Capítulo 8: Descartando opciones

—Buenos días, chicos.

—Buenos días, profesor Zancaturno —dijo la clase en coro.

Labenthium —susurró alguien.

Mankar se preguntaba cuándo la gente comenzaría a aburrirse de revisar si el Laberinto abriría. Tenía que admitir que de vez en cuando él también lo hacía, pero procuraba que nadie se diera cuenta, aunque para él no era necesario pronunciar el hechizo en todo momento, pues si alguien se daba cuenta de que el Laberinto iba a abrirse, le avisaba a alguien más, y todo el mundo terminaba enterándose. Luego, cuando abría, se llenaba en pocos segundos y no podían entrar si había más de cincuenta personas en el juego. Por esa razón, Mankar, Haher y Gonza no volvieron al Laberinto durante el primer día ni los siguientes.

De todas formas, Mankar no tenía muchas ganas de hacerlo. Le fastidiaba que todo el mundo se emocionara tanto con un juego al que podrían entrar durante todo un año. Es más, le molestaba que ni siquiera les importaba ponerse a pensar si alguna vez podrían ganar. El año anterior había ocurrido exactamente lo mismo con la Copa, y al final eran muy pocos los que todavía se animaban a buscarla, y muchos los que jamás la llegaron a ver.

Y, por otro lado, todavía estaba un poco sentido con Haher y Gonza por lo que ocurrió el día anterior. Ellos nunca supieron la razón, y Mankar no quiso contársela. Quizás, después de todo, sólo había sido producto de la emoción del momento, nada más. No podían haberlo hecho a propósito. Sin embargo, no dejaba de pensar que la voz de su cabeza que escuchó antes de cerrar el Laberinto tenía algo de razón.

Además, desde ese primer Laberinto, Juanjo Macnair se les acercaba mucho más, al menos a comparación de antes. Durante el almuerzo, el día anterior, y también cuando se cruzaron por un pasillo, les hizo un gesto de saludo, al igual que Matías Black, que lo acompañaba. Incluso, aquella mañana, cuando los prefectos pasaron por las mesas del Gran Salón repartiendo los horarios de clases, Juanjo insinuó que quería tener el mismo horario que Mankar, Haher y Gonza, pero no logró conseguirlo a pesar de que él mismo repartía los de su casa (afortunadamente, pensó Mankar).

No era tan malo que se hubiera vuelto un poco más amigable, pero Mankar no quería confiar en él, aunque Gonza y Haher no se veían tan molestos al respecto. Más bien, parecía que querían hacerse amigos de Macnair. Es que, además, resultaba que Juanjo y Matías durante el curso anterior fueron miembros del equipo de quidditch de Haher y Gonza. Ellos le decían a Mankar que, de la misma forma que él se hizo amigo de Boggart, también podían darle una oportunidad a Macnair. Pero Mankar encontraba ambos casos muy diferentes. Para empezar, el trato que le había dado Macnair a Boggart era la razón por la que Mankar defendía al último.

No podía dejar de sentir que Macnair se acercaba a ellos sólo por interés. Sin duda pensaba que, ayudado de Mankar, Haher y Gonza, le sería más fácil ganar el Laberinto alguna vez. Pero era un interés sin sentido, a menos que no confiara lo suficiente en los demás miembros del Poder Calamar como para entrar al juego y recorrerlo con ellos. Aunque a Mankar no le extrañaría que ellos fueran tan tontos como para no saber pronunciar Labenthium o no poder coordinarse para decirlo en el momento preciso. De todas formas, Mankar no dejó de notar que Juanjo andaba ahora más con Matías que con el Poder Calamar.

—Weasley, Haher Roha —llamó el profesor Zancaturno.

—Presente —exclamó Haher, que estaba distraído—. ¡Labenthium! —añadió en un susurró.

—Basta, por favor —dijo enojado Zancaturno, con el entrecejo fruncido, aunque no podían ver la expresión de sus ojos bajo sus lentes oscuros—. No les voy a permitir volver a entrar al aula si en medio de clases se van al Laberinto. ¿Entendido? No quiero volver a escuchar a nadie diciendo Labenthium.

Una débil chispa amarilla y un diminuto número brotaron de la varita del profesor cuando pronunció la última palabra. Haher maldijo por lo bajo.

—Weasley, Mankar.

—Presente.

Era su primera clase del año. Mankar estaba bastante emocionado, y la clase de Encantamientos del profesor Zancaturno era una de las que más esperaba. Estaba ansioso por empezar a usar su varita y demostrar lo que era capaz de hacer. El año anterior había tenido que ingeniárselas con toda clase de trucos para hacer creer al profesor que podía realizar encantamientos, y en muchas ocasiones no funcionó. Al final del curso, tuvo que esforzarse muchísimo para aprender a usar la magia, y aunque le fue bastante bien en los exámenes, sus calificaciones en varias asignaturas fueron muy regulares debido a su desempeño a lo largo del curso.

—Bienvenidos todos a mi clase —dijo Zancaturno cuando terminó de comprobar asistencia—. La mayoría de ustedes ya me conocía desde el año pasado. Mi nombre es Zancaturno Zancaturtania y seré su maestro de Encantamientos durante este curso.

¡Labenthium! —susurró Haher escondiendo su varita, mientras Zancaturno daba un pequeño discurso relacionado con la escuela.

Mankar miró a su amigo con gesto de reprobación, y éste lo miró también.

—Está lleno —se quejó.

—Bien —decía Zancaturno—, durante este curso veremos lo importante que es aprender los encantamientos domésticos que vimos el curso pasado, para poder hacer otros hechizos. Hoy haremos un repaso de ellos.

Mankar se divirtió mucho en esa clase. Eran hechizos bastante sencillos, pero lograr ejecutarlos lo hacía sentir liberado. Sabía que era el inicio de un año mucho más fácil y satisfactorio.

Bueno, este pensamiento no duró mucho, pues, al final de la clase, Zancaturno les dejó deberes que parecían ser bastante largos, acerca de la creación de varitas, y sólo tenían dos días para hacerlos.

En cuanto terminó la clase, se dirigieron al cuarto piso. Haher y Gonza no dejaron de pronunciar «¡Labenthium!», pues sabían que después de que cruzaran la puerta del salón de Historia de la Magia su varita no podía estar visible para la profesora Callahan, a menos que quisieran tarea extra y castigos por un mes.

Allí los estudiantes tenían miedo incluso de responder el llamado de lista, mucho menos se arriesgarían a decir «Labenthium». El oscuro salón de Historia de la Magia no era algo que Mankar extrañara. De hecho, aunque no tenía nada en contra de la profesora, era la clase que menos le gustaba. Y sin mencionar la serpiente de Callahan, que la acompañaba casi siempre, aunque por fortuna ese día no era el caso.

Los siniestros labios rojos de la profesora Callahan destacaban en el salón, cuya única iluminación era una débil lámpara mágica que colgaba del techo, ya que las ventanas estaban cubiertas por gruesas cortinas negras.

Antes de comenzar la clase, Callahan les asignó un asiento a cada uno, igual que un año atrás. Era ventaja para ella conocer a casi todos, pues le ayudó a separar todos los grupos que pudieran interrumpir su clase. A Mankar lo mandó sentarse en el mismo rincón que el año anterior, y su compañero de puesto era el mismo también, Matías Black, quien lo saludó con la cabeza.

—Bien —dijo la profesora—. La primera parte de la clase de hoy la van a ocupar escribiendo un ensayo acerca de todo lo que vimos el año pasado, porque obviamente ustedes dedicaron gran parte de su tiempo en sus vacaciones a repasar los temas vistos en el colegio, ¿verdad? —preguntó sarcásticamente y se dio la vuelta, dirigiéndose a su escritorio, sin hacer caso de las caras sorprendidas de sus alumnos—. No pueden consultar su libro —añadió.

Mankar notó que todos se quedaron estáticos sin saber qué hacer. Él sacó su pluma y arrancó un pergamino de su cuaderno y comenzó a escribir. No le parecía tan difícil el ensayo. De hecho, había aprendido de esa materia cosas muy útiles el año anterior.

—Oye —susurró Matías con cautela—, ¿te parece si nos vemos al almuerzo en la Sala de Clubes? Juanjo fue el de la idea. —Mankar lo miró y asintió. No tenía opción (y no iba a arriesgarse a pronunciar palabra durante la clase de Callahan)—. Dile a Haher y Gonza.

Mankar asintió nuevamente. Cada vez le agradaba menos la idea de juntarse con Macnair y Matías Black. Ni siquiera se dio cuenta de cómo ocurrió. No tenía idea de cómo hacer que Haher y Gonza entendieran lo que él sentía.

Tenía todavía grabado en su mente lo que había ocurrido en el tren de Harrylatino. Entre más intentaba convencerse de que no era tan mala idea juntarse con ellos, más creía lo contrario. Haher y Gonza podían haberle dado una oportunidad pero, ¿qué, no era lo mismo que estaban haciendo al confiar en Devil y en su dichoso Torneo?

Mankar miró su ensayo y se dio cuenta de que había perdido totalmente el hilo de lo que escribía. Trató de concentrarse nuevamente, pero en ese momento la profesora Callahan les ordenó que dejaran de escribir y empezó a recoger los ensayos. No era la mejor forma de iniciar en su clase.

Un par de horas después, Mankar, Haher y Gonza subían por las escaleras del dormitorio de los chicos de Gryffindor. El primero sabía que no tenía obligación de acompañarlos y, si no quería estar con Macnair y Black, simplemente podía quedarse en su dormitorio o en la Sala Común. Pero no se sentía capaz de hacerlo. Si se alejaba de sus amigos, si ellos se acostumbraban a estar sin él, probablemente los perdería. Aunque Mankar recordaba lo que escuchó en su cabeza al final del primer Laberinto; ellos ya se estaban olvidando de él.

Macnair los saludó con un apretón de manos a cada uno, con total naturalidad. ¿Sólo Mankar sentía desagrado por juntarse con ellos? Pero tampoco tenía intención de que Juanjo se diera cuenta.

—Oigan, ¿tienen club? —preguntó—. Vamos al mío, y después visitamos el de ustedes.

Mankar se sorprendió del descaro con que Juanjo les pedía que se afiliaran a su club (no, ni siquiera lo pidió). De hecho, estaba prohibido hacerlo (y en especial para los prefectos), pero Juanjo pensaba que tenía la suficiente confianza con ellos como para invitarlos. Y de todas formas también pretendía afiliarse a los clubes de ellos tres.

—¿Tienen equipo para el Torneo de Gryffindor? —preguntó Juanjo.

—No, aún no —respondió Haher. No era precisamente lo que Mankar esperaba que dijera, porque todavía no habían decidido participar—. ¿Y ustedes para los de sus casas?

—Estoy buscando equipo —comentó Matías—, pero ya todos los mejores tienen.

—Si estuviéramos en la misma casa, podríamos ser equipo los cinco, ¿no? —insinuó Juanjo—. Igual que en el Laberinto.

—Pero a ustedes sólo les hacen falta dos integrantes, y lo completan —dijo Matías.

—Es verdad —respondió Gonza, mirando a Mankar con cautela—. Seríamos el mejor de los equipos.

Mankar se dio cuenta que sólo a esto podía aferrarse si deseaba conservar a sus amigos. Formar un equipo con ellos para el Torneo era algo en lo que Juanjo y Matías no podían ser incluidos, por ser de Ravenclaw y Slytherin respectivamente.

—Pues sí... —dijo intentando sonar natural—, pero no sabemos quiénes quieran hacer parte del equipo.

Haher y Gonza sonrieron con satisfacción.

Quizás Juanjo percibía la desconfianza de Mankar, razón por la cual era a éste con quien menos hablaba o bromeaba, tal vez porque quería tener cuidado de no ofenderlo, pero se daba cuenta que cada vez Haher y Gonza estaban más a gusto, y empezó a sentirse excluido.

¿Lo excluían a él o era Mankar quien se auto-excluía? Tenía que comenzar a relajarse un poco, porque no quería parecer un amargado y ni Juanjo ni Matías estaban dando ningún motivo para estar a la defensiva.

—Vamos al de Haher, si quieren —propuso Matías.

—Y luego vamos al club de Mati —dijo Gonza.

—Yo quiero conocer el de Mankar —comentó Juanjo, mirándolo con expresión amigable (bueno, Mankar supuso que eso significaba, porque más bien parecía que lo estuviera retando).

Juanjo y Mati se afiliaron al club de Haher sin siquiera mirar en qué consistía. Pasaron en ese lugar unos cuantos minutos, y luego salieron a buscar el club de Mankar.

Iban caminando por un pasillo por la sala de todos los clubes existentes, riendo a carcajadas, cuando de repente se dieron cuenta que, en vez de empujarse, se estaban atravesando unos a otros.

—¡La snitch!

Mankar salió corriendo seguido por los otros cuatro, directo a la Sala principal de Clubes, muy atento de cada rincón donde pudiera encontrarse la pequeña pelota dorada. Detrás de él escuchaba los pasos de los demás corriendo.

Salió a la habitación circular y se dirigió a zancadas a la entrada de su Sala Común. Estaba un poco más animado al pensar que allí se dividirían sus caminos. Al llegar a la puerta, se dio media vuelta, buscando a Haher y a Gonza, que debían estar corriendo hacia él, pero no los vio. Buscó con la mirada a Juanjo dirigiéndose a la Sala Común de Ravenclaw o a Mati, hacia la de Slytherin, pero no los vio.

Mankar dio un paso de regreso a la sala de todos los clubes para buscarlos, y escuchó la palabra del millón, repetida por todas las voces que se hallaban en la habitación.

¡Labenthium!

Un destello amarillo salía de las varitas de quienes pronunciaban el hechizo, que los envolvía y los hacía desaparecer. Los más lentos en darse cuenta de que el Laberinto estaba abierto no tuvieron suerte con el hechizo y tuvieron que conformarse con que su varita destellara y se apagara, pues el juego estaba lleno y nadie más podía entrar.

No necesitaba volver a la sala de todos los clubes, ya lo sabía: Haher, Mati, Juanjo y Gonza habían entrado al Laberinto. Y no se preocuparon por avisarle.

Mankar bajó por la escalera de su dormitorio, bastante desanimado.

Si miras por la ventana de la Sala Común, verás el lugar donde ellos cuatro se encuentran —dijo la voz en la cabeza de Mankar—. ¿Todavía tienes dudas? Les has dado una oportunidad más y no la aprovecharon. Para Haher y Gonza ya no eres su mejor amigo.

«Pero... si el Laberinto ya había abierto cuando ellos lo comprobaron, simplemente entraron; no podían devolverse a decírmelo», se dijo Mankar, defendiendo a sus amigos no muy convencido.

Pero uno de los dos se habrá dado cuenta antes de entrar —respondió la voz—. No te engañes a ti mismo. Prefieren setenta y cinco puntos más que a ti. ¿Aún así quieres hacer equipo con ellos para el Torneo, a pesar de que te opones rotundamente a participar? ¿Qué harían ellos por ti, que tú has hecho por ellos?

Mankar negó con la cabeza. Tenía tantas opciones...

Podía hablar seriamente con Haher y Gonza al respecto. Explicarles todo lo que sentía con lo que pasaba.

Sí, y que parezcas una chica que llora porque su novio no le presta atención.

Opción descartada.

Podía intentar caerles bien a Juanjo y Mati, intentar integrarse en lo que quizás se convertiría tarde o temprano en su nuevo grupo de amigos, y a la vez formar el equipo con Haher y Gonza para el Torneo.

Claro, vas a actuar en contra de lo que piensas realmente. Vas a tratar a tu enemigo con hipocresía y vas a poner en riesgo tu vida, sólo para caerle bien a un par de personas que detestas y por intentar conservar a otro par que te ha olvidado. ¿Por qué dependes así de ellos?

Opción descartada.

Mankar llegó a su dormitorio y abrió la puerta. Rob Potter y Ron Lesson estaban allí, discutiendo.

—¡Te dije que nos íbamos a perder el Laberinto! —decía Ron enojado.

—Genial —murmuró Mankar. Nada mejor que una discusión acerca de ese juego para olvidar lo que pasaba.

—No es culpa mía que no estuvieras pendiente —respondió Rob.

—Claro, como tú ya ganaste una vez, no te importa —se quejó Ron.

Entre un par de amigos seguro que era normal que hubiera problemas, pensó Mankar. ¿Cuál era la mejor forma para solucionarlos? Tal vez el mismo tiempo los solucionaría. Pero el problema de Mankar con sus amigos era diferente... o quizás el problema era sólo de él. Pero es que no quería semejante cambio. Sabía que le costaría mucho trabajo adaptarse.

—Espero que en el Torneo sí puedas trabajar en equipo —dijo Ron descaradamente.

—¡Eso es! —exclamó Mankar, antes de que Rob le respondiera a Ron, quien ya lucía bastante enojado, pero sólo alcanzó a tomar aire para hablar.

—¿Qué? —preguntó Ron.

—¿Ya tienen su equipo completo? —preguntó Mankar sin pensarlo.

—Eh... no —respondió Rob—. Sólo somos nosotros dos y Tarru Potter. ¿Ustedes al fin sí quieren participar?

—Bueno, no sé si Haher y Gonza quieran... —respondió Mankar evasivamente—. Pero yo estoy buscando un equipo.

La voz en la cabeza de Mankar empezó a quejarse con fuerza, pero él no le hizo caso.

—Perfecto —dijo Ron—. Entonces ya somos cuatro. Lástima que Tarru ya esté en el equipo, porque si no, Gonza y Haher podrían entrar contigo. ¿Crees que alguno de los dos quiera?

—No, no... —respondió Mankar—. No sé —añadió con disimulo—. Bueno, entonces busquemos al quinto miembro.

—Sí, pero preferiblemente que sea alguien bueno para el Laberinto o la snitch —dijo Ron—. Que podamos confiar en que estará pendiente siempre.

—¿Sabes qué? —le espetó Rob enojado—. No vuelvo a avisarte si va a abrir el Laberinto. Revisa tú mismo.

Mientras Ron le respondía a su amigo, Mankar salió del dormitorio. Dos días llevaba ese juego y ya causaba tantos problemas... Cuando cerró la puerta, se preguntó qué acababa de hacer.

La única forma que a Mankar se le ocurrió de comprobar qué tanto le importaba a sus amigos era alejarse de ellos. Podía parecer ilógico, pero pensó que, si mantenía distancia de Haher y Gonza, pero ellos realmente llegaban a extrañarlo, en algún momento lo buscarían. Y la mejor forma de asegurarse de que estaría lejos de ellos era entrando a un equipo para el Torneo al que ellos no pudieran ingresar.

No pudo evitar ahora escuchar a la voz de su cabeza diciéndole con enojo:

¿En qué estás pensando? ¿Ésa es la solución madura que estabas buscando? ¡Te has dejado llevar por el momento y has tomado una decisión precipitada! Si pensabas que estabas alejado de tus amigos, espera a que se enteren que entraste a un equipo sin ellos. ¡Y además entraste al Torneo que te puede matar! El hecho de que sea más sutil que las otras opciones no significa que sea mejor que el resto. Quédate esperando...

—Tengo hambre —interrumpió Mankar, bajando por las escaleras y pensando en el Gran Salón. Pensarían que había enloquecido si seguía hablando solo, pero no le haría más caso a la voz de su cabeza, mientras le reprochara lo que acababa de hacer. Ahora lo que importaba era ir a comer algo y después la clase de Herbología.

• • •

—¡Casi ganamos! —exclamó Haher cuando llegó al invernadero y se acercó a Mankar.

—Vimos la Copa de nuevo, pero se adelantó Oty Copbottom —se lamentó Gonza—. ¡Estuvimos tan cerca!

—Qué bien —dijo Mankar con indiferencia.

—Buenos días, chicos —saludó la mujer que acababa de entrar al invernadero—. Siéntense por favor. Mi nombre es Pili Bombay y seré su profesora de Herbología durante este curso.

Mankar la miró y de inmediato se dio cuenta de que era una mujer muy alegre y amistosa. En uno de los asientos más cercanos a ella, estaba sentado Tarru Potter. Se quedó un rato simulando que la escuchaba, mientras que Haher y Gonza seguían contándole lo que pasó en el Laberinto y él se preguntaba si la decisión que había tomado en serio había sido la mejor. ¿De qué forma se lo podría decir?

—Mati fue quien descubrió el camino desde el noveno letrero —murmuraba Haher—. Definitivamente cada vez se hace más difícil encontrar el siguiente. Creo que ayer tuvimos mucha suerte.

—Chicos por favor... —llamó la atención la profesora Pili—. Estoy muy segura de que el curso pasado ustedes aprendieron bastante bien las propiedades de algunas plantas mágicas, sus usos y en qué lugares se encontraban. Bien, durante este curso, nos meteremos con plantas un poco menos... inofensivas —sonrió, pero a Mankar no le gustó el tono con que lo dijo—. Pero ya llegaremos a ello. Antes de aprender a recolectar estos tipos de plantas, que es algo que necesita una cuidadosa técnica para cada especie, necesito que ustedes me demuestren que pueden reconocerlas en su ambiente. Durante la clase de hoy, vamos a salir a los terrenos del colegio y vamos a buscar por todas partes algunas plantas. Por favor anoten —la profesora escribió en la pizarra mientras decía en voz alta—: raíz de asfódelo, anapelo, díctamo, ajenjo...

La lista era larga, pero Mankar creía saber dónde poder encontrarlos, si es que Haher estaba más dispuesto a ello que a hablar del Laberinto.

—Cuando los encuentren, tómenlos de la forma que aparece en sus libros, que estoy segura de que ustedes ya conocen, y guárdenlos —explicó Pili Bombay—. Tienen una hora para ello. Traigan todas las plantas que puedan, por grupos si quieren, y con ellas haremos otro trabajo.

La clase se levantó de su asiento y Haher de inmediato comenzó a hablar con la misma emoción, como si no se hubiera interrumpido.

Mankar se preguntaba cuánto más tardaría el relato de su amigo, para poder abordar el tema del Torneo. Rodearon el castillo y empezaron a buscar por entre los árboles las plantas que ya conocían bastante bien, pues durante el año anterior las habían estudiado.

—Aquí hay luparia. ¡Diffindo! —dijo Gonza, arrancándola del suelo con un toque de su varita.

—Este año ha comenzado genial —comentó Haher con alegría—. Ah, Gonza, recuérdame que tenemos que inscribir a los Montrose Magpies en la liga de quidditch. Me gustaría que hubiera algún cupo para que pudieras entrar —le dijo a Mankar.

—No hay problema —respondió él—. Supongo que Melb quiere que yo haga parte de su equipo nuevamente. No pasa nada con que estemos en diferentes equipos, ¿o sí?

—Pues no... —dijo Gonza—. Aunque si le hubieras dicho antes al capitán a tiempo, quizás te habría dejado entrar. Recuerdo que Jorge dejó entrar a Mati sin hacerle prueba.

—Ah —fue lo único que dijo Mankar, disimulando su enojo. Se le olvidaba el detalle de que Juanjo y Mati también estaban en los MM.

Regresaron cerca de la entrada del castillo para buscar alrededor de la cabaña de Vito las demás plantas que les hacía falta por encontrar. Mankar se acababa de dar cuenta de que sus amigos no tomarían bien el hecho de que él hubiera entrado al equipo de Rob y Ron, y la razón de esto era porque él mismo se sentía triste por no poder hacer parte de los Montrose Magpies.

Aún estás a tiempo de cambiar de opinión. Simplemente, ve a donde están Rob y Ron e invéntate cualquier excusa. Diles que no podrás entrar después de todo, porque Haher y Gonza ya te habían comprometido en otro equipo.

Mankar asintió con la cabeza. Justo cuando terminara la clase de Herbología, iría a buscar a los dos chicos.

Habría salido perfecto...

—¡Mankar, oye! —lo llamó un chico de Gryffindor que estaba cerca de ellos y también parecía estar buscando plantas.

Mankar lo miró con espanto.

—Ron me dijo que tú estabas en el equipo —dijo Tarru Potter con alegría.

Haher miró a Mankar desconcertado.

—Eh... sí.

—Vamos a encontrar el miembro que falta, pero yo creo que ya tenemos asegurado el Torneo del León Escarlata —comentó Tarru con entusiasmo—. ¿Ustedes encontraron anapelo? Es la única que me falta.

Mankar no respondió. Le habría indicado en dónde encontraron la planta, pero no quería quedarse a solas con Haher y Gonza, que lo miraban atentamente.

—Bueno, nos vemos más tarde —dijo Tarru alejándose husmeando entre los árboles con su libreta y algunas plantas en las manos.

—¿Estás en el equipo de Rob? —preguntó Gonza.

—Eh... sí —respondió Mankar intentando sonar indiferente.

—¿Por qué no nos lo habías dicho? —preguntó Haher—. Pensábamos que haríamos equipo juntos.

—Pensábamos que no querías hacer equipo —lo corrigió Gonza.

—Lo siento. —Mankar no sabía qué decir—. Cuando ustedes entraron al Laberinto, ellos me lo propusieron... —técnicamente era cierto.

—Pero ¿no quieres hacer equipo con nosotros? —preguntó Haher. Parecía tan dolido que Mankar pensó que el hecho de que se olvidaran de él no era un argumento suficiente para explicarles el porqué tomó esa decisión.

—No tiene nada de malo... —intentó convencerlos Mankar—. Tampoco estamos juntos en el equipo de quidditch.

—Estás muy extraño desde que llegamos aquí —le dijo Gonza—. Primero, no te vemos en el tren del colegio. Luego, te separas de nosotros en los Laberintos. Ahora esto.

Mankar lo miró asombrado. Ellos creían exactamente lo mismo que él.

—Y no nos volviste a contar ninguna visión que hayas tenido —añadió Gonza.

—¡Es que no he tenido! —replicó Mankar, pero justo en ese instante recordó lo que había augurado la adivina del Wizentro. En verdad, Gonza y Haher tenían motivos para pensar aquellas cosas—. Y no es culpa mía lo del Laberinto... ¡ustedes son quienes me dejan botado!

Intentó explicarse. Era todo un malentendido. Pero sabía que, por más de que lo resolvieran, Haher y Gonza estaban demasiado ofendidos porque Mankar hubiera entrado al equipo de Rob y Ron. Y era evidente, pues cuando regresaron al invernadero, dividieron las plantas que habían recolectado y le entregaron a Mankar solamente las que le correspondían sin decir palabra, lo que significaba que no trabajarían en grupo.

La opción que Mankar había tomado era la primera que debió descartar.

Te lo dije.