Helen O'Hara miraba a su marido con ternura en la habitación del hospital presbiteriano de Nueva York donde llevaba prácticamente dos días inconsciente. A pesar de que los médicos le habían dicho que Tom se recuperaría, este no terminaba de despertar y eso la tenía muy preocupada. Su hija Sarah, que trabajaba como médico residente en aquel hospital, le había dicho que su padre no podía estar en mejores manos y que todo saldría bien. En ese momento, Tom se despertó y empezó a moverse nerviosamente en su cama.
"¡Castle! ¡Castle!"
"¡Tom! ¡Tom! Tranquilízate. Gracias a Dios. Tranquilo."
Tom miró a su mujer con angustia. En sus ojos intentaba buscar una respuesta a la pregunta que temía hacer y que lo torturaba por dentro.
"Está…muy mal. Aunque vivo. Cuando Kate os encontró, Castle estaba en parada cardiorrespiratoria y tuvieron que reanimarlo allí mismo."
"Sus…piernas."
"Le han operado cinco veces en estos dos días que llevas inconsciente. Los médicos le dijeron a su madre que decidiera por él y ella arriesgo para mantener sus piernas y no amputarlas, decisión que hubiera sido más lógica. Han sido muchas las transfusiones que han tenido que realizarle y en la última operación, Castle ha entrado en coma. No saben muy bien que es lo que va a pasar ahora. Puede que la situación se alargue en el tiempo."
"Y… Sarah."
"Ha estado en todo momento junto a él. Aunque no sea su especialidad, pidió estar presente durante las operaciones y la han dejado."
"Tengo que verle, Helen. Necesito verle."
"Lo sé. Pero antes deja que llame al doctor Mitchell para que te examinen a ti. Una vez lo hagan y me digan que no hay ningún problema, no me opondré a que vayamos juntos."
Tom miro a su mujer con ternura y sonrió agradecido. Helen se acerco hasta él y lo beso suavemente en la boca.
"Helen… yo… lo siento."
"A mi no me tienes que pedir perdón, Tom. A mi no me has hecho nada malo. Has sido un marido excelente, un compañero magnífico y un padre maravilloso. No tengo quejas de ti. Si crees que necesitas pedir perdón a alguien, yo no soy esa persona."
Una hora después, Tom y Helen caminaban despacio por el pasillo que los conducía hasta la zona de cuidados intensivos del hospital. Cuando llegaron hasta allí vieron a Martha Rogers que miraba en silencio tras los cristales donde podía observar a su hijo.
"Martha."
Martha volvió la cabeza hacia Tom y Helen y suspiro aliviada.
"¡Gracias a Dios!"
Martha abrazó con fuerza a Tom mientras que miraba a Helen con una mezcla de alivio y agradecimiento.
"¿Cómo esta?"
"Mal. Los médicos me han dicho que ya no pueden hacer nada más por él. Han estado soberbios en las operaciones. Ahora solo nos queda esperar. Ahora todo depende de Richard y de sus ganas de seguir queriendo estar con nosotros o no."
"¿Y ellas?"
Tom señalo hacia la habitación con suma tristeza. A un lado y a otro de donde Castle estaba postrado se encontraban Kate y Alexis. Por el aspecto de las dos no había que ser muy listo para suponer que aquellas dos mujeres no habían abandonado prácticamente aquel lugar desde hacía dos días.
"No se que hacer con ellas. Es como si le hablase a una pared. No consigo arrancarlas de su lado. El padre de Kate esta de viaje y hasta hace unas horas no nos hemos podido poner en contacto con él par que venga. Necesito que reaccionen. La señora Palmer ha estado aquí hace unas horas para ver a Castle. Me ha preguntado que va a ocurrir ahora con Gloria y los niños. Yo quiero que las cosas sigan igual. Tienen que quedarse con nosotras. Pero si Kate y Alexis no me ayudan en esto, yo no voy a poder sola. Yo…"
Martha suspiró agotada y se sentó en una silla que se encontraba en el pasillo del hospital. De sus ojos se escapaban en silencio las enésimas lágrimas que llevaba derramadas aquellos dos días. Tom se agacho despacio par poner sus ojos a la altura de Martha y con suavidad le cogió las manos.
"Yo… ¿Qué puedo hacer por ti?"
Martha sonrió agradecida ante la oferta de Tom y negó tristemente con la cabeza. Helen se sentó a su lado y le cogió la otra.
"¿Qué podemos hacer por ti?"
_o_
Kate bebía un café en silencio aquel sábado de junio por la mañana en la cocina del loft de Castle. Desde donde estaba podía oír a Gloria y como esta le cantaba a Alex una dulce canción mientras lo cambiaba en su habitación. Que cosas te estas perdiendo idiota, pensó Kate. Hacía prácticamente dos meses que habían ocurrido los sucesos del centro de menores y los mismos dos meses que Richard Edgar Castle seguía sumido en un profundo sueño del que nadie sabía si algún día podía despertar.
"¡Que cosas te estas perdiendo, idiota!"
Por ejemplo, descubrir como Daniel no solo había mejorado mucho en la escuela, sino que iba a sacar unas notas excelentes a final de curso. Como tanto ella como Alexis, a pesar de las dificultades que habían tenido durante aquellos dos últimos meses, iban a sacar las asignaturas en la universidad de manera digna. Como la señora Palmer se estaba comportando de manera ejemplar con toda su familia, ayudándoles cada vez que era necesario. Como Martha Rogers, aquella peculiar madre que tenía, se había convertido en una especie de mamma italiana que los protegía y los cuidaba a todos sin desfallecer nunca. Y como Tom O'Hara… Bueno, lo de Tom O'Hara quizás a Castle no le hiciese ninguna gracia, aunque también estuviese resultando maravilloso.
"Repito. Que cosas te estas perdiendo, idiota."
Treinta minutos después y de camino al hospital, Kate reflexionaba sobre como había cambiado su vida en aquellos dos meses y como las cosas que antes parecían ser de una importancia vital, ahora habían pasado a tener una envergadura más relativa. Su trabajo como policía era una buena muestra de ello. Aunque no había dejado su trabajo en la comisaría si decidió junto al capitán Montgomery que durante un tiempo se dedicara a realizar tareas de oficina. Era mejor así. En aquellos tiempos no se veía en las calles y sumida en la acción. No podría sobrellevarlo.
Cuando llegó al hospital, Kate se dirigió hacia la habitación donde estaba Castle saludando aquí y allá a las enfermeras del hospital que se habían convertido en testigos cotidianos de su vida. Entro en la habitación y observo en silencio a Alexis que estaba realizando a su padre los ejercicios de rehabilitación que le habían indicado los médicos y en los que todos participaban desde que le retiraron a Castle las escayolas que cubrían sus piernas. Alexis la saludo con una sonrisa.
"Bueno. Aquí esta ya tú cita de los fines de semana. Hola Kate."
"Hola cariño."
Kate y Alexis se dieron un efusivo abrazo como lo hacían siempre desde hacía dos meses. Alexis estaba guapísima. Había cambiado su look y se había recortado el pelo. A su padre seguramente no le gustaría. Pero eso era solo problema suyo.
"Estábamos terminando nuestros ejercicios matutinos. He quedado con Ashley para comprarle un regalo a Gloria ya que dentro de unos días es su cumpleaños y por eso los he adelantado. Espero que no te importe."
"Por supuesto que no. Seguramente me dedicaré a leer alguna cosa en alto. Me he acostumbrado a hacerlo aquí con los apuntes de derecho y me relaja."
"Ahí tienes algunos libros."
Kate se acercó hacia donde estaban los libros que le había indicado Alexis y empezó a hojearlos, hasta que se quedo con uno en la mano sonriendo tristemente.
"Cuento de Navidad. Que casualidad. Alexis, todavía no estamos en Navidad."
"Ya lo se. Pero a él siempre le gustaba leérmelo cuando llegaban las fiestas. Era capaz de interpretar a todos los personajes de la historia y a mí me hacía reír muchísimo. Y eso que decía que era una historia absurda. Si el hubiese sido Scrooge, me decía, habría contratado a Marley y a los tres fantasmas para que visitaran a toda la gente que le debía dinero y no hubiese sucumbido ante un miedo tan pueril."
Kate sonrió ante el comentario y busco una silla para sentarse lo más cerca de Castle que pudiese. Alexis le dio un fuerte beso en la frente y se fue en silencio de la habitación.
"Bueno. Pues Cuento de Navidad."
Durante un rato observo a Castle en silencio. La serenidad que transmitía su cuerpo acostado en aquella cama, hacía pensar siempre a Kate en aquella última noche que habían vivido juntos y en lo diferente que había sido. Kate. Cuento de Navidad.
"Empecemos por decir que Marley había muerto. De ello no cabía la menor duda. Firmaron la partida de su enterramiento el clérigo, el sacristán, el comisario de entierros y el presidente del duelo. También la firmó Scrooge. Y el nombre de Scrooge era prestigioso en la Bolsa, cualquiera que fuese el papel en que pusiera su firma. El viejo Marley estaba tan muerto como el clavo de una puerta."
"Scrooge…era idiota."
Kate dejo de leer y miró a Castle fijamente con la cara desencajada. No era la primera vez que le ocurría aquello. Algunas veces creía oírlo suspirar o pronunciar su nombre en un susurro. Pero es que ahora había sido tan real que noto todos sus sentidos en alarma.
"¿Qué has dicho?"
Entonces, Richard Alexander Rogers abrió muy despacio los ojos, volvió su cabeza hacia donde estaba Kate y con esa sonrisa maliciosa tan peculiar suya, respondió a su pregunta.
"Que Scrooge era idiota."
Sin poder contener sus reacciones Kate empezó a llorar emocionada. Mientras, Castle que la miraba dulcemente, le acariciaba su cara intentando consolarla.
"Tranquila, detective Beckett. Tranquila. ¿Ya es Navidad?"
"¿Qué? No, no, es que…"
Kate se acerco a Castle y le dio un largo beso en la boca que él aceptó encantado. Cuando se separaron se miraron durante unos segundos en los que Kate aprovecho para llamar a una enfermera utilizando el botón que había junto a la cama de Castle. Él la atrajo hacia si de nuevo y volvieron a besarse con dulzura.
"La he echado mucho de menos, detective Beckett."
"Yo también a usted, señor Castle."
Cuando Sarah O'Hara, que había salido corriendo por los pasillos del hospital al recibir la llamada de Kate, entro en la habitación de Castle decidió que unos segundos más sin que se notase su presencia no sería importante. Y es que seguramente la recuperación sería larga, las pruebas exhaustivas e irritantes en muchas ocasiones, pero si su…tendría que acostumbrarse a la palabra…hermano recibía un tratamiento como el que la detective Beckett le estaba dando en aquellos momentos, su recuperación iría por buen camino y sería total. No le cabía ninguna duda.
¡Oh, Dios! Que a gusto me he quedado. Espero que hayáis disfrutado de la historia como yo de escribirla. ¡Ah! Y prometo que todavía hay dos historias más. Nos vemos pronto.
