Capítulo 16: Magia para todos
Mankar despertó a la mañana siguiente notando que el corazón le latía muy rápido y que se sentía triste, aunque no quería pensar por qué. No recordaba qué había soñado.
Tardó un par de minutos en levantar la mirada un poco y se sorprendió al darse cuenta de que no se encontraba en el dormitorio de la Sala Común de Gryffindor, sino en una habitación grande y elegante, aunque un poco desordenada, a la cual entraban los cálidos rayos del sol por una amplia ventana, cercana a un alto árbol. Tardó otro par de segundos en recordar que estaba en la casa de Renzo.
Miró hacia arriba, desanimado, sin ver nada realmente...
«Necesito irme de aquí, pronto —se dijo con firmeza. No podía pasar más tiempo allí. Tenía que regresar a su colegio, no se imaginaba lo que podía pasar si abandonaba todo—. Y necesito asegurarme de que mi padre se encuentre a salvo.»
Mientras algunas imágenes de su vida cotidiana pasaban por su cabeza, se sentía cada vez más triste y frustrado.
Entonces, levántate —le dijo Vax en su cabeza—. No puedes pretender que las cosas pasen por sí solas, quedándote ahí echado.
Mankar asintió, pero no se movió, excepto para rascarse el cuello y los pies, pues sentía una leve picazón en ellos. No era capaz de ver lo que pasaría con su vida allí, en el Bosque de la Tinta, en Greeman Place, después de transcurridos unos días. No tenía idea de cómo cambiarla... No sabía ni siquiera qué sería lo siguiente que haría después de poner un pie en el suelo. El futuro, incluso el más cercano, incluso para él, era de lo más incierto.
Alguien tocó la puerta tres veces suavemente. Mankar no respondió, pero volvieron a tocar.
—¿Mankar? —lo llamó Renzo, y volvió a tocar unos segundos después, sin recibir respuesta. Al final, se escuchó un «clic» de la cerradura y la puerta se abrió lentamente. La cara tímida de Renzo (que resultaba curiosa, tratándose de un joven tan corpulento) se asomó y miró a Mankar, quien le devolvió la mirada inexpresivamente—. Perdóname... ¿te desperté? —Mankar negó con la cabeza—. ¿Quieres bajar a comer algo?
—Mmm... bueno —respondió Mankar dudoso.
—Levántate —dijo Renzo con alegría—. Te espero aquí afuera.
Mankar se puso de pie (traía todavía puesta la misma ropa) y se puso las medias y los zapatos. Sentía una picazón en las manos. Se las miró y descubrió que había muchos pelos sueltos pegados a ellas. Las sacudió para quitárselos y luego sintió la misma picazón en el cuello. Al final tuvo que quitarse la túnica que llevaba para poder sacudirla totalmente.
Luego se dio cuenta de que las sábanas de la cama de Renzo tenían muchos pelos sueltos, más largos que los del cabello de Mankar y de un color oscuro. Sintió un escalofrío. No le daba asco, pero le causaba mucha impresión. Lamentó no haberse fijado en ello la noche anterior, aunque le constaba que Renzo había sacudido todo muy bien.
Después de vestirse de nuevo, caminó hacia la puerta y se fijó en su reflejo en la ventana. Algo captó su atención, abajo en el jardín. Había unas personas allí. Pudo reconocer al pequeño Javier, que corría alegremente dando vueltas, y a Vila, su bella madre, que jugaba con él. También había una joven que le decía algo al niño y otro muchacho que se sentaba a una silla y trataba de leer un libro, pero se distraía fácilmente. Ambos desconocidos eran evidentemente miembros de la familia.
Mankar sonrió. De nuevo podía sentir el afecto y la bondad de una familia normal. ¿Alguno de ellos podía ser una bestia salvaje en luna llena? ¿Era cierto que la mayoría de ellos lo despreciaba por llegar a su hogar? Prefirió hacer a un lado esas preguntas y se quedó contemplando unos segundos la escena, hasta que Javier miró hacia arriba y lo vio. Mankar se apartó de la ventana, temiendo que algún otro Courtcastle lo viera, y salió de la habitación.
Renzo lo condujo a la cocina, en el primer piso. Allí había platos con comida en el mesón, y él le indicó a Mankar que se sentara. El chico sonrió apenado y empezó a comer junto a su nuevo amigo.
—Si quieres te enseño el resto de la casa —le propuso Renzo— cuando terminemos de comer.
—Mmm... bueno —respondió Mankar. Tras una pausa, añadió—: ¿No se molestará tu madre, tu padre o tus hermanos?
—Ya convencí a mi mamá y a mis hermanos de que te quedes aquí. Aunque tal vez sean un poco antipáticos, pero sólo van a necesitar acostumbrarse.
—¿Y tu papá?
—¡Buena pregunta! —dijo Renzo y se echó a reír.
Mankar lo imitó, aunque no estaba seguro del motivo de su risa, pero decidió no insistir. Ambos se detuvieron cuando alguien entró a la cocina. Era una mujer joven que lucía la misma clase de ropa andrajosa de todos los habitantes de Greeman Place, pero su cara era iluminada por una amplia sonrisa.
—Buenos días —saludó con alegría. Mankar no tenía idea de qué expresión tomar, pero al ver lo amable que parecía la mujer, le devolvió las mismas palabras con una sonrisa—. ¿Dormiste bien?
—Sí, muy bien.
—Manu, te presento a Gataluna.
—Es un placer —sonrió la mujer y se adelantó para estrechar la mano de Mankar. El chico la miró a los ojos sin dejar de sonreír, pero no pudo evitar notar un leve estremecimiento en las facciones de Gataluna al momento que sus miradas se encontraron. ¿De verdad sus ojos eran tan parecidos a los de los vampiros?
—Igualmente —respondió con disimulo.
Gataluna se sentó con ellos y los miró comer.
—Labenthium —dijo Mankar, agitando su varita en el bolsillo de la túnica, sin darse cuenta. Sin poder creer que tuviera esa costumbre, improvisó—: Quise decir, me alegro de conocer más familiares de Renzo —aunque no se imaginaba cómo podía alguien pronunciar esa frase para que sonara parecido a «Labenthium».
—No, no somos familia —aclaró Gataluna rápidamente, sin darle importancia. No dejaban de vérsele los dientes cuando hablaba, pues mantenía la sonrisa cálida—. Vivo en la casa de al frente. Cualquier cosa que necesites, puedes ir allá.
—Muchas gracias.
Era incómodo tener esa conversación, ya que él no pretendía quedarse en el Bosque de la Tinta más tiempo. Con o sin ayuda, iba a salir de allí.
Durante la siguiente hora, los tres estuvieron hablando. Gataluna y Renzo se mostraron muy interesados en todo lo que tenía que ver con la magia y con el colegio de Mankar. Él no les contó nada personal; no les habló de la profesora Callahan, ni de Vax, ni de la Gema Gemela, ni tampoco de su padre que podría terminar en prisión si no se apresuraba en regresar. No se reservaba aquellas cosas por desconfianza (Renzo había demostrado ser una persona muy confiable y Gataluna parecía serlo también), sino porque no sabía si le convenía contárselas. No quería causarles temor y tampoco se sentía listo para hablar sobre ellas.
De repente, Gataluna se levantó de su asiento bruscamente, ahogando un grito.
—¡Ay yo...! Tengo que irme —dijo rápidamente—. Que estés bien Mankar. Tú también Renzo. Nos vemos más tarde —Llegó a la puerta en un par de zancadas y salió apresuradamente, sin dejar que le respondieran. Mankar escuchó una puerta cerrarse con fuerza y dedujo que se trataba de la entrada principal de la mansión.
—¿Le habrá pasado algo? —preguntó Mankar extrañado.
—Desde hace un tiempo se comporta así —respondió Renzo, restándole importancia—. Se va sin que nadie lo note y nadie sabe para dónde. Pero Gata es muy buena persona. Fue la única que estuvo de acuerdo en darte una oportunidad.
Mankar asintió y frunció los labios y la frente, agradecido.
Minutos después, Renzo se levantó de su asiento y Mankar lo imitó. Le propuso enseñarle la casa y guió al chico por la puerta estilo cantina. Pasaron por un amplio comedor, en el que estanterías con esculturas pequeñas y adornos de cristal rodeaban una gran mesa de seis puestos.
Pasaron por un arco para llegar a un vestíbulo también muy amplio, en el que comenzaban unas escaleras de mármol blanco y barandal de madera, que recordaban mucho a las que había en Harrylatino, aunque no eran tan amplias ni extensas. Frente a la gran puerta en arco, con una gruesa perilla en forma de serpiente, había un espejo, un paragüero y un perchero que Mankar contempló un instante.
Del otro lado del vestíbulo había una sala de estar en la que había varias sillas y sillones que lucían de la misma elegancia que toda la casa, forradas de lo que parecía ser terciopelo negro. Sin embargo, Renzo no entró, sino que sólo señaló y presentó el lugar desde el vestíbulo, y subió las escaleras de mármol. Aunque le habría gustado admirar un poco los cuadros que colgaban de las paredes y ver más de cerca la chimenea con molduras de piedra, Mankar siguió a Renzo sin hacer preguntas, obligado a ignorar también una puerta que casi parecía secreta, al pie de las escaleras.
Al llegar al segundo piso se encontraron en un pasillo desde el que se podía acceder a varias habitaciones. Renzo caminaba y señalaba los dormitorios de sus hermanos, pero seguía de largo sin abrir las puertas. Mankar notaba que, en este lugar más que en el resto de la casa, las verdes paredes se veían acabadas, debido a que el tapiz estaba desgarrado.
Renzo y Mankar entraron juntos a una de las habitaciones del segundo piso. Allí, una biblioteca abarrotada de literatura de todos los géneros los entretuvo durante al menos media hora. Casi todos los libros relataban historias sobre personas sin magia, aunque muchas eran protagonizadas por guerreros que debían vencer criaturas feroces. Otras, parecían ser novelas románticas, lo cual lo confundió mucho. Renzo le advirtió a Mankar que no podía entrar a cierta área, pues ahí se encontraban los libros más preciados de su madre y ela se enojaría si lo viera por allí. De nuevo Mankar se sintió sorprendido de ver que, aunque eran un pueblo en medio de la nada, tenían conocimientos bastante complejos. Un dato curioso se le quedó grabado en la mente: el lugar se llamaba Bosque de la Tinta porque había sido motivo de inspiración para toda clase de historias; «Ríos de tinta se necesitaron para escribirlas», dijo Renzo.
Subieron al tercer piso por una escalera diferente a la que llegaba desde la cocina, cubierta con una alfombra de color verde oscuro que combinaba con el color de las paredes. Llegaron a la sala circular, pero Renzo sólo mostró a Mankar una de las habitaciones: había allí un estudio parecido al del segundo piso, pero con mucho más espacio libre.
Mankar se sentó en uno de los sillones, el cual era bastante cómodo, y admiró la vista que tenía frente a una gran ventana de cortinas gruesas.
—¿Hace cuánto fue construida esta mansión?
Renzo aulló.
—¡Mucho tiempo! Supuestamente el mismo fundador del pueblo la construyó. Y eso tuvo que ser hace muchos siglos, como diez.
—¿Y se ha conservado tan bien? —preguntó Mankar sorprendido.
—¿A qué te refieres?
—Sí; es decir, es un edificio muy antiguo, no puede haber durado tanto... El tiempo tendría que haberlo deteriorado.
Renzo se quedó pensándolo. Luego, negó con un leve aunque rápido movimiento de cabeza.
—Eso no ocurre aquí. La mayoría de construcciones se han mantenido intactas desde que se fundó el pueblo. Se ha construido más casas debido al aumento en la población, pero tampoco han sufrido ningún deterioro.
—Qué raro... —dijo Mankar con el mismo asombro—. Pero tal vez ustedes construyen de otra forma que de donde vengo.
Aquí todo es diferente, Mankaú —comentó Vax.
Se escuchó la voz de Vila llamando a Renzo desde el primer piso. Mankar se quedó donde estaba mientras el joven bajaba las escaleras. Varios minutos después, regresó.
—¿Quieres ir conmigo a que te enseñe el pueblo? —preguntó sonriente.
—Claro.
—Ten mucho cuidado, no dejes que nadie vea la varita mágica. Y no te extrañe que te miren raro los demás habitantes del pueblo.
Bajaron hasta el primer piso y cruzaron la puerta de entrada, hecha de madera y muy gruesa. Una aldaba, también con forma de serpiente como la perilla, la adornaba. Un par de hipogrifos de piedra flanqueaban la entrada. Siguieron el sendero empedrado que dividía el jardín hasta llegar a la verja, para cruzar unas puertas dobles.
Renzo señaló la casa de Gata; se encontraba en una esquina frente a la verja de la Mansión Courtcastle. Anduvieron en silencio durante unos instantes. Renzo sólo hablaba para mostrarle a Mankar los lugares más importantes, pero la mayor parte del tiempo ambos estaban absortos en sus pensamientos.
En Greeman Place había tiendas de todas clases. La favorita de Mankar sin duda fue la dulcería, Pistachos Courtcastle, cuyo dueño era Markab, el hermano de Renzo. Ambos entraron y Renzo invitó a Mankar (ya que éste no tenía dinero) a toda clase de golosinas. Markab se mostró igual de incómodo con la presencia de Mankar, era el mismo joven que el chico vio por la mañana leyendo un libro cerca de Javier y su madre.
Mankar salió de Pistachos Courtcastle con los bolsillos muy llenos. Todo era muy sabroso. Comieron mientras recorrían el pueblo. Notó que la mayoría de las casas lucían igual de antiguas que la Mansión Courtcastle, pero ninguna de ellas llegaba a ser tan grande ni estaba tan separada del resto. Levantó una ceja al preguntarse si su amigo y su familia eran de la realeza, al menos dentro del pueblo.
—¿Tienes más hermanos? —preguntó Mankar con curiosidad.
—Javier, Markab y Laurita —respondió Renzo sencillamente—. Te los presentaré después.
Se detuvieron en una tienda en la que Renzo entró para comprar víveres que le había encargado su madre. Mankar lo esperó afuera (no había terminado de comer sus Galletas Lunita y aprovechó para comer las Grageas Ácidas). Finalmente, se sentaron juntos en la plaza central de Greeman Place. A lo lejos, por una calle, podía verse la Mansión Courtcastle. Mankar no dejaba de contemplarla.
—Este lugar es increíble —comentó.
—Siempre que trabajemos duro, podemos vivir sin que nos falten comodidades —respondió Renzo con sencillez.
—¿Aquí están a salvo del Dragón Rolo? —preguntó mirando a su amigo.
—Nunca se ha aparecido por aquí. Sólo se le ve volando sobre la parte más densa del bosque.
—¿Y si viniera alguna vez?
—Tendríamos que escondernos todos. Estamos preparados para ello. Hay refugios subterráneos en cada casa.
A Mankar no le agradó mucho la respuesta. Le preocupaba pensar que ni siquiera los habitantes antiguos del bosque estaban a salvo de todo peligro.
—¿Y si vinieran los vampiros?
Renzo sonrió con sarcasmo.
—Eso nunca pasará.
—¿Por qué estás tan seguro?
—Porque... —Renzo titubeó— porque ellos nos temen. Saben que somos muchos, que estamos siempre listos para defendernos y que conocemos sus debilidades.
—Ellos también se sienten muy seguros dentro de su territorio —dijo Mankar, recordando algunas de las palabras que había escuchado decir a los vampiros—. ¿Cómo puede ser que no se atrevan a venir aquí? Quiero decir, por todo lo que he escuchado de ellos, no me extrañaría que desearan controlar el resto del Bosque de la Tinta.
—Por mutuo acuerdo —dijo Renzo—. Nosotros tampoco entramos a su territorio. Ambos pueblos han compartido el bosque durante siglos y han sido enemigos quizás desde el inicio, cuando llegaron aquí. No... no podrás estar seguro del motivo. Pero nosotros no queremos perder gente nuestra en una pelea, y al parecer ellos tampoco. Mientras se respete este pacto, cada quien puede vivir en paz en su tierra.
Era asombroso cómo Renzo hacía parecer que ellos, los habitantes de Greeman Place, eran en verdad humanos. Mankar no podía dejar de preguntarse si además de los que vio en su visión habría más hombres lobo en el pueblo. Quizás era por eso, más que nada, que los vampiros no se atrevían a cruzar los límites de sus territorios.
—De donde yo vengo, los vampiros pueden realizar magia —dijo Mankar, tras una larga pausa.
A Renzo no le hizo gracia el comentario y miró a Mankar a los ojos fijamente.
—¿Todos?
—No estoy seguro. No sé cómo se crean. Aunque me da la impresión de que los que habitan el Bosque de la Tinta son muy diferentes.
—Nunca he escuchado que usen magia. Si supieran hacerlo, este pueblo estaría en ruinas, porque nosotros no sabemos usarla.
—No te preocupes. La magia... o al menos la de mi mundo... —Ver que esas palabras encajaban en la conversación alarmó un poco a Mankar, pero prosiguió— es algo que no se puede aprender. Sólo puedes nacer con ella; la heredas.
Tú eres una excepción —lo contradijo Vax.
«Pero no deja de ser cierto lo que dije», pensó Mankar.
—Si ellos fueran magos, o si ustedes lo fueran, ya lo sabrían —puntualizó Mankar.
Renzo bajó la mirada, desanimado. Pasaron un par de minutos de silencio. Mankar procuraba ignorar las miradas de curiosos que se fijaban en él.
—Siempre he pensado que este lugar es mágico —comentó Renzo, con voz soñadora—, al menos a su modo.
—No en todas partes hay vampiros, dragones o...
Licántropos —terminó Vax por él.
—O personas que vivan con ellos —dijo Mankar—. Son criaturas mágicas —Notó que, en el fondo, su conciencia le ayudaba a escoger las palabras que debía decir—. Este lugar está envuelto en magia. Si no, ¿por qué no hay una forma de salir de aquí, por ejemplo? Intenté todo lo que sabía. ¿Y cómo explicas que los edificios sean inmunes al tiempo?
Mankar había leído sobre los hombres lobo y sabía que ellos podían ser magos o muggles. En cambio, de los vampiros conocía muy poca información.
—Pero ¿y si los vampiros poseen la magia, pero no saben usarla? —se cuestionó Renzo con preocupación.
—Normalmente, los magos invocan su poder accidentalmente. Créeme, lo sabrían si tuvieran magia.
Pero Mankar no estaba muy convencido de sus palabras. Vax ya lo estaba contradiciendo antes de que terminara de hablar.
Mankaú... No puedes seguir generalizando. Recuerda que tú mismo pensabas que no tenías magia hasta hace poco más de un año. Además, no estamos seguros de que las cosas en este mundo sean iguales que en el que dejamos. ¿No dijo Renzo que creía que uno de los vampiros del bosque podía entrar y salir cada vez que quisiera? ¿No viste tú a Jose y a Gio desvanecerse? ¿Y si han aprendido esa magia?
«Renzo dijo que podían volverse invisibles», recordó Mankar.
Ningún muggle es capaz de hacer eso.
—Aunque... tal vez ellos sean diferentes... Espera, ¿todos los vampiros pueden volverse invisibles? —preguntó Mankar preocupado. Sería muy fácil para ellos entrar furtivamente en Greeman Place de esa forma.
—Creo que el efecto no dura mucho —respondió Renzo—. Pero sólo hasta hace unos meses nos enteramos de que podían hacerlo.
Mankar lo pensó muy bien antes de seguir hablando.
—Entonces... tal vez hayan aprendido a desarrollar su poder mágico. ¿No me dijiste que habían venido unos forasteros con varitas? ¿Qué pasó con ellas?
Renzo negó con la cabeza.
—No lo sé.
Piénsalo bien —dijo Vax—. Tanto vampiros como licántropos han existido en este bosque quizás desde el mismo tiempo, por lo que nos contó Renzo. Si unos tienen habilidades mágicas, ¿por qué los otros no?
«¿Te parece poco que puedan transformarse en lobos del tamaño de caballos?», preguntó Mankar.
Debe haber algo más allá. No son licántropos ordinarios. Recuerda tu visión. Ellos podían razonar y comunicarse.
«Parece que tú conoces mis recuerdos mejor que yo —respondió Mankar sarcástico—. Pero Renzo dice que no sabe nada de magia.»
Escuchaste a su madre anoche. Hay muchas cosas de su gente que no nos piensan contar —respondió Vax.
Mankar miró a Renzo, a su lado, protegiendo con una mano a sus ojos de la luz del sol, antes de responder.
«Pero ¿no recuerdas la expresión de Renzo cuando vio que yo tenía una varita? Ellos temen a los magos. Y acuérdate de la reacción de Vila cuando lo supo.»
¿Estás totalmente seguro? —dijo Vax—. ¿Y si sólo nos tienen miedo porque creen que somos más poderosos o tenemos más experiencia con la magia que ellos?
«¿Y la conversación que tú escuchaste? —preguntó Mankar—. ¿Por qué habrían de fingir? No creo que supieran que los espiábamos.»
Vax estuvo de acuerdo con eso.
Entonces... ¿crees que también los licántropos tengan su poder mágico escondido?
«Sí. Pero no tengo idea de cómo podríamos despertarlo.»
Pregúntale. «¿Te han pasado cosas increíbles, cosas inexplicables, cuando te enojas o te asustas?». Y luego le dices «Eres un mago, Renzo». Y él te dice «¿Que soy qué?»
«Ja, ja. Has visto mucho las películas de Harry Potter. Y así no es, además», dijo Mankar con sarcasmo.
Las has visto tú. Si no, yo no lo sabría —se burló Vax.
—Creemos que... —le dijo Mankar a Renzo— quiero decir, creo que tal vez los vampiros hayan aprendido a usar la magia. Y tal vez ustedes también sean capaces de hacerlo. A mí me... pasó algo parecido; descubrí que soy mago hace relativamente poco.
—¿Y cómo podemos saberlo?
Mientras escuchaba una risa burlona en su mente, Mankar preguntó:
—¿Te han pasado cosas inexplicables cuando te enojas o te asustas?
Renzo negó con la cabeza, desconcertado.
—No sé a qué te refieres... Depende de lo que sea raro para ti.
—Mmm... ¿podemos hacer algunas prácticas en un lugar donde nadie nos vea?
—Fuera de Greeman Place, en el bosque, supongo...
Mankar se levantó de un salto.
—¡Vamos!
—Espera, tengo que avisarle a mi madre...
—¿Qué edad tienes?
Renzo enarcó una ceja y miró a Mankar.
—No es que necesite su permiso —aclaró Renzo, frunciendo los labios y fingiendo enojo, con voz grave—. Sólo es para que no nos espere.
Regresaron juntos a la mansión, pero Renzo le pidió a Mankar que lo esperara afuera, mientras él iba a avisarle a Vila y a dejar los víveres. Unos minutos después, regresó.
—¿Necesitamos algo en especial?
—Por ahora creo que no —respondió el chico.
Condujo a Mankar hasta uno de los límites del pueblo y caminaron por la llanura hasta que el bosque se hizo cada vez más denso.
Mankar no podía dejar de notar que Renzo había evadido muchas de las preguntas que le había hecho directamente. Supuso que era parte de la promesa que le había hecho a su madre de no revelarle nada a Mankar que no debiera saber. Se obligaba a no pensar que su amigo no confiaba en él.
Renzo conocía el lugar a la perfección y llegaron juntos a un claro irregular al que era un poco difícil llegar, pues había matorrales altos y árboles muy juntos.
—¿Está bien este lugar? —preguntó Renzo.
—Creo que sí.
El muchacho comenzó a retirar todas las ramitas que había en el suelo y las piedras que pudieran incomodarles, y Mankar lo ayudó también. El suelo era bastante plano y no había casi nada de hierba; la luz del sol no alcanzaba a iluminar el lugar lo suficiente para que creciera vida.
—Dime qué hay que hacer —dijo Renzo de repente.
Pero Mankar y Vax ya estaban listos para comenzar.
—¡Accio!
Una piedra del tamaño de un puño, que se encontraba a varios metros detrás de Renzo, se elevó y salió disparada hacia Mankar. Renzo la esquivó con facilidad; no necesitó darse la vuelta para ver la piedra. Sonrió al ver la cara atónita de Mankar.
De día es Renzo; de noche, Peter Parker —dijo Vax asombrado.
—¿Cómo hiciste eso?
—Sólo sé hacerlo —respondió Renzo, quizás preguntándose si era tan extraño como para que Mankar tuviera esa expresión—. Creo que sentí que la piedra se acercaba. ¿Cómo lo hiciste tú?
—Es un encantamiento que aprendí el año pasado —respondió Mankar—. Supuestamente es muy complejo para mi edad, pero antes lograba hacer muchas cosas con ayuda y, aunque ahora no la tengo, puedo hacer algunas de ellas.
Renzo asintió levemente con la cabeza, con la mirada perdida.
«No puedo tomar a Renzo desprevenido...», pensó Mankar.
Tal vez yo pueda ayudarte —le respondió Vax.
«Todavía no sabemos si puede verte», le recordó Mankar.
¿Temes que reaccione igual que si ve al dragón?
«Claro, aunque verá algo peor, Saphiro.»
Mankar río de lo que acababa de pensar, pero Vax se mantuvo callado.
¿Saphiro?
«Sí, Eragon habla con Saphira mentalmente todo el tiempo. Con su dragona — aclaró—. Como tú y yo...»
Déjame los chistes a mí, ¿quieres?
No había terminado de pensarlo cuando vio a Vax materializarse junto a él. Abrió la boca y lo miró incrédulo, enojándose de un segundo a otro. Miró a Renzo alarmado, pero éste no cambió en absoluto su expresión. No veía a Vax. Muy ansioso, Mankar esperó, pero Renzo se mantuvo igual de tranquilo.
—¿Vamos a continuar? —preguntó el joven, por fin.
—Sí, sí —respondió el chico nervioso—. Eh... vamos a... —levantó la varita instintivamente, y Vax hizo lo mismo. Una lluvia de piedrecitas golpeó a Renzo desde todas direcciones, pero rebotaban en él de forma extraña, como la gota de agua que cae sobre un cristal, y no parecía afectarle en absoluto.
»Evidentemente no eres un humano normal —dijo tras unos segundos de silencio, después de que las piedras volvieron a quedar inmóviles. De todas maneras, ya sabía que Renzo no era normal.
—Mmm... soy normal entre los míos —le respondió este en voz baja.
Déjame intentar algo, Mankaú —dijo Vax.
—Adelante —respondió.
Renzo sólo tuvo tiempo para captar la mirada de Mankar, antes de que Vax exclamara:
—¡Expecto Boggart!
Mankar se estremeció. Miró a Vax incrédulo y su mirada rápidamente pasó a la punta de la varita de su conciencia, aunque no encontró nada en ella. Un poco aliviado, volteó a mirar bruscamente a Renzo, y dio un paso atrás.
La mirada de Renzo se endureció, al igual que toda su cara. Apretó las mandíbulas y empezó a mover su cabeza rápidamente, como si estuviera rodeado de abejas. Dio un paso atrás y adoptó una posición muy extraña. Su respiración se aceleró visiblemente.
—¿Mankar? —gritó con fuerza—. ¿Qué está pasando?
—¡Detente! —le ordenó Mankar a Vax, desconcertado con lo que ocurría.
Renzo empezó a dar brincos de dos metros de distancia, con la cabeza ligeramente inclinada hacia arriba, como si intentara escapar de algo que lo vigilaba desde el aire. Chocó contra un árbol al retroceder y dio la impresión de que el tronco se tambaleó.
—¡BASTA, VAX!
Su conciencia sonrió con malicia y mantuvo la varita igual de alta.
Renzo empezó a agitar los brazos desesperadamente; parecía al borde de un ataque.
—¿Mankar? ¿Estás aquí? —aulló Renzo con rabia.
—¿NO PUEDES VERME? —preguntó el chico, asustado.
Renzo golpeó el tronco de un árbol y éste se partió totalmente y cayó en el suelo con un golpe sordo.
—¡VAX, NO MÁS! ¡EXPELLIARMUS!
Un rayo rojo salió de la varita de Mankar y llegó hasta Vax. Sin embargo, la varita de su conciencia se mantuvo firmemente agarrada por su mano. El rayo desapareció justo en el momento en que su propia varita, la de Mankar, saltaba de su mano e iba a parar justo a unos metros de Renzo.
—No puedes atacarte a ti mismo —dijo Vax con serenidad.
Renzo vio la varita en el suelo y la agarró de inmediato. La levantó y la agitó con fuerza en el aire. Un potente rayo de color plateado brotó de ella y se extendió hasta chocar contra los árboles que estaban alrededor, aunque sin hacerles nada.
Las hojas de los árboles empezaron a caer a causa de una poderosa ráfaga de viento que los azotó. La luz plateada encegueció a Mankar, y cuando ésta desapareció, vio a Renzo tirado en el suelo. Vax ya no estaba allí.
• • •
«Tengo que... regresar...»
El bosque estaba tan silencioso que los pensamientos no podían distinguirse de las palabras en voz alta.
«Tengo que abrazarlo... devolverle el abrazo...»
La cara sonriente y los ojos de Boggart, su amigo de Harrylatino, se le aparecieron de la nada. ¿Por qué él sí había podido abrazar a Mankar?
«Necesito volver... aunque sea para eso...»
El quidditch, el Torneo del León Escarlata, el Laberinto, la snitch, los puntos, su club de Harrylatino, su padre... todo podía esperar más. Todo excepto Boggart. ¿Qué estaría pensando él en ese momento? ¿Quién más podía extrañarlo, además de él? ¿Se preguntaría dónde se encontraba Mankar? ¿Cómo podía responderle?
Miró a Renzo, inmóvil junto a sus rodillas, respirando despacio. Mankar se sintió profundamente agradecido de tener siempre alguien en quien confiar, alguien que lo pudiera respaldar. O proteger.
Qué curioso resultaba. Ahora había sido Mankar quien había conjurado el boggart falso, y quien se sentía preocupado por el efecto que había tenido sobre Renzo. Bueno, Vax fue quien lo conjuró pero, ¿cuál podía ser la diferencia?
Ahora su conciencia estaba completamente muda. Mankar estaba muy enojado con ella. No tenía por qué lanzar ese hechizo. Sin embargo, tenía mucha curiosidad por saber qué era lo que Renzo había visto, que lo había sacado de control, y por qué Mankar no había podido ver su mayor miedo.
—¿Renzo? —preguntó con timidez, chuzando suavemente el brazo de su amigo. Lo intentó varias veces, pero éste no reaccionaba. Comenzó a insistir con más y más fuerza, hasta zarandearlo con brusquedad, pero Renzo no respondía. Mankar comenzó a preocuparse seriamente.
Sólo está inconsciente —pronunció Vax, pero Mankar hizo de cuenta que no lo había escuchado.
De pronto, el ruido de un matorral y el quebrar de las hojas secas en el suelo hizo que Mankar se sobresaltara. Levantó la cabeza bruscamente y vio a Vila abriéndose paso entre los árboles, con la vista clavada en el lugar donde se hallaba Renzo. Un joven alto, de ojos grandes y cabello castaño y muy despeinado la acompañaba. Mankar no lo reconoció de inmediato: era Markab, el hermano de Renzo.
Ambos miraron a la vez al chico como si fuera un asesino, al tronco del árbol que Renzo había partido, y a éste, probablemente temiendo por su vida.
—¿Qué le has hecho? —rugió Vila.
Ella y Markab llegaron a donde se encontraba Renzo en dos zancadas. Vila hizo a un lado a Mankar con un empujón y se agachó para comprobar el estado en que se encontraba su hijo, mientras decía su nombre.
—Fue un... accidente —dijo Mankar con voz temblorosa. Intentó levantarse pero las piernas no lo sostenían, así que tuvo que apoyarse contra el tronco de un árbol.
Vila y Markab sentaron a Renzo, quien aún tenía los ojos cerrados, y continuaron intentando que recuperara la conciencia.
—¿Cómo... nos encontraron? —preguntó Mankar.
No hubo respuesta. Markab, con ayuda de su madre, colocó a Renzo en su espalda.
—Lárgate —ordenó Vila con desprecio.
Mankar los miró asustado.
—Yo... —Pero no supo qué decir.
—Ya se hace de noche. —Vila lo fulminó con la mirada—. Ve a la mansión y enciérrate en tu habitación. Pero te advierto algo: si Renzo despierta y nos cuenta que tú le hiciste daño a propósito, preferirás salir corriendo en este instante hacia el otro lado del Claro Negro. O no despertarás mañana. Y si no obedeces, peor.
Mankar no necesitó que se lo repitieran. Empezó a correr tan rápido como sus piernas se lo permitían, rogando por que sus pasos recorrieran el mismo camino por el que había llegado desde Greeman Place.
Demasiado asustado y preocupado para sentirse afortunado, llegó a la Mansión Courtcastle y entró por la puerta principal, abriendo con un hechizo la cerradura. Subió como un rayo las escaleras ignorando las personas que hablaban en la sala de estar, y al llegar al tercer piso entró en la habitación de Renzo. Cerró con un portazo y se quedó inmóvil, respirando agitadamente y pasándose las manos por la cara.
Se sintió desesperado por no saber lo que ocurría. Y frustrado por tener que esperar hasta el día siguiente para enterarse.
• • •
Aunque había amanecido hacía varias horas, Mankar cerraba los ojos con fuerza y escondía su cabeza debajo de las mantas. Sentía como si algo se le atravesara en el pecho cada vez que una imagen del día anterior pasaba por su mente. Tenía aún menos fuerzas de levantarse de su cama que veinticuatro horas antes. Y aún si lo hiciera, no podía salir de su habitación: le habían colocado seguro a la puerta poco después de que llegaron los demás a la casa.
Vax ni siquiera propuso colarse afuera de la habitación. Mankar, de todas formas, se habría negado rotundamente. Estaba muy enojado con su conciencia y no pensaba permitirle que siguiera haciendo más daño.
¿Qué tan grave podía haber sido lo que pasó con Renzo en el bosque? O mejor: ¿qué tan grave podía ser para los Courtcastle? Mankar ya había comprobado la terquedad de Vila y otros de los familiares de Renzo. No estaban dispuestos a aceptarlo; al menos, no por ahora. Ahora que Renzo había sido «atacado», precisamente un día después de su llegada, nada les impedía echar a Mankar de la mansión. O deshacerse de él.
Ahora que lo pensaba bien, estaba corriendo con mucha suerte al despertar vivo.
Dio vueltas en la cama, de la misma forma como había hecho durante las últimas ocho o diez horas, mientras sus pensamientos confusos seguían abrumándolo. Había tenido tiempo para pensar todo, pero le costaba saber qué era bueno o malo.
Había sido una noche muy larga. Durante varios momentos, una sensación espantosa lo invadía: era la mezcla de frustración, desesperación y tristeza de siempre. ¿Cuántos días llevaba viviendo en el Bosque de la Tinta? ¿Cuántas cosas había abandonado ahora que se encontraba en medio de la nada, rodeado de peligros? Sencillamente no podía soportarlo.
Tenía planes. Tenía cosas que hacer. Había personas de quienes no podía alejarse por mucho tiempo. Necesitaba regresar. Necesitaba irse de allí.
¿Cómo podía ser posible que un curso que empezó de una forma tan perfecta para él se hubiera ido a la basura de un día para otro? Él, que era capitán del mejor equipo del Torneo del León Escarlata, el mejor jugador de quidditch, el ganador de Laberintos, el futuro prefecto y Premio Anual...
¡Basta! —bramó Vax. No podía seguir conteniéndose—. ¡Deja de pensar en eso! ¡Cuando te lo dije era para que te dieras cuenta de lo valioso que eres, no para que creas que eres más importante que los demás! ¡Las cosas siempre pasan por algo! Y no has perdido nada: todo lo que en verdad necesitas lo tienes siempre para ti. Lo demás, viene y va.
La mirada de Mankar se endureció bruscamente. No necesitaba que nadie le dijera eso. Para él, todas esas cosas eran muy importantes. Él era privilegiado por tenerlas. No le importaba que para las otras personas no significaran nada.
Sí, quizás debía estar preocupándose por otras cosas. Había muchos que eran felices sin tener lo que él tenía. ¿Por qué él no?
«Porque yo no lo dejé voluntariamente. Me lo arrebataron», se dijo con firmeza.
Era un terco y un inmaduro, pero no le importaba en absoluto.
Esa desesperación que sentía se había ido intensificando durante cada día. En ese instante pensaba que no era capaz de continuar más. Se sentía rebelde, quería odiar a todo el mundo y se sentía peor al ver que la forma de escapar de ese infierno no llegaba por sí sola.
Unos pasos se acercaron a su habitación por el pasillo. Mankar escuchó, con la mirada perdida en las ramas de los árboles que se encontraban cerca a su ventana, que alguien le quitaba el seguro a la puerta. Los pasos se alejaron, y Mankar, muy ansioso, decidió esperar treinta segundos antes de levantarse a toda prisa.
Cruzó la puerta y caminó hasta la habitación de Javier, en busca de Renzo. Se encontraba abierta y se asomó, pero no había nadie allí.
Bajó las escaleras que conducían a la cocina, desde donde se escuchaban voces. Al reconocer la de Renzo, bajó sin pensarlo, pero se dio cuenta demasiado tarde de que estaba acompañado de toda su familia. Se detuvo a mitad de las escaleras pero era obvio que ya todos se habían dado cuenta de su presencia, pues las voces se callaron, así que se obligó a bajar.
—Buenos días —dijo lacónicamente.
Markab, Laura y Vila lanzaron una fugaz mirada a Mankar, sin alterar apenas su expresión seria. Gata y Javier no sonrieron como acostumbraban, pero respondieron su saludo.
Mankar se acercó a Renzo, quien se dio la vuelta y se levantó con energía.
—¿Cómo estás? —preguntó Mankar asombrado.
—Perfectamente —dijo Renzo sonriente—. Aunque no me acuerdo mucho de lo que pasó ayer.
—Pero ¿no sientes ningún dolor? ¿No te sientes débil?
—No. —Renzo hablaba animadamente—. Sólo necesitaba una noche de descanso.
Mankar estuvo a punto de preguntarle si recordaba que había hecho salir un rayo de la varita, pero se contuvo, pues los otros Courtcastle seguramente rechazaban ahora con mayor razón todo lo que tenía que ver con magia.
Con un amago de sonrisa, Gata dijo:
—Y menos mal Markab y Vila los encontraron rápidamente, porque si no... —se interrumpió bruscamente. Mankar pensó que era una exageración, ya que no habría pasado nada si se hubiera quedado solo con Renzo, aunque habría sido más difícil llevarlo de vuelta a la mansión. ¿O se refería a algo más?
Javier devoraba lo que tenía en el plato ruidosamente, mientras que los demás miembros de la familia desviaban la mirada y comían completamente en silencio. Renzo sirvió el desayuno a Mankar (él intentó ayudarle, pero Renzo se negó; no le dejaba hacer nada por ser «el huésped») y acompañó a la familia en la mesa sintiéndose muy incómodo.
—No quiero que vuelvan a practicar magia —dijo Vila con firmeza—. Si vuelvo a verlos intentándolo...
—Lo siento, mamá, pero no te puedo prometer eso —interrumpió Renzo, y empezó a hablar pausadamente—. Mankar y yo pensamos que los vampiros de alguna forma están aprendiendo a usar magia. Tal vez no sea un simple rumor que sepan aparecerse y volverse invisibles. Tú, más que nadie... —Se detuvo y luego continuó hablando—. Lo que quiero decir es que las cosas no son las mismas desde que esos intrusos llegaron al Bosque. Y ahora tenemos a un gran aliado. Quiero aprender de él y estoy lo suficientemente grande para cuidarme solo. Ya sabes que confío en Mankar y prometiste darle una oportunidad.
Vila se limitó a mirarlo fijamente. Mankar no pudo ocultar su sonrisa.
• • •
Renzo y Mankar regresaron esa tarde al bosque, al mismo lugar en que practicaron el día anterior. Mankar tenía miedo de que Vax interviniera nuevamente, pero aún no estaba seguro de contarle a Renzo sobre su existencia. Al fin y al cabo, no podía descartar que se tratara de un producto de su imaginación y no sabía cómo podría Renzo comprobar lo contrario.
—Tómala —dijo Mankar a Renzo, extendiéndole su varita. Él la miró frunciendo las cejas, pero Mankar lo tranquilizó—: Si hay magia dentro de ti, debes ser capaz de usarla. No te preocupes, no me harás ningún daño.
—¿Estás seguro?
—Estoy preparado.
Renzo la tomó, aunque seguía teniendo la expresión de inseguridad.
Podría lastimarte —dijo Vax.
«Tú me vas a proteger», dijo Mankar con dureza.
No soy tu sirviente.
«Entonces vete a ser la conciencia de otra persona si no te gusta. Yo tampoco estoy feliz con tener que escucharte a cada rato y ajustarme a tus caprichos. Este cuerpo y mente que habitas son míos, desde mucho antes que tú llegaras.»
Yo tengo mi propio cuerpo y mente —dijo Vax, ahora materializado junto a Mankar. Su cara no revelaba ninguna expresión.
«Desde ahora mismo te otorgo la libertad.»
Vax no respondió de inmediato. Sólo se limitó a levantar la varita y a mirar atentamente a Renzo. Sus palabras sonaron tristes.
Me gustabas más cuando nadie sabía quién eras y no habías ganado ningún Laberinto. Pero esos días se han quedado atrás, junto con el Mankar antiguo.
Mankar se quedó mudo. ¿Estaba siendo muy duro con Vax...?
Pero ¿quién se creía él para decirle esas cosas? Mankar no había cambiado en absoluto. No tenía que ser cierto sólo porque Vax se lo dijera. Y tenía razón en enojarse con él por lo del día anterior.
—¿Ocurre algo? —preguntó Renzo.
Sin darse cuenta, Mankar lo estaba fulminando con la mirada. Se obligó a sonreír.
—No, nada.
Se quedó pensativo un instante. La conversación con Vax había terminado.
—¿Qué vamos a hacer primero? —preguntó Renzo animadamente. Era el momento para explicarle lo que había ocurrido el día anterior.
—Renzo, ayer... —titubeó— te lancé un hechizo por error y tuvo un efecto en ti diferente al normal. Entraste en una especie de trance y luego tomaste mi varita y lanzaste un rayo plateado. ¿Lo recuerdas?
Él miró a Mankar completamente desconcertado y luego negó lentamente con la cabeza.
—No puede ser... —dijo en voz baja—. Por favor, no le cuentes a mi madre. Pensará que puedes hacer que la gente tenga alucinaciones, y más razones tendrá para relacionarte a los vampiros.
Mankar no lo había pensado de esa forma, pero se aseguró de recordarlo.
—Está bien. Por eso creo que hay que ver lo que puedes hacer con la varita. No va a funcionar al máximo poder porque no es tuya, pero si tienes magia podrás usarla. Agítala.
Renzo lo hizo inmediatamente, pero nada ocurrió. Sin embargo, no se detuvo, y unos instantes después una chispa plateada salió de la punta.
Mankar sonrió entusiasmado, aunque se preguntaba si la varita por sí sola podía hacer algo así. Después de todo, su núcleo estaba hecho de una parte de un animal muy poderoso.
—¡Qué bien! —dijo Renzo, y siguió agitándola.
El chico intentó transportarse a aquel día en que su padre quiso enseñarle cómo usarla. El recuerdo de las palabras de Merlín llegó claramente. También recordó lo que su profesor de Encantamientos le había enseñado.
—Lo primero que debes tener en cuenta es que no debes pensar en la varita como un objeto para hacer magia —dijo Mankar—. Tienes que sentir que es parte de ti... conéctate con ella. La palabra que uses no importa, sino la intención... lo que deseas hacer. Intenta iluminar la varita; el conjuro es Lumos.
—¿Conjuro?
—Sí, la palabra que invoca el hechizo.
Renzo cerró los ojos e intentó concentrarse. Abrió los ojos para mirar la varita fijamente. Su mano tembló levemente.
—Lumos... —pronunció con suavidad.
La punta se encendió y de ella salió una pequeña esfera de color plateado que brillaba con fuerza, y se quedó suspendida en el aire. Mankar la miró sin darse cuenta que tenía la boca abierta y sonrió ampliamente, al igual que lo hizo Renzo.
La esfera se desvaneció y Renzo empezó a brincar de alegría, murmurando cosas para sí mismo. Miró a Mankar y lo levantó en el aire con un abrazo estrangulador.
—¿Y dices que con mi propia varita los resultados son mejores? —preguntó con entusiasmo.
—Un poco —dijo Mankar—. Es como si te cambiaras los zapatos, la mayoría de las veces no te das cuenta. Más que nada es cuestión de costumbre.
Renzo asintió desviando la mirada, pensativo.
—¿Y cómo consigue un mago su varita?
—Las venden. Pero no te pueden dar cualquiera. Depende de muchas cosas. En donde yo la compré, te dan una caja que percibe cualidades tuyas, y de acuerdo a ellas busca una varita que te quede. Pero si la tuya tiene que ser una muy rara y difícil de encontrar, puede que te hagan más pruebas.
—Ah... O sea que yo no podría obtener la mía.
La frase quedó flotando en el aire un momento, Renzo se agachó y recogió una rama que había caído de un árbol. La examinó como si considerara las posibilidades de hacer magia con ella. Entonces Mankar tuvo una idea.
—En el colegio me enseñaron a fabricarlas.
—¿En serio? —La cara de Renzo se iluminó.
—Pues sí... aunque nunca lo he hecho. No estoy seguro de acordarme.
Mankar sabía que era algo bastante complejo, pero creyó que podía funcionar. La magia en el Bosque de la Tinta era muy diferente a la de su mundo, pero recordaba que el profesor Zancaturno había dicho en una clase que una varita podía estar hecha de casi cualquier cosa y un mago competente podría hacerla servir.
—¿Y qué se necesita?
—Por ahora, una rama de un árbol que sea resistente y una navaja, o algo que corte. Al final añadimos el núcleo.
—Pero yo no traje una navaja —se lamentó Renzo.
—Podemos tallarla con mi varita —propuso Mankar—, o si quieres irla a buscar a Greeman Place...
—No, no, no quiero que mi madre sepa... aunque... —titubeó—. No, hagámoslo aquí.
Renzo trepó ágilmente por las ramas de un árbol y arrancó con fuerza una de las más altas. No era muy grande ni pesada, pero hizo vibrar el suelo cuando Renzo la tiró.
Arrancaron un pedazo del grosor de una varita mágica y Mankar le arrancó las hojas. Como no tenía un instrumento para tomar medidas, trazó un haces de luz en el aire, del largo de su varita (de treinta centímetros), y los comparó a la estatura de Renzo, la longitud de su brazo, de su antebrazo, y otras medidas más. Después de medir alrededor de la cabeza de Renzo, agitó su varita una vez más y exclamó «¡Curteriam!». Sólo tenía que rozar levemente la madera para poder cortarla. Con mucho cuidado, empezó a tallarla lentamente.
No sabía la longitud exacta que tendría, pero cortó los extremos para que midiera unos cinco centímetros más que la suya. Era perfecta para las medidas que había tomado de Renzo.
—¿Podría intentarlo yo?
—Claro —dijo Mankar sonriendo. Le parecía una idea excelente.
—Curteriam —pronunció Renzo con concentración.
Empezó a tallar la varita con una gran facilidad. Era algo que se le daba muy bien. Estuvieron horas sentados en el bosque, dándole forma a la varita. Renzo lo hacía realmente bien, e incluso se las arreglaba para tallar figuras en la madera.
—La parte más difícil es el núcleo —dijo Mankar—. Hay que hacer un orificio en la varita y hacer un hechizo un poco complicado. Casi nadie lo sabe hacer sin usar la varita. ¿De qué criatura te gustaría que fuera el núcleo?
—No tengo idea.
—Sería buenísima una varita con núcleo de escama del Dragón Rolo —dijo Mankar.
Renzo rió.
—Es imposible conseguirla, a menos que encontremos su escondite —le dijo—. Pero yo estaba pensando en algo más relacionado conmigo.
—Tiene que ser algo pequeño y fino —dijo Mankar—. Preferiblemente de una criatura mágica.
—Mmm... tendré que pensarlo bien.
Probablemente terminaría con una varita con un núcleo de pelo de licántropo, pensó Mankar.
—¿Y en qué consiste ese hechizo? —preguntó Renzo.
—Es muy difícil hacer hechizos sin varita. Hay que colocar el núcleo sobre el orificio y, con una mano sobre ambos, se pronuncia unas palabras. Pero es necesario estar muy concentrado y tener cierto nivel de magia. Nunca olvidaré el conjuro, porque casi pierdo un examen por su culpa: Toketeria Nimato.
—Toketeria Nimato —repitió Renzo.
Mankar le ayudó a hacer el orificio, pero como estaba anocheciendo, regresaron a la Mansión Courtcastle. Renzo prometió dedicarse toda la noche a terminar de tallar la varita, para así poder buscar juntos el núcleo el día siguiente.
Pero cuando Renzo abrió la puerta del dormitorio por la mañana sorprendió a Mankar con una varita tallada a total perfección. No había ni una sola astilla, y algunas formas en relieve se alzaban unos cuantos milímetros de la superficie de la madera. El orificio del núcleo no estaba.
—¿Cómo lo hiciste? —exclamó Mankar asombrado.
Tomó la varita y la examinó más detenidamente. Su asombro incrementó cuando notó que algunos fragmentos no eran de la misma madera que habían usado el día anterior.
—Tal y como me lo enseñaste —explicó Renzo—. Utilicé el hechizo para combinar los elementos y aproveché para combinarlo con otra de mis maderas favoritas, que tenía guardada por ahí.
—¿Cómo puedes ser capaz? —preguntó Mankar incrédulo.
Quizás no era una varita con una de esas propiedades de elasticidad, ya que había sido hecha prácticamente a mano por dos inexpertos, pero de todas maneras los magos más antiguos tenían varitas como aquélla. Era perfecta.
—¿Y de qué es el núcleo?
—¡Y mira! —respondió de inmediato Renzo—. ¡Lumos!
De la punta de la varita se infló una esfera luminosa plateada, como la del día anterior, pero que se veía más consistente.
—¡Felicidades! —dijo Mankar con alegría.
—Ya quiero que me enseñes más. Tenemos que tener cuidado para que no se entere mi madre.
—¡Orchideous! —exclamó Mankar, y un ramo de flores brotó de la punta de la varita—. Prueba con esto si hay problemas —y se las entregó, imaginando el aspecto que tendría Vila con una flor en el cabello.
• • •
El hecho de que Renzo evadiera la pregunta acerca del núcleo de su varita de esa forma, cada vez que Mankar la hacía, era el mayor indicio de que la teoría que tenía era cierta. Pero era más feliz convenciéndose a sí mismo de que el núcleo no era un pelo de licántropo.
Durante los días siguientes, el sentimiento de frustración que invadía a Mankar era opacado por todos los momentos alegres que podía vivir ahora en el Bosque de la Tinta.
Poco a poco iba dejando de sentirse un intruso en la Mansión Courtcastle. La mayor parte del tiempo lo pasaba con Renzo y Javier. Pero también veía con frecuencia a Gataluna, quien siempre tenía una sonrisa deslumbrante para él. Era cuestión de tiempo para poder acercarse a Laura y Markab, los otros hermanos de Renzo. Mankar escuchaba atentamente los cuentos que Laura leía a Javier, de la biblioteca de los Courtcastle, y por otro lado, acostumbraba visitar la tienda de golosinas de Markab y comprar cosas de allí cada vez que Renzo le regalaba algo de dinero.
Vila parecía que comenzaba a adaptarse a su presencia, pues la mayoría de las veces le respondía el saludo. Aunque era evidente que faltaba mucho, muchísimo, para que fuera amable con él. Cada vez que Mankar llegaba a la habitación en que ella se encontraba se quedaba callada de inmediato. Siempre que ella necesitaba hablar con Renzo o algún otro miembro de la familia lo hacía en privado. Y casi todos los días salía de la casa sin dar aviso alguno y sin que nadie supiera a dónde se dirigía, pero obviamente Mankar no se sentía con derecho a preguntar. Suponía que podría tener alguna relación con las también espontáneas desapariciones de Gataluna.
La mayor parte del tiempo que Mankar y Renzo no estaban ocupados haciendo tareas domésticas (como la limpieza o buscar leña y comida) se dedicaban a practicar magia en el bosque. En muchas de las sesiones, Javier los acompañaba y miraba atentamente cada movimiento.
Renzo no sólo había logrado el hechizo Lumos, sino que también era capaz de convocar agua, producir chispas, hacer levitar objetos, repararlos y desarmar a Mankar, entre otras cosas, y además era capaz de realizar los hechizos de forma no verbal, es decir, sin pronunciar ningún conjuro.
Mankar era consciente de que el poder mágico de Renzo había despertado y probablemente llegaría a ser superior al suyo, pero aún así pensaba que debían avanzar poco a poco. Le enseñó algunos de los maleficios más simples que conocía y a veces se batían en duelo usándolos.
El maleficio favorito de Renzo era el de cosquillas. Incluso cuando no estaban practicando, solía lanzarlo a Javier y a Mankar, aunque teniendo mucho cuidado de no ser escuchados por nadie.
—¡Protego! —lanzó Mankar, siempre listo para defenderse del maleficio.
Renzo lo miraba con su característica expresión de enfado fingido y volvió a intentar lanzar el hechizo hacia Javier, pero Mankar hacía el encantamiento escudo a tiempo.
—Me gustaría que Javi pudiera defenderse solo —comentó Renzo, mientras veía a su hermano riendo.
—Sí, pero a los niños no se les permite tener varita sino hasta que entran a una escuela de magia. Aunque sería genial hacerle una, ¿no?
—Quisiera hacerle una a todos los miembros de la familia —dijo Renzo sonriendo con la mirada perdida—. Ellos deben tener magia también, estoy seguro. Podremos estar siempre listos para defendernos de cualquier peligro. —Renzo asintió con la cabeza—. Creo que es buena idea decirle a los demás que, si quieren, podemos crear varitas para todos también.
—Muchos no estarán de acuerdo.
—Pero es lo que el pueblo necesita.
Aunque faltaba bastante para que anocheciera, Renzo, Mankar y Javier regresaron al pueblo, comentando el asunto de fabricar varitas para todos. Al llegar frente la verja de la casa de los Courtcastle, se encontraron con Gata, que iba trotando y tenía cara de preocupación. Habló casi sin aliento.
—¡Renzo! ¡Te hemos estado buscando! ¡A tu mamá le pasó algo!
—¿Qué es? ¿Algo grave? —preguntó Renzo sobresaltado.
—¡Parece que sí! ¡Está en la mansión!
Renzo, sin perder el tiempo, alzó a Javier en sus brazos y corrió junto a Mankar, cruzando las puertas de la verja y el camino que llevaba a la mansión. Abrió la puerta de golpe y entró.
—¿Mamá? —gritó.
Dejó a Javier en el suelo y vio que había algunas personas sentadas en la sala de estar. Renzo entró como un rayo, y Mankar lo siguió, aunque sentía que se encontraba en un lugar equivocado.
Vila estaba recostada en un sillón negro, con los ojos cerrados. A ambos lados de ella, dos chicas jóvenes de una belleza igual de admirable tomaban de sus manos con fuerza. Mankar no las había visto antes. Las dos levantaron la mirada en cuanto Renzo llegó y miraron a Mankar con desconfianza, pero no dijeron nada.
—¿Cami? ¿Kalli? ¿Qué le pasó a mi mamá?
Por algún motivo, el corazón de Mankar se aceleró y le empezó a costar trabajo respirar. Vila abrió los ojos un poco y miró a Mankar fijamente. Aún con el cabello despeinado y la expresión de dolor, no dejaba de verse bella.
Su voz sonó débil, y aunque le hablaba a Renzo, no dejó de mirar al chico.
—Los vimos. A los vampiros. Tienen prisioneros. Hay más humanos en el Bosque. Son niños como él.
