Capítulo 14: Ojos rojos
El sonido que emitió la criatura en algún lugar del bosque hizo brincar a Mankar de la impresión. Por primera vez, se sintió vulnerable aún con su gorra de invisibilidad puesta; no serviría de nada en contra de un animal que podía oírlo y olfatearlo a la perfección en la oscuridad.
Mankar dio varias vueltas sobre sí mismo, buscando algo que pudiera tranquilizarlo, pero la oscuridad del bosque se hacía impenetrable en cualquier dirección, excepto por el ligero tono plateado que le otorgaba la luz de la brillante luna llena a las siluetas, pero que sólo hacía ver todo más escalofriante.
Él y su conciencia sabían con certeza en dónde se encontraban. Era un lugar que Mankar visitaba físicamente por primera vez, pero que ya había visto antes en una de las más aterradoras visiones del futuro que había tenido; la última que había tenido...
Había algo que le confirmaba que se encontraban en ese lugar. Estaba completamente seguro. Podía sentir la misma sensación de peligro que había tenido en aquella ocasión; era algo que se respiraba en el aire.
La conciencia de Mankar encendió su varita y empezó a buscar la Copa de los Tres Magos en el suelo con una expresión llena de preocupación.
—¡No! —dejó escapar Mankar en un susurro. Vax lo miró confundido, pero Mankar no fue capaz de responderle. Tenía miedo de que, con algún sonido, por mínimo que fuera, pudiera atraer alguna criatura indeseable...
¿Qué ocurre? —preguntó Vax telepáticamente.
«¡No vale la pena buscar la Copa! —le dijo Mankar mentalmente, sorprendido y agradecido por poder comunicarse con su conciencia sin usar la voz—. En cuanto nos transportamos, desapareció. Siempre pasa lo mismo. Y aparece de nuevo en el pedestal que está fuera del Laberinto.»
Su conciencia lo miró unos segundos antes de pensar una respuesta.
Estaba planeado que tú tomaras la Copa, llegaras aquí, y esta vez no pudieras volver —comentó Vax con amargura.
Mankar no respondió de inmediato. Vax siguió revisando el suelo a la luz de la varita. Recogió un pergamino y una pluma, los que habían usado para trazar el mapa del Laberinto. Luego, siguió agitando la varita en toda dirección.
«¡Apaga esa varita! —le dijo irritado a Vax—. Tenemos que encontrar una forma de escapar sin que nadie note nuestra presencia.»
Bien «pensado» —dijo Vax, y la oscuridad regresó.
Se quedaron un instante inmóviles, atentos a cualquier sonido cercano. Sin embargo, pronto el silencio se hizo total, en cuanto la brisa dejó de soplar. Intentaron interpretar eso como una buena señal.
¿Nos vamos a quedar aquí hasta que amanezca? —preguntó Vax.
«No lo sé —respondió Mankar en sus pensamientos. El silencio lo hacía sentir cada vez más presionado. Había olvidado por completo todo lo que había ocurrido en el Laberinto. Ahora sólo importaba escapar de ese lugar—. ¿Tú sabes aparecerte?»
Sé exactamente lo mismo que tú sabes —le recordó Vax.
«Déjame ver... —pensó Mankar—: Decisión, Desenvoltura, Destino... Algo así...»
No estarás pensando en los libros de Harry Potter —interrumpió Vax incrédulo—. ¡Esos libros son escritos para los muggles! Muchas de las cosas que aparecen ahí no existen. Fairy Black lo dice en casi todas sus clases.
«Es lo único que podemos intentar», pensó Mankar dudoso.
Pero podrías terminar haciéndote daño, o peor. Nunca lo has hecho —dijo Vax.
Mankar tuvo que admitirlo de mala gana. Suspiró silenciosamente.
«No creo que sea buena idea movernos de este lugar», dijo Mankar en su mente.
Pero tampoco podemos quedarnos aquí para siempre —respondió Vax—. ¿Y si alguna criatura pasa cerca y nos ve? Además, no podemos volver al colegio si no hacemos algo.
«Entonces vamos», dijo Mankar, sin estar muy seguro de ello.
Fue un poco difícil encontrar las fuerzas para moverse. No había ningún sendero que seguir, así que escogieron un sentido y empezaron a caminar a paso muy lento, Vax revisando a su izquierda y Mankar, a su derecha.
Con frecuencia escuchaban el crujir de las hojas y ramas cerca de ellos, pero no veían a nadie. Rogaban que se tratara de animales pequeños... Caminaron durante unos veinte minutos, pero sentían que no avanzaban absolutamente nada. El bosque a su alrededor se veía exactamente igual.
—¡Lumos! —susurraba Vax de vez en cuando, apuntando al suelo en busca de un sendero, sin éxito. Mankar tuvo que permitir que su conciencia hiciera eso, aunque fuera por muy poco tiempo, pues no encontraban ninguna señal que les indicara que habían tomado un camino correcto.
Un poco más calmados, tuvieron cabeza para pensar en otros asuntos.
Tuvo que ser Devil —dijo Vax mentalmente—. ¡Y volvimos a caer con la Copa! Claro, sabía que querías entrar al Laberinto, y no dejó que nadie más entrara...
Mankar no respondió. Se sentía frustrado, pensando que no había escapatoria a ninguno de los ataques de Devil. Suponiendo que en verdad se tratara de ella.
Desde el momento que ella quiso, te mandó al Laberinto, y sólo era cuestión de tiempo para que llegaras a la Copa, dijo Vax enojado.
«Lo que no entiendo —pensó Mankar— es por qué simplemente no me mata y ya. Le ahorraría muchas molestias.»
¡Porque está loca! —exclamó Vax—. ¡Completamente loca! Y, de todas formas, mandándote aquí, te está matando. ¿Cómo crees que vamos a salir de este lugar? No creo que ninguno de los chicos peludos nos muestre la salida a cambio de un hueso.
Mankar volvió a alterarse. El hecho de involucrar a los hombres lobos en su conversación significaba que ya habían asumido que se encontraban en el bosque en que murieron Cronista y Andrés, los directores de Harrylatino.
¿O crees que si les damos sangre a los vampiros nos ayuden a escapar de este lugar? —continuó Vax—. Preguntémosles cuál es su favorita, a alguno debe gustarle la tuya...
—¡Basta! —soltó Mankar en voz alta, y se tapó de inmediato la boca con las manos. Un par de pájaros volaron de un árbol cercano.
«Basta —repitió Mankar en su mente—. Tranquilízate. No ganamos nada dándonos por muertos. No lo estamos aún.»
Vax se calló de mala gana, y fue un alivio, porque su actitud no ayudaba para nada, sólo hacía inquietar más a Mankar. Siguieron caminando en silencio, ambos sumidos en sus pensamientos, pero al parecer sin que se escucharan el uno al otro.
«¿Y si no fue Devil?», se preguntó Mankar de pronto, seguro de que Vax lo escuchaba.
El fantasma de Callahan, seguramente —respondió su conciencia con sarcasmo.
Mankar suspiró.
«De todas formas, mira a donde nos ha traído. Quienquiera que fuera, sabe dónde murieron Cronista y Andrés. Y sabe que no podemos salir de aquí; ellos lo habrían hecho si hubieran podido. ¿Qué es lo que quiere de mí? ¿Sólo matarme porque sí?»
No lo dudes —respondió Vax.
«Es que no tengo nada que alguien pueda querer —razonó Mankar, ignorando a Vax—. La Gema la perdí hace mucho...»
No creo que la mejor forma de robarte algo sea trayéndote a este lugar —dijo Vax—. Te quieren fuera del camino.
«¿Represento un peligro para alguien?», preguntó Mankar confundido.
Con la información que posees, ¿te parece poco? —dijo Vax.
«¿Qué información?»
Tú sabes muchas cosas que no quieren que se sepa. Sabes quién mató a tu madre. Sabes todo lo que Riddle y Devil son capaces de hacer, y todo lo que hicieron el curso pasado.
«Pero no soy el único —pensó Mankar, aún más confundido—. Mi padre, mi abuela, Sorceress, Juanma, Gonza y Haher también saben todo eso. Incluso Rob, Lesson y Silvana saben algo. Pero el único que está aquí soy yo.»
¿Cómo sabes que el resto está en un lugar seguro? —preguntó Vax con tristeza—. Y te olvidas de alguien: tú y tus amigos le contaron todo a la profesora Callahan el curso pasado. Devil la mató, sabiendo que encarcelarían a tu padre si algo pasaba y no encontraban pistas. Y ahora se hace cargo de ti. ¿Quién será después?
Mankar trató de apartar de su mente a todos los demás testigos, intentando convencerse de que estaban a salvo...
«De todas formas... No puede asegurarse de que yo muera aquí. ¿O sí?», preguntó dudoso a su conciencia.
Creo que enviándote a un lugar del que no puedes salir, puede tranquilamente tacharte de su lista —dijo Vax con sarcasmo—. Aunque sobrevivas, no vas a interferir más.
Volvieron a guardar silencio durante unos segundos. Mankar se negaba a creer que de verdad era imposible regresar a su colegio... No era justo que preciso ese día lo mandaran allí. Tenía planes. Tenía cosas que hacer. Y él encontraría la forma de regresar. Pronto. Estaba seguro.
¿Cuánto podría tardar encontrando la forma de salir de allí? Quizás ni siquiera una semana. Quizás esa misma noche lo lograría.
—¡Oriéntame! —susurró Mankar a su varita, colocándola en la palma de su mano.
¿Qué haces? —preguntó Vax.
«Buscando una forma de salir de aquí», respondió Mankar. Sentía una especie de afecto por ese hechizo, pues había sido bastante útil en una ocasión importante.
La varita empezó a dar vueltas y más vueltas en la palma de la mano de Mankar, sin detenerse. Primero en el sentido de las agujas del reloj y luego en sentido contrario. Exactamente igual que cuando Mankar intentaba usar el hechizo en el Laberinto.
Se enloqueció —dijo Vax.
«Debe haber otra forma de irnos... —pensó Mankar, y empezó a hacer memoria de todos los medios de transporte mágico que conocía—. ¿Y qué tal un traslador?»
Si es que sabes hacerlo —dijo Vax dudoso, y sacó de nuevo el pergamino que Mankar usaba como ayuda en el Laberinto.
Él lo tomó y susurró, concentrándose al máximo:
—¡Portus!
El pergamino saltó de las manos de Mankar y empezó a temblar en el suelo, haciendo ruido, brillando ligeramente, y se quedó quieto nuevamente.
¿Funcionó? —preguntó la conciencia de Mankar.
Simultáneamente, ambos extendieron su mano y tomaron el pergamino. Las hojas de los árboles alrededor y la hierba cercana a ellos se estremeció, pero no ocurrió nada más. Vax bufó.
Intenta eso que hiciste el año pasado, lo de montar sobre tu patronus —le dijo a Mankar.
—Expecto Patronum —susurró el chico.
Nada ocurrió.
Vamos, concéntrate —lo animó Vax.
Mankar volvió a pronunciar las palabras, intentando tener un pensamiento alegre. Era bastante difícil poder concentrarse en algo alegre, cuando las únicas imágenes que se le cruzaban por la mente eran las de Haher con la túnica de Ravenclaw, el cuerpo sin vida de Callahan, su padre rodeado de dementores que lo encarcelaban y un grupo de hombres lobo y de vampiros que se enfrentaban para ver quién mordía primero.
Tranquilo —dijo Vax—. Recuerda todos los motivos para estar feliz que encontraste en el Laberinto.
Mankar, pensando en ellos, más que en la posibilidad de perderlos, volvió a intentarlo:
—¡Expecto Patronum! —exclamó en voz alta.
Una niebla plateada que los iluminó surgió de su varita, y Mankar se concentró para que ésta adquiriera forma de águila. Sin embargo, se esfumó después de unos segundos.
¿Por qué gritaste? —preguntó Vax.
«Creo que sólo así puedo hacerlo... —se disculpó Mankar—. ¡Pero no funcionó! No soy lo bastante fuerte...»
Lo has hecho antes.
«Con un poco de ayuda... —pensó Mankar nostálgico—. Pero ya no la tengo, y no soy capaz de hacer magia tan avanzada.»
Vax chasqueó la lengua disgustado.
«¿Se te ocurre alguna otra cosa?», le preguntó Mankar.
¿Además de buscar un lugar para dormir? —respondió Vax sarcástico—. Y preparar lo que le vamos a decir a los depredadores para que se apiaden de nosotros cuando nos encuentren.
«Ja, ja —pensó Mankar despectivamente—. Dame la pluma.»
—¡Karto Tracto! —susurró, en cuanto Vax se la entregó.
«Lo mejor que podemos hacer es asegurarnos de que no estamos caminando en círculos», dijo sin detenerse. No pretendía revisar el mapa con frecuencia; éste se dibujaría por sí mismo, siempre que Mankar no perdiera la concentración. Les sería de ayuda en cuanto amaneciera.
Siguieron caminando durante varios minutos más, pensando para ellos mismos. Los árboles a su alrededor estaban un poco más separados entre sí, de forma que se podía ver un poco más con la luz de la luna.
De pronto, se quedaron inmóviles, con el corazón latiendo como nunca. Escuchaban voces provenientes de algún lugar del bosque. Aguzaron el oído intentando comprender las palabras, pero el sonido era tan lejano que resultaba difícil.
Mankar, olvidando que todavía era invisible, tomó el pergamino y la pluma y se escondió lentamente detrás del grueso tronco de un árbol cercano. Las voces que se escuchaban se acercaban a ellos.
«¡Escóndete! —pensó Mankar asustado—. No sabemos si alguien puede verte.»
Vax se esfumó.
Hogar, dulce hogar —escuchó Mankar en su cabeza.
Las voces se hicieron cada vez más fuertes, y pronto fueron acompañadas por el crujir de las hojas secas y ramas del suelo, aunque era casi imperceptible.
—¿Ves algo? —susurró una voz masculina que congeló a Mankar.
—No, pero creo que nos acercamos al lugar de donde provenían los gritos y las luces —respondió otra voz gélida, de mujer.
—Puedo olerlo —dijo una tercera voz, de hombre, también en un susurro escalofriante—. Aunque percibo otro olor más... Puede ser un animal herido.
«Son humanos, hablan mi idioma —se decía Mankar—, conocen el lugar, pueden ayudarme... No los he visto... No tienen que ser nada malo...»
—Espero que no —dijo la mujer—. Si es uno de los lobos, vamos a divertirnos un poco. Es lo que se gana por entrar a nuestro territorio. Y tengo hambre.
Sí, inofensivos y bondadosos —dijo Vax asustado, en la mente de Mankar.
Las voces se alejaron nuevamente, pero Mankar necesitó de varios minutos para recuperar la movilidad de su cuerpo. Se separó del árbol y empezó a caminar en dirección contraria a los seres con los que se acababa de encontrar.
Creo que los atrajo todo el ruido que hicimos —comentó Vax—. Hay que andar con más cuidado. ¿Y si regresan?
Mankar tomó aire para responder, pero ningún sonido salió de su boca. Acababa de escuchar algo que se movía a su alrededor. Miró hacia la fuente del ruido, pero no lograba ver nada. Las hojas crujieron nuevamente a varios metros de distancia del primer sonido, y un tercer movimiento se escuchó cerca del anterior.
El chico alzó su varita, con la mente en blanco. No tenía ni idea de qué hechizo le serviría para combatir una criatura salvaje o un vampiro, y menos si eran varios. Era algo que ningún profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras se preocuparía por enseñar. Era consciente de que, una vez que lanzara el primer hechizo, atraería a todos los vampiros del lugar.
Vio una sombra a los pies de un árbol. Era una criatura mucho más baja que él; quizás le llegaba a las rodillas. Pero eso no quería decir que no era peligrosa, y el chico no estaba seguro de que fuera la única que se encontrara allí. La criatura avanzó un poco y tropezó con una raíz de un árbol. Empezó a gemir.
Mankar se lanzó a ayudarla a levantarse, ignorando las protestas de Vax.
¡Qué haces, tonto! ¡Puede ser una trampa!
Pero Mankar no quería que el ruido que hacía la criatura atrayera de nuevo a los seres que había encontrado antes. Y había algo que le decía que no corría peligro. Se acercó a la criatura y la levantó del suelo. Una de sus patas se había enredado con la raíz del árbol y Mankar le ayudó a liberarla.
La criatura empezó a gemir con más fuerza, asustada al no poder ver a Mankar, así que el chico se quitó la gorra, con lo que la criatura se tranquilizó un poco. La luz de la luna llena fue lo suficientemente intensa para que se diera cuenta de lo que era la criatura.
Unos hermosos ojos claros brillaban mientras miraban a Mankar fijamente, y una sonrisa de agradecimiento se curvó en sus labios. Tenía el cabello negro revuelto y la piel morena. A pesar de que apestaba como un animal, Mankar no pudo dejar de contemplarlo encantado. Era un niño pequeño, de unos dos años de edad, vestido con ropa rasgada.
«Qué lindo niño», pensó Mankar.
Mankaú, no creo que sea buena idea... —dijo Vax, dudoso.
«No le veo nada de malo —respondió Mankar—. Míralo, no es pálido ni tiene ojos rojos, así que no es un vampiro. Y si fuera un licántropo, la luna llena lo habría transformado, ¿no?»
Supongo que sí...
«Eso significa que hay más humanos por aquí. Deben estar preocupados por el pobre... —Mankar miró al niño que tomaba con sus manos y le sonrió con alegría—. Imagínate, su madre debe estar como loca buscándolo. Me pregunto cómo llegó aquí...»
Creo que es mejor que nos vayamos —interrumpió Vax—. Ponte la gorra.
«No, porque se asusta si no me ve —respondió Mankar—. Y no soy capaz de dejarlo en este lugar.»
Mankar levantó al niño en sus brazos y empezó a caminar rápidamente, preguntándose en qué dirección podía encontrarse su hogar. Decidió que lo mejor era continuar caminando en dirección contraria a las voces que había escuchado antes.
El niño pesaba un poco, por lo que Mankar tuvo que caminar más lentamente. Sus sentidos estaban alerta a cualquier señal de peligro, dispuesto incluso a colocarle la gorra al niño para que ninguna amenaza lo atacara... Sentía que era más importante salvarlo a él. No era capaz de protegerse a sí mismo y dejar a su suerte a un ser más indefenso que él, y mucho menos presenciar un ataque de otra criatura...
Un aullido lejano, fuerte y prolongado le cortó la respiración.
El suelo plateado lograba verse con más claridad a cada paso, y Mankar prefirió interpretarlo como una buena señal. Quizás estaban cerca del límite del bosque.
Entonces, por entre los árboles, vieron que se acercaban a un gran claro, y Mankar, mientra caminaba, lo reconoció como el que había visto en su visión del futuro.
De repente volvieron a escuchar voces. De nuevo se acercaban a ellos, pero ahora no susurraban, sino que hablaban más alto.
—Percibo su rastro —decía una fría voz masculina—. Cuidado, Jose, que puede estar en cualquier parte.
—No podemos dejar que salgan —respondió otro hombre—. Pero Itis está cerca del claro, ella lo atrapará en cuanto llegue.
Vax, al escuchar esas palabras, apareció de inmediato, y, en tan sólo un segundo, sacó su varita, apuntó a la gorra de Mankar y ésta se ensanchó. Mankar corrió hacia un árbol grueso y se tiró al suelo, poniéndose la gorra en la cabeza y cubriendo también al niño, quien se quedó inmóvil, entendiendo el peligro que corrían. Lo abrazó con más fuerza y se quedó escuchando atentamente.
El sonido de los pasos se hizo cada vez más fuerte y en un instante llegaron a unos pocos metros del lugar donde estaba Mankar. Para su horror, se detuvieron junto al árbol en el que se escondían. Mankar se dio cuenta de que eran dos.
—Está por aquí... —susurró uno de los hombres—. ¿Puedes escucharlo, Gio?
—No —respondió Gio, en voz más alta—. Pero aquí el olor es mucho más fuerte...
El crujir de las hojas empezó a alejarse un poco, pero de inmediato regresó.
—Creo que estamos cerca... Por aquí —dijo Gio.
Los pasos rodearon el árbol en que se apoyaba Mankar, quien miró la espalda de las dos figuras que seguían caminando sin notar su presencia. Eran dos hombres fornidos y con capas oscuras que ondeaban silenciosamente.
Mankar abrazó al niño con todas sus fuerzas, mientras agarraba con su mano derecha la varita. Por un instante, creyó que los hombres se retiraban, pero dieron media vuelta y pudo verles las caras.
Eran pálidos, en contraste con la casi completa oscuridad del bosque; su piel era tan blanca que casi daba la impresión de que iluminaba como la luna. Y tenían unos brillantes ojos rojos. No eran como los ojos de Mankar y Vax, alegres y bondadosos: era un color rojo maligno y muerto. Podían verse a la perfección en la penumbra.
Los vampiros que Mankar tenía a tan solo unos metros se veían aún peores que en su visión.
—Aquí huele raro, Jose —comentó Gio—. Pero no veo nada...
Mankar no podía creer que aún no los hubieran descubierto. Su corazón latía con tal violencia que le daba la impresión de que podía escucharlo.
Pero en el instante en que lo pensó, los fríos ojos rojos del otro vampiro se clavaron en los suyos, y Mankar tuvo la espantosa sensación de que podía verlos... y luego esa sensación se convirtió en certeza, cuando la gorra de invisibilidad salió volando por obra de una extraña ráfaga de viento.
Jose dio un par de pasos hacia donde estaban Mankar y el niño, mientras los miraba fijamente y su boca se curvaba en una sonrisa maligna.
¡Incendio! ¡O lo que sea! ¡Lanza algún hechizo! —gritó Vax en su mente.
Pero no fue necesario. Tanto Gio como Jose movieron sus cabezas bruscamente en el aire hacia algún punto en el bosque. Mankar pensó que se aproximaba alguien pero no se sentía más tranquilo.
De repente, un potente y espeluznante rugido cortó el silencio y fue acompañado por una tenue luz roja que iluminó los árboles, la cual parecía provenir del cielo.
—El Dragón Rolo —susurró Jose. Volteó a mirar a Mankar nuevamente, con expresión de desconcierto. Por un instante, sus ojos se posaron en la varita de Mankar e hizo una expresión como de quien comprende algo. Intercambió una mirada asustada con Gio, dos segundos antes de desaparecer sin dejar rastro alguno.
Mankar no alcanzó a suspirar aliviado, cuando otro bramido ensordecedor se escuchó, mucho más fuerte que el primero.
Con los ojos muy abiertos, se levantó del suelo, tomó la gorra y llegó al claro dando tan solo un par de zancadas. Por lo que había escuchado, los vampiros no se atrevían a cruzarlo: era el límite de su territorio. Se cubrió a sí mismo y al niño con la gorra nuevamente, a quien alzó en sus brazos lo más alto que pudo para que no dejara de protegerlo la prenda.
Empezó a correr tan rápido como sus piernas se lo permitían. Pero, en ese momento, la luna se apagó por un segundo. Mankar levantó la mirada al cielo y vio que la luz había sido bloqueada por una criatura inmensa que volaba muy bajo. Batía las alas provocando fuertes ráfagas de viento que hicieron tambalear al chico, y rugía con increíble fuerza. El cielo y el bosque se tiñeron de rojo nuevamente cuando el dragón lanzó una gran llamarada al aire.
Voló en círculos por encima del claro durante unos minutos, sin dejar de rugir y lanzar fuego. Mankar no sabía si era mejor quedarse allí de pie, en medio del claro, o correr hacia el otro lado para esconderse del dragón. Se preguntaba si la bestia sería capaz de ver en la oscuridad la hierba que se aplastaba debajo de sus pasos invisibles.
El dragón se alejó volando y se perdió de vista por detrás de las nubes. Mankar volvió a correr a toda velocidad, temeroso de que los vampiros regresaran.
Pero ya había cruzado el claro. Estaba a salvo. Fuera del territorio de los vampiros y lejos del monstruoso dragón al que temían.
El cielo estaba más claro, y de repente se asomó el sol por entre las montañas. Mankar lo recibió con una alegría inmensa, pues sabía que a partir de ese momento estaría relativamente a salvo hasta el siguiente atardecer: los vampiros no salen de día.
Estaba agotado y tenía mucho sueño. Se detuvo junto a un árbol a sentarse y a dejar un momento en el suelo al niño, que estaba medio adormilado. Mankar se preguntó si era buena idea dormir un poco, pero aún no sabía qué otros peligros podía contener el bosque.
Miró hacia arriba, a las ramas de los árboles, buscando la más fuerte y segura, para poder subir a descansar. Esperaba que no hubiera serpientes ni otros animales en el bosque...
El niño tomó la gorra, riendo, y la tiró al suelo. Mankar no estaba de ánimos para esos juegos. Agarró la prenda y se la puso sólo al niño, y continuó evaluando más de cerca las ramas, dando pasos sin fijarse. Cuando creyó haber encontrado una que podía servirles, metió la mano en el bolsillo donde guardaba la varita y alcanzó a agarrarla, dispuesto a elevarse a él y al niño para llegar a las ramas, pero escuchó una voz fuerte que habló a sus espaldas:
—Niño, ¿qué estás haciendo?
Mankar se dio la vuelta con un brinco, sacando la varita, adoptando una especie de posición defensiva.
—Yo... yo...
Se trataba de un hombre joven sin afeitar, bastante robusto y con rasgos afilados. Tenía una mirada sombría y fruncía el entrecejo. Era humano, pero Mankar se asustó bastante.
Sus ojos se fijaron con intriga en la cara de Mankar, en su ropa y en su brazo izquierdo que tenía en posición extraña, el cual cargaba a un niño invisible. Luego, se sobresaltó al ver la varita en la mano de Mankar y la observó como si fuera un arma.
—No te había visto por aquí antes —comentó el desconocido con cautela.
—No... es que yo...
Ambos voltearon a mirar en el momento en que el niño pequeño lanzó una risa sonora y la gorra se levantó en sus manos y cayó al suelo. Los ojos del desconocido se fijaron en él, desorbitados.
—¡Hermano!
En una sola zancada llegó junto a ellos. Tomó al niño de los brazos de Mankar y lo abrazó con fuerza, mirando al cielo con alegría.
—Sí... él estaba solo aquí en el bosque...
—¿Lo encontraste tú? ¡Gracias a Dios...! Estábamos tan preocupados...
El niño mantenía los ojos abiertos, sonriente, sin darse cuenta de lo que ocurría.
—Vamos... regresemos a casa... —le dijo su hermano. Lo alzó en sus brazos y el niño se aferró a su cuello, con la boca abierta y riendo—. Ven con nosotros —añadió hacia Mankar.
El chico guardó su varita en el bolsillo, tomó la gorra del suelo, y siguió al joven, un poco aliviado ahora que se había topado con un ser humano.
—¿Cómo lo encontraste? —le preguntó, mirando a los ojos a su hermano pequeño y sonriéndole, mientras empezaban a caminar.
—Fue casualidad... En el bosque... Unos hombres nos estaban persiguiendo... Al otro lado del claro...
—¡¿Qué? —gritó el otro joven, aterrado—. ¡¿Estaban del otro lado? ¿¡LOS PERSEGUÍAN?
—Sí, corrimos mucho... —respondió Mankar tímidamente—. Y luego voló un dragón por encima del bosque... y se fueron.
—¡No puedo creerlo! —exclamó el joven, mirando a su hermano y a Mankar con los ojos desorbitados—. Pudieron haber muerto... Lo salvaste de los vampiros... ¡Estamos en deuda!
Mankar enmudeció cuando escuchó la palabra «vampiros». Ya no había lugar a dudas. Entonces trató de sonreír.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el joven.
¡No digas tu nombre verdadero! —aconsejó Vax.
—Mankar —respondió el chico, pensando que no había motivo para mentir.
Pero al instante siguiente tuvo ganas de salir corriendo a toda velocidad.
—Ven a casa con nosotros. Ah, este pequeño es mi hermanito Javier, y mi nombre es Renzo. Un gusto conocerte.
