Capítulo 22: Uno en dos

Mankar miró a Vax, y sus ojos rojos (a pesar de ser ojos de vampiro, conservaban la calidez de antes) le devolvieron débilmente la mirada. Ninguno de los dos sabía qué decir.

Les sorprendió verse cada uno en su propio cuerpo, sin compartirlo. Antes se sentían limpios, pero ahora que el efecto de la luna llena había pasado, creían estar incompletos. Entonces Mankar comprendió por qué Renzo había usado la palabra «dividir» en vez de «multiplicar» para describir la habilidad de los vampiros:

«Es parte de mí. Lo creé de mi mente, pero somos uno solo. Y por ello no podemos separarnos.»

Tiritó, pues sus ropas se habían destrozado por completo después de transformarse, excepto el pantalón que todavía llevaba puesto. Pero Vax no estaba en mejor estado. Su ropa estaba totalmente desgarrada. Tenía cicatrices y moretones en todo el cuerpo; algunos cortes le abrían la piel, pero sin que sangrara. Mankar lamentó verlo así.

—¿Fueron los vampiros? —preguntó acercándose a la cara de su conciencia.

Vax no respondió. Tosió, agarrándose con fuerza las costillas, y parecía que estuviera a punto de ahogarse. Mankar temió lo peor.

Levantó en sus brazos a Vax, asombrado de lo liviano que estaba, ¿o era él quien se había hecho más fuerte? Empezó a caminar a paso largo por el bosque en dirección al castillo. ¿A dónde llevarlo? ¿A la enfermería? Pero la señora Granger se daría cuenta de que Vax no era humano, y haría demasiadas preguntas...

No es necesario —escuchó Mankar—. Me recuperaré solo.

—¿Puedes entrar en mi mente? —preguntó asombrado de lo débil que se oía Vax.

No.

Mankar no sabía qué hacer. Salió del bosque y caminó deprisa hacia el castillo, aprovechando que era tan temprano que nadie debía estar despierto. Faltaba poco para que iniciaran las clases.

Le incomodaba mucho su semidesnudez. ¿Qué pensaría quien lo viera? Lamentó haber dejado en la Sala Común de Gryffindor su varita y su gorra de invisibilidad, aunque sabía que como hombre lobo no las iba a necesitar.

Subió rápidamente la escalinata de piedra que llevaba a las puertas del castillo, consciente de que los pocos adictos al Laberinto que había por ahí cerca lo observaban atentamente. El suelo en el castillo estaba muy frío al tacto de los pies desnudos de Mankar. Después de la escalera de mármol, intentó tomar los caminos menos transitados hasta el séptimo piso, y aún así no pudo evitar que las miradas se posaran en él. Pero es que, ¿quién no miraría a un niño que recorre su colegio vestido únicamente con un pantalón rasgado, y que lleva en sus brazos a un joven inconsciente, herido y con la ropa deshecha?

Se cruzó con una chica que gritó en cuanto lo vio con el pecho descubierto. Mankar se puso muy rojo y salió corriendo, y al darle la espalda a la chica se dio cuenta de que era Jessi Jordan, una amiga que él había tenido el año anterior pero de la cual se distanció. Se sintió muy avergonzado y casi no reparó en que ella también se había cambiado de casa, y ahora estaba en Slytherin.

Llegó al pasillo de su Sala Común, donde el tránsito era ligeramente mayor. Se detuvo frente a la puerta, y le dijo la contraseña al retrato del hombre rodeado de leones (nunca se preguntó el nombre de éste, sólo sabía que era una copia de una pintura muggle).

—Él no puede pasar —le respondió el retrato, señalando a Vax—. No pertenece a la Casa de los Valientes.

—¡Pero si él es...!

El hombre no le respondió nada. Vax era de Ravenclaw y no había nada que hacer. Los niños que salían por el retrato se le quedaban mirando, y cuando éste se abría, Mankar no podía atravesar el hueco, como si hubiera una pared invisible que se lo impidiera.

—¿Y para qué sirve entonces la contraseña? —preguntó irritado.

—Para evitar impostores —respondió el retrato con altivez.

—Desde la Sala de Clubes no piden contraseña para entrar a la Sala Común —dijo molesto, pero no siguió insistiendo. Se retiró tan pronto como pudo para evitar las miradas. ¿Qué haría ahora? ¿A la Sala Común de Ravenclaw? No, allí no podría entrar él, de nada serviría...

—Te llevaré con Juanma —decidió entonces.

Juanma era un inefable, es decir que estaba acostumbrado a situaciones extrañas en el mundo de la magia. Sería prudente cuando Mankar le llevara un vampiro. O eso esperaba el chico.

Caminó por el bien conocido séptimo piso hasta llegar al despacho que ocupaba su hermanastro. Se detuvo un instante, dubitativo, frente a la puerta, pero Vax gimió y Mankar decidió por fin tocarla. El ruido de pasos fue casi inmediato y después de ellos la puerta se abrió.

—¿Mankar? ¿Qué ha pasado? —preguntó Juanma estupefacto al verlo con Vax en sus brazos. De inmediato se ofreció a ayudar a Mankar a cargarlo y juntos lo entraron al despacho y lo depositaron sobre un asiento—. ¿Y bien? —insistió en vista de que Mankar no respondía.

El chico se limitó a negar con la cabeza.

—¿Recuerdas la historia del bosque...?

Juanma asintió poniendo los ojos en blanco. Entonces Mankar recordó que estaba muy molesto con él por no creer su historia. Se contuvo, pues no sabía quién más podía ayudarle en ese momento y no le convenía que alguien más conociera su secreto.

Pero en ese momento... se dio cuenta que había alguien más en el despacho.

—¿Está todo bien? —preguntó Arkadios Black, mirándolos con los ojos muy abiertos y haciendo ademán de levantarse de su silla frente al escritorio de Juanma.

—¿Ar...? ¿Qué haces aquí? —intentó decir Mankar.

—La profesora Bea Gryffindor me envió un mensaje con él —explicó Juanma—. Le estaba escribiendo mi respuesta en cuanto llegaste.

Mankar no hizo ningún comentario, pero vio en la mesa un pergamino y una pluma y asumió que era verdad.

—Bueno, mira —comenzó Mankar, dirigiéndose sólo a Juanma, aunque no le importara que Arkadios escuchara, ya que él conocía parte de la historia, cuando se encontraron en el Laberinto hacía unas semanas—, no sé cómo o por qué, esta noche hemos vuelto al Bosque de la Tinta.

»Él es un amigo mío que hice allí. Es un vampiro. Está gravemente herido. No lo puedo llevar a la enfermería; podría meterse en problemas. Necesito que me guardes el secreto. Ambos —añadió mirando a Arkadios—. Hasta que encuentre la forma de regresarlo a su mundo.

Juanma no salía de su asombro. Arkadios se levantó y contempló a Vax.

—Tiene la túnica de Ravenclaw —observó.

—Es que... No sé de dónde la sacó. Tal vez... tal vez... la tomó de un niño que fue enviado al bosque igual que yo, pero que quizás no haya sobrevivido.

—Eso es macabro —dijo Arkadios.

—Los vampiros lo son —improvisó Mankar.

—¿Y tu ropa? —preguntó Juanma mirándolo de arriba a abajo—. ¿Qué te pasó? ¿Y tu brazo no estaba en cabestrillo?

Mankar no se había dado cuenta de que no lo tenía (ni lo necesitaba) hasta ese momento. Se asombró y se alegró de recuperar la movilidad total de su brazo después de la transformación.

—¿Recuerdas que me transformaron en... en eso?

—¿Anoche fue luna llena? —saltó Juanma.

—Por algún motivo viajé al bosque y... —algunas teorías se le ocurrieron e interrumpió lo que decía— y... quizás cada vez que me transforme viaje allí hasta que salga el sol de nuevo. Pero lo traje conmigo sin querer. Lo atacaron los demás vampiros, supongo, y lo he encontrado así.

Los tres se quedaron mirando a Vax mientras cavilaban sobre lo que Mankar les contaba. Entonces, Arkadios dio un paso atrás y Juanma se sobresaltó: Vax acababa de abrir los ojos, y les impactó bastante el brillo rojizo e intimidante que emanaba de ellos, junto con la mueca que hizo mientras aspiraba bruscamente.

Enseguida levantó los labios y mostró los colmillos, y ni Juanma ni Arkadios lo pensaron dos veces antes de alejarse la mayor distancia posible del vampiro. Vax se levantó y adoptó una posición solemne y fiera. Se relamió los labios mirándolos, pero luego se dio cuenta de que Mankar seguía frente a él, desafiante.

—No te atrevas —le dijo éste con seriedad.

Vax lo miró con rabia, pero después de unos segundos de ver los ojos de Mankar, su expresión cambió.

—No lo volveré a hacer —susurró Vax bajando la mirada.

Mankar comprendió que Vax, al igual que él al transformarse nuevamente en humano, se sentía muy arrepentido de su comportamiento en el Bosque de la Tinta. No lo habían controlado. Pero debía poderse.

—No lo resistiré mucho tiempo —dijo Vax, pero ahora en su voz se sentía un gran sufrimiento.

«Natis pudo», pensó Mankar claramente.

Vax asintió con convencimiento. Temblando, se volvió a tumbar en el asiento. Cerró los ojos y respiró profundamente, echando la cabeza para atrás.

—¿Hay algo que podamos darle para que se recupere? —preguntó Mankar—. ¿O algo para que deje de tener... sed?

Juanma, que se encontraba de espaldas a Arkadios en un rincón de la habitación y con los brazos extendidos a ambos lados, compuso una expresión pensativa.

—¿Poción multijugos...? —preguntó Mankar, pero Juanma negó con la cabeza inmediatamente.

—Creo que... tengo unos amuletos... —susurró Juanma.

Mankar supo que no funcionarían, pues los vampiros del Bosque de la Tinta funcionaban diferente, pero no detuvo a su hermano.

—¿Y un maleficio para taparle la nariz? —sugirió Arkadios.

Los demás intercambiaron miradas. Era una solución burda, pero Juanma accedió a hacerlo. Lanzó el hechizo y Vax no se opuso. Mankar suponía que en el fondo sería cuestión de voluntad.

—¿Y cómo ocultamos todas esas cicatrices?

Vax respondió esta vez:

—Se borran solas. Por eso fueron tan crueles conmigo. —El dolor de su voz cambiaba la atmósfera—. Nosotros no sangramos y difícilmente quedamos incapacitados. Me torturaron a más no poder, y todo por... su bendito tesoro...

—¿Tesoro? —preguntó Juanma con interés.

—Sí. Una reliquia de ellos que creían que yo tenía.

—¿Y te trataron así, sin tener pruebas de ello, aun siendo tú uno de ellos? —preguntó Arkadios indignado.

—No saben de lo que son capaces de hacer por un objeto semejante. Casi como lo que hace la gente por puntos de HL —añadió sonriendo, y Mankar también lo hizo.

El chico se sintió muy culpable, a pesar de que sabía que ni él ni Vax habían tomado a propósito la garra; ni siquiera imaginaban que se trataba de la llave, y mucho menos de los poderes que contenía y que Renzo relató la noche anterior.

—¿Entonces ya te sientes mejor? —preguntó Mankar, intentando sacarse esas ideas de la cabeza.

—Un poco, pero no del todo bien.

—Juanma, ¿podría quedarse aquí mientras encontramos la manera de regresarlo? —dijo Mankar, mirando fijamente a su hermano.

Éste tardó unos instantes en contestar.

—No puedo. Aquí no hay espacio. Y la gente entra con suma frecuencia. Alumnos, compañeros míos. Tazllatrix y yo estamos trabajando con fuerza en la tercera prueba del Torneo del León Escarlata.

—Mejor no —se retractó Mankar bruscamente en cuanto escuchó la mención de Tazllatrix.

—¿No lo puedes llevar a un club? —preguntó Arkadios.

—No es buena idea. A los clubes entra todo el mundo, todo el tiempo. Sospecharían aunque no se den cuenta de que es un vampiro. De todas formas, intenté meterlo en mi Sala Común, pero mi retrato no me dejó, porque él es de Ravenclaw, supuestamente. No hay forma de llevarlo a la Sala de Clubes si no puede entrar en una Sala Común.

—Y no me puedo cambiar de casa, obviamente; se enterarían las jefas —intervino Vax.

Juanma lo miró indagador ante el hecho de que supiera cómo funcionaba aquello en Harrylatino, pero Arkadios habló:

—Si quieres... puedes ir conmigo a la Sala Común de Ravenclaw.

Las miradas se posaron sobre el muchacho una vez hizo la propuesta.

—¿Y si alguien se da cuenta? —preguntó Mankar preocupado.

—Si Edward Cullen puede pasar inadvertido... —insinuó Vax.

—La gente de verdad no es estúpida —respondió Mankar con impaciencia—. Notarán que no eres humano.

—Na... —empezó Vax, pero se quedó callado y continuó mentalmente.

El mundo mágico no sabe que Natis es una vampira también.

—Tal vez sólo estás exagerando porque sabes la verdad —dijo en voz alta—. Pero quizás los demás sólo me vean como un chico más blanco.

—Siempre se puede hacer un encantamiento desmemorizador —dijo Juanma.

—¿Lo harías? —Mankar no pudo ocultar la incredulidad en su voz.

Juanma asintió.

—Sólo es un secreto temporal, ¿no? —comentó como si se tratara de algo obvio—. En cuanto se vaya de regreso, todo volverá a la normalidad y nadie se meterá en problemas.

Los demás asintieron, y un bullicio se escuchó afuera en el pasillo, pues un grupo numeroso de estudiantes pasó frente a la puerta.

—Llévalo pronto a tu Sala Común, antes de que comiencen las clases —le dijo Juanma a Arkadios. Se dirigió al escritorio y tomó el pergamino; lo leyó rápidamente y anotó unas últimas palabras mientras decía—: Mankar, entra a mi habitación y toma una camisa o algo. La que quieras.

Mankar cruzó la puerta detrás del escritorio de Juanma y sintió un molesto escalofrío; nunca había estado en la habitación de un profesor. Abrió el armario y tomó la primera prenda que vio. Salió y se la mostró a su hermano.

—Sí, no importa —respondió éste—. Bueno, creo que pueden arreglárselas sin mí por ahora. No es conveniente que nos vean a todos, ¿cierto? Si necesitan algo más, me avisan. Por cierto, Mankar —añadió—, aún no pueden enviar a nadie del ministerio para interrogarte. Siguen muy preocupados por la desaparición de la ministra.

Mankar asintió sin mirarlo a los ojos. Se despidieron de Juanma y salieron a toda prisa. La primera clase ya debía estar comenzando.

Labenthium —dijo Arkadios mirando su varita.

—¿No te parece que no es momento apropiado para revisar el Laberinto?

—Da igual, ¿no? —respondió Arkadios—. Sólo perderíamos cinco minutos, sea lo que sea que estemos haciendo —Mankar decidió no responder. Quiso también comprobar si abría el juego pero se contuvo—. ¡Cierto! ¡Bea está esperando la respuesta de Juanma!

Incrementó el ritmo del paso y los otros dos no tuvieron opción más que seguirlo. Anduvieron por el séptimo piso un buen rato, y Arkadios insistió, cuando al parecer estaban muy cerca de la Sala Común de Ravenclaw, en que Mankar se quedara esperándolos. Él y Vax se despidieron con una mirada triste.

Seguiremos comunicados —dijo telepáticamente—. Prometo portarme bien. No chuparé ni una gota de sangre. A menos que vea a Juanjo y...

Mankar hizo una mueca. Le dio la espalda y decidió bajar solo al salón de Herbología sin esperar a Arkadios. Pero antes retrocedió a su Sala Común para ponerse un uniforme decente. Y se aseguró de que el retrato notara su mirada desdeñosa.

Al parecer Arkadios tardó un poco más en acomodar a Vax en su Sala Común de lo que esperaba, pues Mankar duró un buen rato sin recibir más que vagas respuestas de su conciencia a las preguntas que le hacía. Así, más por costumbre que por interés, el chico llegó al invernadero. La profesora Pili no se dio cuenta de su tardanza ya que todos estaban ocupados podando una planta extraña, amarillenta, de tallo grueso y al parecer gelatinoso. A veces, ante malos cortes, soltaba chorros de un fluido desagradable.

Mankar tomó los instrumentos del armario y se dispuso a hacer lo mismo en una mesa libre. Estuvo a punto de cortarse un dedo cuando escuchó una voz fría, susurrante.

Arkadios ya se fue —informó por fin su conciencia.

El chico tardó dos segundos en reponerse de la impresión, y continuó con su tarea distraídamente.

«¿Y tú cómo estás?»

Creo que ya me repuse. Estoy en una habitación extraña, son un poco diferentes a las de Gryffindor. Es circular, pero muy estrecha, y el techo es tan alto que el dormitorio se asemeja a un tubo. Las camas se encuentran dispersas hacia arriba, a lo largo de la pared, conforman un camarote muy alto.

A Mankar le llegaba la débil visión de lo que describía Vax, así que no le costó imaginarlo.

«Tenemos que hablar», le dijo.

Sí, pero tendrá que esperar a finalizar las clases —respondió Vax—. Si te ven evadiéndola, podrías meterte en problemas, y más si te encuentran conmigo.

La idea de esperar más de seis horas para poder hablar con él no le hizo nada de gracia a Mankar. Le propuso tratar el tema mentalmente, pero desistió en cuanto la profesora le preguntó el porqué de su falta de concentración.

Espero pacientemente, aunque no fue necesario hablar con Vax todo el día para que anduviera distraído en clases, lo cual le valió varios llamados de atención, en especial de la profesora Selene, quien seguía teniéndolo en la mira durante las clases de Historia de la Magia.

Caminó solitaria y lentamente por los pasillos entre cada clase, y a la hora del almuerzo empezó a contarle a Vax la historia que Renzo le había relatado la noche anterior. Pero, cuando apenas había comenzado, vio que algunos compañeros tenían las varitas en la mano, y de ellas salían chispas amarillas y números.

Labenthium —susurró él, sacando la suya también.

La cuenta regresiva terminó y fue transportado al Laberinto, una sensación a la que ya estaba totalmente acostumbrado. No perdió el tiempo y echó a correr a toda velocidad. Vax siguió acosándolo para que terminara de contar lo que sabía, y se enojó en vista de que Mankar no le prestaba atención. Después de amenazarlo con que entraría a jugar también, por fin Vax logró retomar la conversación, aunque el otro chico seguía corriendo en el Laberinto.

Al llegar a un cruce con otro camino, Mankar vio a Arkadios atravesándolo. Su energía se renovó y empezó a correr tan rápido como pudo. Sin desviarse, continuó avanzando siguiendo únicamente su instinto y unos pequeños razonamientos, haciendo nuevamente caso omiso de Vax.

¡Oye! ¿Qué pasó con el Dragón Rolo? ¡Sigue contándome! —exclamaba impaciente.

Mankar llegó al séptimo letrero, que se encontraba en otro cruce entre dos caminos, y vio a Arkadios corriendo hacia él. Le había tomado la delantera. Temblando de nervios, siguió corriendo, esperando que su suerte le llevara a la Copa de los Tres Magos. Al ver el octavo, vio que un muchacho salía de otro callejón más allá y tomaba la delantera.

Mankar giró a la izquierda después de hacer un rápido cálculo de la ubicación de la Copa. Pasó el noveno letrero sin apenas mirarlo. Siguió corriendo; tuvo que devolverse en dos ocasiones, pero sabía que estaba cerca. Podía ver la luz de la Copa a través de los setos. En el décimo letrero tropezó nuevamente con Arkadios, y ambos empezaron a correr codo a codo, como si de ello dependiera su vida.

¡Voy a entrar al Laberinto si no me respondes! ¡Uno...!

Mankar no le respondió de inmediato. La Copa estaba frente a él y estaba seguro de que podría adelantar a Arkadios, o al menos empatar. Pero ninguno de los dos parecía estar dispuesto a ello.

«¡Espera un momento!», pensó desesperado cuando escuchó a Vax continuar su conteo.

¡Tres! ¡Labenthium!

—¡No! —gritó, y tropezó. El segundo que tardó en reponerse no le bastó para recuperar la ventaja: Arkadios ya había tomado la Copa de los Tres Magos y la luz blanca intensa ya llenaba el Laberinto.

Mankar se encontró tirado en el césped, mascullando «Estúpido Vántrax».

¡Te la creíste! No puedo entrar al Laberinto. Hice el hechizo sin varita.

Mankar cerró los puños con ira y arrancó puñados de hierba. Se levantó y, sin siquiera mirar a Arkadios, entró al castillo y caminó directo a la Sala Común de Gryffindor. Era el Laberinto más rápido que había jugado nunca.

«Tú y yo vamos a hablar», pensó, con semblante serio.

No. Vas a ir a clases. Asustad.

«¿Qué? —preguntó, molesto—. Sube a la Sala de Clubes. Ahora. No —añadió, en cuanto sintió que Vax empezaba a interrumpirlo—, hoy no iré a clase de Pociones.»

Iba a decir que no sé cómo llegar a la Sala de Clubes desde la Sala Común de Ravenclaw, pero no importa, preguntaré...

Mankar puso los ojos en blanco. Subió los escalones de dos en dos y en pocos minutos atravesaba la puerta de su Sala Común. Subió por el dormitorio de los chicos hasta el final de las escaleras y abrió la puerta. Buscó con la mirada a Vax en la sala circular, y al aceptar que éste no había llegado, lo esperó junto a la puerta de la Sala Común de Ravenclaw.

Cuando esta se abrió, salió Haher. Lo miró a los ojos (quizás percibió las pequeñas heridas que tenía Mankar en su cara) y, si lo saludó, tuvo que ser un gesto mínimo, pues éste no se dio cuenta. Luego, Haher se dio la vuelta y la voz de Vax dijo desde dentro:

—Ah, llegamos, ¡muchas gracias!

Mankar frunció los labios y le lanzó una mirada asesina. Tomó a Vax de la túnica y se lo llevó directo a su club.

—¿Qué pasa? —Vax rió—. Oye, es muy extraña esa Sala Común. Es un pasillo curvo, quizás circular, con puertas a ambos lados que llevan a los dormitorios. Cuando llegas al final, o al principio, o bueno, a la puerta por la que se supone que has entrado desde el otro lado, llegas a la Sala de Clubes. Genial, ¿no? Como si fuera de otra dimensión.

—¿Me vas a dejar contarte la historia por fin?

Vax se quedó callado, mientras entraban al club de Mankar. Pitapatafrito los recibió muy contento, y no demostró ni siquiera darse cuenta de lo extraña que era la apariencia de Vax.

Se sentaron junto a la ventana y Mankar contó lo que sabía de Greenman, el Dragón Rolo y las garras de vampiro y licántropo.

—Es cierto —comentó Vax—. Yo pude ver todo el territorio de los vampiros cuando tuve la garra en mi mano. Es decir... todavía la tengo. Aunque no parezca...

—¿Y no se dieron cuenta?

—No. —Levantó la mano—. Es como si no tuviera nada.

—¿De qué forma te libras de ella?

—No lo sé —dijo Vax pensativo—. No lo he intentado.

—¿Puedes ver Bloody Swamp? —preguntó Mankar.

Vax se quedó mirando su mano. Extendió los dedos e hizo una cara de concentración.

—¡Sí!

Hizo un gesto brusco con el brazo, como si le doliera. La mano brilló y, de repente, de su palma emergió rápidamente la garra completa, y Vax la tomó con la otra mano.

—Al parecer cuando la mano de quien la lleva se queda sin energías, la garra se desprende de ti. De hecho ellos intentaron golpearme, en caso de que yo la tuviera, pero quizás no lo hicieron lo suficientemente fuerte. O de pronto no lo hicieron tanto tiempo como debían, porque al salir el sol volví aquí.

—O sea que no se pueden separar el original y la conciencia.

Vax lo miró extrañado.

—¿De qué hablas?

Mankar le contó lo que sabía de las habilidades especiales de cada raza, y acerca de la habilidad que ellos tenían y que, al parecer, él también.

—¿Los vampiros se multiplican, así no más? —preguntó Vax asombrado.

—Yo diría que se dividen —explicó Mankar—. Tú y yo somos uno solo. Nos complementamos. Cuando yo digo blanco, tú dices negro.

—Cuando tú eres licántropo, yo soy vampiro —dijo Vax. Al cabo de unos segundos, preguntó—: Pero, ¿cómo explicas que tú pudieras hacerlo sin ser...? —No terminó la pregunta. Al parecer tenía las mismas sospechas que Mankar había tenido.

—¿Crees que yo descienda de los vampiros?

—Cualquier cosa podría ser —dijo Vax, con una chispa en los ojos. Entonces parpadeó y suspiró—. Oye... al parecer murió Gastón.

—¡¿Qué?

—No me explicaron nada. Sólo escuché que lo decían.

A Mankar la noticia lo tomó desprevenido. El chico en realidad le caía mal, pero sintió lástima por él por no haberlo podido ayudar a regresar y por no saber los motivos por los que fue enviado también al bosque.

—Estaba muy débil —se dijo para sí.

Guardaron un rato de silencio, absortos en sus pensamientos.

—Oculta la llave —dijo Mankar—. No puede perderse.

—En realidad... —comentó Vax—. Creo que no la necesitamos para regresar. Siempre que haya luna llena aquí seremos transportados al Bosque de la Tinta. Natis nos contó que cuando llegó a nuestro mundo, regresaba una vez al mes. Creo que sus regresos coincidían con las fases de la luna. Y es lo que nos ha pasado.

—Sí, ya sabía. De todas formas, guárdala. Fusiónala con tu mano o lo que sea.

Vax tomó la garra e intentó usarla nuevamente. Estuvo durante un minuto con una expresión concentrada, hasta que por fin dijo:

—No puedo.

—¿Cómo así? ¡Si acabas de hacerlo!

—La saqué, pero no sé meterla —dijo Vax preocupado—. ¿O será porque no estamos dentro del bosque?

Un ruido los sobresaltó y ambos voltearon a la puerta del club. Vax no alcanzó a ocultar la garra.

—¡Por fin los encuentro! —exclamó Arkadios. Se veía bastante tenso y tenía ojeras, pero su voz sonaba amable—. ¿Qué están haciendo?

—No, nada, sólo hablábamos —respondió Mankar aparentando tranquilidad.

—¿Qué tienes ahí? —dijo Arkadios. Se inclinó detrás de Vax y vio la garra, aunque éste intentó ocultarla más.

—¡Nada!

—¿Qué es? —insistió—. ¿Es una mano?

—No es de verdad —dijo Mankar con disimulo—. Es la reliquia del pueblo de Vax. Muy frágil.

Arkadios la miró sin pedir que se la entregaran.

—¿Sabes dónde podemos guardarla? —preguntó Vax.

—Claro —dijo él con sencillez—. Tengo un cofre en mi dormitorio.

Mankar y Vax intercambiaron una mirada.

—Está bien —dijo el primero—. Siempre que podamos tomarlo cuando lo necesitemos.

—Oye, ¿y para qué nos necesitabas? —preguntó Vax, poniéndose de pie.

—Sólo me preocupé porque no los encontraba —dijo Arkadios—. Nadie más se queda en mi dormitorio y creí que te habían descubierto. ¡Labenthium!

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HECHIZOS DE PROTECCIÓN

Algunos estudiantes han expresado últimamente su preocupación con respecto a rumores acerca de la poca seguridad que tienen los juegos de Harrylatino. Al respecto, es importante que sepan que estamos haciendo intensos estudios a lo que posiblemente podría causar los inconvenientes, si es que los hay.

Estos trasladores están libres de la magia que prohíbe transportarse dentro y fuera de los terrenos del castillo, y es la única forma de aparecerse entre dos lugares. En caso de que aparezcan en un lugar no deseado, hemos realizado un sortilegio sobre Harrylatino, de manera que al hacer un simple hechizo, regresemos al último lugar en el que estuvimos y desde el cual nos desplazamos mediante magia.

Es decir, quienes atrapen la snitch y realicen el hechizo volverán de inmediato al lugar donde la encontraron. Con la Copa ocurriría algo parecido, pero serán transportados nuevamente a la plataforma de los ganadores.

El conjuro es Serafi Aparecium.

¡No se den por vencidos! Aún queda bastante de este curso para poder hacer puntos

Vito

26 de febrero de 2008


«Y esto explica por qué todos dicen Serafi Aparecium por todos lados...», pensó Mankar, irritado.

¿Por qué? —preguntó Vax en su mente—. Ah, ¿ya leíste el tablón de anuncios?

«¿Tú cómo sabías? ¿No se supone que no has salido del dormitorio de Arkadios?»

Nadie se da cuenta —respondió su conciencia con despreocupación—. Además Arkadios se la pasa afuera, y cuando viene no despega sus ojos de los libros. Creo que se está esforzando en exceso, ¿sabes? Y no deja de comprobar si el Laberinto abre.

«Recuerda que Bea es como su niñera, le exige demasiado», razonó Mankar, aunque no envidió a Arkadios.

A veces me preocupa.

Mankar se quedó mirando el tablón de anuncios de su Sala Común, y releyó las palabras del director.

«¿Crees que funcione el tal hechizo? ¿Crees que desde el Bosque de la Tinta se pueda regresar a casa usándolo?», preguntó Mankar escéptico.

La verdad no. Las llaves son llaves. Y también me cuesta creer que esto sea lo único que haga Vito por ti. ¡Cuántas personas no están en peligro! Yo despediría a Devil.

«Tú y yo sabemos que a un niñito jamás le van a creer...»

Una palmada fuerte en la espalda calló sus pensamientos.

—¡Hola, Manko!

—Cómo están —respondió Mankar serio. Rob Potter esbozó una sonrisa de disculpa.

—Oye —dijo Lesson—, ¡nos contaron que Jessi te vio desnudo!

Mankar le dirigió una mirada asesina.

—Eso no es verdad, yo no estaba desnudo.

—Ron no deja de hablar de eso —dijo Tarru riendo—. La verdad es que creo que hubiera querido verte desnudo.

—Cállate —espetó Ron. Mankar no iba a decir nada, pero Lesson continuó, ruborizado—: Estábamos pensando en conseguir algún reemplazo para Gastón. ¿O crees que vuelva pronto?

—Dudo que sobreviva —respondió Mankar ahora con voz melancólica.

—¡Entonces digámosle a Lacrimosa! —dijo Lesson, como si nada.

—¿A quién? —preguntó Mankar después de reponerse de su incredulidad.

—Lacrimosa Apple, es un chico de primer curso, pero es muy... —Ron calló un instante—. O sea, es muy fuerte y hábil, y no tiene equipo.

—Bueno, tendrán que decirle a Devil...

—Y queremos que vuelvas a ser el capitán —pidió Tarru.

—¿En serio? —dijo Mankar, arqueando una ceja.

—Sí —confirmó Ron—. Puedes, ¿no?

—No lo sé. Tengo muchas cosas que hacer...

—Vamos, nadie mejor que tú. Además tienes mucha experiencia en supervivencia, ¿no? —lo animó Rob.

Al final terminaron convenciendo a Mankar. No le atraía mucho la idea de pensar en otra cosa que no fuera lo que lo mantenía ocupado los últimos días; ni siquiera tenía interés en seguir en el Torneo del León Escarlata. Pero creyó que le vendría bien una distracción, además que sus amigos le dijeron que, en caso de que tuviera que retirarse, Rob volvería a tomar el mando.

—Apple, ven —llamó Ron en voz alta.

Un chico que reía con sus amigos volteó la cara y se acercó a los Guardianes. Era alto y moreno.

—Él es Mankar, el capitán de los Guardianes de Nurmengard —se apresuró a presentar Ron.

Lacrimosa le estrechó la mano con fuerza y mostró unos dientes blancos.

—¿Y cuándo es la tercera prueba? —preguntó Mankar.

—Este sábado —dijo Lacrimosa—. ¿Creen que pueda participar?

—Claro —respondió Tarru—. Mankar irá a inscribirte en vez de Gastón.

Unos minutos más tarde, Mankar salió directo al despacho de Juanma, y Lacrimosa lo acompañó. No tenía ganas de ir adonde Devil.

Recorrieron el camino del séptimo piso, y al llegar, Mankar tocó la puerta. Ésta se abrió y, como Vax habría dicho, los recibió el mismísimo demonio.

—Hola, muchachos —dijo Devil—. Pasen.

Se hizo a un lado y Lacrimosa entró, aunque Mankar se lo pensó dos veces.

—Hola, Juanma —saludó Mankar a su hermano, ignorando olímpicamente a Tazllatrix.

—Buenas tardes, chicos. ¿Cómo te fue con...? —Juanma se detuvo a mitad de la pregunta—. Digo, ¿cómo te ha ido? —corrigió rápidamente.

—Bien, sólo venimos para reportar un cambio en el equipo del Torneo del León Escarlata —anunció; quería irse de ese lugar tan rápido como fuera posible.

—¿Qué pasó? —preguntó Devil, con sobreactuada preocupación.

—Gastón no regresa —le informó Mankar—. Queremos el equipo completo para la próxima prueba.

—Sí, tienen razón —comentó Juanma—. Estuvieron a punto de perder la última prueba por ello, ¿no?

Mankar asintió.

—¿Tú serás el nuevo integrante? —preguntó Juanma a Lacrimosa, y éste asintió—. Escribe su nombre completo en este papel —indicó a Mankar—, su ID, firma como capitán, y más tarde te registro.

—Señor Weasley —dijo Devil—, ¿no cree que debería adelantarse en las clases antes que participar de actividades extracurriculares?

—¿«Lacrimoso»? —preguntó Mankar, sin prestarle atención—. Ah, disculpa. ¿Y tu ID? —Cuando terminaba de escribir, le respondió a la mujer—. Claro. Y también creo que los derechos de los estudiantes deberían poder ser ejercidos tanto como nos exigen cumplir nuestros deberes: poder ser escuchados, y no sólo reprimidos y castigados. Y que usted, como Jefa de Casa, debería proporcionarnos protección y confianza. Soy un hombre lobo, ¿sabe? —La miró con odio—. Y el jueves pasado fue luna llena, y tuve que...

Pero su frase quedó ahogada antes de terminarla. Vio por primera vez a Devil y se sintió aterrado. La mujer estaba exactamente igual que siempre, pero la recubría una sombra aterradora, que la hacía ver más grande, más imponente, más oscura, más maligna. Su cara de estupefacción no le impidió a Devil responder.

—Usted se queja, señor Weasley, pero usted tampoco cumple. Le ofrecimos ayuda en la enfermería y usted se escapó —explicó, como si Mankar fuera un niño de tres años que aprendía a contar—. ¿Y todavía se atreve a exigir? ¿Y a acusar? Sin pruebas, joven, debería subírsele un porcentaje de troll, a ver si...

—¡Pero si usted...! —respondió Mankar ofendido, y sin terminar de reponerse de esa visión tan extraña.

—¡Basta por favor! —interrumpió Juanma—. Mankar, respeta a tu profesora. Taz, si lo provocas así no esperes que no te responda. Niños —dijo ahora dirigiéndose a Mankar y Lacrimosa—, por favor, retírense. Estamos un poco estresados.

No tuvo que repetirlo: los niños dieron media vuelta por donde habían llegado.

—Y Mankar —añadió Juanma—, sé que estás pasando por un momento difícil. Procura dedicar un tiempo para ti y para tus prioridades. Cuando quieras hablar con alguien, aquí me tienes.

—Gracias —susurró el chico, y salió sin cerrar la puerta.

Lacrimosa no hizo ningún comentario acerca de lo que habían hablado Mankar y los profesores. Sólo le preguntó si se encontraba bien y adónde se dirigía, y regresaron a la Sala Común. Mankar subió solo a los clubes y esperó allí a Vax.

—Dejé la garra en el cofre de Arkadios —informó—. Está muy bien escondida.

El otro chico asintió, y ambos entraron a la sala de todos los clubes existentes. Allí buscaron Azkaban, y encontraron a Boggart sentado en un sillón con un libro en la mano. Se levantó repentinamente cuando ellos entraron y saludó a Mankar efusivamente.

—Te presento a Vax. No vas a creer lo que pasó anoche.

Se sentaron y Mankar le relató su estancia en el Bosque de la Tinta; obviamente, no le contó que Vax era su conciencia, sino que simuló que habían regresado juntos.

Boggart se mostró nuevamente abatido. Quizás no terminaba de acostumbrarse a la idea. No solía expresarse bien de las criaturas que había en el bosque, por más que Mankar le explicaba que eran civilizadas como él. Mostró cierto temor hacia Vax cuando supo que era un vampiro.

Estuvo de acuerdo en cuanto al hecho de que no recibirían ninguna ayuda por parte de las directivas del colegio, y que lo mejor era tener tanto cuidado como fuera posible. Todavía no entendían tantas cosas...

—No atenderán el caso de mi padre hasta que regrese Natis —le contó a Boggart—, o hasta que, dentro de un buen tiempo, se normalicen las cosas.

Entonces le explicó (o intentó hacerlo) lo relacionado con la garra.

—Es muy buena idea lo de dejar la garra en la Sala Común de Ravenclaw —comentó Boggart, una vez Mankar dejó de hablar.

—¿Ah, sí? —inquirió éste—. ¿Por qué tan buena?

—Pues por lo que tú mismo me has contado —respondió Boggart—: la única forma de transportarse entre el Bosque de la Tinta y este mundo es con una de esas llaves. Si tú viajaste a ese lugar hace tres meses, tuvo que ser por obra de una de ellas.

—¿Quieres decir que la garra del licántropo está aquí en Harrylatino? —exclamó Mankar con voz más aguda de lo que pudo controlar.

—Puede ser que la garra se encontrara dentro de la Copa del Laberinto —sugirió Boggart.

—Tiene mucho sentido —terció Vax—. La Copa regresa al pedestal frente al Laberinto inmediatamente traslada a alguien. Es decir, llegaste al bosque y la Copa, junto con la llave, regresó a Harrylatino.

—¡Sí! —aprobó Mankar—. Y quizás no esté allí por casualidad. Alguien debió colocarla.

—¿Y creen que ese alguien la tenga? —preguntó Boggart con una extraña voz apagada.

—¡Claro! —exclamó Vax—. Podríamos robarla y... llevársela a los licántropos. ¡Se pondrán tan contentos!

—Por eso —dijo Boggart—, deben guardar con mucho cuidado la de los vampiros. ¿Creen que es prudente que Arkadios sepa su escondite?

Mankar asintió.

—Se ha mostrado muy desinteresado al ofrecernos su ayuda.

—¿Él no es el hijo de la profesora de Defensa? —preguntó Boggart—. ¿Bea Gryffindor?

—Parece que es como un hijo adoptivo —dijo Mankar.

—Esa señora es un poco extraña. A veces es sumamente amable, y a veces se enfurece como una loca —explicó Boggart—. Yo no confiaría en ella.

Mankar sabía a qué se refería. Arkadios se veía bastante alterado siempre, y Bea Gryffindor no hacía nada más que exigirle.

Durante los siguientes días, estudiaron a ambos desde lejos, pero no encontraron el menor indicio de que alguno tuviera idea de las llaves o algo por el estilo.

Ni Mankar ni Vax recordaban que Arkadios hubiera demostrado algún interés especial por la garra. Incluso, según Vax, ni siquiera parecía que en algún momento recordara la existencia del cofre: nunca se cercioraba si seguía escondido o con su contenido completo. Lo decía él, que vivía prácticamente encerrado en el dormitorio de Arkadios.

Vax notaba que el chico se veía cada vez más y más agotado, y estaba harto de escuchar la palabra Labenthium. Lo único bueno de ello era que Mankar siempre se enteraba cuándo abría el juego y así podía entrar él también, aunque siempre perdía por poquísima ventaja.

A pesar de ello, Vax y Mankar acordaron guardar la garra en otro lugar; si Arkadios realmente no estaba interesado en su cofre, ni siquiera se daría cuenta. Casualmente, Vax encontró un ladrillo suelto en el dormitorio y ocultó la garra detrás, envuelta en numerosas mantas y muy bien camuflada.

Mankar seguía testarudo y sabía que Arkadios o Bea Gryffindor no representaban un peligro realmente. No, la que debía poseer la garra del licántropo tenía que ser sin duda Tazllatrix Devil. Pero, ¿dónde buscar? Tampoco había ningún rastro de que en el salón de Transformaciones o algún lugar que Devil frecuentara. Él y Vax planearon una incursión en su despacho, pero la puerta estaba muy bien protegida contra cualquier hechizo, de modo que perdieron su tiempo.

También visitaron a Juanma varias veces, y allí tampoco encontraron pistas, aunque estaban seguros de que Devil no revelaría un secreto como tal ni siquiera a su compañero.

Desanimado, Mankar buscaba desahogar sus ansias jugando al Laberinto, pero, debido a su fracaso, sólo incrementaba más y más su frustración. El caso del ministerio tardaba tanto que casi había perdido las esperanzas por completo. Sin embargo, la noche de la tercera prueba del Torneo del León Escarlata, Mankar vio llegar por la ventana de su dormitorio una lechuza.

¡Mallow! —exclamó con alegría.

Gonza se encontraba con él y ambos fueron a recibirla. La relación entre ellos dos se podría decir que no había cambiado, aunque ya no pasaban tanto tiempo juntos; en cambio, Haher ya no le dirigía la palabra a Mankar, pero él tenía tantas cosas en qué pensar y estaba tan enojado que casi no le prestaba atención.

Mankar recibió a Mallow con bastante alegría y le dio de comer antes de desenrollar la carta que llevaba. Fue entonces cuando se dio cuenta de que eran dos cartas. Vio los remitentes: una carta era de Sorceress y otra de Gaby. Escogió al azar la de Sorceress y se sentó junto a Gonza a leer.

Hola, Mankar:

Tu padre y yo estamos sumamente contentos de que te encuentres sano y salvo. Seguro que tendrás muchas cosas que contar, esperamos que pronto podamos vernos y que también nosotros te contemos a ti.

Para Merlín ha sido muy duro todo esto. Imagínate, no sólo fue acusado por un crimen que no cometió, con numerosas pruebas falsas, sino que también se entera que su hijo está desaparecido.

Lo visito diariamente. Está seguro de que todo se resolverá pronto. Pero, me ha pedido que te diga, por favor, no le cuentes nada a nadie aún. Complicaría demasiado las cosas. Gaby está trabajando arduamente en este caso.

Me está prohibido viajar en este momento, y por ello no puedo ir a visitarte. Quizás tu abuela lo haga, aunque tiene mucho trabajo últimamente.

Tal vez te haya costado un poco reintegrarte al colegio; dedícate bien a ello, no te preocupes por nosotros. Tu padre está bien.

Hay muchas cosas más que quisiéramos decirte, pero no es conveniente hacerlo vía correo. Por favor, ¡ten mucho cuidado! No sabemos ya ni en quien confiar.

Cuídate mucho.

Besos,

Sorceress

Mankar sonrió y releyó la carta un par de veces. No era muy tranquilizadora, pero supuso que era lo mejor que había podido recibir. Tomo la otra carta, pequeña y delgada, y la desenrolló:

Mankar, nos tenías muy preocupados. ¿Qué te había ocurrido? Tenemos muchos problemas últimamente y tú te desapareces. Sé un poco más considerado. Las próximas semanas tal vez viajo a Harrylatino.

Gaby

El chico parpadeó, como dudando que su abuela le hubiera escrito sólo eso. Se sintió indignado, y Gonza tampoco ocultó su sorpresa.

—Se nota que está muy ocupada, ¿no?

—Sí, claro —respondió Mankar con brusquedad.

Vax le habló mentalmente pero Mankar no le puso atención.

—Bajemos a la Sala Común —dijo, arrugando el pergamino y tirándolo en cualquier parte—. Ya comenzará la prueba del Torneo.

Así hicieron, y se separaron en medio de la multitud de niños de Gryffindor que rodeaba la plataforma donde estaba la estatua del León Escarlata, que brillaba como si fuera de cristal. Algunos estaban allí de curiosos, pues eran menos de la mitad los que todavía no habían sido eliminados de la competencia. Mankar se juntó con los Guardianes de Nurmengard, temblando, en parte por el frío y en parte por los nervios.

—Al menos esta vez no adelantó la prueba, ¿verdad? —dijo Ron Lesson.

—¿Adelantarla? —preguntó Mankar.

—Sí. La última vez la adelantó una semana de improviso —explicó Tarru—. Dijo que teníamos que estar preparados para todo. Aunque la prueba no pareció estar muy elaborada.

—Hoy sí hay pruebas en todas las casas —comentó Lacrimosa—. Están sacando a la gente de los dormitorios. No entiendo.

—¿Cómo así? —inquirió Rob.

—Parece que no está permitido quedarse en la Sala Común durante las pruebas.

—Es absurdo —dijo Mankar—. Las pruebas nunca son dentro de la Sala Común, ¿o sí?

—Es que toda la casa debe estar unida en esta competencia, así sea como público —explicó Rob.

Sí, Mankaú, tendrías que ver la cara de Arkadios cuando llegó y dijo que no podría estudiar toda la noche —dijo Vax divertido.

—¡Vax! —exclamó Mankar.

¿Qué?

«¡No podrás quedarte en la Sala Común!», pensó Mankar angustiado.

He salido un millón de veces.

«Pero ¿y si Fairy Black se da cuenta de que no eres estudiante?», preguntó Mankar.

¿Quién es?

«La jefa de tu casa», respondió Mankar irritado.

Hubo silencio en ese momento (aunque Mankar escuchó en su cabeza un «¡Aaaaah! Claro»), pues acababan de entrar a la Sala Común dos figuras encapuchadas, vestidas con una túnica de color rojo escarlata. Juanma y Devil subieron a la plataforma de la estatua y se destaparon la cara, casi exactamente igual que la primera vez que Mankar los vio hacerlo.

—El león ruge por Hogwarts, ninguna casa lo puede alcanzar. La serpiente le persigue, el águila y el tejón se quedan atrás. El miedo se combate con corazón, la avaricia con simpatía. ¡Sólo un grito en armonía!

—¡El grito de Gryffindor, de Gryffindor ganador! —completaron todos los niños a una sola voz, y Mankar se sintió estúpido por no saber la estúpida rima.

¡No es estúpida, es bonita! —dijo Vax.

Devil empezó a hablar, pero Mankar escuchó otra voz a la vez. Vio desde los ojos de Vax y se transportó a la Sala Común de Ravenclaw.

—Oye, chico —dijo Fairy Black con su angelical voz—. Es hora de la prueba. ¡Baja, te estamos esperando!

—Enseguida voy —respondió Vax—. Sólo debo cambiarme de ropa

«Qué hábil. Así tendrá que dejarte solo —pensó Mankar—. Por favor, no salgas sin la garra.»

Estoy solo. Arkadios no está aquí.

Devil seguía hablando, y ella y Juanma empezaron a explicar la prueba, valiéndose de una especie de tablones pintados con formas y colores, pero el chico de momento no prestó atención.

«Lleva la garra contigo», le pidió Mankar.

No, está bien aquí. Y no sé qué me pondrán a hacer como público. ¿Y si la pierdo?

«Vax, por favor. Llévate la garra.»

¡Está bien, ya voy! —aceptó Vax a regañadientes.

Mankar vio a través de los ojos de su conciencia cómo se acercaba al ladrillo tras el cual estaba la garra escondida.

—¡Que la tercera prueba del Torneo del León Escarlata comience! —exclamó Devil, y levantó su varita al igual que Juanma, haciendo salir de ella letras doradas, mientras el león rugía estridentemente.

Cuando se calló, Mankar tuvo la sensación de que se había quedado sordo, e incluso, al ver caminar a Ron Lesson para recibir uno de los tablones de las manos de Juanma y Devil, le dio la impresión de que no había ningún ruido.

Por eso, aunque quizás más por las palabras que escuchó, se sobresaltó bruscamente al oír decir a Vax:

Mankaú... La garra no está.