Tom conducía despacio entre el intenso tráfico que aquella mañana parecía haberse querido congregarse en aquella parte de la ciudad de Nueva York. O al menos a él así se lo parecía. La noche había sido larga. Muy larga. Y él había acabado durmiendo en el sofá, hecho bastante incomodo para su ya no tan atlético cuerpo. El caos que la noticia de su digamos tardía… paternidad había causado en su familia suponía que era algo que todos debían de ir digiriendo poco a poco.

Para empezar su hija Sarah, siempre reflexiva y algo estricta, había soltado todo un discurso de absurda moralidad que por poco acaba con sus nervios. Christine, la más sensible y cariñosa de sus hijas, se había puesto a llorar desconsoladamente sin dejar de decir una y otra vez "Ay, pero que desgracia ¡Dios mío! Ay, pero que desgracia." Y para colmo Angie, que tenía un humor bastante parecido a cierto escritor de renombre mundial, había dicho algo aburrida y cansada por el espectáculo de sus dos hermanas "Entonces, si algún día me lo encuentro, ya no puedo pedirle un autógrafo."

La única que parecía haber tenido la suficiente calma durante toda la velada había sido Helen. Aunque aquello no sabía si había sido bueno o malo. Lo único que tenía claro es que él había acabado durmiendo en el sofá.

"Bueno. Seguramente algunos han tenido peor noche que yo."

Cuando llego a la 12 para terminar el papeleo del caso de Frank Búster lo primero que vio fue a Kate sentada con aspecto muy cansado en su silla. Seguramente Beckett era de esas personas que lo habían pasado peor que él.

"Hola, Kate."

"Hola, Tom."

"Terminaré el dichoso papeleo del caso. No quiero molestar mucho. Yo siento que…"

"No molestas. Y no te veas en la necesidad de explicarme nada. No voy a juzgarte por algo que ocurrió hace ya tantos años."

"¿Ya lo sabes?"

"Si, lo sé."

"¿Has visto a…?"

"Toda la noche. En el sofá de mi salón. Y allí lo he dejado. Decidiendo si vuelve a salir al mundo o se queda en mi sofá eternamente. Ya sabes que es un poco dado al melodrama."

"Lo siento."

"No lo hagas. La verdad es que esto es lo mejor que le podía haber pasado. Tenía que estallar. Y lo ha hecho."

"Si quieres que te ayude en algo yo…"

"No, Gracias."

"Bueno. Me tengo que ir. Ya terminaré el trabajo en mi departamento. Buena suerte, Kate."

Kate se levantó de la silla y le dio un fuerte apretón de manos a Tom.

"Buena suerte a ti también."

_o_

Castle llevaba un buen rato dando vueltas al apartamento de Kate como si de una cárcel se tratara. Se había duchado, se había vuelto a poner su ropa, que había encontrado lavada, secada y planchada y se había puesto un generoso almuerzo. Y ahora que…

"Cálmate, idiota. Que te importa a ti que ese viejo policía resulte ser tu padre. Lo importante no es eso. Lo importante es lo que ella te ha dicho."

Durante un rato siguió dando vueltas por la estancia sin saber muy bien que hacer. Después abrió el rincón que Kate tenía reservado para las pistas y los datos que había acumulado durante todos estos años sobre el caso de su madre. Y a eso se dedico durante las siguientes cinco horas. Ya había anochecido cuando cerro la ventana fatigado. Aquello era una absoluta tontería. Tenía que salir de allí. ¿Dónde estaría Kate? ¿Trabajando todavía? ¿En su casa? Además el caso de Johanna Beckett cada vez le resultaba más complicado. Era como un maldito juego de poker en el que todas las cartas te llevan al desastre. Un juego…

"¡Un juego! ¡Pero seré imbécil!"

En ese momento se acercó hasta un enorme mapa que la detective tenía de la ciudad de Nueva York. Y empezó a escribir en él con un rotulador que encontró en la mesa auxiliar del salón.

"Como esto no salga bien, Kate me va a matar por estropearle el mapita. Ese hombre estaba jugando a los barcos."

Dividió toda la ciudad en un cuadrado exacto de diez por diez. A, B, C, D, E, F, G, H, I, J y 1, 2 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9 y 10.

"H – 7, la zona donde estaba el almacén donde encontramos a Búster. D – 4, las abandonadas oficinas de la compañía aeronáutica. J – 2, ¿Qué escondes J – 2? ¡Dios mío!"

En ese momento, Castle miró sorprendido hacia el mapa y lo arrancó de su sitio. Aquello era absurdo. Pero aquel hombre se lo había dicho a los dos bien claro. Todo se ha consumado. Y si… ¡Dios mío! Aquello era una locura. Pero tenía que comprobarlo. Debía comprobarlo. Maldita sea. Porque aquel caso no decidía a acabarse nunca.

_o_

Tom miraba distraído la televisión mientras se tomaba una cerveza después de haber regresado del trabajo. Helen no había venido todavía. Tenía el turno de tarde y seguramente todavía tardaría una hora en volver. No dejaba de pensar en el caso y en todo lo vivido durante aquellos días. Que iba a pasar ahora. Con su familia. Con su trabajo. Con su vida. Con Castle.

De manera inconsciente empezó a tocar con los dedos en el respaldo de su sillón y tarareo aquellas notas que habían encontrado donde estaba Búster, las que descubrieron en los restos de las oficinas abandonadas y en casa de Taylor. Entonces se acordó. Ya recordaba donde había oído esa melodía. En aquella absurda serie cómica de los sesenta que tanto le gustaba a Colin. Era una tonta canción de miedo. Como decía.

"H – 7 Humanos de siete cabezas, D – 4 Demonios con cuatro pies y cuatro manos. J – 2. Juegos de dos hermanos donde todo empezó. ¿Dónde todo empezó? ¡Dios mío!"

Tom tiró al suelo la cerveza que se estaba tomando y cogió las llaves de su coche. Una vez en el mismo, se dirigió con premura a la otra punta de la ciudad de Nueva York. No hacía más que dale vueltas y pensar si debería llamar o no a la comisaría, pero es que aquello parecía una absurda teoría inventada por…

"Maldita sea. Te estas volviendo loco, Tom. A tus años. Pero tengo que ir a comprobarlo. Debo comprobarlo."

Cuando llegó, aparcó su coche en una esquina y se dirigió hacia un edificio concreto. Justo cuando estaba en frente de él y antes de cruzar la carretera que lo separaba de su objetivo, se paro por un momento y miro a aquel lugar. La vieja casa de acogida donde Peter Taylor y Frank Búster se habían criado juntos y que todavía después de tantos años seguía cumpliendo aquella función. Cuando cruzo y se acerco a la puerta empezó a pensar cada vez con más fuerza que aquello era una absoluta tontería y que allí no iba a ocurrir nada malo aquella noche.

Entonces le vio. Con paso acelerado y corriendo exactamente en la dirección contraria por donde él había llegado. Richard Castle. No podía creérselo. Definitivamente aquel maldito caso los había vuelto locos de remate. A los dos.