Capítulo 11: Falsa impresión

Haher y Gonza no fueron a comer al Gran Salón ese día. Fueron junto con Mati y Juanjo al campo de quidditch, pues habían planeado una especie de entrenamiento, quizás con el mismo motivo que los Fénix Felicis.

Mankar se sentó solo en la mesa de Gryffindor, preguntándose si en algún momento llegaría algún otro compañero a comer con él. En un asiento bastante apartado del que él ocupaba, vio riendo alegremente a Atena Black con algunos amigos y amigas, incluso de otras casas.

A él no le molestaba en absoluto que a su mesa se sentaran personas que no fueran de Gryffindor, pero suponía que a muchos sí, y él no era capaz de hacer lo mismo yendo a la mesa de otra casa. Pero lo que llamó su atención en ese momento fue el hecho de que prácticamente nunca había visto a Atena y Arkadios juntos, teniendo en cuenta que eran hermanos. Pensándolo bien, veía tan poco a Arkadios que por mucho tiempo se olvidaba de su existencia.

—Hola, Badu —saludó la voz fatigada de Boggart, que se sentó sin preguntar junto a Mankar. Él sonrió.

—Hola... Bog —vaciló buscando la forma en que podía llamarlo. Quizás «Boggart» le haría recordar al Poder Calamar y no quería hacerlo sentir mal. Se le olvidaba con frecuencia que el grandote se llamaba en realidad Juan Carlos—. ¿Cómo va todo?

Bied —respondió Boggart. Se escuchaba un poco mejor, pero seguía resfriado y con la nariz tapada—. Audque bayada tedgo clase de Estudios Buggles y todavía no edtietdo uda ecuaciod batebática.

—Pero, ¿no la viste el año pasado?

—La verdad es que se be olvidó —respondió tranquilamente—. Creo que estaba tad ocupado idvedtatdo y perfecciodatdo ud hechizo, que do le presté atedciod a las clases.

Mankar hizo caso omiso de cualquier mirada de desagrado por parte de sus compañeros de Gryffindor cuando vieran un estudiante de Slytherin sentado a su mesa. Le agradaba mucho estar con Boggart.

—¿Cóbo apretdiste a crear tus propios hechizos? —dijo Mankar imitando la voz grave y con congestión nasal de su amigo. Boggart rió.

Buedo, llevaba bastadte querietdo hacerlo. Bau be ayudó ud poco.

—¿Quién?

Bauricio Copbottob.

Mauricio Copbottom —tradujo la conciencia de Mankar.

—Ah.

—Sí, gracias a ese hechizo be pusiérod el apodo de Boggart, audque la verdad es que do se puede realizar por uda sola persoda.

—¿Ah no?

Do —respondió Boggart—. O buedo, do sale tad bied. El Poder Calabar siebpre be ayudaba ud poco. Es uda especie de hechizo cobpuesto.

—Los que nos enseñaron en Defensa el año pasado —recordó Mankar.

Precisabedte.

—Me encantaría aprender un hechizo como ése —comentó Mankar.

—Te lo puedo edseyar cuatdo quieras. Audque te advierto que do es fácil.

—Tal vez no tanto como una ecuación de Estudios Muggles —bromeó Mankar.

Edtodces dos ayudabos butuabedte —dijo Boggart con alegría.

—Claro, un hechizo así le sería bastante útil a mi equipo del Torneo.

—Espera... voy a idtedtar algo. ¿Be sigues? —preguntó Boggart de repente.

—¿Eh?

¡Labedthiub!

Boggart desapareció.

Mankar miró alternadamente su plato de deliciosa comida y el asiento que dos segundos antes ocupaba Boggart. ¿Qué preferiría?

Él te está esperando.

¿No era suficiente esa razón?

¡Labenthium!

• • •

—Muy bien muchachos, ¿quién me quiere decir un hechizo bueno y uno malo? —preguntó la profesora Bea Gryffindor.

Mankar había decidido algo: usaría la siguiente clase de Defensa Contra las Artes Oscuras como excusa para entablar una conversación con Arkadios. Le interesaba saber el motivo de sus miedos y necesitaba convencerlo de que todo era una superstición. Quizás la profesora Gryffindor le ayudaría.

Ese día nuevamente comenzó la clase antes de que Arkadios llegara. Mankar, Haher y Gonza se habían sentado en los mismos asientos que la última vez, el primero dejando el espacio libre para que Arkadios se sentara junto a él, aunque dudaba que se volviera a acercar sin antes revisar quién sería su compañero, y quizás volvería a retirarse de la clase o a pedir un cambio de asiento a la profesora. Seguro que su niñera, o lo que fuera, no tendría reparo alguno en complacerlo.

—Uno bueno, Wingardium Leviosa —contestó Haher—. Y uno malo, Sectumsempra.

—¿Por qué podemos decir que Wingardium Leviosa es «bueno»? —preguntó Bea.

—No le hace daño a nadie —respondió Haher con timidez.

—¿Y si yo hiciera levitar un armario y le cayera encima a otra persona cuando lo soltara?

—Uno no va a hacer levitar algo tan pesado si sabe que es peligroso —dijo Andrea Delacour.

—A menos que uno quiera que el hechizo le haga daño a alguien —aclaró Bea Gryffindor—. De acuerdo con eso, se diría que Wingardium Leviosa es bueno o malo dependiendo de quien lo use o el motivo de ello. ¿Y en qué caso puede ser considerada «buena» una maldición como Sectumsempra?

La clase quedó en silencio total, pensando. La profesora los miró durante unos segundos antes de continuar:

—Por eso es considerado maleficio o maldición, «magia oscura». Su único objetivo es hacer daño a las demás personas. Claro que, si ustedes lo piensan bien, puede haber algún caso muy extraño en el que una maldición de esta clase sea usada por un buen motivo. Quién sabe, quizás sirva como contramaleficio a una maldición peor...

Mankar prestaba bastante atención a la profesora.

—La sociedad mágica a lo largo de los siglos se ha dedicado a clasificar los hechizos como buenos o malos, o sea, magia blanca o artes oscuras —continuó Bea Gryffindor—. Lo que casi nunca se tiene en cuenta es que tanto una maldición podría salvarle la vida a otra persona, como un hechizo tan simple como el levitatorio podría lastimar gravemente a otra.

»La clase pasada, ustedes me mostraron los hechizos que más les gustaba realizar o que más se les facilitaba. Creo que muchos de ustedes saben para cuál rama de la magia son mejores. El proyecto que quiero que hagan durante este curso consiste en que cada uno de ustedes inventen nuevos hechizos. Hechizos propios, que salgan de su imaginación, y por supuesto, que puedan utilizar para defenderse contra las artes oscuras. Pero antes de eso es importante que conozcan el motivo por el cual los hechizos pueden ser utilizados. Así que hagan todos una lista de todos los que conozcan, y escriban en qué caso se puede considerar «buen» hechizo y en qué caso no. Pueden trabajar con su compañero de asiento.

Se escuchó las hojas de pergamino de los cuadernos que empezaron a revolverse y a ser arrancadas por los estudiantes.

Entonces Mankar se dio cuenta de que Arkadios ni siquiera había aparecido a tocar la puerta. Decidió levantarse a preguntárselo a Bea, pues le parecía muy extraño.

—Profesora —Mankar se acercó a ella, quien se paseaba por el salón mirando lo que escribían los niños—, ¿usted sabe qué pasó con el chico que se sentaba conmigo? —preguntó señalando la mesa que él ocupaba—. No ha llegado... y no tengo con quién más trabajar.

—¿Quién? Ah... No, chico —respondió Bea—. Arkadios se retiró de esta clase.

—¿Cómo así?

—Sí, tuvo algunos... motivos, y yo le daré clases privadas.

Bea se dio la vuelta y respondió a la pregunta que alguien más le hizo acerca de su lista de hechizos. Luego, anotó la tarea para la siguiente clase, aunque faltaba más de la mitad del tiempo para que se acabara: investigar qué se necesitaba para crear hechizos nuevos. Mankar regresó a su asiento concentrado en sus pensamientos.

¿Cómo era posible...? Es que... ¡era increíble! El solo hecho de ver a Mankar en su misma clase de Defensa (la única que compartían) lo había atemorizado tanto que Arkadios había decidido simplemente irse. Ni siquiera sabía que estuviera permitido que alguien no tomara una de las clases. Pero ya que Arkadios y Bea Gryffindor eran tan cercanos, daba lo mismo que ella le diera clases privadas.

El asunto de que el otro chico le tuviera miedo comenzaba a molestarle en serio a Mankar.

Pero no hubo forma de acercarse a Arkadios durante las siguientes semanas. Simplemente parecía que se había esfumado. A Mankar no le habría sorprendido que ya se hubiera cambiado de casa. O que se hubiera largado de Harrylatino.

¿No crees que hay cosas más importantes que intentar demostrar que es mentira la habladuría de una adivina a un testarudo? —insistía la conciencia de Mankar con frecuencia.

Y tenía razón. Debía estar pensando en más cosas. Una de ellas era la conformación de su «nuevo» equipo de quidditch, Fénix Felicis. La verdad sentía que su puesto estaba más que asegurado en él, así que de momento no tenía mucho de qué preocuparse.

Los entrenamientos se hacían bastante pesados. En la liga oficial de quidditch ya no participaban cuatro equipos, sino unos doce. Al parecer, tendrían un partido cada mes, y eso multiplicaba también la cantidad de entrenamientos. Los nuevos miembros del equipo, los suplentes, eran unos chicos bastante novatos. Tenían que serlo, pues los mejores jugadores ya habían conformado su propio equipo, igual que había ocurrido con el Torneo del León Escarlata.

A Mankar le molestaba un poco esto, pues era bastante irritante tener que detener los entrenamientos a causa de las dudas de los suplentes, quienes no conocían del todo las reglas. Siendo así, un error de ellos les podría costar caro en un partido. Tenía la esperanza de que fueran pocas las ocasiones en que tuvieran que incluir a los nuevos. Además, los conocía muy poco. A duras penas sabía a qué casa pertenecían y le era difícil recordar sus nombres.

Pero en general el equipo jugaba bastante bien y Melb no dejaba de felicitar a Mankar por su asombrosa mejoría como guardián.

Poco a poco se iba haciendo consciente de lo pesado que iba a terminar resultando ese curso. A los entrenamientos de quidditch se sumaban los extensos trabajos de las clases, como los encantamientos para cambio que les enseñaba la profesora Devil y las largas redacciones sobre hechizos que los hacía escribir la profesora Bea Gryffindor.

Y ésa era sólo la parte obligatoria de lo que Mankar tenía que hacer, pues también quería divertirse un poco en su tiempo libre, jugando en el Laberinto, buscando la snitch y pasando tiempo en El Desorden, su club. Para lo primero, había encontrado una estrategia, y se había basado en las investigaciones que había hecho para clase de Defensa Contra las Artes Oscuras, pues logró encontrar una manera de hechizar una pluma y una hoja de pergamino, de modo que dibujara su recorrido para poder guiarse como si fuera un mapa, aunque hasta el momento no le había servido.

El enojo de Haher y Gonza ya parecía haber desaparecido por completo, lo cual era un alivio, pero aún así Mankar tenía que convivir a la fuerza con Juanjo y Mati, pero tenía que admitir que con el paso de los días cada vez se iba acostumbrando más y más.

También tenía que preocuparse por preparar a los Guardianes de Nurmengard para la primera prueba del Torneo, la cual sería la noche de Halloween.

No, no era para nada una obligación de él, ni aunque fuera capitán, pero desde que la fecha de la primera prueba fue publicada en los tablones de anuncios, sintió mucho más que tenía una gran responsabilidad dentro del equipo y que tenían muchas menos posibilidades de ganar si llegaba la prueba y ellos no habían preparado ninguna estrategia, hechizo, o algo que les pudiera ser útil.

Sin embargo, era difícil decidir cuál era la mejor forma de prepararse para la prueba porque era un total misterio en qué consistía. Cuando Mankar se proponía imaginar la clase de pruebas que podía tener el Torneo, inmediatamente venía a su mente robarle un huevo a un dragón, rescatar rehenes del fondo del lago o atravesar un laberinto lleno de criaturas mágicas peligrosas.

Bueno, era muy poco probable que tuvieran que recorrer un laberinto, porque en ese juego ya podían participar todos dentro del colegio. También dudaba que tuviera las otras pruebas, porque eran demasiado peligrosas para que un niño que bien podía tener once años las realizara.

Entonces podría tratarse de una carrera. Tenía que ser algo que los enfrentara contra los demás equipos, que por cierto eran más de setenta. O si no, quizás un duelo de magos contra otro. Lo más probable era que las pruebas fueran al aire libre, y en escenarios como el bosque prohibido o el campo de quidditch.

En todo caso, no le sobraría a su equipo prepararse con algún hechizo defensivo. La pregunta era: ¿cuál?

Y la respuesta la tuvo Boggart. Aunque últimamente compartían bastante tiempo (ambos se afiliaron al club del otro, se veían con frecuencia a la hora de comer y de vez en cuando recorrían el Laberinto juntos), pasaron varias semanas para que por fin convinieran cómo Mankar aprendería el hechizo que Boggart había inventado.

No sabían dónde podrían practicarlo. El lugar que durante el año anterior Mankar, Haher y Gonza habían usado para preparar secretamente la poción que ayudaba a Mankar a realizar hechizos, la Sala de los Requerimientos, habría sido perfecto, pero ya no existía. Al parecer, se había desvanecido igual que el pasadizo secreto del despacho de Riddle. Ya ni siquiera los elfos domésticos sabían dónde se encontraba, pero no era porque hubiera cambiado de sitio, sino porque se había cerrado, quizás para siempre, y no sabían el motivo. Era una lástima.

En la Sala Común tampoco podían hacer nada porque Boggart y Mankar pertenecían a casas distintas y no podían entrar más que a la propia.

La idea de practicar en uno de los clubes fue de Boggart. Un sábado por la tarde, Mankar iba subiendo la escalera de su Sala Común. Tendría que concentrarse bastante para no decir «¡Labenthium!» tres veces por frase, una costumbre que le parecía odiosa y que estaba aprendiendo de Haher, a pesar de que se sentía muy satisfecho cuando la varita brillaba y entraban a ese oscuro camino rodeado de arbustos.

—Hola Badu —saludó Boggart. Se había recuperado completamente del resfriado, pero adoptó como costumbre llamar así a Mankar, quizás debido a que éste se reía mucho de su forma de hablar.

—Hola... Juan-Ca —dijo Mankar, improvisando un apodo. Boggart rió.

—Dime Bog.

—Dime Mankar.

Mientras discutían, Boggart guió a Mankar a través de la sala de todos los clubes existentes hacia donde se encontraba el de él. A Mankar le gustaba mucho. Tenía el toque que sólo un Slytherin podía darle. Las paredes de piedra clara tenían estandartes de su casa, y unos sillones de color verde que generalmente estaban en el centro, habían sido corridos hacia las paredes, dejando el espacio libre para practicar hechizos. Un elfo doméstico acomodaba unos cojines del mismo color encima de ellos. Una ventana inmensa, que ocupaba casi la totalidad de una de las paredes, iluminaba el lugar dejando ver una vista magnífica desde una de las torres.

Ambos se pararon en el medio de la habitación, uno frente al otro.

—Te advierto, Badu, que esto puede resultar demasiado duro —dijo Boggart con seriedad, aunque enseguida esbozó una sonrisa que iluminó su rostro.

—Estoy listo —afirmó Mankar, contagiado por la sonrisa de Boggart y la alegría que se reflejaba en sus ojos.

—Vale. —Boggart se retiró unos pasos de Mankar y levantó su varita. Su sonrisa se desvaneció y su cara adaptó una expresión concentrada. Y mientras Mankar esperaba que su amigo le explicara los movimientos de varita, Boggart exclamó lo último que el otro chico habría pensado que diría—. ¡Expecto Boggart!

—¡ESPERA, NO! —gritó Mankar antes de que Boggart terminara, pero ya era demasiado tarde.

Una serpiente de siete metros de largo, de un color verde brillante y tan gruesa como una de las columnas que sostenían la habitación, salió de la varita y empezó a desenroscarse en medio de los dos. Un silbido espeluznante entró por los oídos de Mankar y le provocó un escalofrío violento. El basilisco tenía la boca abierta, bastante grande (quizás eso era lo que más le aterrorizaba a Mankar) y dejaba ver unos largos y afilados colmillos amarillentos, manchados de sangre. Y lo peor: unos amarillos y brillantes ojos que lo miraban fijamente, atento a su presa y a la espera del mejor momento para atacar.

No había reaccionado lo suficiente rápido para evitar el contacto visual. Mankar ya había visto su mirada.

Estaba paralizado del miedo, mirando de frente al ser que más temía en el mundo. Estaba tan aterrorizado que sintió ganas de llorar y unas lágrimas se resbalaron por sus mejillas.

En ese preciso instante, la serpiente se esfumó tan sutilmente como había aparecido.

¿Estás muerto? —preguntó la conciencia de Mankar.

Él no era capaz de responderle. Simplemente cayó de rodillas y empezó a temblar exageradamente. Las lágrimas le impedían la vista, pero no era capaz de secárselas. No podía moverse, a pesar de que su mayor deseo era asegurarse de que ya no se encontraba junto a la abominable serpiente.

—¡Badu! ¡Badu, lo siento!

Mankar intentó hallarle sentido a esas palabras, demasiado aturdido como para poder tener alguna emoción. ¿Se las decía Boggart a su cadáver?

Un estrujón calló la pregunta. Mankar se sintió de repente aplastado. Las lágrimas de sus ojos finalmente habían caído y ahora podía ver claramente. Boggart lo abrazaba con tal fuerza que le dolía. Pero ahora se sentía seguro.

—Tranquilo... No pasa nada. Ya se ha ido.

Había algo en el pecho de Mankar. Algo que se movía con violencia. Su corazón latía tan rápido que parecía vibrar. Le dolía la fuerza con que lo hacía.

Lentamente, fue recuperando el control de sí mismo. En su cabeza intentaban formarse preguntas que quería hacer, pero sólo lograba empezarlas: «¿Qué...?», «¿Por qué...?», «¿Cómo has...?»... pero sabíq que las gritaría si intentaba pronunciarlas.

—¿Qué hiciste...? —preguntó Mankar con voz débil, cuando escogió una, dándose cuenta de que a duras penas era capaz de hablar. Boggart lo soltó y lo miró a la cara, con los ojos llorosos.

—Pensé que... —dijo con voz quebrada— podía enseñarte... el hechizo... —de nuevo se escuchaba como si tuviera congestión nasal, pero más leve—. Quería que lo aprendieras... pensé que lo mejor era mostrártelo...

No pudo más y empezó a sollozar, apartándose de Mankar.

—Está bien —dijo Mankar, colocándose la mano en el corazón—. No... no pasa nada.

Sintió que debía abrazarlo también, para hacerlo sentir mejor, pero no fue capaz, más por timidez que por la parálisis en la que se encontraba. Era curioso el hecho de que parecía que Mankar era quien tenía que consolar a Boggart, siendo que él no había estado frente a su mayor miedo. Y también era muy curioso el hecho de que fuera tan sensible y expresivo, siendo que aparentaba todo lo contrario, y Mankar desconocía ese lado de su amigo.

Cuando los dos se tranquilizaron un poco, Mankar preguntó:

—¿Por qué el basilisco no me mató?

Boggart respondió sin levantar la mirada.

—No era un basilisco real.

—Ya sé —dijo Mankar con calma—. Era un boggart. Pero eso no significa que no adquiera los poderes de la cosa en que se transforma.

—No era un boggart real —respondió Juan Carlos sencillamente.

Mankar se quedó mirándolo, sin darse cuenta de que tenía la boca ligeramente abierta.

—¿Nunca ha sido un boggart de verdad? —preguntó incrédulo, y lo cierto era que no por ser falso le daba menos miedo un basilisco.

—Por supuesto que no... ¿Cómo crees que un niño que acaba de obtener su varita va a inventar un hechizo semejante?

—No creo que sea muy fácil para un niño realizar un hechizo que haga aparecer un boggart, real o falso.

—Por eso te digo, a mí me ayudaban —respondió Boggart, acomodándose en el suelo, con su voz gruesa ya un poco más tranquila—. No habría podido haberlo hecho sin la ayuda de mis amigos del Poder Calamar. ¿Recuerdas que te lo dije? Es un hechizo compuesto, porque varias personas deben... digamos... dar un poco de su magia para que se haga el hechizo. Yo ya estoy tan acostumbrado a hacerlo que no necesito ayuda. Por eso me llaman Boggart, y por haberlo inventado.

Mankar asintió pensativo.

—¿Cómo inventaste un hechizo así? —preguntó con curiosidad.

—Bueno, tenía muchas ganas de inventar un hechizo —explicó Boggart—. No sé, simplemente se me ocurrió. Percibe el miedo de la persona a la que se dirige, y adopta esa forma. Pero sólo la forma; sólo asusta a la víctima. Es difícil explicar. Sólo hay que concentrarse mucho y pronunciar el conjuro.

Tomó un lápiz y un papel de una mesa y escribió:


Expecto Bogart


—En realidad no creo que las palabras tengan mucho que ver —comentó—. Sólo tomé un hechizo que ya existía y cambié una palabra por otra.

—Además está mal escrito —observó Mankar—. «Boggart» es con doble G.

Su amigo se echó a reír.

La mayor parte de las siguientes horas Boggart se la pasó disculpándose. Estaba muy arrepentido por haber hecho aparecer el basilisco falso, pues no había tenido en cuenta la reacción de Mankar. Pero él ya lo había perdonado desde el principio. No era la primera vez que veía una serpiente gigante, después de todo.

El hechizo resultó ser tan difícil como lo esperaba. Era evidente que se trataba de magia fuera del alcance de un niño normal, ya que era un hechizo que principalmente tenía que meterse en la mente de otra persona para poder conocer su miedo. El solo hecho de intentarlo hacía agotar a Mankar demasiado, pero Boggart no podía ayudarlo porque él era la «víctima» del hechizo.

Cuando ya había anochecido, decidieron bajar al Gran Salón para comer. Tenían hambre y habían estado practicando durante todo el día. Se sorprendieron cuando vieron la hora: faltaba poco para que dejara de permitirse a los alumnos recorrer los pasillos. Cuando salieron a la Sala principal de Clubes, percibieron algo: los chicos estaban agitando sus varitas, de las que salía un destello amarillo que los envolvía y los hacía desaparecer. Mankar miró a Boggart y ambos sabían qué hacer.

¡Labenthium! —exclamó Mankar. Un destello amarillo también lo envolvió por completo y lo hizo girar en el aire, haciéndolo sentir que viajaba a gran velocidad. Al final, aterrizó en el tétrico camino del Laberinto, rodeado por setos de seis metros.

Miró a ambos lados, pero no se movió. Se quedó unos segundos esperando a que apareciera Boggart. Pasó al menos un minuto y su amigo no llegó.

Quizás pronunció el hechizo demasiado tarde —sugirió la conciencia de Mankar con lástima.

Así que ahí estaba él, caminando solo por el Laberinto. Se sintió mal, le hacía mucha falta la compañía de alguien. Detestaba entrar a ese lugar sin sus amigos. No era lo mismo.

De mala gana, aunque sin intención de irse, sacó una pluma y un pedazo de pergamino que guardaba en el bolsillo y les apuntó con la varita:

¡Karto Tracto!

El pergamino se quedó levitando junto a Mankar y la pluma empezó a trazar líneas rectas paralelas y muy finas.

Conforme iba avanzando, la pluma iba dibujando una especie de mapa del lugar. Resultaba bastante efectivo para encontrar el camino más fácilmente, pero Mankar tenía que concentrarse bastante. De acuerdo al dibujo, podría ir deduciendo en qué lugar del Laberinto había aparecido cuando entró y qué caminos no valía la pena tomar, pues podían terminar en un callejón sin salida, teniendo en cuenta la distancia que seguramente faltaba recorrer para llegar a la Copa (de acuerdo a los letreros numerados).

Podía considerarse trampa, sí, pero él no dejaba de verlo como una estrategia. Una estrategia que no dependía de la suerte de escoger un camino, sino de la experiencia y la concentración.

Tramposo, sólo te engañas a ti mismo —se burló la voz en la cabeza de Mankar.

Llegó a una bifurcación y, clavado en el suelo, había un letrero con el número «4». Lamentablemente, había ocasiones en las que no podía evitarlo, y tenía que dejárselo todo a la suerte. Tomó el camino de la derecha, pero se estrelló con alguien.

—¡Ay! —exclamó una voz gruesa—. ¡Cuidado por donde caminas...! —dijo con enojo, pero se interrumpió y cambió el tono de la voz por uno sorprendido—: Mankar... Qué bueno verte por aquí.

Juanjo Macnair iba solo. Mankar tuvo que esconder su varita, la pluma y el pergamino. Sólo Haher y Gonza conocían su estrategia y no tenía intención de compartirla con nadie más.

—¿Crees que todavía podamos llegar a la Copa? —preguntó Mankar a su vez con tono casual. En realidad habría preferido estar solo que en compañía de Juanjo.

—Sí —respondió Macnair relajado—. A veces dura horas esto.

Empezaron a caminar juntos a paso rápido. Juanjo conocía bastante bien el juego. Había ganado al menos cinco veces, según Mankar sabía.

Egoísta, monopolizador, hipócrita... —la conciencia de Mankar enumeraba todos los adjetivos negativos que se le iban ocurriendo, pero él obviamente no iba a ser capaz de decírselos.

—Es una lástima que el equipo ya esté completo —comentó Juanjo.

—¿Eh?

—El equipo de quidditch de nosotros. Los MM.

—¿Por qué? —preguntó Mankar.

—Porque habrías podido entrar —explicó Juanjo con naturalidad—. La pasamos muy bien cuando estamos lo cinco. Tú, Haher, Mati, Gonza y yo.

Mankar arrugó el entrecejo, sin creer mucho lo que escuchaba.

Mentiroso, además —dijo la conciencia de Mankar.

—Sí, qué mal... —comentó Mankar.

—Le he insistido mucho a Jorge para que haga una excepción —comentó Juanjo.

—No es necesario —respondió Mankar de inmediato—. Me gusta mucho mi equipo. Creo que no tengo que dejarlo solo porque mis amigos estén en otro.

Obvio que te quiere en su equipo. Juegas como un experto. Le conviene.

—Bueno, es que yo veo el quidditch como algo más que un juego —dijo Juanjo con naturalidad, mientras pasaban junto al número «6»—. No sé, lo disfruto más cuando lo comparto con mis amigos. No es sólo ganar o perder, pienso yo.

—Tienes razón —atinó a decir Mankar, un instante después, cuando había asimilado las palabras.

Y qué hábil es para engañar a las demás personas —criticó la voz en la cabeza.

—Es como este juego —siguió diciendo Juanjo—. Es bastante divertido, pero hay que disfrutarlo. Muchos no entran porque se desesperan con sólo pensar que no podrán ganar: ahí termina su voluntad. Otros sólo corren y corren porque quieren los setenta y cinco puntos. Pero son pocos los que de verdad lo disfrutan, y creo que Vito lo colocó aquí para eso.

Mankar se quedó mudo.

Llegaron un rato después junto a un letrero que tenía el número «8». Estaban muy cerca de la meta, pero también ahora se abrirían muchas bifurcaciones y caminos diferentes para tomar y se haría más difícil encontrar el correcto. Mankar ya no tenía su mapa y definitivamente había perdido toda concentración.

Vamos, no le creerás todas esas patrañas.

«Ahora estás en su contra, pero a Devil sí la defendiste porque Juanma metió esa idea en mi cabeza —le respondió Mankar a su conciencia—. Sólo me quieres llevar la contraria, ¿verdad?»

Tan pronto como pensó en ello, vio una silueta que caminaba hacia ellos por un camino que se abría en el seto de la izquierda. Instintivamente, Mankar se quedó mirándola. Era un niño que caminaba con paso fuerte. Aún con la oscuridad del lugar, se veía su cabello de un color ligeramente morado...

Arkadios.

Y él vio a Mankar.

Salió corriendo en sentido contrario a toda velocidad. Mankar lo siguió sin pensarlo, sin importarle para nada el hecho de que la Copa podía estar a la vuelta de la esquina del camino que dejaba o que Juanjo se quedaría solo buscándola.

Empezó a correr tan rápido como sus piernas se lo permitían. No tenía idea de qué iba a hacer cuando alcanzara a Arkadios. Sólo sabía que necesitaba terminar con ello de una buena vez.

Corrieron tanto que bien podrían haber regresado al punto de salida o haberle dado la vuelta al Laberinto. Doblaron tantas esquinas que Mankar había olvidado por completo el camino de regreso, pero para su asombro vio que acababa de pasar por un letrero con el número «10». No se había alejado tanto como creía. Al contrario: estaban a un paso de la Copa.

¡Langfradium! —exclamó Mankar apuntándole con su varita. Sintió una calidez en su pecho y una lengua de fuego se extendió hasta Arkadios, lo tomó del tobillo y lo hizo caer al suelo, revolcándose y seguramente raspándose la piel de las manos y las rodillas.

¿Qué mejor forma de hacer que alguien deje de temerte, que atacándolo? —preguntó sarcásticamente la conciencia de Mankar.

Él no le hizo caso y avanzó frente al otro chico, que lo miraba atemorizado desde el suelo.

—¡Aléjate de mí! —gritó Arkadios desesperado.

—¿Por qué? —exclamó Mankar con el mismo tono.

Arkadios no respondió, sino que le lanzó una mirada asesina.

—¿Y no te lo dije, el día en que nos conocimos, que no hay por qué creer en esas tonterías?

Hubo silencio entonces. Mankar no podía dejar de preguntarse de qué forma podría convencerlo de que decía la verdad y que era inofensivo, o por lo menos de que no le haría daño a propósito.

Arkadios hizo algo que tomó a Mankar por sorpresa: levantó la varita con la velocidad de un rayo y le apuntó.

¡Verterio!

Y ocurrió algo que Mankar sólo había leído en libros. Era víctima de un hechizo que hacía que sintiera que el mundo se había vuelto al revés. Estaba pegado al techo, inmóvil, y su cabello se levantaba hacia el vacío infinito de la noche. Era una sensación espantosa. No era capaz de moverse, porque creía que si lo hacía, se desprendería del suelo y caería... y caería...

Arkadios se levantó y se fue corriendo por el techo de ese lugar tan extraño que era el Laberinto, con la gravedad invertida, con la misma normalidad que se habría desplazado en tierra firme.

Mankar necesitó unos cuantos segundos para darse cuenta de que realmente no estaba pegado al techo. Era sólo un hechizo. Él ya sabía que no ocurriría nada si se movía.

¿Ah... sí?

Tuvo que hallar fuerzas dentro de sí para lograr desprender el pie del techo, y en el momento que lo hizo, todo volvió a la normalidad. No pudo sostener el equilibrio y cayó al suelo, pero se levantó de inmediato.

Miró el camino a lo lejos y Arkadios estaba fuera de vista. Entonces lo único que le quedaba a Mankar por hacer era seguir adelante y recuperar la ventaja que había perdido con seguridad. Estaba cerca del último letrero todavía, y mientras el Laberinto no hubiera cerrado no perdía nada intentándolo. Quizás Arkadios se había perdido.

Echó a correr por el camino oscuro. No había tiempo para empezar a trazar un nuevo mapa del lugar. Tenía que bastarle con su memoria y concentración. Nunca antes había llegado tan lejos solo y en ese momento se dio cuenta del mérito que suponía para alguien ganar tantas veces, como algunos lo hacían.

Corrió por donde su instinto le indicó. Izquierda, en línea recta, derecha, derecha, de nuevo izquierda... Extrañaba tanto su poder de ver el futuro y escoger la mejor opción... Derecha, derecha, en línea recta...

Iba tan deprisa que, al voltear por una esquina, casi chocó contra alguien nuevamente. Otra vez Juanjo.

—¿Qué pasó, Mankar?

—Un amigo que me debía dinero —mintió Mankar. Su conciencia había preparado la excusa con unos minutos de anterioridad.

Dio media vuelta y empezó a avanzar rápidamente junto a Juanjo. Daba por hecho que el camino por el que venía éste no conducía a la Copa. Mankar empezó a dejarse llevar por el enojo que le causaba la actitud de Arkadios, y cerró los puños con fuerza, absorto en sus pensamientos, sin que Juanjo se diera cuenta.

Ocurrió tan silenciosa y repentinamente que casi no se dieron cuenta: la Copa de los Tres Magos apareció al final de un callejón al doblar una esquina. Brillaba intensamente, como la luna llena en la noche más oscura, sobre un pedestal de piedra. Mankar no lo podía creer.

Él y Juanjo ni siquiera se miraron. Ambos empezaron a correr en dirección a la Copa tan rápido como les era posible. Era una carrera muy reñida, pero Juanjo logró adelantarse un poco más. Él no había perdido el aliento persiguiendo a Arkadios...

Pero cuando llegó a la Copa, no la tomó. Se dio la vuelta y esperó a Mankar. Ni siquiera le preguntó. Era como si para él ya estuviera acordado lo que harían en ese momento.

—Uno —contó lentamente—. Dos. Tres.

Mankar no lo pensó. Captó las palabras sin entenderlas, pero cuando escuchó la última, estiró la mano rápidamente, en el mismo instante que Juanjo lo hacía, y tomaron de la Copa por ambas asas. Ésta lanzó un potente destello plateado que les cegó la vista y todo lo que podían ver a su alrededor fue alcanzado por la luz.

Se elevaron en el aire y empezaron a dar vueltas en esa especie de remolino que atravesaban cuando tomaban un traslador, excepto porque éste era totalmente blanco. Mankar no tuvo tiempo para reflexionar nada.

Lo que Mankar no recordaba era que en el Laberinto, a diferencia del juego de la Copa del año anterior o de la snitch, sí se permitían los empates.

Juanjo y Mankar cayeron de pie sobre el suelo y el destello de luz blanca se apagó velozmente. Mankar tuvo que tomar unos cuantos segundos para que sus ojos se acostumbraran al cambio de luz. Ya no agarraba nada con su mano. Su corazón latía muy rápidamente. Se le habían dormido los brazos y sus manos temblaban debido a la emoción. No lo podía creer.

Escuchó un aplauso corto, pero hecho por varias personas. Abrió los ojos y vio a sus pies a docenas de niños que alternaban sus miradas entre él, Juanjo y la Copa, que estaba encima del pedestal a su izquierda. Los que estaban más cerca husmeaban el mapa del Laberinto que estaba grabado en el pedestal.

Algunos lo felicitaban, pero no eran tantos como cuando atrapó la snitch, evidentemente, ya que Mankar y Juanjo no tenían que revelar la ubicación de la Copa ni nada por el estilo, pues el mapa estaba a la vista de todos.

—Felicidades —sonrió Juanjo.

Mankar estaba todavía demasiado abrumado para reaccionar. Sólo pudo devolverle la sonrisa.

—Fue gracias a ti —atinó a decir, segundos después.

Se dio la vuelta y alzó la vista. Leyó el letrero que había en la parte superior del seto: «¡Juan José Macnair ha alcanzado la Copa de los Tres Magos!». Mankar estuvo a punto de preguntar «¿Y yo?», pero el Laberinto sólo mostraba el nombre de un ganador. Sacó su tarjeta de estudiante y revisó sus puntos. No recordaba exactamente cuántos tenía antes, pero estaba seguro de que no tantos como los que tenía ahora. Acababa de ganar setenta y cinco.


HARRYLATINO

IDENTIFICACIÓN DEL ESTUDIANTE

Mankar Merlín Weasley

ID: 6102

Estudiante

Gryffindor – Segundo curso

4625 puntos – Posición: 64


Juanjo tenía muchos más, claro. Tenía más afiliados a su club, era prefecto, había ganado varios Laberintos y estaba entre los primeros diez estudiantes con más puntos del colegio.

Mankar sabía que estaba demasiado cerca de llegar a la lista de los diez estudiantes con más puntos en su casa y eso lo emocionaba bastante.

—Si hay alguien que puede llegar a Premio Anual, ése eres tú —lo animó Juanjo. Mankar sonrió. El prefecto normalmente le hacía muchos cumplidos por todo lo que había en su club. Mankar en verdad comenzaba a esforzarse cada vez más por sobresalir. Se había planteado muchas metas en ese curso.

No lograba imaginarse la cara que tenía en ese momento. Todavía sentía los brazos dormidos y suponía que estaba más pálido que el vampiro de su visión. Pero debía tener la sonrisa más ancha que su rostro le permitía.

Su primer Laberinto.

No fue la misma sensación que cuando había atrapado la snitch. Era mucho mayor, pero por ese mismo motivo supo que debía controlarse más. Quería más que gritar y brincar de la alegría. No sabía ni siquiera qué debía hacer.

Los niños se fueron dispersando y regresando al castillo. Se hacía tarde.

—¿Vamos? —preguntó Juanjo, bajando de la plataforma de los ganadores.

Mankar lo siguió porque no tenía otra opción. Por algún motivo, no necesitó ver el mapa para recordar con claridad la mayor parte del camino que había recorrido. En un principio su intención no era ganar. Sólo había entrado porque pensó que Boggart también iba a poder hacerlo. Por eso no se había emocionado cada vez que había visto un nuevo letrero, hasta que llegó a los últimos. Recordaba con claridad esos momentos y los podía revivir tantas veces como quisiera.

Estaba demasiado contento. Lo único que le daba un poco de lástima era el hecho de que Boggart no hubiera alcanzado a entrar, pero ni siquiera le importaba lo que ocurriera con Arkadios. Nada le arrebataría esa felicidad.

Se despidió de Juanjo al subir la escalera de mármol, con una gratitud inmensa, y subió a su dormitorio sin fijarse por dónde caminaba. Al llegar, encontró a Haher y a Gonza profundamente dormidos. Mankar no era capaz de despertarlos. Mejor que se dieran cuenta al día siguiente.

«Y tú que decías tantas cosas en contra de Macnair», se dijo Mankar con satisfacción.

Su conciencia estaba absolutamente muda.

Las cosas habían dado un vuelco total. Había cambiado de opinión con respecto a muchas cosas. Y a varias personas. Fue consciente más que nunca que ése sería el mejor año de su vida.

Había atrapado una snitch y ganado un Laberinto en menos de un mes. Era considerado el mejor jugador del mejor equipo de quidditch del colegio. Era capitán de los Guardianes de Nurmengard y su equipo sí que prometía mucho. Sus notas en todas las materias eran casi perfectas. Estaba a dos pasos de ser uno de los estudiantes con más puntos en su casa. Tenía un montón de buenos amigos. Y, por si fuera poco, estaba seguro de que en cualquier momento lo nombrarían prefecto.

¿Qué más podía pedir?