Capítulo 13: Conciencia
Dedicado a mi conciencia
Resultó devastador. Las palabras de Juanma fueron seguidas de un total caos. Taz insistía a gritos que la profesora Callahan no podía estar muerta, que era sólo el efecto de la poción que le habían dado. Juanma estaba convencido de que el efecto terminaba en cuanto un equipo completara la prueba, y lo repetía una y otra vez con su fuerte voz quebrada.
Empezaron a escucharse con fuerza pasos apresurados provenientes de todos lugares. Algunos profesores llegaban a la escalera de mármol y bajaban a toda prisa para intentar ayudar a Callahan. Estudiantes curiosos también se acercaban, sólo para estorbar, pensaba Mankar. Los de Gryffindor, que en general se encontraban todavía bajo el hechizo del León Escarlata, no comprendían lo que ocurría cuando pasaban por el vestíbulo, y cuando querían terminar la prueba, y se acababa el efecto del hechizo, hacían preguntas sobre la profesora Callahan en voz bastante alta.
Por todas partes se escuchaban lamentos, sollozos, exclamaciones...
—¡¿Cómo es posible que la hayan metido ahí dentro? ¡Debió morir asfixiada! —reprochó incrédulo el profesor Zancaturno.
—¡Nosotros tomamos todas las medidas de seguridad! —explicaba Juanma una y otra vez.
—Pero ¿por qué tenían que meterla? ¿No era más fácil colocar una mujer falsa o crear una ilusión con un hechizo? ¿Tenía que ser una persona viva?
—Queríamos darle más realismo —respondió Taz enojada—. No tenía por qué correr ningún riesgo. Y ella aceptó voluntariamente.
—¡Claro, nada mejor que un asesinato para un juego en el que participan niños!
¿Podrían callarlo de una vez? —rugió la voz en la cabeza de Mankar—. ¿Qué, no ve que está muerta? ¿No ve que sólo empeora las cosas?
Mankar cerró los ojos. Cada vez aumentaba el alboroto en el lugar. Él seguía clavado a mitad de la escalera, de espaldas a la escena que se llevaba a cabo en el centro del vestíbulo, escuchando. Ahora sentía tantas emociones que quizás explotaría.
Estaba petrificado. Su corazón latía con violencia. No podía creer lo que ocurría. No podía creer que hubiera muerto una profesora del colegio, así como así. No podía creer que hubiera sido precisamente la profesora Callahan.
No.
A cada instante sentía algo diferente. Como si no hubiera sido suficiente todo lo que sentía desde antes de enterarse. Era una mezcla de ira y tristeza que se apoderaba de él. Apretó los dientes y los puños con tanta fuerza que se hizo daño.
Tristeza, primero, porque había muerto alguien que no lo merecía. La profesora Callahan podía ser malhumorada, pero era buena profesora. Y buena persona. Se había preocupado mucho por Mankar y sus amigos el año anterior. Incluso aquella misma noche parecía haberlo hecho. Mankar se negaba a creer que fuera verdad.
Y una ira inmensa, que crecía más y más a cada momento. Porque hubiera muerto de una forma tan absurda. Porque tal vez sólo hubiera sido un descuido de los organizadores del Torneo. Porque no había estado obligada a aceptar hacer parte de la prueba. Porque nadie se había dado cuenta hasta que ésta había terminado. Porque nadie hacía algo útil para ayudarla, aunque era evidente que ya no había nada que hacer. Porque cada niñito estúpido llegaba a estorbar y mirar el cuerpo de la profesora como si fuera una atracción en un circo.
Estaba tan furioso que sentía ganas de golpear al primer niño que viera que estaba allí sólo para enterarse del chisme.
Idiotas. Los mismos que llegan al Gran Salón a felicitar al que atrapó la snitch sólo para saber en dónde la encontró —dijo con un odio profundo la conciencia de Mankar.
—Entonces quizás alguien saboteó el plan —siguió discutiendo Zancaturno—. Y Betty murió por su culpa.
Mankar abrió los ojos por fin y se dio la vuelta. Hacerlo resultó más duro de lo que pensaba. La profesora Fairy Black tenía los ojos bañados en lágrimas y se tapaba la cara con su bufanda, mientras Bea Gryffindor la abrazaba mirando el suelo con expresión de tristeza. La urna en la que descansaba la profesora Callahan estaba oculta por la multitud que la rodeaba. Mankar vio que eran muchos los que derramaban lágrimas y él creyó que tampoco sería capaz de contenerse.
Miró a Zancaturno fijamente mientras éste seguía hablando.
—¿Insinúas que alguien mató a Betty? —preguntó Juanma con voz baja y entrecortada, pero que se escuchó claramente por encima de los murmullos de los curiosos.
—No lo sé. Creo que lo mejor es que el caso sea investigado. Si esto fue planeado, entonces el culpable está entre nosotros.
Aquellas palabras fulminaron a Mankar. No, no le interesaba saber quién era el culpable. No estaba de humor para resolver el misterio de otro asesinato. Había algo más importante detrás de ellas, que lo preocupaba y lo hería. Como si aún fuera poco todo lo que sentía en ese momento.
Salió corriendo a toda velocidad subiendo por la escalera de mármol. Era demasiado. No podía creer que en verdad estuviera ocurriendo todo eso en ese instante.
No sabía a dónde ir. A veces se detenía y caminaba lentamente, y de repente sentía ganas de volver a correr a toda velocidad. Sólo quería estar solo.
¿Y cómo era posible que los demás niños que se encontraba estuvieran lamentándose porque las pruebas de los cuatro torneos hubieran sido suspendidas? ¡Ojalá ése hubiera sido el mayor problema de Mankar en ese momento!
Siguió subiendo por el castillo, recorriendo cada pasillo de cada piso, en lo que le parecieron horas. Cuando llegó al cuarto piso, recordó que allí quedaba el despacho de la profesora Callahan. Se acercó dudoso, preguntándose si podría encontrar allí algo que pudiera servir como pista de su muerte.
No se sintió capaz de entrar a ese lugar. No en ese momento. No era tan fuerte. Y menos si la serpiente mascota de Callahan descansaba allí.
Mankar se alejó corriendo a toda prisa. Subió las escaleras, pensando si en el despacho de Callahan había algo relacionado con lo que ella quería decirles antes del inicio de la prueba. Algo de lo que nunca, pensó con ira, cerrando fuertemente los puños, nunca podría enterarse ahora que Callahan ya no estaba.
—¡Labenthium! —exclamaba desesperadamente sin éxito.
Ahora tenía ganas de ir a su Sala Común. Llegó al séptimo piso, sin poner mucha atención en el camino, y entró por el agujero del retrato. Subió la escalera de su dormitorio entre tropiezos y entró. No quiso mirar la placa de la puerta donde obviamente ya no estaba el nombre de Haher, porque ya no dormiría más allí, pero sintió un dolor en el estómago cuando vio completamente vacío el espacio que hasta hacía unas horas era ocupado por todas las pertenencias de su mejor amigo.
Cambió de opinión. No podía quedarse allí sin sentirse mal. Abrió su propio baúl, lo revolvió hasta encontrar lo que buscaba y lo cerró con brusquedad. Bajó a la Sala Común y salió nuevamente por el retrato.
Volvió a recorrer el castillo absorto en sus pensamientos, revisando una y otra vez si el Laberinto abría. Cabizbajo y un poco agotado, se sentó en un rincón de un pasillo, junto a una estatua, y abrazó sus rodillas con fuerza, como si sintiera un frío que lo congelara, pensando...
No sabía con certeza cuánto tiempo había estado vagando por el castillo. Quizás sólo cinco minutos, o quizás estaba a punto de amanecer. Sin embargo, todo en Harrylatino se hallaba tan despierto como al mediodía, excepto por el temor y la preocupación que se extendía por todos los lugares en donde había personas. Los profesores estaban demasiado ocupados como para molestarse en enviar a los alumnos a dormir, y mucho menos asegurarse de que obedecieran.
Miró a través del vidrio de una inmensa ventana que tenía en frente, y contempló la luna creciente, que iluminaba débilmente, rodeada de sólo unas cuantas estrellas...
Entonces, alguien bajó por unas escaleras cercanas y cruzó el pasillo, junto a Mankar.
—¿Manu? —preguntó con voz entrecortada.
Mankar se lamentó de no haberse escondido un poco más y de no haber notado que el lugar que había escogido para reflexionar se encontraba en el ala oeste del castillo, cerca de la torre de Ravenclaw. No miró al muchacho que le habló, pues ya sabía de quién se trataba. Nadie más lo llamaba «Manu».
—¿Estás bien? —preguntó Haher con preocupación.
—¿Qué quieres? —dijo Mankar con voz envenenada, pero que se quedaba corta para demostrar lo furioso que estaba. No sentía ganas ni siquiera de tutearlo, aunque no era capaz de dejar de hacerlo.
—¿Qué ocurre? —dijo Haher ahora dudoso.
Mankar lo miró incrédulo.
Haher se quedó esperando una respuesta. Mankar lo miró ahora con rabia, pero no sabía de qué forma señalar lo obvio. ¿Qué pensaba Haher que ocurría?
Si las miradas mataran... —escuchó decir con malicia en su cabeza.
—Te cambiaste de casa —dijo Mankar estúpidamente.
—Sí —respondió Haher, restándole importancia. Le ofreció su mano para ayudarle a levantarse, pero Mankar no la aceptó. Al fin, Haher añadió—: Es terrible lo que le pasó a la profesora Callahan.
Hubo una pausa. Mankar no estaba dispuesto a hablar. Todavía tenía ganas de golpear a alguien y quizás terminaría haciéndolo si no se iba en ese momento.
—No sabía que te querías cambiar —dijo con voz monótona.
—Sí sabías —respondió Haher. Técnicamente era cierto.
—Dijiste que lo haríamos juntos el próximo curso.
—Sí, pero me cansé de Gryffindor. No te imaginas todas las cosas que hacen en las otras casas además de los torneos. ¿Y en Gryffindor qué? Con la Jefa de Casa que tenemos...
—¿Sólo lo hiciste porque querías participar en juegos por puntos? —dijo Mankar, intentando controlar su voz, a la vez que se ponía en pie de un salto y apretaba los puños con fuerza.
—No es por los puntos...
—Pues no. ¡Preferiste perder todos tus puntos cambiándote de casa! No creo que pienses que vas a llegar lejos en Ravenclaw a estas alturas.
—¿Entonces lo que te importan son mis puntos? —preguntó Haher.
—¿Deberían? Tengo muchos más que tú. Antes de que te cambiaras también —añadió Mankar.
Por algún extraño motivo, aún guardaba la esperanza de que Haher cambiara de opinión, pero estaba tan enojado que no sentía más que ganas de gritarle.
—¿Y qué es lo que tiene de malo? —preguntó Haher—. Pensé que te lo ibas a tomar mejor. Como Gonza.
—¿A Gonza no le importó? —dijo Mankar, cada vez en voz más alta. Haher no respondió—. Pues a él al menos le habrás dicho. Se me ocurría que una decisión así al menos valía la pena que se la compartieras a tus amigos. —Habría agregado la palabra «mejores», pero pensó que sonaba muy cursi, más de lo que ya estaba resultando.
—Se lo dije a Juanjo y le agradó mucho la idea. Y luego lo hizo Mati.
Mankar apretó los puños con más fuerza, y también los dientes.
—¡Pues obviamente está feliz de tenerlos con él! —exclamó—. ¿O qué esperabas? ¿Que te dijera que te quedaras en Gryffindor?
—Podemos ser amigos aunque estemos en diferentes casas. —Haher comenzaba a hablar con dureza.
—¡Entonces no había necesidad de que te cambiaras, si es que quieres ser amigo de Macnair!
—Ravenclaw es mi casa verdadera —afirmó Haher rotundamente.
—Sólo porque te conviene.
En ese momento, la voz de Mankar se quebró. Las últimas palabras que pronunció habían sido en voz mucho más baja, y entonces se dio cuenta que una voz diferente a la suya, la de su conciencia, las decía con él, simultáneamente. Por primera vez estaban de acuerdo en algo.
—Creí que confiabas en mí —dijo Mankar, haciendo caso omiso de lo ridículo que sonaba.
—Sigues siendo mi mejor amigo —dijo Haher con la misma firmeza.
—Me habría cambiado contigo si me hubieras dicho... —Mankar no dejaba de mirarlo con ira—. Al menos pudiste haberme preguntado.
—¿Necesitaba tu permiso?
Haher estaba completamente serio. No había en él señales de culpa ni de arrepentimiento. Pero tampoco quería contradecir a Mankar. Se daba cuenta de que le había hecho daño con su decisión.
—No —respondió Mankar, intentando escoger muy bien sus palabras—. Pero habría sido mejor que al menos me hubieras contado lo que querías hacer. Me hubiera gustado enterarme de otra forma, y no porque de casualidad me fijé en el color de tu uniforme.
Al pensar en ese momento, la ira volvió a él con más fuerza que antes y se apoderó de sí.
De repente, el pasillo quedó completamente a oscuras. Mankar sacó su varita instintivamente con la intención de encenderla. Pero no alcanzó a pronunciar ningún conjuro, pues un poderoso destello de color rojo salió de ella y envolvió al chico completamente, separándolo del suelo y haciéndolo girar en el aire a toda velocidad. Estaba demasiado confundido para entender lo que ocurría o para preguntarse cuánto duraría aquello.
Cayó al suelo. Estaba en el único lugar que deseaba estar. El Laberinto.
¿Qué pasó? —preguntó con preocupación la conciencia de Mankar.
—Magia accidental, supongo —respondió el chico sin prestarle atención.
Las palabras que acababa de intercambiar con Haher quedaron grabadas en su mente. Sentía que habían estado a punto de hacer las paces. Pero a la vez sentía que no le había dicho todo lo que tenía que decirle.
Estaba un poco aliviado de encontrarse en el Laberinto. Con seguridad era ése el único lugar donde nadie lo molestaría. Sólo esperaba que durara horas y horas... o que nunca terminara, sería perfecto.
¿Y qué piensas hacer cuando cierre? Sólo habrán pasado cinco minutos.
—Necesito un tiempo a solas. Aquí nadie me va a molestar.
Empezó a caminar. No podía quedarse quieto ni un segundo. Miraba el suelo sin prestar atención del camino que tomaba o a los letreros por los que pasaba. No le interesaba en absoluto ganar en esa ocasión. Sólo vagaba sin rumbo, y daba media vuelta en cuanto daba con un callejón sin salida.
—¿Cómo pude ser tan tonto? —dijo por fin, un rato después.
¿Por qué lo dices?
—Desde un principio debí darme cuenta de que Haher se había cambiado de casa, o de otra forma no habría podido verlo, por el hechizo del León Escarlata.
Ah... Bueno, yo ya me había dado cuenta —dijo la voz de la conciencia de Mankar, como si se tratara de lo más obvio del mundo—, pero no sabía cómo funcionaba el hechizo, así que no podía concluir nada. Y menos sabiendo cómo te pondrías.
—Sí, tú lo sabes todo —dijo Mankar enojado.
En realidad, sé exactamente lo mismo que tú.
Hubo una pausa. No valía la pena desquitarse con su conciencia, por extraño que sonara. No estaba seguro de que alguien fuera culpable de lo que ocurría, ni siquiera de que estaba en lo correcto sintiéndose así.
Miró al cielo y volvió a fijarse en las estrellas, y en la luna creciente con su luz débil...
—¿Crees que estoy exagerando con lo que hizo Haher? —preguntó Mankar en voz alta y como si le hablara a alguien que estuviera a su lado. No le importaba que alguien lo oyera o pensara que estaba loco, aunque en realidad parecía que el Laberinto estaba completamente vacío a excepción de él. Pero tenía que estar lleno, porque Haher no había podido entrar tras él, y vio desaparecer a Mankar frente a sus ojos. Y él no se perdería un Laberinto ni aunque no ganara puntos.
¿Lo crees tú? —dijo su conciencia.
—No —respondió Mankar con firmeza—. Sé que si yo me hubiera cambiado de casa, lo mínimo que podía hacer era avisarle a mi mejor amigo.
Pero él tiene derecho a tomar sus propias decisiones. Él no depende de los demás como lo haces tú.
Sin embargo, y como si se contradijera, unos recuerdos pasaron por la mente de Mankar. Hacía mucho que no tenía esa sensación.
—Todos tenemos algo de otras casas —decía él a sus amigos en el Gran Salón, la noche que llegaron al colegio—. Pero sin duda que me considero en parte Ravenclaw. Mi patronus es un águila, ¿no?
—El próximo curso iremos allá, entonces —afirmó Gonza.
—Nos cambiamos los tres juntos, vale —declaró Haher.
—Era prácticamente una promesa...
Tal vez para ti. Para él no significaba mucho —dijo la conciencia de Mankar con amabilidad.
—Sin duda alguna seré Gryffindor. Es la casa más destacable de todas y tengo las cualidades precisas —decía Haher en el expreso de Harrylatino, un año antes, mientras hablaban de la casa a la que querían ser seleccionados.
Y tú querías estar en Slytherin —afirmó la conciencia de Mankar—. Eso era por las Gemas. Pero ahora que ninguno de los dos la tiene, pueden preferir una casa imparcialmente.
Mankar asintió de mala gana.
—Pero pensé que yo le importaba al menos un poco, lo suficiente como para que me lo dijera antes de hacerlo... Aunque tal parece que si hubiera sido yo quien se cambiara, no le habría interesado para nada...
No digas eso. Haher te quiere y tú lo sabes.
—No debí dejar que esto pasara... —continuó diciendo Mankar, como si no hubiera escuchado la intervención de la voz de su cabeza, aunque lo cierto era que sus palabras lo reconfortaban un poco—. Es culpa mía. Si hubiera formado un equipo con él y con Gonza...
Tonterías —interrumpió su conciencia—. Entonces, ¿por qué Gonza no se ha cambiado de casa?
—Porque él es capitán de un equipo también.
Si él hubiera querido dejarlo, nada se lo habría impedido. Él también te quiere y lo sabes.
—Pero por lo que dice Haher, a Gonza no le importó que él se fuera.
No creo que Gonza estuviera muy feliz con la idea. Quizás sienta algo parecido a lo que tú sientes. Pero él no se enojó con Haher. Ya no hay nada que hacer más que apoyarlo.
—Y pensar que se cambió por unas razones tan absurdas... —dijo Mankar con amargura.
Probablemente tiene otras prioridades.
—Ser el perrito faldero del prefecto Macnair.
Me gustaría que se lo dijeras de frente.
Mankar sentía una tristeza inmensa. Quizás su conciencia debió notarlo, porque de inmediato dijo:
Vamos, no te sientas mal. ¿Qué tan grave puede ser? Mejor piensa que un día podrás cambiarte con él.
—Tal vez no quiera hacerlo.
¿Por venganza?
—No sé si sería capaz de traicionar a mi casa.
Ah. Por puntos. —Mankar no respondió—. ¿O es que sigues pensando que vas a ser prefecto? El peligro que corres con Devil acá es mayor mientras continúes en su casa. No creo que Callahan haya muerto de vejez.
Mankar se detuvo en el acto. No había pensado en eso realmente. Pero antes de que pudiera contestarle a su conciencia, creyó escuchar un ruido de pasos cerca de él. No tenía ganas de que nadie lo viera. Sacó inmediatamente de su bolsillo lo que había tomado de su baúl y se lo puso sobre la cabeza. Miró sus brazos buscando alguna señal del efecto de la prenda, pero todo parecía exactamente igual. Y, sin embargo, no necesitaba mirarse a un espejo para estar seguro de que funcionaba.
—Traje la gorra invisible para que nadie se fije en mí.
Técnicamente, no es una «gorra invisible», porque tú la puedes ver. El nombre correcto es «gorra de invisibilidad».
—No te cansas de contradecirme, ¿verdad?
Yo no te contradigo, simplemente te digo lo que quieres oír. Siempre lo he hecho.
—Sí, seguro que sí...
Mankar fue bajando la voz nuevamente, mientras veía el letrero con el número «4» en una esquina del camino. En ese momento se dio cuenta de que quizás no era tan buena idea entrar al Laberinto para librarse de todos sus pensamientos tristes, ya que le recordaba a Haher y fue de ahí de donde éste salió antes de que Mankar se enterara que se había cambiado de casa. Pero creía sentirse un poco mejor, sólo un poco, y decidió dirigir su atención a un punto que acababa de tocar su conciencia.
—¿Crees que la profesora Callahan fue atacada por Devil? —le preguntó.
Es tan obvio que casi me hace dejar de sospechar en ella.
—Eso no tiene sentido —dijo Mankar, con una sonrisa triste.
¿No era yo el que siempre te contradecía a ti? —se rió también la voz de su conciencia—. Lo que no sé es por qué querría Devil matarla —continuó—. ¿Y si no quería que te enteraras de lo que te iba a decir antes de la prueba del Torneo? Aunque fue Juanma quien no dejó que hablara con ustedes...
—Tal vez sea muy apresurado deducir que fue un asesinato —dijo Mankar, como si en verdad se hubieran invertido los papeles y ahora él fuera la conciencia que llevaba la contraria.
El mismo Zancaturno lo dijo —le recordó su conciencia—. De todas formas, sea lo que sea, puedes estar seguro de que lo primero que van a pensar es que fue un asesinato. Y sabes quién es el principal sospechoso —agregó con tristeza.
Aunque ya se le había ocurrido antes, Mankar no quería pensar en eso...
Supuso que ya había llegado algún miembro del Ministerio de Magia. O quizás había embajadores de varios países de Latinoamérica allá en el vestíbulo, haciendo preguntas por todo...
Podía imaginarlo claramente. Veía la pálida cara de Natis Dumbledore, la ministra de magia de su país, observando el cuerpo sin vida de Callahan y diciendo con seriedad: «Otra profesora más de Harrylatino que deja de acompañarnos. Hay que tomar medidas inmediatas.»
Y quizás esas medidas inmediatas tendrían que ver con más investigaciones, con suspender clases o incluso cerrar el colegio, pero también tenían que ver con encerrar en la prisión al principal sospechoso.
Mankar trataba de convencerse de que Natis podría tomar conciencia. Quizás, antes de actuar contra el sospechoso, ella tendría en cuenta que éste no se encontraba allí, que estaba a quizás cuatro mil kilómetros de distancia, en su casa descansando tranquilamente.
Pero, ¿valdría la pena investigarlo? Ella misma se lo había advertido a Merlín, el padre de Mankar. Seguía siendo un misterio la desaparición del profesor Riddle y de los directores Cronista y Andrés. Todo por proteger a Mankar. Pero ahora era su padre el que corría peligro.
Le dolió el palpitar de su corazón cuando otro recuerdo atravesó su mente. En él, vio a la ministra de magia hablando con su padre, el día de la boda:
Si llega a ocurrir algo a otro profesor, te caerán todos encima.
—No puede ser —dijo Mankar con preocupación.
Sea o no Devil inocente, es tu padre de quien sospechan —le recordó su conciencia.
—¡Ya lo sé! —exclamó Mankar, de nuevo inexplicablemente enojado y a punto de perder el control, mientras empezaba a caminar a mayor velocidad—. ¡Pero no es justo! ¡Tenemos que salir de aquí...!
Se calló y se detuvo de inmediato. Había vuelto a escuchar ruido de pasos, pero ahora detrás de él. Se dio media vuelta y se encontró con un muchacho que lo miraba fijamente a los ojos. Tenía el cabello negro y era bastante alto. Llevaba una túnica con los colores de la casa Ravenclaw. Sonreía y le brillaban los ojos como si se acabara de encontrar con un ser querido que llevaba varios años sin ver.
Mankar sabía que nunca lo había visto antes, pero, aunque el otro muchacho no era pelirrojo, ni tenía su estatura y evidentemente tampoco su edad, le daba la impresión de que estaba mirando a alguien muy cercano a él, alguien que conocía perfectamente y desde hacía mucho tiempo, como si fuera su hermano.
—Hola —saludó con alegría el joven.
Mankar se sobresaltó y lo miró estupefacto. ¿Acaso no era invisible o el desconocido podía verlo de todas formas?
—Hola —respondió Mankar con un hilo de voz.
«¿Por qué puede verme? —le preguntó a su conciencia—. ¿Tengo mal puesta la gorra invisible?»
—Gorra de invisibilidad —corrigió el otro muchacho.
Mankar lo miró con los ojos muy abiertos y enseguida frunció el entrecejo. Se acercó al otro chico, mirándolo a la cara, quizás de la misma forma que Arkadios miraba a Mankar. Sin embargo, el desconocido no se movió y Mankar, aún en la penumbra, cuando estuvo lo suficientemente cerca, se dio cuenta de un detalle: los ojos del desconocido tenían un leve brillo de color escarlata. El mismo color de los ojos de Mankar.
—¿Conciencia? —preguntó incrédulo.
El otro chico sonrió con orgullo, pero no respondió. Mankar ya estaba inventando excusas para su pregunta, en caso de que no se tratara de quien creía...
Ahora el joven se rió, divertido con los pensamientos de Mankar, quizás, o sólo con la expresión de su rostro.
—Es cierto —dijo sin perder la sonrisa, con una expresión orgullosa—. No puedes ir llamando a otra persona «Voz de la conciencia». Creerán que estás loco.
Mankar siguió mirando al otro chico como si le hubiera hablado en japonés.
—¿Cómo es... cómo puede ser...?
—No estás alucinando, ni es una visión del futuro ni tampoco te has metido en tu propia mente —se adelantó el chico a lo que Mankar pensaba. Éste reconoció su voz, tal y como aquélla que le hablaba a cada momento en su mente, que en ese instante estaba completamente muda—. Siempre he sido parte de ti. Pero ha llegado el momento de que me conozcas y puedas ver mi cara. No, no sé cómo pasó.
Mankar lo siguió mirando y dejó pasar al menos medio minuto antes de volver a hablar.
—¿Eres un pensamiento que salió de mi mente?
Al decirlo, recordó una de las frases que bien conocía de uno de los libros de Harry Potter, esperando quizás a que su conciencia las pronunciara: «Soy un recuerdo, guardado en un diario durante cincuenta años.»
El otro muchacho empezó a reír a carcajadas en cuanto leyó sus pensamientos y Mankar, sintiéndose estúpido por sus teorías, no pudo evitar contagiarse de su risa.
Obviamente, su conciencia cambiaría algunas de las palabras que Mankar había pensado si llegaba a decirlas, pues no había ningún diario de cincuenta años de edad; sólo un niño de trece años casi recién cumplidos.
—¿Crees que soy como Tom Riddle? —logró decir el otro muchacho, en un momento que pudo contener la risa, y de nuevo estalló en carcajadas.
Tardó un poco en dejar de reír y luego le lanzó una mirada cómplice, con un brillo en sus ojos de color escarlata. Sacó una varita, la levantó y, emulando al personaje que Mankar acababa de recordar de los libros, con mucha gracia y haciendo muecas, escribió unas palabras en el aire:
VOZ DE LA CONCIENCIA DE MANKAR
Las letras, de color rojo, brillaron en el aire ante los ojos de Mankar, quien las miraba boquiabierto. Eran idénticas a las que Tom Riddle hacía aparecer en la segunda película de Harry Potter.
—¡No puede ser! —miró al otro chico, encantado y con cara de tonto.
—¿Qué? —respondió su conciencia con una ancha sonrisa.
—¿Es un anagrama? ¡Es increíble! —exclamó Mankar.
Su conciencia, haciendo un evidente esfuerzo para no reír, movió la varita nuevamente. Mankar miró atentamente las palabras, esperando que todas cambiaran de lugar, maravillado ante la posibilidad de un nuevo mensaje que usara exactamente las mismas letras.
Sin embargo, sólo tres cosas cambiaron. Todas las palabras, excepto la primera, desaparecieron. La letra «O», de la palabra que quedó, empezó a aplastarse de forma extraña, hasta volverse puntuda, mientras que la letra «Z» se deformó también, convirtiéndose en una especie de cruz torcida.
Mankar miró la palabra que brillaba frente a él y su sonrisa se desvaneció.
—¿Vax?
—¡Hola!
—¿Éste es tu súper anagrama? —preguntó Mankar, decepcionado.
—Nunca dije que lo fuera —respondió su conciencia y volvió a reírse a carcajadas.
—¿De dónde sacaste ese nombre? —Mankar abrió la boca, de nuevo contagiado por la risa.
—¿No acabas de ver? ¡Sólo llámame así! A menos que prefieras llamarme Pepe Grillo.
Mankar puso los ojos en blanco y, unos segundos después, se echó a reír también. Cuando por fin se calmaron, se quedaron mirándose un instante el uno al otro.
—Ha tardado mucho este Laberinto —dijo por fin Vax.
—Sí... —dijo Mankar, cayendo en la cuenta—. Tal vez sea mejor así. No me siento listo para volver a la Sala Común —por algún extraño motivo, sentía confianza con el otro chico. Algo le decía que realmente podía ser sincero con él, y es que después de todo habían compartido pensamientos durante casi dos meses.
—Estabas a punto de irte cuando aparecí.
—Sí... ¡sí! —reaccionó Mankar—. Tenemos que salir de aquí. ¡Vamos, hay que buscar la salida!
Pero se dieron cuenta de que junto a ellos había un letrero con el número «6». Estaban casi tan lejos de la Copa de los Tres Magos como de la entrada del Laberinto.
—¿Qué hacemos? —preguntó Vax.
—Necesito hablar con Natis Dumbledore. Es hora de contarle todo. La Gema, las visiones, todo. Antes de que se lleve a mi padre —sacó un pergamino del bolsillo y una pluma, que siempre cargaba con él, y les apuntó con la varita—. ¡Karto tracto!
El mapa comenzó a trazarse y Mankar y Vax empezaron a caminar lo más rápido que podían, fijándose en el pergamino. El número de los letreros que iban encontrando aumentó rápidamente, hasta llegar al noveno. Mientras avanzaban, se dieron cuenta del motivo por el que el Laberinto no se había cerrado aún: estaba completamente vacío.
Mankar sentía una especie de ardor en la garganta, que nada tenía que ver con la sed o el cansancio, sino más bien con la montaña rusa de emociones a la que se había montado aquella noche, y empezó a andar más despacio. Ni siquiera había tenido tiempo para sentirse orgulloso por resolver la prueba del Torneo antes que nadie... Y había tantas preguntas...
—De aquí en adelante es más difícil hallar el camino —comentó Vax.
—¿Alguien más puede verte? —preguntó Mankar con curiosidad, intentando distraerse.
—No lo sé —respondió su conciencia, encogiéndose de hombros.
—¿De dónde sacaste esa varita? —dijo Mankar, señalándola.
—Del mismo lugar donde saqué la ropa. ¿O preferías que me apareciera desnudo?
—¡¿Las robaste? —exclamó Mankar, sin hacer caso al chiste.
—¡No! —Vax se puso la mano en la cara, fingiendo impaciencia—. Sólo es parte de mí. Tengo la túnica de la casa a la que pertenecería, supongo. A la que tú perteneces.
Mankar lo miró apesadumbrado.
—Déjame anotar en la lista de cosas que he hecho este curso y que Harry Potter también las vivió —dijo, intentando cambiar el tema, mientras daban media vuelta al encontrarse con otro letrero con el número «9»—. Ahora me encuentro con una especie de Tom Riddle y me dice que pertenezco a otra casa. ¿Qué más, que soy el Heredero de Ravenclaw?
—Y no olvides que también escuchaste voces en tu cabeza. Aunque no son de un basilisco.
—No, son de algo peor —dijo Mankar con sarcasmo.
Vax soltó una risita.
Lo cierto era que, hablando de Ravenclaw, Mankar se sentía muy arrepentido, aunque no sabía de qué exactamente. Sólo sabía que todo estaría perfecto si él, Haher y Gonza fueran miembros de la misma casa.
—Pocos sod los abigos que dúrad para siebpre —dijo Vax, haciendo una imitación de la voz de Boggart tan perfecta que Mankar casi creyó que se encontraba allí. Suspiró.
—Haher y yo no dejaremos de ser amigos sólo por esto... —dijo, deseando que fuera verdad, más que creyéndolo.
—Al menos ahora entiendes lo que sintió él cuando armaste tu equipo con Rob, Ron y Tarru —dijo Vax, aunque sin mala intención.
—¡Todo es culpa mía! —exclamó de nuevo Mankar, volviendo a correr a toda velocidad y revisando desesperadamente el mapa. Todo lo que había vivido esa noche cayó sobre él como una avalancha y le afectó más que nunca.
Tropezó y cayó al suelo. Por su mente pasó la imagen de su padre siendo arrestado por miembros del Ministerio de Magia.
—¡Vamos! ¡No te pongas mal! —lo animó Vax—. ¡Tienes muchos más motivos para estar alegre! ¡Las personas ya te reconocen por ser un ganador en el Laberinto y la snitch, aunque no hayas ganado tantas veces como otros! ¡Tienes un equipo de quidditch increíble y debes ser al menos el mejor jugador del colegio! ¿Quién no envidiaría a alguien con un club como el tuyo, al primer puesto en las trivias de Dumblemort, que también está a punto de ser uno de los que más puntos tiene en la casa Gryffindor? ¡Eres un estudiante excelente, tanto que los profesores te quieren como prefecto!
En cuanto lo dijo, Mankar levantó la cara. Era la primera vez que su conciencia veía como algo positivo la posibilidad de que Mankar fuera prefecto de Harrylatino. La Copa de los Tres Magos brillaba sobre un pedestal al final del callejón al que acababan de llegar.
—Nada de eso importa, si no tengo con quien compartir mi alegría —dijo, con la mirada perdida—. Estoy completamente solo ahora.
Se levantó muy lentamente, mirando de reojo la brillante Copa, aunque sin darse la vuelta para tenerla frente a él.
—Si Haher, Mati y Juanjo no cuentan, hay más personas a tu alrededor. —Mankar tenía a Vax a sus espaldas, pero supuso que había levantado la varita y había lanzado algún encantamiento para que aparecieran figuras en el aire, porque comenzó a ver cerca de él a las personas que Vax iba mencionando—: Gonza. Rob. Lesson. Juanma —Eran tan nítidas las imágenes que daba la impresión de que eran reales. Todas le sonreían, dándole ánimo—. Sorceress. Tu padre. Gaby. Todos tus primos, tus tíos... Boggart...
Mankar abrió mucho los ojos y el corazón le dio un brinco. Ahora se sentía nuevamente conmovido. Vio a los ojos del sonriente Boggart, que también parecían sonreír y transmitían esa alegría tranquilizadora... Si había alguien que también fuera su amigo, además de Gonza, era él sin duda. Sintió el impulso de devolverle el abrazo que le había dado el día que hizo aparecer el basilisco, en su club, pero que Mankar no le había respondido por timidez. Es más, tenía que ser lo primero que hiciera cuando saliera del Laberinto, y hasta consideró dejar en segundo lugar hablar con la ministra Natis.
—Y ellos son pocos, comparados con todos los amigos que has hecho desde que llegaste aquí. —Detrás de todas las figuras, empezaron a aparecer más y más, y Mankar pudo ver al resto de los Guardianes de Nurmengard, a todos los miembros de Fénix Felicis, a sus amigos de Dumblemort, el club de trivias (entre los cuales estaba la sonriente Iame El Mosri); a sus profesores, a sus compañeros de casa Andrea Delacour, Atena Black, Jorge Lupin, Kris Weasley... Incluso, aunque Vax no los nombrara, allí estaban Haher, Mati y Juanjo—. Y estoy yo también, aunque no lo creas —puntualizó Vax—. Ahora dime si estás solo.
Mankar le sonrió con timidez, y levantó la mirada. Vio la copa brillante y plateada a unos metros de él y luego se fijó en las imágenes de sus amigos.
—Vámonos de aquí —dijo, ampliando su sonrisa, con el corazón mucho más tranquilo y sintiéndose mejor que nunca.
Caminó con paso firme hacia la Copa de los Tres Magos y miró a Vax, que se detuvo junto a él.
Ahora estaba seguro de varias cosas.
Tenía que ir a hablar con Haher y hacer las paces. No podía permitir que se separaran aún más.
Se sentía triste por la muerte de la profesora Callahan. Tenía que ir a despedirse de ella. Tuvo que haberlo hecho en vez de haber salido corriendo, él, que era quizás uno de los contados alumnos con los que se había encariñado.
Y podía sentirse orgulloso de tenerlo todo.
—No te preocupes. Todo va a estar bien. —Vax sonrió.
—Parece que después de todo no eres un psicópata —dijo Mankar, devolviéndole la sonrisa—. Tengo la mejor de las conciencias.
Y con la sonrisa de Vax, de Boggart y de todos sus amigos y seres queridos en la mente, tomó el asa de la Copa y su conciencia hizo lo mismo simultáneamente.
Pero algo inesperado ocurrió.
De la Copa salió un destello cegador, como de costumbre, pero no era de color blanco, sino rojo. La luz lo envolvió todo y Mankar, tomando con más fuerza el asa de la Copa, sintió cómo se levantaba del suelo y empezaba a dar vueltas a toda velocidad, mientras era transportado...
Volvió a caer, y tuvo que poner las manos en el suelo.
Esta vez no se encontraba en la plataforma del ganador del Laberinto. Estaba sobre un suelo parecido al que acababa de dejar: cubierto de hierba y tierra en su mayor parte. Por un instante creyó que había regresado a la entrada del juego, pero se dio cuenta de lo contrario al escuchar a Vax.
—¿Qué pasó? ¿Dónde estamos?
Mankar se levantó y percibió la irregularidad del suelo en sus pies. Todo estaba muy oscuro. Una brisa suave sopló, y se escuchó el sacudir de las ramas de los árboles por doquier. Sintió que ya había vivido ese momento antes. Sabía lo que había que hacer.
—¡Toma la Copa! —exclamó.
—No la veo —dijo Vax, asustándose.
Y entonces Mankar recordó que cuando alguien ganaba el Laberinto era transportado a la plataforma del ganador, e instantáneamente la Copa aparecía en el pedestal...
Pero no se encontraban en el bosque prohibido, como pensó Mankar en un principio, relacionando la situación con la última vez que la Copa lo había llevado a un lugar equivocado. O por lo menos no parecía un lugar peligroso en el bosque prohibido, pues al menos podía verse la silueta de los árboles. Todo se encontraba en penumbra, y la luna llena, brillando casi tanto como la Copa que hasta hacía unos segundos sostenía, se veía en el cielo, milagrosamente rodeada de infinidad de estrellas.
Entonces Mankar recordó que esa noche no había visto la luna llena, y se habría acordado si así fuera, pues en dos ocasiones la contempló.
En ese preciso instante, se escuchó a lo lejos el fuerte aullido de un lobo.
