Capítulo 20: Mientras se llena la luna
La verdad era que Mankar ya no tenía ninguna esperanza en que Devil todavía lo quisiera como prefecto. Es decir, dejando a un lado el hecho de que durante esos tres meses lo más seguro era que la Jefa de Casa de Gryffindor hubiera puesto su mira en otros estudiantes, ¿cómo podía ella considerar nuevamente a un chico que al parecer había escapado de la justicia y podía estar implicado en un asesinato?
Y es que tampoco le convenía confiar en él, supuso Mankar. Dudaba que ella fuera tan bondadosa como para brindar una segunda oportunidad a alguien que apenas conocía, sólo porque se tratara de un niño, que ella bien sabía que no era como cualquiera.
No, que Devil confiara en Mankar, que creyera en su inocencia, implicaría que tenía razones de peso para pensar que realmente no sabía nada de lo que había ocurrido la noche de Halloween con la profesora Callahan. Tendría que creer que Mankar no estaba involucrado en lo que todos daban por hecho que se trataba de un plan macabro de su padre y la mujer de éste. Y lo más importante, encontrar una explicación lo suficientemente convincente del porqué Mankar había desaparecido durante tres meses, diferente al cuento absurdo que él aseguraba que era la verdad.
Era eso, o admitir que era muy improbable que Merlín y Sorceress hubieran matado a la profesora de Historia de la Magia y asumir la responsabilidad tanto de la muerte de la mujer como de la desaparición de Mankar.
La solución que ella escogería era obvia.
El profesor de Encantamientos también había mostrado cierta desconfianza hacia él. Es que fugarse de Harrylatino, que era lo que todos creían que había hecho, en un momento tan crítico y durante tanto tiempo, no podía precisamente favorecer el concepto que alguien tuviera de Mankar. Pero, ¿iba a ponerse a hablar con él, o cualquier otro profesor, para revelar su versión de la historia?
Aunque era cierto que ahora que no tenía a la profesora Callahan de su lado, no sabía en quién podía confiar. Quizás en Juanma, pero hasta ahora no lo había encontrado libre... y él siempre mostraba tanto escepticismo...
Realmente ya ni siquiera contaba con un amigo en quien confiar. El tiempo los había separado. Mankar no había podido estar allí, durante esos tres meses, para evitar que cambiaran, o al menos para cambiar con ellos.
Sí... tenía a Boggart, y lo apreciaba, pero se sentía devastado al haber perdido todo lo que quería como para poderle ver un lado positivo, a pesar de que Vax no dejara de darle frases de ánimo.
Y es que veía todo demasiado vacío, y a la vez el más minúsculo pensamiento o situación lo afectaba más de lo que debería. Sentía desprecio por sí mismo al verse en ese estado. Y se preguntaba si estaba exagerando, o si, al contrario, cualquier persona que hubiera vivido más años que él estaría aún peor en su lugar.
Era difícil no tener una visión pesimista, pensaba mientras caminaba hacia el cuarto piso, a su segunda clase del día. Era muy duro ver cómo la vida de todas las personas había transcurrido sin él, y sí, quizás algunos lo habían extrañado, pero ahora seguían adelante, lo habían reemplazado o estaban acostumbrados a su ausencia.
Había cambios por todos lados. Allá en la intersección de dos pasillos vio a Caprisse Allen, una bonita chica de Gryffindor... que ahora llevaba un uniforme azul. El día anterior, Mankar desvió la mirada cuando se cruzó por el castillo con Jorge Lupin, un amigo suyo de Gryffindor que también lucía la túnica de Ravenclaw. Lechu Lestrange, también de la casa de Mankar, había hecho lo propio yéndose a Slytherin.
La Sala Común de Mankar estaba llena casi a todas horas, y era muy difícil encontrar un lugar de paz y tranquilidad, algo de lo que no dejaban de quejarse todos. Mankar veía muchas menos caras conocidas ahora; de hecho, sabía que el hacinamiento en su casa, producto de que hubiera tantos alumnos de primer año que hubieran sido seleccionados a ella, era la razón de que tantas personas antiguas se hubieran cansado de Gryffindor.
Ahora entendía perfectamente el porqué el Sombrero Seleccionador había sido tan agresivo con él un año y medio antes («¡Todos quieren seguir los pasos del famoso Harry Potter! ¡No me hagas perder el tiempo!»). Mankar compartía su irritación.
Pero no sólo de Gryffindor se habían ido las personas. Al parecer, se había convertido en moda cambiarse de casa. Cissy Comepán y Mauricio Gaunt, dos chicos de Slytherin (amigos de Macnair) también estaban en Ravenclaw ahora.
Una parte de Mankar hubiera querido hacer lo mismo. En cualquier otra casa estaría más cómodo.
Pero era muy orgulloso. Quería estar lo más lejos de Haher y los demás que pudiera. Y no deseaba parecer una persona del montón que se deja llevar por la corriente. ¿Qué sentido tenía ser seleccionado a una casa, si estaba permitido escogerla? Mankar sabía (o intentaba convencerse) que el sombrero nunca tomaba una decisión equivocada; que, a pesar de que cualquier chiquillo escogiera a Gryffindor sólo por ser la de Harry Potter, veía en cada persona las cualidades necesarias para hacer parte de la casa que asignara.
Todas esas trivialidades hacían olvidar a Mankar en ocasiones sus dos prioridades: resolver la situación de su padre y encontrar la forma de regresar al Bosque de la Tinta, aunque fuera durante luna llena. Y tenía que apresurarse especialmente con lo segundo.
Aunque en ocasiones sentía que regresar a ese lugar y quedarse allí para siempre era lo mejor que podía hacer. Pero en seguida recordaba que incluso en el bosque había personas en quien había depositado su confianza y lo habían traicionado. Y que en ese lugar no encontraría problemas menores a los que ahora se enfrentaba.
Ahora, se dijo al plantarse a unos metros de la puerta del salón de Historia de la Magia, él no pertenecía a ninguno de los dos lugares.
Vax no tuvo tiempo a contradecirle, o quizás lo hizo y Mankar no le prestó atención, pues en ese instante se abrió la puerta del salón, alrededor de la cual se apiñaban todos los chicos de su clase. La mujer que sustituía a Callahan en su materia se apartó para que todos entraran.
El cambio era total. La luz entraba por las amplias ventanas, ahora sin cortinas, haciendo parecer un simple recuerdo vago la penumbra en la que el aula se hallaba la última vez que Mankar la visitó. Ya no parecía que el par de armarios del rincón estuvieran en un agujero negro, ya no se sentiría el encierro, ya no podía hacer frío todos los días, ya no verían ojos brillando en la oscuridad, si es que los había...
Ahora era un salón igual que cualquier otro: simple y aburrido.
El mundo también había superado la ausencia de Beatriz Callahan y seguía adelante. Pero era seguro que ella no regresaría.
Mankar entró de último y ocupó el único asiento que se encontraba libre, el cual era diferente al que la profesora Callahan lo obligaba a tomar siempre. El silencio tardó dos minutos más en hacerse.
—Buenos días, jóvenes —saludó la profesora. Era un poco mayor que Callahan y llevaba el cabello rizado atado en una cola por detrás de la cabeza. Mostró una gran sonrisa, afilada, intimidante—. Señor César Hogwarts, ¿es tan amable de recoger las redacciones que había como tarea para hoy?
Un jovencito se levantó y empezó a pasar por todos los asientos mientras la profesora daba una breve introducción al tema del día y a un trabajo que debían hacer sobre él. El muchacho de Ravenclaw que recogía las redacciones se detuvo para recibir la de Mankar, pero él negó con la cabeza indiferente y volvió a centrar la atención en la profesora. Hogwarts, ofendido, continuó recogiendo las redacciones y luego las dejó en el escritorio.
—¿Alguien faltó? —preguntó la mujer.
Hogwarts respondió y señaló a Mankar.
—No te había visto antes —comentó la profesora—. ¿No eres de esta clase?
—Eh... sí, es que no había asistido. Soy Mankar Weasley.
Y todas las miradas se fijaron en él.
—Ah, ya veo —respondió la profesora—. Tazllatrix me habló de ti. Soy Selene Savage, la nueva profesora de Historia de la Magia.
Mankar levantó una ceja.
—Me imagino que te has adelantado un poco en la materia —dijo Selene, ampliando su sonrisa de tiburón—. Si un muchachito que viene a clases sólo cuando se le antoja, debe ser porque o no le interesa, o conoce a la perfección lo que se le enseña.
El muchacho la miró indignado pero no se molestó en contradecirla. No hablaba con el mismo desprecio con el que estaba acostumbrado a que Callahan lo tratara, sino con una tranquilidad exasperante, cargada de un sarcasmo imperceptible para cualquier persona que la escuchara sin conocer el motivo de sus palabras.
—Quiero que hagas para el próximo lunes un resumen de las cinco unidades que hemos visto en clase. Y prepara una exposición acerca del tema actual. Sería un honor para nosotros que nos deleitaras con tu saber —y guiñó un ojo.
A pesar de que sabía que Mankar no tenía ni idea de los temas que habían visto los últimos meses, Savage no tuvo ninguna consideración para con el muchacho, y continuó la clase incluso quizás evitando a propósito mencionar temas que pudieran servir de pista para que el chico se adaptara ligeramente.
Nunca antes pensó que odiaría tanto la aprobación del Estatuto Internacional del Secreto, que no dejaba de mencionar la profesora. Zancaturno no había sido tan cruel.
«Como si no tuviera suficientes problemas», pensó Mankar enojado.
De «Guatemala» a «Guatepeor» —respondió Vax sencillamente.
• • •
Selene fue la profesora más cruel, pero pocos profesores se mostraron considerados con Mankar, aunque lo vieran todavía con el brazo en cabestrillo. A ninguno le había hecho gracia que él continuara asistiendo a clases como si nada hubiera ocurrido, en vez de esperar a que terminara el curso para repetirlo completamente. Y en el fondo, el chico sabía que tenían razón en pensar así y que no estaban obligados a facilitarle las cosas.
Las profesoras Pili, de Herbología, y Troyana, de Pociones, se limitaron a recomendarle que estudiara algunos capítulos de los libros que había en biblioteca, y ambas accedieron a realizar un examen sobre ello, para tenerlo en cuenta como parte de la nota del trabajo que habría tenido que haber hecho desde hacía tres meses.
Bueno, eso no había estado tan mal.
De todas formas Mankar sabía que quizás tendría que abandonar el curso, si el Ministerio de Magia así lo decidía, y en ese momento no le importaba tanto.
Su segunda clase del martes fue un poco diferente a las demás.
Entró al aula y se sentó en la única mesa que había libre, incómodo. Bea Gryffindor llegó precedida de un montón de jovencitos que ocuparon sus lugares. Al lado de Mankar se sentó un muchacho que lo saludó.
—Hola.
—¿También volviste a la clase de la profesora Bea? —preguntó Mankar, sorprendido.
—Sí, es mejor —respondió Arkadios—. Además, ella ya no tenía mucho tiempo de sobra para darme clases privadas.
Mankar prefirió no preguntar la razón de que en un principio abandonara la materia.
Bea Gryffindor inició la clase pocos segundos después, así que no hubo oportunidad de continuar la conversación. Al igual que varios de los profesores, le costó identificar a Mankar y se mostró asombrada de verlo en su clase. Le encargó a Arkadios que le ayudara explicándole un poco acerca de los temas vistos en Defensa Contra las Artes Oscuras y él accedió sin problema. Bea concedió una hora para que todos practicaran los hechizos que les había enseñado durante la clase anterior, y después haría una lección escrita sobre ello.
—Bueno, Bea nos ha enseñado que encantamientos muy simples pueden resultar como hechizos de defensa muy poderosos. En este momento estamos aprendiendo a usar maldiciones sencillas.
—¿Maldiciones?
—Sí, pero ella no permite que hagan efecto.
—¿No somos muy jóvenes para ello? —preguntó Mankar extrañado.
—Ella dice que no importa la edad o los conocimientos, todos podemos aprender lo mismo por igual y tenemos derecho a ello —dijo Arkadios con admiración—. No sirve de nada saber algo si no sabes aplicarlo —Empezó a hablar dándole trascendencia a cada palabra, haciendo que pareciera una persona mayor que le enseñara a un jovencito—. Puedes ser el mejor si tú lo deseas. Si tú lo deseas. El mejor.
Mankar lo miró procurando que su expresión no fuera como la de alguien que ve a un chiflado con lástima. Pasó media hora más, mientras Arkadios señalaba páginas de los libros mostrándole a Mankar las cosas que debía estudiar. No dejaba de recalcar lo que él ya sabía hacer, que nadie más había podido, y que se lo había enseñado personalmente Bea.
Por momentos, hablaba con un tono extraño, que a Mankar le recordaba locura, pero tenía que ser mucho interés y fascinación por la clase.
—¡Vamos, vamos! —gritó de repente Bea Gryffindor enfadada. Mankar se sobresaltó porque estaba muy cerca, y se sintió avergonzado cuando vio que la profesora se dirigía a Arkadios y él, aunque no sabía por qué—. ¿Le explicaste los hechizos avanzados? —dijo con altanería—. ¡Esos no tiene por qué saberlos!
Arkadios se limitó a negar con la cabeza rápidamente y con miedo. Mankar no podía dejar de mirarlos con incredulidad; nunca había visto a la profesora tratar a alguien de esa forma.
—¿Ya terminaron? Muy bien quiero el mejor resultado en la prueba.
—Sí —dijo Arkadios sin dejar de asentir.
—¿Perfeccionaste el hechizo que te dije?
—Ya casi, pero...
—¡Ya casi no funciona! —Bea no disimulaba ni porque toda la clase estuviera atenta a la escena, en silencio—. ¡Así no puedes ser el mejor, ni tener ambiciones!
Arkadios bajó la cabeza, mientras la profesora, en voz bastante alta, ordenó que sacaran todos una hoja de pergamino y empezó a dictar a toda velocidad las preguntas de la prueba.
—¿A todos nos exige igual? —preguntó Mankar muy bajo.
Su compañero no se atrevió a responder, pero negó con la cabeza casi imperceptiblemente sin desviar su mirada de la hoja. Mankar vio cómo escribía frenéticamente con la pluma y llenaba una, dos hojas de pergamino, mientras él apenas sabía cómo marcarla.
Cuando al final Bea pidió las lecciones, Mankar sólo había escrito dos cortos párrafos, confiando en que ella entendiera que no conocía el tema a la perfección. Era el final de la clase y todos los estudiantes empezaron a guardar sus pertenencias en las mochilas, y Arkadios ya había salido corriendo por la puerta. Mankar intentó seguirlo pero cuando llegó al pasillo no vio rastros de su compañero.
• • •
—Gracias por venir, Juanka.
—No es nada, Badu.
Boggart no dejaba de hablar de mil cosas que habían pasado durante su ausencia. Daba la impresión de que se moría de ganas de compartirlas con alguien, de tener quien lo escuchara, además quizás de Darmani... Estaba increíblemente contento del regreso de Mankar, y éste también por ello.
Ahora estaban frente al despacho de Juanma Black. Desde que había vuelto del bosque, había intentado en varias ocasiones hablar con su hermanastro, pero hasta entonces no lo había encontrado.
Golpeó la puerta y Boggart guardó silencio. Insistió una vez y esperó. Pasó más de un minuto antes de que se abriera. Juanma se asomó y su expresión pasó de una seriedad monótona a una sonrisa radiante, y saludó a Mankar con un abrazo muy fuerte y varias palmadas en la espalda.
—¡Me alegro tanto de que estés bien, no te imaginas...!
Juanma miró a Boggart fugazmente y los invitó a pasar a su despacho.
— ...intenté visitarte en la enfermería pero no me dejaron entrar, y después...
Durante los minutos siguientes Mankar estuvo relatando la versión de la historia que contó a Devil. Su hermano lo escuchó atentamente, sin saber qué decir.
—Entonces... ¿es... es cierto que te mordió un...? —No terminó la pregunta.
Mankar asintió.
—No quiero hacerle daño a nadie.
Juanma no se atrevía a mirarlo. A Mankar le incomodaba que sintieran lástima por él; después de todo, él ya estaba acostumbrado a la idea.
—¿Y sabes cómo va el caso de mi padre? —preguntó intentando cambiar de tema.
—Mi madre se salvó, resolvieron que no tenía nada que ver con la muerte de Callahan... Hemos luchado bastante por demostrar que Merlín tampoco, pero es que no hay ni una sola prueba.
—Pero ¿no entienden que es absurdo que mi padre...?
Juanma negó con la cabeza.
—Al irte de esa forma... hiciste que todos creyeran...
—Lo sé, pero ya llevo tres días aquí y aún no ha venido nadie del ministerio para interrogarme. Sé que están ocupados, pero si yo fuera tan importante, habrían llegado la misma noche que les avisaron.
Su hermano lo dejó hablar sin interrumpirlo, y después dijo con preocupación:
—Es que no pueden dedicarse a nada más —Y levantó un periódico El Giratiempo, que mostraba una foto animada de la ministra Natis Dumbledore, bajo el gran titular rojo: «DESAPARECIDA LA MINISTRA».
Mankar se sobresaltó y Boggart ahogó un grito. El primero tomó el periódico y se dispusieron a leer. Habían pasado cuatro días sin que nadie supiera nada de ella.
¡Mankaú! ¿Lo entiendes? —dijo Vax en su mente.
«¡Sí, claro que sí! No ha regresado del Bosque de la Tinta. ¡Ella viajaba con la llave que tenemos y ahora no puede transportarse a este mundo!»
—Vaya, esto se parece a lo que le ocurrió a Cronista y Andrés —comentó Juanka.
—Así es, pero ellos estaban explorando el mundo y realizando investigaciones, por eso tardaron más en darse cuenta de su desaparición. La ministra de magia tenía varios compromisos estos días, las personas están muy preocupadas.
—¿Y qué pasará con mi padre y conmigo?
—Tendrás que esperar hasta que se normalicen las cosas; quizás el viceministro pueda encargarse de esto, pero harán falta varios días.
Mankar miró al vacío con rabia.
—¿Y qué hay de Gastón Weasley?
—Eso... es... algo que Tazllatrix también se pregunta. Mira, tienes que admitir que es muy sospechoso que alguien sea capaz de dejar Harrylatino y regresar cuando quiera, burlando todas las medidas de seguridad que tiene el colegio, y en especial con apariciones. ¿Y que lo hagan dos niños en menos de tres meses?
—¡El traslador de la Copa funciona diferente!
—Pero diariamente ganan el Laberinto una docena de veces —respondió Juanma—. ¿Por qué no ha desaparecido ningún otro niño?
—Yo me pregunto lo mismo, pero el año pasado también sólo a Haher y a mí nos pasó algo similar.
—Según sé, de eso tampoco hay pruebas. Y aún así, Vito se ha esforzado bastante por implementar todas las medidas de seguridad en esos juegos.
—Vito no nos tiene en cuenta a los estudiantes —dijo Mankar molesto—. ¿Qué está haciendo él por mí y por mi situación?
—Tiene que ser imparcial.
—¿Y tú también?
—Pero, Mankar, ¿cómo podemos acusar a alguien sin pruebas?
—¡Eso es lo que están haciendo conmigo!
—Si usted, profesor, no cree en su propio hermano —intervino Boggart—, entonces no le extrañe que él se desaparezca de repente. No puede confiar ni en su familia.
Juanma lo miró enfurecido.
—No sospecharías de Devil ni aunque me tuviera acorralado y me apuntara con la varita —dijo Mankar dolido.
Pero antes de que Juanma hubiera tenido oportunidad de responder, la puerta del despacho se cerró con fuerza, detrás de Mankar y Boggart que habían salido indignados.
Mankar cayó en la cuenta de que quizás la Copa no tuviera tanto que ver con su llegada al bosque. No era un error del juego solamente. La noche de Halloween un hechizo lo había obligado a entrar. No valía la pena intentar tomar el traslador si no se cumplían las mismas circunstancias: entrar atrapado por una luz roja cegadora y a un Laberinto vacío.
—¡Labenthium! —exclamó mecánicamente.
Boggart lo miró contrariado, pero sacó su varita y empezó a pronunciar el mismo hechizo. Sin embargo, a Mankar no le interesaba pensar en nada más. Ni siquiera sabía por qué seguía asistiendo a clases. Lo único cierto es que no volvería al Bosque de la Tinta hasta que la persona que lo envió allí decidiera que quería que regresara. Pero es que...
«¡No puedo entenderlo! ¡Si alguien me hubiera enviado a ese lugar para deshacerse de mí, lo habría hecho de nuevo inmediatamente la noche que volví a Harrylatino!»
—¡Labenthium!
¿Y por qué Gastón también terminó allá? —preguntó Vax.
«No lo sé, no tiene sentido... A menos que Devil (porque, ¿quién más podría ser?), al ver que yo había podido regresar de ese mundo, creyó que no valía la pena enviarme al bosque otra vez, pues yo ya había encontrado un método de regresar.»
Mankar caminaba en silencio por el pasillo, acelerando el paso cada vez que algún pensamiento lo alteraba. Boggart intentaba llevar su ritmo, pero no se atrevía a decir nada.
¿Crees que puedes arruinar sus planes, sea lo que sea que trame, al haber regresado? Si le perjudicara que tú regresaras, te habría matado el sábado pasado...
«No... quizás ya pasó tanto tiempo que ya no puedo interferir. ¿Qué información tengo yo que no le convenga? No. Ya murió Callahan, ya arrestaron a mi padre por ello... ya obtuvo lo que quería, no sirve de nada lo que yo pueda hacer.»
¿No sirve de nada? —preguntó Vax con un dejo de impaciencia—. Entonces ¿para qué quieres que venga alguien del ministerio? ¿Ya no crees que puedas salvar a tu padre contando la verdad? ¡Una vez él esté libre, ella será sospechosa nuevamente!
Vax tenía razón. Devil, o quien fuera, habría podido matarlo en cualquier momento, y sin embargo él llevaba ya varios días en HL y sin contratiempos, sin nada que le impidiera arruinar sus planes... aunque las cosas habían cambiado tanto...
Quizás Gastón fue enviado al Bosque de la Tinta por el mismo motivo que Mankar. ¿Qué relación podría haber entre ambos chicos? Sólo podía ocurrírsele una: pertenecían al mismo equipo del Torneo del León Escarlata. Pero en ese caso a Rob, Ron y Tarru no les había pasado nada...
—¿Estás bien, Badu?
—Sí... —dijo Mankar pensativo.
Decidió contarle todas sus dudas y sospechas. Boggart lo escuchó atentamente.
—¿Recuerdas cómo entraste al Laberinto la noche que viajaste a ese bosque? —preguntó.
—Sí. Yo estaba en uno de los pasillos, y de mi varita surgió ese extraño rayo rojo; como cuando entras al Laberinto normalmente, pero de otro color, y esta vez sin que yo lo deseara.
—Accidentalmente, pero tu propia varita.
—Sí... —respondió Mankar.
—¿Y por qué hiciste magia accidental? ¿Por qué no pudiste controlarte?
—Estaba muy alterado —admitió Mankar—. La muerte de Callahan... Y estaba discutiendo con Haher...
—¿No crees que el fallo se deba a que realizaste el hechizo con todas esas emociones?
Mankar lo miró en silencio un par de segundos.
—¿Será posible?
—Nadie sabe cómo desapareció tampoco tu compañero.
Mankar sacudió la cabeza, negándose a creer esa posibilidad. ¡Si eso llegaba a ser cierto, habían ocurrido tantas desgracias en ese tiempo por culpa de su temperamento...!
Nadie habría reaccionado mucho mejor que tú, Mankaú.
—¿Quieres decir que... la única forma de regresar al Bosque de la Tinta es accidentalmente?
Juanka encogió los hombros.
—Y si no puedo... —continuó Mankar—. Tengo que buscar un lugar para pasar la luna llena sin hacer daño a nadie. Faltan nueve días...
—Devil sabe que ahora eres... así. Es su responsabilidad brindarte protección.
Mankar lo miró con escepticismo.
—No creo que le importe en absoluto que yo ande suelto por el castillo y mate gente. Para ella sería mejor así. Si me encuentran me encarcelan con mi padre, o quién sabe qué...
—Está bien —dijo Boggart pensativo—. A ver, pero no puedes salir del colegio, no puedes encerrarte en un dormitorio o en un club...
—No, nada dentro del castillo —coincidió Mankar con rotundidad. Sabía que si era un hombre lobo como los de Greeman Place, probablemente también tendría la capacidad de razonar durante su transformación, pero quizás no de controlar su instinto asesino si tenía contacto con humanos... Ojalá pudiera entrar a la Sala de Requerimientos.
—¿El bosque prohibido?
—Tal vez... pero está la posibilidad de que salga de allí y entre al castillo.
—Te puedo ayudar a encontrar un lugar en el bosque y prepararlo todo para que no te puedas mover de allí —dijo Boggart, aunque con tono de tristeza.
—Debe ser la única opción...
Sí, en vista de que nos rendimos ante la posibilidad de llegar al Bosque de la Tinta —apuntó Vax con sarcasmo, aunque nadie lo escuchó.
• • •
Durante los siguientes días, Mankar y Boggart trabajaron arduamente unas dos horas al día en un refugio (así insistía Juan Carlos en que se llamara, y no «trampa») que pudiera retener a Mankar durante la luna llena. Encontraron un claro lo suficientemente alejado del sendero del bosque prohibido, en lo más profundo. Mankar, que estaba tan acostumbrado a caminar entre la naturaleza no prestaba atención apenas, pero Boggart estaba muy asustado.
—Tranquilízate —le decía Mankar continuamente, aunque no sabía cómo convencerlo de que no había peligro, porque realmente podía haberlo, pero él no sentía miedo.
Con ayuda de varios hechizos, cavaron un hoyo, levantaron rocas y moldearon las ramas de árboles, intentando crear una especie de fortaleza en miniatura subterránea, de la que sería imposible salir sin ayuda. Ya tenían como la mitad del trabajo en tan solo cuatro días. Para Mankar significaba mucho que Boggart y él trabajaran juntos, y más teniendo en cuenta que a su amigo le daba pánico entrar al bosque prohibido.
—¡Labenthium! —exclamaba Mankar cada vez con mayor frecuencia.
Para calmar sus ansias lo único que podía hacer era entrar al Laberinto. Seguía un tanto obsesionado con la idea de volver a ganar, como antes. Pero durante la última semana lo único que había logrado hacer era llegar al sexto letrero del Laberinto, antes de que Arkadios llegara a la Copa. Porque sí, siempre ganaba él, a menos que justamente estuviera dormido, en clases o en el baño.
Y ya que Mankar no pensaba en otra cosa, no se esforzaba más que lo necesario en los trabajos de las clases. En el fondo pensaba que reprobaría el curso (no tenía sentido seguir), pero nunca se concentraba ya que revisaba cada minuto si el Laberinto estaba próximo a abrir.
¿Por qué no te centras en el estudio? Ya estás perdiendo mucho tiempo por culpa del refugio... —le preguntó Vax, una tarde en el bosque, en la que Mankar casi parecía más concentrado en el Laberinto que en su trabajo con Boggart.
«¿Por qué a Arkadios le va tan bien en todas las materias y todavía tiene tiempo para ganar todos los Laberintos?», respondió Mankar.
¡No lo hagas por él, hazlo por ti!
Aunque en el fondo sólo quería ser el mejor, también sabía que en el Laberinto se sentía más relajado, podía despejar su mente de tantos problemas que tenía... Pero luego, al terminar, era invadido por un horrible sentimiento de frustración, por perder a cada ocasión...
Te está haciendo daño entrar al Laberinto, cada vez estás peor...
Mientras Boggart tejía unas ramas, usando más la fuerza que la magia, Mankar lo observaba perdido en sus pensamientos, susurrando el hechizo que comprobaba si el Laberinto abría. Luego salió de su ensimismamiento y se unió nuevamente al trabajo, aunque no se esforzaba tanto como su amigo, en parte porque tenía el brazo derecho en cabestrillo; aquel gesto de desinterés hacía que Mankar no pudiera dejar de sonreír al verlo.
Al cabo de media hora, volvió a comprobar el Laberinto... Y un portal amarillo lo transportó en el aire al conocido camino de tierra rodeado por altos setos. El Laberinto había abierto. Mankar sacó su pergamino y su pluma y echó a andar.
¿Qué demonios te pasa? —vociferó Vax—. ¡Dejaste solo a Boggart en el bosque prohibido!
Mankar abrió mucho los ojos y se dio la vuelta.
«Él debe venir ya... ¿Por qué no llega?»
¿Y si no pudo? Acuérdate que si entran cincuenta personas el Laberinto se cierra.
«Maldición... ¿Dónde está la abertura para salir? Ah, no, entramos con magia...»
O buscas la Copa o buscas la entrada.
«Ambas son igual de difícil.»
—Karto tracto.
Y reanudó la marcha, medio asqueado por su actitud, pero a la vez esperando que Boggart no le diera mucha importancia.
Caminó lo más rápido que podía, sin perder su concentración, mientras en el pergamino se marcaba el mapa. Había mejorado bastante, ya casi podría superar a Arkadios y los demás...
Se estaba esforzando mucho. Y sabía que era un simple capricho; la mayoría de estudiantes simplemente habían desistido a participar, porque no podían ganar nunca. Pero él, aunque un poco incoherente con el resto de sus acciones, no podía dejar de intentarlo, porque así sentía que recuperaba algo, por poco que fuera, de lo que había perdido en ese tiempo y que sentía que merecía más que otra persona.
Al llegar a una bifurcación, un chico que pasaba corriendo a toda velocidad lo derribó. Mankar cayó al suelo; no pudo mantener el equilibrio puesto que todavía tenía uno de los brazos en cabestrillo.
—¡Lo siento, lo siento!
Se incorporó y miró con seriedad al chico, que estaba vestido con la túnica de Ravenclaw y le ofrecía una mano.
—Discúlpame, no fue mi intención —dijo mientras ayudaba a Mankar a levantarse. Se notaba su expresión de culpabilidad ahora que había visto el brazo en cabestrillo—. ¿Estás bien?
Mankar lo miró sin suavizar su expresión, y asintió murmurando un vago «sí». El otro muchacho no sabía qué decir, aunque se notaba que quería salir corriendo intentando ganar el Laberinto.
—Eh... se te cayó tu pergamino... —comentó, todavía intentando enmendar su error, mientras se agachaba para recoger el mapa que usaba Mankar para buscar la salida—. ¿Esta pluma también es tuya?
—Gracias. —Mankar extendió la mano para recuperar sus pertenencias, pero el otro chico se quedó mirando el pergamino un instante.
—¿Es un mapa?
—Sí —repitió Mankar, a regañadientes.
—Pero esto ya no funciona... ven, te enseñaré a jugar. ¿Quieres? —Mankar lo miró incrédulo. Le molestaba que el desconocido se atreviera a insinuar que él, que tenía tanta experiencia, sabía menos. Pero simplemente asintió—. Ven, corre, hace mucho que empezó —ambos iniciaron la marcha; Mankar, avergonzado, había guardado el mapa en el bolsillo de su túnica—. Soy Borja Blake.
Le habían hablado de él. Si había alguien que podía competir contra Arkadios por el trono del Laberinto, era Borja Blake, un muchacho de Ravenclaw de primer curso, que corría más rápido que nadie.
—Me llamo Mankar.
Borja sonrió.
—El mapa era útil antes, cuando nadie sabía jugar al Laberinto —dijo Borja, corriendo junto a Mankar—. Pero ahora no puedes ganar si avanzas tan despacio, dibujando uno cada ocasión, porque nunca es igual. Mira —señaló los tres caminos que se extendían ante ellos y el letrero de madera que había a un metro con el número «3»—. Sabemos que la Copa no puede estar detrás de nosotros, porque los números indican que avanzamos. Más o menos podemos hacernos una idea de nuestra posición dentro del Laberinto, pero tienes que concentrarte. La Copa siempre está en el centro, así que no nos sirve pegarnos a la pared derecha.
»Mira el suelo; las pisadas vienen de todos los caminos, excepto el de la izquierda, que hay pocas pero casi todas en la misma dirección. Ya han pasado por aquí quienes llegaron antes, y no han tenido que regresar, o no lo han hecho.
Borja tomó el camino que señaló y, corriendo junto a Mankar, no dejó de hablar:
—Pero no importa el camino que tomes. Muchas veces, el final del callejón sin salida está a la misma distancia que lo estaría un letrero. Cuenta los pasos entre cada uno, y si no hay ninguno a la vista, es más seguro dar media vuelta. Nunca un letrero de mayor número te lleva a un callejón sin salida. Y si encuentras un letrero de menor número, tómalo como si estuviera cerrado el camino y regresa sobre tus pasos.
Borja Blake siguió explicando detalles del Laberinto, los cuales Mankar nunca había pensado en tener en cuenta; otros, Mankar sí los sabía, pero Borja los interpretaba de otra forma. Lo principal, según el muchacho, era nunca quedarse quieto ni perder la concentración. Un mapa como el que hacía Mankar ocupaba el mismo tiempo que gastaría descartando tres caminos.
Incluso aprendió que al encontrarse con alguien en el Laberinto podía significar que el camino que acababa de dejar esa persona no ayudaba a avanzar.
Y llegaron al noveno letrero. A Mankar le sorprendía la habilidad de Borja tanto como su amabilidad. Ninguno insinuó que debían separarse en ese momento (y Mankar recordó que era algo que solía hacer con Haher y Gonza), así que supuso que Borja no tendría inconveniente en que empataran.
Pero había hecho planes demasiado pronto.
La cegadora luz blanca iluminó el Laberinto y unos segundos después Mankar se encontró en los terrenos del castillo bajo la luz del sol, que no tardaría en ponerse.
—¡Eres muy bueno! —exclamó, y le dio una palmada a Borja—. ¡Muchas gracias!
—Es algo que casi todos los jugadores saben, aunque lamentablemente casi nadie comparte. Así que no, perdóname por no fijarme al andar. —Borja sonrió ampliamente; su felicidad era contagiosa.
Luego, se dirigió a la plataforma del ganador a felicitar a Arkadios. Pero Mankar simplemente lo ignoró.
¡Boggart está en el bosque todavía, desconsiderado! —rugió Vax muy enojado.
Mankar no perdió el tiempo y salió corriendo. Rodeó el Laberinto y se internó en el bosque asegurándose de que nadie se fijara en él. Corrió tan rápido como sus pies se lo permitieron, siguiendo el sendero que recordaba haber recorrido hacía varias horas...
Al llegar al pequeño claro, encontró a Boggart sentado en el suelo y abrazándose las rodillas. Notó su presencia y miró a Mankar con sus ojos despojándose del sufrimiento.
—¿Estás bien? —preguntó al llegar.
Boggart asintió. Mankar dudó que su amigo pudiera hablar.
—Estabas ed el Laberidto, ¿cierto? —preguntó por fin, con voz llorosa.
—No debí haberme ido; no pensé que podía abrir sin darme cuenta... —Mankar se detuvo a unos pasos de Juanka y se quedó mirándolo.
—Debí darbe cuedta bás rápido de que había abierto. No es tu culpa —dijo Boggart, limpiándose la cara.
—¡Claro que sí...! No puedes culparte por todo. Por favor, no lo mereces —pidió Mankar con sinceridad.
Hubo un instante de silencio. Al final, Juanka decidió mirarlo a la cara y sonrió.
—¿Vamos? —preguntó Mankar extendiendo su mano—. Anochecerá.
Juanka asintió y recibió la ayuda de su amigo para levantarse. Regresaron por el sendero del bosque y caminaron sin hablar.
—¿Qué hiciste en todo este tiempo?
—Do... do adeladté bucho trabajo...
—Mañana continuaremos.
—Sólo te fuiste quidce bidutos.
Mankar lo miró extrañado; había pasado más tiempo, estaba seguro. Y luego, recordó que por más de que hubiera tardado en cerrarse el Laberinto, en el «mundo real» sólo transcurrían cinco minutos. Empezó a reírse a carcajadas.
Y Juanka, quizás sin saber por qué, también lo hizo.
• • •
—Tienes que irte.
—Aún no.
—Te meterás en problemas.
—Tal vez.
El sol ya se había puesto. La luz de las varitas creaba sombras temblorosas por doquier. No era muy diferente a estar a oscuras, y quizás tampoco era prudente, pero los hacía sentir menos inquietos.
—Te acompaño al límite del bosque —insistió Mankar una vez más.
—No me iré hasta que entres al refugio.
—En cualquier momento saldrá la luna.
Mankar estaba muy asustado. Una vez que Boggart se fuera, estaría encerrado en el refugio esperando a que llegara su transformación, como si fuera una bomba de tiempo. No quería estar solo, pero por encima de ese sentimiento sabía que Boggart simplemente no podía estar cerca una vez la luz de la luna lo afectara. Y punto final.
Habían sido dos semanas muy duras. Seguía sin noticias de su padre ni de Sorceress, aunque le había escrito una carta a esta última, pero todavía no tenía respuesta. No aguantaba esperar a ver a su lechuza Mallow, que al parecer estaba con ella, con una carta en su pico...
Y seguía encerrado en Harrylatino. No podía viajar a visitar a su padre porque no se habían aclarado las cosas en el Ministerio de Magia; la desaparición de Natis había causado una gran conmoción.
Mankar cumplía con asistir a clases, pero no se esforzaba mucho en aprender los temas anteriores, y hacía los trabajos muy mediocremente. Y podía adelantarse, sí, pero seguía obsesionado con el Laberinto. En ese aspecto logró mejorar gracias a los consejos de Borja Blake.
Su trabajo junto a Boggart les costó tardes enteras de dedicación (algunos días no pudieron arreglárselas para continuar), pero al final les sobraron dos días antes de la luna llena, lo cual calmó bastante a Mankar.
El resultado había sido muy satisfactorio, aunque le molestaba la idea de tener que adentrarse en ese lugar y esperar a la mañana siguiente a que Boggart lo liberara... Había descartado protegerse con la gorra de invisibilidad, porque no quería arruinarla o perderla durante la noche.
Era una especie de montículo de ramas muy gruesas entrelazadas apretadamente, que ocultaba la abertura de un hueco profundo y no muy ancho.
«No puedo hacerlo», suplicó Mankar en su mente, a punto de perder el control, y con ganas de llorar.
Estaré contigo —respondió Vax.
«No puedo creer que me haya convertido en esto —pensó, y desvió la mirada para que Boggart no se diera cuenta de su dolor y del brillo de las lágrimas en sus ojos—. Y mira, mira todo lo que ha pasado por... por el capricho del destino.»
A su lado se proyectó su conciencia y lo abrazó. Mankar lo sintió, aunque Boggart no pudiera ver nada.
—Sufre, pero la próxima vez no lo hagas tanto. Y un día te darás cuenta de que era necesario sufrir para avanzar.
Mankar no respondió. Para él eran palabras vacías. Pero su conciencia, aunque no tuviera una vida por delante o una que recordar, también había sido víctima de una enfermedad muy parecida a la suya. Así que se controló.
—Prométeme que te irás una vez haya entrado al refugio.
—Lo prometo —afirmó Juanka.
Caminaron juntos hasta el hoyo y lo contemplaron en silencio medio minuto. Mankar no pudo resistirlo. Abrazó a Boggart con todas sus fuerzas y respiró agitadamente. El otro muchacho le respondió el abrazo.
Una ráfaga de viento sopló y Mankar fue consciente de que estaba arriesgando a su amigo, por más de que ninguno de los dos quisiera separarse. Se agachó, apoyó sus manos en el suelo y metió su cuerpo en el agujero.
—Mañana vendré a sacarte de aquí —dijo Boggart.
—Gracias por todo.
Mankar lo vio apuntar con su varita a las ramas entrelazadas y abrió la boca para decir algo más, pero su amigo no lo escuchó por el ruido que se hizo al taparse el hueco. Sintió la tierra vibrar a su alrededor cuando las ramas se clavaban en el suelo con fuerza, mientras que Boggart hacía todos los encantamientos para reforzar el refugio.
Y aunque ya era de noche, y aunque Juanka lo había prometido, Mankar estaba seguro de que no se iría todavía. Sonrió para sus adentros. Pero no le habló; no lo retendría.
Ahora sólo eran el viento amortiguado, las hojas moviéndose, su muda conciencia y él.
Esperó.
Adoptó la actitud más positiva que pudo; sabía que en adelante tendría que pasar por lo mismo una vez al mes... una vez al mes... Si se desesperaba desde la primera noche, no podría resistir ninguna más. Una vez al mes... por el resto de su vida.
Dejó la mente en blanco intentando desprenderse de esa perturbadora idea. Intentó mirar hacia arriba, pero la luz que alcanzaba a filtrarse por la enredadera era tan tenue que no la percibía.
Intentó dormir para pasar el tiempo, pero no logró conciliar el sueño. Estaba muy asustado.
Hasta que pasó.
El ritmo de la transformación fue marcado por los latidos de su corazón. Cerró los ojos con todas sus fuerzas, mientras una fuerza le oprimía todos los huesos del cuerpo, inmovilizándolos. Perdió la respiración dolorosamente, y empezó a retorcerse sin control, gimiendo. Sus codos y rodillas amenazaron con romperse, mientras se hacían más gruesos, y sus brazos y hombros se estiraron poco a poco.
Su lengua se vio presa por hileras de afilados colmillos, y en cuanto los sintió abrió la boca, intentando liberarse de ese tacto aterrador. Su espalda se alargó y se vio obligado a caer de rodillas, con la horrible sensación de que su columna se partiría en dos...
No pudo soportarlo más. Gritó. Tan fuerte como pudo. Y procuró no escucharse.
Era interminable.
Su visión se impregnó de rojo. Allá a donde viera, todo se encontraba de un color rojo brillante. Tenía miedo de mover cualquiera de sus extremidades, que se deformaba lenta y dolorosamente.
Y entonces vio un fugaz destello blanco y dejó de oír sus gritos.
La cara de una mujer rodeada de oscuridad lo miró a los ojos. Sus brillantes labios se abrieron y articularon claramente una sola frase.
—La profecía debe cumplirse.
Mankar miró aterrado la cara de la profesora Callahan pero el dolor no le permitió pensar. Su rostro desapareció tan furtivamente como había llegado, seguido de una ráfaga de viento que no suavizaba el dolor que estaba sufriendo.
Nuevamente escuchó su propia voz gritando. Extendió los dedos al notar que sus manos, y de hecho todo su cuerpo, estaban cubiertas de un pelo largo y delgado.
Cayó al suelo y se apoyó en sus... manos. Y sus gritos desgarradores se convirtieron en aullidos. De esos que ponen los pelos de punta: sonoros, prolongados y agudos.
Se sintió furioso. Ahora no pudo aguantar las lágrimas.
Su cuerpo por fin estaba quieto, y él se hallaba tirado sobre la hierba. Era una hierba que se extendía varios kilómetros en la distancia.
Aulló de dolor.
Cerró los ojos, agotado y respirando lentamente, sintiendo frío, confundido por no saber el lugar en el que se encontraba.
Sus orejas se tensaron cuando recibió, en la distancia, otro aullido como respuesta.
