Capítulo 17: La otra cara de la moneda

La mirada de Vila tuvo casi el mismo efecto que la de un basilisco. Mankar, paralizado, no sabía realmente cómo interpretarla. Tardó un instante en captar el significado de su anuncio.

—¿Niños como Mankar? —preguntó Renzo, preocupado.

Vila asintió débilmente.

—Hay humanos con los vampiros —dijo una de las muchachas que acompañaba a Vila.

—Y también tienen varitas —dijo la otra chica.

—Y se visten de la misma forma que él al llegar. Exactamente igual —concluyó Vila.

Mankar permaneció mudo. Lo comprendía: niños, compañeros suyos de Harrylatino, también habían sido enviados al Bosque de la Tinta. ¿Quiénes podían ser?

—¿Cómo lo saben? —preguntó Mankar levantando ligeramente la cabeza para respirar mejor.

Las tres muchachas miraron a Mankar fijamente, sin abrir la boca.

—¿Y cómo se encuentran esos niños? —preguntó Renzo—. ¿Están todos bien?

—No —dijo Vila con dureza—. Los vampiros los tienen encerrados, como si fueran prisioneros. Parece que les han robado las varitas y los matarán en cualquier momento.

—¿Cómo son? ¿Cuántos son? —preguntó Mankar rápidamente, empezando a perder la paciencia.

—Sólo vimos a uno —respondió una de las chicas.

—Hablaba con voz muy débil. —dijo la otra—. Decía una y otra vez unos nombres. Tenía miedo de quedarse solo. Preguntaba insistentemente por sus amigos.

—Una de las vampiras le respondía que sus cuatro amigos estarían bien si él cooperaba —continuó la primera chica.

—¿Cuatro? —preguntó Renzo—. ¿Son cuatro chicos los que están con los vampiros?

—Cinco, si cuentas el que vimos —puntualizó Vila.

Renzo se sentó a un sillón y miró a los demás con seriedad.

—Significa que... los vampiros los quieren usar para aprender magia.

—¡Y les robarán las varitas! —saltó Mankar—. ¡Hay que hacer algo!

Vila, Cami y Kalli no despegaron su mirada de Renzo. Sin embargo, Vila comentó con un hilo de voz:

—Quieren atacarnos. Tenemos que prepararnos.

—¡Madre! —dijo Renzo, poniéndose en pie de nuevo y acercándose decidido a Vila—. ¡Tienes que admitirlo, la única forma de que podamos defendernos del ataque de los vampiros es usando la magia que Mankar nos pueda enseñar! Ellos ya han aprendido muchas cosas y ahora usarán a estos chicos en contra de nosotros.

—Todavía conocemos muy bien sus debilidades —dijo Vila, subiendo el tono de la voz.

—Con magia se asegurarán de no estar en desventaja en ningún momento. Debemos intentarlo —insistió Renzo.

Vila cerró los ojos y negó con terquedad.

—Entonces buscaré en todo el pueblo personas que sí quieran defender a su gente —continuó Renzo.

—¿Quieres poner en peligro a todo Greeman Place? —interrumpió la chica que estaba a la derecha de Vila—. ¿Te parece que es lo mejor?

—Si los vampiros planean cruzar el límite de sus territorios, ya todos estamos en peligro —dijo Renzo.

De nuevo, hubo un instante durante el cual nadie habló.

—¿Cuánto tiempo nos queda antes de que vengan? —preguntó Renzo.

Cami y Kalli miraron a Vila.

—Aún no está decidido. Pero creo que serán al menos cinco o seis semanas.

—En ese tiempo podemos aprender lo suficiente —dijo Renzo con convicción—. Podemos crear varitas para todos...

—¡Renzo, por favor! —saltó Vila.

—¿Qué es lo que quieres entonces, que nos quedemos aquí sin hacer nada o que escapemos del pueblo? Incluso si huimos podrán encontrarnos fácilmente. Debemos luchar, como siempre.

Las tres muchachas miraron a Renzo sin saber qué responder.

—¿Qué nombres gritaba el chico? —preguntó Mankar con preocupación—. ¿Los recuerdan?

Los demás miraron a la chica que se encontraba al lado izquierdo de Vila.

—¿Cami, los recuerdas? —preguntó la madre de Renzo.

Cami respiró lentamente y tardó unos instantes en responder. Habló pausadamente y asintiendo tras pronunciar cada nombre.

—Roberto, Lesson, Tarru y Mankar.

—¡¿Qué? —saltó Mankar.

—¿Se llama igual que tú? —preguntó Renzo.

—¡Son los Guardianes de Nurmengard! —exclamó el chico—. ¡Yo soy uno de ellos!

Entonces el chico que vieron ellas era Gastón —dedujo Vax.

—¿Él cree que estás con ellos? —preguntó Renzo.

—Tal vez los vampiros le mintieron —dijo Kalli, la otra chica—. Le hicieron creer que también te tienen a ti.

Mankar miró ansiosamente a cada uno de los que estaban allí.

—Entonces... los Guardianes están todos allá... ¡Devil nos envió a todos al Bosque, estoy seguro!

—¿Quién? —dijo Renzo confundido.

—¡Hay que ir a salvarlos a todos! —exclamó Mankar.

Ahora las tres chicas lo miraron.

—Si los traemos aquí antes de que los vampiros aprendan lo suficiente, tal vez no se atrevan a venir —convino Renzo.

—Eso no funcionará —dijo Kalli con escepticismo—. Aunque los rescatemos, los vampiros se asegurarán de conservar las varitas.

—Yo iré solo —propuso Mankar—. No pondré en peligro el pueblo.

—Iremos juntos —dijo Renzo con firmeza.

Cami, Kalli y Vila lo miraron sin discutir. Como no había nada más que decir, Renzo tomó del hombro a Mankar y juntos salieron de la habitación.

• • •

¡Expelliarmus!

¡Protego!

¡Desmaius!

—¡Vamos, vamos! —exclamaba Mankar—. ¿Ustedes creen que ganarán un duelo como si jugaran «Piedra, papel o tijeras»? ¡El enemigo nunca esperará a que ustedes ataquen! ¡Levicorpus! —añadió, y se tiró al suelo para esquivar un chorro de luz dorado.

Mientras una silueta ahogó un grito al levantarse del suelo un par de metros y reía al verse colgando de un tobillo en el aire, Mankar se escondió detrás de un árbol y contempló la lucha.

Los rayos de colores que salían de todas las varitas iluminaban el claro como una noche llena de juegos artificiales. El claro, más amplio que el que en un principio usaban Mankar y Renzo para practicar, estaba lleno de habitantes de Greeman Place que habían accedido a aprender magia para rescatar a los Guardianes de Nurmengard y defenderse de un inminente ataque de los vampiros.

Para todos fue una sorpresa el hecho de que fueran capaces de utilizar una varita. Renzo y Mankar habían pasado un par de semanas fabricándolas para cada uno de los que quisieran aprender magia defensiva con ellos.

Mankar logró perfeccionar los haces de luz que creaba para realizar las medidas necesarias, ahora sin tener que compararlos con la longitud de su varita de caoba. Intentó recordar todo lo que había aprendido en clase de Encantamientos acerca de las varitas y resultó más fácil con la ayuda de Vax, que recordaba todo lo que había vivido Mankar con increíble exactitud, aunque hablaba con mucho cuidado desde que él y Mankar discutieron.

Renzo insistía en que él era quien debía ayudar a los futuros dueños de las varitas a colocar los núcleos de cada una, con el pretexto de que era una buena forma de introducirlos al uso de magia, aunque seguramente se debía a que la mayoría de ellos quería usar un pelo de licántropo en su varita. Mankar no se opuso.

Y a pesar de que no notaba nada que saliera mal, había un detalle que le inquietaba a Mankar: ¿no se suponía que la varita escogía al mago? ¿Acaso ellos estaban fabricando varitas que no servirían a sus dueños a la perfección? ¿Cómo podían estar seguros de que las medidas, las maderas y los núcleos que usaban eran los apropiados? No podían estarlo. Nada de lo que Mankar sabía acerca de varitas podía garantizarle que las que fabricaran «escogieran», o mejor, «le fueran leales» a sus amos.

Pero había que admitir algo: no lo hacían por placer, ni diversión ni en busca de beneficio propio: cada uno de los habitantes de Greeman Place que portaba ahora una varita había accedido a que la magia formara parte de su vida por el simple hecho de que necesitaba hacerlo para sobrevivir y proteger a los suyos. ¿Bastaba esa convicción para ganarse el respeto de la varita, por decirlo de alguna forma?

El primero en ceder fue Markab, el hermano de Renzo. No lo dudó ni un instante cuando éste le explicó la situación. Estaba dispuesto a luchar junto a él, pues no pensaba permitir que Renzo corriera peligro solo. Mankar tuvo la certeza de que todos ellos eran más humanos que una familia de muggles o magos normales.

Y, de la misma forma, cada vez más licántropos se fueron uniendo a ellos. Al principio, quizás, por curiosidad, pero poco a poco el grupo de magos de Greeman Place fue creciendo más y más, y el miedo a la magia se fue perdiendo. Tal vez a ninguno de ellos le importaba la suerte de los amigos de Mankar, pero él sinceramente se sentía más tranquilo y respaldado ahora que el pueblo lo empezaba a conocer y a confiar en él. Todos tenían un talento que no sabían usar, que estaba dormido, e hizo falta poseer una varita para despertarlo. Al menos ésta era la única explicación que Mankar lograba hallar.

Era agradable para el chico sentirse como una especie de líder o de profesor y poder comprobar el gran avance que tenían los nuevos aprendices de mago. Sintió, una vez más, que seguía los pasos de Harry Potter al crear un grupo para enseñarles lo que sabía de magia.

El resultado de poco menos de un mes de prácticas estaba ahora ante sus ojos: Markab lanzaba un embrujo paralizante a otro muchacho, quien lo esquivó con unos reflejos increíbles y lanzó un chorro de luz azul para contraatacar. Markab creó un escudo protector de tal forma que el rayo se reflejó y se dirigió hacia Renzo, quien dio uno de esos increíbles saltos de casi dos metros y lanzó desde el aire otro maleficio. Diego, el chico que se encontraba flotando al revés en el aire por culpa del maleficio de Mankar, tuvo que doblarse un poco para que el rayo no le diera en la cara.

Mankar miró a otro espacio en el claro y distinguió a Pantoja, un joven robusto y bastante rápido que en ese momento esquivaba dos haces de luz roja y contraatacaba con un maleficio de piernas unidas. Otro muchacho, Jacoby, lanzaba chorros de luz en todas direcciones, derribando a su amigo Juanse, pero no logró darse cuenta a tiempo del embrujo de Pantoja para esquivarlo. Mankar le había dicho tantas veces que se fijara en dónde apuntaba antes de disparar...

Había unas quince personas practicando esa tarde; algunas se habían sentado tras el tronco de árboles gruesos para descansar un poco, mientras el duelo de todos contra todos seguía librándose con los que quedaban en pie. Aunque Mankar no dejaba de dar consejos para corregir algunas cosas (especialmente a Diego), tenía que admitir que ahora sabían casi tanto como él. Algunos lograban hechizos inimaginables después de sólo unas semanas de empezar, aunque Mankar suponía que se debía a la edad que ellos tenían, pues él parecía ser el menor de todos. Incluso había sido fácil para Renzo y otros más aprender maleficios muy peligrosos, y Mankar había quedado boquiabierto al ver el poco daño que hacían incluso cuando impactaban en alguno de los duelistas y lo rápido que los licántropos eran capaces de sanar.

El cielo se estaba tiñendo de un color naranja y ya sólo quedaban tres personas en pie en medio del claro. Renzo, Pantoja y Markab se miraron con ferocidad, jadeando, hasta que uno de ellos decidió sentarse y los demás lo imitaron. Se desplomaron en el suelo para recuperar un poco el aliento, aunque seguramente el cansancio los hacía sentirse satisfechos de su práctica, así como lo estaba Mankar.

¡Liberacorpus! —dijo Mankar con indiferencia apuntando a Diego, quien cayó al suelo quejándose—. Nunca le des la espalda al enemigo, no lo olvides. Tal vez los vampiros nos rodeen cuando nos enfrentemos a ellos y va a ser mucho más difícil estar pendiente de todo.

Siguió caminando hasta donde descansaba Renzo, dando algunos consejos a quienes se los pedían o a quienes Mankar creía que les hacía falta, y felicitando a quienes lo merecían. Al llegar junto a su amigo, que estaba acostado sobre la hierba, le dijo sin agacharse:

—Es suficiente por hoy.

Renzo sonrió y asintió. Ya se aproximaba la hora de regresar a Greeman Place. Habían adoptado como regla nunca practicar de noche, y Mankar estaba muy de acuerdo, no sólo porque a él todavía no le permitieran salir de su habitación después de que se ocultaba el sol, sino también porque ¿qué pasaría si había algún intruso en el bosque y notaba los rayos de colores?

Caminaron exhaustos de regreso al pueblo. Mankar ya estaba tan acostumbrado a hacer ese recorrido que no le parecía tan largo. Todos iban comentando emocionados lo que habían logrado hacer esa tarde, impresionados por las hazañas de algunos.

En ocasiones, cuando tenían charlas como aquélla, a alguno (generalmente a Jacoby o Juanse) se le escapaba algo como «Y si hacemos todo esto como humanos, ya quiero ver cuando salga la...», pero callaba de inmediato al recordar que no podía decir en voz alta nada relacionado con su transformación en lobo en frente de Mankar. El chico pensaba que los demás debían considerarlo muy estúpido para creer que él no sabía lo que eran, o que lo eran ellos para creer que estaban guardando bien el secreto.

A Mankar ya no le espantaba la idea de convivir con esas criaturas, aunque podía ser porque todavía no había visto a ninguno transformado. Fuera como fuera, se sentía protegido y rodeado de gente que ya lo apreciaba, como mínimo. De hecho, también había disminuido la tristeza que sentía por abandonar Harrylatino, pues había logrado hacer nuevos amigos, entre los que se encontraban Diego, Juanse, Markab y, especialmente, Renzo. También tenía amigos cercanos por fuera del grupo de prácticas como, por ejemplo, Gataluna, quien se emocionaba mucho cuando Mankar le explicaba los avances de los demás, aunque no se animaba a aprender magia también, ni siquiera con la varita que él y Renzo habían fabricado para ella.

Llegaron a Greeman Place y lo atravesaron; poco a poco el grupo se fue dividiendo mientras cada uno regresaba a su hogar. Al final, sólo quedaron Markab, Renzo y Mankar, quienes entraron a la Mansión Courtcastle, bajo un cielo completamente rojo.

—Ve pronto a tu cuarto, que ya anochece —le dijo Renzo, y Mankar subió obedientemente al tercer piso de la mansión, después de despedirse de los dos hermanos.

Cerró la puerta y echó un vistazo al dormitorio de Renzo. Ya no quedaba casi nada que recordara el caos en la habitación que había unas seis o siete semanas atrás, cuando Mankar llegó al Bosque de la Tinta. La cama estaba destendida y había varios objetos revueltos en el escritorio. Renzo prácticamente había cedido su dormitorio a Mankar y no tenía ningún inconveniente en dormir con Javier, aunque el chico sí se sentía culpable por seguir ocupando espacio en la mansión.

Vio el libro que estaba leyendo en esos días, Siempre es de noche, tirado encima de las revueltas sábanas y se fue a sentarse en la cama para continuar la lectura. Unos minutos después, se escuchó el ruido de la llave en la puerta y Mankar quedó encerrado, como de costumbre.

Enfrascado en su lectura, que se había vuelto una rutina, se sobresaltó al escuchar una voz cerca de él:

—¿Cuánto tiempo más piensas quedarte aquí?

Los dos pares de ojos rojos se miraron fijamente, y Mankar no respondió.

A veces, en especial en la soledad del dormitorio, volvía a sentirse desesperado por todo lo que abandonaba de Harrylatino, y aún peor cuando las enumeraba. Se decía a sí mismo que lo que más extrañaba era su familia y sus amigos, aunque en el fondo no estaba seguro si estaba así por ellos o por desperdiciar el éxito que estaba logrando en todo desde el inicio de curso.

Pero también debía admitir que estaba feliz en Greeman Place. Allí no le faltaba nada y siempre contaba con Renzo para todo; la hostilidad por parte de Vila había disminuido, aunque ésta no pensaba aceptar la magia, a pesar de que Renzo le hubiera hecho una varita, ni tampoco Cami ni Kalli.

—¿No quieres irte? —preguntó Vax con la misma dureza, sin desviar la mirada.

Aunque Mankar no dijo nada y simuló volver a concentrarse en la lectura, la conexión que tenía con su conciencia le permitió a ésta conocer la respuesta a su pregunta.

—¿Qué estará haciendo tu papá en este momento? —preguntó Vax con frialdad—. ¿Jugando a la botella con los dementores?

Mankar le lanzó una mirada asesina.

—¿Qué demonios te pasa?

—¿Cómo puedes estar tan tranquilo mientras tu padre puede estar encerrado en prisión? —Vax hizo una mueca de asco.

—¿Y qué quieres que haga? —preguntó Mankar, a quien le molestaba el súbito enfado de Vax.

—¡Que lo intentes al menos!

—¿Intentar qué?

—¡Yo qué sé! ¡Salir de aquí, del Bosque!

—¿No ves que no hay forma?

—Ni siquiera la has buscado. Desde el primer día lo único que has hecho es tirarte en la cama esperando que la solución caiga del cielo.

—En este momento lo único que puedo hacer es preparar al pueblo para la lucha contra los vampiros.

—Muy noble de tu parte —dijo Vax con sarcasmo—. ¿Y eso cuándo pasará?

—No lo sé. Vila es quien sabe. Según los planes que ella oyó, serían dentro de cinco o seis semanas.

—¿Y hace cuánto lo dijo? ¿Seis o siete?

Mankar miró a Vax aguantando la respiración. La verdad era que en el Bosque de la Tinta se le dificultaba conservar la noción del tiempo.

—Nos estamos preparando para pelear —volvió a decir—. Vamos a rescatar a los Guardianes antes de que ellos lleguen. Vila dijo que nos avisaría.

—¡Pero podrían llegar esta misma noche, o la de mañana, o la siguiente! —saltó Vax—. ¿Cómo vas a participar tú, si no te dejan salir de noche? ¿Si los vampiros nunca salen de día? —añadió subiendo el tono de la voz.

Mankar volvió a quedarse callado.

—¿Y además pretendes que quince o veinte personas crucen el Claro Negro en una misión de rescate de cuatro chiquillos, corriendo el riesgo de morir enfrentados a un ejército de vampiros que podría ser cinco veces más numeroso?

Mankar miraba un punto en el vacío mientras escuchaba a Vax, sin ser capaz de darle la cara, considerando lo que le decía.

—¿Qué puedo hacer? —le preguntó a su conciencia en voz baja.

—Levantarte de la cama, para empezar.

—¿Y después?

—Intenta responderte a ti mismo. Deja de esperar que las personas hagan todo por ti. Ya no eres el pequeño squib que se esconde tras las faldas de Gaby.

Mankar lo pensó en silencio. ¿Cómo podía haber permitido que todo eso ocurriera? Todos los licántropos estaban aprendiendo magia pero ¿cuándo decidirían que estaban listos para ir a rescatar a los Guardianes? ¿Cuándo pretendía él comenzar a elaborar un plan para ello? ¿Pensaba acaso quedarse practicando magia pero nunca aplicarla de verdad? ¿Podía postergar más el rescate de sus amigos, de quienes ni siquiera tenía la seguridad que siguieran vivos?

En realidad, esas preguntas había ayudado a formularlas Vax. Era una de esas veces que Mankar sentía que su conciencia pensaba por él. Necesitaba sentir que pensaban juntos, por lo que añadió:

—No sé qué pasará cuando no les pueda enseñar nada más al grupo. No sé si nos atreveremos a luchar. No sé ni siquiera si valdría la pena.

—Piénsalo bien. Así como todos los de aquí están preparados para defenderse de cualquier intruso que llegue al pueblo, los vampiros deben estarlo también, de su lado del bosque.

—No puedo llevarlos allá.

—Hay cosas que tú sabes hacer, que ellos no.

—¿Cómo qué?

—Puedes volverte invisible —puntualizó Vax. Caminó hasta la ventana y se recostó en la pared, mirando a Mankar como si lo retara.

—¿Y puedo entrar en los dominios de los vampiros, yo solo, sin que lo noten?

—Percibirán tu olor. Ahora hueles como Renzo y su familia.

—Entonces ¿qué haré?

—Es cosa tuya.

—No tengo idea...

Mankar, desanimado, se volvió a recostar en la cama.

—¡Perfecto! —Vax volvió a hablar con agresividad—. ¡Al menos esta vez la decisión te duró un poco, antes de volver a rendirte, a echarte en la cama!

—¡Pues dime qué puedo hacer! —rugió Mankar—. ¡Criticas todo lo que hago pero nunca das una solución!

—Me gustaría saber qué quieres que haga yo, además de hablarte, porque te recuerdo que bien puede que yo no exista —dijo Vax con sarcasmo, citando un pensamiento que había tenido Mankar en varias ocasiones.

—Es tan fácil hablar, pero, ¿has imaginado cómo debe ser estar en mi lugar?

Vax soltó un risa sarcástica.

—¿Crees que yo tomaría las mismas decisiones que tú, que permitiría que todo esto ocurriera?

—¡Me gustaría que al menos dejaras de quejarte de todo lo que yo hago! Ojalá fuera yo la conciencia cuya única función es criticar...

Estaba tan furioso con Vax que hizo ademán de tomar su varita sin darse cuenta. Intentó calmarse; sabía que estaban haciendo mucho ruido y que se suponía que Mankar estaba solo.

Respiró profundamente. Inhaló... Exhaló...

Miró a Vax junto a la ventana y se quedó sin respiración. Al principio pensó que la estaba aguantando, pero tras un par de segundos se dio cuenta de que era incapaz de respirar. Le entró un ataque de pánico, aunque no podía moverse, al pensar que se ahogaría...

Parpadeó lentamente, mientras sentía una fuerza que lo empujaba desde todas direcciones, pero, a la vez, había perdido el sentido del tacto. Y quizás también los otros cuatro.

Y antes de que pudiera pensar en una explicación a lo que ocurría, incluso la más vieja de todas, recuperó la vista. Ante él estaba el mismo dormitorio, exactamente igual que como lo había dejado.

Sólo había una diferencia: de algún modo, se había levantado de la cama y ahora la veía en frente suyo...

Pero había cosas más importantes en qué pensar. ¿Qué le había pasado? Todavía sentía como si no tuviera sentido del tacto. Intentaba moverse, pero no lo lograba. Era como estar preso.

Y, extrañamente, se sentía más libre que nunca.

Aunque él no la sintió, ni era su intención, su boca se movió y habló con una voz diferente a la suya: era la voz de Vax.

—Tú lo pediste. Bienvenido a mi mundo.

Mankar estaba demasiado asustado para entender las palabras que escuchaba. ¿Por qué no podía respirar? ¿Por qué no sentía la necesidad de hacerlo? ¿Y qué había pasado con su sentido del tacto? ¿Y el latido de su corazón? ¿Así se sentía morir?

¿Qué pasó? —intentó gritar. Escuchó claramente su voz, pero sabía que su boca no se había movido.

Su cuerpo se movió sin que él se lo ordenara. Veía todo de una forma diferente, como si fuera la primera vez que lo hiciera, pero seguía sin sentir nada a su alrededor.

Y su cabeza se movió por sí sola. Sus ojos hicieron lo mismo, y enfocaron un espejo que había en la habitación. Un par de destellos rojizos le devolvieron la mirada desde la cara de Vax.

¿Qué has hecho? —preguntó Mankar, aunque sabía perfectamente la respuesta.

La cara del espejo levantó levemente una ceja y movió la comisura de los labios, como quizás se habrían movido si hubiera articulado las palabras que pensó:

«Ahora seré yo quien decida qué hay que hacer y tú te quedarás mirando desde mi mente, criticándolo todo. ¿No era lo que querías?»

Mankar escuchó con claridad a Vax. Tenía la certeza de que nadie, ni aunque se encontrara junto a él, podría haberlo escuchado. La frase que definía la situación logró formarse en la mente de Mankar:

¿Ahora soy tu conciencia? —preguntó, con un leve tono de gracia.

«Y yo el aconcienciado», respondió Vax.

¡Esa palabra no existe! —pensó Mankar, y se imaginó a sí mismo dándole una palmada en la nuca a Vax.

«Nada mal para ser tu primera crítica», dijo éste, y empezó a bailar frente al espejo. Lo curioso era que no estaba vestido con la ropa que Renzo le había prestado semanas atrás (sucia y remendada), sino que tenía la túnica de estudiante de Ravenclaw de Harrylatino.

¿Qué haces? —preguntó Mankar, sabiendo que se ruborizaría si pudiera ver su ó moverse, pero era inútil.

«Sólo pruebo cómo es esto. ¡Déjame!»

¿Por qué lo hiciste? —pensó Mankar, comenzando a enojarse.

«Porque me encanta moverme», respondió Vax encogiéndose de hombros.

¡Me refiero al cambio de cuerpos... o de lo que sea!

«En realidad, ni siquiera sabía que podía —pensó Vax—. Es decir, ya habíamos hecho antes algo parecido, ¿no? Pero ahora es diferente... ahora lo siento todo, puedo moverme, tocar los objetos, siento frío... Ahora estoy verdaderamente fuera de tu mente. Y creo que es la única forma de entrar en los dominios de los vampiros sin ser descubiertos. Yo no tengo olor a perro.»

Mankar sintió miedo. Su corazón se habría acelerado y habría aguantado la respiración un instante, pero no tenía corazón ni pulmones en ese momento.

¿Quieres ir ya? —preguntó Mankar con timidez.

«No quiero poner en peligro a Renzo ni a los suyos», respondió Vax con firmeza.

Si llevamos la gorra invisible, nos será más fácil encontrar a los Guardianes —sugirió Mankar.

«De invisibilidad —corrigió Vax—. ¿Cuánto crees que tardemos?», pensó, sin dejar de contemplar el espejo.

Si nos damos prisa, podríamos estar de regreso mañana, tal vez antes de que se den cuenta de que desaparecí —dijo Mankar mentalmente.

«De acuerdo —respondió Vax—. ¿Estás listo?»

¿Lo estás tú? —preguntó Mankar con ironía. Ahora era él quien estaba bajo la protección de la mente de Vax y no tenía que preocuparse por nada: ya ninguna acción sería su responsabilidad.

Vax sacó la gorra de invisibilidad y se la colocó. Su reflejo en el espejo desapareció. Caminó hacia la puerta, levantó la varita y se apuntó con ella; la atravesó como si ésta fuera un holograma.

El tercer piso de la mansión estaba ya a oscuras. Vax bajó las escaleras pisando con suavidad la alfombra verde que la recubría para no hacer ningún ruido. Miró por la amplia ventana que había frente a él antes de seguir bajando y vio aquello que iluminaba su camino: la luna llena, blanca y brillante.

«Qué buena suerte tenemos», pensó Vax con sarcasmo.

No tenemos opción. No podemos esperar hasta mañana. Podría ser demasiado tarde para todos —dijo Mankar, aunque no le hacía ni pizca de gracia encontrarse a algún habitante de Greeman Place convertido en lobo. No lo había hecho antes y prefería seguir simulando que eran todos humanos.

Vax siguió bajando las escaleras. Llegó al vestíbulo sin encontrarse con nadie: al parecer, los Courtcastle estaban encerrados en su habitación, también. Un suave susurro se escuchó en la cocina, pero Vax decidió ignorarlo y se dirigió a la puerta. No estaban seguros de si, ahora que habían intercambiado papeles, tampoco podían ver a Vax.

En vez de tomar la perilla con forma de serpiente, hizo el mismo truco con la varita para atravesar la puerta. Dio unos pasos y bajó los escalones que había para tomar el sendero. Vax miró la puerta de la mansión (sus ojos se clavaron un instante en la aldaba con forma de serpiente, que tanto le recordaba a la casa Slytherin) preguntándose si de verdad podría regresar pronto, y le dio la espalda caminando sin vacilar.

Vax rodeó el pueblo en lugar de atravesarlo, pues no quería encontrarse con nadie, y menos que alguien se diera cuenta de su presencia. Llegó así al inicio de la calle por la que Renzo y Mankar habían entrado la primera vez y empezó a caminar a paso firme sobre la hierba, en dirección al oscuro bosque.

Los árboles empezaron a rodearlo y pronto el Bosque de la Tinta era tan denso que la luz de la luna no lograba alcanzar el suelo, de forma que Vax no sabía dónde pisar.

No enciendas tu varita —le pidió Mankar.

«No lo iba a hacer; nos descubrirían», respondió Vax.

Era tan extraño... Habían cambiado realmente de papeles. Mankar se había acostumbrado rápidamente a que lo único que podía hacer ahora era mirar y escuchar lo mismo que Vax, y transmitirle sus pensamientos. No podía moverse porque no tenía nada que mover, pero no se sentía mal por eso. Sólo debía dejarse arrastrar. Incluso, si no se encontraran en una situación tan peligrosa, Mankar habría pensado que sólo debía comportarse como si estuviera viendo una película y disfrutarla.

Ahora que no tenía que preocuparse por tomar las decisiones (que en ese momento consistían básicamente en escoger el suelo que pisar y el lado por el cual rodear el árbol), podía pensar todo con más claridad. Podía evaluar cada posibilidad que se presentara, un poco frustrado cada vez que Vax no hacía lo que Mankar habría hecho en su lugar. Se preguntó qué tanto podría soportarlo más adelante, cuando entraran al territorio de los vampiros, en donde un paso en falso podría hacer la diferencia entre la seguridad y el peligro...

Un aullido potente aunque lejano cortó el silencio y Vax sintió escalofríos, mientras en su mente se formaban las palabras «Es prácticamente la única criatura fantástica que se dedica de manera activa a cazar seres humanos, pues los prefiere a cualquier otra presa».

El bosque se hacía interminable. Vax aceleraba el paso cada vez más, hasta que empezó a trotar. El suelo crujía o vibraba a cada paso que daba. Perdió el aliento después de unos minutos y aún no se veía nada más que las enredadas ramas de los árboles que crecían muy juntos. ¿Cómo podría saber cuándo había atravesado la línea que delimitaba los terrenos? ¿Cuánto tiempo más tendría que seguir avanzando al estilo muggle para llegar allí?

Se escuchaban desde sus espaldas, a varios kilómetros quizás, los aullidos de los lobos. Vax se preguntó qué habría sentido Mankar si los hubiera escuchado esa noche desde su habitación. Estaría al borde de un ataque. Y es que, después de todo, era la primera noche de luna llena desde que llegó al Bosque de la Tinta. Y pensar que Mankar estaba tan seguro de que no se quedaría allí lo suficiente para que llegara esa noche...

Qué extraño —le dijo Mankar a Vax—, pensé que el ciclo lunar tardaba menos de un mes. Estoy seguro de que llevamos aquí más de cuatro semanas; la luna llena debió ser hace mucho.

«Haz de cuenta que es otro mundo, Mankaú. U otra luna», pensó Vax sencillamente.

Y es que siempre resultaba imposible saber en qué fase se encontraba la luna, ya que un grupo de altos y frondosos árboles tapaban el cielo que se veía desde la ventana de la habitación de Mankar; nunca la había visto antes del atardecer y no podía hacerlo después.

«Este bosque es interminable...», pensó Vax con fastidio.

La primera vez que Mankar había atravesado ese terreno le había costado todo un día, aunque en varias ocasiones él y Renzo se habían detenido. Vax habría usado algún encantamiento para agilizar su viaje si no hubiera sido tan peligroso...

Caminó durante horas. Estaba acalorado y exhausto, y resoplaba cada vez que la túnica se enredaba con una rama, tropezaba o se le dificultaba especialmente encontrar un camino transitable. Se preguntó si alguien vería el barro colgando de sus zapatos, aunque él tuviera la gorra de invisibilidad puesta...

Cruzar el bosque en una noche tenía que ser una hazaña de la cual sentirse orgulloso, pero no había nadie que pudiera aplaudirla. Muy sucio y sin aliento, Vax logró atisbar una extensión de hierba que se veía plateada a la luz de la luna. Los árboles ahora estaban un poco más separados unos de otros hasta que, bruscamente, llegó al límite con el claro.

No era precisamente un alivio, pues el Claro Negro, además de parecerle un lugar prohibido, le producía miedo e inseguridad: allí habían asesinado a Cronista y Andrés, y allí había visto al feroz Dragón Rolo volando por encima suyo y lanzando fuego.

Vax tomó aire. Contó hasta tres varias veces, pero no se atrevía a poner un pie en el claro. Volvió a contar y un aullido cortó el silencio una vez más, lo cual por algún motivo impulsó sus piernas y reanudó la marcha. La hierba se hundía bajo sus pies y supuso que alguien que estuviera por allí se daría cuenta.

Deseando que se estuviera encaminando en la dirección correcta, un par de minutos después empezó a verse rodeado de árboles, y su corazón empezó a latir desbocado. Aunque, si lo pensaba bien, corría el mismo peligro desobedeciendo las órdenes de quedarse encerrado, y más aquella noche que era luna llena.

Intentó reconocer algo del camino que había recorrido cuando encontró a Javier perdido, pero era imposible, incluso aunque la luna iluminara un poco más. A simple vista, el bosque del otro lado era exactamente igual.

A veces se recostaba en un tronco y miraba a su alrededor, esperando escuchar ruidos, aunque evidentemente estaba solo. Se planteaba con frecuencia regresar a Greeman Place, incluso sin importarle lo lejos que había llegado ya, y le asombraba que Mankar no dijera nada al respecto; quizás su nueva conciencia se había propuesto ser más paciente porque sabía lo que se sentía, o porque quería vengarse de Vax dejándolo todo en sus manos.

Se sentó junto al tronco de un árbol, después de unos cuantos minutos de recorrer un camino empinado, planteándose pasar la noche allí. No habría podido escapar de Greeman Place de día, pero ahora le parecía una total estupidez llegar al pueblo de los vampiros de noche, cuando todos estaban despiertos. Volvió a mirar a su alrededor y se dio cuenta de que la mayoría de las ramas de los árboles estaban desnudas, sin hojas, como si hubieran sido arrebatadas por una fuerte ventisca o por el clima de alguna estación. Sin embargo, además de la frecuente lluvia que caía por el Bosque de la Tinta, Vax no recordaba ningún fenómeno que afectara así los árboles del otro lado del claro.

La luna fue tapada por unas nubes grises que cubrían gran parte del cielo hacia donde se dirigían. Parecía que auguraban una tormenta, pero no se sintió más que frío, afortunadamente.

El silencio del bosque lo ponía muy nervioso, lo hacía sentir más inseguro. Imaginaba movimiento por todas partes y hasta creía escuchar ramas crujiendo. Sentía que estaba al borde de un ataque de nervios y no se atrevía a moverse.

A su lado apareció Mankar.

Este bosque debe estar lleno de vida, ¿no crees? —pensó, intentando tranquilizarlo. Mankar notó que, aunque Vax podía verlo, él realmente no había salido de su mente. Era como si pudiera hacer que lo imaginara a su lado.

«Pero recuerda que los vampiros estaban patruyándolo la noche que llegamos», respondió Vax ansioso.

Ellos no conocen tu olor, y esta vez no han detectado tu presencia porque no has realizado ningún hechizo —dijo Mankar razonable—. Tranquilo, todavía tienes tu varita y tu gorra invisible...

«De invisibilidad», pensó Vax sencillamente.

Mankar desapareció y Vax lamentó que se fuera, pero en el fondo suponía que estaba más seguro así.

Un grito muy lejano se escuchó apagado. Tanto, que incluso creyó que había sido su imaginación, pero Mankar también lo había oído.

Estamos cerca —anunció Mankar.

No había sido un grito de terror, más bien parecía que alguien llamaba a otra persona. Aun así, Vax se levantó de un brinco y empezó a correr; tenía la horrible sensación de que había alguien detrás suyo, observándolo.

Por entre los árboles logró distinguir luces débiles que oscilaban. De igual manera, percibió otros sonidos: voces, golpes metálicos y pasos arrastrados.

El bosque terminó con brusquedad. Vax se encontró en un campo abierto, no tan grande como el que rodeaba Greeman Place. A pocos metros de allí, observó grupos de casas blancas de un color fantasmal, casi todas de un solo piso, algunas con luces titilantes desde las ventanas. La luz de la luna no alcanzaba a llegar a las casas, debido a las espesas nubes que cubrían el cielo.

¿Dónde estarían los Guardianes de Nurmengard?

Ahora resultaba mucho más difícil avanzar, a pesar de que el suelo era completamente plano. ¿Qué podía hacer ahora? ¿En qué lugar estaría a salvo? ¿Podría ser que los vampiros detectaran de alguna forma su presencia, igual que en la primera ocasión descubrieron a Mankar y a Javier bajo la gorra de invisibilidad? No, eso era imposible. Ahora no olía a licántropo. Y ahora podía defenderse de cualquiera que lo atacara. Él tenía una varita y conocía muchos hechizos, aunque ahora se le dificultara más recordarlos todos...

Dio un par de pasos hacia la calle principal, pero un par de figuras salieron de la puerta de una casa soltando una risa estridente, así que Vax, horrorizado, se escondió en un callejón y decidió esperar a que no hubiera nadie por allí. Sin embargo, las calles del pueblo eran muy transitadas.

Se perdió en la oscuridad y caminó a tientas, evitando cualquier persona que pasara por allí. Husmeó en todas las ventanas que podía, pero no veía más que casas aparentemente normales... No tenía idea de dónde podían estar presos los amigos de Mankar.

—Claro, claro —decía una voz femenina con tono natural aunque era bastante aguda—. Yo le he dicho que tenga mucho cuidado, pero él siempre se desaparece... Ojalá que no se den cuenta, porque creerán que está metido en algo que no debe.

Una voz de hombre le respondió:

—Ya sabes cómo es, Mange. No creerás que está yendo al Claro Negro, ¿cierto? Entonces no hay nada de qué preocuparse.

Vax vio las dos siluetas pasando y la luz de una ventana iluminó sus pálidas caras de brillantes ojos rojos, haciendo que se estremeciera.

Aparte de ti, los únicos humanos que hay en este lugar son los Guardianes —le dio Mankar como pista.

«¡Homenum Revelio!», pensó Vax claramente, y agitó la varita para lanzar aquel hechizo no verbal.

Una especie de aire denso salió de la punta y se desplazó en todas direcciones, y Vax se sintió envuelto por él. Pasados unos segundos, desapareció, pero al mover de su varita notó una pequeña fuerza que tiraba de ella, señalándole el camino que debía seguir; se podía ver una especie de hilo dorado muy tenue.

Vax la empezó a seguir, aunque no le hizo ni pizca de gracia que tuviera que atravesar las calles en su camino. Se aseguró de que hubiera pocos vampiros cerca cada vez que decidiera salir de su escondite en los callejones.

El pueblo de los vampiros se veía tan grande y antiguo como Greeman Place. Las calles estaban tan habitadas como si fuera de día y probablemente se debía a que para ellos el inicio del día empezaba cuando el sol se ponía. A Vax le sorprendió mucho encontrar niños por ahí, riendo y jugando, en escenas muy parecidas a las que normalmente veía en Greeman Place, pero no se atrevió a sentir el mismo calor ameno que proporcionaban los licántropos, porque tenía la impresión de que ellos eran mucho más salvajes y peligrosos.

Pero, ¿acaso no viste que los licántropos son igual de sangrientos? —le recordó Mankar—. ¿No recuerdas lo que le hicieron a Cronista y Andrés? Y si no hubieras salvado a Javier, ¿Renzo te habría aceptado? Vila no habría tenido ningún motivo para perdonarte la vida la tarde que llegaste a su casa.

Era que su único encuentro con los vampiros había estado a punto de terminar trágicamente. Jose y Gio, los dos vampiros que escaparon al escuchar el rugido del Dragón Rolo, estaban a punto de atacarlo. No tenía ningún concepto positivo de los vampiros.

Aunque estaba seguro de que los sentidos de ellos eran tan agudos como los de los licántropos, ninguno pareció darse cuenta de su presencia en ese lugar, quizás porque había tanto movimiento dentro y fuera de las casas, lo cual significó una sorpresa para Vax.

Conforme iba avanzando, los callejones se hacían menos frecuentes y no tuvo otra opción más que avanzar por las calles principales, aunque con mucho cuidado de alejarse de los vampiros, que mantenían conversaciones tan cotidianas que, de no ser porque utilizaban una voz ligeramente fría y susurrante, habrían pasado por normales, aunque no podía negar que algunas voces parecían más humanas que otras.

La tira dorada se dirigía al final del pueblo, a una casa majestuosa de dos pisos, que recordaba un poco a la Mansión Courtcastle, sólo que no estaba cercada por una reja. Un camino que atravesaba un jardín de flores inmensas llevaba a una puerta negra. Pero obviamente Vax no iba a recorrerlo, pues habría sido una imprudencia, y además su varita le indicaba otro lugar.

Rodeó la casa por el lado izquierdo, por detrás de unos arbustos, y se encontró con un pequeño vidrio situado en la parte baja del muro, probablemente la ventanilla de un sótano, que era atravesada por la tira dorada que señalaba el camino.

«Aquí es —pensó Vax—. ¡Alohomora!»

Con un chasquido, la ventanilla rotó verticalmente un poco, y aunque la abertura que dejó era bastante estrecha, Vax estaba seguro de que lograría entrar. El interior estaba totalmente oscuro.

Ten cuidado, podría haber alguien allí.

«Seguro que aquí están los Guardianes, porque el hechizo me condujo aquí», razonó Vax.

Metió la cabeza por la abertura y la atravesó lentamente, evitando hacer ruido. Bajó y apoyó los pies sobre una superficie lisa. Dio un paso al frente y supuso que se encontraba sobre el suelo; el techo era bastante bajo. Como no tenía otra opción, encendió su varita, lo suficiente para ver el lugar.

Había un par de camas en el sótano y el piso estaba lleno de objetos pequeños. Un bulto en las sábanas le indicó a Vax que había alguien durmiendo allí, precisamente donde terminaba la línea dorada. Se acercó y le miró la cara.

Era Gastón Weasley, uno de los Guardianes.

—Gastón, Gastón, despierta —lo llamó Vax, susurrando mientras lo movía levemente—. Vámonos de aquí, no hay nadie a la vista.

«Se preguntará quién eres», le dijo Mankar.

—Pero no soy de los malos —le respondió Vax en voz alta. Su corazón latía demasiado rápido, no tenía tiempo para pensar en nada.

El muchacho se movió y Vax se sobresaltó.

—¿Quién eres? —preguntó Gastón con voz débil—. ¿Por qué enviaron a otro?

—¿A otro qué? ¡Yo soy humano! —exclamó Vax, irritado porque lo juzgaran por su color de ojos.

—De eso me he dado cuenta.

La fría voz que habló hizo que Vax diera un brinco. De la nada apareció una silueta en la oscuridad, que dio dos pasos hacia el frente, y su pálida cara quedó iluminada por la varita.

Natis Dumbledore se veía mucho más terrorífica en la penumbra y con aquella sonrisa maliciosa.