Kate conducía en silencio mientras iban en el coche hacia el lujoso apartamento de Peter Taylor – Paul Harrison. Ahora entendía perfectamente esa expresión que dice que la tensión se podía cortar con un cuchillo. Aunque había otras dos personas además de ella en el coche, era como si estuviese sola. A su lado, Castle no había movido prácticamente un solo músculo de su cuerpo desde que habían salido. Solo miraba al frente con semblante muy serio y casi sin pestañear.

En el asiento de atrás, un Tom O'Hara visiblemente enfadado parecía ir rezando en voz baja una especie de letanía y de vez en cuando movía la cabeza arriba y abajo como si fuese un rabino en la sinagoga. Aquellos dos hombres se habían vuelto locos. Rematadamente locos.

"Cuando lleguemos al domicilio de Taylor yo estoy al mando. Tú, por una vez en casi tres años me haces caso y te quedas en el coche. No te quiero rondando y molestando como casi siempre. Y tú, puedes venir conmigo a la detención, pero siempre teniendo en cuenta que las ordenes las doy yo. ¿Esta claro?"

Como obtuvo el silencio por respuesta supuso que aquellos dos hombres le habían entendido perfectamente. Que Harrison sea su hombre. Por favor. Que lo sea.

Cuando llegaron al domicilio de Taylor, una enorme mansión situada en uno de los barrios más selectos de Long Island, tuvieron que atravesar la verja con el coche, ya que nadie les abría la puerta y temían que Harrison pudiese escapar. Llegaron a la entrada de la mansión y Kate y Tom salieron con sus pistolas ya desenfundadas.

"Ojo con lo que te he dicho. ¿Te queda claro?"

"Perfectamente. Me quedaré aquí quieto mientras tú y… os cubrís de gloria vosotros solitos. Este caso ya no me interesa en absoluto."

Tom y Kate entraron en la mansión custodiados por otros cuatro policías más. Desde su asiento, Castle podía oír casi todo lo que ocurría dentro. No parecía que hubiesen encontrado a su hombre. Ahora no les oía nada. Debían estar en la otra punta de la mansión y el silencio se había hecho el amo del lugar. Entonces le vio. Un hombre joven, de aproximadamente unos treinta años, salió de una especie de trampilla que había camuflada en el suelo y se dirigía armado y con celeridad hacía lo que Castle suponía era su cochera.

"¡Mierda! ¡Mierda!"

Castle intentó agacharse lo más que pudo en el asiento del copiloto. Cuando Taylor paso por delante de él, Castle abrió la puerta con fuerza y consiguió aturdirlo algo. Pero no fue suficiente. Aquel hombre era fuerte y atlético y cuando Castle salió del coche e intento echarse encima de él para reducirlo, el otro le agarro con fuerza las muñecas y estampo su cara contra el capo.

"¿Y tu quien diablos eres?"

Castle intentaba deshacerse de aquellas manos que lo agarraban, pero le resultaba imposible.

"¡Vaya, vaya! Pero si es Richard Castle. El insigne escritor metido a policía. ¿Qué haces tú aquí?"

"Sabemos ya quien eres. Taylor. Debes…"

En ese momento la puerta de la entrada se abrió y apareció Tom empuñando un arma. Taylor forzó a Castle a servirle como escudo y le apunto con su pistola al hígado.

"Alto ahí, viejo. Si hace algo extraño, le meto a este tío un tiro que le provocara una muerte larga, muy larga."

Durante un rato que a Castle le pareció una eternidad, los tres quedaron en silencio y en la misma postura. Entonces Tom se encogió de hombros y bajo un poco su arma.

"Por mí, no hay problema. Pero, por favor, que sea rápido. Tampoco es que quiera verlo desangrarse delante de mí."

Por un momento Taylor lo miró sorprendido, pero al momento se recompuso y sonrió burlonamente.

"¿Cree que puede usted engañarme con ese viejo truco?"

"No es un truco. En serio. No sabe que dos días me lleva dando."

Castle miraba a Tom cada vez más mosqueado. Era un juego o no. El de los juegos solía ser él.

"Ahora viene con esas. Si al final lo que quería era verme muerto, porque me salvo en aquella maldita cornisa."

"¿Le salve? O sea, que pensaba usted tirarse, señor Castle."

"No iba a hacerlo."

"Si iba a hacerlo."

"¡Que no!"

"¡Que si!"

"¡Cállense de una vez! Usted y yo, señor Castle, vamos a ir hacia mi coche y usted, detective, se quedará aquí quieto."

"Repito, ¿Por qué lo hizo?"

"Quería comprobar algo y… no se si ha valido la pena."

"¿Comprobar que?"

"Si hice…"

"¡Que se callen!"

En ese momento, Taylor se relajo un poco y descuido la presión que hacía sobre Castle. Este aprovecho el momento y se lanzó hacia atrás dándole un fuerte cabezazo. Taylor perdió el equilibrio por un momento e intento recomponerse para acabar con Castle. Un disparo rompió el momento. Peter Taylor cayó al suelo lentamente. Una bala que le había alcanzado en pleno corazón empezó a provocar una mancha de sangre por todo el suelo. Prácticamente sin vida en el cuerpo y sorprendido porque aquellos dos hombres hubiesen podido con él, sonrió histriónicamente.

"Y ya que mas me da. Todo se ha consumado. Todo lo he consumado."

Durante unos segundos que parecieron eternos, Tom y Richard se quedaron en la misma postura mientras observaban el cadáver de Peter Taylor. En ese momento, Kate salió por la puerta de entrada y los miro asombrada.

"¿Estáis bien? ¿Estáis bien? ¿Castle? ¿Estás herido?"

La expansión del disparo que Tom realizado había puesto perdido de sangre a Castle. Sobre todo en su cara, que reflejaba toda la tensión que había vivido durante aquellos minutos. Miro a Kate y suspiró fuertemente.

"No es mi sangre. No es mi sangre."

_o_

Durante las siguientes horas y una vez en comisaría, Kate intentaba relajarse después de la tensión vivida durante prácticamente aquellos dos días. Mientras terminaba el papeleo del caso podía observar tanto a Richard como a Tom que realizaban el mismo trabajo que ella, cada uno en una punta de la comisaría. Prácticamente no habían dicho nada ninguno de los dos desde que los descubrió junto al cadáver de Peter Taylor. Solo Tom había salido durante unos momentos porque según él debía realizar una llamada urgente. Con quien hablo, Kate lo ignoraba. Pero a la vuelta de la misma, parecía todavía más hundido y abatido que cuando se fue.

"Yo me voy a casa. Estoy agotado. Kate, yo…"

"Si vas a disculparte por no hacerme caso por enésima vez en tu vida, no lo hagas Castle. Supongo que no tenías otra alternativa."

"No. No la tenia."

Castle se marchó en silencio sin decirle nada más. Maldita sea. Aquel caso parecía haber causado en él un retroceso en su evidente recuperación. Y ella no sabía muy bien por que. Si al menos fuese capaz de sincerarse de una vez por todas con ella. Y no solo por lo de este caso. Si no por todo lo que le había ocurrido prácticamente durante el último año. Pero aquello cada vez se le antojaba más difícil. Y eso la entristecía por dentro. Mucho más de lo que hubiese pensado ella.

"Bueno. Debo marcharme. Kate, yo…"

"Gracias, Tom. Por volverle a salvar la vida allí fuera. Castle puede llegar a ser…"

"No tienes que decirme nada. Nos vemos mañana. Tengo que terminar el dichoso papeleo y esta noche ya no puedo más."

"Intenta descansar. Hasta mañana, Tom"

Una hora después y después de haberse dado una buena ducha, Kate pensaba que no se había sentido tan mal tras la resolución de un caso. Menos mal que había acabado, sino las consecuencias podían haber sido peores. En la casa de Peter Taylor habían encontrado cuatro nuevas notas musicales y otra letra seguida de un número que ya no tendrían ningún efecto. Bueno. Deja de pensar en el caso. Entonces llamaron a la puerta.

"¡Fantástico! Seguro que es alguno de los dos intentando fastidiarme la noche. Como sea alguno de los dos lo mato."

Kate abrió la puerta con enojo evidente y lo que vio la sorprendió enormemente. Y es que no era Richard Castle, ni tampoco Tom O'Hara. Quien llamo a su puerta una era Martha Rogers evidentemente nerviosa y algo ojerosa por las lágrimas que estaba derramando.