Capítulo 5: El poder de los Calamares
Los días transcurrieron sin que Mankar fuera conciente de ello. A menudo había ido a casa de Haher a jugar quidditch con él y sus hermanas, y Gonza también, y los últimos días le sirvieron para compartir con su hermanastro, Juanma, y conocerse un poco mejor.
Por una parte, sentía una gran nostalgia por tener que separarse de su padre nuevamente, así como del resto de su familia, pero también se sentía muy emocionado por comenzar el nuevo curso en Harrylatino, reencontrarse con todos sus amigos y también disfrutarlo mucho más que el amargo y difícil curso anterior.
Todavía tenía la impresión de que había muchas preguntas sin responder, pero no estaba completamente seguro de cuáles eran. Tampoco tuvo ninguna oportunidad para hablar con Gaby, pues ella tenía mucho trabajo en el ministerio.
Juanma viajó el viernes, un día antes del inicio de clases en Harrylatino. Se despidió de su familia en su casa, e insistió en que no lo acompañaran al aeropuerto. Incluso no le permitió a nadie ayudarlo a hacer su equipaje. Mankar se había acostumbrado a pasar el tiempo con él, pero pensó que se separarían al fin y al cabo, cuando Mankar empezara a estudiar.
La mañana de la partida del chico, Merlín se aseguró de despertar temprano a Mankar para llegar al aeropuerto con tiempo. Sorceress los acompañó. Los tres subieron al autobús noctámbulo y se sentaron muy animados a charlar, como la última vez, con el equipaje y la jaula de Mallow, la lechuza de la familia, la cual Merlín había sugerido que Mankar llevara al colegio.
Empezaba a sentirse nervioso. El viaje en el avión de Harrylatino tenía ese efecto sobre él, desde antes de subirse. Se le hizo mucho más corto el viaje hasta el aeropuerto El Fénix Dorado que el año anterior.
Al bajar, se encontraron en un lugar que Mankar reconoció a la perfección: al borde de una especie de bosque, fuera de la ciudad, en frente de un enorme y tétrico edificio, en cuya entrada, conforme se fueran acercando, se irían haciendo visibles las palabras «El Fénix Dorado».
Merlín colocó en el suelo el equipaje de Mankar y luego le extendió la mano a Sorceress para que bajara del autobús. El niño no dejaba de contemplar el edificio y empezaron a caminar para entrar allí. Mallow se movía y hacía ruiditos de vez en cuando.
Cruzaron la puerta y llegaron al majestuoso interior del aeropuerto, tan blanco e inmenso como Mankar lo recordaba, a pesar de que sólo eran tres pisos, abarcados por una enorme ventana que dejaba ver algunos aviones que despegaban o aterrizaban sobre una pista a lo lejos.
Después de identificarse a un guardia de seguridad, subieron una escalera mecánica (probablemente se movía por efecto de algún hechizo) que los llevó al tercer piso y entraron en el conocido pasillo con puertas dobles a lo largo de ambos lados. Llegaron a la sexta entrada, la cual tenía el escudo de Harrylatino en una placa y se encontraba abierta, y, junto con varias personas que entraban, la cruzaron.
Faltaba poco tiempo para el despegue y esta vez no había mucha gente en la sala de espera. Había varias personas, padres acompañando a sus hijos, saliendo por la parte delantera de la inmensa sala, para atravesar el puente por el que se podía subir al avión de Harrylatino.
Mankar quiso buscar a sus amigos entre la multitud, pero era bastante difícil. Gaby y sus hijos no se veían por ninguna parte; probablemente habían llegado con anticipación y los niños ya se encontraban en el avión.
—¿Quieres esperar un poco —preguntó Merlín— o subes al avión y buscas allí a tus amigos?
El corazón de Mankar latía muy rápido. No sabía que responder, estaba muy nervioso. Miró el reloj y pensó que se sentiría un poco más tranquilo adentro del avión. Se lo dijo a su padre.
—Que te vaya muy bien, mi niño. —Sorceress lo abrazó—. Cualquier cosa que necesites, escríbenos. Y por favor, cuídate mucho. Sé que estarás seguro.
Merlín se unió al abrazo.
—Nos veremos en Navidad, hijo.
Mankar estaba sin palabras. Merlín continuó, mientras se dirigían al ancho puente que conectaba la sala de espera y el avión.
—No quiero quejas del primer día como el año pasado —sonrió. Volvió a abrazar a su hijo con mucha más fuerza. Se acercaban al inmenso avión blanco. Mankar lo contemplaba mientras escuchaba los consejos de su familia, y sus ojos recorrían las cuatro líneas de colores que atravesaban la aeronave. Llegaron al final del puente—. Cuídate mucho.
—Lo haré —dijo Mankar y, cuando su padre lo abrazó, se dio la vuelta lentamente, mientras se despedía con la mano, y entraba al avión tirando de su equipaje.
Atravesó la gran puerta y ahora estaba en la oscura entrada de un pasillo, con escaleras de subida y bajada en ambos lados, y sin ninguna otra compañía, excepto por una mujer que le cerraba el paso.
—Buenos días, ¿cómo te llamas? —preguntó, mientras revisaba unas listas.
—Mankar Weasley —respondió el niño.
—Weasley... —repitió la mujer, pasando un par de hojas, y se quedó buscando el nombre de Mankar—. Sube por aquí, chico —señaló la escalera de la derecha.
Mankar agradeció y siguió las instrucciones sin decir nada más. Subió las escaleras y se encontró a la entrada de un pasillo idéntico al que acababa de dejar. Una mujer le preguntó nuevamente el nombre, y tras encontrarlo, lo dejó entrar al pasillo.
Siempre se sentía confundido por ese método de organización, pero no dijo nada. El pasillo era muy parecido al de un tren, con compartimientos a lo largo de este y a ambos lados. Entró en el primero que encontró vacío, acomodó su equipaje y dejó salir a Mallow.
Había niños muy bulliciosos por fuera y Mankar se sentía un poco incómodo. Miró por la ventana queriendo ubicar a algún miembro de su familia en el puente, pero se encontraba en el lado opuesto del avión. Con lástima, se quedó contemplando a Mallow y, de vez en cuando, miraba con ansiedad afuera del compartimiento esperando que Haher o Gonza llegaran.
—Pasajeros, por favor prepárense para el despegue —anunció de repente una voz de mujer que salía de la nada.
Los niños se callaron y el avión poco a poco comenzó a andar. Mankar, que sabía cómo era el despegue, se aseguró de acomodarse de forma que cuando el avión comenzara a ascender de manera totalmente vertical, él no pudiera ver nada por la ventana. Sin embargo, escuchó las exclamaciones y los gritos ahogados de los demás niños, por encima de cualquier otro sonido. Ya había superado su miedo a las alturas, pero estaba muy nervioso.
Entonces supo que Haher y Gonza ya estaban en otro compartimiento, quizás esperándolo. ¿O no? Sintió curiosidad por saber si sus amigos lo extrañarían, si acaso saldrían a buscarlo... Decidió quedarse un instante más de todas formas; recordaba que Gonza, el año anterior, había llegado al compartimiento después de que el avión hubiera despegado.
—Disculpa... —se asomó por la puerta un chico moreno—, ¿puedo sentarme aquí? No hay espacio en ningún otro lugar.
Mankar asintió y murmuró un cortés «Claro». Lo lamentó un poco, pues no sería capaz de ir después a buscar a sus amigos; se sentiría mal si dejaba solo al chico, podría pensar que a Mankar no le agradaban las personas nuevas.
El chico entró y acomodó su equipaje con dificultad en el portaequipajes. Mankar le ayudó. Traía una escoba voladora envuelta en su empaque, pero la dejó en el asiento.
—Muchas gracias —le dijo muy animado—. Me llamo Rafael. ¿También es tu primer año en HL?
—No —sonrió Mankar—. Es mi segundo curso. Y mi nombre es Mankar.
—¡Genial! —exclamó Rafael—. ¿Cómo es todo por allá?
Mankar rió y empezó a contarle lo mismo que le había dicho a Juanma el día que visitaron el Wizentro. Rafael estaba muy emocionado por entrar al colegio, y demostró su interés por cada cosa que había allí.
—¿Cuál es tu casa? ¿Y tu materia favorita? —No dejaba de preguntar—. ¡Ah...! Pero yo creo que seré de Ravenclaw, traje además ropa azul.
El viaje transcurrió con naturalidad. Rafael veía con ansiedad por la ventana y a todas partes, y sólo se quedaba callado cuando Mankar respondía lo que le preguntaba o cuando comía algo de lo que compró del carrito de golosinas que pasó un rato después.
—Pasajeros, estamos entrando a la segunda etapa del viaje —se escuchó decir de repente a la voz femenina.
Mankar cerró los ojos y Rafael casi se pegó a la ventana. Un temblor sacudió el avión y, cuando Mankar volvió a abrir los ojos, el despejado cielo que se veía por la ventana había sido reemplazado por un azul bastante oscuro. Se habían sumergido en el agua. Mankar disfrutaba ver cómo a Rafael casi se le salían los ojos de las órbitas mirando por la ventana.
—¡Increíble! —exclamaba—. ¿Segunda etapa? ¿Hay más?
—Son cuatro —dijo Mankar riendo.
Rafael se quedó un momento contemplando las burbujas que se veían por la ventana y se podía escuchar las voces emocionadas de los niños de otros compartimientos.
—¡Fuera de aquí! —vociferó una voz proveniente del pasillo.
Mankar abrió mucho los ojos y miró a Rafael, quien le devolvió la mirada, confundido.
—Por favor —pidió una voz quebrada de un joven.
—¡Vete! No eres bienvenido acá —exclamó de nuevo la voz, y Mankar la reconoció enseguida.
Volvió a escuchar al joven que parecía a punto de llorar, suplicando... No sabía quién era, pero Mankar sintió un fuerte impulso que lo hizo levantarse de su asiento y salir del compartimiento a intervenir. Mallow empezó a hacer mucho ruido y Rafael se quedó inmóvil en su asiento.
Grandote y con expresión engreída, Juanjo Macnair estaba en el pasillo, gritando a otro estudiante.
Mankar se acercó al lugar donde su mayor rival se encontraba, muy cerca del compartimiento que estaba ocupando antes. Todo el contenido del baúl de un estudiante se hallaba disperso por el suelo y un joven trataba de meterlo todo adentro de nuevo. Los niños de los compartimientos cercanos miraban tímidamente por los vidrios que daban al pasillo.
Macnair estaba a la puerta de su compartimiento, mirando otro al estudiante con desprecio. Mankar lo miró a la cara y Juanjo hizo lo mismo.
—¿A qué vienes, comadreja?
Estaba sin palabras. Sólo podía mirar a Macnair con odio.
—Nadie te ha llamado —le soltó a Mankar.
—¿Qué estás haciendo?
—Bog intentó colarse en el compartimiento de los prefectos —respondió Macnair con una sonrisa maligna y orgullosa, señalando una insignia plateada que tenía en el pecho.
Mankar no lo podía creer.
—Así que cuidado, Weasley —continuó Juanjo—. El Poder Calamar te estará vigilando. Todos nosotros somos ahora prefectos.
—Por eso son todos de diferentes casas... —dedujo Mankar, recordando la ceremonia de selección del año anterior y el asombro que él y sus amigos sintieron cuando vieron que la banda de Macnair se dividía en las cuatro casas—. ¡Querían poder en cada una de ellas!
—¡Brillante! —se burló Juanjo.
Juan Carlos Gaunt, el joven que estaba en el suelo, a quien todos llamaban Boggart, terminó de recoger sus pertenencias y se puso de pie.
—Creí que eran mis amigos —dijo con odio, su voz grave un poco más firme.
El amigo de Macnair, Carlos Granger, se levantó del asiento y se asomó por la puerta del compartimiento, con la varita en la mano apuntando a Boggart. ¿Acaso no había nunca un adulto haciendo vigilancia?
Mankar se aferraba a su varita con la mano en el bolsillo.
—No le harán nada. ¡Son prefectos!
—¿Insinúas que vamos a actuar en contra de alguien sin motivo? —dijo Juanjo con sarcasmo—. Una acusación grave, Weasley, muy grave —apuntó con su varita a Mankar.
—Pasajeros, estamos entrando a la tercera etapa del viaje —anunció la voz femenina.
Se volvió a sentir un temblor después del cual el agua de afuera fue reemplazada por magma. La intensa luz rojiza que provenía de las ventanas hacía parecer mucho más peligrosa la escena.
Mankar se asustó, pues la última vez que se había enfrentado con el Poder Calamar en el avión de Harrylatino, había sido en la segunda etapa del viaje, y una gran ola de agua había entrado por la ventana... No había sido culpa suya, pero ahora sentía que en cualquier momento podría quebrarse uno de los vidrios y...
—Déjenlo, no tiene nada que ver en esto —exclamó Boggart, mirando la varita que apuntaba a Mankar.
—No hay excepción para las reglas —respondió Juanjo—. Expelliarmus —lanzó el hechizo de desarme a Mankar, tomándolo por sorpresa, y su varita salió volando lejos. Siguió apuntando hacia él.
Mankar no tenía idea de qué le pasaría ahora. No era capaz de voltear la cabeza para ver dónde había caído su varita. Se quedó inmóvil mirando a Juanjo con firmeza.
Boggart se interpuso entre los dos y extendió los brazos para proteger a Mankar. Quizás ya Juanjo le había quitado su varita.
—Traidor —murmuró Juanjo, volteó a mirar a Carlos y le hizo un gesto con la cabeza, preparados para lanzar un maleficio.
—Lo eres tú.
Juanjo y Carlos levantaron a la vez la varita y tomaron aire.
—¡Quietos! —interrumpió alguien.
Dos chicos de Gryffindor se acercaron desde el otro lado del pasillo. Acababan de salir de un compartimiento y apuntaban con sus varitas a ambos prefectos. Eran los compañeros de Mankar: Roberto Potter y Ron Lesson.
—¿Más castigados? —se burló Carlos Granger. Apuntó con su varita a los dos estudiantes que se acababan de acercar.
—¡Expelliarmus! —gritaron Rob y Ron con agilidad.
—¡Petrificus Totallus! —alcanzó a pronunciar Carlos, pero su varita ya había saltado de sus manos.
Todos se miraron con rabia. Juanjo seguía apuntando a Boggart y Mankar, pero estaba muy pálido.
—¡¿Qué está pasando aquí? —exclamó una voz de chica.
Instintivamente, todos voltearon a mirarla, en especial los curiosos que observaban desde los compartimientos. Silvana Devil, la hija de Tazllatrix, avanzó con varita en mano y el ceño fruncido. Una insignia plateada en su pecho reflejó el color del magma que teñía la escena.
—¡Expelliarmus! —lanzó la chica dos veces. Las varitas de Ron y Rob saltaron de sus manos sin que pudieran evitarlo.
—Gracias, nos acorralaron... —intentó explicar Macnair con cinismo.
—¡¿QUÉ? —saltó Mankar. Silvana le lanzó una mirada muy seria y él se encogió detrás de Boggart.
—Llevémoslos —dijo Silvana a Juanjo—. Carlos, ¿recoges las varitas, por favor? Síganme —añadió dirigiéndose a Boggart, Mankar, Rob y Ron.
Los cuatro obedecieron y no dijeron nada más. Macnair los seguía de cerca con una sonrisa de satisfacción. Silvana los llevó a todos a un compartimiento cerrado y lo abrió con un hechizo. Carlos entegó las cuatro varitas a la prefecta. Entraron todos, excepto Juanjo y Carlos, quienes dieron media vuelta y se retiraron riendo.
El compartimiento era todo de color negro, muy estrecho, y no había nadie más allí. Se acomodaron mientras Silvana sacaba una libreta y una pluma.
—Pasajeros, estamos a punto de entrar en la cuarta y última etapa del viaje —anunció la voz femenina, después de lo cual se esfumó la lava y se veía el interior de una cueva.
—Todos estudiantes antiguos —comentó Silvana, anotando a la luz de una lámpara que había en el techo—. Necesito sus identificaciones de estudiante, por favor.
Con lentitud, cada uno de los castigados sacó su tarjeta y se la entregó a Silvana. Mankar no podía moverse con facilidad. Era una sensación desesperante, como si estuviera en cámara lenta, probablemente efecto de encontrarse en ese compartimiento.
Ella tomó las tarjetas, mientras el avión (o mejor dicho, el tren, pues cambiaba de forma durante el trayecto), salió de la cueva, viajando ahora por tierra, bajo un despejado cielo de color naranja.
—Ya que no han iniciado las clases, no les restarán puntos ni informaré sobre ello, pero si vuelve a pasar, lo tendremos en cuenta. —Silvana agitó la libreta mirándolos uno por uno—. Pero se quedarán aquí hasta que lleguemos.
Les devolvió las identificaciones y, tras revisar sus apuntes, se retiró del compartimiento.
—Gracias —rompió el silencio Mankar, hablándole a los demás.
—Gracias a ti, Weasley —dijo Boggart sonriendo—. Y a ustedes también.
—Se escuchaba el alboroto desde donde estábamos —respondió Rob.
—¡Te debíamos una! —dijo Ron.
—¿Por qué Juanjo te estaba atacando? —preguntó Mankar. La sonrisa de Boggart desapareció de su rostro.
—Reprobé el primer año —dijo con gran tristeza—. Y no soy prefecto. Ya no soy parte del Poder Calamar.
Mankar calló un instante antes de responder.
—Lo siento... —Supuso que era una buena noticia después de todo. ¿Quién querría estar en esa banda? Pero a Boggart estaba mal por ello, aunque sonrió ante las palabras de Mankar.
Pasaron las horas que quedaban del viaje hablando de toda clase de cosas. Mankar puso al día a Rob y Ron acerca de lo que había pasado con Taz Devil, sin revelar más de lo necesario. Ellos habían estado implicados en lo que había ocurrido el año anterior.
También comentaban todas las teorías acerca de lo que les esperaba ese año en Harrylatino. Sin duda que sería una molestia que Juanjo Macnair y toda su banda fueran prefectos, y de varias casas, pero quizás aprenderían a comportarse con el tiempo. Tenía que ser parte del trabajo.
La pasó muy bien con sus compañeros hasta que la voz femenina anunció que llegaban a su detino y el tren se detuvo. Silvana regresó y los escoltó por una salida. El equipaje de cada uno de ellos sería llevado por los elfos domésticos al castillo de Harrylatino. Mankar se preguntó qué más había hecho Rafael después de que salió del compartimiento.
Al sentir la brisa fresca del aire nocturno en la estación, rodeado de una multitud de niños, Mankar se dio cuenta de que, después de todo, Haher y Gonza no lo habían buscado. Supuso que eso no estaba tan mal, pues había logrado conocer nuevos amigos.
Y no habría visto la cara de pánico de Macnair cuando Rob y Ron le apuntaron.
