Capítulo 23: El Rey del Laberinto

Ante los ojos de Mankar, un muchacho le gritaba y le daba empujoncitos. Pero él no le ponía atención. Su mente estaba al otro lado del castillo, en el dormitorio de Arkadios, viendo a Vax buscar desesperadamente la garra de vampiro.

—¡Reacciona, Mankar! —gritó Ron Lesson, y le dio una palmada en la nuca.

—¿Qué te pasa? —rugió Mankar.

Niño, te estamos esperando para dar comienzo a la prueba —dijo la voz de la profesora Pili Bombay a Vax, desde afuera de la habitación—. Sal, por favor.

—No dejes que te castiguen —le avisó Mankar, volviendo a su trance. Terminó mentalmente: «Sal del dormitorio y busca la garra por allí. Quien la tenga quizás no ha dejado la Sala Común.»

Está bien —dijo Vax, y Mankar percibió su culpabilidad.

Lesson y los demás Guardianes de Nurmengard miraban a Mankar preocupados y un poco irritados.

—Perdón. No me siento muy bien —explicó Mankar—. ¿En qué consiste la prueba?

—Mira —se adelantó Lesson. Mostró el tablón que le había entregado Devil: era cuadrado y tenía una forma pintada en él—. Debemos buscar esta imagen en el castillo.

Mankar tomó el tablón y lo contempló. Los demás no le dieron mucho tiempo para ello, estaban un poco molestos por haber perdido los valiosos primeros segundos de la prueba, así que trotaron a la salida de la Sala Común (en esta ocasión todos sus compañeros eran visibles, pero la sala estaba casi desocupada) y atravesaron el agujero del retrato.

Ron encabezaba el grupo y Mankar se quedaba un poco rezagado estudiando la imagen. No estaba hechizada como cualquier foto o retrato mágico, pues se encontraba estática. Mostraba una franja negra que cubría la tercera parte del tablón, parecía una especie de cortina desplegaba. El espacio restante lo ocupaban unos ladrillos pequeños (o eso parecía a juzgar por el tamaño de la tela y el largo de sus arrugas) del mismo color de los del castillo. Una línea de sangre recorría algunos ladrillos, la cual comenzaba cerca de la tela y desaparecía debajo de ella. La sangre escurriendo era la guía para saber cuál en qué sentido se debía observar la figura, de modo que la cortina se hallaba en la parte izquierda.

—Tal vez sea cerca de la Torre de Adivinación —sugirió Tarru—. Allí los ladrillos son más pequeños.

—Pero está cerrada —dijo Rob—, ya no dejan visitarla y nadie tiene clase allí.

—¿Qué creen que signifique la sangre?

—Podría ser un accidente o un asesinato —razonó Rob.

Sin embargo, al parecer seguían avanzando sin rumbo, todos mirando a izquierda y derecha rítmicamente en busca de la imagen.

—¿Y qué se hace después de que la encontremos? —preguntó Mankar.

—No pusiste atención a nada —se quejó Lesson en voz no tan baja.

—Hay que colocarla en su lugar —explicó Apple—, y recibiremos otra. Después de completar cuatro, mostrará el lugar al que hay que ir para terminar la prueba, y al parecer el tablón nos será de ayuda para completarla. —Hizo una pausa y se quedó mirando a Mankar—. ¿Te sientes bien? Estás muy pálido.

Mankar lo miró aterrado. Desde que se enteró que tenía la similitud con los vampiros, no dejaba de examinar en su espejo el color de su piel y sus ojos; Vax no dejaba de llamarlo paranoico. Pero simplemente asintió y Lacrimosa no hizo más preguntas.

Su mente, de todas formas, estaba más en la Sala Común de Ravenclaw con Vax, quien en ese momento buscaba con disimulo la garra del vampiro. ¿La había robado alguien? ¿O quizás fue descubierta por casualidad? ¿Y si la persona que la poseía había fusionado su mano con la garra? ¡¿Y si la garra lo había transportado al Bosque de la Tinta?

Vax intentó tranquilizarlo y le propuso preocuparse por ello cuando terminara la prueba. Le recordó que la garra no la podían hacer servir los humanos en su mundo.

—Creo que lo único que podemos hacer es visitar la Torre de Astronomía y tal vez haya pistas allí —declaró Mankar.

Los demás asintieron. Nadie tenía una mejor idea, y Mankar era el capitán. Fueron trotando, deteniéndose sólo porque Tarru no podía seguirles el ritmo, y Lesson no dejó pasar la oportunidad de criticar su estado físico.

Se dirigieron a la torre norte y, luego de varias discusiones por escoger el mejor camino, puesto que no estaban familiarizados con esa área del castillo, llegaron a una estrecha escalera de caracol que ascendía.

—Los ladrillos son más pálidos que en la imagen —comentó Rob.

—Pero arriba puede haber alguna luz, ¿no? —dijo Ron.

—La única forma de saberlo es subiendo —concluyó Lacrimosa.

Ninguno se quejó, pero ninguno tenía ganas de subir por allí. Empezaron a ascender todos, hasta que, exhaustos, llegaron a una pequeña sala, vacía y oscura.

—Aquí no es —dijo Lesson, dispuesto a devolverse. Rob lo detuvo impaciente:

—Espera. Quizás debamos encender la luz para encontrar la imagen.

¡Lumos! —susurró Mankar.

Cinco varitas se encendieron y pudieron ver claramente el rellano. Tarru dio un respingo cuando dirigió la varita a un rincón, para comprobar si había alguna cortina o rastros de sangre, y se encontró con un ser que gritó:

—¡¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacen aquí?

Los cinco miraron a una mujer alta y muy delgada de ojos grandísimos. Su cabello enmarañado daba la impresión de que era una animaga a mitad de transformación entre humano y acromántula. Vestía de una forma muy estrafalaria y miraba a los niños desde unos anteojos enormes.

—Somos los Guardianes de Nurmengard.

—¡Carceleros! —gritó la mujer—. ¡No tienen nada que hacer aquí, busquen al profesor Dumbledore en su despacho! Él será quien decida qué me harán.

—¿De qué está hablando, profesora? —dijo Rob—. Sólo somos niños.

—Y los he visto venir —respondió ella—. En su corazón guardan oscuros secretos: lobos vestidos de ovejas que pueden en algún momento mostrar su forma de bestia.

—Está loca —susurró Tarru.

«No tanto», pensó Mankar.

—Profesora Trelawney —dijo, avanzando unos pasos—, no queremos hacerle daño. Sólo buscamos este lugar —añadió, y extendió ante sí el tablón.

—¡Aléjate de mí, niño! —exclamó la mujer—. No te atrevas a mirarme a los ojos otra vez, o las malas fuerzas podrían invadir mi ser al igual que el tuyo. La profecía está por cumplirse y grandes desgracias te rodearán.

—Vámonos —dijo Mankar, dando la vuelta con los puños apretados.

—¡Se acordarán de mí cuando ocurran cosas desagradables a su alrededor!

—Nada más desagradable que su presencia —comentó Lacrimosa en voz alta cuando ya se habían alejado de la mujer lo suficiente y volvían a bajar la escalera de caracol.

Así, los muchachos deambularon por el castillo sin rumbo fijo. Pero no se detuvieron más que lo suficiente en cada piso, pues no notaban diferencia alguna en las paredes, y seguían sin encontrar el tipo de ladrillos que buscaban.

Al llegar al tercer piso, un revuelo los atrajo. Los estudiantes corrían todos en la misma dirección. Los Guardianes los siguieron, pero no captaron gran cosa de quienes pasaban a su alrededor:

—¿Crees que Potter la haya hecho otra vez? —preguntó algún chico.

Llegaron al segundo piso y la masa de estudiantes se hizo tan densa que no podían caminar. Mankar vio a otros chicos de Gryffindor con sus tablones en la mano tratando de abrirse paso a través de la multitud, quizás un poco irritados ante el hecho de vivir escenas de Harry Potter que sólo entorpecían su búsqueda.

Pero Mankar y los demás sabían que allí donde pareciera que menos posibilidades había de encontrar lo que buscaban era donde seguramente encontrarían pistas útiles.

Allí, en un fragmento de pasillo despejado alrededor del cual todos se apiñaban, había un pequeño espacio abierto, junto al cual, pintado de rojo en la pared, estaba el siguiente mensaje:

LA CÁMARA DE LOS SECRETOS HA SIDO ABIERTA
ENEMIGOS DEL HEREDERO, TEMED

—Qué originales —dijo Lacrimosa con sarcasmo.

—Lo sé —dijo Mankar, poniendo atención por primera vez en la prueba.

—¡Aléjense todos de aquí! —exclamaba una voz de hombre dolorida—. ¡Denme privacidad con la Señora Norris!

Vieron a Filch (o una ilusión de él, o un actor disfrazado) vestido con un traje negro y muy embarrado, de pie sobre una banca en el centro del pasillo, frente a la inscripción en el muro, bastante rígido, gritando y espantando a la gente con los brazos como si fueran moscas, con expresión enfurecida y los ojos rojos. Las miradas nerviosas de los estudiantes se dividían entre él y la gata petrificada que colgaba junto al mensaje.

—Mankar, vámonos, los ladrillos no son los que buscamos... No perdamos tiempo —susurró Tarru al oído.

El chico se quedó mirando al muro sin prestar atención.

—El mensaje... ¿no está escrito con sangre? —observó.

—Vean —dijo Lacrimosa—, los ladrillos desde lejos parecen pequeños, comparados con los largos trazos de las letras.

—¿Y la tela? —preguntó Rob.

—La cortina... —dijo Mankar, estirando la palabra—, pues la ropa de Filch, obvio.

Dio un paso al frente y salió del grupo. Filch lo miró con ira e hizo ademán de bajarse, pero Mankar fue más rápido: pegó el tablón al conserje, de modo que al verlo quedaba totalmente camuflado, pues de frente coincidía a la perfección la ropa de Filch, el trazo de la primera letra del mensaje y los ladrillos que había unos metros atrás de él.

La silueta del tablón brilló y la madera del lado contrario se vio manchada por una difusa tonalidad oscura. Mankar, sin perder un segundo, salió corriendo y se mezcló en la multitud antes de que Filch hubiera bajado de su banca. Los chicos lo vieron extrañado y se hicieron a un lado para que él pasara, seguido de los demás Guardianes.

Cuando por fin se encontraron en un espacio suficiente para moverse con libertad, se juntaron para ver la nueva imagen.

Un liso rectángulo de piedra, separado ligeramente de los bordes laterales del tablón, se alzaba desde la parte inferior y hasta un poco más abajo de la mitad, donde una pequeña superficie de mayores dimensiones se apoyaba. Un destello plateado, como si se viera una potente luz de frente, iluminaba la parte superior de la imagen, y en el fondo lograba verse el cielo estrellado, el agua y el césped que rodeaba el lago, como podía deducirse.

—¿Habrá que ir afuera? —preguntó Lesson.

—Tal vez, pero cada imagen siempre será algo diferente a lo que parece —dijo Rob.

—Por algún lado tenemos que comenzar —razonó Mankar—. ¿Dónde podremos encontrar esa luz...? —Dejó la pregunta inconclusa y se puso a pensar.

En Harrylatino no había bombillos blancos, y si los había costaba imaginarse uno que fuera tan fuerte. ¿Y uno que se viera desde fuera del castillo, a través del lago? Aunque cabía la posibilidad de que el cielo y el agua estuvieran en un fondo pintado en la pared. La luz recordaba a... ¿a la luna?

«Ya no puedo pensar en otra cosa que en la luna...», se dijo mortificado.

Los pensamientos y sugerencias de los niños no avanzaron mucho de allí, y se encontraron bajando la escalinata de mármol en la entrada principal del castillo. Allí vieron el lago y contemplaron de lejos sus extremadamente quietas aguas, buscando alguna señal de la luz y de la piedra debajo de la cual había que observarla.

Las voces de unos niños exclamando «¡Labenthium!» se hicieron cada vez más fuertes; provenían de un grupo que rodeaba el Laberinto. Los Guardianes pasaron por allí, y Mankar se quedó observando a los chicos que esperaban que abriera el juego.

Había un muchacho trotando de un lado a otro, pronunciando el hechizo. Se acercó a Mankar y los demás y les dijo:

—¡Hola! ¿Van a practicar también? Pueden entrar máximo cincuenta personas, y todavía hay cupos.

Mankar se fijó mejor en el muchacho. Era alto y fornido y de cabello rubio. Tenía un suéter divido en cuatro franjas cuadradas de color amarillo y negro intercalado. Un escudo de Hogwarts descansaba en el lado izquierdo de su pecho.

—¿Quién eres? —preguntó Ron Lesson.

—Soy Cedric Diggory, campeón de Hogwarts —replicó éste.

—No eres Robert Pattinson —observó Ron.

—¿Quién? Dije que soy Cedric Diggory. ¿Van a jugar? —insistió—. Entre más gente mejor. Esto es muy útil para la tercera prueba del Torneo de los Tres Magos, ¡abre a cada rato! Con un poco de práctica no volveré a empatar con Potter.

Mankar y los demás se quedaron pensando un instante la distorsión que había tenido la historia de Harry Potter, pero decidieron no prestar mucha atención, pues sabían que aquello caracterizaba el Torneo del León Escarlata. Luego, notaron que había grupos de muchachas que los miraban de lejos, y comprendieron que se debía a la compañía de Cedric.

«Vax moriría por estar aquí», se dijo Mankar.

¡Te he dicho que el que me gusta es Taylor Lautner! —comentó Vax.

«¡Tú sigue buscando la bendita garra, mientras intento terminar esto de una buena vez!»

—¿Sí ven esa Copa de allá? —continuó Cedric, señalando hacia el pedestal donde ésta se encontraba—. En cuanto el Laberinto abra, ésta desaparecerá, y es cuando podemos entrar. El que encuentre la Copa de los Tres Magos antes que nadie, será el ganador.

—¿Y el hechizo Labenthium? —preguntó Lacrimosa.

—¿Cuál hechizo? ¿Eso que todos dicen?

¡Labenthium! ¡Labenthium! —Las chispas amarillas comenzaron a aparecer pocos segundos antes, pero hasta ahora Mankar y los demás se fijaban.

—Sí, él hechizo para entrar al Laberinto —dijo Rob.

¡Labenthium! —exclamó Mankar.

Ron le dio un golpe brusco en el brazo.

—¿Estás pensando en entrar? —le recriminó—. ¡Estamos en mitad de la prueba!

—¡Vaya! ¿Están entrando todos mágicamente? —se asombró Cedric cuando empezó a desaparecer la gente por obra del hechizo—. Bueno, yo también voy a entrar.

Se despidió con un gesto y entró trotando al Laberinto.

—Creo —dijo Mankar, intentando compensar su error— que donde hay un personaje de Harry Potter puede haber una imagen. ¿Y si la luz plateada de la que tenemos viene de la Copa de los Tres Magos?

—¿Hay que entrar al Laberinto? —preguntó Rob.

—No. Detrás del brillo está el agua —dijo Lacrimosa.

Mankar supo que pensaban lo mismo que él.

—Entonces, la imagen es de la Copa desde el pedestal de afuera, el que está sobre la plataforma de los ganadores —dedujo.

—¡Sí! —aprobó Tarru—. Así que tenemos que esperar a que aparezca la Copa y colocar el tablón.

—Uy, pero si perdemos la oportunidad quizás tengamos que esperar horas a que vuelva a abrir el Laberinto —advirtió Mankar. En realidad dudaba que estuvieran en desventaja, todavía creía que las imágenes de los demás equipos igual de difíciles de encontrar.

Los Guardianes se dirigieron a la plataforma y se situaron detrás del pedestal. Por supuesto, éste encajaba perfecto con el cuadrado de la imagen, y las estrellas, que hasta ese momento Mankar no había notado que estaban inusualmente pálidas y sin vida, se veían desde allí exactamente igual que en el tablón.

Dejaron la imagen fija en el lugar y, mucho más rápido de lo que creyeron, ante sus ojos (demasiado cerca de lo que hubieran deseado) se materializó la Copa con un cegador fogonazo plateado. La luz volvió a la normalidad y todos miraron el tablón, cuya silueta había empezado a brillar en cuanto la imagen que contenía se formó.

—¿Y ahora? —preguntó Ron.

—Es una estantería con libros —dijo Rob, que tenía el tablón—, pero se ve un poco inclinada, ¿cierto? Como si fuera muy alta y se viera desde abajo.

—Y mira —señaló Tarru—, ¿qué será esta franja oscura? Ocupa como la tercera parte, ¿no?

—¿Vamos a la biblioteca? —sugirió Lacrimosa.

Todos estuvieron de acuerdo, pero después de ello visitarían el despacho de Juanma o de algún profesor, pues están llenos de libros. Caminaron de regreso al castillo y Mankar echó un vistazo al Laberinto, cuyo letrero felicitaba a Borja Blake por ser el ganador.

Mankar estudió la imagen. No prestó atención a la piedra que había entre la franja negra y la estantería, ni el oscuro color de todos los libros que se veían: instintivamente asumió que se observaba desde lo alto de otra estantería. Pero algo lo atraía de aquella imagen, como si no fuera la primera vez que la viera, lo cual en realidad era poco probable, pues casi nunca estudiaba en la biblioteca.

—Buenas noches, jóvenes —saludó una mujer de una gran nariz, con voz estricta, cuando los chicos llegaron—. La biblioteca está cerrada.

—¿No estaba abierta con motivo de los Torneos de las Casas? —preguntó Tarru.

—¿De qué habla, joven? —replicó la mujer irritada—. Si lo digo yo, que soy la bibliotecaria, es porque es verdad. Ahora, márchense, por favor.

—¿La bibliotecaria? ¿Y qué pasó con Elizabeth Snape? —preguntó Lesson.

—No la conozco —sentenció ella con terquedad.

—¡Ah! ¿Usted es la bibliotecaria de Hogwarts? —A Lesson se le iluminó el bombillo.

—¡Pues quién más voy a ser!

—Pero usted nunca sale en las películas —siguió discutiendo Lesson.

—¿Qué películas?

—Sí sale, Ron —dijo Tarru—. Dos segundos en las primeras, si no estoy mal.

—¡Niños, retírense, por favor!

—Señora Pince —dijo Rob, sin alterarse—, es un encargo del señor Filch. Quiere que le llevemos un libro especial de limpieza, para la pared donde está la Señora Norris.

—¡Ah! —dijo ella, cambiando el semblante—. ¿En serio? —titubeó—. Está bien. Yo se lo llevaré. Pero salgan de aquí. Ahora.

La mujer los corrió ante sus protestas, y salió con un libro en mano y arreglándose el cabello a un paso nervioso camino al segundo piso, donde Filch hacía guardia.

¡Alohomora! —lanzó Mankar a la puerta de la biblioteca, y ésta se abrió—. Qué vieja tan boba.

—Vamos, antes de que regrese —pidió Ron.

Todos entraron y empezaron a caminar con sigilo en medio de la desértica y oscura biblioteca, con las varitas iluminándolos. No se atrevían a encender ninguna luz, pues podría regresar la señora Pince y verlos allí.

Nuevamente intentaron guiarse por las texturas que tenían cercanas. Después de que Mankar les dijera su teoría, todos buscaron el suelo de piedra, asombrados de que no se hubieran dado cuenta en un inicio de algo que era tan evidente; en realidad, Mankar no lo dudó ni un segundo.

Así, después de registrar gran parte de la biblioteca, se estaban resignando a retirarse, pero Mankar les recordó que donde hubiera un personaje de Harry Potter probablemente encontraran lo que buscaban. Bajaron al piso inferior de la biblioteca y siguieron andando. Se dividieron nuevamente y Mankar, junto con Ron, sin darse cuenta tomó un camino que le resultó muy familiar.

Y por fin lo reconoció.

—¡Aquí fue donde atrapé mi primera snitch! —dijo sonriente.

—Vaya —respondió Ron distraído—. Qué bien...

—No. Espera, ¡sí! —exclamó Mankar—. Yo ya había estado aquí. Mira esos libros —los señaló—, estoy seguro de haberlos visto antes. De hecho, me acuerdo tan bien como si los he visto muchas veces. Creo que... —se detuvo un instante y buscó con la mirada—, ¡este es el lugar exacto! Yo tomé este libro antes de ver... —se quedó callado un momento, volteando la mirada en todas las direcciones.

—¿Sí? —preguntó Lesson, sin mucho interés.

—Espera. No sé por qué, pero aunque había visitado este lugar sólo una vez hace meses, lo recuerdo a la perfección. Aquí está la imagen que buscamos —y señaló con la varita, que iluminaba levemente, una de las estanterías, en las que se veían libros negros y grises sobresaliendo—. ¡Traigan el tablón! ¡Encontramos la imagen! —dijo en voz más alta a los Guardianes que seguían buscando.

Los demás no se hicieron esperar. Llegaron y reconocieron fácilmente el suelo y la estantería.

—Ahora hay que encontrar una forma de llegar allí arriba —declaró Rob señalando la estantería del frente—. Desde ahí es que debemos visualizar la imagen.

Con torpeza, pero rápidamente, Lacrimosa fue ayudado a trepar en la estantería. Se quedó de pie, mirándolos de lo alto, pues según él había mucho polvo para sentarse.

—Pero está muy oscuro. Debemos alumbrar esto —dijo.

—¿Se acuerdan de ese hechizo que estuvimos practicando antes de la primera prueba? —preguntó Rob—. Creo que nos puede servir en este momento.

—Buena idea —acordó Tarru.

A la voz de tres, cuatro voces exclamaron:

¡Lumos Máxima!

Y la biblioteca casi pareció tan brillante como los callejones del Laberinto en el momento en que la Copa era encontrada. Lacrimosa no perdió el tiempo y encontró rápidamente la forma en que el tablón encajara en su visión, y de inmediato su silueta brilló, para mostrar el último lugar a visitar.

El chico bajó de un salto y mostró a sus compañeros el tablón. Se veía una silueta oscura en el centro, más o menos tan gruesa como la mitad de la longitud del marco, que obstruía la vista de un pasillo largo e iluminado con baldosas brillantes.

—Creo que sé donde es —dijo Tarru—. ¿No es frente a la entrada del despacho de Vito?

—Sí, creo que sí —opinó Rob.

Salieron de la biblioteca ahora sin preocuparse de hacerlo sigilosamente, por la puerta del mismo piso en que se encontraban. Subieron camino al séptimo piso tan rápido como pudieron y llegaron jadeando al pasillo donde se encontraba el despacho de Vito. Caminaron hacia lo que parecía un callejón sin salida, en el que una gárgola los miraba fijamente desde el fondo.

—¡Miren! Debe ser la sombra que se ve en la imagen —observó Lacrimosa.

Mankar rodeó la gárgola, con el tablón en las manos, y estuvo seguro de que allí era donde encajaba. La colocó encima de la cabeza de la criatura de piedra y el tablón brilló intensamente y su imagen se borró. Regresó con sus compañeros y juntaron las cabezas para ver la pista del tablón, que se había terminado de formar en la cara opuesta. Era una imagen clara del lago, en el extremo contrario del que quedaba cerca a la entrada del castillo, en el que se veían dos siluetas iluminadas bajo una luz rojiza.

Un ruidito simple, pero aterrador, teniendo en cuenta el silencio total que había en el pasillo, aunque aún más por el hecho de que varios lo reconocieron rápidamente, les hizo dar un respingo y darse la vuelta, pálidos:

—Ejem, ejem.

No tuvieron que levantar la mirada, pues la mujer que se hallaba frente a ellos era bastante baja. La reconocieron al instante. Estaba vestida con una túnica de color rosa. Era gorda y tenía poco cuello, lo cual hacía parecer que tuviera cara de sapo.

—¡Es la mamá de Gonza! —tuvo la desfachatez de decir Ron.

Umbridge los miró y dijo, con una dulce pero envenenada voz:

—¿Cómo me ha llamado? ¡Qué gracioso! Explícate —sonrió, como si creyera que le hablara a un niño de cuatro años o a un retrasado mental.

—Él sólo la ha confundido con otra persona, profesora —explicó Rob.

Mankar sonreía para sus adentros. Le fascinaba interactuar con aquellos personajes y hacerlos creer que uno era parte de su mundo.

—Niños traviesos —soltó una risita—. ¿Qué los trae al despacho de Dumbledore a tan altas horas de la noche?

—Es el despacho de... —empezó Ron—. Ah, sí —esbozó una sonrisa maliciosa—. Profesora, nosotros sólo estábamos buscando al profesor Dumbledore porque al parecer Quien-Usted-Sabe visitó la Sala Común de Gryffindor.

La cara de Umbridge se contrajo en una mueca espantosa.

—¿A qué se refiere usted con ello? ¿Lo ha soñado? —Era obvio que no esperaba respuesta.

—No profesora, claro que no. Él ha vuelto.

—Niños, ¿quieren acompañarme, por favor? —replicó Umbridge, claramente esforzándose por sonreír en vez de perder la compostura—. Creo que necesitamos una pequeña... lección, para que les quede claro que la noche es para dormir, que hay que tener respeto por los mayores y que no hay que creer en mentiras tales como el regreso de... bueno, ya saben —y soltó otra risita.

—¡Le faltó decir que no debemos ingresar al Ejército de Dumbledore! —soltó Tarru.

—¿Ej-ejército?

—¡Sí! ¡Para derrocar al ministro!

—¡Basta! —gritó Umbridge y frunció los labios con ira; cerró los ojos un segundo y trató de recomponer su sonrisa.

Los niños intercambiaron sonrisas burlonas, y Mankar aprovechó el momento para vocalizar una frase sin pronunciar sonido, y los demás Guardianes (quizás excepto Lacrimosa) le entendieron.

—¡Un centauro! —gritó Rob, señalando detrás de la mujer.

—¿Qué? —La voz de Umbridge sonó aún más aguda de lo normal, e hizo ademán de voltear la cabeza, pero se contuvo—. ¿Están jugando conmigo?

Como Mankar se hallaba detrás del resto, pudo escurrir su varita por entre los chicos sin que ella lo notara, y susurró:

Expecto Boggart.

Y no tardó en materializarse, detrás de la mujer, una imponente y alta figura: un torso humano descubierto unido a un cuerpo de caballo, totalmente negro. El centauro tenía una ballesta en las manos y un yelmo le cubría la cabeza. La verdad es que era aterrador, pues sus ojos brillaban y su rostro no alcanzaba a distinguirse.

—¿Están jugando conmigo? —susurró Umbridge indignada.

Pero entonces escuchó el golpear de un casco contra el suelo del pasillo, algo que la hizo brincar hacia delante y darse la vuelta. Las varitas de Rob, Ron y Tarru se alzaron para ayudar a Mankar a que no se desvaneciera el hechizo. Umbridge vio horrorizada a la criatura y pegó un alarido prolongado, tras el cual salió corriendo tan rápido como un ratón asustado, y el centauro la persiguió.

Otro chillido de la mujer se escuchó en la distancia, y Lacrimosa soltó una carcajada.

—¡Eso estuvo genial!

—Sí, pero vamos pronto al final de la prueba —pidió Mankar.

Los Guardianes bajaron los siete pisos del castillo de Harrylatino y salieron por las puertas de la entrada. Desde lejos vieron la luz que iluminaba las siluetas de Juanma y Devil, junto a una roca, de al menos diez metros de alto, que a muchos niños les gustaba escalar de vez en cuando, y que siempre había maravillado a Mankar.

Los Guardianes vieron, a unos dos metros de la orilla cercana al lago, dos estandartes con el escudo de Gryffindor clavados en el suelo.

—Hay que cruzar el lago —declaró Mankar.

—¿No podemos rodearlo? —preguntó Tarru.

—Mira —Mankar señaló los estandartes—, hay que pasar por aquí, ellos guían el camino.

—¿Y cómo cruzaremos? —dijo Ron.

—La profesora Devil dijo que el tablón nos ayudaría a terminar la prueba.

Mankar se acercó más a la orilla y, después de cruzar por entre los dos estandartes, vio que en el lago el agua cambiaba de color: se volvía roja, pero sólo un tramo, como marcando el camino a recorrer. El tablón saltó de sus manos y fue a parar al agua, donde se ensanchó unas diez veces su tamaño original y quedó flotando, mostrando las cuatro imágenes que tuvieron que buscar.

—Subamos —dijo Mankar, y todos lo siguieron.

En cuanto todos pusieron sus pies en el tablón, empezó a moverse solo, y los llevó directo por el camino marcado por el agua roja hacia donde estaban Juanma y Devil. El lago brillaba en la noche, pero no se podía distinguir gran cosa, y Mankar sintió un escalofrío. Se escuchaba el salpicar del agua que desplazaba el tablón al moverse velozmente.

Por fin se detuvieron al otro lado del lago y bajaron. Juanma y Devil los miraban envueltos en sus túnicas escarlata y mirándolos con solemnidad.

—Los Guardianes de Nurmengard —dijo Devil, con las manos en el bolsillo, como bien se fijó Mankar—. Felicidades. Han superado la tercera prueba del Torneo del León Escarlata.

Los chicos se miraron, chocaron las manos, se dieron palmadas en las espaldas y rieron. Juanma fue un poco más emotivo que su compañera y aplaudió el logro de los chicos.

—Pueden regresar a su Sala Común a celebrar —dijo Devil, extendiendo su mano hacia el castillo. Y Mankar la vio: era de color blanco.

Estuvo a punto de lanzársele encima.

—¡Vieja bruja! ¡Usted la robó!

Devil se echó para atrás y Mankar se dio cuenta, bajo la luz que los cubría, que la mujer sólo tenía un par de guantes blancos puestos.

—¡Mankar, por Merlín! —le gritó Juanma enfurecido—. ¿Qué diablos te pasa? —El chico lo miró desafiante, pero no respondió—. ¡Ve a tu Sala Común de inmediato! ¡Aprende a respetar!

Mankar abrió mucho los ojos, sorprendido. Dio media vuelta y caminó con paso fuerte. Nadie preguntó nada, pero él se sintió pésimo por haber arruinado la victoria de su equipo.

• • •

Estaba muy inquieto. En el fondo dudaba que Devil la hubiera robado. Ella se encontraba en la Sala Común en ese momento, aunque era probable que el robo se hubiera efectuado antes. Vax aseguraba haber revisado con frecuencia si la garra seguía en su lugar. Se sentía muy culpable de haberle cambiado el escondite; al menos en el cofre de Arkadios éste era el primer sospechoso. Pero en aquellas circunstancias, podría tratarse de cualquiera. Se le ocurrían mil teorías.

¿Y si Devil usaba guantes para no demostrar que tenía la garra en su posesión? Pero a la siguiente clase de Transformaciones vio sus manos desnudas y estaban igual de normales que las de cualquier otra persona. Además, ella era humana: no podía fusionar su mano con la garra.

Por más divagaciones que hiciera, no podía llegar a una conclusión.

Se había dado cuenta que había sido un error por parte de Vax no entregarle la garra a los vampiros. Estaría más segura con ellos, y no la habrían robado. Natis habría vuelto a ocupar su cargo de ministra y avanzaría el caso suyo. Y los vampiros no sentirían rabia contra los licántropos. Tal vez estaban preparando alguna venganza. ¡Y pensar que ellos hubieran devuelto la garra en su siguiente viaje al Bosque de la Tinta!

Pasaban los días y las noches y las cosas no cambiaban, no había pista alguna sobre el paradero de la garra. No dejaba de preguntarse quién la tenía, y esperaba que, en caso de que hubiera desaparecido por azar y no por malas intenciones de alguien, se encontrara en buenas manos y no causara ningún daño.

¿Y si las dos garras estaban en manos de la misma persona? Pero era muy improbable. Es decir, ¿cómo esa persona (Mankar reemplazaba esa palabra por «Devil») se habría enterado de que la otra llave estaba allí?

La verdad es que ni él ni Vax dudaban de Arkadios. Él probablemente ni se había enterado que ya no estaba la garra en su cofre, y tampoco se mostraba interesado en ella o en el valor que tuviera.

De hecho, el pobre chico se veía ahora bastante enfermo. Ya no hablaba nunca. Incluso Vax creyó verlo una vez llorando. Y a pesar de eso, seguía estudiando con intensidad y ganando todos los Laberintos.

En una clase de Defensa Contra las Artes Oscuras, vieron a Bea Gryffindor darle una bofetada, y Arkadios la recibió sin oponerse. Y eso que incluso el chico mostraba increíbles resultados, aun cuando Bea le enseñaba temas más avanzados que al resto de la clase, y él era de primer año.

Un martes por la noche, durante la clase de Astronomía, la profesora mandó llamar a Mankar, y le pidió que bajara de la torre, puesto que alguien lo esperaba en el despacho del director: era Gaby Weasley. Él obedeció, y bajó con entusiasmo de ver a su abuela. ¿Podría por fin hablar con ella? ¿Qué sería lo que ella tenía que decirle?

Pero al llegar a los pasillos del castillo, vio en su mente a Arkadios, a través de los ojos de Vax, susurrando «¡Labenthium!».

«Estoy en clase, no puedo ir —se obligó a pensar—. ¡Son sólo cinco minutos!»

¡Labenthium!

Fue transportado al Laberinto y no perdió un segundo: tenía la certeza de que estaban él y Arkadios solos allí. Era su oportunidad definitiva y tendría que aprovecharla.

Así que corrió como nunca. Resbaló y tropezó, pero nunca perdió el impulso: siguió adelante, como si se deslizara. De repente el camino hacia la Copa de los Tres Magos era bastante obvio, no supo si fue instinto o razonamiento lógico, sólo supo que iba por el camino correcto.

Fue dejando atrás rápidamente los letreros, volteando esquina tras esquina, sin detenerse apenas ni devolverse. Funcionaba. Por primera vez aplicó todo lo que había aprendido en tantos meses. No cometería nunca más aquellos errores tontos.

Décimo letrero. Arkadios lo seguía a unos diez metros de distancia. Mankar lo conseguiría, pero sabía que no podía confiarse. Corrió tanto como pudo, deseando tener la velocidad que ahora adquiría en luna llena...

Y escuchó un gemido a sus espaldas. Mankar volteó la cabeza y vio a Arkadios, tirado en el suelo. No regresó para ayudarlo, ni nada por el estilo. Llegó hasta la Copa de los Tres Magos y sonrió triunfal. La tomó en sus manos y se vio transportado en medio del potente destello de costumbre.

Lo había logrado. Por fin. Había vencido al Rey del Laberinto. Podría imaginarse siendo llamado bajo ese título. El título que debió serle otorgado cuatro meses atrás.

Cayó sobre la plataforma de los ganadores y contempló el letrero que anunciaba su victoria. Pensamientos egocéntricos se agolparon en su mente.

—Felicidades... —susurró Arkadios, y salió corriendo en dirección al castillo antes de que Mankar pudiera hacer más que mirarlo.

Se sintió un poco culpable. Pero tenía lo que quería.

Tras contemplar la Copa unos segundos más, decidió que era hora de ir al despacho de Vito, pues Gaby lo estaba esperando. Sin embargo, se tomó todo el tiempo del mundo. Lograrlo una vez significaba la capacidad de hacerlo todas las veces que quisiera. Aunque su rival estuviera enfermo o incapacitado, lo había hecho. El Rey del Laberinto.

Cuando se hallaba ya por el cuarto piso, vio a través de los ojos de Vax. Arkadios estaba acostado boca abajo en su cama, jadeando y dando puños a la almohada.

Todos los esfuerzos... No es justo... Nadie ha logrado antes...

Vax estaba de pie junto a él.

No estés mal, ¿sí?

Arkadios levantó la mirada, con los ojos enrojecidos, llenos de ira.

¿Mal? ¡Por favor! ¡Esto es culpa tuya! Ahora soy un monstruo, y todo por ti.

¿Por mí? ¿Qué tengo que ver yo? —preguntó Vax asustado.

¡Sí! —gritó Arkadios, incorporándose—. Si no hubieras llegado, todo seguiría siendo normal.

¿A qué llamas normal? ¿A exigirte como si fueras un caballo de carga? Además, yo no he entorpecido tu vida. Ni siquiera hablamos nunca.

Por favor... No me hagas reír.

¡Qué demonios te sucede! ¡Perdiste el Laberinto y qué va a pasar! —dijo Vax, agitando las manos y señalándolo.

Es un fracaso. No he recibido toda esta educación para fallar. No he puesto todo mi empeño en esto en vano.

¡Qué dices! ¿Qué te enseña esa Bea Gryffindor?

¡No te atrevas a pensar en contarle! Lo que me espera sería... terrible...

Vax lo miró sin responder, supo que estaba literalmente loco.

»Todo este tiempo pensé que... se cumpliría la predicción de esa mujer de la manera más dolorosa. Y así será si no hago nada para cambiarlo.

¿Predicción? ¿La adivina del Wizentro?

¿Qué... qué sabes tú? —preguntó Arkadios alarmado.

Mankar no te va a matar —dijo Vax con impaciencia.

No. Por fin lo he comprendido —susurró Arkadios—. Él no me iba a matar, pero me haría entender que finalmente debía pasar. Él no tiene la culpa de mi fracaso. Pero tú —lo señaló con la varita— sí eres el culpable. El castigo que me espera será insoportable. Pero es por ti que sufro esta agonía que pronto será peor que la muerte.

Vax retrocedió un paso al verse apuntado. Arkadios tenía los ojos desorbitados.

No entiendo de qué me hablas.

Y no mereces entenderlo. Adiós, Vax. ¡Avada Kedavra!

Los ojos de Mankar se tornaron verdes mientras veía horrorizado la escena, el mismo color del rayo que había salido de la varita de Arkadios, que apuntaba directamente a sus propias sienes. El cuerpo cayó inerte en el suelo y la varita salió volando. Se había suicidado. Y de sus razones responsabilizaba a Vax, es decir, a Mankar. Se habían cumplido las palabras de la adivina.