masturbándose a solas, recordando el reciente acontecimiento entre su hermana y su novia. Puede que ni siquiera se molestara en hablarle, o al menos con ese pensamiento se había ido a la cama antes de dejarse arrastrar por la inconsciencia, y ese mismo pensamiento desapareció por completo una vez que abrió los ojos a la mañana siguiente.
Según el despertador, era medio día, hora razonable para despertar tomando en cuenta que era sábado y se había ido a la cama pasada la madrugada.
El aire acondicionado le daba un poco de frío bajo las precarias sábanas, ligeras y delgadas, que se amoldaban a las curvas de su ahora descansado cuerpo sobre el colchón. También la había despertado el sonido del televisor; la voz del conductor de las noticias de medio día entró suavemente por sus oídos al tiempo que se daba vuelta sobre la cama y lo primero que vio fue el control remoto sujeto por la mano de Naraku.
—¿Qué diablos haces aquí? —inquirió Kagura, aún más áspera como siempre lo era por las mañanas y recién despierta.
Levantó la vista hacia su hermano y lo encontró inmerso mirándola a ella, no a la pantalla. Parecía haberla estado observando durante horas, porque los músculos de su rostro no se movieron en los primeros segundos como si estuviese demasiado acostumbrado a la imagen de la muchacha dormitando.
—Nada en especial —contestó al fin expresando algún tipo de emoción, aunque Kagura no alcanzó a identificarlo por completo. Simplemente lo vio encogerse de hombros mientras ella se removía perezosa en el colchón, dejando que las sábanas se amoldaran un poco más a sus trabajadas piernas de bailarina.
—¿Dónde está Yura? —preguntó luego de unos instantes, enterrando la cabeza entre las almohadas.
—¿Llorando porque tu amante no te dio un beso de despedida?
La burla de su hermano la hizo gruñir y al instante posó la vista dura y áspera sobre él. Como era común entre ellos, no le costó trabajo regresarse el golpe con la misma intensidad.
—¿Así como tú?
El hombre arqueó una ceja y se acomodó un poco más sobre su sitio, sin embargo su silencio disfrazado de ofensa e indignación resultó ser perfecto como trampa para su hermana, quien no pudo evitar seguir hablando como solía hacerlo cuando él se quedaba enigmáticamente callado.
—Ella sólo te utiliza.
—A ti también —concluyó Naraku, sintiéndose incapaz de sentir algún tipo de resentimiento contra su novia. ¿Y cómo hacerlo, si la chica era el medio por el cual cumplía sus fantasías más excéntricas?
No la amaba, de eso podía estar seguro. Sabía que lo suyo con Yura no era amor, y ni siquiera llegaba a ser algo tan superficial como sólo tratarse de sexo. El amor no era algo que ninguno de los dos buscara. Ella estaba dispuesta a vivir la vida como le diera la gana sin ataduras, tabúes ni etiquetas que la marcasen limitando sus acciones a tal o cual cosa para encajar y resultar congruente con su modo de pensar, y si podía sacarle provecho a aquel desenfreno que era ya religión en la vida de su novia, aún mejor, muy distinto al modus operandi de vida de su hermana y, por qué no, de él mismo.
Por otro lado, estaba dispuesto a pagar por satisfacer sus deseos más bajos, pero los deseos de Kagura, más allá del placer que sentía al ser observada y nunca permitirle tocar, aún después de todos esos años de bizarra relación de hermanos se le escapaban.
—Supongo que eso nos deja a los tres a mano.
Kagura se dio la vuelta y las sábanas se enredaron alrededor de su cuerpo al tiempo que se estiraba intentando desperezarse. Naraku no pudo evitar pasar su mirada, paciente, escrutadora y serena, por encima de todo el cuerpo de la chica y aquel acto, como solía pasar entre ellos luego de tantos años guardando vergonzosos y morbosos secretos apenas conocidos por algunos cuantos amantes casuales, no pasó desapercibido para la joven.
—¿Qué tanto me miras, imbécil? —espetó irguiéndose sobre sus codos, y aunque sabía que la chica no había pensado ni por un segundo el juego de palabras que se creó al instante de que estos salieron disparados de su boca con su mismo filo venenoso de siempre, Naraku, por el contrario, recibió cada una de sus apuñaladas rápidas y las saboreó lentamente, casi dándose el lujo de disfrutar los tonos, las silabas, la forma de las palabras que vendrían a continuación de su precaria charla fingida de hermanos insoportables que no se aguantan.
—Nada, sólo te miraba —contestó fingiéndose despreocupado, como si fuera tal cosa. No pudo evitar regocijarse con el bufido de su hermana.
—Pues mira a otro lado, psicópata —masculló—. Tienes suficiente con lo que te doy.
—¿Crees…?
La pregunta de Naraku, soltada a medias como si esperase que ella la completara, la sacó de juego por unos instantes, y mientras su mente luchaba por interpretar las palabras a veces peligrosas que soltaba la ponzoñosa lengua de su hermano, este aprovechó para agregar una pregunta que resultó tan obvia como socarrona—: ¿Te molesta que te observe dormir, pero no te molesta que te observe siendo follada por mujeres? Vaya que eres excéntrica e incongruente, como siempre.
Kagura guardó silencio y apretó la mandíbula, intentando controlar los impulsos de rabia que le gritaban y exigía que le escupiese a la cara.
—Lo mismo podría decir sobre ti —gruñó, atreviéndose a acercarse un poco más a él, comenzando a formar una maliciosa sonrisa en sus labios, la misma sonrisa que siempre lograba remover algo en el interior de su hermano; una mezcla de recelo, desconfianza y atracción a su discreto juego de traición—. ¿A qué clase de hermano se le pone dura cuando ve a su propia hermana siendo follada por otras chicas, incluso su novia?
En ese instante Naraku, rápido como una serpiente y letal como una araña, se movió hacia ella y aprovechó la distraída distancia que había roto para tomar la ventaja que siempre había deseado. La tomó por el mentón con fuerza y Kagura intentó forcejear un poco, pero apretó más los dedos en torno a su piel y la obligó a mirarlo directo a los ojos como si buscara quemarle las pupilas con el mismo color carmín y centelleante que ambos compartían por inequívoca genética.
—Suéltame —logró mascullar antes de ser interrumpida por él.
—¿Y qué clase de hermana disfruta con todo eso?
Se vio tentado a soltarla, brusco y hostil como siempre lo era cuando la chica lograba sacarlo de sus casillas y el tacto de su piel terminaba quemándolo, pero la respiración cálida de ella, que chocaba directamente contra su rostro, se lo impidió como si tuviese alguna especie de fuerza sobrenatural que le gritaba venganza.
Sí, quería venganza. Era una venganza tonta, casi absurda a comparación de las estafas y desfalcos que era capaz de cometer contra aquellos que consideraba no más que aliados temporales e ingenuos y enemigos declarados. Había algo que le gritaba que detuviera la respiración de Kagura. Que la ahorcara, quizá. Que la ha ahorcara con sus propias manos, que pusiera un alto eterno a su respiración, que la alterara y entrecortara al punto de la muerte y sintiera la sangre de su yugular detenerse bajo el tacto de sus manos crueles y apretadas en torno a su delicado cuello, pero ya había visto morir y sucumbir a su hermana muchas veces, por segundos y entre gemidos de placer recibiendo gustosa aquella deliciosa petite mort, y disfrutaba con la mortal idea entre un punto que danzaba entre la absoluta racionalidad y lo completamente insano.
Luego, la respuesta a sus deseos de venganza, tan fuertes como sus deseos carnales, llegó por la propia boca de la joven que tenía sujeta como si esta pudiese leerle la mente.
—Lo disfruto porque no puedes hacer nada; sólo puedes mirar y no tocar —Hizo una pausa que a él se le antojó sensual, y es que el gesto de desconcierto que mostró siempre la excitaba a un punto insospechado. ¿Sería por eso que él siempre le hacía exactamente lo mismo, para sentir aquel enfermo placer al ver retorcer su rostro en agónica y silenciosa angustia?—. No te atreves, cobarde.
Incluso sonrió. Era una sonrisa torcida, deformada por la insidia, escalofriante para las personas de moral y ética que tenían consciencia, pero asquerosamente atractiva para un amante de todo lo mórbido y perverso como su querido y mil veces maldito e hipócrita hermano.
—Tendrías que retirar eso.
La afirmación de Naraku no era una broma ni una burla, era una afirmación que predecía el futuro más inmediato de ambos y que marcaría el resto de sus vidas con sello y firma, sin posibilidad de retorno alguno.
Kagura no tardó en sentir la mano de su hermano viajar paciente y traviesa por sobre las tersas curvas de su pierna, jugueteando por encima de la cadera y removiendo un poco más la sábana. La pudo sentir temblar ligeramente, tensarse debajo de la delgada tela, y eso lo hizo ampliar su sonrisa de íncubo encantador.
—No te atreves…
—Ya lo hago —respondió Naraku al instante, y para cuando sus últimas palabras fueron pronunciadas, su mano ya se había amoldado al suave valle que formaba la estreches de la femenina cintura.
Esa era la última frontera, la última línea que cruzar. El ultimo tabú. Una vez que avanzaran más, si ella no lo detenía, si él no se alejaba, nada podría regresarlos de nuevo al punto de la barrera que de a poco ya comenzaban a derribar frente a sus frágiles consciencias.
Cayó aún más de aquella invisible y quebradiza estructura cuando él soltó su rostro y ella, en cambio, mantuvo la mirada sobre sus ojos, respirando con la misma potencia con la cual él lo hacía, como si perder el contacto visual significara una humillante derrota mientras sus ojos luchaban contra sus propios deseos para viajar camino abajo, a la visión de los labios del otro, aún dudando de si tirar los cimientos de esa barrera construida durante años a base de tratos silenciosos, deseos morbosos y secretos que nadie más se atrevía a tocar más que ellos dos, contacto que se rompió cuando él volvió a mover su mano, acariciando ahora el brazo desnudo de su hermana, y entonces ella, como si fuese algo automático, se sintió lubricar en su entrepierna y su corazón palpitar tan rápido y fuerte que por unos instantes creyó que Naraku la escucharía y se burlaría de ella.
Sus respiraciones siguieron chocando, cada vez más agitadas y rápidas, mirándose expectantes, cubiertos bajo el manto de una duda absurda e hipócrita que sin darse cuenta ya comenzaban a desgarrar, a quitar de en medio tal y cómo Naraku había bajado ya la sábana que cubría la desnudez de su hermana hasta mostrar sus pechos desnudos y su piel deliciosamente erizada por la excitación.
Ahí Naraku comprendió que todo lo que Yura había dicho era cierto: Kagura podía resultar ser dócil si sabían dónde y cómo tocarla. Sus rodillas temblaban y su sexo palpitaba al ritmo de los latidos de su corazón, que desesperado enviaba señales a todo su cuerpo electrificado de la misma manera que el hombre sintió su propia sangre, producto de sus palpitaciones más similares a rayos desgarradores que latidos, viajar hasta su propia entrepierna haciéndolo sentir la familiar sensación del duro placer anticipado, ahora concentrado incómodamente bajo su ropa.
Por eso Kagura podía hacer todo eso; no se trataba de sólo mirar y desear a distancia, sino de saber cómo tocar suavemente los tabúes para tirarlos abajo igual a frágiles y delicadas piezas de cristal. No importaba si se trataba de un hombre, de una chica, algún amante casual, o de su propio hermano.
—Naraku…
El llamado de su hermana se pudo interpretar de muchas maneras. En cualquier otra situación el aludido habría creído que era una llamada de advertencia, una burla o incluso un nombre vuelto repugnante insulto en sus labios rojos, pero la forma en cómo el aire salió de su boca al tiempo que la palabra se desprendió de sus labios, sonó más como a un grito de victoria cuando las murallas entre ellos se cayeron finalmente y se destruyeron debajo de sus pies con un estruendo furioso.
Volvió a tomarla del mentón y sin mediar palabra, sin darle siquiera tiempo de decir algo más, Naraku se atrevió a exigir los labios de su hermana con una vehemencia que jamás había utilizado con ninguna otra mujer.
La devoró al instante como quien al fin consigue un objeto largamente anhelado y deseado, y cuando empujó a la joven hacia él, atrapando su cintura con firmeza, fue cuando ella salió de su aturdimiento y llevada por los múltiples y caóticos impulsos de su cuerpo terminó por corresponder el beso, volviéndolo un poco más húmedo y profundo mientras tomaba a su hermano del cabello para que no escapara de la cálida lengua que introdujo entre sus labios.
Se sintió poderosa y magnánima sintiéndolo más cerca de ella que nunca, más cerca de lo que cualquier otra chica lo había estado del gran megalómano que era su hermano. No podía respirar pero su pecho bajaba y subía a un ritmo descontrolado, con sus senos chocando contra el pecho de él, cubierto por la camisa que se arrugaba cada vez más bajo sus manos que viajaban por si solas de un lado a otro buscando despojarlo de ella.
¿Sería el placer reciente de la noche o algo que simplemente anhelaron y desearon en sus noches más solitarias, no tan lejanas a pesar de sus extravagantes practicas voyeristas y candaulistas? ¿Sería tal vez el placer insano de saberse ahora dueños del último tabú, resquebrajado entre sus propias garras y los bruscos besos que compartían, húmedos y llenos de mordidas contra sus labios y cuellos?
No lo sabían, y si lo sabían no tenían ganas de discutirlo en esos instantes. Habían tenido toda la vida para pensarlo y reprimirlo, y quizá también el resto de la misma para arrepentirse, lo único que sentían es que al fin conseguían ese deseo tan anhelado, ese tacto tan largamente deseado, y el asco que venía acompañado del acto se oxidó y desapareció para dar lugar al placer y la funesta afirmación silenciosa de que aquello tarde o temprano sería su perdición.
Antes de siquiera darse cuenta Kagura ya estaba encima de su hermano y había comenzado a desabrochar su cinturón. Lo hizo tan rápidamente que al sacarlo el sonido fue similar al de un látigo y aquello despertó aún más los sentidos de Naraku, que observó embelesado a la joven totalmente desnuda sobre él, ya sonrojada y ansiosa, metiendo las manos entre sus pantalones hasta sacar su miembro asombrosamente endurecido.
Gimió igual que un muchacho inexperto ante su primera experiencia cuando sintió las manos de Kagura tomarlo con firmeza y estimularlo unos segundos, y el momento en que ella se sentó sobre él respirando agitada, dejando que su descarada polla la invadiera, Naraku se arqueó ligeramente y se descubrió encontrando esa penetración como la más satisfactoria de todas, mucho más placentera que la primera de su vida, mucho más deleitosa que la de aquella prostituta que le enseñó mucho de lo que sabía, mil veces más exquisita que la de penetrar a la más sucia y entregada de las novias que había tenido.
Nada se comparaba a la sensación de sentirse dentro de la estreches tibia y húmeda de su hermana, incluso a la sensación de sentirse dominado bajo sus agitados movimientos de cadera que lo manipulaban y estimulaban como si no fuese más que un triste y miserable títere de su placer.
Joder, si Yura los encontraba así la agarrarían, probablemente, unos celos infernales. Ella nunca había tenido intenciones de compartirlo realmente.
Sus gemidos instantáneos, la calidez y humedad que lo abrazaba con tanto brío y la bucólica imagen de su hermana cabalgándolo igual que una ninfa hecha de lujuria y diabólico placer, iluminada casi angelicalmente por la tenue luz que entraba por la ventana y se traslucía entre la suave tela blanca de la cortina, por unos instantes lo hizo sentir vulnerable debajo de ella, prácticamente dominado por todos los deseos de aquel cuerpo que invadía, lleno de su misma sangre, mientras rodeaba su cuello con sus manos como si tuviese la intención de ahorcarlo ahí mismo, y estando así, a Naraku la idea de morir le sonó como algo lindo.
Sin darse cuenta susurró su nombre entre quedos gemidos, temiendo no soportar la abrumadora sensación y derramarse dentro de ella en cualquier momento igual que un adolescente idiota.
Su hermana lo estaba dominando como jamás lo había hecho y aunque apretaba sus manos alrededor de su cadera sintió que, inconscientemente, esa había sido la razón por la cual jamás se atrevió a tocarla.
Jamás la había querido tocar porque sabía que de esa forma ella lo dominaría al instante. Ella lo volvía vulnerable. Estuvo consciente de eso cuando abrió los ojos y se encontró con la mirada de su hermana tan encantadora, tan llena de lujuria y absoluto control como jamás la había visto y sintió que, irremediablemente y casi en contra de su voluntad, había pasado todos esos años perdidamente obsesionado con ella. Y para Naraku, obsesionarse, era igual a enamorarse.
Ahora que ella estaba sobre él lo entendía finalmente. La deseaba con tanto ímpetu que el sólo tacto de Kagura lo volvía suyo al instante.
¿Él, el gran Naraku, subyugado ante la pobretona e irritante de su hermana?, pensó, pero un nuevo movimiento dejó su mente en blanco, junto a un fuerte gemido de placer mientras sujetaba las pequeñas manos en su cuello y las aferraba entre sus dedos.
El tacto solo había iluminado lo evidente, puesto que al final, ¿cuando no había estado subyugado a ella?
Fin
"Si vas a hacer algo relacionado con el sexo, debería ser cuanto menos genuinamente perverso"
Grant Morrison
¡Finalmente terminé este fanfic! En realidad este tercer capítulo (mucho más corto que los anteriores) ya lo tenía escrito hace tiempo, pero me he estado cambiando de casa, más la uni, pues no me quedó mucho tiempo para editarlo y publicar, y ahora que tengo libre decidí aprovechar para ya sentirme cumplida (?)
Nah, en realidad disfruté mucho escribiendo este fanfic a pesar de sacarme mis canitas verdes en la parte lemmon, y bueno, no tengo mucho que aclarar, creo que ya todo queda dicho en el fic.
Espero que lo hayan disfrutado tanto como yo disfruté escribirlo. Y también muchísimas gracias por tomarse el tiempo de leer y por los reviews n.n
[A favor de la Campaña"Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo]
Me despido
Agatha Romaniev
