Capítulo 18: En la boca del lobo

Una irónica metáfora. Mejor le quedaba «En la boca del vampiro». Fuera como fuera, Vax estaba en un gran peligro y él mismo lo había permitido. Dio un brinco y tardó unos segundos en reconocer a la mujer, y otros más en admitir que sus ojos no lo engañaban. Miró a la ministra de magia con una mezcla de sorpresa y horror, y ella le devolvió la mirada con unos ojos castaños, los cuales confundían a Vax por su color.

—¿Quién eres tú? —preguntó Natis.

—¿Es usted humana?

La voz de Vax sonó temblorosa y la varita amenazaba con apagarse, pero él la sostuvo firmemente y la levantó apuntando a la ministra. Natis la miraba con atención, sin perder su expresión maliciosa.

—Otro mago —dijo sencillamente.

Y sacó su varita.

Miró a Vax de arriba a abajo, reparando en cada detalle.

—¿Rob, Ron, Tarru o Mankar? —preguntó Natis.

—¿Cómo dice? —Las piernas de Vax temblaban.

—¿No eres uno de los dichosos Guardianes de Nurmengard? —dijo ella sin perder la calma.

Vax la miró sin saber qué responder y movió la cabeza indefinidamente.

«Esta es la parte donde tú me dices qué hacer», pensó, pero no obtuvo respuesta. ¿Qué habría hecho Mankar en ese momento?

—No sé de qué me está hablando —decidió por fin. Quizás Natis sólo lo estaba probando o era que no conocía el rostro de los demás prisioneros.

—Pero, ¿eres amigo de Gastón?

—¿Usted no es la ministra de magia? —preguntó Vax sin poder contenerse, y Natis lo miró estupefacta.

—¿Cómo lo sabes?

—La he visto antes.

Ambos guardaron silencio, mirándose fijamente.

—Tus ojos... —pronunció Natis susurrando—. Pero no eres... no puedes ser...

Vax se limitó a sostener la mirada sin bajar la varita, aunque la ministra sí había bajado la suya. A él le sorprendía mucho que no pudieran darse cuenta a simple vista de que era humano. ¿Tanto se parecían sus ojos?

—¿Qué haces aquí, entonces? —preguntó Natis.

—Vengo por Gastón —dijo Vax desafiante.

—¿Y quién eres tú? —terció el Guardián de Nurmengard. Vax volteó a mirarlo; casi había olvidado que el chico estaba en la habitación.

—¿No lo conoces? —le preguntó Natis, y luego miró a Vax—. ¿A qué has venido? —insistió, volviendo a levantar la varita.

«¿Qué hago? ¿Qué hago? —preguntó Vax desesperado—. Gastón no me reconoce porque no tengo tu cara.»

¡Atácala! —propuso Mankar sin pensar.

¡Desmaius! —exclamó Vax de inmediato. Un rayo amarillo salió de su varita y se dirigió adonde estaba Natis, un par de metros separada de él...

Una figura de capa oscura apareció de la nada junto a la ministra y el hechizo rebotó contra ella al agitar una varita, que lanzó un chorro de luz verde hacia Vax, y él la esquivó por un pelo.

—¡Es una trampa! —gritó la aparecida con voz macabra. Su largo cabello, negro y liso, se revolvió al enderezarse con un ágil movimiento.

¡Incendio! —fue lo único que se le ocurrió a Vax decir, y así probar por primera vez si la magia de la Gema Gemela también se encontraba dentro de él.

Unas llamas brotaron de su varita en dirección a la vampira que acababa de llegar, pero, de un momento a otro, ésta se desvaneció, y el fuego fue a parar en unas telas que cubrían la pared, iluminando la pálida cara de Natis Dumbledore, quien esbozaba una extraña sonrisa, como si Vax hubiera caído en una trampa.

Pero antes de que pudiera pensar en su siguiente movimiento, sintió como si le hubieran clavado un par de cuchillos muy finos en el cuello, que se hundieron provocándole un dolor espantoso, que poco a poco se fue extendiendo por todo su cuerpo, mientras una silueta lo agarraba por la espalda, inmovilizándole las manos.

Un instante después, cayó arrodillado al suelo y, retorciéndose de dolor, vio cómo, con una risa estridente, las dos mujeres lo observaban desplomarse y quedar inconsciente por primera y última vez.

• • •

Sus ojos se cerraron con aún más fuerza al notar que algo helado le tocaba la frente. Se estremeció ligeramente y se le cortó la respiración. Estaba demasiado confundido para poder tener algún pensamiento claro.

Ahora sabes lo que sentía cuando despertaba después de tener una visión —le susurró una voz al oído.

Por el momento, Vax era consciente de que estaba acostado, aunque ignoraba dónde, pero era un lugar en el que había luz. Y no estaba solo: alguien le ponía un paño húmedo en la frente y le hablaba en voz baja...

No, la voz que había escuchado era la de Mankar, en su cabeza.

El corazón le dio un vuelco cuando recordó lo último que había vivido. Intentó abrir los ojos pero no le respondieron los párpados.

«¿Qué ocurrió? —se preguntó con preocupación—. ¿La vampira me mató? ¿Alguien me salvó de ella? ¡Creí que me había mordido!»

No... Eso era imposible. Él sabía perfectamente lo que ocurría con el desafortunado hombre que sobreviviera a una mordida de vampiro. ¿Entonces estaba muerto? Incluso estando seguro de que había pasado aquello, le costaba desear no estar vivo, aunque sabía que era lo mejor en ese momento. Sus músculos inmóviles eran prueba de ello.

Descúbrelo tú mismo —decidió responder Mankar, por fin.

Vax no dijo nada. Se limitó a intentar mover sus extremidades, sin éxito. Si era una broma de Mankar y habían cambiado de cuerpo nuevamente...

Las bromas te las dejo a ti —dijo Mankar, aunque en su tono había cierto nerviosismo.

Los párpados se separaron por fin. Unos ojos rojos le devolvieron la mirada. Pero no era un espejo. Una vampira lo miraba fijamente, y lo que él había tomado por un paño húmedo en su frente era en realidad la mano de la mujer. Su pálida cara era iluminada por la débil luz de una vela en una mesita junto a la cama en la que Vax reposaba.

—¿Te sientes bien? —preguntó la mujer. Recordaba a Gataluna por su forma de hablar y un poco por su físico.

Vax no decidió responder.

—Ya te bajó la fiebre —le dijo la vampira—. Te vas a poner bien.

El chico la miró atentamente, incapaz de pronunciar palabra. Se sentía mucho más acalorado que cuando se había colado por la ventana. Miró sus manos, que reposaban en su pecho, sin mover la cabeza: ahora eran muy blancas y rígidas.

—Somos vampiros —dijo sencillamente. Las palabras salieron con naturalidad, pero habían costado mucho encontrarlas. Se convirtieron en cruda verdad cuando las escuchó con su nueva voz fría. La vampira asintió con la cabeza, pues no sabía que Vax se refería a él y a Mankar—. Y es por mi culpa —no pudo evitar añadir.

Eso no es cierto —exclamó Mankar—. Nadie habría podido adivinar que esa vampira iba a salir de la nada a morderte.

«Pero fui yo quien te convenció de venir aquí en primer lugar», insistió Vax.

Fue mutuo acuerdo. No había otra opción —respondió Mankar comprensivo.

Sin embargo, había muchas cosas que Vax temía, y estaba seguro de que Mankar sentiría lo mismo en aquella situación: ¿De qué valdría escapar del pueblo de los vampiros, si al ser uno de ellos no recibiría más que el rechazo de los licántropos? ¿De qué serviría ahora buscar la forma de regresar a su mundo convertido en un ser sediento de sangre que constituiría un peligro para todos sus seres queridos? ¿Tendría que quedarse a vivir allí con los demás vampiros para siempre? (¿Para siempre? ¿Los vampiros eran inmortales?).

—¿Qué hago aquí? —preguntó Vax.

—Cuando intentaste atacar a Natis, apareció Jenn para defenderla —explicó la vampira—. Lamento mucho que hayas terminado convirtiéndote, pero es una norma entre nosotros. Claro, sólo la usamos cuando no tenemos ninguna opción. Por cierto, me llamo Mange.

Vax se sentía demasiado deprimido y frustrado como para asentir al menos.

—¿Natis es...? ¿También es...?

—Es una de nosotros, sí —respondió Mange.

El chico no lo podía creer. ¿Era ésa la mujer que gobernaba a los magos de su país? ¿La misma que acusaba a su padre, Merlín, del asesinato de Cronista y Andrés? ¡Y probablemente ella misma había participado en la muerte de ambos! Estaba muy impresionado e indignado por esa revelación, pero había algo más que le inquietaba, algo que no podía recordar qué era...

—¿Por qué no me mataban? —preguntó, aunque no sabía si estaba vivo.

—No lo sé —dijo Mange, aunque claramente ocultaba la verdadera respuesta.

—¿Y qué hago aquí? —repitió Vax.

—Ahora que eres uno de nosotros, puedes escoger entre unírtenos y vivir aquí, junto a tu amigo Gastón, o morir definitivamente —añadió con seriedad.

Vax levantó una ceja.

—Qué amable de su parte.

Mange rió.

—¿Cuánto tiempo llevo inconsciente?

—Dos días. Te trajimos a mi casa de inmediato —respondió Mange con naturalidad.

Vax ahogó un grito.

Renzo... —pensó Mankar...

Cualquier cosa que ocurriera del otro lado del Bosque de la Tinta le llenó la mente.

—¿Dónde está Gastón? —preguntó Vax.

—En el sótano —dijo la vampira—. Está muy enfermo.

—¿De qué?

—No lo sabemos. Lo encontramos en el bosque hace poco más de un mes y lo trajimos a Bloody Swamp. Está muy débil. Apensa ha podido levantarse unas veces desde que llegó. Lo he intentado todo para ayudarlo, pero sin poder acercarme...

—¿Él es humano?

—Claro. Y parece que hay más. ¿Sabes algo de los otros Guardianes de Nurmengard?

—No —respondió Vax, sorprendido por la información que poseía la vampira.

—¿Cuál es tu nombre?

—Vax.

—No recuerdo ningún Guardián que se llamara así.

—Es porque no lo soy.

Mange lo miró durante un instante.

—Gastón asegura que hay cuatro chicos más en el bosque. Dice que estaba con los otros cuatro Guardianes de Nurmengard, pero una criatura empezó a perseguirlos y tuvo que separarse de ellos. No creo que así fuera, porque no hay ningún animal peligroso por aquí, en esta área del bosque.

—Yo tampoco —coincidió Vax. Era imposible que Gastón hubiera estado con cuatro Guardianes más, porque Mankar no se había encontrado entre ellos.

—A veces creo que está un poco mal de la cabeza, pero es buen chico —dijo Mange con un suspiro.

—Mmm —se limitó a decir Vax. Francamente, nunca le había agradado mucho Gastón. Pero ahora estaban juntos en eso.

Durante unos minutos, ambos guardaron silencio. Mange revisaba unas hojas de papel y echaba de vez en cuando miradas curiosas a Vax. Por fin, le dijo:

—Me alegro de que te hayas recuperado. Te dejaré descansar un poco, y mañana saldremos para presentarte al pueblo.

Se levantó y se retiró de la habitación rápidamente, sin dar tiempo a Vax de entender sus palabras.

«Han dado por hecho que me uniré a ellos», pensó con preocupación.

Por ahora no hay más opciones —respondió Mankar sencillamente.

• • •

Era muy sospechoso que los vampiros hubieran adoptado a Gastón tan bien como lo había hecho Renzo con Mankar, lo cual hacía a Vax preguntarse si tendrían algún motivo específico...

Convertirse en vampiro era lo peor que podía haberle pasado a Vax. Ni siquiera le permitían acercarse a Gastón, porque debían evitar que él saliera herido. Natis era la única que podía acercársele. Ella cuidaba de Gastón casi todo el tiempo que estaba en el pueblo, pues, como ministra de magia, también tenía muchas obligaciones en el otro mundo, y estaba tan acostumbrada al trato con humanos que podía controlar sus instintos de vampiro. Tenía que ser ella la vampira que dijo Renzo que podía entrar y salir del bosque a su antojo.

Por eso cuando, al día siguiente, Mange invitó a Vax a dar un recorrido por el pueblo, sintió una profunda nostalgia. Todo era tan gris... tan deprimente... No podía sentirse a gusto. Todas las calles se veían bastante oscuras en el día, y la luz del sol no llegaba porque las nubes que cubrían el cielo no se desplazaban, hacía sentir como si el pueblo se encontrara envuelto en plástico, pero gracias a ello la luz del sol no afectaba a los vampiros, pues, según le dijeron, perdían gran parte de sus energías cuando se exponían a ella. Bloody Swamp le parecía tan diferente a Greeman Place... aunque sabía que la diferencia era poca, pero tenía que quedarse allí para siempre. Y «para siempre» había adquirido un nuevo significado.

Librerías, restaurantes y toda clase de tiendas se podía encontrar en Bloody Swamp; no tenía nada que envidiarle al pueblo de los hombres lobo. No era tan grande, aunque no pudo evitar notar que había más casas majestuosas que en Greeman Place.

Los vampiros con que se encontraban miraban con atención a Vax, y supo que Mankar había sentido lo mismo el día que salió a pasear con Renzo en su pueblo, y era bastante difícil no prestarles atención.

Mange era muy agradable y nunca paraba de hablar. Después de un tiempo, uno se acostumbraba al color de sus ojos y a ver sus colmillos a cada carcajada que daba.

—¡Hola, Gio! —saludó alegremente al asomarse por un callejón oscuro, en el que un vampiro cabizbajo cerraba la puerta de un local. Al verla, Gio se lanzó a abrazarla con fuerza.

—¡Mamá! —exclamó. Vax enarcó una ceja.

—Vax, mi hijo Gio es dueño del local que está en ese callejón —comentó Mange—. Él es el humano —añadió la vampira a su hijo.

La cara del vampiro miró con interés a Vax y le sonrió, y a éste el corazón le dio un vuelco: él era uno de los vampiros que estuvo a punto de atacarlo la noche que llegó al Bosque de la Tinta.

—Mucho gusto —saludó Gio con alegría—. Giovanny Ego. Puedes entrar a cuando quieras —señaló el callejón—. Has vivido más de dieciocho años, ¿cierto?

—Eh... —Vax estaba sin palabras, así que no reparó en la forma tan curiosa en que le preguntó la edad.

—¿Cierras tan temprano el negocio? —preguntó Mange.

—No es que... es que yo... ¡Salgo un momento para comprar unas cosas que hacen falta! —Gio habló con nerviosismo—. Las... las chicas están a cargo.

—Le estoy enseñando a Vax el pueblo —comentó Mange sin prestar atención a como se comportaba su hijo.

—¡Que les vaya bien! —se despidió rápidamente y caminó calle arriba.

Mange suspiró, decepcionada.

Llevó a Vax a la plaza central de Bloody Swamp, donde un gran grupo de vampiros y vampiras formaba un círculo. La mayoría usaba capas o trajes muy elegantes de color oscuro que contrastaba con su piel, que parecía cubierta de tiza. En el centro del círculo, un hombre levantaba una varita y hacía salir chispas de colores de ellas, y todos lo miraban con atención.

—Acostumbramos reunirnos aquí para practicar un poco de magia —le dijo Mange a Vax—. Tenemos que prepararnos mucho para una posible pelea con los licántropos Pero no vale lo que nos ha enseñado Gastón, porque está muy débil y no puede casi ni sostenerse en pie. Además, nadie más tiene una varita. Bueno, sólo Natis, pero no es suficiente con la de ella. Sólo podemos turnarnos la varita de Gastón. No nos sirve de mucho aprender los hechizos que ha intentado enseñarnos... Pero si los hombres lobo nos atacan, debemos tener un arma secreta. ¿Sabías que una mordida de ellos es mortal para nosotros? Pero tampoco sobrevivirían a una mordida nuestra. Dicen que también están aprendiendo magia, porque vieron a otro niño con uno de...

—¡Mange, has traído al otro humano! —anunció la voz grave del vampiro que estaba en la mitad del círculo y los señaló con la varita—. Ven, Vax, ayúdanos un poco.

Docenas de pares de ojos rojos se clavaron en la cara del chico y él no supo qué hacer.

—Es Josevigm Velvet —pronunció Mange lentamente y con dificultades.

«El-que-no-puede-ser-nombrado», pensó Vax encogiendo un hombro.

—Puedes llamarlo Jose —continuó la vampira—. Él lidera el grupo de práctica de magia. Ve —añadió con dulzura y le dio un empujón.

Vax caminó por entre el grupo y se plantó delante de Jose.

—Él es Vax... ¿cuál es tu apellido?

—¿Mi qué? —Vax lo miró asombrado, jamás había pensado en eso—. Callahan —fue lo primero que se le ocurrió.

—Vax Callahan es el más reciente miembro de nuestra familia —anunció Jose—. Ahora es uno de nosotros y nos ayudará a aprender magia para prepararnos para la lucha contra los lobos. Todo indica que falta muy poco para que vengan a atacarnos.

—En realidad yo... —intentó contradecirlo, pero se calló de inmediato al reconocer el rostro de Jose: era el vampiro que acompañaba a Gio la noche que Mankar encontró a Javier en el bosque. No sólo eso: ¡era el vampiro que vio en su visión, que secuestró a uno de los directores de HL!

—¿Qué hechizos sabes hacer?

Vax miró a su alrededor y vio que no había un solo vampiro que no le prestara atención. Sacó su varita, sintiéndose obligado a ello, y exclamó titubeante:

¡Lumos! —Y la punta su varita se encendió.

No podía escoger otro hechizo, se sentía incapaz de mostrarles magia a ellos, pues sabía que la usarían para atacar a los hombres lobo. En ese momento, Mankar se sentía arrepentido de haberles enseñado magia a Renzo y los demás. Aunque claro, quizás era eso lo que el licántropo quería de él desde un principio...

Si los vampiros no sabían hacerla, no planeaban atacarlos realmente... Pero si Vax los ayudaba a aprenderla, Mankar y él serían los causantes de una espantosa guerra entre ambos pueblos. ¡Los vampiros creían que eran los hombres lobo quienes planeaban atacarlos!

La expresión de los vampiros no cambió en absoluto, todos se mantuvieron inmóviles como si siguieran a la espera de una demostración de magia.

—¿Sabes hacer el famoso Expecto Boggart, del que tanto habla Gastón?

El que yo le enseñé a los Guardianes —dijo Mankar.

Vax negó con la cabeza.

—Muy bien —dijo Jose. Luego, alzó la voz y habló a los demás vampiros—. Vamos a seguir practicando un poco lo que hemos aprendido solos. Estos niños no tienen suficiente experiencia, pero pueden aprender de nosotros. —Agarró la varita de Vax sin decirle nada y se la pasó a un vampiro de cara seria. La varita de Gastón se la entregó a una bella vampira que estaban un paso al frente de los demás—. Eri, THH, comiencen.

Empujó con el brazo a Vax hasta hacerlo retroceder con el resto del público, y los dos vampiros caminaron al centro del círculo y empezaron a lanzarse hechizos repentinamente. Rayos de todos los colores volaban aquí y allá, extendiéndose al cielo y estrellándose contra los muros de las casas. La multitud se dispersó, se movían y saltaban cada vez que un maleficio se dirigía hacia ellos. Vax se dio cuenta de que sus reflejos habían mejorado considerablemente, y saltó para esquivar uno de los rayos.

Eri y THH lanzaban maleficios como si estuvieran luchando a muerte, y Vax los miraba atónito. Usaban varitas prestadas y aún así hacían magia como cualquier duelista experto. Además, no pronunciaban ningún conjuro en especial. Ni siquiera los licántropos más hábiles sabían pelear de esa manera. Más asombroso era que probablemente no habían tenido tanto tiempo para practicar ya que Gastón había llegado hacía relativamente poco a Bloody Swamp, y hasta entonces no tenían más varitas que la de Natis, quien pasaba la mitad del tiempo en el otro mundo.

Vax se vio forzado a esconderse detrás de un bloque de piedra gris que había en la plaza.

¿Cómo había podido Gastón enseñarles eso? ¿O acaso lo habían aprendido solos? En el estado en que se hallaba el Guardián de Nurmengard, era muy difícil que hubiera logrado instruirlos...

Quizás fue Natis —sugirió Mankar mentalmente, mientras proyectaba una imagen suya junto a Vax. Éste lo miró asustado: el nuevo Mankar vampiro se veía salvaje. Era un poco más alto y fornido. Su piel era increíblemente blanca y sus ojos... parecía que incluso la pupila fuera roja. Era aterrador.

«Por favor, perdóname... —suplicó Vax—. Perdóname por todo.»

Mankar sonrió; no estaba dispuesto a discutir con Vax, porque estaba seguro de que él no tenía culpa de nada.

¿Te imaginas qué pasaría si se enteran que son más fuertes que los licántropos? —preguntó Mankar mentalmente, y Vax vio en su expresión los vestigios su antigua apariencia.

«¿Lo son? —preguntó con cuidado—. ¿Qué hacemos, entonces?»

Había muchas cosas de qué preocuparse... pero de ninguna sabía qué hacer.

Miró a los vampiros, que cedieron sus varitas a otra pareja que empezó a luchar con la misma ferocidad, y sintió que era muy responsable de la guerra que se avecinaba.

Por lo que sabía, los vampiros tampoco tenían intención de atacar a los licántropos. Sólo se preparaban para defenderse de ellos. ¿Cuánto tardaría alguno de los dos en dar el primer paso? ¿Y si los licántropos planeaban ir a Bloody Swamp a rescatar a Mankar y los Guardianes de Nurmengard?

• • •

Esa noche, Vax se encontraba echado en su cama en la casa de Mange, planteándose muchas cosas. Deseaba hablar con Gastón; tenía que preguntarle muchas cosas.

Entonces la puerta se abrió y por ella entró Natis Dumbledore, mirando con dureza al muchacho.

—¿Cómo te encuentras? —espetó.

—Podría estar mejor —dijo Vax con una nota de odio.

Natis se ubicó delante de la cama y lo miró detenidamente. El chico fue el primero en romper el silencio:

—¿Cómo está Gastón?

—Bien, dentro de lo normal. Al menos esta noche pudo comer.

Vax no pudo evitar sentirse preocupado por su compañero.

—¿Saben cómo llegó al bosque?

—Él dice que tuvo un problema con un traslador. Que al tomar la Copa de los Tres Magos en HarryLatino, llegó a ese lugar. Pero he visitado el colegio y no parece haber nada fuera de lo normal.

—¿Qué pasó con mi pa...? Quiero decir...

Vax se detuvo. ¿Cómo podía preguntar por el padre de Mankar? Se suponía que nadie más sabía de la advertencia que Natis le hizo a Merlín. No podía meterlo en más problemas...

—Gastón ha estado tan débil que no nos ha podido enseñar mucho de magia —comentó Natis—. Casi nunca tiene fuerzas para hacer un hechizo, y es el único que posee una varita. Yo no tengo mucho tiempo libre...

Probablemente Gastón haya preferido no enseñarles a fabricarlas —supuso Mankar.

«Pues yo creo que no tiene ni pizca de idea. ¿Quién más le pone atención a Zancaturno, además de ti?», respondió Vax.

—Usted entra y sale del bosque a su antojo, ¿no?

—Sí —dijo Natis—. Lidero una comunidad humana. Eso ya lo sabes.

—Entonces... ¿usted puede ayudarme a regresar a mi mundo? —preguntó Vax emocionado.

—Se necesita una llave, pero está prohibido usarla.

—¿Una llave? ¿Por qué no? —dijo Vax, indignado.

—No es prudente que nosotros vayamos a ese mundo... Es peligroso. Los vampiros no pueden controlarse con facilidad, y harían mucho daño a los humanos.

—¿Y por qué no le han permitido a Gastón usarla?

—Lo intentamos, pero no funciona. Parece que es requisito ser vampiro. Lo curioso es que esta misma llave la usaron dos hombres que entraron al bosque hace varios meses.

Cronista y Andrés. ¡Ella amenazó a mi papá por un crimen que fue cometido aquí mismo y por los suyos! —vociferó Mankar.

Vax guardó silencio un instante, entre asqueado y atónito, y se le ocurrió algo.

—¿Esos hombres entraron al bosque con la llave? ¿La tenían ellos?

—Así es —dijo Natis—. Las llaves llevaban siglos perdidas, y ese par de intrusos las traían consigo cuando entraron.

—¿Hay más de una? —preguntó Vax asombrado.

—Sólo una más. La tienen los licántropos.

Vax inhaló profundamente y echó su cabeza para atrás.

—¿Los licántropos... tienen una llave... para salir del bosque? —recapituló lentamente, incrédulo.

¡Renzo tiene que saberlo, y aún así me aseguró que no podía salir de este lugar! —gritó Mankar con más fuerza en la mente de Vax.

«¡Los licántropos tienen sus propias reglas!», recordó Vax.

¡Ya ha quebrantado muchas por mí! —respondió Mankar impaciente—. ¿Por qué molestarse tanto, en vez de enviarme de regreso la misma noche que nos conocimos?

—Y al parecer hacen mal uso de ella —criticó Natis.

Vax respiró profundamente, intentando calmarse a sí mismo y a su «conciencia».

—Tiene que haber más formas de entrar aquí, o ¿cómo lo hicimos Gastón y yo? —preguntó.

—Será magia —respondió la vampira—. Pero de eso no sabemos mucho, aunque es imposible sin las llaves.

Vax casi no esperó a que terminara de hablar ella antes de lanzar otra pregunta.

—Si los hombres que entraron al bosque tenían las llaves, entonces ¿cómo usted entraba y salía desde mucho antes?

Natis frunció los labios ligeramente.

—Bueno, hay otra forma... Pero es muy complicada. —Hizo una pausa como considerando no decirla—. Hay una criatura en el bosque que llamamos Dragón Rolo.

—La he visto.

—Ese monstruo me atacó hace mucho tiempo —relató Natis—. Nadie pudo hacer nada para ayudarme. Desaparecí al agarrar una de las uñas de las garra del dragón... Viajé al otro mundo y estuve a punto de matar a muchos humanos, porque no podía controlar mi instinto. Fui adoptada por una sociedad de vampiros, aunque eran diferentes a los nuestros; aprendía de ellos a dominarme. Así conseguí mi varita, y descubrí fácilmente mis poderes mágicos. Pero una noche, sin saber cómo o por qué, aparecí aquí. Me reuní con los míos y les relaté lo ocurrido, y a la mañana siguiente desaparecí nuevamente, y durante un mes más. Lo mismo se repetió desde entonces.

Vax asintió.

—De todas formas —continuó Natis—, desde que los forasteros trajeron la llave, he podido desplazarme entre ambos mundos a mi gusto. Pero no puedo llevar conmigo a Gastón de regreso, quizás porque es humano, así que la única forma debe ser tomando una garra del Dragón Rolo. Y no podemos permitir que Gastón se enfrente a esa criatura. Es muy peligroso, y más para él, que está tan débil.

—¿Y a qué ha venido? —preguntó Vax, sin disimular cortesía.

—Quería hablar un poco contigo, y decirte que es muy importante para nosotros tu colaboración en la magia. La guerra se avecina. Los licántropos atacarán en cualquier momento y debemos estar listos para ello. O dar el primer paso nosotros. No podemos poner en riesgo a nuestras familias. Por favor, procura practicar con nosotros. Te lo agradeceremos infinitamente.

Vax se limitó a mirarla fijamente. Lo último que quería hacer era dañar a los licántropos. ¿Podría existir alguna forma de destruir ese odio instintivo que se tenían? Su respuesta en ese momento era «no», y nunca dejaría de serlo. Pero mantuvo silencio.

Después de que se fue Natis, desechó esa idea de su mente y se concentró en otras más importantes. Sabía que ahora que era un vampiro quizás la llave podía funcionar para él. Pero no podía irse de allí dejando a Gastón solo, ni a los demás Guardianes de Nurmengard, si es que era cierto que estaban en el Bosque de la Tinta. Si el requisito para usar la llave era ser un vampiro, ¿estaría Gastón dispuesto a convertirse en uno de ellos? No, Mankar nunca sacrificaría a un compañero, fuera quien fuese. Si a Natis le había costado tanto adaptarse al mundo humano, probablemente para él también fuera sumamente difícil. Y aunque en ese momento Vax estaba seguro de que nunca le haría daño a nadie, el miedo de perder el control en su mundo lo invadió. ¿Regresar para vivir alejado de toda su familia y de sus amigos para no hacerles daño? Algo en el Bosque de la Tinta hacía que los vampiros y los licántropos fueran más civilizados, y prueba de ello era que Gastón estaba vivo, pero ya estaba tan acostumbrado a que todo fuera diferente allí que no le habría sorprendido que le dijeran que en su mundo era imposible controlarse.

Si Gastón hubiera deseado regresar, a pesar de todo lo que implicaba hacerlo, no seguiría en el Bosque de la Tinta. Se habría dejado transformar en vampiro hace mucho y habría usado la llave.

O quizás guarda la esperanza de encontrar a los Guardianes —sugirió Mankar, aunque no muy convencido.

Por tanto, la única posibilidad era quedarse a buscarlos, y ayudarlos a regresar. Si la única forma de que sus amigos volvieran a su mundo siendo humanos era enfrentar al Dragón Rolo, estaba dispuesto a ello. No, Vax y Mankar no regresarían con los demás Guardianes: ahora eran vampiros y no pertenecían al mundo humano.

Qué irónico... Si Mankar hubiera tenido ese pensamiento en la situación de Vax, le habría dicho lo mucho que dudaba que lo cumpliera cuando llegara el momento de elegir. Pero podía estar seguro de que ambos estaban de acuerdo.

• • •

El tiempo pasaba rápidamente. Las noches se hacían mucho más cortas, y Vax las dedicaba a pasear por el pueblo, a veces con Gio o alguien más, pero normalmente solo, pues ahora que era vampiro no necesitaba dormir. Descubrió que en todas las noches, aunque las nubes que tapaban el pueblo no le permitían verla casi nunca, la luna llena colgaba del cielo. No había ciclo lunar en el Bosque de la Tinta. Y ésa era la razón por la que Renzo no le permitía salir de noche: porque todos en Greeman Place se transformaban con la luna.

Cada vez sentía que eran menos las diferencias entre Bloody Swamp y Greeman Place, pero en especial por sus habitantes: a todos se les veía siempre una sonrisa, eran amables y trabajadores, completamente diferentes a la imagen que tenía de ellos antes de conocerlos.

Había logrado hacer amigos incluso más fácil que en el pueblo de los licántropos, quizás porque todos contaban con su apoyo, porque era uno de ellos. No eran tan violentos como creyó en un inicio, y rápidamente se hizo amigo de Mange y Gio especialmente, quienes le dieron posada en su casa.

Sin embargo, Vax, conforme transcurrían los días, seguía sintiendo que no pertenecía a ese lugar, y continuamente se veía contagiado de la nostalgia que invadía a Mankar.

Los extraño mucho... —le dijo a Vax, mientras caminaban por las calles de Bloody Swamp.

«¿A Renzo y los demás?»

—respondió—. ¿Qué crees que estén haciendo?

«Preparándose para venir a rescatarte.»

No puedo creer que Renzo me mintiera...

«Tal vez no era su intención. Ya has visto que para los vampiros su llave es muy valiosa.»

Mankar cambió el tema, porque no tenía ganas de defender a Renzo, aunque tampoco quería hablar mal de él.

Extraño a mi padre, a Haher y a Gonza... Y a Boggart... ¿Cómo crees que estén?

«Podemos preguntarle por tu padre a Natis cuando la veamos.»

Aunque eso era muy difícil, pues ella casi sólo regresaba al Bosque de la Tinta para hacer una visita fugaz a Gastón y revisar que todo estuviera en orden. Vax no se enteraba hasta que ella se iba. Y no había manera de abordar el tema.

Era tan indignante que probablemente ella supiera que Merlín no tenía la culpa en la muerte de Cronista y Andrés...

Me quiero ir de aquí —dijo Mankar con tristeza—. Estas dos semanas han sido eternas.

«No podemos volver a nuestro mundo ni a Greeman Place.»

No quiero ir a ninguno de los dos lugares —pensó Mankar, aunque lo cierto es que no había nada que deseara con más fuerza. Se preguntaba si todo lo que había dejado en Harrylatino lo estaría esperando. Y aún tenía la ilusión de que Renzo y los demás Courtcastle lo extrañaran.

Vax se aproximaba a los límites del pueblo. Esa noche no tenía ningún interés en visitar ningún local (ni tampoco de hacerse pasar por otra persona en el bar de Gio Ego), y sin darse cuenta llegó al límite de Bloody Swamp, justo por la calle que había entrado la primera noche.

Miró hacia el bosque y percibió la nostalgia de Mankar. ¿Y si iba a Greeman Place...?

Hasta ese momento Mankar y Vax no habían cambiado de cuerpos nuevamente. No sabían si el primero aún conservaba el olor de los hombres lobo, aunque ya fuera vampiro también... Sólo Vax lo había visto mentalmente junto a él, pero no era lo mismo.

¿Se daría cuenta alguien si se internaban en el bosque e intentaba el cambio? Y aunque le cruzó por la mente el recuerdo de su primera noche en el Bosque de la Tinta, en el que un grupo de vampiros habían percibido de inmediato la presencia de intrusos, empezó a caminar en dirección a la densa oscuridad de los árboles, sin fijarse en su rumbo, avanzando decenas y decenas de metros...

Hasta que vio una lucecita extraña de color blanco, salida de la nada, que flotaba en el aire. Se detuvo para observarla desde lejos, preguntándose qué podía ser.

Cuidado —le advirtió Mankar, aunque se sentía muy atraído por la luz.

Vax empezó a caminar, contemplando fijamente el bailarín punto blanco, que se alejaba. En la espesura del bosque era difícil seguirla. ¿Era algo conjurado por magia? ¿Quién lo estaba haciendo? ¿Por qué le resultaba tan familiar?

Mankar...

El silenció se interrumpió. Una voz salida de la nada había pronunciado su nombre. Provenía de la luz...

Se detuvo en el centro de un pequeño claro irregular, que recordaba un poco al que Mankar y Renzo habían usado para practicar magia la primera vez. Vax comenzó a andar más lentamente, acercándose al punto luminoso.

Mankar... —lo volvió a llamar la luz, con una voz muy familiar.

Había algo extraño en ese lugar... El aire se sentía denso y un olor asqueroso lo impregnaba. Vax caminó con cuidado porque el suelo podía estar lleno de excrementos de animales.

¡Mankar!

Vax tocó con un dedo la luz resplandeciente y ésta se desvaneció de inmediato. Miró a su alrededor asustado, sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la penumbra nuevamente. ¿Qué había sido eso...? Brillaba como la...

Como la luna llena que los vigilaba en el cielo.

Y como los pares de ojos que aparecieron entre los matorrales.

Tres figuras altas salieron de su escondite. Vax sacó su varita y vio con sus rojos ojos de vampiro al trío de hombres lobo que lo apuntaban con una varita cada uno.

—¿Mankar? —dijo una voz ronca, que el chico reconoció por fin. En la oscuridad podía ver claramente las orejas puntiagudas que se elevaban a más de dos metros en la cabeza peluda de la bestia, que jadeaba sonoramente igual que sus acompañantes, haciendo mover su pecho con rapidez.

El olor a excremento era ahora más fuerte y Vax supo de donde provenía. Los ojos de color café de Renzo lo examinaban esperando una respuesta.

¡Es él! —exclamó Mankar. Estaba muy impactado de ver a su amigo transformado en bestia por primera vez.

—¿Quién eres tú? —ladró Renzo.

Vax no respondió. Se limitó a mirarlo fijamente. Sabía quién le hablaba. Sabía que había sido la persona gracias a la cual se encontraba viva. Pero no sentía nada más que el impulso a hacerle todo el daño posible.

¿Qué demonios te pasa? —exclamó Mankar asustado.

—¡Responde! ¿Cómo llegaste aquí, si sólo Mankar podría haber visto la luz?

Vax mostró los colmillos apretados y adoptó una posición de ataque, apuntando con la varita directamente al corazón del licántropo que había en el medio.

¡Vax! ¡Reacciona! ¡Cambiemos de cuerpo! ¡YA! —exigió Mankar.

—¡Te estoy hablando, chupasangre! —rugió Renzo con odio, también listo para abalanzarse sobre Vax.

Mankar intentó con todas sus fuerzas salir de su prisión pero ¡no sabía hacerlo!

—Qué agradable visita —dijo entonces una voz a sus espaldas.

Vax volteó la cabeza con brusquedad y vio que Natis estaba de pie frente a ellos, sonriendo con malicia como la noche que Vax entró al sótano de la Mansión Dumbledore.

—¡Fuera de aquí! —vociferó—. ¡Es la única vez que lo diré!

Pero los otros dos licántropos se lanzaron a atacarla. Natis sacó su varita y empezó a lanzarles maleficios mientras corría alrededor del claro.

Una figura negra salió de la nada junto a Natis y empezó a atacarlos mientras soltaba carcajadas macabras. Era la misma vampira que había mordido a Vax y su cabello largo y liso se revolvía en el aire a cada salto.

El chico miraba la pelea a su alrededor en la que había golpes, patadas y maleficios.

¡Basta! ¡DETÉNGANSE! —gritó Mankar desesperado aunque no lo podían oír. No podía reconocer a los otros dos licántropos, pero no quería que ninguno resultara herido.

Vax volvió a mirar a Renzo y sus miradas se cruzaron.

Renzo, ¡soy yo! —bramó Mankar—. ¡MÍRAME!

El licántropo miró sus ojos fijamente. ¡Tenía que reconocerlos: eran los mismos que los de Mankar! Pero ahora eran de vampiro...

Renzo soltó un rugido y corrió a cuatro patas hacia Vax, con las fauces abiertas. «¿Sabías que una mordida de ellos es mortal para nosotros?», le dijo el recuerdo de la voz de Mange.

¡NOOO... VAX!

—¡NO LE HAGAS NADA A VAX! —gritó Mankar y su voz resonó en el bosque. Estaba de pie frente a su conciencia, con los brazos extendidos para protegerla. Podía sentir a Vax detrás suyo, completamente corpóreo, así como el frío que llenaba el aire. No era como las veces que Vax lo veía en su mente: ambos eran de carne y hueso al mismo tiempo por primera vez.

Pero Renzo no se detuvo. Cegado por su instinto, embistió a Mankar con todas sus fuerzas y cerró su hocico alrededor de su brazo, clavándole con fuerza los colmillos. Tiró con fuerza y lo levantó en el aire con violencia, y Mankar sintió que le iba a arrancar el brazo. Cayó en el suelo varios metros más allá, junto al tronco de un árbol.

Renzo no perdió el tiempo y corrió una vez más hacia su víctima. Al acercarse, miró a Mankar mostrando los colmillos.

«La única criatura que se dedica a cazar seres humanos.»

En su brazo sentía el dolor más espantoso de todos, y profirió un alarido desgarrador mientras miraba a Renzo, su mejor amigo que no sabía lo que hacía, y comprendió que había llegado su hora...

Pero Renzo se detuvo un instante para mirarlo a los ojos. Observó el brazo ensangrentado de Mankar y su expresión de dolor y soltó un chillido de tristeza, consciente del daño que acababa de hacer...

Y recibió una embestida de otro vampiro. Vax lo tumbó al suelo con fuerza para proteger a Mankar.

«¡NO LO MUERDAS, POR LO QUE MÁS QUIERAS!», suplicó éste a su conciencia, aunque no sabía si la conexión mental funcionaba todavía...

Vax se quedó inmóvil mirando al licántropo que tenía aprisionado contra el suelo, y un rayo amarillo lanzado por los otros luchadores chocó contra las ramas de un árbol, que cayeron al suelo haciéndolo vibrar.

Mankar no sabía cuánto tiempo más podría estar conciente. Tenía que terminar con la pelea, pero ¿cómo, si eran enemigos mortales luchando entre sí, bajo su instinto animal?

—El sol... tiene que amanecer...

Si salía el sol, los vampiros perderían su fuerza y los licántropos recuperarían su forma humana. ¡¿Pero cuánto podía faltar?

Un chillido rasgó el aire y algo salió volando, y Mankar lo vio claramente a la luz de la luna. El objeto cayó encima de él, y lo miró horrorizado: era la mano de una de las vampiras que acababan de arrancarle.

—¡JENN! ¡LA GARRA! —chilló Natis desesperada.

—¿Dónde está? —le respondió la otra vampira.

Un rayo rojo cruzó el claro nuevamente y dio contra otro árbol, cuyo tronco se partió y se balanceó. Iba directo hacia Mankar. No tuvo tiempo para reaccionar, y tampoco habría sido capaz de levantarse.

Vax se apareció encima de él y se tumbó para proteger a Mankar del árbol. Tomó la mano de Mankar y la garra amputada y el mundo empezó a dar vueltas. Una luz roja, muy intensa, llenó el lugar, y Mankar dejó de sentir el suelo bajo él.

Volvió a caer en el césped con un golpe fuerte. No sentía a Vax encima suyo, pero sabía que estaba con él, en su mente. Abrió los ojos y comprendió varias cosas.

Sólo Vax había sido transformado en vampiro, y él, Mankar, todavía seguía siendo humano. La prueba estaba en su vista y todos sus sentidos, que no estaban tan desarrollados. Y si hubiera sido un vampiro, la mordida del licántropo habría acabado con su vida...

Pero la herida que le había hecho Renzo lo estaba matando de todas formas.

Y si sobrevivía, se transformaría en...

Y no podría decírselo a Renzo... Decirle que ahora era como él.

Porque había tomado el traslador, la llave que servía para viajar entre su mundo y el Bosque de la Tinta: la garra amputada de un vampiro. No podía haber otra explicación de que que estuviera allí, tirado en el césped a la luz de las infinitas ventanas del castillo de Harrylatino.