Capítulo 15: La Mansión Courtcastle
Doscientas páginas y más, dedicadas a quien aún con garras y colmillos me hace sentir a salvo.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Renzo, dando media vuelta y mirando con preocupación a Mankar, quien se había quedado completamente helado varios metros atrás.
No tenía idea de qué hacer. Vax tampoco se atrevía a dar un consejo. ¿Correr? ¿Gritar? ¿Atacar? ¿No hacer nada? Algo le decía que no era conveniente escapar, pero no precisamente por su seguridad.
—¿Mankar? ¿Qué te ocurre? —insistió Renzo, dando unos pasos hacia él. Javier miró al chico fijamente.
Mankar agarró su varita con aún más fuerza, tentado a ponerse la gorra de invisibilidad y atacar al licántropo, y a la vez dudando de ser capaz de hacerlo. ¿Qué posibilidades había de que hubiera un humano con el mismo nombre del licántropo de su visión?
Asintió.
—Estoy bien.
Supuso que se encontraba totalmente pálido y tendría expresión de inferi. No parecía que Renzo quisiera hacerle daño alguno, y menos ahora que sabía que había «salvado» a su hermano menor.
—No te ves bien —respondió Renzo frunciendo el ceño—. Mira tu ropa... Y estás sangrando. Claro que... si no fuera por eso, pensaría que eres... uno de ellos.
Mankar miró su aspecto. Era verdad: lucía bastante mal. También su ropa se había rasgado mucho, y uno de sus brazos estaba sangrando, quizás al rozar algún árbol sin que se diera cuenta... Lo cierto era que un dolor físico así había resultado insignificante después de vivir semejante persecución. Pero, de todas formas, no pudo dejar de notar que Renzo y Javier también tenían aspecto de haber dormido en el bosque durante varias noches. Era curioso: la ropa de los otros dos estaba igual o peor de descuidada.
—¿De quiénes? —preguntó Mankar, esperanzado, a pesar de todo, de que Renzo respondiera algo que lo tranquilizara.
Renzo extendió una mano y se la ofreció a Mankar.
—Ven con nosotros. Te lo explicaré todo.
Sonrió. No dejaba de parecer un hombre salvaje, pero había algo que hacía que el miedo de Mankar disminuyera: era ver a una pareja de hermanos que se quisieran tanto, ver que eran una familia alegre, que se preocupaban unos por otros. Tenían sentimientos normales. No eran del todo monstruos. Y Vax pensaba lo mismo.
Mankar avanzó con timidez y ambos empezaron a caminar, uno al lado del otro, en dirección contraria al claro. Javier no dejaba de sonreír mirando a su hermano mayor. El bosque no lucía tan tenebroso ahora que los rayos de sol se colaban por entre las ramas, iluminando el verde de los árboles y de la hierba, dándole vida.
—Eres humano, ¿verdad? —dijo Renzo, por fin. Era obvio que estaba seguro de que sí, que para él no era necesario preguntarlo. Y fue una pregunta que aterrorizó a Mankar, pero él intentó disimular. Tenía que escoger muy bien todas las palabras que dijera.
—¿No lo parezco? —dijo, como si le hubieran preguntado en qué año se encontraban. Aunque, pensándolo bien, ni siquiera de eso podría estar seguro.
—Tus ojos —dijo Renzo, contemplando el rostro del chico. Mankar habría dado lo que fuera porque la siguiente frase fuera «Son como los de tu madre», pero escuchó lo que temía—. Tienen el mismo color que los de los vampiros. Pero ellos no sangran.
Mankar tomó bastante aire. Sentía que le costaba mucho trabajo respirar. No le agradaba en absoluto el hecho de que lo compararan con los monstruos que habitaban el bosque del otro lado del claro.
—No es usual ver caras nuevas por aquí —continuó Renzo, tras un par de segundos de silencio—. Y menos humanas.
Hubo una pausa más. Renzo sonrió mirando a su hermanito, quizás esperando a que Mankar dijera algo.
—Aunque hace unos meses vinieron dos —continuó Renzo, como si nada. A Mankar le temblaron las piernas y estuvo a punto de tropezar—. Pero no venían en son de paz. Antes de que hicieran daño a nadie, fueron atacados. De todas formas, los seres de fuera no son bienvenidos en el Bosque de la Tinta.
Mankar lo miró con los ojos muy abiertos, ahora sin ocultar su miedo. Renzo lo notó, por lo que añadió:
—Pero bueno, tú salvaste a Javi; se nota que eres buena persona. No te haremos daño.
Gracias, qué amables —dijo Vax en la mente de Mankar, con un profundo sarcasmo.
—¿Cómo sabían que Cro... digo, que esos hombres que entraron al bosque eran peligrosos? —preguntó Mankar con un hilo de voz.
—Los ladrones lo son —respondió Renzo con naturalidad.
Mankar dudaba que alguien se hubiera detenido a considerar si Cronista y Andrés, los directores de Harrylatino, eran peligrosos o no. ¿Debía sentirse tranquilo porque Renzo confiara en él? ¿Y si descubría el miedo que Mankar le tenía, cambiaría las cosas? Hasta ese instante él, Mankar, había tratado de comportarse como si los dos desconocidos fueran humanos. Y no quería que Renzo le dijera que era un licántropo, aunque no fuera un secreto. No sabía cómo reaccionar. ¿Qué tanto podría retrasar ese momento?
—Pero... para nosotros los humanos es peligroso este lugar, ¿no? —dijo Mankar fingiendo naturalidad—. He escuchado muchas criaturas en el bosque... lobos...
—Así es —respondió Renzo, un poco más serio. Mankar creyó que el joven estaba buscando la mejor forma de revelar su identidad.
—Dios... —continuó Mankar, con voz miedosa—. Pero debe haber un lugar seguro para nosotros, ¿verdad?
—De día estás a salvo —dijo Renzo—. Los vampiros no salen mientras el sol ilumine el bosque.
Siguieron caminando en silencio durante un instante. El niño tampoco hacía ningún ruido; había cerrado los ojos en los brazos de su hermano mayor.
—Tengo que salir de este lugar —dijo Mankar—. Debo regresar a Harrylatino, o al menos a mi casa...
—Es imposible —dijo Renzo con firmeza.
—Debe haber alguna forma —insistió Mankar.
—Tal vez. —Renzo miró a los ojos a Mankar—. También pensábamos que era imposible que otras personas entraran. Aunque supongo que tiene que ver con las varitas que traen los forasteros. Es increíble lo que he visto hacer con esas cosas. Tú también tienes una.
—Ah... sí.
¿Renzo no conoce nada de la magia? —dijo Vax en la mente de Mankar—. Eso significa que no es un licántropo mago. Tienes una ventaja sobre él.
Mankar recordó la forma en que uno de los vampiros vio su varita. Tal vez eso significaba que a Cronista y a Andrés no los habían atacado por instinto. Al ver que ellos poseían varitas y lo que eran capaces de hacer con ellas, se creyeron en peligro.
—Entonces... ¿siempre has vivido aquí, en este bosque? —preguntó Mankar.
—Toda mi vida —dijo Renzo, y volvió a sonreír—. Creo que uno de los vampiros entra y sale del bosque a su antojo. Pero no he oído de nadie más que pueda hacerlo...
—Tal vez sepa aparecerse.
—¿Aparecerse? —Renzo lo miró extrañado.
—Sí. Los magos pueden hacerlo también, usando su varita. Yo todavía no puedo; no tengo tanta experiencia.
Entonces vino a la mente de Mankar una pregunta: ¿qué había ocurrido con las varitas de los directores de su colegio? ¿Acaso los seres que los atacaron se las habían robado, y por eso no pudieron defenderse? ¿Por eso no habían podido aparecerse? ¿Aquel vampiro del que hablaba Renzo tenía una de las varitas?
—Los magos —repitió Renzo, mirando al suelo que iba pisando.
—Sí. No todo el mundo es capaz de usar una varita.
De nuevo miró a Renzo. A juzgar por su apariencia, era muy joven; quizás sólo unos cuantos años más que Mankar. Le resultaba muy difícil de creer que, en las noches de luna llena, aquel joven tan sonriente y cariñoso con su hermano se convirtiera en una bestia asesina. Al menos, pensó Mankar esperanzado, el plenilunio había sido la noche anterior (lo sabía por los aullidos que había escuchado), así que Renzo no se transformaría hasta el siguiente mes... Y para entonces, y estaba totalmente seguro de ello, Mankar ya habría salido del Bosque de la Tinta.
Empezó a escucharse el débil rumor del correr del agua de un río. Javier revoloteó las manos, señalando el bosque y emitiendo sonidos. Mankar supuso que el niño pronto aprendería a hablar. Se imaginó a una feliz familia que los esperaba regresar. ¿Cómo se lo tomarían cuando Renzo regresara con un desconocido? ¿... con un desconocido que llevaba una varita?
—¿Crees que a tu familia le agrade mi llegada? —preguntó nervioso. Ya le había pasado un poco el miedo a Renzo, pero se sentía muy tímido.
—Les va a sorprender mucho ver a un humano —dijo Renzo, atento a la reacción de Mankar. El chico no lo miró a los ojos, sino que siguió viendo la hierba que iban pisando. Como no respondió, Renzo continuó:— Aunque tal vez la varita podría ponerlos un poco nerviosos. Creo que sería bueno que no la mostraras hasta que lo entiendan todo. Quién sabe cómo reaccionarían...
A Mankar no le hacía mucha gracia que le pidieran que guardara su varita en cuanto estuviera rodeado de más licántropos, aunque si todos ellos eran como Renzo quizás no había nada que temer. Estaba seguro de que en cuanto se enteraran de que no era peligroso, podrían confiar en él. Al menos hasta la siguiente luna llena...
—No podré quedarme mucho tiempo —comentó Mankar—. Pasado mañana es el primer partido de quidditch con mi nuevo equipo.
—¿El qué?
Era evidente que iba a resultar difícil la comunicación.
—Es una especie de deporte que se juega volando. —Renzo arrugó la frente otra vez, tal vez calculando qué tan peligroso podrían resultar los magos. Mankar titubeó; no quería que Renzo le temiera—. Es muy divertido.
—No cuentes con que podrás salir de aquí —le dijo Renzo mirándolo a los ojos.
Mankar ahuyentaba esa idea de su cabeza. Ya encontraría la forma de regresar a Harrylatino. Se acababa de acordar que ni siquiera podía estar seguro de que faltaban dos días para su partido, pues no sabía en qué fecha se encontraba, recordando la diferencia que había visto en la luna en Harrylatino y en el bosque. No pudo evitar cambiar la expresión de su rostro y Renzo pareció darse cuenta.
—Has salvado a Javier y estoy en deuda contigo. Te ayudaré a regresar a tu hogar y prometo que no correrás peligro mientras estés conmigo.
Qué suerte que encontramos al niño —dijo Vax agradecido.
«Debemos tener mucho cuidado. Cualquier movimiento en falso y...», pensó Mankar.
Mankaú, si no confiamos en él, deberíamos empezar a cavar nuestra tumba —respondió Vax.
—Muchas gracias —dijo Mankar.
—Y puedes vivir en casa con nosotros mientras tanto. Seguro que no tienes a dónde más ir. —Mankar negó con la cabeza con timidez. Le parecía muy simpático por parte de Renzo que estuviera dispuesto a tomarse tantas molestias por él, sin conocerlo apenas.
Anduvieron en silencio durante unos minutos más.
—¿Tienes sed? —dijo de pronto Renzo. Mankar estuvo a punto de responderle, pero se dio cuenta de que le hablaba al niño que llevaba en sus brazos—. Vamos, todavía falta un poco de camino. Ven, Mankar.
Renzo cambió la dirección de sus pasos y, después de un par de minutos, se encontraron a la orilla de un río que discurría tranquilamente. El joven dejó a su hermano menor en el suelo, quien se inclinó para tomar un poco de agua. Renzo tomó el brazo herido de Mankar y arrancó con facilidad la manga. Lo revisó durante unos segundos, le ayudó a lavar la herida y se la vendó con la misma manga, mientras hablaba de un remedio que tenía en casa para esa clase de lesiones. Se echó agua en la cara y Mankar metió las manos para quitarse la tierra y las manchas de sangre.
Se tomó unos segundos para admirar el paisaje. Le costaba relacionar ese lugar alegre y lleno de vida con el terrorífico bosque que había recorrido la noche anterior. El río seguía su curso y se perdía al dar una vuelta entre los árboles.
Javier empezó a jugar con el agua, salpicando a su hermano y a Mankar. Ambos sonrieron y también salpicaron. Después de varios minutos junto al río, habiendo bebido toda el agua que quisieron, y con mucha más energía por el reposo, reanudaron su camino.
Siguieron atravesando el bosque a la orilla del río, en dirección contraria al curso del agua. De repente, se encontraron bordeando un gran lago, cuyas aguas tranquilas reflejaban el cielo azul. Mankar lo contempló maravillado, y Javier también.
Volvieron a internarse en el bosque y perdieron de vista el lago. Cada vez se escuchaba más lejano el rumor del agua. El sol estaba justo encima de ellos, pero el calor no los asfixiaba gracias al manto de hojas y ramas que cubría el camino.
Mankar no podía dejar de reflexionar acerca de todo lo que estaba ocurriendo... Por el momento necesitaba aprender del bosque todo lo necesario para sobrevivir. ¿Qué otros secretos podría guardar el bosque?
—¿Estaremos seguros de los vampiros en tu casa? —preguntó Mankar con fingida ignorancia. Conocía la respuesta; la podía deducir de la visión que había tenido hacía meses, y la había comprobado la noche anterior. Lo que no sabía era por qué.
—Claro —respondió Renzo hablando seriamente—. Ellos no se atreven a entrar a estos territorios. Y nadie de por aquí debe meterse a los de ellos. Sólo así puede haber paz.
—¿Ellos les temen a ustedes? ¿Los vampiros están en desventaja en este lugar...? ¿Cómo...?
—Los vampiros tienen muchas habilidades —interrumpió Renzo—, y también debilidades. Tienen una gran fuerza y pueden hacerte tener alucinaciones. Me asusté mucho al verte, porque pensé que eras uno de ellos. Y además volviste invisible a Javier... De hecho, ellos pueden volverse invisibles.
—Pero lo hacen sin usar magia, ¿verdad? Porque yo puedo hacerlo también.
—De todas formas —dijo Renzo suspirando—, no son lo único peligroso que hay en el bosque. También está el Dragón Rolo.
—¿Por qué los vampiros huyen de él? ¿Y no hay forma de cazarlo...?
Renzo interrumpió a Mankar nuevamente, riéndose y mirándolo complacido.
—Haces muchas preguntas —dijo con tranquilidad aunque jadeando un poco por el esfuerzo que hacía avanzando; el sendero era un poco empinado—. Haría falta un ejército inmenso para poder darle caza al dragón. Nadie en este bosque es tan poderoso... Además es una criatura gigante. Tú la viste.
Mankar recordó cómo se le puso la piel de gallina al escuchar el aterrador rugido del Dragón Rolo y cómo se le helaron las venas cuando lo vio volando por encima de él. Nunca había visto un dragón antes, además de la televisión y las fotos, pero estaba seguro de que no eran tan grandes. Es que, si lo pensaba bien, ¡el Dragón Rolo podría ser tan grande como el vestíbulo de Harrylatino o el Gran Salón!
—No ocurrirá nada siempre que no te vea —continuó Renzo, al ver cómo Mankar se estremecía—. Nunca he visto que ataque a nadie, ni siquiera a un animal. Pero nosotros, nuestra gente, y todos los seres del Bosque de la Tinta, diría yo, siempre nos hemos escondido ante su aparición. No podemos dejar de temerle. Muchas leyendas se cuentan alrededor de la criatura. Al menos no se le ve mucho...
Qué difícil era aceptar todo eso... Quizás era porque no era su estilo de vida. Su prioridad hasta la noche anterior era ganar todos los laberintos posibles, ser el mejor equipo en el Torneo del León Escarlata, encontrar más snitchs que sus amigos, ganar los partidos de quidditch... Y ahora tendría que adaptarse a ese bosque, al menos por un tiempo, quizás luchando para encontrar comida, alerta a toda clase de peligros... Pero, le dijo Vax en su mente, ¿acaso Renzo, Javier y su familia no podían sobrevivir de esa forma, y en especial sin usar magia? Incluso, a pesar de todo, Mankar contaba con la varita mágica. No había realmente mucho de qué quejarse. Renzo no lo hacía. Era más fácil verlo desde ese punto de vista olvidándose por un momento que su amigo era un hombre lobo.
El bosque se hizo cada vez menos denso y el camino se volvió horizontal. De repente, salieron a un terreno plano sobre el cual podía verse a lo lejos numerosas casitas de madera; era un pueblo.
Quizás no todos son hombres lobo, pero aunque lo fueran, tienen una vida completamente normal mientras no haya luna llena —dijo Vax, dándole ánimo a Mankar.
—¿Allá es donde viven? —preguntó Mankar sonriente. Javier miró a Mankar con los ojos muy abiertos.
—Sí —dijo Renzo despreocupado.
Sin embargo, caminaron sólo unos cuantos metros y Renzo le pidió algo a Mankar:
—¿Puedes volverte invisible en este momento? Tengo miedo de la reacción de las otras personas.
—Sí, sólo tengo que ponerme la gorra invisible.
¡De invisibilidad! —dijo Vax, y Mankar sonrió al imaginar su expresión.
El chico le mostró la prenda a Renzo, quien la miró con atención. Mankar se la puso y notó cómo cambiaba la expresión del joven y su hermano cuando la gorra rozó su cabeza.
—Órale —murmuró Renzo, mirando a través de Mankar. Después de los segundos que necesitó para recuperarse de la impresión, le dijo—: Quédate cerca de mí. Intenta no tocar nada ni parecer sospechoso. Confío en que nadie va a notar que Javi y yo no tenemos compañía.
—Bueno.
Empezaron a caminar a paso rápido hacia la aldea, en silencio. Incluso Javi había preferido quedarse callado y miraba atentamente a sus acompañantes. Pronto, el sendero fue quedando atrás y se encontraron junto a las primeras cabañas del lugar. El sol ya se estaba ocultando detrás de las montañas.
Había humanos caminando de un lugar a otro. Algunos llevaban bolsas o cargaban algún objeto. Todos lucían la misma ropa andrajosa que Renzo, pero a ninguno parecía incomodarle; tenían una expresión radiante. Un par de niños jugaban con una pelota en frente de una casa, mientras que un grupo de hombres, cerca de Renzo y Mankar, reían a carcajadas sentados en una especie de banca.
Renzo caminó por las calles, mientras los niños lo miraban con asombro, y las mujeres lo saludaban con una amplia sonrisa. Un hombre también lo saludó a gritos desde el tejado de una casa.
Mankar se fijaba en todas partes. No había ningún indicio de ser un lugar peligroso. Sólo era un pueblo común y corriente, quizás excepto por lo alejado del resto del mundo, pero en el que la gente llevaba una vida aparentemente normal. Sin embargo, esto mismo era la causa de que estuviera tan asombrado con el lugar: ¿cómo era posible que una comunidad que se hubiera desarrollado sin contacto alguno con el mundo pudiera parecer tan civilizada? Es decir: todos hablaban el mismo idioma de Mankar, sabían leer y escribir en su mismo idioma (había varios letreros y anuncios en el pueblo), usaban ropa, sabían de medicamentos (de los que Renzo había hablado en el río), construían sus edificios...
Daba la impresión de que tenían las mismas costumbres que cualquier pueblo del mundo. ¿Significaba eso que lo habían aprendido todo por su propia cuenta? Más bien, pensaron Vax y Mankar, era probable que sus antepasados sí tuvieron contacto con los demás seres humanos y por un extraño motivo vivían ahora en ese bosque, y no podían salir de él.
Pero, de igual forma, Mankar pensó que debía haber mucho en ese lugar que fuera diferente... Podía darse cuenta rápidamente de algunas cosas. Se notaba que eran personas que vivían sin ninguna clase de aparatos eléctricos. Su vestimenta también daba a entender que no tenían mucho que ponerse, o que no les importaba si estaba sucia o rota. La mayor parte de las personas estaba descalza, sólo algunos usaban unas sandalias sencillas, parecidas a las que llevaba Renzo, pero algo le decía que sólo las usaba porque había paseado por el bosque.
—¿Cómo se llama este lugar? —preguntó Mankar en voz muy baja, aunque por el ruido que había en el pueblo casi no logró escucharse a sí mismo.
—Greeman Place —dijo Renzo sin apenas mover los labios.
Ya fuera porque a su alrededor sólo viera humanos o porque se encontraba cerca de Renzo, Mankar no necesitó mucho tiempo para sentirse a salvo. Hacia donde fuera que mirara, sólo veía sonrisas. Sin embargo, se estremeció durante un instante: le dio la impresión de que alguien lo observaba en medio de un callejón... Pero al fijarse bien no vio a nadie allí.
¿Cuántos de ellos serán licántropos? —pensó Vax.
«No creo que muchos. Al menos, los niños no deben serlo. Javier no se transformó anoche. En mi visión sólo vi unos cinco», recordó Mankar.
Aunque el pueblo resultó más grande de lo que parecía desde lejos, pronto llegaron al final, y ante ellos se expandía una gran llanura, en la cual se podía ver en la distancia montañas y bosques.
En medio de la nada —murmuró Vax mentalmente. Mankar tenía las mismas palabras en la cabeza.
Renzo condujo a Mankar por un callejón que terminaba en otra calle solitaria; al otro lado había una gran verja labrada con figuras de la forma de medias lunas o quizás de colmillos, que encerraba un antejardín adornado con pequeños árboles podados con figuras geométricas. Del otro lado, a varios metros de distancia, se alzaba perfilada una majestuosa mansión al borde de un bosque, de tres pisos y con fachada de color blanco y ornamentos finamente labrados en hierro.
Caminaron rodeando la verja, en sentido contrario a la puerta de la entrada. Mankar contemplaba distraído el edificio, el cual parecía fuera de lugar en ese pueblo tan antiguo y retirado.
Antes de que pudiera hacer alguna pregunta de tantas que formulaba Vax mentalmente, Renzo dejó a Javier en el suelo y se escabulló por entre un hueco en la verja, y su hermano menor lo siguió. Recordaban a un par de perros callejeros que se colaban en la casa de una familia.
Renzo no hizo ninguna seña a Mankar, pero esperó a que éste entrara también al jardín, cauteloso, agachado con Javier detrás de uno de los árboles. En cuanto el chico los alcanzó, Renzo continuó el camino; de algún modo había notado que Mankar estaba junto a ellos, sin importar que fuera invisible, y él pensaba que se debía a alguno de sus sentidos agudos de hombre lobo.
Se acercaron a uno de los muros laterales de la mansión y, aún cautelosos, lo rodearon rápidamente para llegar al otro lado, donde comenzaba el bosque. Una hamaca colgaba de un par de árboles a unos cuantos metros de donde se encontraban. A Mankar le asombraba que en aquel lugar tan grande no hubiera ninguna persona que hubiera notado su presencia, o al menos la de sus acompañantes. Renzo se asomó por una puerta trasera y entró con Javier.
—Espera un momento —dijo entre dientes a Mankar, antes de cruzar la puerta—. Puedes entrar —anunció en voz baja unos segundos después y una sonrisa cruzó su rostro.
Mankar siguió a Renzo y se encontró en una cocina bastante amplia y limpia, en cuyas paredes había largas alacenas de madera. Del otro lado había una puerta estilo cantina, detrás de la cual se veía un salón en penumbra. En el suelo, había una trampilla de madera, mientras que en un rincón había una angosta escalera que llevaba al piso superior.
Javier se sentó al mesón que había en el centro de la cocina, en una silla alta de patas finas, y extendió el brazo para tomar una de las frutas que había dentro de un recipiente. Le sonrió a su hermano mientras daba un mordisco, y éste hizo lo mismo, antes de darse la vuelta y dirigirse hacia la escalera que había en el rincón.
—Vamos —le dijo a Mankar.
En cuanto el chico puso un pie en el primer escalón siguiendo a Renzo, una voz llegó proveniente de la sala, fuera de la cocina.
—¿Renzo? ¿Eres tú? —llamaba una voz femenina.
—Sí, mamaíta —gritó Renzo, fingiendo cotidianidad mientras lanzaba una mirada alarmada a través de Mankar.
—¿Ya encontraste a Javi? No me gusta que se desaparezca tanto tiempo.
A Mankar le molestó, más de lo que le asombró, que la madre de Javier preguntara con tanta tranquilidad si había aparecido ya su hijo. Su bebé de dos años. ¿Acaso era tan normal que éste fuera a jugar solo al bosque? ¿O ella no sabía dónde había estado él la noche anterior? Por las palabras que Renzo había dicho antes, había tenido la impresión de que toda su familia lo estaba buscando desesperadamente...
—Sí, sí. Ya sabes cómo es —respondió Renzo de inmediato, apartando a Mankar y volviendo a plantarse frente a la escalera, al tiempo que unos pasos se oían aproximarse a la cocina y la voz de la mujer se hacía más fuerte. Renzo hizo señas a Mankar para que subiera las escaleras y él tardó más en entenderlas que en hacerle caso.
—¿Estás con alguien? —preguntó la madre de Renzo. Mankar no pudo evitar notar, ya desde el segundo piso, el cual consistía en un gran pasillo que daba a varias puertas y que terminaba en una escalera de alfombra verde, que la voz de la mujer parecía ser de alguien muy joven, lo cual era extraño, tratándose de la madre de un muchacho que tenía que ser varios años mayor que Mankar. Era muy diferente a la voz de los vampiros: suave, tranquilizadora...
»Me distraje un poco, pero me pareció ver que venías con alguien... —dijo ella.
—Con Javi, nadie más —dijo Renzo. A juzgar por el modo en que hablaba, tenía la boca llena.
—Tus otros hermanos no han vuelto —comentó la madre de Renzo—. No quiero tener que ir a preguntarle a Kalli dónde están... pero es que empiezo a preocuparme.
—Ellos saben cuidarse solos —contestó Renzo en tono de reproche.
—Pero últimamente tengo unas sensaciones... aunque no es nada concreto. Lo mejor es tener precaución. Los chupasangre, el Dragón Rolo... no sé qué pueda ser. ¡Quieto, Javi! —exclamó de repente.
El bebé empezó a reírse y Mankar no pudo evitar sonreír al imaginarlo. Le dio un poco de curiosidad ver qué estaban haciendo, pero se contuvo de asomarse por la escalera. La mamá de ellos comenzó a reírse también, e incluso Renzo fue contagiado.
En ese momento, Mankar fue invadido por una gran tranquilidad y se sintió libre de cualquier dolor o preocupación. Se encontraba en un lugar desconocido, pero estaba salvo. Podía ser una familia fuera de lo ordinario, pero al fin y al cabo era un hogar... Le inquietaba la reacción de los demás habitantes de la mansión, pero confiaba en Renzo y sabía que éste no le daría la espalda.
—Voy a mi habitación —dijo de pronto Renzo—. Estoy cansadísimo...
Puso un pie en el primer escalón, pero en cuanto empezó a subir, la mujer lo detuvo.
—Detente, Renzo —habló con seriedad—. Sé que estás con alguien. Te exijo que me digas quiénes son.
Vax comenzó a tararear mentalmente una patética melodía de suspenso, y Mankar le ordenó que se callara, irritado.
—Baja... —dijo Renzo en voz alta y Mankar obedeció. Se quitó la gorra de invisibilidad y bajó la escalera.
En cuanto miró de frente a la madre de Renzo, tanto ella como el chico cambiaron radicalmente su expresión.
La palabra que mejor le quedaba no era «mujer», sino «muchacha». La mamá de sus nuevos amigos era una chica que incluso parecía mas joven que Renzo. Era de estatura no muy alta, vestida con la misma clase de trapos que sus hijos (en contraste con la elegancia de su casa). Lucía una larga cortina de pelo negro y liso, y tenía unos ojos bastante brillantes y unos labios encantadores... Una veela no era más bella.
¡Cierra la boca! —le espetó Vax, dándose cuenta de la ridícula forma en que Mankar contemplaba a la chica.
Por su parte, la madre de Renzo miraba a Mankar como si fuera un fantasma. Su mirada iba de arriba a abajo, y también estaba boquiabierta, pero de indignación.
—¡¿Qué significa esto? —rugió.
—Mamá, por favor —exclamó Renzo, dando un paso al frente para quedar entre ella y Mankar—. Tranquilízate.
—¡¿Qué está haciendo un vampiro en mi casa? —Quizás instintivamente, había adoptado una postura extraña, como si estuviera lista para lanzarse a atacar al intruso. Mankar intentó dar un paso atrás, pero detrás de los talones tenía el primer escalón. No se atrevió a contradecirla; prefirió que Renzo se encargara de la situación. De todas formas, su mano derecha, que tenía guardada en el bolsillo, agarró con fuerza su varita mágica, y estaba listo para defenderse si era necesario.
—¡No es un vampiro! ¡Es un humano!
—¡Es lo mismo! —vociferó la madre de Renzo—. ¡Conoces nuestras reglas! ¡No puedo permitir que alguien que no sea de los nuestros pise el pueblo, y mucho menos mi casa!
—¡No es malo! ¡No nos hará ningún daño!
Javier miraba la escena con los ojos muy abiertos, asustado.
Renzo extendía sus brazos a ambos lados para proteger a Mankar de un inminente ataque. Dos imágenes pasaron por su mente en ese instante, de la misma extraña forma en que a veces recuerdos muy claros llegaban espontáneamente a su cabeza. En la primera, se encontraba junto a un par de personas que apuntaban su varita a un enemigo frente a ellos: Haher y Gonza, a punto de enfrentarse a los miembros del Poder Calamar, en su primer viaje a Harrylatino.
En la segunda imagen, Mankar se vio detrás de otra silueta humana que también tenía los brazos extendidos: Boggart, protegiéndolo de Juanjo y Carlos Granger, curiosamente también en el Expreso de Harrylatino.
Renzo lo defendía igual que sus tres mejores amigos.
—¡Sabía que algo estaba pasando!¡Mira sus ojos! ¡Es uno de ellos!
—¡ÉL SALVÓ A JAVIER! ¡De los vampiros! ¡Y del Dragón Rolo!
La madre de Renzo se calló. Miró desconcertada a su hijo y luego lanzó una mirada despectiva a Mankar.
—¿Por qué lo trajiste? —preguntó con dureza.
—No tiene a dónde ir. Llegó al bosque anoche.
—¿Pretendes que duerma en mi casa? —saltó ella.
—No lo voy a abandonar. Salvó a mi hermano —dijo Renzo firmemente.
La chica se limitó a mirar a Renzo con furia, pero se mantuvo el silencio durante unos instantes.
—¿Cuánto tiempo estará aquí?
—Se irá cuando encontremos la forma de que regrese a su mundo. Si lo obligas a irse antes, me voy con él.
Javier se paró en el asiento y soltó un ruidito de disconformidad.
—Nos vamos con él —se corrigió Renzo.
Sin decir una palabra más, la muchacha dio media vuelta y cruzó la puerta en dos zancadas, sin dejar de mostrar su expresión de indignación. Los que se quedaron en la cocina se mantuvieron en silencio durante un instante. Por fin, Renzo se dio la vuelta y miró a Mankar con gesto de disculpa.
—Lo siento mucho... —le dijo—. Sabía que se pondría así... Pero, pensándolo bien, es mejor que se enterara de una vez. Ojalá que no se pongan peores mis hermanos. Lo que pasa es que no nos gustan los extraños... —Se detuvo y suspiró—. Subamos.
Renzo condujo a Mankar de nuevo por la escalera. El chico pensó que era de mala educación ponerse la gorra nuevamente, además de que era inútil. Siguieron derecho hasta el tercer piso, en el que una gran sala circular daba a tres recintos, cada uno tras majestuosas puertas dobles. Se parecía un poco a la Sala de Clubes en Harrylatino.
Entraron por las puertas que se encontraban a la izquierda desde la escalera por la que subieron, a una habitación grande, iluminada por una gran lámpara de velas que colgaba del techo. Había una gran cama con dosel, parecida a las de los dormitorios de la Sala Común de Gryffindor, pero destendida. Algunas plantas y peces se encontraban en urnas de cristal, sobre estanterías en las cuales también había pequeñas esculturas y estatuas de madera. El suelo estaba lleno de objetos y de basura, y era difícil caminar sin pisar algo. Estaba todo tan desordenado que daba la impresión de que un ladrón había entrado a revolver todo en busca de objetos de valor.
—Esta es mi habitación —dijo Renzo—. Aquí vas a dormir.
—No —respondió Mankar, apenado—. ¿Dónde te vas a quedar entonces?
—En la habitación de al lado, con mi hermano Javi.
—No quiero ser una molestia...
—Tranquilo, por mí no hay ningún problema. —Renzo volvió a sonreír, mirando su habitación—. Lo siento, está muy desordenado...
Mankar se rió.
—No te preocupes por eso.
—Te pediría que esperaras afuera mientras limpio todo, pero debes estar muy cansado... —dijo Renzo avergonzado.
—Aceptaría, pero no terminarías hoy —bromeó Mankar—. Te ayudaré con la limpieza.
Renzo caminó hacia la cama y la tendió rápidamente, mientras Mankar observaba.
—Duerme tranquilo y mañana podemos dedicarnos a eso. Puedes colocar tus cosas allí —señaló un estante—, y cualquier cosa que necesites, me llamas. ¡Ah! Pero primero creo que es buena idea que mis hermanos sepan que estás aquí. Esta noche hablaré con ellos y mañana te los presento, ¿bueno?
Mankar asintió enérgicamente. Se sentía muy apenado, pero a la vez agradecido por la hospitalidad de Renzo. Sin embargo, no podía evitar sentirse un poco inquieto por el hecho de que la única persona que lo tenía bien recibido en la casa dormiría lejos de él... ¿Y si en la noche entraba su madre y lo atacaba?
Renzo miró con preocupación por la ventana. Estaba oscureciendo.
—Me tengo que ir. Tengo que pedirte un favor: por nada del mundo salgas de la habitación de noche, ¿de acuerdo? ¿Me lo prometes?
—Claro, pero, ¿por qué?
—Por tu seguridad —dijo Renzo.
Mankar no se sintió capaz de insistir en los motivos, pero de todas formas no pensaba moverse de ese lugar a menos que Renzo lo acompañara.
—No importa lo que pase. Eres bienvenido a la mansión Courtcastle —dijo Renzo, y volvió a sonreír.
El joven salió precipitadamente de la habitación y cerró la puerta. Mankar escuchó el sonido de la llave con que Renzo aseguraba la entrada. Quizás era un poco exagerado, pero ahora que sabía que nadie más podía entrar (al menos no sin que se diera cuenta) se sentía a salvo.
«Me gustaría saber qué reacción tendrán los hermanos de Renzo», le dijo Mankar a Vax mentalmente.
¿Y si te pones la gorra?
«¿No viste que aún así la madre de Renzo notó mi presencia? Creo que ellos pueden olerme o sentirme de alguna forma...»
Y sería un problema salir de aquí sin que te vean. ¿Por la ventana podrías?
«Se lo prometí a Renzo», respondió Mankar con firmeza.
La madre de Renzo no sabe que eres mago. ¿Crees que eso complique las cosas?
«Guardo la esperanza de que al final todos me acepten igual que Javier y Renzo.»
Creo que será difícil ganar su confianza... Tal vez haga falta salvar de nuevo a otra persona.
Miró a su alrededor mientras reflexionaba. Sonrió con ironía al ver el espacio que le apartó Renzo para colocar sus cosas: ¡Mankar no tenía cosas! Nada excepto la ropa sucia y ensangrentada que llevaba puesta.
Entonces se fijó en algo: la venda que llevaba en el brazo se había corrido, pero no encontraba la herida que debía estar al aire libre. Creyó que quizás la tenía más cerca del codo, pero simplemente no la sentía. Ya no le dolía. Se quitó la venda, ahora roja por la sangre que había salido en el día, pero no había rastros de la herida. No sólo había dejado de sangrar: había desaparecido por completo.
Una de dos —dijo Vax—: o Renzo hizo magia al vendarte, o sanas muy rápido.
Mankar rió con ironía. Se sentó en la cama y miró al suelo. Era bastante cómoda. Pensó que el desorden del lugar decía mucho de la persona que vivía allí, y sonrió con cariño.
Aunque estaba exhausto, no quería dormir aún. Pensó que sería un bonito detalle colaborar con el aseo del lugar, y ahorrarle el trabajo a Renzo del día siguiente. No pensaba en el tiempo que se iba a quedar allí, pero no quería ser una molestia para ninguna de las personas que vivían en la mansión; quería ser útil.
Empezó levantando unos libros que había abiertos en el suelo. No sabía si Renzo los estaba leyendo en la página que estaba, así que no se atrevió a cerrarlos, pero los apiló en un estante. Hizo a un lado la ropa que había tirada y arrojó a una cesta un montón de trozos de papeles arrugados y restos de comida. Aunque no sabía precisamente en qué lugar guardar cada objeto, trató de colocar todos los semejantes juntos; no quería terminar poniendo algo en un lugar que no correspondiera y que Renzo se enojara o se confundiera.
Los minutos pasaron rápidamente, y aunque la limpieza no era minuciosa, pronto el suelo se vio más despejado y se veía el lugar más agradable. Mankar se echó a la cama y miró hacia arriba, pensativo.
Se moría de curiosidad por saber lo que ocurriría en cuanto Renzo le contara a los demás miembros de su familia acerca de su llegada a la mansión Courtcastle. Se sintió muy avergonzado de dejárselo todo a él, siendo que también podría intervenir en la conversación y defenderlo, pero ya había comprobado lo agresivos que podrían ponerse al enterarse de su presencia.
—Si tienes tantas ganas de saberlo, ¿qué te lo impide? —preguntó Vax, que se había aparecido junto a la cama y se había sentado.
—Ya te lo dije. Lo prometí. ¿Por qué no habías aparecido antes? Pudiste ayudarme a limpiar.
—Prometiste no salir de aquí —respondió la conciencia de Mankar, ignorando lo demás y sonriendo con picardía—. Tú lo prometiste. Sólo tú.
—¿Cómo así...? —preguntó Mankar confundido—. No me digas que puedes salir sin mí.
—No te lo digo entonces.
Puedo salir sin ti —pensó Vax.
Mankar sonrió y aguantó la risa.
—¿Y si te ven?
—Me llevaré la gorra, por si acaso. No creo que puedan olerme... Aunque no soy un fantasma, nunca dejo ningún rastro.
Vax caminó junto a la puerta y miró a Mankar esperando su respuesta, aunque éste intuyó que no necesitaba su aprobación para hacer algo.
—De acuerdo —dijo por fin—. ¿Cómo vas a salir?
—Así —respondió Vax, atravesando la puerta como si ésta no existiera, mientras se apuntaba con la varita.
Te contaré todo lo que escuche, ¿de acuerdo? —le dijo mentalmente a Mankar.
Muy asombrado por la utilidad de su conciencia, Mankar se sentó al borde de la cama y puso mucha atención en los pensamientos que le mandaba Vax. Cerró los ojos con fuerza.
Y algo extraño ocurrió: podía ver, más allá del negro del interior de sus párpados, unos pies que bajaban las escaleras al segundo piso. Veía a través de los ojos de Vax y escuchaba a través de sus oídos. Casi sentía que era él mismo quien merodeaba por la mansión, y no su conciencia.
Escuchó una voz tan claramente que creyó que provenía de algún lugar del dormitorio de Renzo.
—No me parece... —dijo en un susurro alto la voz de la madre de Renzo. El rumor de la voz de su hijo le contestó—. No estoy de acuerdo —insistió ella—. ¡Claro que no!
—Yo confío en él —dijo Renzo en voz más alta; Vax había bajado unos escalones para escuchar mejor—. Podría haberme hecho daño en todo el día. Pudo haberle hecho daño a Javi si hubiera querido. Pero no lo hizo.
—¿Y cómo sabes que no es una trampa para acercarse a nosotros? —preguntó una voz masculina.
—Simplemente lo sé. Tampoco hay pruebas de que no es de fiar.
—¡Por ser un humano, sólo por eso, ya no podemos confiar en él! —Mankar reconoció la voz de la mamá de Renzo—. ¿Tienes idea del peligro que corrimos cuando vinieron al bosque esos dos de hace unos meses? ¡Ahora me dirás que tiene una varita de ésas!
Renzo guardó silencio un instante. Por fin, dijo:
—Depende del punto de vista que lo veas puede ser malo para ti. Yo creo que si tiene una varita puede que algún día llegue a protegernos de otros peligros.
—¿Es un mago? ¡¿En serio? —estalló la mamá.
—Tranquilízate, Vila, por favor —dijo una dulce voz femenina. Un murmullo de varias voces enojadas calló las palabras que dijo una voz masculina.
—¿Es que no has visto sus ojos, Renzo? ¡Es uno de ellos! —continuó exclamando la madre.
—¿No puedes darle una oportunidad? —imploró su hijo.
—¡Claro que no! ¡Todos los vampiros son iguales!
—No puedes generalizarlo —dijo otra vez la voz dulce—. Puede haber una excepción.
—Tiene que irse —sentenció otra voz femenina, pasando por alto la intervención de la otra mujer.
—Yo me iré con él entonces —la desafió Renzo.
De nuevo todos se callaron.
—Deberían ponerse por un momento en sus zapatos... Vean, estoy dispuesto a hacerme responsable por cualquier cosa que él haga.
Sus palabras fueron seguidas por un silencio más largo.
—Está bien —convino Vila por fin, suspirando—. Le daremos una oportunidad. Pero que se cuide, porque al primer error, se larga. O peor. —De nuevo, silencio, salvo por un casi imperceptible murmullo de voz femenina—. Me imagino que no le has dicho nada que no tuvieras que decirle —siguió hablando con voz acusadora.
—Por supuesto que no —dijo Renzo de inmediato—. Sabes que no lo haría, madre...
—Perfecto. Es la regla más importante —le recordó una voz masculina.
—Tarde o temprano se enterará, supongo —dijo Renzo dudoso—. Creo que pasará un largo tiempo entre nosotros.
—Entre más tarde, mejor —respondió Vila—. Al menos tú no se lo contarás y harás todo lo posible porque no lo sepa. ¿Entendido? Está en peligro nuestro pueblo.
—Bueno...
El ruido de pasos le indicó a Mankar que algunos de los presentes se estaban retirando, mientras que alguien tomaba asiento en la cocina para cenar. Unos pasos subieron las escaleras y Vax regresó al tercer piso corriendo. Cruzó la puerta rápidamente y entró a la cabeza de Mankar.
Pocos segundos después, alguien golpeó la puerta, pero no la abrió.
—¿Mankar? ¿Estás despierto? —Era Renzo.
—Más o menos —respondió el chico.
—¿Quieres comer algo? Debes estar muerto de hambre.
Hasta ese momento Mankar no lo había notado, pero prefería no comer ahora que toda la familia estaba en casa.
—No te preocupes.
—Está bien. Apaga las velas antes de dormir. Buenas noches.
Los pasos se alejaron y Mankar se quedó mirando fijamente la puerta.
¿Por qué Renzo aún no le había revelado que era un licántropo? Era algo que quizás podía deducirse de algunas de sus palabras, pero aún así él no lo había confirmado. Mankar ya lo sabía, claro, y era una ventaja, pues no era capaz de imaginar la reacción que habría tenido en otro caso. Supuso que Renzo sentía lo mismo que él: no quería que Mankar le tuviera miedo. Pero, ¿esperaba escoger el momento adecuado para hacerlo? Todo habría sido más fácil si se lo hubiera dicho en cuanto se conocieron. Habría sido incluso mejor que Renzo se hubiera presentado ante él en su forma de lobo.
Le parecía lógico pensar que Renzo y él se harían amigos rápidamente. Pero después de varios días, cada vez se haría más difícil revelar su secreto. ¿Esperaría hasta la luna llena para contárselo?
Vax apagó las luces con la varita.
Tal vez si Mankar le insinuaba que ya sabía lo que Renzo era... Pero no quería presionarlo. Y tampoco se sentía listo para aceptarlo.
Sonrió, antes de forzarse a dejar su mente en blanco para poder conciliar el sueño, al pensar que los problemas que tenía veinticuatro horas antes ya no eran tan importantes. Habían regresado a Harrylatino y se quedarían allí por un buen tiempo.
