Noche en Vela.

Había pasado una semana ya, desde que había regresado a casa de mi familia favorita. Ya me había acostumbrado al nuevo ritmo de vida en la casa Periwinkle y en al Pueblo de Fairy Oak. De lo que si aun no me podía acostumbrar, era que cada noche sin falta, Cath nos despertaba a punta de llantos y explosiones de luz.

—Ya Cath, duérmete por favor.

Como de costumbre, Vainilla era la encargada de hacer dormir a su sobrina. Pero en esta ocasión, toda la familia, incluso Vi estaba despierta ayudando a tranquilizar a la bebé.

—Toma a tu hija Vi, ya estoy cansada.

—Gracias.

Así se la habían pasado todas las noches, desde hace tres días, cuando los berrinches de Cath se habían hecho más fuerte. Según había dicho el Señor Cícero, se debía a la ausencia de la Luna.

—Vamos nenita, duérmete. Tú mamá esta aquí, no dejará que nada malo te pase.

Ya habíamos acabado todo el paquete de velas de la casa, ahora la única luz que había, era la que salía de mí. Pero la luz de un Hada no era suficiente para Cath, quien, desconsolada, seguía llorando cada vez más fuerte.

—¿Yo era así de escandalosa de bebé? —preguntó algo fastidiada Vainilla, sentada junto a su hija, que a pesar del ruido. Dormía placidamente.

—De hecho…

—Eras idéntica Vainilla.

—Hasta diría que llorabas más fuerte.

Junto a nosotros, estaban también, Mamá Dalia, el Señor Cícero y mi querida Tomelilla. Los muchachos buscaban abajo velas de repuesto, sin éxito.

—¿Es broma, verdad? —miró suplicante Vainilla.

—No, salvo por lo de las luces. Es como estar pasando una segunda infancia contigo.

—¡Mamá!

Yo solo sonreía, recordaba muy bien lo escandalosas que habían sido las gemelas de bebés. Incluso de niñas, sus primeros años eran muy posesivas. Vainilla trataba de estar lo más apegada de Mamá Dalia, mientras Pervinca no se separaba del Señor Cícero.

—Recuerdas que calmaba a Vainilla, Tomelilla.

—¿Las galletas de fresa?

—Eso no Lila, habló de la canción de cuna.

Era cierto, con el pasar de los años, se me había olvidado. Vainilla y Pervinca, cuando empezaban a llorar, no había quien las detenga. Eso, hasta que Dalia y Tomelilla las cargaran a cada una y les cantaran una canción de cuna.

—Podríamos intentarlo.

—¡Por favor! Ya quiero dormirme.

—Recuerdan la letra, Lala, Dalia.

Tomelilla y mamá Dalia asintieron.

—Cierra tus ojos, duerme ya. La luz de Luna te protegerá, descansa ya, mi dulce amor —entonó Mamá Dalia con una voz muy melodiosa.

—Pequeña Princesa tu aquí, magia y encantos verás ya. Pero por ahora, dormirás.

Era algo hermosamentetierno, el que, luego de varios años pudiera oír nuevamente, el dúo tan melodioso que hacían las hermanas "De los Senderos". Todos en la habitación, incluyendo las Gemelas, estaban maravillados. Por un momento, hasta los gritos de Cath pararon, eso fue hasta que la canción acabo.

—No se que más hacer —habló derrotada la Bruja de Luz más poderosa del Pueblo.

Toda la familia estaba cansada, trasnochada y por si fuera poco, molestos. Las ideas se agotaban, no podíamos seguir de esa manera. Cuando menos no Vainilla, que era la más perjudicada.

Entonces, se me ocurrió algo.

—¿Y si le hacemos creer a Cath que ya salió el sol?

Era una idea descabellada, pero no había más. Todos escucharon mi sugerencia.

—Hace años, cuando… —guardé silencio, no sabía si lo que diría terminaría por causarles problemas a las Gemelas. Pero Babú me miró con una cara de suplica, así que, tuve que continuar—, cuando los chicos entraron a los "Almacenes del Mar", Nepeta, Acantos y… Babú.

Cuando acabe de decir el nombre de Vainilla, sentí como Mamá Dalia, el Señor Cicro y Tomelilla miraban fijamente a las Gemelas. Yo sentí desfallecer mis antenas. Pero tuve que continuar.

—…iluminaron todo el lugar, con una serie de hechizos, para que los demás chicos pudieran descartar a Mordillo.

Al parecer, la última frase calmó a los padres de mis gemelas, así como a su tía.

—Por eso pensé que tal vez, Vainilla y Tomelilla pudieran usar algún hechizo para iluminar el cuarto… o cuando menos la cuna de Cath.

Me había olvidado de contarles, haditas mías. La primera noche sin Luna, Cath estaba tan desesperada que intentó despertar a su madre. Pero Vi, que se dio la vuelta para el lugar equivocado, casi termina por tirar a la pobre bebé al suelo.

Esa misma mañana, Mamá Dalia encargo dos cunas para cada bebé. Según dijo, las bebés ya eran muy grandes para dormir con sus madres. Lo que no quería, es que Vi medio dormida, se diera la vuelta y terminara aplastando a la pobre Cath.

—Parece buena idea.

—Pero que podemos usar.

—Si iluminan toda la habitación, será lo mismo que nada. No podré dormir yo —objetó molesta Pervinca.

—Te tapas bajo la cama Vi, que problemática eres.

—Pervinca tiene razón. Si dejamos iluminada toda una habitación —habló serio el Señor Cícero—. Nadie en esta casa podrá dormir.

—¿Y si tapamos la cuna de Cath, para iluminarla?

—¡Quieres que mi hija muera asfixiada!

—Mala idea, disculpa Vi.

Los seis integrantes de la casa Periwinkle, si, yo estaba incluida ahí; nos sentamos a pensar alguna forma de crearle luz a Cath, sin que molestará a nadie mas. Pero cansados y con el sueño a cuestas, pensar, no era sencillo.

—No se me ocurre nada.

—Ni a mí —dije muy enojada por no poder ser de ayuda.

—Ojala mi Jim estuviera aquí, el es el de las idea brillantes.

¡ESO ERA!

Jim era in genio, el inventor más brillante de todo Fairy Oak. Una idea, por más intrincada que sea, para el sería muy sencilla. Volé lo más aprisa a traer a Jim.

—¿Qué sucede? Porque me traen a rastras.

El pobre inventor estaba muy asustado, sin decirle nada, lo agarré del traje y lo llevé a toda prisa. Aun cuando en el camino se fue golpeando con varios objetos.

—¡JIM!

Pervinca le paso a Cath a Vainilla y abrazó al inventor, haciendo que se asustará aun más.

—¿Q-qué sucede Pervinca?

—Amor, estábamos pensando en una forma para hacer que Cath pudiera dormir.

—Ya sabes, algo como una luz que pudiera alumbrar de noche y no fuera muy fuerte.

—Deberá usar magia, el fuego sería muy peligroso.

Grisam había subido poco después. Jim pareció pensativo, era una expresión que le fascinaba a Vainilla. El imaginar, como se iba formando una idea poco a poco, en la mente de su esposo.

—Creo tener una solución.

Jim sonrió, luego abrió la ventana del cuarto de las Gemelas.

—Eso lo pude hacer yo.

—Cállate Vi, deja que Jim terminé.

En efecto, el joven inventor no había abierto las ventabas para hacer que la luz de la Luna entrará al cuarto, en especial, porque era una noche sin Luna. Estaba buscando objetos en la cornisa.

—Felí, me puedes ayudar.

Yo accedí.

—¿Qué debo hacer?

—Vuela y busca todos los objetos pequeños y brillantes que encuentres sobre el tejado. Rocas, bellotas, lo que sea.

—Te ayudó Felí.

Vi también voló. Debía hacerlo, era su hija. Al final entre ella y yo, pudimos encontrar muchos objetos de entre los que Jim pudo escoger. Trozos de madera, piedras de colores, varias avellanas y pinos, hasta unas pinzas de ropa algo gastadas.

—Creo que estos serán útiles.

Jim, con su ingenio y algunos materiales de su taller, armo un curioso móvil que giraba sobre la cuna de Cath. Con un hechizo de luz, Tomelilla y Babú iluminaron las piezas, de tal forma, que cambiaran de color cada vez que giraban.

—Parece estar feliz.

—¡Gracias Jim!

Por fin, luego de varios días, la pequeña Cath, pudo dormir. Pervinca colocó a su hija en la cuna y luego el móvil con las figuras que acababa de hacer Jim. Toda la casa respiró por fin tranquila. Vainilla le dio el beso más largo que pudo a su esposo, luego de tirarse de bruces a dormir a su cama.

—Duerme bien, mi querida Babú.

La familia por fin se retiró a descansar. Aunque antes de meterme a mi botella amenace a Vi, de que si me volvía a encerrar, no la dejaría dormir una semana completa.

Para mi mala suerte, Vi me volvió a encerrar.

—¡PERVINCA PERIWINKLE! Espera a que salga de aquí y ya verás…